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Tenéis entre manos el primer libro de narrativa de Francesc Torralba. En esta ocasión, el filósofo cambia de registro y nos orefrece una composición de tres narraciones breves con base filosófica sobre la esencia y la conducta humanas, sobre la existencia de las cosas, su caducidad, el tiempo de la experiencia y la muerte final. Desazón es, en definitiva, una tríada de fábulas, pensada para la reflexión sobre la condición humana.
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Seitenzahl: 82
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Sinopsis
Con esta obra Francesc Torralba cambia de registro y nos ofrece una composición de tres narraciones breves con base filosófica sobre la esencia y la conducta humanas, sobre la existencia de las cosas, su caducidad, el tiempo de la experiencia y la muerte final. Desazón es, en definitiva, una tríada de fábulas, pensada para la reflexión sobre la condición humana.
Biografía
Francesc TorralbaRoselló (Barcelona, 1967) es doctor en filosofía por la Universidad de Barcelona y en teología por la Facultad de Teología de Cataluña. Tiene una gran producción bibliográfica en temas relacionados con la filosofía, la ética y su aplicación en la vida diaria y personal. Entre sus obras destacan La filosofía cura (2016), Cien valores para una vida plena (2003), El arte de saber estar solo (2010) y, sobre todo, El arte de saber escuchar, del que se han vendido más de 20.000 ejemplares. Ha sido publicado en catalán, castellano, alemán, italiano, francés y portugués.
Portada
Desazón
Tres cuentos
FRANCESC TORRALBA
Créditos
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte
Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU
espai
es una colección de libros digitales de Editorial Milenio
© del texto: Francesc Torralba Roselló, 2017
Autor representado por IMC Agencia Literaria
© de la traducción: Jordi Vidal Tubau, 2017
© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, S L, 2017
© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2023
C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición impresa: diciembre de 2017
Primera edición digital: abril de 2023
DL: L 348-2023
ISBN: 978-84-19884-08-4
Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L
www.bobala.cat
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El hombre que quería convertirse en un grano de arena
Pequeño homenaje a Franz Kafka
I
Imaginad una gran playa de arena blanca. Una playa impoluta. Lejos de todo. Lejos de todos. Una playa casi inaccesible, de esas a las que solo se puede llegar a pie, después de andar mucho por una vereda de cabras, entre pinos y raíces; por un sendero estrecho, rodeado de matojos, de espliego y de romero.
Imaginad esa playa un día cualquiera de invierno, acariciada por los primeros rayos de sol, por un sol tímido, como el del mes de enero. Si os acercáis a ella, solamente oiréis el canto de alguna gaviota y el ir y venir de las olas que, con su movimiento rítmico, se abandonan a la arena.
La liturgia del mar se repite una y otra vez como el eterno regreso de todas las cosas. La ola llega, cargada de agua sobre su dorso, y la suelta sobre la arena húmeda. Al hacerlo, parece que se libre de un peso molesto, de una losa que ha cargado a hombros. La suelta sobre la arena y el agua azul se convierte en una espuma blanca que se desliza sobre aquella. Durante unos breves segundos, la arena queda hermosamente ornamentada con una gran barba de color blanco, una barba tan efímera como la propia ola. Luego se desvanece y justo antes de extinguirse, llega otra ola, también cargada de agua, que suelta sobre la arena. Y, así, una y otra vez. Da lo mismo si hay o no espectadores, si es de día o de noche, si es invierno o verano. La representación se repite sin ninguna novedad, aunque, de hecho, cada ola es distinta, única, imposible de imitar.
Es un movimiento rítmico, un movimiento eterno. Nada nuevo bajo el cielo. Todo es viejo, tan viejo como el ritual de nacimientos y de muertes del círculo de la vida. La ola crece, crece, se hace mayor y, por último, muere, pero justamente cuando se deshace, nace otra.
Cada ola dibuja su destino. Cada ola llega y se va. Ninguna ha venido para quedarse. Ninguna ha venido para hacerse eterna. Su momento es efímero.
Cada una tiene su fuerza vital, su duración y potencia. La playa no cambia, acoge ora una, ora otra. La playa no tiene memoria. Cada día es un nuevo día, un único día. No hay olvido, ni recuerdo. Tampoco rencor, ni esperanza.
Si un espectador contempla, durante un rato, la misma playa, puede llegar a la conclusión de que allí no pasa nada; pero es falso, porque cada día pasan allí millones de pequeñas operaciones, aunque nadie las registre en su memoria.
Cada día es distinto, cada hora es distinta de la anterior, como cada segundo es distinto del que lo ha precedido inmediatamente. El ojo humano no percibe las infinitas operaciones ni las pequeñas metamorfosis que tienen lugar, a cada segundo, en el ámbito microscópico, pero, si fuese capaz de ello, tampoco podría retenerlas.
Cada ola es distinta. Todas dibujan el mismo movimiento. Nacen, crecen y, después, se deshacen, pero no hay ninguna idéntica. Cada una juega a su manera en el gran juego de la creación. Las hay grandes, las hay pequeñas, algunas son puntiagudas, otras muy redondeadas; las hay que descargan antes de llegar a la arena, otras lo hacen playa adentro. Las hay gigantescas y minúsculas, hay algunas tan imperceptibles que apenas se elevan un centímetro sobre la línea del mar. Las hay que muerden con fuerza la arena y otras que solamente le hacen cosquillas.
Las olas, como los granos de arena, no tienen nombre. Y, sin embargo, no hay ninguna igual. Todas son distintas. Está la arena húmeda, refrescada una y otra vez por el agua salada que, juguetona, se abraza a la alfombra blanca, pero también está la arena seca, que quema, lejos de la espuma y del azul turquesa. Nadie ha elegido su sitio, nadie sabe por qué está ahí, ni la ola, ni el grano de arena, ni el cielo, ni el mar, pero cada uno hace la función que le corresponde fatalmente, mecánicamente, sin ninguna alteración, sin ninguna atención a lo que ocurre o deja de ocurrir en el reino de los humanos.
II
Imaginad esa gran playa de arena al amanecer. Cerrad los ojos y prestad atención.
Llega un hombre alto y escuálido con el rostro demacrado. Llega corriendo completamente desnudo. Hace días que corre. Está agotado. Ha hecho un largo camino para acercarse. Se ha desprendido de todo y ha dejado atrás a los suyos. Se ha marchado de la ciudad, tal como llegó a ella, desnudo.
Corre desesperadamente porque huye de todos y de todo el mundo. Llega a la arena húmeda y se detiene en ella. Recupera la respiración. Se agacha, recoge un grano con sus dedos, se desprende de todos los que se le han pegado en el pulgar hasta que, finalmente, solo queda uno. Es pequeño, casi imperceptible a simple vista. Lo mira con cuidado, casi con ternura, suelta su aliento, con delicadeza, sobre él y le dice:
—¡Despierta!
El grano permanece indiferente, quieto sobre la epidermis.
El corredor vuelve a insuflar su aliento sobre la partícula mineral, esperando que se haga el milagro, y exclama de nuevo:
—¡Vamos! ¡Levántate!
Al cabo de pocos segundos, el grano de arena despierta y pregunta asustado:
—¿Quién soy? ¿Qué hago aquí?
El corredor se sienta sobre la arena con el grano sobre el dedo y le responde:
—Eres un grano de arena blanca perdido en una gran playa.
—¿Un grano?
—Sí, un grano.
—¿Y qué es un grano?
—Un fragmento diminuto de un mineral.
—¿Y qué es un mineral?
—Un fragmento de la realidad inerte.
—¿Hay muchos como yo?
—Hay millones, cientos de millones. Fíjate. Toda la playa está llena de ellos y hay miles de playas en todo el mundo.
—Y tú, ¿quién eres? ¿Por qué me has despertado? ¿Por qué has venido a importunarme?
—Yo soy un hombre.
—¿Y cómo te llamas?
—Da igual cómo me llame. Tampoco tú tienes nombre. Aquí nadie tiene nombre.
—¿Hay muchos como tú?
—Hay miles, todavía más, miles de millones en todas partes, de colores distintos, de mentalidades distintas, de alturas distintas, pero cada uno es único y singular.
—Y los granos de arena, ¿somos distintos unos de otros?
—Sí, sois distintos. Cada uno tiene sus cualidades, su textura y densidad, su estructura mineral, pero solamente si los observas con paciencia uno tras otro, podrás percibir las diferencias.
—¡Ah!
—Nosotros, los seres humanos, contemplados de lejos, también parecemos idénticos, pero no lo somos. Es verdad que tenemos las mismas necesidades, las mismas carencias y privaciones, es cierto que sufrimos idénticas manías y obsesiones, pero cada uno, puesto bajo la lupa, es distinto, tan distinto que parece único. Y, de hecho, es único.
—¿Único?
—Sí, único y efímero.
—No lo entiendo.
—Único significa que no hay nadie como tú, ni en el pasado, ni en el futuro.
—¿Tantos sois y todos tan distintos?
—Sí, pero también somos efímeros.
—¿Efímeros?
—Existimos una breve temporada. Eso significa ser efímero.
—Y yo, ¿qué hago en esta playa?
—Lo mismo que los demás granos.
—¿Y qué hacen?
—Juntos hacéis posible que exista una gran playa. Sois pequeños fragmentos de roca, diminutas pizcas de piedra que, juntas, unas sobre otras, formáis una inmensa almohada blanca. El agua del mar llega y se va. Ella también hace su función, pero es otra. A ti, lo que te corresponde, dentro de este enigmático universo, es recibir el agua y acogerla en esta inmensa estera blanca.
III
—Y tú, ¿qué haces en esta gran playa de arena?
—Yo huyo. Huyo de la memoria, del recuerdo.
—¿Qué es el recuerdo?
—Es la imagen fijada del pasado que vuelve, una y otra vez, a la conciencia.
—¿El pasado? No sé de qué me hablas.
