Desde que tengo memoria - Gabriela Rodríguez - E-Book

Desde que tengo memoria E-Book

Gabriela Rodríguez

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Beschreibung

Con solo 8 meses de vida, ella perdió a su mamá en el atentado a la AMIA en 1994. Eso hace que Desde que tengo memoria se convierta en un testimonio vivo, optimista y enérgico de lo que significa convivir por siempre con esa ausencia. Busca resignificar el dolor y la injusticia, convirtiéndolos en otra forma de lucha, cargada de todas las emociones que atravesarán al lector, y con una mirada luminosa sobre la vida. Desde que tengo memoria es una historia de amor, amistad, tristeza, injusticia, viajes y alegrías. Sobre todo, es una historia de vida que nos invita a dar dimensión de lo sucedido y multiplicar la memoria a través de los años y de nuestras voces.

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Seitenzahl: 165

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Salinas, Mical y Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Rodríguez, Gabriela Yael

Desde que tengo memoria / Gabriela Yael Rodríguez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

146 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-814-4

1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas Biográficas. I. Título.

CDD A863.9283

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Rodríguez, Gabriela Yael

© 2021. Tinta Libre Ediciones

A Silvana Alguea:

la persona que me tuvo cuarenta semanas en la panza, ocho meses y diez días en los brazos y a quien llevo dentro de mí para siempre. Espero honrar tu memoria como, no cabe duda, lo merecés.

A mi familia:

que se mantuvo y me mantuvo en pie en todo momento.

A las amigas de mi mamá:

de quienes me consta que honran en su día a día el concepto de “no olvidar”.

Y también:

A cada persona de este mundo que cree que, tal vez, esta historia le tocó de lejos, pero está dispuesta a no mirar para un costado ante el horror y sus consecuencias, para pararnos firmes y juntos, haciendo memoria.

Escribo para seguir luchando contra la idea inconsciente de que “memoria” fueren solo números: 85 víctimas, 18 de julio, año 1994, 9:53 horas. Y reemplazarla con la idea de que “memoria” es, también, entender que cada una de esas personas, por más redundante que suene, perdió la posibilidad de seguir viviendo, que los sacaron del camino antes de tiempo.

Y para honrar, particularmente, una de esas historias, en representación de las tantas que fueron truncadas.

Escrito de igual manera y con especial cariño para las familias de Naum Javier Tenenbaum (presente), José Enrique “Kuky” Ginsberg (presente), Andrea Judith Guterman (presente) y Cristian Degtiar (presente).

Del mismo modo y con merecido respeto, para las familias de Jorge Antúnez (presente), Moisés Gabriel Arazi (presente), Carlos Avendaño Bobadilla (presente), Yanina Muriel Averbuch (presente), Naum Band (presente), Sebastián Barreiros (presente), David Barriga (presente), Hugo Norberto Basiglio (presente), Rebeca Violeta Behar de Jurín (presente), Dora Belogorosky (presente), Flavio Enrique Bermúdez (presente), Romina Ambar Luján Boland (presente), Emiliano Gastón Brikman (presente), Gabriel Buttini (presente), Viviana Adela Casabé (presente), Paola Sara Czyzewski (presente), Jacobo Chemauel (presente), Diego De Pirro (presente), Ramón Norberto Díaz (presente), Norberto Ariel Dubin (presente), Faiwel Dyjament (presente), Mónica Feldman de Goldfeder (presente), Alberto Fernández (presente), Martín Figueroa (presente), Ingrid Finkelchtein (presente), Leonor Gutman de Finkelchtein (presente), Fabián Marcelo Furman (presente), Guillermo Benigno Galarraga (presente), Erwin García Tenorio (presente), Cynthia Verónica Goldenberg (presente), Silvia Leonor Hersalis (presente), Carlos Hilú (presente), Emilia Jakubiec de Lewczuk (presente), María Luisa Jaworski (presente), Analía Verónica Josch (presente), Carla Andrea Josch (presente), Elena Sofía Kastika (presente), Esther Klin (presente), León Gregorio Knorpel (presente), Berta Kozuk de Losz (presente), Luis Fernando Kupchik (presente), Agustín Diego Lew (presente), Augusto Daniel Jesús (presente), María Lourdes Jesús (presente), Andrés Gustavo Malamud (presente), Gregorio “Heshele” Melman (presente), Ileana Mercovich (presente), Naón Bernardo “Buby” Mirochnik (presente), Mónica Nudel (presente), Elías Albert Palti (presente), Germán Parsons (presente), Rosa Perelmuter (presente), Fernando Roberto Pérez (presente), Abraham Jaime Plaksin (presente), Silvia Inés Portnoy (presente), Olegario Ramírez (presente), Noemí Graciela Reisfeld (presente), Félix Roberto Roisman (presente), Marisa Raquel Said (presente), Ricardo Said (presente), Rimar Salazar Mendoza (presente), Fabián y Pablo Schalit (presentes), Mauricio Schiber (presente), Néstor Américo Serena (presente), Mirta Streir (presente), Liliana Edith Szwimer (presente), Juan Carlos Terranova (presente), Emilia Graciela Berelejis de Toer (presente), Mariela Toer (presente), Marta Treibman (presente), Ángel Claudio Ubfal (presente), Eugenio y Juan Vela Ramos (presentes), Gustavo Daniel Velázquez (presente), Isabel Victoria Núñez de Velázquez (presente), Danilo Villaverde (presente), Julia Susana Wolinski de Kreiman (presente), Rita Worona (presente) y Adhemar Zárate Loayza (presente).

Contenido

Carta a cada ser que vivió esta historia en primera persona 11

Vos y yo 13

El juicio I 21

Capítulo I 31

Capítulo II 43

Capítulo III 49

Capítulo IV 61

Capítulo V 71

Capítulo VI 81

Capítulo VII 95

Capítulo VIII 111

Capítulo IX 121

El juicio II 129

Vos y yo, luego 133

Agradecimientos 141

Carta a cada ser que vivió esta historia en primera persona

Te extiendo mi amor, mi abrazo, mi compañía.

Antes de empezar quiero decirte que con vos es diferente.

Vos no necesitás que te cuente nada, como yo no necesito que me recuerden lo que pasó.

Vos hacés memoria a diario, conmigo. Por ella, por ellos. No necesitamos que nadie nos recuerde nada, porque lo vivimos en carne propia y sabemos perfectamente de lo que estamos hablando.

A vos, quiero decirte:

Tomá este amor, este abrazo, esta compañía que te brindo, porque, aunque —paradójicamente— te dedico este libro con toda mi alma, no es por vos que lo escribí.

Por eso, es probable que haya partes que remuevan, que emocionen, que duelan (tal vez como esta dedicatoria).

Dejame recordarte que escribo por ellos: para multiplicar la memoria que vos y yo tenemos y expandirla a cada persona que se abra a conocer esta parte de nuestra historia.

Te agradezco ese amor, ese abrazo, esa compañía. Te agradezco la energía con que vivís cada día a pesar de cómo te golpeó la vida.

Sigamos haciendo memoria, por la vida y por la paz.

Vos y yo

Me parece muy loco escribirte sin conocerte. Sí, a vos que me estás leyendo.

No sé cuánto sabés de lo que pasó en Argentina en el mes de julio, allá por 1994. No sé si vivís acá o no; no sé si alguna vez pediste justicia por alguna historia truncada o si decidiste abstraerte de tanto horror, tal vez creyendo que no te afectaba. Aunque no lo creas, yo estuve de los dos lados.

No sé si alguna vez perdiste a un familiar querido o si no tenés idea de lo que significa extrañar a alguien. No sé tu edad, ni tu nacionalidad, ni tu historia.

Pero ¿sabés por qué te escribo?

Te escribo porque, más allá de quién seas, de lo que sí estoy segura es de que vos y yo tenemos algo en común: somos parte del mismo mundo. Un mundo donde se habla demasiado de las diferencias, en mi opinión… Que si más rico o pobre, que si judío o cristiano, que si gordo o flaco.

Toda la vida nos fueron metiendo en la cabeza la teoría de que “todos somos iguales pero diferentes”. Que una persona “pobre” no es menos que una persona “rica”. Creo que, si pensamos en lo obvio que resulta el asunto, ese tipo de frases son la vívida imagen del famoso “no aclares que oscurece”.

Cuando criaron a las personas que nos criaron a nosotros, se olvidaron de enseñarles que el cerebro humano, mayormente y en algunas oraciones, desestima el “no”. Es decir, se olvidaron de explicarles el hecho de que la teoría, contrapuesta a la práctica, no nos enseña nada, sino todo lo contrario.

Sí les enseñaron mucho “haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago” y ese leitmotiv es lo que hace que las consecuencias sean las que vemos actualmente: bullying, personas viviendo en “el closet”, falta de autoestima, entre tantas otras.

Hace unos años entendí que la forma errada en la que vemos estas diferencias es la base de lo que somos como sociedad a nivel mundial.

Tener arraigada, aunque fuera sin querer, la creencia de que algunas diferencias nos hacen mejores ante un otro nos expone a vivir distintos tipos de horror: el horror de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo; el horror de cada dictadura Latinoamericana (y mundial) que hemos vivido; y el horror de dosbombas explotadas en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en los años ‘90, entre otros miles de atentados terroristas ocurridos en todo el mundo y que no deberían sernos ajenos.

Si no entendemos, de una vez, que las diferencias, lejos de hacernos mejores o peores que un otro, nos nutren, nos exponemos cada vez más a seguir repitiendo la historia. Una historia que, confío, la mayor parte de nosotros no quiere repetir.

Una vez escuché que el gran problema que tenemos como sociedad es que “la gente mala es muy mala, pero la gente buena no es tan buena”. La gente mala está dispuesta a matar y a morir por su causa. La gente buena se conforma con hacer su buena acción del día —con suerte—, muchas veces, encontrando el hueco y sacando ventaja de algún lado.

Tal vez no queramos exponernos. Tal vez nos sintamos amenazados por ese término que alguna vez alguien inventó, donde de alguna manera dieron vuelta el concepto de bondad y se decretó que alguien bueno es más fácil de engañar: los típicos “buenudos”.

Yo creo que por más inteligente que seas, si no dedicas una parte de tu vida a hacer el bien —no te digo a ser un santo, sino, activamente, ser lo mejor que puedas ser y hacer lo mejor que puedas hacer—, mi impresión, al menos, es que tan inteligente no sos. Considero que ser bueno no significa ser “buenudo”, sino ser buena gente. Para mí ser buena gente, más allá de lo banalizada que está la expresión, es de valientes. Es tener convicciones y ser congruente con cualquier cosa que salga de tu boca, cosa que suele resultar un desafío constante. Porque todos deseamos el bien —o casi todos—, pero ¿cuántos estamos dispuestos a hacer algo porque se expanda?

Cuando era chica tenía un almanaque pegado en la cabecera de mi cama que tenía el siguiente texto:

Cuando era joven y libre y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo.

Al volverme más viejo y más sabio descubrí que el mundo no cambiaría; entonces decidí cambiar solo mi país. Pero también él parecía inamovible.

Al entrar en mis años de ocaso, en un último intento desesperado, me propuse cambiar solo a mi familia, a mis allegados, pero, por desgracia, no me quedaba ninguno.

Y ahora que estoy en mi lecho de muerte, de pronto me doy cuenta: si me hubiera cambiado primero a mí mismo, con el ejemplo habría cambiado a mi familia. A partir de esa inspiración y estímulo podría haber hecho un bien a mi país y, quién sabe, tal vez incluso… habría cambiado el mundo.

Según mi memoria, lo leía muy seguido antes de irme a dormir. Según papá, de chiquita, hacía algo dos veces, aisladas, y en mi memoria se grababa como si hubiera sido un hábito. Pero es al día de hoy que me emociona leerlo y hasta sé algunas partes de memoria.

No sé a vos, pero a mí me inspira. Me siento en deuda con el mundo, si no doy lo mejor de mí para ser ejemplo y llegar a mi familia y a mis allegados antes de que no me quede ninguno. Juntos, ser lo mejor que podamos y estar orgullosos de nuestro país. Tal vez, de esta manera y a través del ejemplo, podamos hacer un bien al mundo.

Ya sé que suena utópico, perdón la inocencia, yo a veces siento que un poco lo estamos logrando.

Me llamo Gabriela Yael Rodríguez. Gabriela, creo, por Gabriela Sabatini, porque a mi mamá le gustaba mucho el tenis. Y de Yael, solo sé que querían ponérmelo con “i” para que lo pronunciasen /Iael/ y no /Shael/ (qué horrible que queda escrito de cualquier manera). Por suerte no los dejaron. Me banco que lo pronuncien mal, pero no me molesta tanto porque casi ni lo uso.

Durante mucho tiempo creí que mi nombre era de señora, y no me gustaba.

Durante mucho tiempo lo odié y de chiquita tuve una o dos semanas en las que intenté que todo el colegio me llamara “Yae”, porque era más original y menos de persona de cuarenta años (cuando yo tenía diez), pero no funcionó. Me conformé con erradicar el “Gabriela” de cualquier lado que no fuera mi DNI y autobautizarme “Gaby”, tolerancia cero. ¿Gabriela, quién es? Ni siquiera cuando me retaran.

Nunca supe qué nombre me hubieran puesto si nacía varón, y de chiquita me molestaba saber que mi hermana se hubiera llamado Tomás. Me ha molestado porque me encantaba el nombre Tomás y yo nunca supe mi nombre de varón.

Nací mujer.

Nací nena en una familia con un amor inconmensurable. Agradezco ese amor cada día de mi vida. No sé quién sería hoy, si no lo hubiera tenido.

Durante mucho tiempo creí que mi familia había sido perfecta hasta julio de 1994 y que esa fecha truncó toda nuestra historia. Entiendo que sí, que esa fecha nos truncó la vida, pero también entiendo que, más allá de todo, ninguna familia es perfecta.

En julio de 1994, con tan solo ocho meses, me convertí en víctima. Víctima de la vida. Víctima colateral de un atentado terrorista que se llevó ochenta y cinco vidas, dejó más de trescientos heridos y rompió muchas más almas que las que lastimó físicamente.

La maldad genera traumas —en realidad, creo que tanto lo malo como lo bueno nos dejan marcas—, pero la maldad genera traumas que afectan a niveles que no creo que mucha gente se haya puesto a pensar. Ayuda a la víctima a victimizarse —valga la redundancia— aún más ante cada situación de la vida.

Cuando sos víctima de una situación —cualquier situación—, te creés víctima de cualquier cosa. Creés que todas las desgracias de tu vida se deben a eso, que eso te define, que es lo que sos en la vida: víctima. Y creo que ese es un gran error de la humanidad (y soy la primera en identificarse): el pararse en la vida de costado, como observador, como víctima.

Por suerte creo haberme dado cuenta a tiempo.

En julio de 1994, todavía no se sabe cómo, explotó una bomba en la sede de una institución que existe para hacer bien a este mundo. Su accionar no se detuvo, jamás lo hizo y jamás lo hará. Pero sí se detuvieron todas las vidas que esa bomba se llevó.

La AMIA1 se reconstruyó. Al momento del atentado, llevaba cien años dedicando su existencia a trabajar en la solidaridad y la continuidad de la comunidad judía en Argentina, en un intento por integrarse a esa misma sociedad en su totalidad. No tardó en ponerse en pie nuevamente, y hasta el día de hoy genera actividades culturales para todas las edades, además de cursos y programas que trabajan la vulnerabilidad social y la educación, entre otras áreas. No es que necesitaran un motivo para justificar su existencia, pero decime si no es una institución que merezca desarrollarse.

En julio de 1994 se atacó no solo la institución y sus ideales, sino también al barrio, la ciudad, el país y más. Se atacó, sobre todo, a gente. Se atacaron vidas humanas, muchísimas más de las ochenta y cinco que ya mencioné. Estoy segura de que cada una de esas personas fue una pérdida terrible para sus seres queridos. En mi caso, esa bomba me robó a mi mamá.

Con ocho meses de vida conocí la muerte, la tristeza y el sufrimiento, ajenos y propios; el cementerio y la diferencia entre llevar flores o llevar piedras; el llanto de mi familia; el silencio y el reclamo de justicia. Conocí el horror y la indiferencia. Conocí lo que es apagar la cabeza y seguir, porque “no hay otra”. A mis ocho meses conocí lo que es perder a un ser querido y acompañarse de otros.

No es tan fácil empatizar con el horror. Hasta para mí a veces es difícil tomar dimensión de lo que vivimos.

Querido lector:

No te pido que llores, ni siquiera que estés triste. Te pido que intentes comprender la dimensión de lo que sucedió y que no lo olvides nunca. Porque luchar por “memoria y justicia” es lo mismo que nada si nosotros, los que quedamos, no recordamos y hablamos del tema.

Tal vez no hayas siquiera vivido ese momento, o tal vez te haya tocado muy de lejos y creas que no tenés nada que recordar. Entonces lamento informarte que sos parte de este mundo. El mismo mundo que habla tanto de diferencias humanas como de los horrores de la vida. Sos parte de este mundo que repite y repite historias a mayor o menor escala.

Tal vez te duela y no es mi intención, pero dejame decirte, querido lector, que mi mamá pudo haber sido la tuya. Olvidate del cliché y pensá en la persona que más amás en el mundo. Pudo haber sido esa persona que tanto sentido le da a tu vida. Hasta pudiste haber sido vos. Por suerte no fue así y estás acá conmigo, leyéndome. Mientras lo valorás, tomá dimensión, por favor.

Recordemos. Porque recordar y hablar del tema es lo mínimo que podemos hacer a nivel moral por un hecho que sucedió en nuestro mundo y que todos nosotros, como sociedad, produjimos. Sí, como sociedad. Vos y yo también. Nadie se queda afuera.

El juicio I

A veces tengo cierta fantasía de cómo me gustaría que vaya la vida. En una novela hay finales felices, finales tristes y finales abiertos. Sin embargo, en la novela de la vida es muy difícil decretar lo que sucederá.

Lamentablemente, considero que la historia que iba a contarte ya terminó. No hay vuelta atrás y creo que el final ya lo conocés. Pero la noticia acá es que además de contarte mis recuerdos, la historia de mi mamá y de mi familia, también quiero contarte mi historia. Y mi historia sigue de por vida.

Hoy, acá, te propongo empezar por un punto aparte.

Hay preguntas que me han hecho más de una vez:

¿Pensás que llegará la justicia?

Querido lector: Comparto lo que me imagino, mientras pienso una respuesta.

Octubre, 2037

Henos aquí. Llegó el día. Más allá de lo mucho que pensé en que esto no me servirá de nada, hoy estoy sentada acá. Más allá de la cantidad de veces que creí que había perdido las esperanzas, siempre traté de aferrarme al repuesto ínfimo que de ella me quedaba, escondido en alguna parte, y convencerme de que era importante. Hoy vale la pena, creo.

Por fin llegamos a este momento tan significativo, aunque superficial, para todos. Millones de veces me he preguntado: “¿A qué se refieren con justicia? Lo justo sería que hoy no estuviéramos siquiera aquí, que todo esto no hubiera pasado”.

Cuando pienso en eso, me es inevitable acordarme de una escena imborrable, hace años, en uno de los actos conmemorativos de un nuevo aniversario, donde se exigía, como siempre, memoria y justicia. Había ido con algunas amigas del colegio. Recién llegábamos y estábamos pasando entre la gente para llegar más o menos adelante. De repente las escuché hablando entre ellas y solo pude descifrar una frase: “No tendríamos que estar acá”.

Jamás soporté la gente que iba a los actos para cumplir o para hacer sociales —porque a esa edad la había y de a montones—, pero ellas eran mis amigas. ¿Qué querían decir con que no tendríamos que estar ahí? «No hubieran venido si no tenían ganas», pensé. Se ve que la bronca fue más fuerte que la discreción y mi cara habló por mí, porque al mirarme, leyeron en mí la necesidad de una explicación y me dijeron la siguiente frase:

“Esto nunca tuvo que haber pasado”.

Siempre pensé que justicia era hacer que algo fuera igualmente benefactor para las dos partes. La Real Academia Española define justicia como “el principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”. ¿A qué llamamos moral? ¿Cuál es la moral en planear un atentado terrorista de esta índole? ¿Dónde está la moral de poner una bomba que mate a ochenta y cinco —o a quién hubiera sabido cuántas— personas? ¿A qué llamamos moral cuando se habla de vidas robadas y de cenas con una silla vacía y una vela prendida? Y, supongamos que eludimos esa parte, ¿qué sería lo que nos corresponde o pertenece a nosotros? ¿Qué les corresponde o pertenece a los terroristas?

A mí siempre me pareció que lo básico sería que un asesino pase el resto de su vida en la cárcel. Tal vez ese fue el concepto “justo” que absorbí desde siempre, pero en definitiva eso lo decide un juez.

“¿Qué harías si alguna vez los tuvieras en frente con una nueve milímetros en tu mano?”, me ha preguntado más de uno alguna vez. No lo sé.