4,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 4,99 €
Rainier Drive, 6 Cedar Cove, Washington Querida lectora, A lo mejor te has enterado ya del duro golpe que sufrimos recientemente. Mi marido y yo perdimos nuestro negocio, el restaurante Lighthouse, debido a un incendio intencionado. La investigación aún está en marcha, y el principal sospechoso es un joven que había trabajado con nosotros, Anson Butler, que desapareció justo después del incendio. Seth y yo estamos intentando encarrilar nuestras vidas (y la verdad, una crisis como ésta no beneficia en nada a un matrimonio), y mientras tanto, la vida sigue para todo el mundo en Cedar Cove. Hay matrimonios, nacimientos, reuniones, y hasta algún que otro escándalo, pero una de las novedades más candentes es que Cal, el adiestrador que trabaja en el rancho de Cliff Harding, está rescatando mustangs salvajes en Wyoming. En fin, tengo que irme... he quedado para comer con un viejo amigo, Warren Saget. ¡Espero volver a hablar contigo pronto, para poder contarte todo lo que está pasando en la ciudad! Justine. "Los libros de Debbie Macomber ambientados enCedar Cove son irresistiblemente deliciosos y adictivos" Publishers Weekly
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 485
Veröffentlichungsjahr: 2011
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2006 Debbie Macomber. Todos los derechos reservados.
DESPUÉS DEL FUEGO, Nº 93 - diciembre 2011
Título original: 6 Rainier Drive
Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá.
Traducido por Sonia Figueroa Martínez
Publicada en español en 2010
Editor responsable: Luis Pugni
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
™TOP NOVEL es marca registrada por Harlequin Enterprises Ltd.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9010-376-0
Imagen de cubierta: MAC4C1N/DREAMSTIME.COM
ePub: Publidisa
Para Martha Powers, mi compañera de caminatas y dietas... y lo mejor de todo, mi amiga
Justine Gunderson despertó de golpe de un profundo sueño, y tuvo la vaga sensación de que pasaba algo malo. Cuando lo recordó todo al cabo de un momento, sintió una intensa tristeza, y siguió tumbada en la cama con la mirada fija en el techo mientras intentaba asimilar la situación. El Lighthouse, el restaurante por el que Seth y ella se habían desvivido, estaba destruido. Había quedado hecho cenizas una semana atrás, en un incendio que había iluminado el cielo nocturno en kilómetros a la redonda… un incendio que había sido provocado por un saboteador que aún no había sido identificado.
Ni siquiera tuvo que mirar para saber que su marido no estaba a su lado en la cama. Sólo hacía una semana desde el incendio, pero daba la impresión de que había pasado un mes, un año, una vida entera. Estaba convencida de que Seth había dormido tres o cuatro horas al día como mucho desde que habían recibido la devastadora llamada de teléfono.
Apartó a un lado la sábana, y se levantó de la cama poco a poco; según el despertador digital, eran apenas las cuatro de la madrugada. La luz de la luna se filtraba por una rendija de las cortinas, y proyectaba formas sobre las paredes del dormitorio.
Después de meter los brazos en las mangas de la bata, fue en busca de su marido; tal y como esperaba, lo encontró en la sala de estar, paseándose sin cesar de la chimenea a la ventana y viceversa con una actitud cargada de tensión. Él siguió caminando cuando la vio, y apartó la mirada como si fuera incapaz de mirarla cara a cara. Era obvio que no quería tenerla cerca en ese momento, desde el incendio parecía un hombre distinto que apenas se parecía a su marido.
–¿No puedes dormir? –le preguntó en voz baja, por miedo a despertar a su hijo de cuatro años. Leif tenía el sueño muy ligero, y a pesar de que era demasiado pequeño para entender lo que había pasado, notaba de forma instintiva que sus padres estaban alterados.
–Quiero averiguar quién ha hecho esto, y por qué –Seth apretó los puños, y se volvió a mirarla como si esperara que ella pudiera darle una respuesta.
Justine se colocó un mechón de pelo largo y liso detrás de la oreja, y se sentó en la mecedora en la que tiempo atrás solía amamantar a su hijo.
–Sí, yo también –jamás le había visto tan alterado.
Su marido tenía ascendencia sueca, era muy rubio y corpulento; debía de medir más de uno noventa y cinco, y sus anchos hombros iban en consonancia con el resto de su cuerpo. Había trabajado de pescador, pero poco después de la boda habían decidido abrir el restaurante. El Lighthouse había sido el sueño de Seth, y con el apoyo financiero de sus padres lo había invertido todo… su capacidad de trabajo, sus emociones, los ahorros de ambos… en aquel proyecto; por su parte, ella le había apoyado en todo.
Al principio, cuando Leif aún era un bebé, ella se había ocupado de la contabilidad y de las nóminas; sin embargo, cuando el niño había alcanzado la edad suficiente para ir a la guardería, había asumido un papel más activo, y había empezado a trabajar de maître y a echar una mano cuando faltaba algún empleado.
–¿Quién ha podido hacer algo así? –dijo él.
Ella se preguntaba lo mismo, no alcanzaba a entender por qué les habían atacado así; que ella supiera, no tenían enemigos, y tampoco rivales serios. Le costaba mucho creer que el incendiario hubiera elegido el restaurante al azar, pero no se podía descartar aquella posibilidad, porque de momento la investigación había avanzado muy poco.
–No puedes seguir así, Seth –le dijo con voz suave, mientras alargaba la mano hacia él.
Al ver que no respondía, se dio cuenta de que ni siquiera la había oído. Quería tranquilizarlo, darle ánimos. Era obvio que el fuego no sólo había destruido el restaurante, sino que además había robado la serenidad y las metas de su marido, y en cierto sentido, también su inocencia. Seth había perdido la fe en la bondad de los demás, y también la confianza en sí mismo.
En cuanto a ella, su inocencia había quedado destruida una soleada tarde de verano de 1986, cuando Jordan, su hermano gemelo, se había ahogado. Ella misma había sujetado entre sus brazos su cuerpo sin vida hasta que habían llegado los paramédicos. Se había quedado conmocionada, ya que había sido incapaz de asimilar que su hermano, su gemelo, se había ido para siempre. Jordan se había roto el cuello al zambullirse en el agua desde un muelle flotante.
Su mundo entero había cambiado aquel día. Sus padres se habían divorciado poco después, y su padre se había casado con otra mujer casi de inmediato. En apariencia, ella se había adaptado sin problemas a los vaivenes que estaba experimentando su vida; al salir del instituto había ido a la universidad, y después de licenciarse había conseguido un empleo en el First National Bank, donde había ido ascendiendo hasta el puesto de gerente. A pesar de que no pensaba casarse jamás, había empezado a salir con Warren Saget, un promotor inmobiliario que tenía una edad parecida a la de su madre, y entonces había vuelto a ver a Seth Gunderson en una fiesta de antiguos alumnos del instituto.
Seth había sido el mejor amigo de Jordan, y ella siempre había creído que, si él hubiera estado presente aquella fatídica tarde de verano, era posible que su hermano no se hubiera ahogado; en ese caso, ella habría tenido una vida diferente… aunque no sabría decir en qué sentido. Desde un punto de vista racional, sabía que pensar así era una ridiculez, pero no podía evitarlo.
Apenas había cruzado palabra con Seth cuando estaban en el instituto. Él era el héroe de rugby, el atleta, el cerebrito de la clase, y no había habido ningún acercamiento entre los dos; sin embargo, siete años atrás, había coincidido con él en la reunión para la planificación de la fiesta de antiguos alumnos, y él había mencionado como si nada que había estado interesado en ella cuando iban al instituto. A juzgar por cómo la había mirado, era obvio que la encontraba incluso más atractiva en aquel momento que cuando eran adolescentes.
No habían tenido un noviazgo fácil, porque Warren Saget no quería perderla y la había presionado para que accediera a casarse con él; al parecer, se había dado cuenta de forma instintiva de que Seth suponía una amenaza muy seria, porque había comprado un anillo con el diamante más grande que ella había visto en su vida, y le había prometido que viviría rodeada de lujos y que disfrutaría de un lugar prominente en la escala social si se casaba con él.
Seth sólo había podido ofrecerle el viejo velero de más de veinte años en el que vivía… y su amor; para entonces, ya estaba loca por él, pero había seguido debatiéndose y negándose a escuchar a su propio corazón, hasta que al final no había podido seguir resistiéndose y había caído rendida…
–Esta mañana voy a llamar al jefe de bomberos, quiero respuestas –le dijo su marido.
–Seth, cariño, ¿por qué…?
–No intentes calmarme –le espetó él con sequedad– Ya ha pasado una semana, seguro que han descubierto algo. Es obvio que están ocultándome información, y voy a averiguar de qué se trata. ¡Si tengo que llamar a Roy McAfee, lo haré! –la miró directamente por primera vez desde que ella había entrado en la habitación.
–Confío en Roy, pero los bomberos y la compañía de seguros ya están investigando. Déjales hacer su trabajo, y al sheriff también –le dijo con voz suave.
Él se pasó los dedos por el pelo, y soltó un profundo suspiro antes de decir:
–Lo siento, no quería desahogar mi frustración contigo.
–Ya lo sé –se acercó a él y lo abrazó. Apretó el cuerpo contra el suyo, para intentar que se relajara–. Vuelve a la cama, intenta dormir un poco.
–No puedo. Cada vez que cierro los ojos, veo el restaurante ardiendo.
Seth había llegado pocos minutos después que los coches de bomberos, y había permanecido impotente a un lado mientras el restaurante quedaba hecho cenizas.
–Aún no puedo creer que lo hiciera Anson Butler –comentó ella, pensando en voz alta. Aquel muchacho le había caído bien, pero tanto sus amistades como sus vecinos coincidían en decirle que había cometido un error al confiar en él.
–Lo que pasa es que no quieres creerlo.
Aquello era cierto. Seth había contratado varios meses atrás a Anson, que había sido condenado a pagar los gastos ocasionados por un incendio que él había provocado en el parque. El muchacho no había explicado por qué había prendido fuego a la caseta, y ella sólo sabía los escasos detalles que Seth le había contado cuando había accedido a contratarlo.
Anson se había entregado a las autoridades y se había responsabilizado de sus actos, y aquello había sido un punto a su favor. Aquella actitud había impresionado gratamente a Seth, que al final había accedido a darle un empleo cuando su amigo y contable Zachary Cox, que se había convertido en una especie de mentor para el muchacho, había abogado en su favor.
Al principio, Anson se había esforzado por demostrar su valía. Estaba tan ansioso por quedar bien, que llegaba al trabajo antes de que empezara su turno y hacía horas extras, pero al cabo de un par de semanas las cosas habían empezado a torcerse. Tony, otro friegaplatos, le tenía manía, y los dos habían discutido; al parecer, en un par de ocasiones se habían dado algún que otro empujón, y el ambiente de la cocina había ido cargándose de tensión.
Cuando ella le había sugerido a Seth que los separara, su marido había decidido que Anson pasara a ser pinche de cocina, pero a Tony no le había hecho ninguna gracia seguir siendo friegaplatos mientras que su rival ascendía de puesto a pesar de llevar menos tiempo trabajando en el restaurante.
Entonces se había cometido un robo, y a pesar de que había más gente que tenía acceso a la caja metálica donde se guardaba el dinero, tanto Anson como Tony habían sido vistos entrando en el despacho del restaurante. Cuando les habían preguntado al respecto, el primero había dicho que había entrado porque quería hablar con Seth sobre su horario, y el segundo que estaba buscando a Seth porque había surgido un problema con uno de los proveedores.
Como los dos muchachos eran sospechosos, Seth no había tenido más remedio que despedirlos. El dinero no se había recuperado, y él se había sentido culpable porque había salido del despacho durante unos minutos, y había dejado la caja fuerte abierta con la caja metálica dentro.
Una semana después, el Lighthouse había ardido hasta quedar hecho cenizas.
–No tenemos ninguna prueba que demuestre que fue Anson –le dijo a su marido.
–Sea quien sea el culpable, encontraremos pruebas. Descubriremos quién lo hizo, Justine –tenía el cuerpo tenso, y su voz reflejaba una determinación férrea.
–Intenta dormir –lo llevó al dormitorio, y él la siguió a regañadientes.
Cuando se metieron en la cama y él se tumbó boca arriba, ella se apretó contra su cuerpo, deslizó una pierna por encima de la suya, y pasó el brazo por encima de su musculoso pecho. Él la abrazó con fuerza, como si la considerara la única cosa sólida que le quedaba en un mundo que había empezado a derrumbarse. Justine pensó que quizá se quedaría más relajado si hacían el amor, así que empezó a besarle el cuello con actitud insinuante, pero él rechazó el sutil ofrecimiento haciendo un gesto de negación con la cabeza. Se sintió dolida, pero intentó no tomárselo demasiado a pecho.
Se dijo que todo aquello pasaría pronto, que las cosas no tardarían en volver a la normalidad. Tenía que creer que sería así, debía mantener aquella esperanza, porque no quería caer en el desánimo. Tenía que luchar por mantener una actitud positiva, tanto por su marido como por el bien de su matrimonio.
Cuando volvió a despertar, ya había amanecido. Leif estaba subiendo a la cama para reclamar el desayuno, y Penny, su perra mezcla de cocker spaniel y de caniche, había entrado tras él y estaba observando la cama como planteándose si valía la pena intentar subir también.
–¿Dónde está papá? –le preguntó al pequeño, mientras se incorporaba y se pasaba una mano por la cara con cansancio.
El niño subió su osito de peluche a la cama, la miró con sus preciosos ojazos azules, y le dijo:
–En su despacho.
Aquello no era una buena señal.
–Bueno, vamos a prepararte para ir al cole –le echó un vistazo al despertador, y vio que ya eran las ocho. Leif seguía yendo a la guardería cada mañana a pesar de lo que había pasado, porque tanto Seth como ella querían que el niño siguiera con sus horarios habituales.
–Papá está enfadado otra vez –le dijo en voz baja el pequeño de cuatro años.
Justine soltó un suspiro. Le preocupaba el efecto que tanta tensión pudiera llegar a tener en su hijo, ya que el pequeño no podía entender a qué se debía el mal humor de su padre, ni el hecho de que su madre se echara a llorar de vez en cuando.
–¿Te ha gruñido? –Justine rugió como un oso pardo, y puso las manos como si fueran zarpas. Mientras Penny ladraba con entusiasmo, avanzó a gatas por encima de la cama hacia su hijo, para intentar que dejara de preocuparse por la actitud de su padre.
Leif soltó un chillido, bajó de la cama a toda prisa, y salió corriendo hacia su habitación. Lo siguió y lo acorraló entre risas, y los dos siguieron risueños mientras ella le preparaba la ropa. El niño ya empezaba a querer vestirse solo, así que dejó que lo hiciera.
Después de decirle adiós a su marido de forma breve y mecánica, llevó a Leif a la guardería. Cuando volvió a casa, Seth salió a recibirla. El cielo de abril estaba nublado, y la lluvia era inminente. Era un tiempo que reflejaba a la perfección el estado de ánimo de los dos, un día soleado habría parecido incongruente mientras tanto su marido como ella estaban tan inseguros y malhumorados.
–He hablado con el jefe de bomberos –le dijo él, al verla salir del coche.
–¿Hay alguna novedad?
–No ha querido decírmelo, y el del seguro también está tomándose su tiempo.
–Seth, con estas cosas hay que tener paciencia –estaba tan ansiosa como él por obtener respuestas, pero no quería que el jefe de bomberos cometiera errores con la investigación por querer hacerla a toda prisa.
–No me vengas con ésas, cada día que pasa nos perjudica. ¿Cómo vamos a salir adelante sin el restaurante?
–El seguro…
–Sí, ya sé que el seguro va a pagarnos, pero no recibiremos nada en un mes como mínimo; además, ese dinero no impedirá que nuestros empleados busquen otros trabajos, ni bastará para devolverles a mis padres todo lo que invirtieron. Confiaron en mí, Justine.
Los padres de su marido habían aportado una suma considerable para que pudieran poner en marcha el restaurante, y ellos iban devolviéndoles el préstamo mediante cuotas mensuales.
Justine era consciente de que sus suegros necesitaban aquel dinero, y en ese momento no supo qué decirle a su marido. Era obvio que no sólo estaba preocupado por las implicaciones financieras del incendio, pero no se le ocurrió ninguna respuesta que pudiera tranquilizarlo.
–¿Qué es lo que quieres que haga, Seth? Dímelo, y lo haré.
La miró con una expresión tan adusta y fría que la sorprendió, y le dijo en voz baja:
–Lo que quiero es que dejes de comportarte como si todo esto no fuera más que un inconveniente pasajero. El Lighthouse está destruido. Lo hemos perdido todo, y tú te portas como si no pasara nada.
Justine se quedó boquiabierta ante aquellas palabras tan injustas. Daba la impresión de que su marido la consideraba una especie de simplona que no alcanzaba a entender la situación.
–¿No te das cuenta de que los últimos cinco años han quedado hechos cenizas? –siguió diciendo él–. Cinco años trabajando dieciséis horas al día, y… ¿para qué?
–No lo hemos perdido todo –le dijo, para intentar razonar con él.
No quería dar pie a una discusión, sino hacerle entender que, a pesar de que estaban pasando por un momento muy difícil, aún se tenían el uno al otro. Juntos lograrían hacer acopio de la fuerza necesaria para empezar de nuevo, siempre y cuando Seth fuera capaz de dejar a un lado la furia que lo carcomía por dentro.
–¿Vas a empezar otra vez con lo mismo? –le dijo él con frustración.
–Quieres que me enfade tanto como tú, ¿verdad?
–¡Pues claro! Deberías estar furiosa… tendrías que querer respuestas, igual que yo, y que…
Aquellas palabras colmaron su paciencia, y le espetó:
–¡Lo que quiero más que nada es recuperar a mi marido! Estoy tan afectada como tú por lo que ha pasado. Sí, hemos perdido nuestro negocio… para mí es algo horrible, una tragedia, pero no es el fin de mi mundo.
Él se quedó mirándola con incredulidad, y al final le preguntó:
–¿Cómo puedes decir eso?
–¡A lo mejor lo que pasa es que también quieres perder a tu mujer y a tu hijo! –sin darse tiempo a cambiar de opinión, volvió a meterse en el coche y cerró de un portazo. Se sintió aliviada al ver que no intentaba detenerla, porque necesitaba alejarse un rato de él.
Se fue sin esperar siquiera a ver cómo reaccionaba. Condujo sin rumbo fijo, y aparcó a varias calles de la guardería de su hijo. Como no tenía ningún recado pendiente y el niño iba a tardar unas dos horas en salir, fue al paseo marítimo.
Mientras intentaba encontrarle alguna explicación al desastre que estaba poniendo a prueba a su matrimonio, se sentó en un banco de madera del parque y miró hacia la ensenada. El cielo se había nublado aún más, y el agua golpeaba con fuerza las rocas que había cerca de la orilla.
Necesitaba pensar, y se dijo que todo se arreglaría cuando llegara a casa. Seguro que Seth se arrepentía de lo que le había dicho, y ella le…
–¿Eres tú, Justine?
Alzó la mirada, y se obligó a esbozar una sonrisa amable al ver que Warren Saget se le acercaba. En ese momento no le apetecía ver a nadie, y mucho menos a Warren, que le había dicho que aún seguía queriéndola. Ella había declinado su proposición, pero al ver que a él no le sentaba nada bien su rechazo, había optado por evitarle todo lo posible.
Él se sentó a su lado sin esperar a que le invitara a hacerlo, y le dijo:
–Leí en el periódico lo del incendio, lo siento mucho.
El asunto había aparecido en la primera plana del Cedar Cove Chronicle, y la ciudad entera llevaba toda la semana hablando de ello.
–Ha sido un… golpe muy fuerte –le contestó con voz queda, mientras sentía un frío repentino.
–Supongo que vais a reconstruir el restaurante, ¿no?
Justine asintió, porque estaba convencida de que Seth querría hacerlo. Se dijo que en un par de meses todo aquello habría quedado atrás, que todo iba a arreglarse. No había ninguna otra opción.
Sintió un escalofrío al recordar que era lo mismo que se había dicho el día del entierro de Jordan. En aquel entonces había pensado que todo había acabado, que sus familiares regresarían a sus respectivas casas y que todo volvería a ser como antes, pero no había sido así. Por entonces era una ingenua muchacha de trece años, y había creído que sus padres iban a asegurarse de que su vida se mantuviera estable, pero habían sido incapaces de hacerlo. Estaban tan hundidos en su propio sufrimiento, que habían sido incapaces de lidiar también con el suyo, y al final se habían divorciado y habían roto la familia. En vez de desaparecer, el dolor no había hecho más que empezar.
Sintió una oleada de pánico, y alcanzó a decir:
–Warren… –se aferró a su mano mientras empezaba a hiperventilar. No podía respirar, y se oyó a sí misma jadeando mientras luchaba por inhalar. El mundo empezó a dar vueltas a su alrededor.
–¿Qué te pasa?, ¿estás enferma?
Ella oyó su voz como desde la distancia, y le contestó en un susurro ahogado:
–No… no lo sé –el pánico se intensificó, y sintió la necesidad abrumadora de estar junto a su madre.
–¿Qué quieres que haga? –le pasó el brazo por los hombros en un gesto protector, y añadió–: ¿Te llevo a la clínica?, ¿prefieres que llame a una ambulancia?
Ella negó con la cabeza. Se sentía pequeña y perdida como una niñita.
–Quie… quiero ver a mi madre.
Warren se levantó sin dudarlo, y le dijo con voz firme:
–Voy a buscarla.
–No –intentó contener un sollozo. Era una mujer adulta, debería ser capaz de enfrentarse a las circunstancias. Miró a Warren mientras se obligaba a tomar inhalaciones profundas y rítmicas, y luchó por controlar los latidos acelerados de su corazón.
–Me parece que tienes un ataque de pánico –le dijo él, mientras le apartaba unos mechones de pelo de la sien–. Mi pobre Justine… ¿dónde está Seth?
–En ca… casa –no podía entrar en detalles, no estaba dispuesta a hacerlo.
–¿Quieres que le llame?
–¡No! Ya… ya estoy bien –le dijo con voz trémula.
Él la rodeó con el brazo, la instó a que apoyara la cabeza en su hombro, y le dijo con un susurro tranquilizador:
–No te preocupes por nada, voy a ocuparme de ti.
Allison Cox salió de la clase de historia de Norteamérica, y se apresuró a ir a la de francés con sus libros de texto en ristre. Mientras se sentaba en su pupitre, fingió no darse cuenta de que sus compañeros se habían callado de golpe en cuanto ella había entrado en el aula.
No hacía falta que nadie le dijera cuál era el tema de conversación, ella lo tenía muy claro: todo el mundo estaba cuchicheando sobre Anson. Sus amigos creían que él había incendiado el Lighthouse, pero estaban muy equivocados. Ella se negaba a creer que Anson fuera el responsable, que hubiera sido capaz de hacer algo así. Los Gunderson se habían portado bien con él, y además, no era ni cruel ni vengativo. Daba igual lo que los demás creyeran o dijeran, ella no iba a perder la fe ni en Anson ni en el amor que sentían el uno por el otro.
Se volvió y fulminó con la mirada a Kaci y a Emily. A pesar de que se suponía que eran sus amigas, insistían en que estaba engañándose a sí misma… que pensaran lo que les diera la gana, a ella le daba igual. Aunque ellas estuvieran empeñadas en condenar a Anson, ella se negaba a hacerlo.
Se volvió hacia delante al oír que sonaba el timbre, y se esforzó por hacer caso omiso de los cuchicheos. Sí, era cierto que Anson había desaparecido después del incendio y que le había prendido fuego a la caseta del parque, pero estaba convencida de que no había tenido nada que ver con lo que había pasado en el Lighthouse.
Se había convencido a sí misma de que él regresaría pronto a Cedar Cove, creía de todo corazón que ya estaría de vuelta para cuando llegara el día de la graduación. Se aferraba a aquella esperanza mientras se centraba en aquella fecha, el cuatro de junio, y se negaba a dudar de él.
La tarde se le hizo eterna, al igual que cada día que había pasado desde la noche del incendio, que había sido cuando le había visto por última vez. Se fue del instituto a toda prisa en cuanto terminó la última clase y fue a la gestoría de su padre, donde trabajaba a tiempo parcial. Mientras caminaba hacia el edificio que pertenecía a su padre y a los socios de éste, repasó los hechos tal y como los recordaba. Solía darle vueltas y más vueltas a todos los detalles, y lo cierto era que, desde un punto de vista lógico, podía llegar a entender por qué alguien que no conociera a Anson podría pensar que él había incendiado el restaurante. Era cierto que en otoño había cometido el error de prenderle fuego a la caseta del parque, pero se había responsabilizado de sus actos, había aceptado el castigo que se le había impuesto, y había intentado seguir adelante con su vida.
Había tardado una semana en volver a verle… la semana más larga de toda su vida. Él había ido a verla una noche, y la había despertado al llamar a la ventana de su dormitorio. No era la primera vez que había aparecido en medio de la noche, pero en esa ocasión se había negado a entrar y le había dicho que sólo había ido a despedirse de ella.
Anson se había negado a escuchar sus protestas, y había insistido en que tenía que marcharse. Quedaban muchas preguntas por resolver, incluyendo el tema del dinero que había desaparecido, pero él le había jurado que no sabía nada sobre eso y ella le creía. El señor Gunderson se había equivocado al echarle la culpa de un delito que no había cometido.
Pero eso no era todo: según los términos del acuerdo al que se había llegado con el fiscal después de lo de la caseta del parque, Anson se había comprometido a acabar los estudios y a pagar los daños que había causado, y como no había aparecido por el instituto durante la semana previa al incendio del Lighthouse, ella había pasado aquellos días muerta de preocupación, preguntándose dónde estaba y qué estaba haciendo. Nadie tenía ni idea de su posible paradero; de hecho, ni siquiera a la madre de Anson había parecido importarle dónde pudiera estar.
Había sido entonces cuando él había ido a verla aquella última noche. Le había dicho que iba a marcharse, pero no había querido decirle adónde pensaba ir ni cuándo volvería. A pesar de que ella le había suplicado que se quedara, y por mucho que había insistido en hablar para intentar encontrar una solución, él se había despedido con un beso y había desaparecido en la oscuridad de la noche.
A la mañana siguiente, en el que iba a ser uno de los peores días de toda su vida, su madre la había despertado y le había dicho que el sheriff Troy Davis quería hacerle unas preguntas. Había sido entonces cuando se había enterado de lo que había pasado en el Lighthouse, y a pesar de que se había esforzado por contestar a las preguntas del sheriff, lo cierto era que no le había contado todo lo que sabía. Había sido incapaz de hacerlo; de hecho, ni siquiera sus padres sabían toda la verdad. No se atrevía a contárselo a su padre por miedo a que perdiera la fe en Anson… y en ella.
Se sentía agradecida por el empleo que tenía en la gestoría, porque a pesar de que era a tiempo parcial, la distraía de sus problemas durante unas horas al día. Su padre había intentado ayudar a Anson, había intercedido por él y le había apoyado después de lo de la caseta del parque. Había sido el único dispuesto a echarle una mano. Cherry Butler, la madre de Anson, había dicho que su hijo se tendría bien merecido lo que llegara a pasarle, y no parecía demasiado preocupada por su desaparición; según ella, Anson volvería cuando estuviera listo, y hasta entonces no iba a perder el tiempo preocupándose por él.
La actitud de aquella mujer la horrorizaba. Sabía que, si ella hubiera desaparecido, sus padres la buscarían sin descanso, y que jamás la darían por perdida. El mismo Anson le había dicho que era afortunada por tener unos padres que la querían y se preocupaban por ella. Estaba convencido de que él no le importaba en lo más mínimo a nadie, pero en eso se equivocaba. Ella le amaba y sus padres también estaban preocupados por él, a pesar de que para ellos la principal prioridad era protegerla a ella.
Anson le había dicho que algunas personas nacían con suerte, y que al contrario que ella, él no pertenecía a ese grupo, así que había decidido labrarse su propio futuro.
Cuando llegó a las oficinas de Smith, Cox, y Jefferson, encontró en la zona de recepción a un montón de gente que había esperado hasta el último momento para presentar la declaración de Renta. Sólo faltaban cuatro días para el quince de abril, y la inquietud se notaba en el ambiente. Cada año pasaba lo mismo.
Mary Lou, la recepcionista, le devolvió la sonrisa y le dijo:
–Hay alguien esperándote en la cocina.
Por un segundo, creyó que podría tratarse de Anson, pero se dio cuenta de que era imposible. La oficina del sheriff intervendría en cuanto él apareciera por la zona, su padre se sentiría obligado a avisarlos. El sheriff Davis sospechaba que Anson podía intentar contactar con ella, y sus padres habían hablado sobre lo que habría que hacer en ese caso. No tenía más remedio que aceptar que tanto sus padres como ella tenían las manos atadas en aquel asunto.
–¿Quién es?
–Vas a tener que comprobarlo por ti misma –le dijo la recepcionista, sonriente.
Allison no supo qué pensar, porque Mary Lou no solía ser tan críptica.
La cocina estaba detrás del despacho, y más bien era una sala de descanso en la que había un microondas, una nevera pequeña, y una mesa con cuatro sillas. Ella solía dejar allí el bolso y los libros. Cuando entró y vio al bebé que había en un capazo sobre la mesa, exclamó entusiasmada:
–¡Cecilia!
La asistente de su padre se había convertido en una gran amiga que la había ayudado muchísimo.
La familia había pasado por una época terrible tres años atrás, cuando sus padres, Zach y Rosie Cox, habían decidido divorciarse. Para ella había sido un golpe muy duro, así que se había rebelado y había empezado a juntarse con gente poco recomendable. Sus notas habían caído en picado, y había empezado a pasar de todo.
Cuando su padre le había ofrecido un trabajo a tiempo parcial, ella había sido consciente desde el principio de que sólo quería contratarla para poder tenerla vigilada después de clase, y había aceptado el empleo decidida a seguir con su actitud desafiante.
Se había sorprendido al ver que no iba a trabajar directamente con su padre, ya que éste había decidido que fuera la ayudante de Cecilia Randall. Cecilia la había ayudado a comprender su propio comportamiento… lo que estaba haciendo, y por qué. Los padres de Cecilia se habían divorciado cuando ella tenía diez años, así que entendía a la perfección el dolor que sentía. La había ayudado a salir de la dinámica autodestructiva en que se había metido.
Cecilia la abrazó con fuerza, y le dijo:
–He pensado que a Aaron le iría bien que le diera un poco el sol.
Como el niño sólo tenía tres semanas, llevaba poco tiempo de baja maternal, pero habían pasado tantas cosas, que a Allison le parecía una eternidad.
Cecilia la agarró de los hombros, se apartó un poco para poder verla bien, y empezó a decir:
–Estás…
–Horrible –podía fingir con todo el mundo, incluso con sus padres, pero no con ella. Se pasaba las noches en vela, y se sentía abrumada por el peso de la preocupación y el miedo.
–Es por Anson, ¿verdad?
Allison asintió, pero antes de que tuviera tiempo de contestar, el niño se echó a llorar. Estaba tapado con la mantita que ella misma le había tejido. A primera vista tuvo la impresión de que había salido al padre, pero al observarlo con mayor atención se dio cuenta de que también tenía muchos rasgos de Cecilia.
–Es precioso… –susurró. Le acercó un dedo, y cuando el niño lo agarró, la sorprendió la fuerza que había en aquella manita tan pequeña.
–Ya está muy mimado –Cecilia miró a su hijo con una sonrisa arrobada, y añadió–: Yo estoy siempre pendiente de él, pero tendrías que ver a Ian. Da la impresión de que el mundo gira alrededor de este niño.
Ian y Cecilia habían tenido una hija que había muerto poco después de nacer, así que Allison sabía la importancia que aquel segundo bebé tenía para la pareja.
Cuando Aaron empezó a lloriquear, Cecilia lo sacó del capazo y se sentó en una silla antes de decir:
–Voy a darle de comer –se echó una toalla sobre el hombro, se desabrochó la blusa, y empezó a amamantar al pequeño. Le indicó una silla con un gesto de la cabeza, y añadió–: Siéntate.
Allison obedeció de buena gana, y comentó:
–Tenía muchas ganas de hablar contigo –por fortuna, nadie había ido a buscarla. A pesar de que había mucho trabajo por hacer, sus compañeros parecían haberse dado cuenta de que necesitaba hablar a solas con Cecilia.
–Puedes llamarme siempre que quieras, he estado bastante preocupada por ti.
–No podía…
–Ya lo sé –Cecilia tenía la mirada fija en su hijo mientras le amamantaba, y le acarició el pelo con ternura.
–¿Te acuerdas de que cuando nos conocimos estaba saliendo con Ryan Wilson?
–¿El chico que tenía un clip en la oreja? –Cecilia miró sonriente a su hijo, como dando a entender que se ponía nerviosa sólo con imaginar lo que le esperaba cuando el pequeño llegara a la adolescencia–. Sí, me parece que tu padre le ha mencionado.
Allison se sentía avergonzada al recordar lo tonta que había sido. Ryan era un chico problemático, y había empezado a salir con él para vengarse de sus padres. En aquella época consideraba que habían sido unos egoístas al divorciarse, pero con el paso del tiempo había acabado convenciéndose de que simplemente habían pasado por una etapa de enajenación transitoria. Sus padres se habían reconciliado poco después, y habían vuelto a casarse antes del verano.
–A pesar de lo que cree la gente, Anson no se parece en nada a Ryan. Es una persona buena, inteligente, leal, y considerada. Ryan no tiene nada que ver con él; de hecho, ha dejado el instituto, no tengo ni idea de dónde está –aunque tampoco tenía ni idea del paradero de Anson…
–Ya lo sé, Allison. Si tu padre pensara que Anson podría hacerte daño, no se habría esforzado tanto por ayudarle.
–Pero sí que me ha hecho daño… no entiendo por qué se marchó –apretó los puños con fuerza, y se preguntó si Anson se había planteado siquiera la delicada situación en que la había dejado. Sabía que él no había tenido más opción que pensar sólo en sí mismo, que había tenido que escapar, pero la había dejado sola ante todos los que pensaban mal de él, y estaba atemorizada.
–A veces, algunas personas no saben enfrentarse al dolor que sienten, y reaccionan huyendo –le dijo Cecilia, sin apartar la mirada de su hijo.
–Huir sólo empeora las cosas.
–En eso tienes razón, pero, por desgracia, Anson no se dio cuenta de que estaba equivocándose. Supongo que se sintió herido y confundido, y su reacción instintiva fue huir.
–¿Adónde habrá ido? –que ella supiera, Anson no tenía familia. Su madre era una irresponsable, y ni siquiera había llegado a conocer a su padre. Jamás le había hablado de abuelos, tíos o tías. No podía dejar de preguntarse dónde se había escondido, si estaba a salvo, si tenía comida–. Mis padres me han dicho que tengo que avisar al sheriff si se pone en contacto conmigo.
–Tienen razón.
Allison era consciente de que era lo correcto, a pesar de que no le hiciera ninguna gracia.
–Según el sheriff, Anson es una persona de interés –ella también estaba interesada, había un montón de preguntas sin respuesta.
En cuanto Aaron terminó de comer, Cecilia se abrochó la blusa, lo colocó contra su hombro, y empezó a frotarle la espalda.
–Todo saldrá bien, Allison. Si Anson es inocente…
–¡Claro que lo es!
Cecilia alzó la cabeza de golpe, y la observó con expresión intensa durante unos segundos antes de decir:
–Estás ocultándome algo, ¿verdad? –al verla tragar con dificultad, añadió–: Lo veo en tus ojos… ¿se ha puesto en contacto contigo?
–No.
–Será mejor que me lo cuentes, Allison –le dijo con calma.
–No… no sé si…
–¿Por qué tienes miedo?
Allison agachó la cabeza, y se mordió el labio antes de admitir en voz baja:
–Nadie más lo sabe –la semana anterior, cuando el sheriff había ido a hablar con ella, se había limitado a contestar a sus preguntas con sinceridad, pero no le había dicho todo lo que sabía.
–Puedes confiar en mí, ya sabes que sólo quiero lo mejor para ti.
–¿No se lo dirás a nadie?
–Si no quieres que lo haga, no.
–A nadie, Cecilia.
–Te lo prometo.
–Vale –respiró hondo, y le dijo–: Si te lo cuento, puede que… que creas que Anson provocó el incendio.
–No estarás ocultando pruebas, ¿verdad? Porque eso lo cambiaría todo…
–¡No!, sería incapaz de hacer algo así.
–Menos mal, porque eso te convertiría en cómplice.
Eso era algo que tanto el sheriff Davis como sus padres ya le habían explicado.
–Contesté con sinceridad a todas las preguntas.
–Entonces, lo que hiciste fue omitir algo, ¿verdad?
–Aquella noche… cuando Anson vino a verme… –alzó la mirada, y cuando Cecilia asintió para animarla a continuar, añadió–: Estuvimos hablando a través de la ventana, y entonces entró en el cuarto –su madre se había alterado bastante cuando se había enterado, no quería ni imaginarse lo que diría si supiera todo lo demás.
–Sigue.
Allison vaciló por un instante, y al final admitió:
–Estuvo unos minutos en la habitación, y cuando se fue… –las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. Cecilia se inclinó hacia ella para darle ánimos, pero le costó un esfuerzo tremendo decirlo–. Noté que olía a humo –tenía la garganta dolorosamente seca–. Al principio no me di cuenta, porque sólo podía pensar en impedir que se fuera. Noté un olor raro, pero no le di importancia. Después me di cuenta de que era olor a humo, y lloré hasta que me dormí.
–¿Anson olía a humo? –le preguntó Cecilia en voz baja.
–Sí, igual que la otra vez. Era como... como si hubiera estado cerca de una hoguera –al ver que Cecilia hundía los hombros y cerraba los ojos, se dio cuenta de que, tal y como temía, con su admisión sólo había conseguido que incluso su amiga creyera que Anson era culpable.
Maryellen Bowman arqueó la espalda y cambió de posición en el sofá, que era su cama temporal. La sala de estar de la casa se había convertido en su prisión durante el último trimestre del embarazo. Jon estaba pasando la tarde fuera con Katie, la hija de tres años de ambos, así que en la casa reinaba el silencio y la calma. Sabía que tendría que descansar, pero el problema radicaba en que era incapaz de hacerlo.
Tenía la cabeza llena de preocupaciones. Estaba preocupada por el bebé que esperaba, por aquel embarazo tan difícil, y por la presión que estaba soportando su marido, que tenía que ingeniárselas para seguir manteniendo a la familia a pesar de que había perdido su puesto de chef en el Lighthouse por culpa del incendio. También estaba preocupada por su carrera de fotógrafo, y por su matrimonio. Ella había cometido muchos errores, pero el peor había sido fruto de sus buenas intenciones. Se había esforzado tanto por acabar con el distanciamiento que existía entre Jon y sus padres, que había estado a punto de destruir su propia relación con su marido.
No podía descansar, a pesar de que el médico le había dicho que tenía que guardar reposo absoluto durante el resto del embarazo. Tenía prohibido subir escaleras y hacer cualquier tipo de esfuerzo, pero le resultaba muy difícil quedarse tumbada mientras había tantas cosas por hacer. Se reclinó contra el sofá, cerró los ojos, y luchó por mantener a raya la depresión que la acechaba.
Con Katie las cosas habían sido muy diferentes, ya que aquel embarazo había sido normal en todos los sentidos, pero después había sufrido un aborto. Aún estaba por ver el coste emocional que podía llegar a tener aquel tercer embarazo, tanto Jon como ella querían con desesperación al bebé que esperaban. Lo único que podía hacer era seguir las instrucciones del médico, intentar no preocuparse, y rezar para que el niño naciera sano y fuerte.
Como estaba postrada en cama, todo el mundo se había ofrecido a echar una mano. Su madre ayudaba en todo lo posible, les llevaba la cena dos veces a la semana y cuidaba de Katie siempre que su apretada agenda se lo permitía. Su ayuda les daba la oportunidad de tomarse algún que otro respiro, pero no quería darle la lata con sus propios problemas. Su madre se había casado recientemente con Cliff, y ya tenía bastante con aclimatarse a su nueva vida.
Al oír que el teléfono empezaba a sonar, se sintió agradecida por tener algo con lo que distraerse, y se apresuró a contestar.
–¿Diga? –intentó disimular el pozo de autocompasión en el que había caído.
–Hola, Soy Ellen Bowman. ¿Cómo estás?
Se sintió abrumada por la amabilidad de su suegra, y estuvo a punto de echarse a llorar. Se sentía fatal. Dejando a un lado su breve primer matrimonio, nunca había estado tan baja de moral.
–Bien, gracias –alcanzó a decir con dificultad.
–¿Y Jon? –le preguntó Ellen, con voz un poco vacilante.
–Está… –estaba dispuesta a mentir sobre su propio estado de ánimo, pero fue incapaz de mentir sobre el de su marido–. La verdad es que está bastante mal, Ellen.
Su suegra permaneció en silencio durante unos segundos, y al final le dijo:
–Lo suponía. Ya sé que está enfadado, ha dejado muy claro que no quiere saber nada ni de Joseph ni de mí. Su actitud está matando a su padre, pero sabemos que has intentado hablar con él, y te lo agradecemos muchísimo.
Maryellen había pagado un precio muy alto por interferir entre Jon y sus padres, y no se atrevía a volver a hacerlo. Jon y ella se habían separado durante un breve tiempo, justo antes del aborto, porque había intentado convencerlo de que se reconciliara con ellos. Posteriormente, se habían esforzado por evitar el tema, pero a principios de mes, poco después de que el médico la obligara a mantener un reposo absoluto, Jon había acabado admitiendo que no tenían más remedio que pedirles ayuda a sus padres.
A pesar de todo, no los había llamado ni había contactado con ellos, al menos que ella supiera. Habían estado luchando por salir adelante un día tras otro, pero sus vidas parecían a punto de implosionar. No podían seguir viviendo con aquel estrés constante y abrumador.
–Jon me dijo que iba a llamaros.
–¿En serio?
–No lo ha hecho porque… supongo que porque tiene miedo, y porque es demasiado orgulloso.
Su suegra soltó una pequeña carcajada, y comentó:
–En eso se parece mucho a su padre.
Maryellen sonrió, y se esforzó por relajarse. Aquella tensión nerviosa era mala para el bebé, para ella, y para todos. Durante la última visita, el doctor DeGroot le había dicho que era muy importante que permaneciera calmada. Cuando le había aconsejado que intentara evitar estresarse, ella había estado a punto de echarse a reír.
–Joseph y yo estamos suscritos al Cedar Cove Chronicle, lo recibimos por correo. Leímos lo del incendio del Lighthouse… Jon estaba trabajando allí otra vez, ¿verdad?
–Sí, ha sido un golpe muy duro.
Sin el trabajo de chef, Jon sólo tenía los ingresos que conseguía gracias a sus fotos, pero a pesar de que sus obras se exponían en una galería de arte de Seattle y se vendían bien, el dinero no alcanzaba para cubrir los gastos de la casa, sobre todo desde que ella se había quedado sin seguro médico.
–¿No trabaja en ningún sitio? –le preguntó Ellen.
–Sus fotografías se venden muy bien, tiene mucho talento.
De hecho, había conocido a Jon Bowman gracias a sus obras, cuando él había empezado a exponerlas en la galería de arte que ella dirigía. Sus fotos habían llegado a estar entre las más populares, pero al contrario que otros artistas, él siempre había preferido no llamar la atención. Ella no se había enterado de que su marido había estado en la cárcel hasta después de que Katie hubiera nacido; al parecer, los padres de Jon habían mentido al declarar en un juicio, y él había sido condenado por un crimen que no había cometido.
–Joseph y yo queremos ayudaros, ¿qué podemos hacer? –le preguntó Ellen.
–No lo sé… –no se sentía cómoda diciéndole lo obvio… que necesitaba a alguien allí, en la casa, que se encargara de cuidar de Katie, cocinar, y limpiar.
–Hay algún problema, ¿verdad? ¿Qué pasa, Maryellen?
–Es… estoy teniendo problemas con el embarazo, tengo que mantener reposo absoluto y apenas puedo levantarme de la cama –el bebé le dio una fuerte patada, como si quisiera recordarle las instrucciones del médico.
–¿Cómo te las apañas con Katie? Si tienes que estar acostada, seguro que no puedes cuidarla.
–Jon se encarga de ella –su marido tenía que vender sus fotografías, cuidar de la niña, ocuparse de la casa, y lidiar con todo lo demás.
–Pero… ¿cómo puede ocuparse de todo? –le preguntó su suegra con preocupación.
–No puede.
–Vamos a ir a echaros una mano, nos necesitáis.
Maryellen soltó un suspiro. Se sintió aliviada, pero también preocupada por la posible reacción de su marido.
–No puedo pediros algo así, Ellen.
–No lo has hecho. Nuestro hijo va a tener que tragarse su absurdo orgullo, lo que está en juego es la familia. Seguro que todo esto es la forma que tiene Dios para conseguir unirnos de nuevo. Jon no va a poder seguir ignorándonos. Es nuestro hijo, y tanto Katie como el bebé que esperas son nuestros nietos –su voz reflejaba una decisión férrea.
–Deja que hable antes con él.
–Hazlo si quieres, pero Joseph y yo vamos a ir a Cedar Cove diga lo que diga. Déjalo todo en mis manos, Maryellen. Te llamaré pronto.
Maryellen se sintió mejor después de aquella conversación, aunque no sabía qué decirle a Jon. Se dijo que a lo mejor no debería sacar el tema, que quizá sería buena idea dejarlo todo en manos de Ellen y de Joseph. Estaba muy cansada de pelear con él por culpa de aquel asunto. A pesar de que Jon había accedido a pedirle ayuda a su familia, al final no había hecho nada, y ella se sentía incapaz de volver a tener aquella discusión.
Justo cuando estaba diciéndose que ya era hora de que su marido y su hija regresaran a casa, oyó que llegaba un coche. Intentó parecer tranquila y relajada, e incluso se esforzó por sonreír. Esperaba que Jon y la niña entraran en la casa, así que se sorprendió al oír que alguien llamaba a la puerta, y se preguntó quién podría ser.
Antes de que pudiera moverse, la puerta se abrió y Rachel Pendergast y Teri Miller entraron sonrientes, acompañadas de un soplo de brisa primaveral y de la luz del sol. Las dos trabajaban en el Get Nailed, el salón de belleza donde ella solía peinarse y hacerse la manicura.
–¡Rachel, Teri! ¿Qué hacéis aquí? –estaba atónita… y entusiasmada.
–Venimos en una misión humanitaria –Rachel dejó una bolsa de comida sobre la mesa baja que había junto a Maryellen, le agarró una mano, y soltó un suspiro de desaprobación–. Mira qué uñas…
–Supuse que te iría bien un corte de pelo, y como íbamos a venir, decidimos traer la comida –comentó Teri.
Maryellen tuvo ganas de reír y de llorar a la vez.
–¿Cómo sabíais que necesitaba mimos? –les dijo con voz queda, mientras luchaba por controlar las lágrimas.
–Nos lo dijo un pajarito –le contestó Rachel, sonriente, antes de ir a la cocina a por tres platos.
–Esta casa es preciosa –Teri se llevó las manos a las caderas, y miró a su alrededor–. Rachel me comentó que Jon la había construido él mismo. Tu marido es todo un manitas, amiga mía.
Maryellen tuvo que darle la razón. Apreciaba muchísimo a las dos. A diferencia de Rachel, que llevaba años haciéndole la manicura, Teri había empezado a cortarle el pelo recientemente. Era una mujer sin pelos en la lengua y muy entretenida, pero además tenía muy buen corazón y era muy compasiva, tal y como demostraba el hecho de que hubiera ido a visitarla.
Había llegado a conocerlas bastante bien a lo largo de los años, y en una ocasión incluso había intentado juntar a Teri con Jon. Le resultaba increíble haber pensado siquiera en algo así, porque era obvio que no eran nada compatibles, pero en aquel entonces estaba luchando contra la atracción que sentía por él. Se había convencido a sí misma de que, si Jon se interesaba por otra mujer, se olvidaría de ella y viceversa; sin embargo, él sólo tenía ojos para ella.
–Te hemos traído pollo teriyaki con arroz y verdura –le dijo Rachel, mientras sacaba varios recipientes de la bolsa.
A pesar de que hacía semanas que apenas tenía hambre y Jon tenía que insistir en que comiera, en ese momento se sintió hambrienta.
–Suena genial.
–Perfecto –Rachel le dio un plato de comida, y unos palillos.
Maryellen se sentó en el sofá con las piernas cruzadas mientras sus dos amigas ponían unas otomanas al otro lado de la mesa baja, y empezaron a comer. Teri comentó que habían comprado la comida en un restaurante nuevo que habían abierto en las afueras de Cedar Cove, y todas coincidieron en que estaba deliciosa y valía la pena volver a aquel lugar.
–Ten, por si algún día queréis llamar para que os traigan algo a casa –le dijo Teri, mientras le daba una hoja con el menú del restaurante– . Creo que debería dejarte el pelo bastante corto, así no tendrás que perder demasiado tiempo en peinarte. Tienes cosas más importantes que hacer.
Maryellen sonrió, porque lo cierto era que peinarse a diario le resultaba bastante pesado.
–A Jon no le gustaría que me lo cortara.
–Ya, pero no es él quien tiene que lavarlo y peinarlo. Se acostumbrará –le dijo Teri.
A Maryellen no le costó imaginar la reacción de su marido. La última vez que se había cortado más que las puntas había sido poco después de que naciera Katie, hasta entonces siempre había llevado su pelo oscuro y liso en una larga melena que le llegaba a media espalda; de hecho, le había vuelto a crecer, y en ese momento volvía a tenerlo largo. Jon no había dicho en ningún momento que no le gustara el nuevo estilo, pero era obvio que se había sentido decepcionado. Solía decirle lo mucho que le gustaba su pelo largo y brillante, lo hermoso que le parecía.
–¿Cómo de corto?
–Espera y verás –le dijo Teri, con un brillo travieso en la mirada.
–Supongo que sabéis que no voy a poder pagaros, ¿no? –les dijo a sus amigas.
–No te preocupes por eso, todo está arreglado –le dijo Rachel.
–Sí, y nos han dado una propina más que generosa –apostilló Teri.
–¿Quién ha sido? –les preguntó, a pesar de que empezaba a sospecharlo.
–Tu «hado» padrino, no voy a decirte nada más –le dijo Rachel.
–Cliff –estaba convencida de que todo aquello había sido obra de su nuevo padrastro.
–Mis labios están sellados –le dijo Rachel.
Las dos horas siguientes fueron una maravilla. Teri le lavó el pelo en el fregadero, y mientras se lo cortaba y se lo secaba, Rachel le hizo la manicura. Maryellen bendijo para sus adentros a Cliff por aquello, y por tantas otras cosas. Desde que su madre le había conocido, se había sentido impresionada por lo cariñoso y detallista que era.
–Contadme los últimos chismorreos –dijo, mientras sus dos amigas seguían con el tratamiento de belleza.
–La principal novedad es que Nate Olsen ha vuelto a la ciudad –Teri soltó un sonoro suspiro.
Nate era el joven suboficial con el que estaba saliendo Rachel. La esteticista llevaba tres o cuatro años manteniendo una relación bastante ambigua con un viudo llamado Bruce Peyton, pero entonces había conocido a Nate. La cuestión era con cuál de los dos se quedaría al final.
–¡Déjalo ya, Teri! Nate y yo no tenemos una relación seria –dijo Rachel.
Maryellen no lo tenía tan claro, pero optó por no hacer ningún comentario al respecto y le preguntó:
–¿Cómo te va con Bruce? –sabía que Rachel tenía una relación muy estrecha con Jolene, la hija de Bruce.
–Sólo somos amigos –le contestó su amiga con impaciencia.
Maryellen estaba casi convencida de que lo que Rachel sentía por Bruce era más profundo de lo que ella misma creía.
–Lo que no entiendo es que Rachel tenga dos hombres a su disposición, mientras que yo no tengo ni uno –apostilló Teri, mientras seguía cortándole el pelo.
–Tendrías que haber pujado en la subasta de solteros –le dijo Rachel, haciendo alusión a la fiesta con fines benéficos en la que había «comprado» a Nate.
–Todos los hombres eran demasiado caros para mis bolsillos –Teri se agachó para recoger algunos de los largos mechones que acababa de cortar, y le preguntó a Maryellen–: ¿Quieres donarlo para hacerle una peluca a una enferma de cáncer?
–Por supuesto, es una idea genial –se sintió bien al poder ayudar a alguien, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que ella misma había recibido.
Teri encendió la tele al cabo de unos minutos para ver el informe meteorológico del fin de semana. Mientras el telenoticias acababa, comentó:
–Han dicho que va a celebrarse un campeonato de ajedrez bastante importante en Seattle.
–¿Te gusta el ajedrez? –le preguntó Maryellen.
–La verdad es que ni siquiera sé cómo se juega. Se parece bastante a las damas, ¿verdad?
Maryellen y Rachel intercambiaron una mirada, y ésta última fue quien respondió.
–No, la verdad es que es un poco más complicado.
Teri y Rachel se marcharon cuando acabaron con la sesión de belleza, y Jon y Katie llegaron poco después. Los dos parecían exhaustos.
–¿Te gusta? –Maryellen se llevó una mano al pelo con actitud vacilante al ver que él se quedaba mirándola sorprendido, y entonces le explicó lo de la visita de sus amigas y lo satisfecha que se sentía por haber podido donar su pelo para una peluca.
–Me parece genial, y me encanta tu nueva imagen. Siempre me ha gustado que llevaras el pelo largo, pero este corte te queda muy bien; además, es mucho más práctico.
Maryellen sonrió al oír sus palabras y abrazó a Katie, que se colocó sobre su regazo y apoyó la cabeza en su hombro. La niña se quedó dormida en cuestión de minutos, y entonces la tumbó a su lado en el sofá.
No le preguntó a su marido qué tal le había ido la jornada, porque su expresión cansada hablaba por sí misma. Jon se había pasado todo el día de un lado a otro… había ido a la biblioteca, al supermercado, y a comprar carretes para la cámara de fotos.
–Siéntate conmigo un rato –le dijo, mientras se incorporaba hasta sentarse.
–Aún tengo cosas que hacer, Maryellen.
–Por favor, Jon… –le dijo en voz baja, mientras daba unas palmaditas en el sofá.
Él vaciló un instante. Era obvio que estaba debatiéndose entre la necesidad de trabajar mientras Katie dormía la siesta y el deseo de estar con ella, pero al final la sonrisa con la que ella lo miró pareció convencerle, porque se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros.
–Te amo tanto, Jon…
Él la besó en la frente, y le dijo:
–Yo también te amo.
–Todo esto acabará en un par de meses.
–Se me está haciendo eterno.
–Las últimas semanas de embarazo serán las peores, las cosas van a empeorar antes de empezar a mejorar.
–Nos las arreglaremos.
–Sí, claro que sí –giró la cabeza para poder mirarlo a los ojos, y le dijo sin andarse por las ramas–: Tu madrastra ha llamado.
Él se tensó, pero permaneció en silencio; al cabo de un largo momento, le preguntó:
–¿Ha llamado ella, o has sido tú?
–Ha sido ella, Jon. Reciben el Chronicle, y se enteraron de lo del incendio del Lighthouse. Ha llamado para preguntar cómo estábamos.
–Así que saben que no estoy trabajando, ¿no?… bueno, que no tengo un empleo.
–Sí, y le he dicho lo de los problemas con el embarazo –era obvio que aquello no le hizo ninguna gracia a su marido, pero al ver que permanecía callado, añadió– : Jon, quiero que quede muy claro que yo no se lo he pedido.
–¿El qué?
–Van a venir a echarnos una mano. Ellen ha insistido, ha dicho que se trata de sus nietos y que necesitamos ayuda –al ver que él no hacía ningún comentario, le dijo–: Di algo –le daba miedo la reacción que pudiera tener, se sentía incapaz de lidiar con él si se enfadaba.
–No pueden quedarse aquí –cuando ella asintió, añadió–: Y no quiero que estén en la casa cuando yo esté aquí.
–Se lo dejaré claro.
–Esto no me hace ninguna gracia, pero lo haré por ti, por Katie, y por el bebé.
–Gracias –le dijo ella con voz queda.
–Pero no va a cambiar nada, Maryellen.
–Ya lo sé –apoyó la cabeza contra él, y al cabo de un momento lo notó más relajado.
–Es lo que tiene el amor, ¿verdad?
–¿Mmm?
–Te hace hacer cosas que no quieres por tus seres queridos, cosas que jamás habrías pensado que harías.
