Desolación - Julia Leigh - E-Book

Desolación E-Book

Julia Leigh

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Una mujer vuelve con dos hijos pequeños a la casa familiar en Francia. Huye de una relación atormentada. Pero al regreso lo que encuentra es una tragedia aún más indecible: un bebé muerto, su hermano y su cuñada que se niegan a enterrarlo.   Con ritmo cortante y escenas cargadas de un inquietante salvajismo contenido, Desolación es una novela sobre la imposibilidad de precipitar los duelos, de hablar a campo abierto del dolor, y sobre las formas extrañas que adquiere el trauma, en especial cuando se lo provoca. En esta maravillosa nueva traducción de Tomás Downey, la voz de Julia Leigh recupera su opacidad latente y su potencia.

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Seitenzahl: 116

Veröffentlichungsjahr: 2023

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DESOLACIÓN

JULIA LEIGH

TraducciónTOMÁS DOWNEY

FIORDO · BUENOS AIRES

ÍNDICE

Sobre este libro

Sobre la autora

Otros títulos de Fiordo

Desolación

SOBRE ESTE LIBRO

Una mujer vuelve con dos hijos pequeños a la casa familiar en Francia. Huye de una relación atormentada. Pero al regreso lo que encuentra es una tragedia aún más indecible: un bebé muerto, su hermano y su cuñada que se niegan a enterrarlo.

Con ritmo cortante y escenas cargadas de un inquietante salvajismo contenido, Desolación es una novela sobre la imposibilidad de precipitar los duelos, de hablar a campo abierto del dolor, y sobre las formas extrañas que adquiere el trauma, en especial cuando se lo provoca. En esta maravillosa nueva traducción de Tomás Downey, la voz de Julia Leigh recupera su opacidad latente y su potencia.

SOBRE LA AUTORA

Julia Leigh es autora de dos novelas celebradas internacionalmente, The Hunter y Disquiet, así como del ensayo autobiográfico Avalanche. Su película Sleeping Beauty fue seleccionada por el festival de cine de Cannes. Vive en Sídney y es considerada una de las escritoras más interesantes de la escena australiana contemporánea.

OTROS TÍTULOS DE FIORDO

Ficción

El diván victoriano, Marghanita Laski

Hermano ciervo, Juan Pablo Roncone

Una confesión póstuma, Marcellus Emants

Desperdicios, Eugene Marten

La pelusa, Martín Arocena

El incendiario, Egon Hostovský

La portadora del cielo, Riikka Pelo

Hombres del ocaso, Anthony Powell

Unas pocas palabras, un pequeño refugio, Kenneth Bernard

Stoner, John Williams

Leñador, Mike Wilson

Pantalones azules, Sara Gallardo

Contemplar el océano, Dominique Ané

Ártico, Mike Wilson

El lugar donde mueren los pájaros, Tomás Downey

El reloj de sol, Shirley Jackson

Once tipos de soledad, Richard Yates

El río en la noche, Joan Didion

Tan cerca en todo momento siempre, Joyce Carol Oates

Enero, Sara Gallardo

Mentirosos enamorados, Richard Yates

Fludd, Hilary Mantel

La sequía, J. G. Ballard

Ciencias ocultas, Mike Wilson

No se turbe vuestro corazón, Eduardo Belgrano Rawson

Sin paz, Richard Yates

Solo la noche, John Williams

El libro de los días, Michael Cunningham

La rosa en el viento, Sara Gallardo

Persecución, Joyce Carol Oates

Primera luz, Charles Baxter

Flores que se abren de noche, Tomás Downey

Jaulagrande, Guadalupe Faraj

Todo lo que hay dentro, Edwidge Danticat

Cardiff junto al mar, Joyce Carol Oates

Sobre mi hija, Kim Hye-jin

Todo el mundo sabe que tu madre es una bruja, Rivka Galchen

El mar vivo de los sueños en desvelo, Richard Flanagan

Un imperio de polvo, Francesca Manfredi

Dios duerme en la piedra, Mike Wilson

Yo sé lo que sé, Kathryn Scanlan

Historia de la enfermedad actual, Anna DeForest

No ficción

Visión y diferencia. Feminismo,

feminidad e historias del arte, Griselda Pollock

Diario nocturno. Cuadernos 1946-1956, Ennio Flaiano

Páginas críticas. Formas de leer y

de narrar de Proust a Mad Men, Martín Schifino

Destruir la pintura, Louis Marin

Eros el dulce-amargo, Anne Carson

Los ríos perdidos de Londres y El sublime topográfico, Iain Sinclair

La risa caníbal. Humor, pensamiento cínico y poder, Andrés Barba

La noche. Una exploración de la vida nocturna, el lenguaje de la noche, el sueño y los sueños, Al Alvarez

Los hombres me explican cosas, Rebecca Solnit

Una guía sobre el arte de perderse, Rebecca Solnit

Nuestro universo. Una guía de astronomía, Jo Dunkley

El Dios salvaje. Ensayo sobre el suicidio, Al Alvarez

La mente ausente. La desaparición de la interioridad en el mito moderno del yo, Marilynne Robinson

Islas del abandono. La vida en los paisajes posthumanos, Cal Flyn

Legua

Al borde de la boca. Diez intuiciones en torno al mate, Carmen M. Cáceres

El viento entre los pinos. Un ensayo acerca del camino del té, Malena Higashi

ELOGIO DE DESOLACIÓN

«Julia Leigh es una hechicera. Su prosa lúcida conjura la serenidad mientras la tierra tiembla».

Toni Morrison

«Este relato sobre la pérdida y el duelo, oscuro y por completo hipnotizante, se desenvuelve con una intensidad afín a Ian McEwan. (…) Leigh demuestra que es una narradora excepcionalmente sutil, que sabe incitar la imaginación de quien lee hacia lugares de vasta comprensión y compasión. (…) una novela maravillosamente concentrada pero muy poderosa».

Donna Seaman

«Desolación es la obra de una artista que busca la verdad en el miedo y el estremecimiento (…). Da cuenta de la potencia y la seriedad de una de las escritoras australianas más talentosas que han aparecido en años».

Peter Craven, The Australian

«Una nouvelle poderosa e inquietante, una obra de ficción tan atravesada por la práctica del cine que, aunque cada escena se realiza vívida y plenamente en palabras, también se traduce con gran naturalidad en imágenes cinematográficas, en acciones visualmente ricas que suceden ante nuestro ojo interior».

J. M. Coetzee

«Leigh crea imágenes nuevas y memorables. Tiene un ojo fantástico para el detalle (…). Este es un libro extraordinario».

Miranda France, Literary Review

«Un ejercicio exquisitamente cincelado de minimalismo espeluznante».

Jan Stuart, The New York Times

«Leigh convoca la misma economía radical del lenguaje de su primera novela en esta segunda historia, más gótica y abarrotada. (…) el resultado es un logro técnico, aunque asfixiante».

The New Yorker

«Hipnótico. Cuesta imaginar un lector que no quede electrizado por esta historia cautivadora, narrada con tal maestría. (…) De hecho, cuesta imaginar un lector que no quede transformado por ella».

Kirkus Reviews

COPYRIGHT

Título original en inglés: Disquiet

Primera edición por Hamish Hamilton, Penguin Australia, 2008

© Julia Leigh, 2008

All rights reserved.

© de la traducción, Tomás Downey, 2023

© de esta edición, Fiordo, 2023

Paroissien 2050 (C1429CXD), Ciudad de Buenos Aires, Argentina

[email protected]

www.fiordoeditorial.com.ar

ISBN 978-987-4178-81-7 (libro impreso)

ISBN 978-987-4178-83-1 (libro digital)

Hecho en Argentina.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

sin permiso escrito de la editorial.

Leigh, Julia

Desolación / Julia Leigh. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fiordo, 2023.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Tomás Downey.

ISBN 978-987-4178-83-1

1. Literatura Australiana. 2. Novelas. I. Downey, Tomás, trad. II. Título.

CDD A823

Avec ma main brûlée, j’écris sur la nature du feu.

Con la mano quemada, escribo sobre la naturaleza del fuego.

Ingeborg Bachmann, Malina, a la manera de Gustave Flaubert, carta a Louise Colet, 6 de julio de 1852.

Se detuvieron ante la gran reja de entrada, alrededor todo era campo abierto, vacío, un campo poco agraciado, tierras llanas, aradas y fangosas. El cielo de la mañana era un bálsamo, de un azul pálido y blanquecino. La mujer tenía una pollera tubo de tweed, una blusa gris de seda y el pelo recogido en un rodete suelto, como solía usarlo su madre. Tenía el brazo derecho quebrado y lo llevaba colgado de un pañuelo de seda, un cabestrillo, que combinaba con su blusa. A sus pies, una valija. Los niños —el chico tenía nueve años, la chica tenía seis y llevaba su muñeca favorita en brazos— iban con mochilas y una valija pequeña cada uno. La mujer dio un paso adelante, fue directo hacia la reja —con púas de hierro, imponente— y buscó la cerradura. En su lugar, se encontró con un sistema de seguridad, un teclado electrónico, y apoyó su mano sobre los números durante varios segundos, hasta asumir la derrota. Impasible, volvió para recoger su maleta, y sin mirar a los niños siquiera de reojo se alejó hacia un costado por el pasto que bordeaba la reja.

Después de un momento, los niños decidieron seguirla. Primero él, después ella. Caminaron en fila india bordeando el muro de piedra que cercaba la enorme propiedad hasta que la mujer llegó a un sector que le resultaba familiar; reconoció el viejo roble que se elevaba por encima del muro con el canto incrustado con fragmentos de vidrio. Todo ese sector estaba cubierto por una enredadera que despedía un olor dulzón. Tras una serie de movimientos incómodos, logró que la manija de la maleta quedara colgando de su yeso y hundió su mano izquierda en la vegetación; tanteó la piedra. Finalmente encontró la puerta. Mientras tiraba de la enredadera, los niños la alcanzaron y se quedaron observándola con el mismo gesto impasible con el que solían mirar televisión. Pero un momento más tarde, el niño se acercó a ayudar y, finalmente, lograron despejar la pequeña puerta de madera. Ella conservaba aún la llave y —sosteniendo ese objeto precioso y esbelto en el guante de su mano izquierda, la «siniestra»— la insertó en la cerradura. Primero la giró en la dirección contraria y después, tras un clic, oyeron el pestillo. Pero la puerta no abrió, se negaba a abrir: por más que ella intentó, permaneció cerrada. Empujó con todo el peso de su cuerpo, hizo fuerza con su hombro, pero la puerta se negaba a ceder. La mujer se quedó un rato largo de pie con la frente apoyada sobre la tabla de madera como si de algún modo, por su mera fuerza de voluntad, fuera a derretirse y cederles el paso.

Lo intentó el niño. Se plantó sobre el piso y pateó la puerta. Pateó y pateó, primero abajo, fuerte, y después una patada de kung fu, uno, dos. Tomó carrera y, como si fuera a hacer salto en alto, en puntas de pie, concentrado, se preparó para correr y se arrojó contra la madera. En el momento del impacto se oyó un ruido sordo. El chico repitió la acción, se lanzó con brutalidad. Y de nuevo. Una y otra vez, sin quejarse. Se levantaba con una mueca de dolor y volvía a su posición inicial; levantaba los talones, corría hacia la puerta. Pero la puerta era de roble y él era un niño; su camisa estaba rota y ensangrentada. En un momento miró a la mujer de reojo y ella, con un guiño, lo alentó a continuar. Finalmente logró forzarla lo suficiente como para que pudieran pasar.

La primera en cruzar por la abertura fue la mujer, y al hacerlo se enganchó las medias, que se le rasgaron. El niño ayudó a cruzar a su hermana y después, valija tras valija, pasó el equipaje del otro lado. Miró rápidamente alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie observándolos y cerró la puerta tras de sí.

*

Una vez dentro, arrastraron las valijas por un césped que crecía grueso y suave. Vieron a la distancia un grupo de cuatro hombres, jardineros con sus uniformes, que quitaban las hojas de una fuente esculpida en piedra. A medida que el trío se acercaba, un jardinero, uno de los más antiguos, se puso de pie con dificultad y saludó con la mano. La mujer le devolvió el saludo, pero mantuvo el rumbo. Siguieron bordeando la larga hilera de tejos podados en formas fantásticas, sombreros de copa y conos de helado y mancuernas. Otro jardinero, montado sobre una cortadora de césped, se desvió para cederles el paso. Evitaron la rosaleda y tomaron, en su lugar, el camino de grava bordeado de olmos; en las ramas no habían aún brotado las hojas, de modo que saltaba a la vista que los árboles efectivamente crecían, que los tallos nacían de ramas más grandes, que los olmos no llegaban al mundo en forma de olmo. La niña se negaba a abandonar el pasto, no quería pisar los guijarros, hasta que su hermano abrió la maleta y sacó la pequeña estructura de un cochecito de bebé. La niña puso su muñeca en el cochecito y, más tranquila, avanzó por el camino haciendo lo posible para empujarlo mientras llevaba al mismo tiempo su valija.

Los escalones de piedra que subían hacia la casona eran amplios y poco elevados y estaban gastados como un jabón viejo. La mujer tomó el llamador de bronce —un anillo muy grande que pasaba por la nariz de un toro enorme— y sintió su peso. Después llamó. Esperaron con paciencia, una paciencia que nacía más del cansancio, del abandono de cualquier esperanza de una recompensa fácil, que de la buena voluntad. Ella extendió su mano para despeinar al niño, para darle coraje a ambos. Toc toc. Abrió la puerta una mujer mayor. Llevaba su uniforme de siempre, un vestido negro con un delantal blanco; su pelo, ahora gris, estaba prolijamente recogido. Se miraron una a la otra en silencio, compartiendo el entendimiento del milagro infravalorado que implica una puerta: en un momento no hay nadie, y al siguiente… ahí está. Los niños espiaron hacia dentro y vieron el hall de entrada; era austero e inmenso y las paredes, recubiertas por paneles de madera, estaban pintadas de un pálido gris paloma. Los techos altos le daban la autoridad de una iglesia o una corte, aunque minada por los coloridos globos inflados con helio que flotaban sostenidos por jarrones o atados al pasamanos de la gran escalera principal.

—Hola, Ida —dijo la mujer con calma—. Soy yo.

—Hola, Olivia.

­—¿Te presento a los niños?

Ambos saludaron con un gesto frágil. Ida notó el hombro ensangrentado del niño, su remera y sus pantalones rotos, pero no dijo nada. Se agachó y agitó los dedos a modo de saludo, los invitó a entrar.

La abuela estaba arriba, al final de la escalera. Su aspecto era impecable, llevaba una falda y una chaqueta haciendo juego, un collar de perlas estupendo. A su lado descansaba un bastón con puño de plata, como un cetro. Aunque frágil y pequeña, la impresión que daba era de digna resignación.

—Hola, madre.

—Hola, Olivia.

La mujer subió las escaleras de mármol, fue hasta su madre; tomó su mano, agrietada y suave, y la besó. Una formalidad que no implicaba una reconciliación. La madre, a su vez, la examinó: el pelo revuelto, las medias rasgadas, el brazo roto. Decidió, con delicadeza, no hacer comentarios.

—Necesitaba volver a casa —dijo la mujer. Hubo un largo silencio—. Bueno, ellos son los niños.

Con un gesto, les indicó que subieran.

—Él es Andrew, le decimos Andy. Andy, ella es tu abuela. Grand-mère. Abuela.

Él dijo hola; ella sonrió.

—Y ella es Lucy. Lucyloo.

—Hola Lucyloo —dijo la abuela.

La niña, tímida, no respondió.

—¿Se van a quedar mucho tiempo?

Una pausa.

—Sí, creo que sí.