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Un deseo de altos vuelos que amenaza con consumirlo todo Zachary es un multimillonario acostumbrado a salirse con la suya. Es el carismático propietario de una flota de jets privados que ofrece viajes exclusivos. Lo tiene todo… hasta que conoce a Bethany. Basta un solo encuentro para que la atracción lo descoloque por completo. Para Bethany, la invitación a un viaje de ensueño con Zachary llega en uno de los peores momentos de su vida, pero a medida que el viaje avanza, la atracción entre ambos crece y se transforma en algo imposible de ignorar. Sube a bordo y déjate llevar, sin inhibiciones...
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Seitenzahl: 306
Veröffentlichungsjahr: 2026
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A mis preciosas y voraces amigas lectoras que lo quieren todo: un multimillonario guapísimo y atormentado, que sea complaciente y dé buenos orgasmos. Este libro es para vosotras. Xoxo
Lo primero que vio Bethany Green al abrir su buzón aquel viernes por la tarde fue el sobre índigo. Entre el resto de propaganda y facturas, destacaba como una joya exótica en el polvo.
Aunque no quería ilusionarse por precaución, se le aceleró el latido del corazón. Con los dedos temblorosos, cogió el sobre rectangular: era real, y pesaba.
—Madre mía, ha llegado. De verdad ha llegado —murmuró, dándose cuenta de que hablaba sola, aunque en el vestíbulo vacío de su edificio.
Metió rápidamente el correo en su bolso enorme y se apresuró hacia el ascensor. En cuanto apretó el botón del cuarto piso, volvió a sacar el sobre. Las palabras escritas al frente, en letras doradas en relieve, eran simples: «Su invitación». Le dio la vuelta. Sin remitente. No era de extrañar. Porque, sinceramente, nadie en su sano juicio rechazaría esa invitación.
Diez minutos después, Bethany, pese a haber cogido fuerzas con medio vaso de rioja, seguía sin reunir valor para abrirla. El zumbido agudo de su teléfono le hizo dar un brinco. Sin apartar la mirada del sobre, que descansaba ahora sobre la mesa de centro, tanteó unos segundos entre los cojines del sofá hasta que sus dedos encontraron el móvil.
—Seguimos con lo de las tapas en una hora, ¿verdad? —la voz de Keely Benson, su mejor amiga, sonó cortante con su marcado acento neoyorquino de Brooklyn.
Keely era neoyorquina de pura cepa, no del norte del estado como Bethany. En más de una ocasión, a lo largo de su larga amistad, Bethany había dado gracias al cielo por tener a Keely en su vida. Había estado a su lado cuando Bethany recibió la peor noticia de su existencia.
—Eh… Sí…, supongo —respondió Bethany, todavía absorta en el sobre.
—¿«Supongo»? ¿Cuántas veces te he dicho esta semana lo importante que es esta noche para mí? Joder, Bethany, si me dejas tirada, no te lo perdonaré nunca. Sabes que Clark jamás se decidirá si soy demasiado directa. Necesito que me frenes un poco. Una vez lo tenga en mi piso estaré bien, pero no puedo dejar que se me acobarde en la cena, y para eso te necesito allí.
—Madre mía, Keel, nunca he entendido esa adicción tuya a los frikis.
Su amiga soltó una carcajada graciosa que empezó como una risita de colegiala y terminó como el gruñido de una dominatriz. Bethany había visto a hombres adultos babear como niños cuando Keely reía.
—No tienes que entenderlo, chica. Solo tienes que venir y echarle una mano a tu amiga.
—Yo… Vale, sí, iré.
Keely resopló con impaciencia.
—De acuerdo, cuéntame qué pasa. No habrás tenido otro encontronazo con la sargenta de hierro, ¿verdad?
Bethany esbozó una sonrisa ante el apodo que le habían colocado a su jefa tocapelotas.
—No, está fuera de la ciudad hasta el martes.
—Entonces, ¿qué demonios ocurre?
—Ha llegado —soltó Bethany, incapaz de guardarse la noticia por más tiempo.
—¿Ha llegado? ¿El qué?
—Una invitación. Al IndigoLounge.
Silencio. En todos los años que llevaba conociéndola, Bethany jamás había visto a Keely quedarse sin palabras. Que lo hiciera ahora le hizo latir el corazón a toda velocidad. Su amiga sabía, igual que ella, lo que aquel momento significaba.
—Estás de coña —susurró al fin.
—Te juro que sí —contestó Bethany, con una risa que le brotó de la garganta, mitad incrédula, mitad asustada. Aún no podía creer lo que veían sus ojos.
—¿La has abierto? ¿Qué pone? ¿Cuándo te vas? ¿Cuánto dura? ¿Puedes llevar a alguien? ¡Vamos, suéltalo todo!
—Todavía no la he abierto. Y, en serio, Keely, creo que no quiero hacerlo.
—¿No quieres abrirla o no quieres aceptar la invitación?
—Eh…, ¿ambas? Es imposible que pueda ausentarme con tan poco margen. Además, tengo demasiado trabajo. Junio es el mes más ajetreado, justo antes de que todo el mundo se largue de vacaciones… No es nada práctico…
—¡Bethany! —la voz acerada de Keely la interrumpió.
—¿Sí?
—¿Cuánto vino te queda en casa?
Bethany consiguió por fin parpadear y enfocar la vista lejos del sobre índigo. Miró hacia el pequeño hueco del pasillo que llevaba a la cocina y contó.
—Tres tintos, un blanco y un rosado. ¿Por qué?
—Estaré allí en veinte minutos. Llevo la cena.
—¿Y Clark?
Keely suspiró.
—Aunque me duela renunciar a un buen pene de friki buenorro, Clark puede esperar. Esto es demasiado importante como para dejarte hacer lo que sé que estás pensando hacer.
—Pero…
—Veinte minutos. —Colgó.
Bethany se obligó a respirar, a controlar el temblor de las manos. Dio otro sorbo de vino y cogió la invitación.
IndigoLounge, propiedad del multimillonario ZacharySavage, de treinta y un años, el quinto hombre más rico de Estados Unidos.
El reportaje que había leído sobre él en la revista Time el año anterior se extendía sobre su instinto empresarial de rey Midas e insinuaba unos orígenes humildes, aunque sabía que en gran parte era material reciclado de otros artículos. El reservado ZachSavage apenas había revelado nada de su vida al entrevistador.
La foto utilizada era antigua, de los años posteriores a la universidad, pero no por eso dejaba de ser evidente que, a los veinticinco, ZacharySavage era magnético y atractivo, con unos ojos capaces de captar y retener la atención de cualquier mujer y de hacerla desear conocer al hombre tras aquella sonrisa enigmática y sensual.
Hoy por hoy, todo lo que se sabía de él era que vivía en algún lugar de la costa oeste, probablemente San Francisco, que poseía varias mansiones en todo el mundo y que tenía intereses en múltiples negocios, el más célebre de ellos IndigoLounge.
Desarrollados en diez aviones privados superjumbo, los lounges ofrecían entretenimiento adulto exclusivo. Los rumores hablaban de palacios aéreos del sexo, pero los detalles eran un secreto tan bien guardado que solo lo conocía la élite más selecta.
La empresa de eventos donde trabajaba Bethany había intentado captar su negocio el año anterior, sin éxito. A ella, como parte del equipo de licitación, le habían encargado averiguar todo lo posible sobre ZacharySavage.
Haber obtenido tan poca información enfureció a sus jefes y puso su puesto en Neon Events, Inc. en peligro. Tuvo que dejarse la piel después de aquel fiasco para redimirse ante su supervisora directa, SheenaMalcolm.
El sonido del portero automático interrumpió sus pensamientos. Se levantó de un salto, abrió la puerta a Keely y esperó junto a la entrada.
Su amiga rubia de ojos verdes salió del ascensor con su habitual paso decidido y provocador, una bolsa de comida china en una mano y dos bolsas de fin de semana de Louis Vuitton en la otra.
Bethany frunció el ceño al verla pasar.
—¿Y esas bolsas?
Keely las dejó junto al sofá más cercano y se dirigió a la cocina.
—Una está vacía, es para ti, cuando te convenza de que vas a hacer ese viaje. La otra es por si he perdido todos mis poderes de persuasión y no lo consigo; en ese caso, tú y yo nos vamos a los Hamptons el fin de semana. Dicen que hará entre treinta y treinta y cinco grados. Si no puedo sudar entre mis sábanas con Clark, al menos sudaré en la playa mientras hablamos seriamente de cómo llevas tu vida.
Cogió dos platos, volvió al salón, sirvió pollo Kung Pao y fideos en la pequeña mesa del comedor y empezó a repartir.
Bethany contuvo la reacción instintiva que le provocaba la palabra «playa» e intentó disimular el estremecimiento de miedo. Keely lo advirtió de todos modos.
Su mirada se suavizó con simpatía.
—Vaya. Olvida lo de la playa. De hecho, olvida todo el plan alternativo. No te va a hacer falta.
—En realidad, sobre la invitación… —empezó Bethany.
Keely frunció el ceño y la señaló con los palillos.
—Ya te has autoconvencido de no ir, ¿verdad?
—No creo que pueda cogerme vacaciones, Keel.
—Claro que puedes. Tu tía Melanie ha tenido su segundo infarto en dos meses. Todos esos dónuts y costillas grasientas de las que los médicos le habían advertido al final le están pasando factura. Nadie sabe si la pobre tía Mel saldrá adelante esta vez.
—Madre mía, Keely, la tía Mel está tan sana, o más, que los caballos que monta todos los días. Hablé con ella por su cumpleaños la semana pasada y estaba hecha una rosa.
—Sheena la de las pelotas de acero no lo sabe. Acaba de aprobarte todas las vacaciones acumuladas de los dos últimos años para que vayas a acompañar a tu tía moribunda en Montana. Y… —Keely sacó el móvil del bolsillo y se lo enseñó—, acaba de responderme diciendo que también está de acuerdo en que sea yo quien la mantenga informada, así que no tendrás que llamarla cada puto día.
Bethany se quedó boquiabierta.
—¿Has hecho la maleta, pedido comida y mandado un mensaje a mi jefa pidiendo días libres en…, ¿qué?, ¿veinte minutos?
¿Solo para que me vaya a ese viaje?
—Ajá.
—¿Y Sheena se ha tragado la excusa que te has inventado?
—¿Por qué no iba a hacerlo? Todavía cree que dejé Neon el año pasado porque me provocó una crisis nerviosa y no porque Rubio Events me fichara. Seguro que está muerta de miedo pensando que puedo demandarla. —Keely sonrió y le tendió un plato humeante—. Me encanta cuando pones esa cara.
—¿Qué cara?
—La de no saber si besarme por haberte salvado o abofetearme por dejarte sin excusas.
—Sí, porque ya he aprendido, para mi desgracia, que cuando estás tan decidida una de las dos acaba arrepintiéndose. Y la mayoría de las veces soy yo.
Keely la apartó con un gesto y se acercó al sofá que Bethany había dejado libre minutos antes. Se quedó mirando el sobre con el mismo asombro que ella había sentido desde que lo recogió del buzón hacía casi una hora.
—Guau. O sea…, la hostia.
Bethany soltó el aire despacio y se sintió un poco mejor al ver que no exageraba la magnitud del asunto.
—¿Sí, verdad?
Keely asintió.
—Tenemos que abrirlo, chica. No vamos a enterarnos de los detalles jugosos mirando el sobre toda la noche.
Inspiró hondo, lo cogió rápido de la mesa y lo abrió rasgándolo.
Bethany contuvo la respiración hasta que la necesidad de oxígeno la obligó a inspirar con ansia.
—¿Qué pone?
—Sales el domingo desde Newark. Primera parada, Shanghái… Tendrás guía personal, chef y guardaespaldas durante toda la experiencia… ¡Santo cielo!
—¿Guardaespaldas? ¿Por qué iba a necesitar…?
Keely levantó la mano.
—Segunda parada, Bora Bora. Dios, Bethany, ¡mataría por ir a Bora Bora! Tercera, las islas Aleutianas… ¿Dónde demonios están?
Bethany se encogió de hombros y Keely siguió.
—Cuarta parada, Londres; quinta, Montecarlo. —Suspiró, perdida en sus pensamientos—. Es la hostia, Bethany, increíble. ¿Te imaginabas que te tocaría el premio cuando te enteraste de que IndigoLounge elegía cada año a un invitado comodín, gratis?
—No. Si pensábamos que era una broma, ¿te acuerdas? O sea, ¿para qué quiere una empresa multimillonaria regalar una oportunidad así?
—Quizá ZacharySavage quiere evitar dar una imagen de capullo superrico.
—No sé si le importa mucho su imagen, ese hombre no concede entrevistas y vive prácticamente recluido —comentó Bethany.
—Pues ni idea. Pero no vamos a hacerle ascos al regalo. —Apuntó a Bethany con la esquina del sobre—. Esta invitación ha caído en tus manos y vas a ir. Punto.
Bethany apretó los labios para contener la avalancha de objeciones que pugnaban por salir. Por un lado, estaba emocionada, más que emocionada. Por otro, su autoestima había sufrido un golpe brutal seis meses antes, cuando su novio de toda la vida la había dejado… por otro hombre. La conmoción por la doble traición de Chris aún no se le había pasado. Últimamente se preguntaba si alguna vez se le pasaría.
—¿Qué más pone? —preguntó, para distraer a ambas de los motivos por los que dar aquel paso le resultaba tan abrumador.
Keely bajó la vista al papel.
—Lo de siempre: confidencialidad total y absoluta o te quedas sin riñones, nada de drogas a bordo… Nada de drogas a bordo… Nada de drogas o serás procesada… Joder, insisten bastante con lo de las drogas.
—Tal vez alguien tuvo una mala experiencia a bordo.
—Puede ser… Hay entretenimiento las veinticuatro horas, pero las suites privadas son privadas. Joder, como vuelvas y me digas que no saliste de tu suite, te mato. —Keely le clavó la mirada.
—Aún no he dicho que vaya, Keel.
Su amiga suspiró y dejó caer el sobre.
—Mira. Sé por qué no quieres ir. Chris, el capullo te dejó hecha polvo con lo de que prefería a los hombres, lo entiendo. Ni siquiera me pasó a mí y me traumatizó la hostia. Pero tienes que pasar página, coño. Has fundido seis vibradores en seis meses y Dios sabe cuántos consoladores más, y esos son solo los que me has contado…
—¡Keely!
—Te vas a destrozar el clítoris si sigues usando esos cacharros a pilas y, créeme, te hará falta cuando aparezca un hombre de verdad. En serio, ¿es que no echas de menos lo auténtico? Un cuerpo cálido contra el tuyo, una polla dura dentro de ti…
El calor subió a las mejillas de Bethany y se dejó caer en el sofá.
—Vale, lo echo de menos, pero…
—Nada de peros.
—¡Sí hay peros! Hostia, Keely. La última polla dura que tuve dentro prefería el sexo anal con otros hombres. ¿Cómo no voy a tener un puto complejo?
Los ojos verdes de Keely se suavizaron.
—Ya, claro.
—Esas son historias que leemos en revistas cutres y con las que nos reímos. ¿Sabes lo que es darte cuenta de que de repente esa chica eres tú? ¿La que no era bastante para su novio, y él se fue a la cama con otro tío? —Aun después de tanto tiempo, decirlo en voz alta le revolvía el estómago de dolor, rabia y repugnancia.
Keely negó despacio, pero enseguida adoptó esa expresión suya, la de «te quiero, pero…».
—No, no sé lo que es, cariño, pero tampoco voy a dejar que te escondas para siempre por culpa de ese imbécil. No hay mejor manera de superarlo que abrirte a nuevas experiencias. Vas, tienes un rollo pasional sin compromiso en los brazos del lujo total, vuelves y sigues con tu vida. Bethany, el IndigoLoungeno podría ser más perfecto para ti ahora mismo.
—No es tan fácil…
—Sí que lo es. Tienes que sacarte a tu ex del sistema, y un palacio aéreo del sexo es justo lo que necesitas. Deja de resistirte, porque no pienso dejar que te acobardes, B. Es hora de volver al mundo real. —Cogió su plato en la mano y apoyó la espalda en la silla, con los palillos en posición—. Ahora come, que vas a necesitar fuerzas para cumplir la lista de cosas que te he preparado.
El domingo amaneció luminoso y soleado sobre Nueva York.
Bethany seguía en la cama, todo su cuerpo alerta, estremecido por una emoción que no sentía desde hacía mucho. Sería el momento perfecto para una sesión con su Rabbit, pero Keely había confiscado todos y cada uno de sus aparatitos de placer antes de marcharse como una diva la noche anterior.
Cuando Bethany le suplicó, ella le entregó uno nuevo, todavía precintado, que ahora estaba guardado en uno de los dos bolsos de viaje a los pies de la cama.
—No puedes abrirlo hasta que hayas pasado un día completo a bordo, y solo en caso de emergencia. Y si vuelves con él sin estrenar, te querré para siempre.
Con un suspiro de resignación por la pérdida de Dildo Pete, Bethany se levantó y se metió en la ducha.
Veinte minutos después, el superagresivo acelerón de Keely en el adorado Mini Cooper de Bethany, de nombre Hermione, la hizo estremecerse.
—Prométeme que tratarás bien a Herm mientras no estoy.
—Solo es un coche, B.
Discutieron todo el camino hasta el aeropuerto de Newark sobre el trato lamentable que Keely le daba a Hermione, pero ambas guardaron silencio cuando entraron en la zona de jets privados.
El jet del IndigoLounge era inconfundible. Un inmenso y reluciente superjumbo negro, decorado con dos finas líneas color índigo que iban del morro a la cola, imponía su presencia sobre los aviones más pequeños y de colores claros.
Keely redujo la velocidad mientras se quedaban boquiabiertas ante el jet.
—Me muero de envidia, tía. Acuérdate de que me debes una. Podría haber tenido a Clark la noche del viernes y la de ayer recitándome la secuencia de Fibonacci mientras me lo follaba hasta dejarlo hecho polvo. Y ahora lo único que tengo es porno de empollones para hacerme compañía mientras te imagino pasándotelo de lujo en ese avión. Al menos prométeme que te vas a desmadrar un poco, ¿eh?
La mirada de Keely era una mezcla entre la de una hermana preocupada y la de una profesora severa. Detuvo el coche frente a un edificio de cristal y acero que tenía sobre la puerta principal un letrero que decía «El IndigoLounge — Suite Ejecutiva para Invitados».
Bethany asintió.
—No puedo prometerte que me vaya a desmadrar, pero sí que me lo pasaré bien.
Esbozó una sonrisa y vio cómo Keely se relajaba un poco.Si es que alguien tan nerviosa como ella era capaz de relajarse.
—Genial, ahora… ¡Fuera, hala! —Keely acompañó sus palabras con un gesto de la mano.
Bethany abrió la puerta del coche, puso los pies en el asfalto caliente y sonrió.
Mientras se dirigía al maletero para coger sus maletas, una ráfaga de viento apareció de la nada y le levantó la falda del vestido.
Se oyó un silbido por lo bajo.
—Cristo, menudas piernas.
Mientras cogía las maletas, se dio la vuelta y vio a tres tíos guapos, vestidos como si acabaran de salir de una revista de moda.
Oyó la risa satisfecha de Keely.
—Ya veo que empiezas con buen pie —dijo mientras se quitaba las gafas de sol de la cabeza para ponérselas sobre los ojos—. Adiós, amiga.
Bethany apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta de golpe antes de que Keely acelerara con un chirrido de neumáticos. La pobre Hermione iba a sufrir de lo lindo. Se dirigió a la oficina del IndigoLounge, intentando no encogerse de dolor al pensar en el destino de su coche.
Los tres tiarrones estaban entrando en el edificio de cristal. Ella los siguió despacio, con el pulso retumbándole ante la idea de que estaba cruzando el umbral hacia lo desconocido. Echó de nuevo un vistazo al enorme jet negro e índigo, mientras una mezcla de miedo y emoción le recorría la espalda.
Era la oportunidad de su vida.
Tenía dos opciones: huir y evitar enfrentarse a la posibilidad de soltarse y divertirse, o aferrarse a esta experiencia con la esperanza de que le ayudara a desterrar el dolor de los últimos meses de una vez por todas.
ZacharySavage alzó la vista de los documentos que estaba revisando y observó a tres hombres que entraban en la Suite Ejecutiva para Invitados.
Desde su posición tras la pared acristalada de la oficina que le había requisado a su asistente en la entreplanta, los siguió con los ojos entornados.
El líder de la banda de rock Friday’s Child era inconfundible. En lo que le parecía otra vida, Zachary había ido a un par de sus conciertos. Pero aquello fue antes de que todo se fuera al traste.
Como de costumbre, cualquier pensamiento sobre cómo había cambiado su vida en los últimos seis años le tensó la mandíbula con una mezcla de ira y dolor.
Si hubiera sabido que esta escala iba a coincidir con uno de los vuelos del IndigoLounge, habría hecho otros arreglos y se habría apartado de recuerdos tan dolorosos.
Qué demonios, ya estaba allí.
Que normalmente hiciera la evaluación de invitados desde la comodidad de su despacho en San Francisco no venía al caso. La escala desde Londres para repostar su avión estaba durando más de lo previsto. Trabajar mientras esperaba ayudaba a contener la inquietud que seguía al acecho en su interior.
Intentó volver a ponerse en modo trabajo. Hasta ahora había comprobado la información de todos los pasajeros que embarcarían en su avión salvo una.
Por lo que había podido averiguar, los miembros de la banda estaban limpios. Nada que indicara consumo de drogas ni borracheras. Las otras seis personas que viajaban en esta experiencia del IndigoLounge habían sido examinadas con igual rigor. Siguió con la mirada a los músicos hasta la recepción y los vio coquetear con la recepcionista.
Aburrido a más no poder, volvió la vista a los papeles. Solo quedaba una incógnita.
Bethany Green. La comodín.
Su invitación se había enviado tarde, pero ya habían comprobado los antecedentes. Estaba limpia.
Justo iba a pasar a la página de la fotografía cuando un destello amarillo le llamó la atención.
Estaba de pie enmarcada en la entrada del edificio, con dos grandes bolsas de viaje en la mano y un bolso enorme colgado de un hombro.
El cabello oscuro y largo le caía en abundantes ondas sobre los hombros desnudos y los brazos. Zach no pudo ver su rostro con el sol de espaldas, pero lo que vio de su cuerpo le robó el aliento mientras algo despertaba dentro de él.
La manera en que se sostenía le intrigó; un punto insegura, pero plantada en el umbral, como si se estuviera convenciendo de dar el siguiente paso. En su mundo, las mujeres se deleitaban siendo dominantes, se esforzaban por no mostrar debilidad en su presencia con la esperanza de impresionarlo.
Ver a una mujer que reconocía su vulnerabilidad y luchaba por asumirla tenía algo extrañamente cautivador. Se puso en pie y caminó hasta el ventanal, sorprendido por lo mucho que deseaba verla.
El viento empujaba su vestido corto contra unas piernas largas y sensuales, piernas que parecían no terminar nunca antes de curvarse para enmarcar unas caderas rotundas y un vientre firme y plano.
La polla de Zach dio un respingo, lo dejó atónito con un hambre que su existencia hastiada no le permitía desde hacía mucho. Cuando su mirada llegó a sus pechos, dejó escapar un gruñido y se dio cuenta de que tenía los dedos apoyados contra el cristal, la cabeza casi tocándolo mientras forzaba la vista para verle la cara.
Pero seguía en sombra, clavada en el umbral del edificio, indecisa entre entrar o darse la vuelta.
«Entra».
Se percató de que había susurrado las palabras y se quedó helado, con un punto de desconcierto que le frunció el ceño. Mientras observaba, ella ladeó la cabeza y alzó una mano para apartarse la melena lujosa del rostro. Y aun así no conseguía verla.
Pero, con el cabello retirado, alcanzó a ver un cuello estilizado, piel suave.
El hambre creció, le golpeó por dentro como un ser vivo. Su polla, ya completamente despierta, exigía acción. Acción que no había tenido en semanas porque incluso la idea del sexo le aburría soberanamente. Hasta ahora.
Inspiró hondo, con cada nervio del cuerpo en tensión por verla del todo.
«¡Entra!».
Ella siguió jugueteando con el pelo, sosteniéndolo hacia atrás. Él se puso más duro, casi mareado por la fuerza de la erección.
Por fin, dio un paso al frente.
El aire se le escapó a Zach cuando vio su rostro. La sensación lo embistió con la fuerza de un huracán de categoría cinco. Sus facciones eran voluptuosas; la boca rosada, llena y deliciosamente curvada como hecha para dar besos… a él. Pómulos altos y una naricita respingona completaban el cuadro deslumbrante, y él la observó sin pestañear mientras ella entraba en su territorio.
Con cada paso que daba, sentía una descarga poderosa que le atravesaba. Cuando estuvo justo debajo de él, tenía el puño clavado en el cristal, con el cuerpo y las emociones en llamas.
Ella alzó la vista directamente hacia él, pero, claro, no podía verlo a través del espejo unidireccional. En ese ángulo, su cara resultaba aún más impresionante, con unos ojos azules limpios que brillaban con una mezcla de entusiasmo y aprensión.
Zach quería todo su entusiasmo y nada de su aprensión. Demonios, la quería y punto.
No, «querer» se quedaba corto para describir lo que le recorría. La desesperación que le bullía por dentro era tan ajena como apremiante. Él no hacía cosas espontáneas. No ansiaba a una mujer con solo verla. Hoy en día, sus novias se elegían con cuidado y se examinaban a fondo.
Y, sin embargo…
Ella bajó la mirada, sacudió un poco la cabeza como para despejarse y miró a su alrededor. En cuanto la vio dirigirse al mostrador donde el grupo de rock estaba registrándose, Zach soltó una palabrota.
Salió corriendo de su despacho antes de terminar la retahíla de tacos.
Bethany intentó sacudirse la extraña sensación que se había apoderado de ella y avanzó hacia la recepción, donde una diosa rubia de infarto estaba terminando el registro del último del grupo de hombres. Uno de ellos, moreno y con una cazadora de cuero que parecía carísima, le echó una mirada y le guiñó un ojo.
No era tan ingenua como para confundir su interés, pero igualmente le respondió con una sonrisa algo tirante.
Ahora que estaba allí, fuera del radio de la seguridad arrolladora de Keely, la asaltaban las dudas. Y aquella sensación que había tenido un momento antes al levantar la vista hacia el cristal esmerilado, esa impresión de estar al borde de un precipicio, mirando de frente al peligro…, bueno, la había acojonado de verdad…
Una puerta a su lado se abrió de golpe y Bethany se quedó muerta.
¡La Virgen!
Era la encarnación de todos sus sueños húmedos. El dios viviente de sus fantasías sexuales, ensoñaciones y anhelos hecho realidad.
Unos ojos color pizarra se fijaron en ella desde un rostro tan increíblemente bello que se le secó la boca. Su mirada descarada transmitió un impulso salvaje de electricidad sexual directo entre sus piernas. Al moverse como un animal apenas encorsetado por la civilización, su clítoris despertó al instante; contra la teoría de Keely, por lo visto no estaba muerto del todo.
Todo se desvaneció, todo ser humano del entorno dejó de existir al ver al dios ante ella. El dios vagamente familiar…
Tenía los hombros anchos, fuertes, imponentes. Era de una estatura pasmosa, fácilmente un metro noventa, con el pelo negro como la camiseta que llevaba, combinado con unos vaqueros negros que realzaban unas caderas estrechas y unos muslos tensos, viriles.
Unas botas curtidas y una cazadora de cuero color chocolate remataban el envoltorio, sin disfrazar el aura de masculinidad brutal que emanaba de él.
La miraba como si tuviera derecho a hacerlo, como si fuera suya y pensara reclamarla allí mismo y en ese mismo momento.
El pulso de Bethany se aceleró sosteniéndole la mirada, sintiéndose extremadamente vulnerable, pero incapaz de quitarle los ojos de encima.
Él avanzó un paso más y se detuvo justo ante ella, amenazando con tapar hasta la luz del sol.
—Bienvenida al IndigoLounge.
Su voz, como grava endulzada con miel, áspera y a la vez melódica, le lanzó otra oleada de calor a través del cuerpo.
Bethany no tuvo ninguna dificultad en imaginarlo durante el sexo, susurrándole palabras sucias y calientes mientras la follaba. Dios, seguramente follaba como un auténtico campeón.
¿Qué demonios había dicho? ¿Bienvenida?
—Eh…, gracias.
Por fin rompió aquel foco eléctrico y asintió hacia un mostrador vacío. Como por arte de magia, otra diosa rubia apareció tras él.
Esta parecía tener ojos solo para el hombre que tenía delante. Nada sorprendente. Pero el interés ávido en la mirada de la mujer hizo que a Bethany le entraran ganas de borrarle la sonrisa de un sopapo.
—Serena, ¿puedes tomarle los datos a la señorita…? —La miró, con una ceja alzada.
Bethany se obligó a concentrarse.
—Green. Bethany Green.
Los ojos de él centellearon y luego las pestañas bajaron para ocultar su expresión. Asintió y se volvió hacia Serena.
—Inscribe a la señorita Green y haz que trasladen también mis bolsas. Me uno a este viaje del IndigoLounge
Las cejas de Serena casi se estrellaron con su flequillo perfectamente colocado.
—¿Ya no va a la costa oeste?
A él se le ensancharon ligeramente las aletas de la nariz y la mandíbula sobresalió como si estuviera peleando consigo mismo. Por fin, sonrió.
—No. Cambio de planes. ¿Puedo confiar en que lo arregles, Serena?
Claro que podía. La sonrisita melosa de Serena indicaba que el señor dios del sexo podía confiar en que ella arreglara todo a su gusto, incluida ella misma si a él le venía en gana.
—Enseguida, señor.
El dios del sexo sonrió.
—No, no enseguida, Serena. Primero, atiende a la señorita Green.
Los ojos grises y tormentosos se clavaron en ella de nuevo. Había algo en él tan demoledoramente poderoso que Bethany tuvo que obligarse a apartar la mirada, forzando a sus neuronas a centrarse cuando Serena le pidió el pasaporte.
Se lo entregó, junto con su copia del contrato del IndigoLounge, que había firmado por triplicado. Todo el tiempo, el ardor de aquella mirada la marcaba en silencio.
Cuando Serena fingió otra sonrisa y le devolvió el pasaporte, a Bethany le tembló la mano al guardarlo en el bolso. La fuerza de aquella mirada era un punto excesiva.
—Si deja aquí sus bolsas, las subiremos al avión. Su auxiliar de vuelo, Tracy, vendrá en un momento para presentarle a su equipo y organizará el registro final.
—¿Registro?
La sonrisa impostada de Serena se estiró más.
—Es política de la empresa hacer un control de drogas antes de que nuestros clientes embarquen. Está en el contrato que firmó. Las normas del señor Savage sobre el consumo de drogas en sus aviones son muy estrictas.
A Bethany se le apretaron los dientes ante el tono condescendiente, pero forzó una sonrisa.
—Claro. Si el señor Savage insiste.
—Insiste —remachó Serena, lanzando otra mirada melosa por encima de su hombro al dios del sexo.
Bethany también giró la cara hacia él y captó un atisbo de diversión. Pero en cuanto sus miradas se cruzaron, la diversión se esfumó y volvió a quedar reemplazada por un calor posesivo que fundía sus entrañas.
Él se movió como si la misma energía inquieta que a ella la recorría lo azotara por dentro a él también. Le palpitaban los dedos, luego se los metió en los bolsillos traseros. El gesto estiró la camiseta sobre sus potentes bíceps, y a ella se le hizo la boca agua.
Se esforzó por dominar las emociones desbocadas. Nunca se había sentido así, ni siquiera con Chris…
Sí… Chris. ¡Ahora no voy a pensar en él!
—Permítame acompañarla hasta su auxiliar de vuelo—dijo el hombre, inclinándose levemente hacia delante.
Quería preguntarle quién era, por qué se interesaba por su registro, pero la química entre ellos resultaba tan evidente, tan poderosa, que sobraban las palabras.
Pese a estar perpleja, pese al desconcierto de por qué un hombre tan sexi y tan guapo la miraba con hambre apenas contenida, no podía negar la verdad básica que le incendiaba el cuerpo.
Bethany quería follárselo. Simple y llanamente.
Excepto que no lo haría ni simple ni en llano.
El cansancio cínico que le vio en los ojos no restaba un ápice a la experiencia sexual cruda que latía en sus profundidades grises. El sexo con ese hombre sería un delirio obsceno; sería sudoroso e indecente. También sería hermoso y complicado a más no poder. Tan cierto como que se llamaba Bethany.
Sin responder, asintió y se puso a su lado.
A sus espaldas, Serena farfulló promesas sobre atender sus necesidades, pero ninguno le prestó atención.
Su olor —cálido, cítrico con un toque de especias— le llenó la cabeza a Bethany junto con una turbadora sucesión de pensamientos obscenos. ¡Dios, quería lamerlo en sitios que jamás había soñado lamer a un hombre! Y eso solo para empezar…
La condujo por las puertas por las que él había salido… hacía una eternidad. Unas escaleras de lujosa moqueta llevaban a otra puerta en la entreplanta.
Se hizo a un lado y la invitó a subir con una sonrisa maliciosa que curvó sus labios sensuales.
—Después de usted, señorita Green.
Menos mal que se había depilado las piernas la noche anterior, fue su primer pensamiento. El segundo, si se le transparentarían las bragas bajo la tela fina del coqueto vestido amarillo de verano de Vera Wang que Keely la había obligado a ponerse.
Oh, ¿y qué más daba?
La corrección la había abandonado en cuanto puso los ojos en aquel hombre. Aun así, no pudo evitar llevarse la mano a la parte trasera del vestido mientras subía.
Escuchó su siseo suave y se dio cuenta, tarde, de que lo único que había conseguido era pegarse la tela al culo. Su «culo Kardashian», como le gustaba decir a Keely.
Con diferencia, era su peor rasgo, ridículamente grande en comparación con el resto del cuerpo. Mientras que los pechos tenían un tamaño aceptable, y el estómago y los muslos —entrenados con ballet desde pequeña— respondían bien al ejercicio, su culo siempre la traicionaba. Por eso había renunciado a su sueño de ser prima ballerina.
Llegó arriba y bajó la mano deprisa.
Antes de que pudiera abrir, él pasó el brazo por encima y abrió la puerta de golpe.
En cuanto entró, supo por qué había sentido algo raro al pisar la Suite Ejecutiva para Invitados.
Avanzó y se detuvo frente al muro de cristal, con el corazón desbocado en la garganta mientras miraba el espacio abierto de abajo.
—Estabas en esta sala cuando he entrado. —No era una pregunta. Era otra certeza que le nacía del alma.
—Sí. —Su voz, hipnótica y condenadamente sexi, la envolvió.
—Me has visto.
—Sí. —Estaba más cerca; lo bastante como para volver a olerlo.
—¿Y has bajado?
—No he podido evitarlo.
Ella se volvió. Él estaba a menos de un paso, con esos ojos hipnóticos sobre ella. Otra vez los hombros y las manos se movían inquietos, como si se contuviera físicamente para no tocarla.
—Bueno, ¿y ahora qué?
La recorrió con la mirada de arriba abajo y de abajo arriba. Abrió la boca y se pasó la lengua por dentro del labio inferior.
—Ahora apoyas las manos en el cristal que tienes detrás y abres las piernas.
La sacudió una oleada de excitación atónita, pero se obligó a respirar, a mantenerse lúcida.
—¿Po-por qué voy a hacer eso?
Su sonrisa rezumó pecado.
—Para el registro de drogas, claro.
—¿Y-y Tracy?
La sonrisa desapareció.
—Ella no te hará el registro. Te he traído aquí porque ahora que te he visto, ahora que te tengo, Bethany Green, me niego a dejar que nadie más te toque.
Se acercó, solo les separaba un suspiro. Bajó la cabeza y abrió las fosas nasales al olerla, tiñendo de aguda necesidad cada exhalación.
—¿Estás lista? —preguntó con voz áspera.
Ella lo miró, con cada nervio del cuerpo tenso de deseo.
—No. Estás a punto de ponerme las manos encima y ni siquiera sé tu nombre.
—Me llamo ZacharySavage. Puedes llamarme Zach. De hecho, lo prefiero. Porque Zachary es demasiado largo para las muchas veces que pienso hacerte gritar mi nombre cuando te haga correrte.
Dios. Santo. Bendito.
—No creo que esté permitido decirles eso a las invitadas, señor Savage.
Le sorprendió que la voz le sonara medio normal, porque el cerebro le daba saltos ante el impacto de descubrir a quién tenía delante.
¡Hostia, estaba hablando con ZacharySavage! Aunque su mente había barajado esa posibilidad al verlo por primera vez, la había descartado porque, por cautivadora que fuera la foto de Time, en persona no le hacía ninguna justicia.
Este hombre de carne y hueso era viril, carismático, sexi a rabiar. A esta distancia, podía ver la infinidad de expresiones distintas en su mirada. Y la principal de ellas le hacía palpitar el clítoris.
—No me gusta disimular. Y tú no eres una invitada cualquiera.
—Está claro que tienes mucha seguridad en ti mismo, ¿verdad?
—Sé lo que quiero. Y siempre lo consigo.
