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Por un fallido experimento en un laboratorio, se desató una pandemia. Por ella, Moro perdió a sus seres queridos, y debe afrontar una larga supervivencia en la que solo tiene a tres maniquíes de compañía. La inquietante vida de Moro va desde lo real a lo imaginario. De la tragedia y odisea al delirio, del amor al odio, de la incertidumbre a la decisión, de la desconfianza e inseguridad a la certeza. Con un estilo de diferentes tiempos y espacios, el autor deja rastros para transitar esta historia entre la alucinación y la realidad. El desenlace busca ser inesperado y desopilante, para dejarte sorprendido y alucinado.
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Seitenzahl: 197
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Novaro, Máximo Aarón
Dentro y fuera / Máximo Aarón Novaro. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
282 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-770-3
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Ciencia Ficción. 3. Ciencia Ficción. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Novaro, Máximo Aarón
© 2021. Tinta Libre Ediciones
DENTRO Y FUERA
MÁXIMO NOVARA
Presentación
Mientras Moro dormía, se abrió la puerta lentamente de su habitación. Por el ruido, despertó y le disparó al bandido dos tiros en el torso. Este cayó despacio hasta quedar sentado y murió. Moro dejó su pistola en la cama y miró su celular. Vio que eran las 7:10 a. m. y se quejó por el horario: “Pfff”. Se levantó de la cama y comenzó a vestirse: se puso su traje antiquímicos, se ató los cordones de sus borcegos, se puso una máscara de oxígeno y salió de su habitación. Luego, vio por la ventana que se estaba haciendo de día, espió por la mirilla y vio a un infectado, por lo que abrió la puerta fuertemente y lo golpeó.
Se fue rápidamente por el corredor para bajar por las escaleras, por donde llegó al segundo piso. Allí estaba el compañero del bandido asustado. Moro le apuntó, pero notó que no estaba asustado por el tiro, sino por dos infectados que estaban subiendo las escaleras. Moro le disparó a uno en la cabeza, pero el otro se le tiró encima. Sin embargo, logró sacárselo y así pudo dispararle. Se dio vuelta y le apuntó al compañero, pero notó que era un nene, y se quedó pensando. Guardó su pistola y le tiró un cuchillo para que lo usara de defensa, sacó un tomahawk y bajó bruscamente por la escalera. Le clavó el hacha en la cabeza a un infectado y lo dejó clavado contra la pared. Continuó peleando contra otro infectado hasta que lo tiró al suelo y vio que desde una habitación estaban saliendo muchos más, por lo que empezó a correr hasta llegar a la planta baja del edificio donde salió a una galería. Atrás de él, muchos de ellos lo empezaron a perseguir hasta que él logró salir de la galería donde el sol lo salvó. Al salir exhausto, se agachó un poco y miró hacia atrás agitado.
Comenzó a caminar por la ciudad, pasó por el lago, desde donde se veía un edificio abandonado. Continuó hasta el edificio donde vivía su abuela, donde le había tomado la mano a ella, que estaba acostada fallecida en su habitación. Luego, llegó hasta donde vivía su familia directa, saludó de la misma forma a su madre, padre y hermano que estaban en diferentes habitaciones, continuó hasta su antigua habitación, se bajó un poco su traje, se sacó la máscara y se vio el rostro. Después, salió al balcón y se fumó un pucho.
Capítulo 1
Recordando
Moro estaba hablando con maniquíes, en el cuarto al mediodía.
—Y… ¿qué opinás si le pongo unas rayas al traje? ¿O quizás unos logos al frente que digan “Emmon”? See… Te dejé sin palabras. ¿Cómo? ¿Que no sabes qué es Emmon? Pfff, mi marca de ropa. Solo que, bueno, no es tan conocida… De momento. Aunque Zuria dijo que quedaría muy lindo, pero, bueno, no te preocupes, no todos nacimos para saber y hacer todo; si no, sería muy aburrido. Además, me ayudás cuando tengo fiebre… Bueno, Alem, me voy a saludar a Zuria y tengo que salir de compras. Nos vemos.
Moro salió del living y se fue hasta el balcón donde estaba Zuria.
—Si seguís tomando sol todas las mañanas, vas a quedar dorada, pero combinaría con tu rubio. Muy linda estás hoy, no sé cómo hacés para tener tantos cambios de ropa en estos tiempos. Estaba hablando hace unos minutos con Alem, y… bueno, le pregunté sobre moda, pero sabés que no tiene idea, y le conté que te gustó que le pusiera unas líneas o logos al traje. Hay que implementar la moda, aunque haya sucedido este desastre. Ahhh, okey, okey, entonces preferís unas rayas al costado, bueno, bueno. Me voy a comprar, ¿querés algo? Ufa… poquito pedís, no sé dónde conseguir un tweed rojo… pero bueno, voy a tratar. ¿Viste a Darcy? ¿Meditando a estas horas? Hay que tener ganas… ¿En serio? ¿Tiene que hablar conmigo? Bueno, pero cuando vuelva. Mandale saludos.
Moro salió de su casa. Mientras caminaba hacia el mercado más cercano, pensó: «Otro día más, es como la rutina diaria, pero solo que ahora te podés morir más rápido o te matan por cualquier cosa. Es impresionante lo que el poder te lleva a hacer algunas veces. Ahora sí que parece una historia de terror donde el día es lo más hermoso y seguro, y la noche, lo más tenebroso y peligroso. Una enfermedad que nos vuelve irracionales, causada porque intentaron introducir genes animales en humanos y provocaron una epidemia. Este intento de transformar a los humanos en superhumanos terminó fatal, y ahora tenemos que salir de día, con armas y protección. Volvimos a la prehistoria en un abrir y cerrar de ojos…». Se frenó para mirar el colegio y recordó: «Mi cole. Qué lindo era estar ahí antes de todo esto… pero salías y automáticamente eras grande, para algunos, ya que muchos lo son desde chiquitos, por las responsabilidades e injusticias que les tocan. Es tan feo pasar todos los días por acá y recordar… Es tan feo levantarse y ver que nada nunca más va a ser igual…».
Continuó unas cuadras y llegó al mercado del barrio. «Cada vez menos cosas puedo sacar de acá…», pensó. Se metió al mercado, que estaba muy iluminado, y agarró algún que otro alimento no perecedero y una botella de alcohol. Salió del mercado y caminó un poco por el barrio. Comenzó a recordar el barrio antes de que pasara todo esto.
Vio a su vecina paseando el perro, a los comerciantes de la esquina charlando como siempre, los pájaros cantando y a su hermano que llegaba en el auto.
—Vamos, Moro, se hace tarde… —dijo Nadim.
Moro, con el fuerte eco que generó la voz de su hermano, volvió a abrir los ojos y vio el barrio nuevamente destrozado.
Moro entró a una mercería. Estaba oscuro, así que sacó una linterna, ya que cualquier luz fuerte les hacía mal a los ojos a los infectados y, además, la utilizaba para ver. Mientras tanto, buscaba y buscaba el tipo de tela que le había pedido Zuria, pero no encontraba exactamente la que le había pedido en esa parte de la tienda, así que se metió en una parte más oscura, donde escuchó que algo se cayó. Se dio vuelta y vio a un infectado corriendo que se le tiró encima. Se cayeron, forcejearon unos segundos y se lo logró sacar de encima. Le apuntó con la linterna mientras sacaba su pistola lentamente. El infectado se tapó la vista y gruñó fuertemente.
—Hijo de puta… —gritó.
Moro corrió con todas sus fuerzas y salió por la puerta de vidrio, que se rompió. Se cayó al piso y se quedó mirando al negocio donde había cinco infectados. Se quedó descansando. Se levantó y vio que se había cortado la palma de la mano.
—Lo que me faltaba…
Abrió su mochila y sacó una botella de alcohol. Empezó a tomar, y después del primer trago, tuvo un escalofrío, y se fue caminando a su casa mientras bailaba. En eso, recordó más sobre el mundo antes de la pandemia, alguna fiesta donde estaba tomando con sus amigos…
—¿Esa de ahí no es tu ex? —preguntó Nael.
—Dejá de decir boludeces, salimos una vez nomás… —respondió Moro.
—Para haber salido una vez nomás, te mira mucho… —dijo Jan en tono gracioso.
—Deberías hablarle… Antes de que otro lo haga… —sugirió Nael.
—Nah… Para qué. Vine a pasarla bien con ustedes —dijo Moro, mirando a lo lejos a Shaan.
Nael le hizo un gesto a Jan.
—Bueno, entonces le voy a hablar para que venga —dijo Jan.
Moro le agarró la mano y lo volvió a sentar en su silla.
—No hagas una pelotudez.
Jan se acercó a Moro.
—Entonces, andá y dejá de ser cagón.
Moro, un poco molesto, caminó de a poco hacia Shaan. Dio media vuelta y vio que sus amigos lo miraban mientras se reían. Antes de llegar, vio que su amiga Jazmín le decía algo al oído a Shaan y luego se fue mientras lo miraba a Moro.
—¡Morito! No te había reconocido —dijo Shaan alegremente y haciéndose la desentendida.
—Hola, Shaany, te reconocí recién y me quise acercar a saludar —respondió Moro nervioso, mientras la saludó con un beso en el cachete.
—Nunca pensé que vendrías a la fiesta… —dijo Shaan.
—¿Por? Suelo venir a casi todas las fiestas… —expresó Moro sorprendido.
—Sí, pero después de que te pelearas con casi todo el curso, no pensé que vendrías…
—Ah… Son cosas que pasan. Además, quién sabe cuándo los voy a volver a ver todos.
—¿Pero te vas del país? —preguntó Shaan, entre sorprendida y asustada.
—No, no, ja, ja, ja… Es que con los estudios y eso se me va a complicar, tampoco es para que te asustes…
—Me sorprendí nomás… Pero prefiero no hablar de los estudios, que al fin estamos libres. Acompañame a buscar una cerveza. —Shaan le agarró la mano y lo llevó hasta la pieza de la casa.
—Me parece que no hay cerveza acá —dijo Modo, parado en la puerta mientras Shaan se sacaba su rompeviento.
Shaan se quedó a unos centímetros de la cara de Moro y cerró la puerta.
—Es que en realidad no quería cerveza —susurró Shaan.
Shaan se acercó hasta besar a Moro, quien le devolvió el beso. Luego, la tomó de las piernas y la alzó, la llevó a la cama y poco a poco se comenzaron a desnudar. Unos pocos segundos después, abrió la puerta Jazmín, que estaba con su novio, Joel.
—Apa… Se nos adelantaron —dijo, riéndose y cerrando la puerta.
Shaan se levantó semidesnuda y cerró la puerta con llave. Volvió y se puso encima de Moro.
Por su parte, Jazmín y Joel bajaban por la escalera.
—Esperame abajo, que voy al baño —dijo Jazmín, mientras le soltó la mano y giró para subir la escalera.
—Bueno, amor, estoy en la cocina —respondió Joel.
Jazmín continuó subiendo la escalera. Estaba por entrar al baño, pero vio que la puerta estaba semiabierta; entonces, se acercó despacio y escuchó a dos personas que estaban besándose. Logró ver a través del poco espacio que había que Jan y Nael se estaban besando. Continuó mirando hasta que Jan le desprendió el pantalón y bajó lentamente para hacerle sexo oral. Jazmín retrocedió y bajó las escaleras.
Moro se cayó, rompió la botella y dejó de recordar rápidamente.
—Ni una bien me va a salir, y ya se está haciendo de noche.
Empezó a correr hasta su casa, llegó a la puerta del edificio y subió rápidamente. Entró a su departamento agitado y vio a Alem.
—Sí, sé que me corté, no hace falta que me hagas acordar… ¿Qué? ¡No seas exagerado! Me lavo las manos, un poco de alcohol y ya está.
Moro se lavó las manos, continuó hasta su pieza y vio a Darcy.
—Tuve un día agitado Darcy —dijo Moro, mientras se desvestía—. Si me pedís que despierte otra vez, te juro que te mando a vivir con el Oliver... —Moro se quedó pensativo y repitió lo que le dijo Darcy—. “En busca de lo blanco, encontrarás lo negro… pero serás salvado por lo amarillo”. Mierda que estoy filósofo hoy… Otro día pienso más lo que me dijiste…
Abrió el cajón de su mesa de luz y sacó una tira de pastillas. Tomó una y comenzó a ver todo borroso hasta que se despertó en su antigua habitación. Veía muy poco. Se abrió la puerta y entró su mamá. Él le vio las piernas en infrarrojo, pero el resto del cuerpo normal.
—Ciaa… —gritó Moro.
—Shhhh, ya vas a… —dijo Ciara.
Capítulo 2
Los Oliver
Moro se despertó transpirado y agitado. Miró a Darcy.
—No, no estuve pensando… tuve otra vez ese sueño… pero podía ver a mi mamá. Bah, un poco raro… pero se sentía tan real… ¿Qué no salga hoy? Bueno… está bien… —Moro se sentó en la cama, despeinado, se estiró y fue a la cocina a hacerse un café. Luego salió al balcón—. Aprovechaste el calorcito y te pusiste de malla o le estás presumiendo al hijo de los Oliver. Bueno… perdón… me levanté chistoso… Aunque… Cada vez que los veo colgados pienso en cómo se puede ser tan hijo de puta, cómo puede ser que no te importen para nada las vidas de los demás… pero bueno, ahí tenés, se ganaron la peor condena social, colgados los tres en árboles diferentes, porque del cuarto solo su mitad está colgada… Nunca te preguntaste, Zuria, qué hubiera sido de esta ciudad si estos no hubieran ocultado que tenían AYMC. Claro… cierto que vivías en las afueras de la ciudad…
»Todo empezó con Oriel, el padre de la familia. Él trabajaba en este proyecto de superhumanos, mediante el cual introdujeron genes de serpientes, ajolote mexicano y búho en un humano. Durante los primeros tres días, el paciente cero presentaba una mejor regeneración de las células y mejoras en su vista. Pero al cuarto día, la piel se le fue saliendo de a poco, se le volvió gris y con escamas. Al quinto, perdió el habla y sus ojos no resistían ningún tipo de luz. Ya en el sexto o a la semana, no era humano, era un ser irracional, incapaz de comportarse como un humano. Lo que no sabían los científicos era que transmitía su enfermedad. Tanto por contacto directo e indirecto, fueron contagiados muchos de los trabajadores de Evolución Humana. Ellos vivían en frente, la familia lo ocultó, su esposa se contagió, y cuando fue a comprar medicamentos, infectó a la mayoría de la población.
»Pero bueno, al menos no se hizo pandemia, pero al cerrar nuestras fronteras, nadie sale y nadie entra, ni siquiera para la ayuda. Así lo decidieron, hasta que pasen unos años… Muy triste… ¿Estás loca? Mirá si me voy a poner a buscar personas que necesitan ayuda, es salir a morir… ¿El nene? Debe estar muerto… Aparte, andá a saber dónde estará… ¡Bueno, basta! Mañana me lo pienso… Mejor no desperdicio el día y le agrego esos detalles al traje.
Moro salió del balcón, buscó en otra habitación tiras de telas que recolectó y una aguja, comenzó a unir la tela hasta que escuchó un ruido en el piso de abajo. Se fue hasta el baño social, que no se usaba, y bajó por unas escaleras al siguiente departamento por un hueco que él había hecho en el piso.
—Mmmmm, esto está más oscuro de lo normal
Caminó hasta la cocina muy lentamente y vio piel muerta. Suspiró profundamente. Dio un paso hacia atrás y la escalera se cayó. Moro se dio vuelta rápidamente, pero no había nada, se dio vuelta nuevamente e intentó ir a la ventana para correr las cortinas y que entrara luz, pero de atrás de un mueble de la cocina se levantó un infectado y se queda mirándolo. Moro intentó correr hasta la ventana, pero el infectado se le tiró y le clavó las uñas en el pecho. Moro gritó de dolor y le pegó una trompada en los ojos, se levantó y abrió la cortina. La poca luz del sol le quemó los ojos al infectado, y este se retorció del dolor en el piso. Moro, muy debilitado, agarró un cuchillo de cocina que estaba tirado y se lo clavó en la cabeza. Se fue lentamente mientras sangraba hasta la escalera, la volvió a colocar y logró subir. No tenía fuerzas ni para curarse, solo pudo tomar su pastilla y se desmayó en su cama.
Se despertó mareado en su antigua habitación. Lentamente, se miró y vio que sus brazos estaban atados a la cama. Ciara y Lita lo miraban preocupadas.
—Qué… Qué… ¿Qué está pasando?
—Nada, Morito… Te estás poniendo bien —le contestó Lita disimuladamente.
Entró Eber.
—Va a tener que empezar a tomar más de una pastilla por día… si no, tendr…
Moro se despertó dolorido, vio que era de noche, se asomó lentamente al balcón y observó que había muchos infectados por las calles. Miró asustado a Zuria, a la que le faltaba la cabeza… De atrás de Zuria, salió un infectado que se le acercó. Moro entró a su pieza, pero escuchó un ruido fuerte en la puerta de la pieza, que abrieron bruscamente dos infectados.
Capítulo 3
Blanco
Moro entró a su habitación. El infectado que estaba detrás lo agarró e hizo que se arrodillara. Entró el otro infectado, se agachó, lo miró y giró la cabeza. Pasó sus dedos por la reciente lastimadura que tenía, que ya casi estaba sanada, se levantó y le hizo señas al que lo tenía agarrado para que lo soltaran y se fueran…
Se despertó Moro asustado, se miró y se tocó la herida que ya estaba muy sana. Se miró la mano en donde tenía el corte y no estaba ya… Miró a Darcy.
—¿Sigo en el sueño?
—Quizás.
—Habl… Hablaste…
—¿Nunca te preguntaste por qué no te infectás?
Moro se quedó congelado, se frotó los ojos y lo volvió a mirar a Darcy.
—Darcy… ¿Qué me querés decir con eso? Darcy… ¡Hey! —Moro se levantó y se acercó a Darcy enfadado—. ¡Te escuché, Darcy! No… no… no… ¡No! No me hagas esto. —Casi llorando, se sentó al lado de Darcy.
Se escuchó un ruido fuerte desde el baño.
—¡Otra vez este bicho de mierda!
Se levantó y agarró una pistola de su mesita de luz, salió de su habitación y fue hasta el baño social. Allí estaba el infectado que él había acuchillado agachado y dado vuelta.
—No te morís más vos…
El infectado se paró y se dio vuelta, lo miró fijo y luego le miró la herida. Después lo volvió a mirar a él, se dio vuelta y empezó rasguñar la pared, marcándola.
—¿Y eso qué significa? ¿Que soy uno de los tuyos? ¡Te estoy hablando!
Le disparó en la espalda, y el infectado se volvió a meter por el hueco. Moro se acercó al baño y prendió la luz.
—¡Ni se te ocurra volver, hijo de puta! Entre que Darcy me habla y después no y el bicho este me mira raro… ¿Y esto? —Se acercó hasta la marca que dejó el infectado y de a poco sintió un olor feo—. Me marcó la casa… el sucio me marcó… —Se quedó pensando—. La verdad, prefería estar en el sueño.
Se fue a la pieza y, en una mochila, empezó a guardar ropa y algunas armas que tenía a mano. Luego, fue hasta la cocina y guardó comida. Cuando terminó de guardar, decidió ir a saludar a sus maniquís.
—Bueno, Darcy… Espero que esto sea un hasta pronto… Ojalá que no me extrañes —dijo, mientras se ponía el traje y la mochila; a la máscara la llevaba en la mano—. Zuria… no me puedo quedar más acá. Gracias por ser la única en apoyarme… y gracias por hacerme acordar a mi madre —La abrazó—. Te quiero…
—Yo también, Moro —susurró Zuria.
Moro retrocedió y la miró, pensó y se fue.
—Las pastillas.
Moro miró a Darcy y agarró lentamente las pastillas.
—Ojalá hubieran hablado antes…
Moro fue al living y habló con Alem.
—Bueno, no vas a tener que renegar conmigo por un tiempo… Ya no es seguro este lugar para mí… Aunque no hablamos mucho, te voy a extrañar igual…
Moro se fue, pero antes de salir del living, lo volvió a mirar.
—Ahora son dos.
Moro se quedó mirándolo.
—Dos… —Movió la cabeza para ambos lados y se fue hasta la puerta. Antes de salir, se puso la máscara.
Mientras Moro caminaba cerca del mercado, escuchó gente discutiendo, se acercó y vio a un nene amenazado por un bandido.
—Pendejo de mierda, toda la comida te agarraste.
Moro se asomó y vio que el bandido sacó un cuchillo y se le acercó al nene. Moro se levantó y le disparó al bandido. Este se dio vuelta y le volvió a disparar hasta que cayó al suelo y murió.
—Ahora sé por qué cada vez había menos comida. Igual, tranquilo, que no te voy hacer nada. Soy Moro…
—So… Soy Jean… y gracias… y gracias también por aquella vez en el edificio…
—¿Qué edificio? Esperá… sos el nene del edificio… Pero…
Jean se acercó, lo abrazó y lloriqueó.
—Gracias.
Moro lo miró y lo abrazó, y luego de unos segundos, notó que estaba anocheciendo.
—Vamos a tener que ir al almacén. Es imposible que busquemos otro lugar a estas horas.
Se fueron hasta el almacén, cerraron la puerta con llave y la cubrieron con algunos muebles.
—¿Vivís acá?
—Sí… Te seguí, y me pareció un buen lugar para quedarme… Siempre te escuchaba cuando venías, pero nunca me animé a salir. En realidad, vivía con el grupo del tipo que mataste, pero me maltrataban. Solo me tuvieron piedad porque me usaban cada vez que salía a buscar cosas con ellos.
—Ahora se ha perdido toda la empatía y humildad, así que cazás o sos cazado. Pero… ¿y tu familia?
—Todos fueron contagiados…
—Lo siento mucho, es lo que pasa ahora… o te morís o terminás como uno de ellos…
—De a poco, todos terminaremos como una de esas cosas… Por eso, tenemos que encontrar al grupo de supervivientes que va a salir de la ciudad.
—¿Grupo? Dudo que exista un grupo. Además, las fronteras están cerradas y controladas las 24 horas…
—¡Sí existe un grupo! Las personas del grupo en el que estaba siempre intentaban robarles, pero no pudieron…
—Bueno, mañana los buscamos. Durmamos, así aprovechamos las horas del día.
Moro tomó dos pastillas y se acostó en el piso al lado de Jean. Moro abrió los ojos y vio a Ciara, que le agarraba el brazo.
—¿Qué pasa? —preguntó Moro, aturdido.
—Vas mejorando, eso pasa, hijo.
Entró Eber y habló con Ciara.
—Tenemos un problema… no hay más pastillas…
—¿Cómo que no hay más? —anunció Ciara, preocupada.
—Voy a tener que salir a por más.
Eber y Ciara pensaban mientras miraban a Moro.
—No… Ebe… No… Salg…
Capítulo 4
Negro
—Moro… Eu… Moro… Despertá… —susurró Jean, y despacio se acercó y lo tocó. Moro se despertó lentamente.
—¿Qué pasa?
—Shhh… Hay ruidos afuera…
—¿Pero qué tipo de ruidos?
—Personas no creo que sean…
—Bueno, mucha ciencia no debe tener, serán infectados… No queda otra que quedarnos acá hasta que se haga de día… Igual, ya pronto seguro se hará —Sacó de su mochila su celular y miró la hora—. ¿Qué? Esto es chiste…
—¿Qué pasa?
—Lo que pasa es que son las nueve de la mañana…
—Pero si son las nueve, ¿qué hacen acá?
—Seguramente sintieron el olor al tipo muerto y lo han traído hasta un lugar oscuro del mercado… No sé cómo podemos salir, porque deben tener vigilado cada centímetro —Rasguñaron la puerta—. Bueno, ahora saben que estamos acá… Tenemos dos opciones: o salimos con una linterna que tengo o tapamos y esperamos a que se haga más de día… Yo prefiero la segunda, ya que si son más de dos infectados, dudo que sobrevivamos.
—Yo te sigo a vos.
Moro y Jean lentamente fueron colocando cajas y otras cosas contra la puerta.
—Quizás esté nublado, esperemos unas horas y luego salimos —dijo, mientras se sentó en la cama. Jean se sentó a su lado.
—Y… ¿Tu familia?
Moro lo miró y se quedó pensando tristemente.
—Mi familia… La última vez que la vi fue cuando te vi a vos…
—O sea que están vivos. ¡Tenemos que buscarlos!
—Sí, están vivos en mis recuerdos… —Jean cambió la cara—. Cada uno de ellos está acostado en su habitación. Por suerte, los infectados se alimentan de sangre fresca; entonces, no se comerán a mi familia. Por lo menos, a ellos no…
—Como quisiera poder ver a mi familia por un ratito… De seguro deambulan por ahí en la noche o están muertos… Pero bueno, demasiada tristeza hay todos los días… Hablemos de otra cosa… ¿Ese traje lo hiciste vos?
—Ehhh, sí, sí, me ayudó una amiga… que, bueno, ahora dudo que la vuelva a ver…
—Uhh, lo siento…
—Igual era un maniquí…
—¿Cómo que un maniquí?
—Bueno… necesitaba socializar… No me juzgues en estos tiempos. Aparte, ellos me hablaron en un momento… estoy segurísimo… y reconocía esas voces…
