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En Desandar las huellas: Un relato personal sobre la educación, Silvia Rosalía Quiroga busca demostrar la profunda relación que existe entre las conductas de cada individuo y el comportamiento social con las bases educativas recibidas desde los educadores que pasaron por sus vidas, la incorporación de conceptos y valores y la consecuente formación de criterios. Desde la perspectiva de que la educación se transmite tanto de manera espontánea como formal, se explora cómo cada individuo es moldeado por las influencias de aquellos que lo rodean. A través de la metáfora de las huellas, el libro destaca la singularidad de cada educador y cómo sus contribuciones, ya sean aparentemente insignificantes o profundamente impactantes, dejan una marca indeleble en nuestra memoria. Así, esta obra establece un paralelismo entre relatos y experiencias con la resultante mirada desde el punto de vista del adulto. Todo lo que forma parte de nuestra memoria episódica nos armoniza y nos fortalece, porque nos muestra la importancia de nuestro protagonismo". Con una prosa cautivadora, este libro nos lleva a reflexionar sobre el poder transformador de la educación y cómo los recuerdos, como guardianes de nuestras vivencias educativas, influyen en la construcción de nuestra identidad y en la comprensión de la historia personal y colectiva.
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Seitenzahl: 115
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Quiroga, Silvia Rosalía
Desandar las huellas : un relato personal sobre la educación / Silvia Rosalía Quiroga. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
180 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-784-7
1. Reflexiones. 2. Relatos Personales. 3. Educación. I. Título.
CDD 370.92
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Quiroga, Silvia Rosalía
© 2023. Tinta Libre Ediciones
A la memoria de mis padres y mi abuela Melchora
Al amor de mis hijos:María Jesús, Emmanuel y Elisa.
¿Qué es lo que yo recuerdo? ¿El recuerdo original o la última vez que recordé lo que recordaba? Los recuerdos son una terra incógnita.
Jorge Luis Borges
Desandar las huellas
Un relato personal sobre la educación
Prólogo
I
La educación es una conducta transmitida espontánea o formalmente y nuestra vida es un conjunto de aportes recibidos por parte de cada una de las personas que nos formaron. Si bien somos individuos únicos e irrepetibles, nadie es quien es por sí mismo, porque de una u otra forma fuimos siendo moldeados hasta adquirir la personalidad que nos individualiza y nos inserta en la cultura a la que pertenecemos.
Cada protagonista de nuestro entorno imprimió huellas que, por alguna razón, nos marcaron y forjaron nuestra identidad individual y social. Así, las huellas son el vestigio dejado por la influencia de cada educador; algunas son poco significativas, y otras hollaron tan profundo que se almacenaron en la memoria y pasaron a ser recuerdos, esos recuerdos que en definitiva reconstruyen nuestra historia y equilibran nuestras conductas. Consecuentemente, cada historia individual o colectiva aflora desde los recuerdos, porque los hechos educativos permanecen en la memoria.
Aún en los espacios más remotos de la memoria está la enseñanza de ideas, el aprendizaje, la incorporación de conocimientos, la esencia de la educación. En cada recuerdo hay educadores y una inevitable enseñanza.
He allí la ilación de esta aparente mezcla de conceptos que podría parecer inconexa: hechos vinculados a conductas, coyunturas y procesos interconectados, codificados y almacenados en la memoria con la capacidad de producir un impacto que nos permita desandar y observar la historia.
La memoria es el espacio donde se archivan los recuerdos, la que nos brinda la capacidad de retroacción para autorreconocernos, corregir errores, cambiar rumbos o repensar situaciones analizándolas desde experiencias pasadas.
Existe una innegable concomitancia entre la educación y las huellas que podemos recorrer a través de los recuerdos.
II
Estas son anécdotas de mi historia, insecuenciadas, desordenadas, tal como es mi vida, tal vez no desordenadas, sino ordenadas de acuerdo a mi desorden y mi desorden tiene que ver con lo espontáneo y con la ausencia de programas y planificaciones. Hay algunos episodios vividos y otros construidos desde relatos. En ambos casos, sin dudas, deben existir millares de distorsiones, de esas que surgen en cada ida y vuelta que provocan las miradas desde el tiempo; pero en definitiva, la historia es eso, acontecimientos prolijamente acomodados desde la óptica de quien los relata, con adornos, espacios vacíos y suposiciones hipotéticas, hechos concretos observados desde un solo entorno que podría ser diferente para otras personas que tal vez compartieron el mismo suceso en el mismo espacio y en el mismo tiempo.
El sentimiento y la objetividad se entrelazan, se integran, se fusionan, y las emociones y las conductas tienen una razón de base que puede intentar comprenderse desde la mirada objetiva o el análisis crítico hacia ese niño lejano convertido en el adulto actual. Lo que es innegable es que todo el conocimiento incorporado, aunque incomprensible en una etapa, aflora y se vuelve una experiencia en las etapas posteriores.
La vida es en sí misma una subjetividad, la historia misma está reconstruida y relatada de acuerdo a opiniones, creencias y saberes fundamentados desde el análisis de quien la organiza cronológicamente y trata de incorporarle cierta coherencia con interferencias personales en el relato.
Los recuerdos dejan huellas bidireccionales: por un lado, imágenes, aromas y sonidos generados por vivencias o relatos que permanecen imborrables y se recrean en la memoria; por otro lado, el análisis objetivo que intenta justificarlos o juzgarlos para recopilarlos como experiencia de vida y la mirada desde otro punto cronológico puede ser arbitraria, imparcial o influenciada. Todo depende del efecto o el impacto que aquel suceso haya provocado.
La magia del recuerdo nos transporta para observarnos y observar situaciones en otro tiempo y por supuesto que el relato será diferente, porque es diferente quien vive el momento y quien observa, aunque los observadores seamos nosotros mismos.
Introducción
I
A las huellas más profundas las marcan los pies que dan pasos certeros, con apoyo seguro sobre tierra firme. Esas huellas son eternas, no sufren desgaste, el tiempo no las modifica y cada paso tiene una historia repleta de vida. Y si lo analizamos desde la reciprocidad, la vida está repleta de pasos profundos y de huellas.
Hay recuerdos que tienen que ver con anécdotas que fueron relatadas una y otra vez con tal precisión descriptiva que cuando los traemos a la memoria los observamos. Un alto poder de imaginación nos lleva a recrearlos.
Mi madre y mi abuela tenían la capacidad de darle vida a los relatos de manera que podíamos formar una imagen mental muy bien secuenciada. En cuanto a mis propias vivencias, las he guardado tan minuciosamente que he logrado un archivo ordenado de mi historia. En ese archivo hay muchos sucesos felices, otros no tanto, pero en general, todos han colaborado con uno o con varios ingredientes esenciales para el aprendizaje. A corto o a largo plazo, la experiencia guardada aflora como enseñanza de vida.
Todo lo que forma parte de mi memoria episódica me armoniza y me fortalece porque me muestra la importancia de mi protagonismo. He formado parte del tejido histórico de la humanidad, he podido orientarme con las huellas de mis padres y educadores, y también he podido trazar mis propias huellas.
II
Hay algunos días que indefectiblemente me retrotraen, me instan a emprender el vuelo de regreso, un vuelo a través del tiempo por ese cielo ancho y profundo como un túnel lleno de espacios radiantes y oscuros, donde se mezclan el sol, las estrellas, las gotas de lluvia, el agua del río, los amaneceres tibios y los cantos de cuna… Voces, silencios y aromas, música, primavera y hojas de otoño…
Estos vuelos me colocan en la tarea de ir desmenuzando la historia como se desarma un rompecabezas, ese rompecabezas armado paulatina y secuencialmente con trocitos de vida que fueron atenuando la luz y convirtiéndose en fragmentos de recuerdos. Algunos mantienen todavía el perfume de mi madre y de su casa, perfume de infancia, de proyectos, de sueños, perfume de risas y juegos, el aroma del estofado y las tortas de los domingos, el asado de las fiestas, el barullo de la familia reunida, el sonido de la radio a la mañana, la parra, la granada, las mariposas, los picaflores, el jazmín, las azaleas… el patio… el ruido de la máquina de coser… Está todo tan cerca y a la vez tan lejos.
Extiendo mis alas, de a ratos me detengo en algún lugar y me abrigo en los brazos de mamá, la estrecho muy fuerte y beso sus manos; pero se me escapa... Entonces siento que estoy otra vez en mi entorno rutinario extrañando su sonrisa, regresando bruscamente del vuelo de regreso.
La nostalgia me acongoja, me enciende el alma, pero con llamas que me queman lentamente y es como que duele su sonrisa, duele el recuerdo de su voz y de su canto, me duele su sillón y su ventana, me duele el último destello de luz que vi antes de que cerrara sus ojos.
El vuelo de regreso siempre al regreso, me aterriza en el mismo lugar en caída brusca y despiadada. A pesar de ello, siempre logro rescatar algunos trozos de vida, aunque unos pocos de los tantos acumulados en mi historia.
III
Todo recuerdo es un recuerdo encubridor, porque no hay posibilidad de ingreso a la conciencia de una vivencia original, sino de un recuerdo sustituto, porque no hay acceso a algo de la vivencia. No hay recuerdo de la infancia, sino sobre la infancia, formado por vivencias posteriores.1
Cuando nos retrotraemos y hacemos una revisión de la vida, afloran múltiples recuerdos, todos ellos con los adornos de la inocencia que guardan y con aquellas pinceladas que les dieron los relatos escuchados periódicamente. Sumado a estos elementos, emerge la mirada crítica del adulto que somos; entonces, ese niño que fuimos aparece tan sutil, tan tenue, tan etéreo, como si no fuéramos nosotros mismos.
Al recordar los episodios de la infancia, es inevitable no observarlos en forma crítica, evaluando aquellas vivencias desde otra dimensión y con diferentes criterios. Es como observar una vieja película donde algunas escenas aparecen borradas, otras apenas visibles, otras con distorsiones de imagen o sonido. A esas escenas solemos imaginarlas o deducirlas; no obstante, lo importante es el esquema gráfico con los puntos centrales, porque, del mismo modo que desarrollamos un tema a partir de una sinopsis, podemos organizar un relato secuencial de nuestra historia.
1
Lo cognitivo-emocional
I
Emoción y cognición mantienen una relación bidireccional y complementaria. La percepción, la memoria, el lenguaje y la inteligencia están íntimamente relacionados con las emociones y por ende con las relaciones familiares. Cuando el vínculo emocional se desarrolla en un ambiente de armonía, el niño manifestará confianza en sí mismo para funcionar eficazmente en el mundo. Podrá comprender, explicar, organizar y construir, y la capacidad que adquiera para elegir de forma consciente estará vinculada a su autoestima y empatía y al consecuente desempeño en los círculos familiares, sociales y educativos.
La inteligencia emocional es la que permite al individuo comprender sus emociones y sus sentimientos y los de los demás. Así, puede afirmarse que la inteligencia depende no solo de lo netamente biológico, sino también de la interacción con las personas del entorno y la cultura en la que se halle inserto. Todo dependerá del estilo de enseñanza y de la capacidad de captación; sin embargo, la inteligencia no es absoluta: es relativa a la combinación de lo dado y lo adquirido, lo innato y lo aprendido, lo que percibe y lo que recibe.
La dimensión afectiva pesa mucho en el proceso de aprendizaje, siendo esta fundamental para que el niño conozca, actúe y se relacione.
“Sin una fuerte y adecuada presencia de los aspectos afectivos un ser humano no tendrá un desarrollo intelectual adecuado”.2 Lo cognitivo y lo afectivo son inseparables.
II
La casa de mis padres estaba construida sobre una zona muy alta, eran terrenos barrancosos. La calle era aún un camino de tierra y estaba aproximadamente a dos metros de profundidad, por lo que el acceso desde la vereda hacia la calle se hacía muy difícil y aún más los días de lluvia, ya que se formaba un pequeño río que, luego de desaguar, conservaba un barro espeso durante varios días.
La ciencia afirma que existe un lazo cognitivo y emocional entre la madre y el feto; en efecto, tengo guardada la imagen del día que mamá, un par de meses previos a mi nacimiento, resbaló y cayó desde la vereda hacia la calle. No puedo explicar cómo o por qué tengo tan nítida esa representación en mi cerebro, supongo que el relato produjo un estímulo tan fuerte que generó esa imborrable imagen. No encuentro palabras para definirlo, pero lo único que puedo afirmar es que recuerdo el día que nos deslizamos vertiginosamente desde la vereda, y ese suceso permanece registrado en mi memoria, del mismo modo que recuerdo el balanceo de la cuna mecedora y la melodía de los villancicos. Aquella cuna tenía sus patas en semicírculo invertido, una excelente hamaca con movimiento rítmico y perfecto que acompañado de dulces canciones conciliaba mi sueño. Mi mamá y mi abuela pasaban horas cantando y meciendo hasta que yo dormía.
Alguna vez comentaron que desde muy pequeña mi léxico comunicacional era correcto. La oralidad fue siempre para mí una conducta simple, necesaria, permanente y continua y, a pesar de ser tan pequeña, solía cantar partes de los villancicos y elegía los que más me gustaban para que me cantaran.
Mi nona pasaba largos ratos entonando hermosas canciones y llenándome de caricias para que durmiera y, cuando suponía que yo ya dormía, me santiguaba la frente y se marchaba lentamente hacia la puerta del dormitorio, sin notar que, aun con los ojos cerrados, yo estaba alerta esperando a que cruzara el umbral para llamarla y pedirle que me continuara hamacando. Es que el balanceo de la cuna era para mí un viaje dulce hacia un sueño armonioso, era la energía del amor cubriendo mi descanso.
Los recuerdos de infancia generalmente suelen aparecer poco claros, con pocos detalles que se iluminan con los relatos y luego pasan a ser más concretos y específicos, ya que se codifican y se almacenan y la información adquirida en el entorno los reconstruye. Sigmund Freud3 sostenía que los recuerdos infantiles de los primeros cinco años, si bien no se eliminan, permanecen reprimidos en la mente. Evidentemente en mí hubo centenares de vivencias que no lograron reprimirse, porque mi madre, en su continua y constante comunicación, se ocupó de mantenerlos activos. Ella tenía un alto poder en sus palabras, era pintora de imágenes y actuaba sus relatos ornamentados de sonidos, aromas y colores, un teatro viviente. Sin dudas, mi madre era una artesana de las palabras que iba mostrándonos la vida a cada instante. Sus relatos eran tan nítidos que podían ordenarse cronológica y secuencialmente para que quedaran guardados en la memoria autobiográfica. Sus palabras y su ejemplo marcaron mis huellas más profundas.
2
Apego
I
De acuerdo a las investigaciones de John Bowlby4 el apego es fundamental en el desarrollo socioafectivo y cognitivo de los niños, ya que se produce una conexión psicológica con un poder que trasciende las habilidades sociales y emocionales y fomenta el desarrollo cognitivo. Los niños con mejores relaciones con sus padres generan un mayor crecimiento emocional que incrementa la memoria, la atención y el razonamiento.
