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La obra Destilar está conformada por trece piezas en las que reluce la poesía. El tema del libro es muy particular; por un lado, habla de casos médicos relativos a la mente y sus extrañas formas de operar, y, por otro, trabaja con mucha atención el manejo de plantas curativas y otras formas de sanación alternativas a la medicina tradicional, y resalta el conocimiento que sobre todo esto aún se conserva. La autora compone de manera creativa este libro en el que diversas formas estéticas se cruzan y ofrecen al lector todo un mundo por explorar. Su mirada pone en diálogo la ciencia y el mito, la narrativa y la poesía, para enunciar un territorio negado por la razón occidental, que desde su voz abre nuevas posibilidades de sentido, además de permitirnos ver el trabajo de una mujer que desde la sensibilidad y la investigación traza otras coordenadas para pensar el lenguaje, las palabras y lo que estas tienen para decir sobre la mente y lo que llamamos realidad. Camila Charry Noriega
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Seitenzahl: 97
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Destilar
Ana Jaramillo
Literatura
Editorial Universidad de Antioquia®
Colección Literatura
© Ana María Jaramillo Villegas
© Editorial Universidad de Antioquia®
ISBN: 978-958-501-074-1
ISBNe: 978-958-501-075-8
Primera edición: noviembre de 2021
Motivo de cubierta: Purgar, ilustración de Hernán Sansone
Hecho en Colombia / Made in Colombia
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la Editorial Universidad de Antioquia
Editorial Universidad de Antioquia®
(+57) 604 219 50 10
http://editorial.udea.edu.co
Apartado 1226. Medellín, Colombia
Imprenta Universidad de Antioquia
(+57) 604 219 53 30
El alma está hecha de carne
Jonah Lehrer
[…] ya que fatalmente sucumbiré a la necesidad de forma que procede de mi pavor de permanecer sin límites, entonces al menos que tenga yo el valor de dejar que esa forma se forme enteramente sola como una costra que por sí misma se endurece, la nebulosa de fuego que, enfriándose, se convierte en tierra. Y que tenga el gran valor de resistir a la tentación de inventar una forma. Ese esfuerzo que he de hacer ahora para dejar subir a la superficie un sentido, cualquiera que sea, ese esfuerzo se vería facilitado si fingiese escribir para alguien
Clarice Lispector
Destilar
Me gusta la luz de la vela porque hace a las formas indecisas. Es como si la inquietud de las cosas emergiera e hiciera vacilar los contornos. Esta noche, todo está en calma. Él se fue para la ciudad y, sin embargo, la zozobra de la oscuridad del campo aún no llega. Antier, en cambio, sí lo hizo. Pasé la tarde donde una vecina y me cogió la noche. Estaba regada por entre la neblina y yo debía atravesarla para llegar a casa. Apagué el celular para no asustarla. Ella debía tener la confianza para cogerme. No supe qué pasó. Inquietud estaba. Seguía mis pasos. Me susurraba imágenes al oído. Veía pasar sus quejas mientras me dejaba coger por la frescura blanca de la compañía de la noche sola. Todo era bruma.
Dejo de jugar con la vela y me acomodo en la mesa de trabajo para terminar de preparar el material. Quiero que todo esté listo antes de dormir: doscientos treinta gramos de romero picado de forma homogénea. La planta lleva varios meses en el invernadero, al lado del geranio, el limoncillo, la menta y el cannabis. La traje cuando era plántula y la he visto crecer. Otro ejemplar lo sembré en la huerta exterior pero el frío de la madrugada le quemó las hojas. Este, en cambio, las tiene largas y de un verde oscuro, brillante. Por su origen mediterráneo, aquí en mi casa, le va mejor en el interior. Coseché la planta hace un par de días para que perdiera algo de humedad antes del procedimiento. Fue al mediodía, justo en el momento en que sus olores estaban al tope. Aún no había florecido. De hecho, no conozco la flor de mi romero, aunque la he visto en otros; es pequeña y morada. Y está bien que no se haya mostrado porque las aromáticas no deben florecer. Madurar requiere emplear la energía en las artes vistosas de la reproducción y en el engrosamiento de los tallos. No queremos eso. Queremos el aroma alcanforado e intenso de la juventud.
Con mis manos despego las hojas filudas de los tallos y pongo a secar los pecíolos para cuando vaya a encender el fuego. Como los aceites esenciales están guardados en pequeños compartimentos,pico con las tijeras y espero a que el filo atraviese la carne de la hoja, estalle las bolsas y exponga los reservorios para que la acción del vapor de agua arrastre los olores. Esa parte será mañana.
Me cuesta discernir. Observo esa cosa, cualquier cosa, bajo diferentes ángulos y solo me ocurre silencio. A veces, de manera escasa, logro intuir. Un día intuí el bosque. No, no lo intuí. Él se me pegó a un recodo del pensamiento y ahí permaneció día tras día. Decidí buscarlo. Ir a él. Y aquí estoy. Me despierto a mirarlo por la ventana. Observo cómo lo observo. Me doy cuenta cómo mis ojos pasan fugaces por entre la superficie de las hojas pero no detallan sus formas, texturas o colores. El otro día entré trabada. La que opinaba estaba en silencio. Vi formas de las hojas que no conocía. Luego no podía dejar de pensar en dónde habían estado esas formas antes de que yo las percibiera. Ahora, aquí, desde mi cama, pienso: yo no observo, ¿dónde está la mente si no es registrando los matices del paisaje? Mis ojos están clavados cerca, en esas hojas, pero mi mente vaga. Sí, es vaga. Tampoco hago nada porque vaya o venga. Trae retazos de cosas. No las hila, brinca y ya. Soy el observador que observa lo que no logro observar. Me levanto a trabajar.
Termino de preparar los materiales: estufa eléctrica pequeña, soporte de acero, destilador de vidrio templado (dos bombonas, un condensador con forma de serpentín, un embudo de separación con llave), circuito de enfriamiento (mangueras, olla, bomba eléctrica de pecera, agua, hielos) y recipientes para almacenar. Hoy, para guardar el aceite final, usaré uno de los nuevos frascos que reciclé de la casa de un amigo. Es pequeño, diez mililitros, color ámbar, boca ancha y, lo mejor, la marca de su anterior uso: “tratamiento celular multiembrionario”.
Siempre me han gustado los olores de la naturaleza. Cuando era pequeña y venía de la finca, sacaba la cabeza por la ventana para capturar ese sabor a gaseosa Fanta que me llegaba al pasar por los túneles de eucaliptos. Parábamos y recogíamos algunas hojas caídas a borde de carretera, que luego prendíamos en casa. Después me enamoré de un aceite de sándalo que mi padre trajo alguna vez de la India. Nunca volví a conseguir uno igual. El árbol se encuentra en estado “vulnerable” de conservación. Así que no es sencillo comprar un aceite puro, que certifique su origen orgánico y tenga un precio asequible.
El año pasado decidí aprender a obtener los olores. Intenté traer dos destiladores de China pero fracasé. Entonces, en alguno de los tantos laboratorios colombianos a los que llamé, el vendedor me dijo “eso se lo hace don Raúl” y me dio el teléfono. Lo contacté y me pidió que le mandara la foto de lo que quería. Tuve dudas extrañas: tenía correo de Hotmail, no usaba WhatsApp y no tenía cuenta en Bancolombia. Pero si los chinos me habían quedado mal, no tenía nada que perder con un viejo soplador. Así que, a ciegas, le mandé la plata por Efecty (no aceptó que le consignara en ningún banco) y esperé. Un mes después, llegó el destilador.
9:00 a. m. Instalo el balón de vidrio, lleno de agua, sobre la estufa eléctrica. Agrego, también, pedazos de porcelana para facilitar la salida de los vapores. Por la boca superior le conecto otro recipiente de vidrio donde he cargado la muestra de romero, sobre una malla plastificada para que no se ruede hacia el primer balón, pero sí permita que los vapores asciendan. Este segundo recipiente se comunica por un cuello, también de vidrio, con un condensador en espiral. Le acoplo dos mangueras que van hacia la olla con hielos y que permitirán al agua fluir a contracorriente. Finalmente, conecto a la salida un embudo de separación. Organizada la instalación, estoy lista para comenzar.
Prendo la estufa y el sistema de enfriamiento. Destilar es quebrar con calor y recomponer con frío.
El agua comienza a hervir. Escucho los pedazos de porcelana golpear contra el vidrio, una y otra vez. Destilar es agarrarse a lo volátil.
El vapor se desprende del líquido y asciende por la bombona hasta alcanzar el romero. Se abre paso por entre las hojas apeñuscadas, arranca los aceites esenciales y los arrastra consigo. Destilar es una invitación selectiva.
A la entrada del condensador el vapor se choca con un nuevo entorno. El agua helada que sube lo abraza, mientras él desciende por el serpentín. A medida que se enfría, se reduce a líquido de nuevo. Resbala, dando vueltas en el tobogán de vidrio. Destilar es dejar de ser para lucir en fragmentos.
Una gota asoma por la parte inferior. Se queda suspendida un instante, como congelada, y se descuelga para acumularse, junto con otras, en el embudo de separación. Destilar es recolectar lo primordial.
La mezcla resultante es dos: el aceite esencial de romero, más liviano que el agua, y que se deposita en la parte superior del líquido; el agua, que elige el fondo. Destilar es soltarse a lo concreto.
Comienza a revelarse un olor intenso, alcanforado y con tonos de eucalipto.
Abro la canilla, separo el agua y obtengo algo más de un mililitro de olor puro.
12:20 p. m. Apago la estufa y el sistema de enfriamiento.
Apenas es mediodía y la luz es tenue. Hoy, la niebla ha bajado más temprano y los ventanales se han puesto blancos. Hace frío. Pienso a qué temperatura destilará el verso preciso. Carmen: verso. (¡En qué momento la palabra “carminativo” se volvió flatulenta!). Y si fuera verdad que a través de los remedios más extraños o más disparatados, buscamos la revelación del organismo.1 Entonces, quiero remedios que curen por encantamiento, eso quiero.
Un día que no existirá tendré una colección de frascos. Serán de bocha ancha, como los de las farmacias antiguas; pero tendrán dosificador, como los medicamentos modernos. Los marcaré con una etiqueta envejecida en la que estará el título de las fórmulas: bosque de niebla, bosque seco tropical, páramo… Luego, se leerá una frase, a manera de subtítulo, que dirá: Farmacia imaginal. Al abrir el frasco, se esparcirán las fragancias de cada rincón. Cerraré los ojos.
Bruja en la montaña
En vano le recordaba Zenón que los astros influyen en nuestros destinos, pero no los deciden, y que tan fuerte, tan misterioso como ellos, regulando nuestra vida, obedeciendo a unas leyes más complicadas que las nuestras, es ese astro rojo que palpita en la noche del cuerpo, suspendido en su jaula de huesos y de carne. Pero Erik era de los que prefieren recibir su destino de fuera
Marguerite Yourcenar. Opus nigrum
El 15 de abril vinieron noventa y nueve personas. Eso dice el cuaderno de turnos. El 29, del mismo mes, llegaron setenta y ocho. Hoy, la casa también está llena.
Son las diez de la mañana y Rosita nada que sale de su habitación. Anoche durmió en Urgencias. La dejaron allí porque estaba a punto de entrar en un coma diabético. En la madrugada volvió, justo antes de que la gente empezara a llegar para tomar un turno. Desde las nueve abrieron la puerta y los pusieron a escuchar un rosario declamado por una señora con acento español. Todos se acomodaron en la pequeña sala, en butacas blancas de plástico, bajo la mirada de dos cristos, la virgen y una foto de Juliana, su hija. El salón oscuro, el frío de la montaña y el sonsonete del rosario arrullan. La mayoría de los participantes mira hacia el piso, con gesto de tristeza. En su habitación, detrás de la puerta de zinc que todos custodian, ella descansa. Al otro lado del salón está la cocina. Olga, la hermana, organiza allí la tienda. Una mesa con mantel de plástico está atravesada en la entrada. Hace de mostrador e impide que la gente se meta hasta el fogón. Se venden desayunos, mecato, gaseosas y cigarrillos. Como Rosita ha estado enferma, hoy vino a ayudarle Sonia, una amiga que también es oradora. Por fin se abre la puerta de la habitación. Se ve demacrada. Los rayitos monos de la capul están aún mojados. Toma el micrófono y comienza a hablar en voz baja:
—Mi materia está quebrantada. No sé bien de dónde viene el problema pero mi padre comenzó a mostrarme espíritus de lujuria en mi familia.
Sonia está parada a su lado y asiente con la cabeza.
—Percibo el dolor de la humanidad —se le quiebra la voz y prosigue—: Estoy muy extraña, cuando menos pienso resulto llorando.
Todo está en silencio. Solloza mientras se cubre la cara.
