Después de Elías - Eddy Boudel Tan - E-Book

Después de Elías E-Book

Eddy Boudel Tan

0,0

Beschreibung

Cuando el avión pilotado por Elías Santos se estrella con más de trecientos pasajeros a bordo una semana antes del día de su boda, Coen Caraway pierde al hombre que ama y la ilusión de felicidad que tanto le había costado crear. Lo único que queda de Elías es una grabación de sus últimas palabras, un críptico mensaje que desconcierta hasta al propio Coen. Paralizado por el dolor, se refugia en la isla mexicana en la que planeaban celebrar su boda. Pero a medida que los fragmentos del pasado salen a la superficie tras la tragedia, Coen se ve obligado a cuestionar todo lo que creía saber sobre Elías y su vida en común. Bajo su memoria defectuosa se esconde la verdad sobre Elías… y sobre sí mismo. Desde el asfalto húmedo de Vancouver hasta las cálidas costas de México, Después de Elías de Eddy Boudel Tan entrelaza el pasado con el presente para contar una historia de dudas, arrepentimiento y de miedo a perderlo todo repleta de giros inesperados.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 424

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Después de Elías

Eddy Boudel Tan

Traducción de Bruno Álvarez Herrero y José Monserrat Vicent

Primera edición: octubre de 2022

AFTER ELIAS © 2020 by Eddy Boudel Tan

This edition is published by arrangement with BookEnds Literary through Yañez, part of International Editors' Co. S.L. Literary Agency.

© de la traducción: Bruno Álvarez Herrero y José Monserrat Vicent

© de esta edición: Dos Bigotes, A.C.

Publicado por Dos Bigotes, A.C.

www.dosbigotes.es

ISBN: 978-84-124665-2-2eISBN: 978-84-125975-4-7

Depósito legal: M-23906-2022

Impreso por Ulzama

www.ulzama.com

Diseño de colección: Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

We acknowledge the support of the Canada Council for the Arts for this translation.

La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de Después de Elías es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

Contenido

PRIMERA PARTE: EL PILOTO Y EL BOTÁNICO

Suite 319: Nueve horas después del accidente

Playa Iona: Dos días antes del accidente

La plaza Pequeña: Treinta y dos horas después del accidente

Terrace Bar: Dos días después del accidente

El jardín: Dieciséis meses antes del accidente

El Jardín Inglés: Tres días después del accidente

Yaletown: Tres años antes del accidente

Otra Luna: Cuatro días después del accidente

Deep Cove: Cuatro años antes del accidente

Espejo roto: Cinco días después del accidente

Mount Pleasant: Seis años antes del accidente

El callejón: Seis días después del accidente

D. F. – Siete años antes del accidente

La celebración – Siete días después del accidente

SEGUNDA PARTE: UN NUEVO AÑO Y UNA VIEJA AMIGA

La cámara – Ocho años antes del accidente

TERCERA PARTE: LA VIRGEN O LA CALAVERA

Suite 319 – Ocho días después del accidente

Cueva de la Santa Muerte – Once días después del accidente

Casa Paraíso – Doce días después del accidente

Santos Servicio Automotriz – Trece días después del accidente

Salidas

Agradecimientos

TÍTULOS DE DOS BIGOTES

Querides lectores:

En marzo de 2015, el vuelo 9525 de Germanwings se estrelló en los Alpes franceses de camino a Düsseldorf. La información que salió a la luz durante la investigación fue estremecedora: el copiloto había cerrado la puerta de la cabina con el piloto fuera antes de dirigir el avión hacia la ladera de una montaña.

Me fui obsesionando con esa historia a medida que se desarrollaba; trataba de imaginar qué podía haber llevado a ese hombre a cometer un acto tan horrible. Pero, sobre todo, no podía dejar de pensar en la gente que lo quería. ¿Podrían entenderlo ellos mejor?

Después de Elías se centra en aquellos que han vivido de cerca una tragedia similar. La historia de Coen y Elías es muy personal para mí. A lo largo de toda mi vida, siempre he temido estar a un paso de perderlo todo. Después de Elías saca a la luz ese miedo, revela lo que se siente al perderlo todo de la manera más desgarradora. Profundiza en cómo nos moldea el pasado y en la culpa que arrastramos. Pero en el fondo es una historia de redención, esperanza y humanidad.

Las tragedias unen a las personas, conectadas por el hecho de que, de un modo u otro, nadie es perfecto. Esta historia es una celebración de la imperfección, y espero que la disfrutéis.

Con cariño,

Eddy Boudel Tan

A Thomas,por demostrarme que el amores auténtico, valiente y nuestro.

Solía llamar a la sombra mi vieja amiga. Así me parecía que daba menos miedo. Lo decía con una sonrisa irónica, pero a nadie más le hacía gracia.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me visitó. «Creo que me he quedado sin amiga», le dije una vez a Elías. Él se limitó a mirarme con cara de que no le había hecho gracia.

Supongo que he estado demasiado ocupado con los preparativos de la boda como para pensar en la sombra. Pero no le gusta que la olviden. Siempre está rondando.

Debería haber sabido que aparecería ayer, al llegar al hotel. Al fin y al cabo, es una vieja amiga.

Hoy el Terrace Bar está diferente. Lo noto nada más entrar. Me recibe algo extraño que flota en el ambiente, como un aroma que no termino de ubicar. El bar está más oscuro que el resto del hotel. Ayer, cuando lo vi por primera vez, me resultó extraño: una caverna lúgubre escondida en el interior de un palacio de luz.

Cuando se me acostumbra la vista, lo único que veo son flores. Son de un tono amarillo artificial, y las lleva una mujer de rasgos suavizados por la edad, con una piel como la de una ciruela demasiado madura. Está sentada sola en una mesa, mirando al frente, inmóvil. La tristeza de su rostro es aún más inquietante por el contraste con las flores amarillas del vestido que le cuelga inerte del cuerpo.

Hay unos cuantos huéspedes más sentados en mesas repartidas por la sala. Al igual que la mujer del vestido de flores, todos miran con atención algo que tienen delante.

A mi izquierda, tras la larga barra, está el camarero, enmarcado por una pared de botellas de cristal. Fue muy cálido y amable cuando me saludó ayer. Cada sonrisa que me dedicaba parecía sincera, como si me invitara a confiar en él cada vez que se inclinaba hacia mí o mantenía el contacto visual durante más tiempo del que suele resultarme cómodo. Ahora tiene los brazos cruzados y los ojos entrecerrados, con un paño de cocina olvidado en un hombro. Mira en la misma dirección que todos los presentes en esta sala oscura, con la cabeza alzada como si estuviera escuchando a Dios.

Al seguir su mirada, veo que no se trata de nada extraordinario: un televisor colgado de la pared de detrás de la barra del bar. No logro distinguir bien lo que están viendo, pero parece el océano, con unas olas más grises que azules que se revuelven en la pantalla con latigazos de espuma.

«¿Por qué está todo el mundo tan interesado en eso?».

De repente aparecen varios objetos irregulares, asimétricos. Se mecen al ritmo de las olas. La pintura roja destaca sobre el tono frío del mar.

«¿Son barquitos?».

La pantalla muestra ahora a una mujer. Lleva ropa poco llamativa, con tonos neutros y líneas definidas. Tiene las delicadas manos apoyadas sobre un escritorio lacado. Oigo su voz, pero no distingo las palabras.

Me empieza a temblar todo el cuerpo como un cable tenso en cuanto me vibra el móvil en el bolsillo. No lo cojo, como haría en cualquier otro momento. Vuelve a sonar. Y otra vez. Dejo que siga emitiendo su grito inaudible, como una alarma silenciosa. Pero no me hace falta leer los mensajes ni responder a las llamadas. Sé lo que ha ocurrido, sé por qué todos mis conocidos sienten de repente la necesidad de ponerse en contacto conmigo. Sé lo que están viendo todos en el televisor del bar, y sé lo que son esos objetos que flotan en el mar. Lo sé porque siempre he sabido que ocurriría algún día. Y ese día es hoy.

Noto que se acerca la sombra.

La reconozco de inmediato, aunque haya pasado tanto tiempo.

Me envuelve el cuerpo entero. Siento su roce, una estática enfermiza. Me invade un aturdimiento que me resulta familiar.

Me penetra la piel. Las punzadas comienzan suaves antes de volverse más agudas, más rápidas. Un millar de agujas afiladas.

Me susurra al oído. Me rodea un zumbido que me aísla de todo.

«Hola, viejo amigo».

Unas manos invisibles me aferran la garganta.

No puedo respirar.

No puedo moverme.

Si hubiera prestado más atención, quizá la habría notado a mi alrededor, o habría sentido su roce en la punta de los dedos. Estaba tan cerca…

No sé cuánto tiempo permanezco allí, de pie, antes de que pueda volver a mover las piernas, que me sacan de la habitación en penumbra. Avanzo a trompicones por el pasillo. La luz me abrasa las retinas. El sonido de mis zapatos contra el suelo frío aumenta a cada paso, mientras el zumbido disminuye. Llego hasta mi suite, hasta la puerta adornada con unos números tan bien lustrados que me muestran mi reflejo. Me tiembla la mano al buscar la llave en el bolsillo.

Me abalanzo hacia el interior de la habitación y cierro con un portazo. Echo las cortinas y enciendo el televisor que está sobre la cómoda.

«Debe de ser un error».

La mensajera infame de tonos neutros me devuelve la mirada, pero ya no parece tan benigna. Mueve los labios, pero sus ojos reflejan un vacío. Ahora sí distingo sus palabras.

El vuelo XI260 se dirigía a Vancouver desde Berlín cuando se estrelló en el océano Ártico, hace una hora. Había 314 pasajeros a bordo, incluidos quince miembros de la tripulación, un copiloto de relevo, un comandante y un copiloto.

Aparece un rostro que conozco muy bien. La barbilla cuadrada y los labios asimétricos que le hacen parecer más arrogante de lo que es. El bulto del puente de la nariz, que siempre lo ha acomplejado.

Y lo más llamativo de todos sus rasgos: sus iris oscuros, casi negros. Reflejan la luz como orbes blancos diminutos, dos satélites en el cielo nocturno.

El copiloto es el hombre con el que iba a casarme dentro de siete días.

Se llama Elías.

PRIMERA PARTE

EL PILOTO Y EL BOTÁNICO

Suite 319

Nueve horas después del accidente

Tenía nueve años cuando descubrí que no le tenía miedo a la muerte.

Aquel día, el calor del sol sobre los hombros desnudos y el frío del hormigón húmedo bajo los pies me resultaron una combinación molesta.

Los otros niños, de ojos desorbitados y extremidades imprevisibles, aullaban como simios en torno a un abrevadero. Se perseguían unos a otros mostrando los dientes. Se unían para reclamar su territorio. Yo me aseguraba de mantenerme apartado, sin mirarlos a los ojos y con los puños apretados.

Fue un alivio sumergir la cabeza en el agua. El ruido de fuera se convirtió en un zumbido apagado. El escozor del sol se suavizó. Sentí que se me relajaba la mente al sumirme en la calma.

Se me despertaron de nuevo los sentidos cuando otro cuerpo chocó con el mío. Estiré los pies hacia el fondo, esperando notar la seguridad de las baldosas. Solo había vacío.

Alcé las manos y agarraré puñados de agua. Conseguí llegar a la superficie para tomar aire antes de que una mano invisible me arrastrara de nuevo hacia el fondo. Con cada patada y con cada brazada me hundía más y más. Aguanté la respiración todo lo que pude y luego solté el aire de golpe y se formó una nube de burbujas. Todas mis extremidades se quedaron inmóviles y cerré los ojos.

No tenía miedo. Sentí una calma profunda y maravillosa. «Me pregunto qué pasará ahora», recuerdo haber pensado.

Recuperé la respiración con unas toses violentas para deshacerme del cloro. Estaba tumbado sobre el hormigón húmedo del borde de la piscina. Varios ojos a mi alrededor me miraban con asombro, como si hubiera resucitado. El primer pensamiento que se me pasó por la cabeza fue que debía de ser azteca.

Pensándolo ahora, siempre he sido un niño diferente.

Los aztecas no temían a la muerte. Les parecía algo glorioso. La muerte perpetuaba la creación. Sin ella, no habría vida. Sus huesos eran las semillas a partir de las cuales nacía la nueva vida. Su sangre regaba la tierra seca. Tanto humanos como dioses sacrificaban sus vidas para que ese círculo de conclusión y creación siguiera girando.

Tras el último aliento, los aztecas viajaban a uno de estos tres lugares: los que tenían un final honorable, como los guerreros que morían en la batalla, se transformaban en colibríes para seguir al sol; aquellos cuya muerte tenía relación con el agua llegaban a un paraíso de eterna primavera; pero la mayoría no tenía tanta suerte y acababa en el inframundo del Mictlán, un lugar infernal custodiado por jaguares en un río de sangre.

Al leer sobre aquello de niño, me parecía injusto que los seres humanos más terribles pudieran escapar con tanta facilidad de una eternidad de jaguares sangrientos. Si aquel día de verano en la piscina hubiera acabado de otro modo, si me hubiera sumergido demasiado en la parte más profunda, habría acabado en el paraíso. Por muy defectuosa que sea la idea, resulta seductora. Tu vida es irrelevante. Lo que cuenta es tu muerte.

Una sensación de estar cayendo se apodera de mí antes de abrir de golpe los párpados, jadeando. Tengo las sábanas pegadas a la piel. Estoy cubierto de sudor.

Solo ha sido un sueño.

Todo lo que ha sucedido en las últimas veinticuatro horas no ha sido más que un terrible y cruel sueño.

Estoy en mi cuarto, en casa. Elías duerme a mi lado. Las sábanas desprenden su olor y oigo el ritmo suave de su respiración.

El dolor sordo que siento en el pecho me hace ver que no es cierto. Esta no es mi cama. Estoy solo.

El reloj de la mesilla de noche dice que han pasado nueve horas desde que me enteré de que el avión de Elías ha caído al mar.

Estaba acostumbrado a sentirlo lejos. Se pasaba los días surcando el cielo de un destino a otro mientras yo permanecía fijo como un clavo en tierra. Me tumbaba solo en la cama y me preguntaba en qué parte del mundo estaría. Me reconfortaba imaginarme su corazón latiendo en la cabina de un avión, una luz roja que parpadeaba mientras viajaba por un mapa.

Ya no tengo que preguntármelo. Ahora sé dónde está, a pesar de que esa luz se haya apagado.

Al incorporarme, me doy cuenta de lo ordenada que está la habitación. Cabría esperar que la hubiera destrozado a causa del dolor, que hubiera volcado los muebles, que le hubiera dado puñetazos al espejo hasta acabar con el suelo cubierto de mil fragmentos y con el puño ensangrentado. Pero incluso con esta luz tan tenue veo que todo está en orden. No hay sillas tiradas por el suelo ni cristales rotos. Veo la maleta bien colocada a los pies de la cama y unas cuantas prendas de ropa colgadas en el armario. No hay indicios de duelo en toda la habitación.

Las cortinas están echadas a cal y canto. La única luz y el único sonido proceden del televisor de encima de la cómoda. En lugar de las noticias, hay un partido de fútbol. El mundo fuera de esta habitación ya ha pasado página.

Lo que ocurrió hace nueve horas parece ya algo lejano. Recuerdo las flores amarillas y los fragmentos de color rojo que se aferraban a la superficie del océano. Todavía veo la expresión sombría del camarero y el resplandor de las lámparas del pasillo. Me veo paralizado en medio del bar mientras todos se giran hacia mí. Mis pies, inestables, me llevan dando tumbos por el pasillo, con las manos extendidas para apoyarme en las paredes. Recuerdo haber llamado a Elías por teléfono mientras caminaba por el suelo enmoquetado de mi suite —nuestra suite—, desesperado por obtener una respuesta que sabía que no llegaría, dejando mensajes que sabía que nunca escucharía. Ahora lo veo todo borroso, como si fueran recuerdos que se han ido desvaneciendo a lo largo de los años.

El rostro de Elías es lo único que atraviesa la niebla; los orbes blancos de sus ojos oscuros me envían señales desde el otro lado de la pantalla.

—Las autoridades han confirmado que los pilotos del vuelo eran el comandante Daniel Jervis y el primer oficial Elías Santos, ambos de Canadá.

Fue la presentadora quien pronunció esas palabras.

El mecanismo de defensa de mi cuerpo fue dormir. No lloré ni me derrumbé. La sombra permaneció oculta. No había nada que pudiera hacer. Me metí en la cama como si fuera una noche cualquiera. Dejé que mi mente se apagara.

Vuelve el partido de fútbol. Uno de los jugadores acaba de marcar un gol. Corre hacia los brazos abiertos de sus compañeros de equipo. El público aplaude con fanatismo.

El dolor que siento en el pecho gime. Escudriño mi memoria para identificar de qué puede tratarse, pero sé que es culpa. Fui yo quien eligió la fecha de la boda. Fui yo quien eligió el lugar de la celebración. Y aquí estoy, a salvo en esta isla protegida del resto del mundo, mientras Elías yace a la deriva en las aguas gélidas del Ártico. Hoy, el sol mexicano ha ardido con intensidad, eliminando toda duda sobre quién es el culpable.

La muerte debe de ser una bruja rencorosa. Tal vez sea mi castigo por anular el trato que hicimos hace tantos años en la piscina: una vida a cambio de otra. La muerte ha sido paciente y ha esperado hasta que ha llegado el momento adecuado.

Tengo los ojos secos y no veo nada. Aparto la vista de la tele. Respiro hondo y cojo el móvil. Noventa y tres mensajes sin leer. Cuarenta y nueve llamadas perdidas. Leo por encima los mensajes, todos expresiones casi idénticas de conmoción, incredulidad y preocupación que van adoptando un tono más agitado conforme pasa el tiempo. Mis padres me han enviado un único mensaje: «Llámanos ahora mismo».

—Eres un mal hijo —oigo decir a Elías con su tono directo y objetivo—. Eres sencillamente lo peor, dejando que tus padres se preocupen por ti de esta manera. Si yo fuera tu padre, te habría repudiado hace tiempo.

Sonrío. Tiene razón. Soy un mal hijo. Supongo que debería responderles, a ellos y a todos los demás. Pero la mera idea me agota.

—¿Te he contado aquella vez que mis padres me dejaron solo en casa mientras estaban de vacaciones en el sur de Francia? —le pregunto—. Tendría unos diez años.

—¿A quién se le ocurre? —dice con una indignación exagerada.

—Se suponía que iban a estar fuera una semana, pero decidieron alargar el viaje. Ni siquiera se les pasó por la cabeza decírmelo. Me tiré días muerto de miedo, pensando que les había sucedido algo terrible. Creí que los habían secuestrado. Me los imaginaba torturados por unos franceses temibles con unos bigotes espantosos. No tenía forma de contactar con ellos. Y mi hermano no me dejaba llamar a la policía. ¿Sabes lo que pasó?

—Cuéntamelo, por favor —dice el Elías imaginario con una sonrisa burlona imaginaria.

—Llegaron a casa, tres días más tarde de lo previsto, y entraron por la puerta tan tranquilos, como si no pasara nada. ¿Sabes lo que me dijeron?

—«Te preocupas demasiado» —dice Elías—. Sí, cariño, ya me lo has contado. Y varias veces.

—Puede que no sea el hijo del siglo, pero tampoco es que ellos sean precisamente un ejemplo impecable de la paternidad.

—Tienes parte de razón. —A Elías no le caía muy bien mi familia, y el sentimiento era mutuo—. Si no recuerdo mal, se te ha olvidado mencionar que a tu hermano sí que le informaron del cambio de planes.

—Claro, pero a mí no. Es casi como si ellos también hubieran sido cómplices de la broma de mi hermano. Me moría de ganas de reventar a Clark. No dejaba de reírse. No hay sonido más feo en el mundo.

—Eres demasiado duro con él. No era más que un adolescente gastándole una broma a su hermano pequeño, como haría cualquier otro chico.

—En serio, tienes que dejar de defenderlo.

—¿Qué vas a hacer ahora? —me pregunta tras una pausa.

—No tengo ni idea —respondo. Y es cierto: no sé qué se supone que debo hacer.

—Vete a casa.

—No puedo —contesto con más vehemencia de la que esperaba—. No estoy preparado para volver. Además, no pienso subirme a un avión.

—Entonces, ¿te vas a quedar en México? ¿Y qué vas a hacer? ¿Vivir de la tierra? ¿Nadar con tortugas? —dice con ese tono socarrón que al principio me encantaba pero que acabé odiando.

—La verdad es que no me parece mala idea. Cualquier cosa es mejor que volver a casa y lidiar con este desastre que me has dejado. —Me froto las sienes con movimientos circulares con las palmas de las manos—. Íbamos a casarnos en una semana. Está todo listo. María es increíble en su trabajo; no podría haber pedido una mejor organizadora de bodas. Se las ha arreglado para tenerlo todo bajo control. La cena de siete platos con marisco de la isla, cócteles personalizados de mezcal, vinos de Baja California… Ha conseguido hasta contratar al grupo ese de Ciudad de México. ¡Y los árboles! Los árboles están en flor, justo como predijo. Iba a ser un evento inolvidable.

Miro al techo y me imagino su cara. Me cuesta interpretar su expresión.

—¿Por qué tuviste que trabajar en ese último vuelo? —le digo al aire—. Yo quería que viniésemos juntos. ¿Por qué me dejaste venir solo?

—Solo iban a ser unos días —me dice con una voz más suave—. No ibas a estar solo mucho tiempo.

—Pues te equivocabas. —Noto que el rencor me sube por la garganta. Quiero decir algo hiriente, pero trago saliva con fuerza—. Me voy a quedar aquí. Esta isla es el paraíso, ¿no te parece? Además, ya hemos pagado la boda. Habrá que disfrutarla.

Me levanto de la cama y paso por delante del espejo del tocador. Solo he deshecho parte del equipaje, pero me he preocupado de colocar nuestra invitación de boda entre el cristal del espejo y el marco. «Acompáñanos en el paraíso para celebrar el amor de Coen Caraway y Elías Santos». El texto está escrito sobre una foto de nosotros abrazados, riendo, con la ciudad resplandeciente a lo lejos. Estamos en la azotea de nuestro edificio. Debimos de probar un millón de variaciones de la misma pose típica. Para la mayoría de las fotos estábamos posando, pero creo que en esta que elegimos nos estábamos riendo de verdad. Lo sé por los ojos de Elías. Por su brillo.

Entonces caigo. Tengo una idea. Espero que el Elías imaginario diga algo, que se oponga.

Silencio.

Vivian Lo nació en una distinguida familia de Hong Kong. Su padre era el dueño de algún tipo de negocio relacionado con el comercio internacional. La «importación y exportación de la avaricia capitalista», según lo describía Vivi. Emigraron a Vancouver en los noventa, justo antes de que el futuro de Hong Kong pasara a manos de China. Yo no entendía a qué se dedicaba su padre, pero lo que sabía era que rara vez se le veía con algo que no fuera un impecable traje a medida.

Conocí a Vivi en el instituto, cuando era una chica peculiar que parecía no tener interés alguno en la gente. Congeniamos porque yo era igual de rarito y porque ambos estábamos obsesionados con la fotografía en aquella época. Nos pasábamos horas en el cuarto oscuro, hablando de los libros que leíamos mientras revelábamos negativos. A veces la gente bromeaba sobre las obscenidades que se imaginaban que hacíamos ahí dentro, hasta que alguien les recordaba que era evidente que yo era marica.

En la reunión del instituto, hace tres años, nadie se esforzó demasiado por ocultar el resentimiento que sentían hacia ambos y lo que había sido de nosotros. Desfilamos por la sala con soltura, con confianza. Nos habíamos convertido en todo lo que no éramos de adolescentes: atractivos, encantadores, exitosos… Mientras que los demás se habían vuelto unos vecinos aburridos de las afueras.

Ahora, Vivi parece cansada y tiene el rostro pálido. Noto que ha estado llorando incluso a través de la resolución granulada de la videollamada de la tablet.

—No me puedo creer que esté pasando esto —me dice por quinta vez—. Es una pesadilla. Esto solo pasa en una peli mala.

—Sí —coincido—. Parece como sacado de una película mala.

—Vuelve a casa —me suplica—. Sube ese culo escuálido a un avión y vuelve a casa ahora mismo.

—Ya te he dicho que no puedo. —Ambos nos miramos. Me llama la atención que no se haya pintado la raya del ojo, y recuerdo que soy la única persona que tiene el privilegio de verla así—. Solo de pensar en estar en casa me dan náuseas. Necesito quedarme aquí un tiempo.

—¿En México? ¿En una isla desierta, tú solo? Lo que necesitas no es quedarte allí; lo que necesitas es estar aquí conmigo, con Decker, con todos los que te queremos. Estamos muy preocupados.

—Esta isla de desierta tiene poco. No hace falta que te preocupes por mí. Además, voy a veros a todos pronto. —Ambos guardamos silencio mientras hago una pausa larga para coger aire—. He tenido una idea.

Me lanza una mirada extraña, con los ojos clavados en los míos.

—Estaba pensando que… —le digo con más timidez de la que pretendía—. La boda iba a ser en una semana, ¿no? Ya hemos pagado todo y no nos van a devolver el dinero. El hotel está reservado, al igual que el cáterin, la banda, el personal… Se supone que los invitados empezarán a llegar en cinco días, y no os van a devolver el dinero de los vuelos y las habitaciones. Está todo preparado. Además, yo ya estoy aquí.

—No —me interrumpe, negando con la cabeza—. No, no, no, no, Coen. No me gusta hacia dónde va esta conversación.

—Quiero que venga todo el mundo, como habíamos planeado —continúo—, aunque no sea para una boda. Será una celebración de la vida de Elías. Todos los que deberían estar presentes ya han confirmado la asistencia a la boda. Y él es de México. Imagínate lo precioso que será. Es perfecto.

—No, Coen, no es perfecto. Nada de esto es perfecto. ¡Todo esto es lo más opuesto posible a la perfección, joder! —responde Vivi. Parece enfadada, casi asqueada. Al momento se le suaviza la expresión. Elige las palabras con cuidado, lo cual alerta mis defensas. No es propio de ella—. Amor —me dice con delicadeza—, lo siento. Es solo que me tienes preocupada. Has recibido una noticia devastadora. ―Se pasa los dedos delgados por el pelo, un casco de ángulos rectos negro como el carbón que le llega justo a los hombros. Mira a un lado antes de inclinarse hacia delante—. Tienes que volver a casa. No deberías estar solo. Olvídate del dinero. Eso no importa. Lo importante es que estés aquí, con nosotros, para que podamos resolver todo esto juntos.

—No me voy a ninguna parte —contesto en un tono que espero que suene firme—. No voy a cancelar la boda. Vais a venir todos a esta isla tan preciosa dentro de cinco días y vamos a celebrar juntos la vida de Elías. Eso es lo que querría él.

—¿Tú crees? ¿Crees que él querría eso? ¡Ni siquiera lo han encontrado todavía, Coen! —Casi puedo ver la delicadeza de Vivi evaporarse—. ¿Quién sabe? Puede que hasta siga vivo. Elías querría que estuvieras aquí con nosotros, no en una isla, solo.

—No me voy a ir a ninguna parte —repito, y esta vez me lo creo—. Y tú puedes quedarte en casa o venir conmigo. La decisión es tuya. Si todo el mundo piensa que estoy loco y nadie aparece, no pasa nada. Pero la celebración sigue adelante, aunque solo seamos yo, la organizadora de bodas y la banda de jazz.

—Está bien —dice Vivi rindiéndose—. Voy para el aeropuerto, entonces. Voy a tomar el próximo vuelo.

Me sostiene la mirada con unos ojos inyectados en sangre. No recuerdo la última vez que la vi así. No suele perder la compostura. Su rostro parece al mismo tiempo más joven y más viejo que de costumbre, como si algo vulnerable y resignado se le hubiera asentado en las líneas de la piel.

Sonrío.

—Aunque me encantaría que estuvieras aquí conmigo ahora mismo, cambiar el vuelo con tan poca antelación te va a costar un ojo de la cara. Además, sé que tienes el concierto ese mañana. No voy a permitir que lo canceles por mí.

—Coen… —dice Vivi, sin terminar la frase.

—Te veo en cinco días. Antes de que te des cuenta estás aquí. Y yo estaré bien hasta entonces. No te preocupes por mí, por favor, que ya soy mayorcito.

Pongo la expresión más masculina y adulta que puedo, y me alivia ver que Vivi se ríe.

—Cuídate, ¿vale? —me dice—. Y, si necesitas algo, llámame. No importa la hora que sea, como si es de noche.

—Te lo prometo.

Vivi esboza una sonrisa, con los labios tensos a los lados, pero parece estar estudiándome con la mirada, en busca de algo.

Playa Iona

Dos días antes del accidente

—Ojalá pudieras quedarte.

Le dirigí una mirada compungida, como si pudiera hacerle cambiar de opinión con el poder de mis ojos.

Había hecho una tarde cálida en Vancouver, pero el calor parecía desvanecerse junto con la luz. Ahora que la luna se reflejaba en las olas que nos acariciaban los pies, volvimos a temblar, incluso con las chaquetas puestas. México parecía tan lejano…

—A mí también me gustaría poder quedarme —respondió Elías, con la mirada clavada en la manta de lana sobre la que estábamos sentados mientras trazaba círculos en la arena con la mano. Parecía que lo decía en serio, aunque, siendo él, quién sabe—. Pero ya no puedo hacer nada. Me quedan unos cuantos vuelos más, y ya habré acabado.

—No me parece adecuado llegar solo a nuestra boda.

—No vas a estar solo mucho tiempo.

—Podría esperar a que vuelvas de Alemania. —Me estremecí al oír mi propia voz llena de esperanza—. Y así volaríamos juntos.

Pasó la palma de la mano por la arena, borrando los círculos que había dibujado, y se acercó a mí. Mantenía la expresión calmada; no había rastro de la impaciencia para la que me había preparado.

—Tú mismo dijiste que querías llegar pronto para asegurarte de que todo esté listo. Puedes ayudar a María con los preparativos y disfrutar un poco de la paz y la tranquilidad antes de que llegue todo el circo. Y así también te bronceas un poco, que estás más blanco que la leche.

Elías me dedicó una sonrisa maliciosa antes de que me abalanzara sobre él, lo tumbara y empezara a pegarle de broma en las costillas. Se rio mientras contraatacaba y me inmovilizaba sin mayor esfuerzo. Teníamos más o menos la misma estatura, pero, en cuanto a fuerza, Elías me ganaba de lejos. Me empezaron a doler las piernas, pero no me importó.

Nos quedamos así un buen rato, oyendo el latido de nuestros corazones y la respiración jadeante, cubiertos de arena y envueltos en la manta. Las botellas de cerveza que habíamos traído habían acabado esparcidas por la playa. Contemplé su silueta, con el cielo iluminado por la luna a sus espaldas, y me besó con delicadeza. Noté algo diferente en su mirada, una expresión desconocida. Pero desapareció al momento y se tumbó bocarriba a mi lado.

—Yo tomo el sol si tú te cortas el pelo antes de la boda —le dije.

Su gruesa melena negra parecía casi plateada bajo el resplandor de la luna.

—¿He roto alguna vez una promesa?

—Lo digo en serio. Córtate el pelo.

—No te preocupes —dijo con ese tono condescendiente que tanto le gustaba usar—. Voy a estar más guapo que nunca. Las mujeres se van a desmayar al verme. Y algunos hombres también. Se van a quedar cegados por mi belleza.

—No me decepciones —le dije con una sonrisa casi imperceptible.

Elías trató de contener una carcajada.

—No me atrevería. Lo que me preocupa es ese hotel tuyo. Buena suerte, si tienen que estar a la altura de tus expectativas.

—Va a ser perfecto.

—Nada es perfecto nunca, cariño.

Cuando me volví hacia él, oí el sonido de las olas más cerca.

—El hotel, la boda, tú… Va a ser todo perfecto.

Una leve sonrisa se abrió paso entre sus labios asimétricos, pero no respondió. Se limitó a mirarme, como hacía a menudo, mientras yo fijaba la vista en los orbes brillantes de sus ojos oscuros, a la espera.

Tras coger aire, Elías giró la cabeza para contemplar la noche.

—¿Cómo decías que se llamaba el hotel?

—Ōmeyōcān —respondí. Elías movió los labios, repitiendo en silencio el nombre para sí mismo—. Hay trece cielos en la mitología azteca. El Ōmeyōcān es el más alto. Menudas expectativas crean con un nombre así.

—Me pregunto qué pensarán los dioses aztecas sobre un complejo turístico de lujo que se anuncia como si fuera el cielo.

—No tiene ni un solo defecto —le dije—. Correré el riesgo de enfadar a los dioses con gusto.

Supe que me casaría en el Hotel Ōmeyōcān en cuanto lo vi en una revista de viajes el año pasado. Rodeado de elaborados jardines, recuerda al palacio de un conquistador español que vigila una extensión de arena inmaculada en la costa norte de Isla de Espejos, una isla remota del golfo de México. En aquel momento no reparé en lo perturbador que resultaba la curiosa combinación de colonialismo y mitología indígena.

Los arcos y las columnas que bordean los grandes salones del hotel rodean un patio enorme. Un lado da a la playa y al océano a través de una entrada arqueada enmarcada por una cascada de buganvillas. En el extremo opuesto del patio hay dos magníficas escaleras barrocas que se curvan la una hacia la otra a medida que ascienden, y que se encuentran en una terraza desde la que se ve todo ese escenario tan espectacular.

Lo que me llamó de verdad la atención fueron los árboles. Las páginas brillantes de la revista mostraban unos magnolios enormes distribuidos de manera ordenada por todo el terreno que quedaba al aire libre. Montones de flores con forma de taza de té adornaban sus extensas ramas, creando un dosel de color rosa pálido y crema. María me confesó que no había sido una elección demasiado práctica, teniendo en cuenta que solo florecen durante unas cuantas semanas al año, pero eso formaba parte del encanto. La belleza es más bella cuando es fugaz.

—Si yo fuera un dios, no me atrevería a estropearle su día perfecto a Coen Caraway. —Me dio un codazo suave en las costillas y me dirigió una sonrisa burlona.

—No parece real, ¿verdad? —le pregunté, tratando de divisar las estrellas ocultas tras la bruma de las luces de la ciudad—. En unos días estaremos casados.

Se rio.

—Todavía me pregunto cómo hemos llegado hasta aquí. No he tenido nunca idea de casarme, y menos tan joven.

—Treinta y tres ya no es tan joven —le dije, y le devolví la sonrisa burlona.

—También es verdad —admitió—. Pero es que esto de estar domesticado como un perro no era parte del plan. Supongo que la vida pasa rápido y la gente cambia. Ahora somos como todo el mundo. Normales.

—Qué romántico —respondí con un sarcasmo más típico de él.

—¡Pues antes pensabas igual!

—Claro, pero nunca he comparado a la gente casada con perros. Aunque es verdad que Decker y Samantha se parecen un poco a un par de golden retrievers bien peinados. —Ambos nos reímos al imaginárnoslo—. Tan leales y codependientes y satisfechos como un par de bobos.

—Nosotros no vamos a ser nunca así —respondió Elías con convicción.

—No. Aunque a lo mejor no está tan mal.

—¿Que te domestiquen como a un perro? —Me miró con una sonrisa incrédula.

—Estar satisfechos como dos bobos. Quizá a todo el mundo le iría mejor si disfrutara de las cosas buenas e ignorara el resto.

—Claro —contestó—. Como idea, para ti está muy bien. Yo soy de México. No estoy programado para pensar así.

—No tiene nada que ver con tu procedencia.

—Claro que tiene que ver —me interrumpió con una voz más seria—. ¿Me estás diciendo que una chica de un barrio de mala muerte tiene las mismas posibilidades de ser feliz que alguien como tú? Ser feliz y poder ignorar lo malo es un privilegio al que solo tiene acceso un grupo de personas muy exclusivo.

Sabía que era un camino que debía evitar. No iba a ganar ese debate.

—Solo estoy intentando hacer un comentario sobre la raza humana en su conjunto.

—No existe la raza humana —respondió en un tono sombrío—. Las dos personas que he descrito, la chica de un barrio de mala muerte y tú, bien podríais pertenecer a especies diferentes.

—Entonces, ¿crees que tú y yo también somos de especies diferentes?

—Puede.

Respiré hondo.

—Y, aun así, míranos. Hemos conseguido construir una vida juntos. Dentro de unos días estaremos casados. ¿Por qué íbamos a hacer algo así si no es por querer ser felices?

—Porque es lo práctico, y porque podemos. —Desvió la vista y miró hacia la oscuridad—. El concepto de felicidad es ambiguo. No tiene un sentido establecido.

—Precisamente. Esa es la cuestión, que es diferente para todos. Le da a la gente algo que definir por sí mismos, algo por lo que luchar. ¿Qué sentido tiene vivir si no es para ser feliz?

—Para ser libre —respondió sin dudar.

Supongo que sabía que esa iba a ser su respuesta, pero no era la que me interesaba escuchar. Quería hacerle más preguntas. Preguntas que me atravesaron la mente pero que no escaparon de mi boca.

Como tantas otras veces, no entendía cómo había cambiado el ambiente de un modo tan repentino. Elías era el cielo de una pradera; pasaba del sol a la tormenta sin previo aviso. Cuando llegaban las nubes, no había mucho que hacer, más que esperar a que escampara.

—Supongo que, si vamos a sucumbir a las ataduras de la vida doméstica, al menos lo haremos con estilo —dije mientras sentía que se me tensaba todo el cuerpo.

Elías percibió la desazón de mi tono de voz.

—Ven aquí —me dijo, y me rodeó el cuello con el brazo—. La única razón por la que quiero casarme es porque te quiero a ti.

Me relajé en sus brazos.

—Y yo a ti.

—Y tienes razón. Vamos a hacerlo con estilo. Va a ser inolvidable.

Elías siempre sabía qué decir, aunque no siempre lo decía. Sus palabras eran deliberadas; tenían siempre una intención. Aun así, le quería más cuando me decía lo que yo quería oír.

—¿Qué se siente al volver a México después de todos estos años? —le pregunté, tratando de sonar despreocupado mientras contenía la respiración a la espera de su respuesta.

Hubo una pausa.

—Nada —contestó.

—¿Qué significa eso?

—Que no siento nada al respecto. Han pasado trece años desde que me fui. No tengo ningunas ganas de volver, pero tampoco sirve de nada evitarlo para siempre.

Cuando Elías accedió a que la boda fuera en Isla de Espejos, me pilló por sorpresa. Hasta sugerirlo me inquietaba; me armé de todo el valor que pude antes de proponérselo, y estaba preparado para acabar discutiendo. Pero se encogió de hombros y aceptó. Sin objeciones. Nada. Fue facilísimo.

—¿No estás ni siquiera un poquito emocionado? ¿O nostálgico? —pregunté poco convencido.

Elías ya había escuchado esas preguntas antes, así que esperaba que se molestara.

—No —respondió con serenidad—. En absoluto.

Otra pausa, un silencio pesado.

Elías estaba tumbado de espaldas, mirando al cielo con la cabeza pegada a la mía. Decidí no andarme con rodeos.

—¿Y tu familia? ¿Seguro que no quieres que vengan? Todavía podríamos apañárnoslas para hacerles sitio. Invitarlos sería una ofrenda de paz muy bonita. A lo mejor os ayudaba a cerrar viejas heridas, a dejarlo todo atrás.

—No quiero que vengan —respondió con una voz tranquila y decidida—. Ya no son mi familia.

Le dirigí una sonrisa empática, pero seguía mirando hacia arriba. Sentía cómo se iba alejando de mí, como si se lo estuvieran llevando hacia el cielo.

Un rugido familiar rompió el silencio y me recordó por qué estábamos allí, por qué se había convertido ese lugar en uno de nuestros favoritos a lo largo de los años. Al otro lado del río vi las luces parpadeantes del aeropuerto, mientras un avión despegaba hacia nosotros, alzando las ruedas del suelo con elegancia y poderío. Atravesó el cielo nocturno, con el centelleo de las luces de navegación, y viró hacia el sur, hacia Los Ángeles o Bogotá o incluso más lejos. Ambos nos habíamos incorporado para ver la curva del avión por encima de la ciudad antes de desaparecer en la oscuridad. Miré a Elías con el rabillo del ojo. Estaba sonriendo.

La plaza Pequeña

Treinta y dos horas después del accidente

Sé que estoy en Vancouver antes de abrir los ojos. El aroma, húmedo y salvaje, es inconfundible. La brisa transporta el aire impregnado de cedro, sudor y océano, y purifica la ciudad. Este es mi hogar.

Abro los párpados y me encuentro en un lugar que me resulta familiar. Los rayos del sol se filtran a través de una bruma rosácea. Todo permanece en calma, salvo por las ramas de los árboles que mece la brisa. A mi alrededor, por todas partes, se alzan unos muros altos de ladrillo pintados de blanco; cada uno de ellos, con seis hileras de ventanas con las persianas bajadas, unas encima de las otras. El patio acoge unos magnolios que florecen solo durante unas pocas semanas al año. Algo aterriza a mi lado con un ruido sordo. Las páginas del libro se han desgastado por el paso del tiempo, y la cubierta está tan descolorida que resulta casi imposible leer el título. Lo siento pesado en la mano mientras trato de descifrar las letras: Peter Pan.

—¡Oye, ese libro es mío! —afirma una voz de hombre que atraviesa la calma y rebota contra los muros. Sigo su sonido hasta que veo una figura que me hace gestos con la mano desde el tejado, justo encima de mí. Entrecierro los ojos, pero no logró ver su aspecto—. Espera —me dice—. Ya bajo.

—¿Qué estás haciendo en el tejado? —le grito, pero no obtengo respuesta.

Sostengo el libro con ambas manos e inspiro el perfume de las páginas. Lo único que huelo son las flores.

Pasan unos pocos minutos hasta que el hombre sale por la puerta con tanta seguridad que me sobresalta. Se mueve con cierta elegancia. Tiene los ojos oscuros, igual que el pelo, pero reflejan la luz como dos satélites en un cielo sin estrellas.

—Buena elección —le digo, tendiéndole el libro.

—Algún día volaré —afirma él—. Igual que Peter.

Al cerrar los ojos casi puedo engañarme a mí mismo y hacerme creer que estoy en aquel patio, a muchos kilómetros y años de aquí, sintiendo la suavidad de la brisa sobre la piel y aspirando el vívido perfume de la primavera.

Un ruido al otro lado de la puerta rompe el hechizo; suena como si una manada de hienas estuviera recorriendo los pasillos. Me incorporo en la cama para observar los confines oscuros de mi habitación del Hotel Ōmeyōcān.

Tengo la tablet al lado. La luz azulada que emite la pantalla al encenderla resulta reconfortante. Las palabras que he escrito antes aparecen como líneas irregulares de texto.

Queridos amigos:

A estas alturas, seguramente hayáis escuchado las noticias sobre Elías.

Por favor, no canceléis vuestros planes. Reuníos conmigo en el mismo lugar y el mismo día en que íbamos a celebrar nuestra boda, que ahora será la celebración de la extraordinaria vida que tuvo Elías.

Lo único que os pido es que os pongáis la misma ropa que habíais preparado para la boda. Esto no es un funeral, así que dejemos el negro para otro día.

Gracias por vuestros mensajes de preocupación. Estoy bien. La isla es un auténtico paraíso. Tengo muchas ganas de veros a todos cuando lleguéis.

Buen viaje,

Coen

Leo el mensaje varias veces antes de enviarlo.

—¿Una vida extraordinaria? —oigo que dice la voz de Elías—. Esa sí que es buena.

—¿No te parece bien? —Dejo a un lado la tablet y estiro los brazos y las piernas hasta que ocupo las cuatro esquinas de la cama.

—Me gusta. Aunque creo que yo no le habría dicho a la gente qué ropa no puede ponerse, pero es tu fiesta.

—No es mi fiesta; es la tuya —digo al techo—. De hecho, ni siquiera es una fiesta. Es una celebración de la vida, de tu vida. No quiero que todo sean caras largas. ¿Tú sí?

—Supongo que no —responde—. Deberías haber propuesto un tema. ¿Te acuerdas de aquella fiesta que organizó Vivi hace varios años? ¿Esa en la que todo el mundo tenía que llevar un traje que estuviera hecho de cualquier cosa menos de ropa? Eso habría estado gracioso.

—Estabas muy sexi con esos calzoncillos que te hiciste con las cajas de pizza —le digo con una sonrisa. Elías se había atado dos cajas de cartón de pizzas a la cintura, y poco más—. Tuvo muchísimo más éxito que mi traje de papel higiénico.

—A mí me pareció que ibas muy guapo. Eras una momia muy mona. Y al final tu traje resultó mucho más provocativo que el mío a medida que fue desmoronándose a lo largo de la noche.

Me estremezco al recordarlo.

—Llevaba unos calzoncillos feísimos… De todos modos, no creo que ese sea un tema demasiado apropiado para tu celebración. No quiero ni imaginarme con qué se presentarían mis padres.

—Podría prestarle a tu padre mi traje de cajas de pizza —dice Elías.

Me río a carcajadas hasta que se me saltan las lágrimas al imaginarme la escena. Me imagino que a Elías también se le saltan las lágrimas.

Isla de Espejos es una extensión de arena y roca con forma de cruasán que se curva alrededor de una profunda laguna costera. En el extremo oriental se encuentra el pueblo principal, un cúmulo de callejuelas de adoquines bordeadas de restaurantes y tiendas. Desperdigadas entre los edificios, hay unas cuantas cantinas con el techo descubierto, con luces que cuelgan sobre las mesas de pícnic y varios carteles fluorescentes de cerveza Tecate en las paredes. Las calles están llenas de lugareños amables que se dedican a sus quehaceres y de turistas que hacen fotos. Es un lugar que tiene un encanto tropical, relajado y despreocupado, que consigue ralentizar el tiempo.

Todas las callejuelas del pueblo llegan hasta una plaza pintoresca: la plaza Pequeña. En uno de sus extremos se elevan los dos campanarios idénticos de la catedral. Las estatuas de la Virgen y de su séquito de santos custodian la fachada barroca y vigilan a la gente desde lo alto, como una barrera entre la humanidad y Dios. Varios balcones circundan los campanarios, suspendidos sobre la plaza, y los pináculos están rematados con una cruz ornamentada sobre una cúpula con forma de cebolla.

En el centro de la plaza se extiende un amplio círculo de césped. Varios senderos de piedra dividen la hierba en cuadrantes en los que han plantado árboles tropicales para aliviar el calor del sol abrasador. El agua brota de una fuente adornada donde se cruzan todos los senderos.

Doy un paseo corto hasta llegar al pueblo y me encuentro las calles llenas de gente. Por las tardes la plaza Pequeña se convierte en un mercado bullicioso, y el sol acaba de ponerse tras la franja de árboles que queda al oeste. Los puestos que se extienden en los límites de la plaza venden toda clase de objetos, como mantas tejidas a mano, platos de madera y una gran variedad de dulces de la zona. Los niños corren entre la multitud de familias y turistas. Varios grupos de chicos y chicas adolescentes se exhiben ante los demás sobre la hierba, burlándose y coqueteando. Las cantinas están llenas de hombres jóvenes que hacen aspavientos con las manos mientras relatan historias sobre sus conquistas amorosas.

Una anciana se acerca a mí. Entrecruzamos la mirada y tardo un instante en recordar por qué me resulta familiar. Es la mujer triste del vestido chillón de flores que estaba ayer en el Terrace Bar. Esta noche lleva un vestido muy parecido de color azul, con hibiscos. Le sonrío con educación y ella me devuelve una mirada incómoda antes de desviarse, apartándose de mí tan rápido como se lo permiten sus viejas piernas.

Me sienta bien respirar aire fresco tras haberme encerrado en mi habitación durante casi treinta y dos horas. No se me pasó por la cabeza abrir las ventanas que dan al balcón. Cerré las cortinas a cal y canto y tan solo eché un vistazo de vez en cuando para asegurarme de que la luz del exterior coincidiera con la hora que marcaba el reloj de la mesilla de noche. Parecía que el tiempo avanzaba o demasiado rápido o demasiado lento.

Solo he comido una vez durante el tiempo que he pasado encerrado; llamé al servicio de habitaciones para pedir la comida. La dejaron delante de mi puerta, tal y como les había indicado, y me hice con ella cuando estuve seguro de que no había nadie en el pasillo. La campana reluciente de la bandeja ocultaba un bol lleno de papaya y mango troceados que me obligué a comer.

Gasté hasta el último ápice de energía en ducharme, afeitarme y vestirme. Me veía la piel más pálida de lo habitual, y las ojeras más pronunciadas, pero todo lo demás parecía seguir igual: el pelo castaño peinado hacia un lado y los hoyuelos de la barbilla y la mejilla que maldicen mi rostro con un exceso de juventud.

Tuve que respirar hondo durante veinte minutos antes de salir de mi habitación. La luz de las lámparas del pasillo era cegadora. Al atravesar el vestíbulo a toda prisa, sentí como todas las miradas se clavaban en mí, aun cuando no me atrevía a mirar a nadie a la cara. Ahora me pregunto si sus expresiones serían parecidas a las de la anciana con la que me acabo de cruzar en la plaza.

Conseguí preguntarle al conserje dónde podía encontrar a María, la organizadora de la boda, y me dirigió hacia la plaza Pequeña. Después de dar una vuelta entera por el mercado, localizo su diminuta figura junto a la fuente del centro del círculo de césped. Casi no la he reconocido con ese vestido de lino blanco y la melena suelta sobre el rostro. Parece una versión más relajada de la mujer profesional que me recibió hace dos días con un traje azul marino. A su lado, muy cerca de ella, hay una niña de unos ocho años.

Cuando me acerco, veo que están encendiendo velas en el borde de la fuente. Hay velas muy parecidas por todo México, metidas en cilindros de cristal y envueltas en imágenes religiosas. Los lugareños las llaman «veladoras».

Al ver que me acerco, se le arruga el rostro de compasión. La tristeza que alberga en la mirada me conmueve. Esta versión de María es la madre.

—Señor Coen, ¿cómo se encuentra? —Me coloca las manos en las mejillas, como solo hacen las madres.

—Estoy bien —respondo, pero me sale la voz como un graznido, y la sonrisa débil que intento esbozar resulta aún menos convincente.