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Esteban Magnani

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Beschreibung

La literatura apocalíptica siempre ha contado el fin del mundo que conocemos como parte de una fantasía cercana al terror y a la ciencia ficción. ¿Pero que ocurre cuando ese final que atisbamos todo los dias en las crisis políticas, ambientales, económicas y sociales se hace realidad de un dia para el otro? Con honrosas excepciones, como "El Eternauta", estamos acostumbrados a leer ficción siempre en clave extranjera, en escenarios desconocidos.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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DESPUÉS DE TODO

ESTEBAN MAGNANI

DESPUÉS DE TODO

www.autoria.com.ar

Direccion editorial:Gastón Levin

Autor:Esteban Magnani

© De la presente edición, 2018

© Esteban Magnani, 2018

© Autoría Editorial, 2018

Corrección/Edición:Jessica Brunstein

Diseño de tapa e interior:DonaghIMatulich

Registrado bajo licencia Creative Commons, 2018.

Después de todo, por Esteban Magnani,se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional. Usted es libre para:

Compartir:copiar y redistribuir el material en cualquier medio o formato.

Adaptar:remezclar, transformar y crear a partir del material.

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•No hay restricciones adicionales:usted no puede aplicar términos legales ni medidas tecnológicas que restrinjan legalmente a otros hacer cualquier uso permitido por la licencia.

Magnani, Esteban

Después de todo / Esteban Magnani. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autoria Sherpa, 2018.

256 p. ; 20 x 14 cm.

ISBN 978-987-46454-5-6

1. Literatura Argentina. 2. Ciencia Ficción. 3. Novelas de Ciencia Ficción. I. Título.

CDD A863

Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin previo consentimiento del editor/autor.

“Esta es la historia de un hombre que cae de un piso cincuenta. El tipo mientras va cayendo se repite sin cesar para tranquilizarse: “Hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien… hasta ahora todo va bien…”. Pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje…”.

La Haine, películade Mathieu Kassovitz, 1995

Índice

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Estoy de vuelta. Lo siento en la lengua. Estoy paladeando un trago de leche. No es el sabor conocido, de otra época, la leche aguada, excesivamente procesada que compraba en el supermercado. Esta es dulce y espesa, recién ordeñada, posiblemente llena de gérmenes, como nunca la tomé en mi vida anterior.

Mi lengua recorre la boca, el paladar y las encías, grabando el sabor en mi memoria. Repaso los dientes que quedan y palpo los espacios vacíos. Intento contarlos con la torpeza de un ciego reciente obligado a desarrollar el tacto. Pierdo la cuenta con facilidad. Las escasas piezas sobrevivientes están inútilmente alineadas gracias a años de una carísima ortodoncia infantil. No sé cuántos quedan (¿diez?, ¿doce?), pero sí que la fila está diezmada.

Mi mano se esfuerza por escribir. Parece recordar ese arte con lentitud. Antonio me sirve otro vaso de leche caliente, algo sorprendido por verme sentado y escribiendo por primera vez desde mi llegada. ¿Cuánto tiempo pasó desde que salí corriendo de ese patio en San Fernando? ¿Tres años? ¿Cuatro? ¿Dónde estuve? De ese período interminable recuerdo el hambre, el frío y el cansancio como una nube incierta. Recuerdo sabores que preferiría olvidar; también un deseo irreflexivo de seguir viviendo sin preguntarme para qué.

Siempre busqué relatos, explicaciones, sentidos. Necesito un mapa hecho con palabras; cuando faltan me siento perdido, me falta el aire. Necesito ejercitar los músculos de la memoria, de mi mano, para escribir. Hace tiempo que recuperé la fuerza física. Llegó el momento de enfrentar la memoria, ordenar esos flashes que iluminan distintos rincones de mi mente.

Más allá veo a Antonio hachando un árbol con método, sin furia. Suele andar callado, como ahorrando energía. Él no necesita ordenar sus pensamientos. Su vida interior es un enigma para mi; probablemente para él también. Algunas noches, especialmente si conseguimos un poco de alcohol —algo cada vez más raro, salvo por la “chicha” que destilamos—, puede hablar durante minutos, alguna vez hasta media hora sin parar. Siempre con frases cortas.

Con esos frutos caídos irregularmente, en los últimos años pude armar su historia y el puente hacia la mía. Si supiera lo que hago con sus relatos fragmentarios probablemente se avergonzaría. Él no necesita darle un sentido a las cosas, unirlas en un relato: lo que es, es, y lo que no es, no es. Así Parménides pateaba el problema fuera de su vista.

Probablemente se sorprendería de mi intento de establecer contactos entre partes de su vida, de unir recortes como si realmente hubiera un hilo, como si detrás del devenir caprichoso se escondiera un escritor o un guionista con un mensaje o una moraleja para justificar su obra. Ya lo dije: necesito narrativas. Crecí abrazándolas y sin ellas el mundo se desmiembra irreparablemente en un caos que me marea. Para Antonio, en cambio, mi escritura es un desperdicio: “Si quiere descansar, mejor tírese a dormir”, me dijo ayer después de verme escribir durante más de una hora. Antonio se mueve para hacer tareas productivas: junta leña, agua, riega la huerta, alimenta a los animales. Si se echa a la sombra de un árbol a dormir es para recuperar las fuerzas que le permitirán volver a producir. Es mi reflejo invertido y al verlo a él, comienzo a recuperarme a mí.

Antes de enfrentarme a mi propia historia, debí recuperar las palabras. Leía lo que caía en mis manos. EncontréEl tiempo debe detenersede Aldous Huxley, uno de mis ídolos de la adolescencia gracias aUn mundo felizyLas puertas de la percepción. Su forma de ordenar el caos, aun al precio de forzarlo, alimentaba mi necesidad de creer que había un orden. Algunas frases de este libro me sacudieron: “Si uno es juicioso –dijo finalmente-, no pregunta si hay sentido en las cosas. Uno hace su trabajo y deja el problema del mal al propio metabolismo. Eso sí tiene sentido. Porque eso no es uno mismo. No es humano, sino parte del orden cósmico. Ese es el motivo por el cual los animales no tienen preocupaciones metafísicas. Como son idénticos a su fisiología, saben que hay un orden cósmico. En cambio los seres humanos se identifican con el afán de hacer dinero, por ejemplo. O con la bebida, o con la política, o con la literatura. Nada de lo cual tiene que ver con el orden cósmico. Es así como descubren que nada tiene sentido”.

Hacemos siempre la pregunta equivocada y como no tenemos respuestas, buscamos otro chupete para pacificarnos por unos días más. No sé vivir de otra manera, aunque mis chupetes siempre fueron más complejos, más trabajosos.

1

De los pocos monólogos de Antonio pude reconstruir la historia que él nunca ordenó. Nació en un pueblo cerca de la Cordillera de los Andes, en medio del desierto. Alguna vez mencionó Plaza Huincul, pero no me quedó claro si allí llegaron sus padres antes o después de su nacimiento. Ese es otro obstáculo para armar la historia: una interrupción puede hacerlo tomar consciencia de su derroche de palabras; entonces se genera un nuevo silencio de semanas, solo interrumpido por menciones concretas a problemas prácticos.

Mencionó unos terrenos de YPF, cercanos al pueblo. Su padre debía cuidarlos, aunque nunca, me dijo, entendió de qué. Entre el viento y el polvo no quedaba otra opción que valorar las pocas cosas que les daba la naturaleza. El agua, la comida, el pasto para las ovejas lo habían transformado en un burócrata, un contador de la naturaleza responsable de cuidar el haber y regular el debe. El padre era un hombre de campo y no se acostumbraba a vivir de las vituallas que les acercaban cada mes en un camión. Decía que si las utilizaba se iba a tener que emborrachar para matar el tiempo. Había prometido no beber más luego de que su esposa muriera. Nunca supe si había relación entre el alcohol y esa muerte. Tal vez Antonio tampoco.

El padre comenzó a utilizar el agua de pozo para una huerta protegida del viento con una pared de piedras que él mismo armó. En ella Antonio y los dos hermanos trabajaron durante años, expandiéndola, al mismo tiempo que estiraban los sembradíos en esa tierra dura y seca. Antonio me lo contó mientras desmenuzaba con una mano varios puñados de tierra negra, como dejando caer monedas de oro.

Cuando cumplió seis años, el padre lo envió a una escuela rural. Era cercana para los estándares del desierto, pero debía caminar una hora o más para llegar. Nunca supo los kilómetros exactos recorridos tantas veces. Es que el recorrido atravesaba un desierto que nada entendía del sistema decimal y el tiempo cronometrado: las horas del día ni siquiera estaban puntuadas por las comidas. El paisaje era siempre el mismo. Finalmente, si uno persistía, aparecían repentinamente un par de casas y la escuela, un rancho con techo de chapa, en la que se encontraban los diez, a veces quince alumnos que trabajosamente se acercaban allí para saludar a la bandera y sentarse en un banco a escuchar y escribir. A los padres no les interesaba que estudiaran, a los maestros, por muy buenas intenciones que tuvieran, solo les interesaba huir de ese desierto interminable. Como pude comprobar, un Estado en franco retroceso apenas llegaba allí con ecos vagos y amenazadores que conminaban a los niños a ir a la escuela o a atenerse a dudosas consecuencias.

Así transcurrió su infancia, ocupado en vivir y poco más, con sus hermanos, su padre y las ocasionales visitas a la escuela donde lo preparaban para un mundo que se parecía poco al suyo. A veces se entusiasmaba con los mundos de números, letras, mapas, lugares lejanos e historias pero, al salir, todo parecía diluirse en el desierto y en ese aire siempre apurado. La omnipresencia de aquellas ráfagas permanentes todavía se percibe en sus comentarios de cada mañana: “Hoy no hay viento”, dice, apenas se sienta con un té de peperina, mirando las montañas desde la ventana como si fueran una novedad. No lo sorprendían la lluvia, las crecidas, las tormentas: sí el viento o, mejor dicho, su ausencia.

Después de dieciocho años, gracias a algún gatillo burocrático desconocido e imprevisto —tal vez la mirada de un empleado sobre un papel olvidado, una carpeta cambiada de lugar— les llegó la orden de irse del terreno que debían proteger de un peligro inexistente. Detrás dejaron el rancho, la pared de piedra y dos árboles retorcidos que usaban testigos como bastones: “No se sabía si era por lo viejo o por lo jóvenes”, me dijo Antonio sonriendo en un arranque poético inusual. A veces tengo la efímera sensación de que busca impresionarme.

Pero fue antes, en esa escuela, que conocí a Antonio cuando era un adolescente. Yo venía de Buenos Aires, recién terminaba el profesorado en el Mariano Acosta, en pleno Once, y soñaba con un poco de silencio, con dejar atrás el ruido de la ciudad.

El año antes de partir hacia Neuquén, tras terminar los últimos trámites para el título, salí de la escuela. Once estaba más decadente de lo habitual; los síntomas que en otra época eran ocasionales se repetían cada vez más, pero ese día formaron un festival de extremos: por la noche, desde la ventana, había escuchado la voz de un cafisho acusando a una puta de haber atendido un cliente a escondidas y de no darle su parte. Quedé un par de horas desvelado, intentando no imaginar la historia sugerida detrás del reproche.

Esa mañana desperté con ardor en los ojos. Sin nada para desayunar, fui al supermercado; dos chicos relataban una pelea con entusiasmo; a mi regreso esquivé el vidrio roto de un auto sobre el cordón de la vereda y, finalmente, antes de entrar a la escuela, crucé a un travesti madrugador o necesitado de horas extra que se exhibía como saldo. Al entrar en la escuela, sentí cómo caían los últimos granos de arena en el reloj, pero no sabía cómo darlo vuelta para reiniciarlo. Los profesores hablaban de una sensación similar en los 90, un recuerdo que apenas podía evocar porque entonces era demasiado chico. Podría estirar mis años de estudiante y completar la carrera de Ciencias de la Comunicación. Tenía aprobadas las materias de la tecnicatura, necesarias para dar clases también en secundarios. Pero necesitaba trabajar: estudiar era un lujo que no podía darme si prefería evitar la ayuda de mi padre.

Perdido en la incertidumbre personal, del país, del mundo, bajé la escalera y me crucé con Lautaro, un compañero del profesorado y parte del secundario. Se me acercó bajando la escalera en diagonal. Me saludó y, entusiasmado, me dijo algo que sabía me interesaría:

—Se abrió un concurso para escuelas rurales y no lograron llenar el cupo mínimo. A la hora de la verdad, nadie se va a vivir a un ranchito por elección.

Él sabía de mis fantasías bucólicas. Era uno de los tópicos insistentes en nuestras noches de estudio. Lautaro sabía que me estaba provocando a concretar lo que tantas veces había insinuado, pero en lugar de intimidarme, mi imaginación se llenó de lugares idílicos donde contemplar el horizonte, pensativo, lejos de las redes sociales, del ruido de la ciudad, de la vorágine. Lo pensaba con esas mismas palabras, estoy seguro. Era aún demasiado adolescente como para darme cuenta de que leerEl lobo estepariono me había acercado ni un poco a encontrarle sentido a la vida, sino apenas a vestirla mejor. En cualquier caso, quería enfrentarme a mí mismo, desnudo de distracciones, tal vez influido por las historias de hombres solitarios en la naturaleza que me habían apasionado desde chico: Tarzán, Robinson Crusoe, Walden, Harrison Ford enCosta mosquito,Mal de alturade Krakauer,Relato de un náufrago, el Supertramp dePor rutas salvajes... Esa película que vi poco antes de terminar el profesorado me hizo llorar hasta el babeo y me reconectó con un romanticismo adolescente capaz de emborracharme. Mi única experiencia real en la naturaleza, más allá de las abstracciones de la lectura, había sido en un campamento con Pepo. Apenas si había rasgado su superficie. Aun así algo en mí seguía ansiando llenarse de esa omnipotencia hecha de viento, agua, clorofila, colmillos, que el ser humano se empeña en controlar y a la que ha inoculado un cáncer que no la matará pero la cambiará para siempre. Pese al magnetismo teórico-literario que ejercía en mí la naturaleza, el pequeño escarmiento práctico de unos años atrás me llevó a preferir un contacto con ella un poco más controlado. Dar clases en una escuela rural, podía ser el paraguas ideal para esa experiencia.

Sin dudar, cumplí con los trámites finales de la preselección. En mi cabeza se dibujaban edificios blancos con una bandera celeste y blanca ondeando en el frente. Detrás se podía ver la ruta 40, uno de los siete lagos y mi figura, recortada contra el fondo montañoso, emprendía una larga caminata por el bosque. Las escuelas que imaginé también podrían ubicarse en un paisaje más “Horacio Quiroga”, una selva del norte, donde aprendería sobre las frutas capaces de hacer sobrevivir a alguien perdido por meses. No era la primera vez que me asaltaban esas imágenes: cuando supe de una escuela en el Paraná de las Palmas, me fantaseé recorriendo los riachos en mi propia canoa. Para entonces había leído algunas crónicas de Lobodón Garra, el seudónimo de Liborio Justo, y de su vida en tales parajes. La descripción de una tierra llena de “bribones” que escapaban de la ley y se mataban por nada, refugiados en la anarquía de las islas, estimuló mi imaginación aún más. No importaba que el delta que yo conocía tuviera casas a dos aguas, paneles solares, bares y lanchas a motor amarradas a los muelles.

Lo cierto es que, más allá de unas jornadas sobre educación rural a las que había asistido, no tenía demasiado conocimiento sobre el campo y muy pocos puntos para competir por un puesto. El objetivo de mínima era patear cualquier decisión unos meses, refugiarme en una excusa para no encarar mi futuro. Pero el destino se encargó: gracias a distintas conexiones, un docente del profesorado y una serie de casualidades fuera de mi entendimiento, conseguí un cargo suplente en una escuela rural en Neuquén, cercana a la cordillera y con un viento que andaba “a loscachetazos”, como me explicó el que me atendió en el mostrador antes de firmar el contrato. Allá me esperaría otro docente con más experiencia para ayudarme, según me dijeron, conscientes de mi desconocimiento sobre el trabajo en un lugar tan remoto. Sin comprender bien cómo, me encontré con un plan desconocido sobre el que tenía más fantasías que certezas pero acepté la tregua para no tener que pensar. Además, si quería estar conmigo, probarme, lo mejor era el desierto, donde nada distrae, donde la naturaleza absorbe el exceso al que estaba acostumbrado. Todo eso pensaba entonces.

Pero la realidad, suele ocurrir, es otra cosa.

A comienzos del siguiente año lectivo armé un bolso y una valija con rueditas en la que puse varios libros. El verdadero material de lectura lo tenía en un lector electrónico con más gigas de texto que los legibles por un mortal a lo largo de su vida. En la computadora también tenía varias películas que nunca me había atrevido a ver porque cada vez que llegaba el momento de ocio terminaba inclinándome por una cómica y dejaba las serias y deprimentes para más adelante.

Y también me llevaba a mí mismo, listo para ser diseccionado, analizado y comprendido.

2

El viaje fue largo. Me llené de horizonte mirando la ventana durante el día. Me resultaba imposible concentrarme en la lectura, entre ansioso y asustado.

En la terminal me esperaba Jerónimo, el docente a cargo de la escuela. Me dio la bienvenida, me condujo a su camioneta destartalada, arrancó y en minutos nos enfrentamos al desierto. Jerónimo me cayó bien: con el tiempo descubrí que tenía un optimismo tranquilo, capaz de mantenerlo funcionando eternamente a bajas revoluciones, como si estuviera corriendo una maratón sin línea de llegada.

Durante el viaje me contó los planes: me haría cargo de los más grandes (yo ya lo sabía), eran buenos chicos, algunos con ganas de aprender y otros con ganas de terminar el secundario para conseguir algún trabajo en la ciudad donde les pedían marcar con una cruz en el casillero de “Secundario completo”. Nuestra tarea era ayudarlos a desarrollar su curiosidad, darles las herramientas. También me pidió que no los subestimara: el silencio en ese desierto no siempre implicaba ignorancia o falta de ideas “como en otras partes”, sino necesidad de tiempo, de empatía. Comprendí que allí yo representaría al “energúmeno urbano”, siempre apurado. Acepté mi rol con resignación. Tendría en total veinte alumnos de entre catorce y diecinueve años, pero raramente irían más de diez o quince.

Lleno de polvo pese a las ventanillas cerradas, llegué a la casita ubicada a un lado de esa escuela formada por un par de aulas. Mi habitación contaba con un catre, una jarra y un balde. La estufa a gas, alimentada por una “chancha” que cargaban una o dos veces por mes según la época del año, sería fundamental para pasar el invierno. Para cualquier imprevisto, había una salamandra que se alimentaba a carbón por falta de leña. Por lo demás, un par de estantes en las paredes y un dibujo de unas montañas, seguramente dejado por el anterior inquilino.

Realmente tendría que enfrentarme a mí mismo sin mis armas de distracción, sin un celular en el que esconderme, sin internet para creer que tenía un millón de amigos. Mi apuro se fue diluyendo en el desierto, para alegría de Jerónimo. A lo largo de dos años di clases a los alumnos que se acercaban ocasionalmente, cuando no había demasiado viento, cuando no nevaba, cuando ellos o un hermanito no estaba enfermo, cuando no era tiempo de ir a cosechar frutas a mano en algún campo cercano... Intenté generar un “aprendizaje significativo” para ellos, capaz de interesarlos y dejarles un par de herramientas mentales. Me apoyaba en sus intereses más que en el plan de estudios. Ellos me escuchaban a pesar de que yo les parecía un ser lejano, raro, con quien resultaba difícil identificarse, pero por momentos entretenido. Las diferencias de edad y conocimiento de mis estudiantes, me obligaban muchas veces a darles tareas distintas y luego mantener diálogos en voz baja con grupos más reducidos.

Entre ellos estaba Antonio. La brecha entre nosotros era mucho mayor que los seis años que nos separaban. Sus ojos me resultaban opacos y no permitían adivinar una vida interior. En aquel entonces para mí era un chico más y apenas puedo diferenciarlo en mis recuerdos de los demás estudiantes que, al igual que él, faltaban con regularidad. Años más tarde, en nuestro segundo encuentro, él me recordó frases, historias, explicaciones mías. Con esos retazos de su memoria pude armarme una idea de cómo había sido nuestro vínculo. Yo le daba libros y él, para mi sorpresa, los traía en poco tiempo y me pedía otros. Si le preguntaba su opinión sobre ellos no me concedía más que dos o tres palabras. Me frustraba su parquedad, sobre todo porque quería recomendarle otros capaces de coincidir con sus gustos, expandirlos, acaso moldearlos, y mantener vivo el entusiasmo. Mucho tiempo después me explicó que se había acostumbrado a leer cualquier cosa que le dieran solamente para no tener que hablar, en especial, a mujeres, a las que solo cruzaba en la escuela.

A Antonio creo que le gustaban mis clases de química. Yo las llamaba así pero nunca fui más allá de explicar que los objetos están formados por unos pocos elementos, menos de doscientos, y que estos, a su vez, se armaban con unas pocas partículas. Para él fue un hallazgo. Pude recordar sus insistentes preguntas: ¿eso significaba que mezclando los átomos de, por ejemplo, la tierra en forma adecuada podría hacer hierro, leche, carne u oro? Contesté que teóricamente sí, pero que solamente se había logrado producir algunos en grandes laboratorios y en cantidades limitadas. Expliqué que la mayoría de los elementos más pesados se habían cocinado en el corazón de las estrellas y que la escala humana era mucho más modesta.

Hice una breve historia del Big Bang, de las estrellas que nacían y morían, pero dentro suyo, con el calor y la presión, se combinaban elementos más simples para hacer otros más pesados y cerré con la frase de Carl Sagan: “Somos polvo de estrellas”. Si bien expliqué esa historia prácticamente a cada uno de los alumnos que tuve a lo largo de mi vida, en reuniones, a amigos y demás, nunca tuve una sensación tan clara de que para ese público se trataba de otra leyenda sobre el origen de la vida. Varios de los chicos eran de origen mapuche (aunque no sé cuánto quedaba de esa tradición en ellos) y mi explicación científica, basada en millones de estudios, análisis, instrumentos, podría tranquilamente formar parte de otras tantas historias que se contarían durante la noche alrededor del fogón.

Antonio recordó años más tarde la admiración que le desperté como profesor por lo que sabía. Su padre era parco y casi no le hablaba; sus hermanos también buceaban en el silencio. Gracias a mis historias por primera vez se preguntaba de qué estábamos hechos, cuál era el origen del universo y alguien venía a contestarlo con convicción.

Durante esos dos años en Neuquén comprendí que si bien compartía un idioma con mis alumnos, no compartía referencias comunes desde donde construir una relación. Cuando intentaba explicarles cómo funcionaba la división de poderes en el gobierno, las atribuciones del ejecutivo, legislativo y judicial, se quedaban mirando, preguntándose cómo iban a memorizar esas palabras vacías para el examen. También, recuerdo, les encargué trabajos sobre protección del medioambiente para que ellos se involucraran en el conocimiento de su tierra y sus equilibrios. No logré saber nunca qué entendían ellos por medioambiente. Cuando les preguntaba me señalaban afuera. No había nada que proteger allí: ellos eran los que tenían que protegerse del “medioambiente” que intentaba matarlos de frío, de sed, de hambre, de polvo y viento. ¿Proteger a la naturaleza? ¿Ellos? ¿Qué clase de delirio mitómano podía tener alguien para creerse que ese desierto necesitaba hombres que lo protegieran?

Terminados los dos años, me despedí de todos y volví a Buenos Aires. A Antonio no llegué a verlo: ya lo habían echado del terreno de YPF y dejó la escuela con diecinueve años y algunas materias del secundario aprobadas. Se fue a trabajar de tarefero, me contó después, y luego como guardia de seguridad de un edificio en Córdoba. En ese trabajo conoció el aburrimiento más profundo y sintió que el diablo se le metía en los pensamientos. Para ahuyentarlo leía, pero el sueldo no le alcanzaba para comprar los libros capaces de llenar tantas horas; además, los entretenimientos urbanos como el fútbol, las redes sociales, la charla con colegas o vecinos le resultaban ajenos. Él estaba acostumbrado a vivir ocupado haciendo cosas y ahora trabajaba para garantizar que nada sucediera. ¿Trabajar cuidando de los ladrones un edificio? Qué cosa más estúpida. Si uno tiene miedo a la gente peligrosa, se va a donde no la haya. Pero los habitantes de la torre estaban emperrados en quedarse aunque no les gustara y por eso debían contratar seguridad, comprar aires acondicionados para el calor, autos para embotellarse cómodamente, ir al gimnasio para no engordar de tanto estar sentados, correr para ir al cine o para ver amigos, complicarse la vida trayendo más y más cosas que supuestamente se la simplificarían.

Dos vecinos le pasaban libros y les gustaba comentarlos con él. Poco después, el administrador le contó que el presidente del consorcio se quejaba de que se la pasaba leyendo en lugar de hacer su trabajo. Finalmente lo despidieron.

Durante un intercambio de libros, Antonio comentó a uno de los vecinos que extrañaba el campo. Culposo por el despido de su protegido, el vecino mencionó a un conocido que tenía un campo a doscientos kilómetros al sur de la capital cordobesa. Después de algunos llamados le consiguió trabajo ahí. Antonio partió con su bolso, llegó y lo contrataron para varias tareas. Al poco tiempo le salvó la vida al hijo menor del dueño, al que se le desbocó el caballo o algo así: la noche que me lo contó estaba tan borracho que era muy difícil entenderle. Pasó a ser un amigo de la familia, una persona de absoluta confianza. Cuando el dueño decidió ir a vivir a la ciudad, lo dejó a cargo de las tierras que prefirió guardar como inversión para sus hijos. Le pidió que las cuidara y no permitiera que nadie se instalara allí, uno de sus mayores miedos.

Antonio se alojó en la casa principal, alejado del mundo, incomunicado, en un matrimonio perfecto con la Pacha Mama, con la cual procreó una huerta, adoptó gallinas, ovejas, vacas. Reparaba las herramientas en una fragua pequeña que construyó y apenas necesitaba algunas cosas del mundo industrial. También recurría al trueque cuando era necesario en sus poco frecuentes excursiones al pueblo. Como trabajaba todo el día y necesitaba alimento solo para él, la producción de la huerta le sobraba. Cuando había una cosecha excesiva y no necesitaba trocarla por herramientas o botas, la cargaba en un carrito y lo empujaba por el camino de tierra que conducía a la escuela cercana. Allí la dejaba casi sin decir palabra. Las idas al pueblo y a la escuela eran los únicos contactos con el mundo exterior. Pude adivinar por el tono de voz que la principal razón para la última osadía era una maestra en particular que le agradecía mucho sus aportes, pero con la que nunca generó otro vínculo. Lo imaginé deleitándose durante semanas en el recuerdo de las diez o veinte palabras que intercambiaban. Así fue que Antonio pasó los años, con sus estaciones y las actividades que las puntúan.

Encontré a este Antonio hombre, casi sin rastros del adolescente que había conocido años antes. Estaba aislado, consciente de que algo malo ocurría “afuera”, desligado del destino del resto del planeta. Me tuvo en la mira durante unos minutos mientras yo perseguía sus gallinas, hambriento. Cuando estaba por apretar el gatillo, me contó otra noche de borrachera, se le apareció mi imagen con guardapolvo blanco haciendo lo mismo, persiguiendo una gallina con mi torpeza porteña para que los más chicos se rieran. El recuerdo le dibujó una sonrisa incompatible con apretar un gatillo. Bajó el rifle. Solo entonces lo vi. Estaba armado pero me acerqué igual, sin reconocerlo, medio muerto de hambre, de sed, de frío y de desesperación acumulada en la ropa despedazada, en los kilómetros recorridos desde la ciudad, desde mi vida, desde mi confort, desde mi familia, desde Mara y desde una humanidad que ya no existía. Necesitaba que me solucionaran todo aunque fuera con un balazo. Daba lo mismo.

Una noche de invierno, varios meses después de mi llegada, hicimos un fuego grande y bebimos un menjunje con maíz macerado que aún preparamos cada tanto. Me gusta llamarlo chicha. Toda mi información sobre ese preparado estaba en un libro de historia inca: las clases altas del imperio obligaban a viejas mujeres a masticar granos de choclo que luego escupían. Las enzimas de la saliva aceleraban la fermentación y el azúcar se transformaba en alcohol. Nosotros hacemos lo mismo (cada uno mastica su parte) para permitirnos un momento de evasión y borrachera. El resultado es generalmente horrible, pero a veces logramos un sabor dulzón que la hace tolerable, sobre todo cuando conseguimos algo de azúcar. Esta es una de las pocas prácticas improductivas que Antonio se permite.