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¡A Georgia acababan de ofrecerle la oportunidad de su vida! Ser la protagonista de un programa televisivo de viajes que pondría definitivamente en el mapa a su empresa y la de Ben. Pero Georgia no estaba del todo segura de que su relación estuviera en condiciones de ser examinada con microscopio, porque, aunque Ben y ella hubieran sobrevivido a su primera discusión, ¡el descubrimiento de un deslumbrante anillo de compromiso en la maleta de Ben lo había trastocado todo! ¿Estarían realmente preparados para el matrimonio? Y, lo que era más importante, después de su último desengaño amoroso, ¿lo estaría ella? El viaje estaba destinado a ser una aventura como ninguna otra. Con el telón de fondo del maravilloso Chile, Ben y Georgia debían decidir si su amor merecía todos sus esfuerzos… "Puro entretenimiento". Heat "Una guía femenina de supervivencia y aventura". Sarah Morgan "No me canso de recomendar este libro. Está bellamente escrito, tiene una trama brillante y unos personajes fantásticos. ¡Léelo! Blabbering About Books
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Seitenzahl: 470
Veröffentlichungsjahr: 2019
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2016 Katy Colins
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Destino: compromiso, n.º 251 - 10.4.19
Título original: Destination: Chile
Publicada originalmente por Carina UK
Traducido por Fernando Hernández Holgado
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, TOP NOVEL y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1307-815-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
La gente más inspiradora es aquella que ni siquiera es consciente de que lo es.
Charlotte, esto es para ti.
Revelar (v.): Descubrir, averiguar
—¿De verdad que necesitas otra vela? —preguntó Ben mientras empujaba su carrito, repleto a más no poder, por los sinuosos pasillos del Ikea.
Yo, que me había detenido a oler el cálido aroma de una achaparrada vela, me lo quedé mirando como si me hubiera preguntado si alguna vez me cansaba de comer chocolate.
—Una nunca tiene suficientes velas. Es algo que sabe todo el mundo.
—Bueno, si eso te hace feliz, supongo que sí. Lo que pasa es que yo no le veo sentido a comprar cosas para luego quemarlas: es como si te pusieras literalmente a quemar dinero —se echó a reír, sacudiendo la cabeza—. Aunque la cosa cambia si les ponen nombres como Grönkulla, Färdfull o incluso Knutstorp. Quiero decir que entonces eso lo cambia todo —adoptó un horrible acento escandinavo, que era lo que llevaba haciendo durante la mayor parte de la última hora, haciéndome reír.
—De hecho, estas se llaman Fyrkantig, pero, oh, Dios mío, ¡tu sueco está mejorando mucho!
Él sacó pecho, todo orgulloso.
—Sí. ¿O debería decir «ja»? Venga, vamos. Me muero de hambre y me prometiste que comeríamos albóndigas.
Deje caer un par más de maravillosamente aromáticas velas entre los esponjosos cojines blancos, marcos de fotos y otros artículos domésticos, tan bonitos como funcionales, y le pasé un brazo por la cintura.
—De acuerdo. ¡Marchando un plato de albóndigas! —de repente me mordí el labio y bajé la mirada a nuestro cargamento de compras—. ¿Crees que tenemos todo lo que necesitamos?
—Literalmente, lo tenemos todo —soltó un largo gruñido, destinado a disimular, estaba segura de ello, lo mucho que había disfrutado de nuestra incursión por aquel inmenso almacén capaz de contener un país entero.
Yo, por otro lado, me había puesto estúpidamente nerviosa ante la perspectiva de aquella nuestra primera salida de compras como pareja. Al fin y al cabo, para una pareja, comprar juntos en Ikea era como el rito de entrada de toda relación. Sobre todo la última vez que había estado allí con mi ex, Alex… en el «infierno sueco», como lo había denominado, para terminar marchándonos con una estantería Billy y una tremenda discusión. Nos pasamos dos horas sin hablar después de aquella primera excursión de compras que yo había imaginado llena de entusiasmo ante la perspectiva de elegir juntos los muebles de nuestra casa, en lugar de la tensa pesadilla de horribles discusiones. Y aquello fue antes de sumergirnos en el aún más enojoso asunto de ponernos a montar aquellas malditas cosas.
Esa vez, sin embargo, todo era diferente. Ben y yo habíamos vagabundeado por el inmenso local en nuestra primera visita oficial juntos. No habíamos iniciado discusión alguna sobre quién dedicaba más o menos tiempo a cocinar cuando entramos en la sección de cocinas, ni habíamos apresurado incómodamente el paso al atravesar la sección infantil. Era justamente lo que había imaginado que sería antes de aquella desastrosa visita con Alex.
Pero en aquel momento, dos horas después de haber puesto el pie allí, me di cuenta de que el nivel de diversión de Ben estaba decayendo. El sábado era el único día que habíamos tenido disponible y, al parecer, todo Manchester había tenido la misma idea. Caminábamos arrastrando los pies detrás de estresados aficionados al «hágalo usted mismo», niños chillones y parejas sostenedoras de tensas discusiones en voz baja por ver quién tenía mejor gusto a la hora de elegir estampados de cortinas, peregrinando todos ellos diligentemente por el laberinto de pasillos que llevaban a la salida.
—Supongo que necesitan poner un poco de distancia entre ellos antes de que terminen clavándose esos diminutos lápices de regalo en algún lugar inconveniente de su cuerpo —había comentado Ben, señalando con la cabeza a un matrimonio mayor que se estaba fulminando con miradas tan asesinas que parecía como si fueran a emprender los trámites de divorcio en medio de las sillas Jeff y los sofás Ektorp. Para mucha gente, el hecho de poner los pies en un lugar así les hacía súbitamente conscientes de que el pésimo gusto de sus parejas en cuestión de muebles representaba todo aquello que podía despreciarse en una persona y que, en realidad, eran incapaces de soportarse los unos a los otros.
Yo había soltado una risita para tirar de él por una de aquellas misteriosas puertas Scooby Doo, a través de un pasadizo escondido que comunicaba con la sección de cuartos de baño en exposición. Era un truco que había aprendido la última vez que estuve allí, cuando me marché resoplando después de que Alex hubiera calificado mi gusto en alfombras de baño de «demasiado convencional». El laberinto de pasillos apropiado para ratas de laboratorio que te obligaban a recorrer era el principal obstáculo al que se enfrentaba el futuro de cualquier pareja, reciente o largamente establecida: uno no podía largarse fácilmente de allí. Te mentían sobre las salidas; bueno, no te mentían exactamente, pero en mi anterior estado de enfado me había sentido como si estuviera vagando en círculos, en medio del mismo estresado grupo de gente cargada con sus bolsas de compra amarillas. Esa vez, sin embargo, estaba preparada. Porque esa vez conocía los atajos.
—Que no seamos nunca como ellos. Prométemelo —le había susurrado a Ben, apretándole la mano.
Habíamos acabado, muy acertadamente, en la sección de dormitorios. De humor juguetón, Ben me empujó hacia una enorme cama de matrimonio perfectamente hecha, con un edredón que habría combinado muy bien con los colores de nuestro dormitorio, para tumbarme sobre su mullida superficie.
—Te lo prometo —dijo, inclinándose y besándome con pasión.
El chasqueo de lengua de un indio que estaba examinando unos cercanos cojines hipoalérgicos me hizo ruborizar, así que me incorporé rápidamente para terminar con las compras y marcharme a casa… a nuestra propia cama. Ikea no era lugar para juegos de ese tipo y era posible que aún me faltara algo de la lista que había garabateado durante el desayuno. Era hora de marcharse.
—Oh, espera. ¡Me olvidaba de que necesitamos cuencos para el desayuno! —exclamé mientras nos dirigíamos a la siguiente sección, recordando que los que teníamos estaban descascarillados y que, bueno, no eran lo suficientemente grandes para mi gusto.
—De acuerdo. Cuencos de cereales y luego nos largamos.
—Trato hecho.
Los ojos de Ben se habían estrechado como si fueran los de un personaje de videojuegos, algún francotirador entrenado para concentrarse únicamente en su objetivo, poco inclinado a ceder por un comentario del tipo «¡oh, mira, esto es precioso!», o «necesitamos uno de estos» mientras yo atravesaba la sección de complementos de cocina hipnotizada por las modernas espátulas de colores.
Llegué a pensar que, en algún momento, Ben me agarraría de la mano para echar a correr y alejarme de todas aquellas maravillas de nombres como Rort o Skedstorn, o alguna otra palabra sin vocal alguna. El resultado fue que no pude evitar llenar otra de aquellas aparatosas bolsas azules. Pude sentir la divertida mirada de Ben clavada en mi persona mientras arramblaba con otro juego de servilletas.
—¿En serio, cariño? —preguntó con una sonrisa irónica, fingiendo un bostezo.
—Ya lo sé… ¡pero es que son tan baratas! —aspiré profundo—. De acuerdo, sácame ya de aquí. ¡No sé qué es lo que le ha pasado a mi capacidad de autocontrol! —gimoteé mientras él se echaba a reír y volvía a tomarme la mano.
Llegamos por fin a la sección de cajas de autoservicio y no pude menos que experimentar una cierta sensación de orgullo, bastante repugnante en mi opinión, a la vista de aquel apocalipsis de relaciones estallando a nuestro alrededor. Atravesamos la nave derecha (yo había anotado muy escrupulosamente la localización de la mesa del comedor que a ambos nos gustaba) de la mano, evocando, para divertirnos, a la mayor cantidad de suecos famosos que se nos iban ocurriendo. Ulrika Jonsson y Abba encabezaban la lista, seguidos de algunos oscuros jugadores de fútbol que sugirió Ben. Todo estaba marchando a las mil maravillas, demasiado, hasta que vimos el cartel rectangular de la sección A estante 39.
—Oh.
—Mierda.
—¡Es inmensa! —exclamé. No me preocupaba únicamente cómo íbamos a meter todo aquello en el coche: ignoraba además cómo podría caber en nuestro minúsculo apartamento. Aquella era la razón principal por la que habíamos ido allí dado que pensábamos dar una fiesta dentro de unos pocos días, a modo de inauguración algo pija, y había estado aterrada ante la perspectiva de que nuestros invitados tuvieran que cenar con los platos sobre las rodillas.
—Seguro que la mayor parte es envoltorio. La mesa no me pareció tan grande cuando la vi en la sala —comentó Ben, rascándose la cabeza.
Yo asentí, pese a que no estaba nada convencida.
—¿Tomaste las medidas antes de salir de casa, verdad?
—Sí. Vamos. Todo saldrá bien —repuso, y resopló al tiempo que cargaba la aparatosa caja en el carrito, ignorando mis ojos entrecerrados.
A esas alturas ambos estábamos exhaustos y yo tenía unas ganas enormes de volver a casa, para preparar un té y estrenar mis nuevas tazas a juego. «Por supuesto que ha pensado en las medidas. Tan solo confía en él, Georgia», me dije. Pero aquella agradable perspectiva quedó olvidada cuando tuvimos que forcejear para meter la maldita cosa en el coche de Ben. Durante todo el camino mantuve mi asiento echado todo lo posible hacia delante. Le dije a Ben que tuviera cuidado de no frenar con brusquedad, por temor a que me degollara la aguda esquina de la caja.
Finalmente nos derrumbamos en el sofá, intentando recuperar el resuello después de haber conseguido pasar la inmensa caja por la puerta. Mi anterior sensación de orgullo por haber sobrevivido a Ikea estaba empezando a desvanecerse, pero nuestro buen humor seguía aún en buena forma cuando, por alguna razón, nos echamos a reír de la experiencia. Una verdadera hazaña teniendo en cuenta lo poco natural que había sido nuestro viaje. Además de que no pude evitar sonreírme al recordar la manera de conducir de Ben, más bien propia de una abuela por su exagerada prudencia.
—¡Bueno, lo hemos conseguido! —sonrió él, enjugándose el sudor de la frente—. ¿Qué te parece si desembalo yo todo esto mientras tú haces espacio en el dormitorio para todas esas velas que has comprado?
—¿Seguro que no quieres que te eche una mano? —le pregunté viendo el desastre que estaba montando mientras rasgaba el gigantesco paquete con su envoltorio de papel burbuja, y sacaba el sorprendentemente grueso manual de instrucciones junto con los tornillos y tuercas que quedaron desparramados por el suelo.
—Qué va. Si no soy capaz de montar una simple mesa para mi mujer, entonces es que he fallado básicamente como hombre —volvió a sonreír, contemplando impávido el mar de basura que había creado y abriendo una botella de cerveza fría, listo para el desafío.
—De acuerdo, entonces. Si lo tienes claro… —me incliné para besar ligeramente la rizada mata de su cabello castaño—. Buena suerte.
Me abrí camino entre el resto de cajas dispersas por el pasillo, las que aún faltaban por abrir, esforzándome por ignorar el posible riesgo que entrañaban, y me llevé el saco azul de Ikea al dormitorio. Aquella era mi habitación favorita del apartamento. Era de tamaño mayor que la media, con grandes ventanas de guillotina que, por la gran cantidad de luz que dejaban pasar, hacían que el espacio pareciera mucho más grande. Todavía me sorprendía que después de haberme trasladado de la casa que había compartido con mi ex, Alex, para luego largarme de mochilera por el mundo, hubiera tenido tiempo para acumular tantas cosas. Desde que me mudé un mes atrás, Ben y yo nos habíamos dedicado a negociar los lugares donde instalar nuestras respectivas posesiones vitales, aportando un toque hogareño a aquel apartamento de paredes blancas y desnudas, donde todo estaba por hacer y decorar.
Había sido solo cuestión de tiempo que Ben abandonara el piso que había estado compartiendo con su amigo Jimmy, para ponerse a buscar casa conmigo. La decisión de compartir un hogar se nos había antojado obvia, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de horas que pasábamos trabajando juntos, así como lo bien que había estado marchando nuestra relación. Detestaba, de hecho, las pocas ocasiones en las nos veíamos obligados a separarnos.
Me dediqué a colocar de manera muy artística mi nueva colección de velas sobre la cómoda de cajones, junto a nuestra fotografía enmarcada, aquella que nos tomaron cuando nos conocimos en una soleada playa de Tailandia. Eran tantas las cosas que habían cambiado desde entonces que a veces me olvidaba de que todo había comenzado allí. Desde entonces habíamos lanzado nuestro propio negocio conjunto, el Club de Viaje de los Corazones Solitarios; nos habíamos enamorado y ahora estábamos viviendo juntos. Nunca me habría imaginado que ocurriría esto en aquella época, cuando aquel atractivo desconocido me pasó un brazo por la cintura mientras yo sonreía a la cámara…
Regresé mentalmente a aquel instante y sonreí al escuchar a Ben acompañando con su silbido la melodía que sonaba en la radio del salón. No podía recordar haberme sentido nunca tan feliz y tan entusiasmada por mi futuro; se trataba de una sensación preciosa y especial que anhelaba que durara toda la vida. Había tenido todo el sentido del mundo que nos fuéramos a vivir juntos. Nuestras respectivas agendas estaban siempre llenas de cortos periodos de descanso, aprovechados separadamente, dedicadas a promocionar nuestro club de viaje: solo en los últimos meses yo había estado en España, Grecia y Marruecos. Pero, desgraciadamente, lo más que podía llevar a ver yo de aquellos fabulosos destinos era el aeropuerto y una cierta variedad de anodinos hoteles. Lo cual significaba, además, que cuando no era yo la ausente de la oficina, el ausente era Ben, ya que nos repartíamos por turnos la tarea de mantener contacto personal con nuestros guías de viaje y conseguir nuevos clientes.
Todo aquello era muy excitante, pero entrañaba tener que dosificar al milímetro nuestro tiempo de ocio, con salidas nocturnas y actividades en común planificadas con mucha antelación, a veces de semanas y hasta meses. Jamás he sido una mujer hogareña, pero sí que había llegado a sentir cierto nostálgico pesar por no tener un hogar… al menos con Ben. Ahora todo había cambiado, sin embargo. En alguna parte podíamos, por lo menos, despertarnos juntos y dormirnos juntos cada vez que estuviésemos en el mismo país…
Nada deseosa de entrometerme en sus habilidades para el bricolaje, decidí empezar con las cajas regadas por el pasillo. Todas tenían la etiqueta de ropa de Ben, así que las llevé como pude al dormitorio y abrí el armario empotrado, alto hasta el techo, esbozando una mueca al ver lo atestado que ya estaba.
Cerré los ojos y aspiré profundo el reconfortante y familiar aroma de mi novio mientras sacaba las camisetas y las guardaba en los cajones de su lado del armario. Perdida como estaba en los apasionados recuerdos que su olor despertaba en mi cerebro y en las zonas más femeninas de mi cuerpo, el descubrimiento estuvo a punto de pasar desapercibido. Entre los suéteres perfectamente doblados, mi mano tropezó con un objeto duro. Rebuscando bien en la caja de cartón, sentí un vuelco en el estómago y en el corazón al tiempo que todo a mi alrededor parecía congelarse.
Encajada y casi escondida en el bolsillo de su grueso suéter de lana, había una cajita de terciopelo, de color rojo granate.
Aprensión (n.): Una súbita sensación de duda, temor o inquietud
Durante unos segundos, me quedé mirando sin más la cajita con ribetes dorados que acunaba con manos temblorosas, casi como si fuera un pajarillo herido o una mina sin explotar. Estaba demasiado nerviosa para mover un solo músculo o incluso para soltar el aliento que seguía conteniendo en mi reseca garganta.
—¡Ah, mierda!
Pude oír a Ben jurando mientras continuaba con sus intentos de montar la mesa del salón, totalmente ajeno al sorpresivo descubrimiento que acaba de hacer su novia en la habitación contigua.
«Ábrelo, ábrelo», me urgía mi subconsciente. «¡No!», chillaba mi cerebro. «Una vez que lo hagas, todo cambiará».
Deslizaba lentamente mi dedo índice por la tapa mientras batallaba internamente sobre si abrirla o no. ¿Y si era un anillo horroroso? ¿Y si en vez de un anillo de compromiso, era un juego de pendientes? «Al cuerno. Solo hay una manera de averiguarlo».
Levanté ansiosa la tapa y me quedé sin respiración. La luz del sol que entraba por los ventanales arrancó un reflejo al diamante engastado en una banda de platino tan sencilla como elegante. El reflejo era tan deslumbrante que me obligó a pestañear. Era espléndido. Y, definitivamente, un anillo de compromiso.
Preguntas sin respuesta, pensamientos y emociones anegaron de pronto mi aturdido cerebro, razón probablemente por lo cual hice lo que hice a continuación. Era como si me hubiera salido de mi cuerpo, perdido por completo el sentido común. Como si me hubiera tapado los oídos para no escuchar a mi cerebro, que justo en aquel momento estaba sufriendo un verdadero ataque de pánico. Tras asegurarme de que la puerta del dormitorio estaba firmemente cerrada, y mientras oía jurar y perjurar a Ben por encima del volumen de la radio, extraje el anillo de la elegante caja y me lo puse.
Se deslizó fluidamente por mi dedo. Como si fuera Cenicienta probándose la zapatilla de cristal, me sentaba de maravilla, tal que si lo hubieran encargado especialmente para mí. No pude disimular una radiante sonrisa mientras admiraba la resplandeciente piedra, capaz de hacer que mis algo gordezuelos dedos de uñas descuidadas parecieran tan largos y elegantes como los de una modelo.
Ni siquiera me detuve a pensar en lo que el descubrimiento de aquella escondida caja podría significar para nuestra relación, si estaba incluso dispuesta a casarme con Ben… o si quería volver a ser la novia de alguien después de la desastrosa experiencia de la última vez. Lo único importante era yo y aquel anillo, que evidentemente me estaba destinado. Su belleza había llegado al punto de cegarme, provocando que todo tipo de pensamientos racionales abandonaran mi cerebro. Como resultado había terminado hecha un ovillo en el suelo, en plan Golum, acariciando «mi tesoro»…
No sé durante cuánto tiempo permanecí sentada así, apoyada la espalda en el borde de nuestra cama y contemplando boquiabierta aquella hermosa pieza de joyería. El problema fue que, en medio de mi admiración, no me había dado cuenta de que la radio, cuya melodía Ben había estado tatareando tan mal, había dejado de sonar.
—Cariño, ¿puedes venir? —la voz de Ben resonó alta en el silencio, flotando a través del piso y sacándome de mi ensimismamiento.
—¡Oh, claro! Er… dame un momento —grité al tiempo que volvía a guardar apresuradamente el anillo en la caja y esconderlo, antes de que Ben entrara en el dormitorio y me sorprendiera en aquella tesitura.
No sabía si la habitación se había recalentado o si era el karma castigándome por haber abierto la cajita, pero lo cierto era que no podía sacarme el anillo. ¡Maldición! Tiré y tiré, e incluso escupí en mi gordezuelo y estúpido dedo con tal de quitarme aquella cosa. Pero aquella cosa permanecía obstinadamente en su lugar.
—¿Te acuerdas de nuestra anterior preocupación acerca de que la mesa fuera demasiado grande? —preguntó Ben con tono nervioso, justo al otro lado de la puerta cerrada.
—¿Ummm? —repliqué, escuchándolo a medias. «¡Vamos, vamos!». Estaba jurando y haciendo muecas por el dolor que entrañaba intentar sacarme aquel maldito anillo sin romperme un hueso justo cuando vi moverse el picaporte. Me lancé entonces hacia la puerta y la bloqueé con el peso de mi cuerpo, sin dejar de luchar y forcejear en ningún momento con mi dedo, ya rojo e hinchado.
—¿Estás bien? ¡No puedo entrar! —se quejó Ben al otro lado de la puerta.
—Sí, no pasa nada, es que hay cajas por todas partes. Salgo ahora mismo —grité a mi vez, con voz extrañamente estridente a la vez que medio ahogada.
—De acuerdo. Voy a preparar un té.
—¡Oh, estupendo, gracias!
Finalmente, mientras oía sus pasos por el parqué alejándose hacia la cocina, solté un suspiro de alivio. Mi mano tenía en aquel momento un extraño tono amarillo con manchas de un rojo furioso como resultado de la fuerza que me había aplicado yo sola. Con un último tirón, acompañado de un gruñido digno de una campeona de tenis, el anillo voló y fue a parar al otro extremo de la habitación. Apoyé la cabeza en la puerta mientras me esforzaba por controlar la respiración. Me enjugué el sudor de la frente, mirando ceñuda mi dolorido dedo. Rápidamente me recuperé y volví a guardar el anillo en su caja, para en seguida devolverlo al bolsillo del suéter donde lo había encontrado.
Un instante después se abrió la puerta del dormitorio. Ben estaba en el umbral, ofreciéndome una humeante taza de té.
—Toma —estaba segura de que sus ojos se abrieron ligeramente de asombro a la vista del desastroso estado de la habitación—. ¿Estás bien, cariño?
—Sí, gracias, perfectamente. Bueno, ¡veamos esa obra maestra! —dije, dándole un besito en la mejilla y empujándolo fuera del atestado dormitorio… sin dejar de frotarme el dolorido dedo detrás de la espalda.
—Bueno, como te dije antes, puede que tengas que revisar tus expectativas —tosió—. Es un poco mayor de lo que yo… bueno, míralo tú misma —Ben se interrumpió.
Nada más entrar en el salón, me detuve en seco. Cualquier pensamiento sobre anillos y bodas se desvaneció en cuanto vi lo que acababa de montar.
—¿Un poco mayor? —exclamé.
La mesa de comedor que tan elegante había parecido en el Ikea ocupaba prácticamente todo el salón. El efecto era ridículo. No podía concentrarme en lo que Ben estaba balbuceando tímidamente. Mientras él seguía perorando sobre medidas, tamaños y dimensiones, yo estaba como ida, frotándome con gesto ausente el dolorido dedo. ¿Sería aquello un presagio? ¿Una señal de lo que nos esperaba? ¿Nuestra primera compra importante como pareja no encajaba, al igual que el anillo de compromiso? Si ese era el caso, ¿qué diablos significaba eso para nosotros?
Ecuanimidad (n.): Equilibrio de ánimo, especialmente bajo tensión
Cuando las cosas van bien, la gente suele decir que es como si las estrellas se hubieran alineado y que todo en el universo marcha exactamente como debería. Sí, pero lo que no te dicen es lo muy precaria que es esa alineación y lo rápidamente que puede fastidiarse en cualquier momento. Imaginaos una cuerda floja sobre la que todo estuviera perfectamente sostenido, en afortunado y sin embargo precario equilibrio: así era como me parecía mi vida. Quizá me había sentido demasiado satisfecha, demasiado feliz, pero, vistas las cosas en retrospectiva, me daba cuenta de que un simple soplo de viento o un pájaro apoyando su emplumado trasero sobre la cuerda, por no hablar del descubrimiento de un secreto destinado a permanecer como tal, podían hacer que todos los elementos que antes habían estado tan perfectamente ensamblados se desbarataran para dar con mis huesos en el suelo. No había imaginado entonces que las leyes de la física, o quienquiera que hubiera causado aquella cadena de acontecimientos, marcarían el principio de aquel desbaratamiento en la presunta alineación de estrellas, y por tanto el comienzo de tantos desastres. Qué ingenua era.
Por supuesto, esas reflexiones estaban todavía lejos de mi cabeza cuando al día siguiente fui a ver a mi mejor amiga para ponerla al corriente del descubrimiento del anillo, de la inminente propuesta de matrimonio así como de la monstruosa mesa que se había apoderado de mi salón. Con todo lo que había sucedido el día anterior, incluida la estúpida riña que habíamos mantenido sobre la maldita mesa y sus gigantescas dimensiones, y que terminó con un comentario mío acerca de que al final el tamaño sí importaba, yo no había vuelto a pensar demasiado en lo que significaba realmente el descubrimiento de aquel anillo para nuestra relación.
Por supuesto, mentiría si dijera que no me había imaginado, en diversas ocasiones desde que nos conocimos, mi boda con Ben. A él me lo había imaginado con un elegante traje de lino, a mí con un sencillo a la vez que impresionante vestido largo y vaporoso, y a los dos pronunciando los votos mientras nos mirábamos con mutua adoración, y todo ello en una exótica playa de arena. Me había imaginado cómo sería Ben como padre: bondadoso pero justo, trabajador y diligente, sin ser opresivo.
Pero por muy divertidas que hubieran sido aquellas fantasías, la verdad era que nunca nos habíamos puesto a hablar en serio ni sobre bodas ni sobre niños. Sí que habíamos bromeado sobre extraños nombres de bebés: Ben se había mostrado firmemente inclinado hacia el nombre de Roy, y yo me había echado a reír, aunque esperando secretamente que hubiera estado bromeando, solo por si acaso. Pero casarnos y tener hijos no era algo que estuviera completamente al margen de nuestras posibilidades. Quiero decir que habíamos trabajado muy bien juntos mientras impulsábamos con gran éxito nuestro negocio de agencia de viajes para solteros y solteras de corazón roto, y hasta el momento la convivencia había sido muy fácil. Y, sin embargo, ninguno de nosotros había puesto sobre la mesa el asunto del matrimonio. Aún no, al menos.
En cierto sentido me alegraba de haber hecho el descubrimiento del anillo, dado que me había proporcionado tiempo para acostumbrarme a la idea y preguntarme a mí misma si nos encontrábamos en el momento en el que, evidentemente, Ben juzgaba que estábamos. No era que no quisiera casarme con mi inteligente, bueno y atractivo novio, quien para colmo era espectacular en el dormitorio, debido a mi última y amarga experiencia como novia plantada en el último momento por el anterior. Yo había estado plenamente decidida a casarme con Alex. Había planeado, pagado y organizado la boda, pero justo antes del gran día él me había confesado que me había estado engañando y lo había cancelado todo. El hecho de oírle pronunciar aquellas dolorosas palabras, «no puedo casarme contigo», había provocado el mayor cambio de mi vida.
Después de aquello me había largado de mochilera por el mundo, había conocido a Ben, me había enamorado, había fundado mi propio negocio y había descubierto que viajar curaba un corazón roto. Ahora estaba convencida de que, en realidad, Alex me había hecho un gran favor. Había sido una experiencia horrorosa y difícil, por supuesto, porque… ¿qué chica querría escuchar de alguien a quien amaba y respetaba que no la juzgaba digna de ser su mujer? Pero, con el tiempo, tenía la sensación de haberme curado a mí misma y, además, había descubierto que todos aquellos irritantes tópicos a los que la gente se agarraba, como aquel que decía que el tiempo lo sanaba todo, en el fondo eran ciertos.
Mi vida era ahora mucho mejor de lo que lo había sido nunca, gracias en buena medida a Ben y al éxito que habíamos conseguido con nuestro negocio conjunto. Quizá la no-boda con Alex hubiera constituido precisamente la clave, pero entonces… ¿cómo sería la boda del año con Ben?
—¿Me llevas por favor el cochecito? —me pidió Marie, sacándome de mis confusas reflexiones sobre el matrimonio—. Tengo otro dolor, uno más de los maravillosos efectos colaterales de mi condición de embarazada —masculló.
Caminábamos lentamente por el parque, y cuando digo «lentamente», soy literal: hasta los patos nos adelantaban. Marie estaba en misión de convertirse nuevamente en madre y yo me había olvidado de que me había comprometido a ayudarla hasta que me llamó aquella misma mañana. Solo le faltaban unas pocas semanas para salir de cuentas, pero estaba decidida a parir justo a tiempo. Era lo que le había pasado con su primer bebé. Iba a tener el segundo a su debido tiempo, contra viento o marea.
—Este embarazo no está yendo como el primero, así que necesito «mejorar mi juego» para quitármelo de encima cuanto antes —comentó Marie mientras yo me dedicaba a empujar el carrito cuidando de evitar los excrementos de perro.
Marie tenía una mirada de loca mientras hablaba. Una mirada que yo recordaba haber visto cuando ambas teníamos dieciocho años y ella estaba determinada a apurar toda una fila de chupitos en el bar de Waverley, con tal de ganar una camiseta gratis.
—Marie, estás hablando de un bebé. Ya sé que no soy una experta en la materia, pero… ¿no se supone que vienen cuando tienen que venir y no cuando quieres tú?
Me fulminó con la mirada. Claramente, los cambios de humor estaban empeorando.
—Georgia Green, puede que tenga hemorroides y pezones oscuros, y perdido la capacidad de retener orina cada vez que estornudo, toso o me río, pero esto, esto es algo que yo sé que puedo controlar.
Parecía una especie de tozuda mujer Michelin bajo las numerosas capas de ropa que envolvían su abultada tripa, caminando a mi lado como un pato.
—Todavía no me puedo creer que no sepas lo que vas a tener.
—Voy a tener un bebé, Georgia. ¿No te lo ha dicho nadie? —le sacó la lengua, bromista.
—Ja, ja. Quiero decir que… ¿no estás desesperada por saber si es niño o niña? Yo, desde luego, si un pene estuviera creciendo dentro de mi cuerpo, necesitaría saberlo.
—Bueno, las dos sabemos que yo ya he tenido sobrada experiencia en eso… —se echó a reír, como evocando aquellos despreocupados recuerdos de sus tiempos de soltera—. Bah, ahora en serio, no quiero estropear la sorpresa. Así me resultará todavía más mágico cuando él o ella haga finalmente su aparición —puso aquella soñolienta voz de hippie que solía usar para imitar a Lorraine, la bizca.
La bizca Lorraine. La típica mamá hippy madre tierra que daba clases de prenatal y solía sacar de quicio a Marie insinuando que había sido una mala madre para Cole y que ahora las cosas se hacían de manera distinta. Todo era «mágico» en el mundo de Lorraine.
Marie no era nada «mágica». Era una mujer práctica y, en aquel momento, la cosa más práctica que podía hacer era hacer todo lo posible por traer a su bebé sano y salvo al mundo a su debido tiempo. Era un objetivo concreto, pero, al mismo tiempo, representaba para Marie la única manera de demostrarle a la bizca Lorraine que no era ningún fracaso como madre.
—Pero si no sabes lo que vas a tener, ¿qué has comprado para el bebé? ¿No existe una especie de código no escrito de maternidad según el cual siempre te arruinas antes comprando una montaña de ropa rosa para niña y azul para niño?
Marie puso los ojos en blanco y suspiró.
—En estos tiempos hay ropa unisex para bebés, así que en este momento él o ella ya dispone de todo un guardarropa de amarillos, verdes y blancos. Solo espero que la gente reconozca su sexo solo con mirarlo, o mirarla.
Yo solté un resoplido burlón.
—Bueno, si yo estuviera en tu lugar, vestiría a mi bebé con disfraces de Halloween en miniatura. Es la única manera de proyectar una imagen de género neutral.
Marie soltó una carcajada.
—Gracias a Dios que no esperas ninguno. Yo no sé si a mi bebé le gustaría rememorar su primer año de vida para descubrir que se lo ha pasado vestido de murciélago o de calabaza.
—¡Sí, tal vez, pero sería estupendo! Dios mío, Marie, es increíble pensar que dentro de nada él o ella estará aquí compartiendo este cochecito con Cole —experimenté un extraño cosquilleo en el pecho mientras hablaba. Todo estaba cambiando. La vida de mi mejor amiga no volvería a ser la misma. Cuando se quedó embarazada de Cole, nos pasamos horas imaginando cómo sería, cómo crecería hasta convertirse en un adulto con personalidad… y preguntándonos también cómo sería convertirse en madre. Supongo que a una pequeña y egoísta aparte de mi personalidad le preocupaba que pudiera verme marginada de la vida de Marie una vez que otro ser humano se convirtiera en el centro absoluto de su mundo. ¿Cómo podía su mejor amiga competir con un ser así?
Decían que el amor de una madre no tenía igual, pero eso era algo que yo, al no ser madre, solo podía entender desde una perspectiva racional. En aquel momento la vida de Marie estaba a punto de experimentar un nuevo cambio, pero esa vez yo estaba menos preocupada por cómo iba yo a encajar en él, y más por el hecho de que mi vida también esta a punto de cambiar.
—Lo sé —sonrió Marie, cansada—. Y luego empezará la Operación Tejanos Ajustados.
La miré ceñuda.
—¡No me mires así! No pienso convertirme en una supermodelo, pero ansío recuperar el control de mi propio cuerpo. Además, si pienso cumplir con mi plan quinquenal, necesitaré adelgazar para el gran día.
—Ese gran día del que Mike no sabe nada —me burlé, y solté un profundo suspiro—. Es increíble pensar que hace tan solo unos pocos años las dos estábamos en posiciones tan distintas, y sin embargo de alguna manera tan parecidas, a las que estamos ahora: tú produciendo criaturas y yo…a punto de comprometerme.
Marie tardó algunos segundos en asimilarlo.
—¡Oh, Dios mío! ¿Qué? ¿Te vas a casar?
Los chillidos que soltó Marie hicieron que un solitario paseante de perros diera un respingo al otro lado del estanque. Mi dedo anular empezó a latir de dolor en recuerdo de la tortura que había sufrido cuando mi amiga mencionó la palabra esencial.
—¡Cuéntamelo todo! —se había detenido en seco para agarrarme la mano en busca de alguna señal de anillo—. Espera… ¿dónde está el anillo?
—Bueno, er… en realidad todavía no estoy comprometida. Pero lo estaré…
Marie se me quedó mirando de hito en hito, como si yo hubiera perdido completamente el juicio.
—¿Que tu qué?
Yo suspiré y le conté la excursión a Ikea, el desembalaje de cajas, el descubrimiento del anillo y la lesión de mi dedo debido a mis intentos de sacármelo antes de que Ben me sorprendiera.
—¡Vaya! ¿Y cómo era?
—Maravilloso —me abracé a mí misma sin darme cuenta.
—¿Mejor que el primero que te regalaron? —Marie arqueó una ceja.
—Sí —conseguí recuperarme.
Ella asintió lentamente, como pensando en la mejor manera de formular su siguiente pregunta.
—¿Estás dispuesta a volver a pasar por todo eso? Ya sabes… ¿teniendo en cuenta lo que pasó la última vez? —preguntó al fin.
—Sí, por supuesto. Quiero decir… eso creo —ella me miró con expresión elocuente, y yo le devolví la mirada—. Quiero a Ben, y esta vez creo que mis sentimientos son completamente distintos de los que tenía hacia Alex. Es como si hubiera crecido para darme cuenta de qué es lo realmente importante en una relación. Además, ahora me conozco mucho mejor a mí misma. Ahora sé lo que quiero. Soy muy diferente de la antigua Georgia, es como si finalmente hubiera llegado a saber quién soy. Al menos, eso es lo que creo. De alguna manera, esto ha sido como una sorpresa.
—¿Lo crees? Georgia, este es un paso muy importante. Tienes que estar segura —se interrumpió—. Si te lo pregunto es porque yo fui la única que vio cómo todo se derrumbaba aquella última vez. No quiero que eso vuelva a sucederte nunca —se estremeció visiblemente.
Yo saqué pecho.
—Eso no va a ocurrir. Ben me quiere, y obviamente piensa que estamos preparados para dar este paso, porque de lo contrario no se habría tomado la molestia de comprar ese anillo…
—Estoy preocupada por ti, eso es todo.
Yo bajé la mirada a su abultada tripa.
—Bueno, pues ya somos dos.
—Tú sabes que quiero a Ben, y creo que es estupendo que estéis viviendo juntos, pero… ¿no te apetece, no sé, disfrutar sin más de esa experiencia en vez de lanzarte de cabeza al desquiciado mundo de los matrimonios? -debió de haber percibido algo en mi expresión, porque en seguida se apresuró a añadir—: Estoy encantada por ti… bueno, lo estaré cuando llegue el gran momento… lo que pasa es que no me gustaría que te sintieras presionada para tomar decisiones tan graves solo porque has visto un maravilloso anillo…
—Desde luego, tiene muy bien gusto en joyería —repuse yo—. Estoy de broma. No es solo lo del anillo. Entiendo lo que dices, también para mí ha sido una sorpresa. Por supuesto, imaginaba que algún día terminaríamos dando ese gran paso. Solo que no me había dado cuenta de que el «algún día» de Ben era ahora.
—Creo también que deberías pensar en las consecuencias que podría tener esto para Corazones Solitarios, en lo que significará para tu equipo trabajar para un matrimonio… y en los dramas de pareja que quizá salpiquen vuestra relación profesional…
Yo le había comentado a Marie que, aunque Ben y yo trabajábamos juntos de maravilla, a veces tenía que esforzarme para que pensara menos en el trabajo y más en nosotros. Ese era un precario equilibrio que resultaba especialmente difícil dado que Ben era del tipo de hombres que escondía celosamente sus cartas, sobre todo en lo que se refería a su familia. Yo ni siquiera conocía aún al clan de los Steven, algo que seguramente tendría que cambiar antes de nuestro gran día.
Me soplé los dedos para entrar en calor.
—Supongo que eso es algo que tendremos que considerar. Sé que ambos estamos mentalizados de que tenemos que hablar menos de trabajo, pero eso es más fácil de decir que de hacer, sobre todo con el entusiasmo que él tiene de que nos expandamos a Londres.
—¿Qué pasa? ¿No te gustan los cockneys?
Yo me eché a reír.
—¡No es eso! No tiene nada que ver con Londres ni con los londinenses. Es solo que se trataba de una decisión muy importante para la que, en mi opinión, aún no estamos preparados. Sí, podría reportarnos un montón de dinero y nuevas oportunidades, pero al ritmo actual de crecimiento que llevamos, y sacando como estamos sacando un gran beneficio del local de Manchester, no sé si eso nos compensaría el estrés y el riesgo de montar otro en otra ciudad. Ben es un soñador nato, y está seguro de que triunfaríamos, mientras que yo intento ser más racional, más prudente. Este es el único aspecto en el que no coinciden nuestros puntos de vista.
—Lo más grande no tiene que por qué ser siempre lo mejor —apuntó Marie, y se llevó una mano a la boca—. ¡A no ser que estés embarazada, como yo! —exclamó riendo—.
—Ya —yo me sonreí y sacudí la cabeza, pensando en la gigantesca mesa de comedor que se había apoderado de nuestro piso—. No lo sé. La decisión de Londres es demasiado importante, y tenemos enfoques diferentes al respecto.
—¿Sabes? Lo que a mí me parece es que no estás precisamente muy preparada para casarte con Ben, si ni siquiera coincidís en el rumbo que queréis dar a vuestro negocio —arqueó las cejas y se cerró mejor el abrigo—. Creo que necesitas un plan. ¡Y yo sé lo mucho que te encantan los planes!
—¿Qué clase de plan? ¿Uno que consiga que mi novio se abra más a mí y yo pueda convencerlo de que lo de Londres no es una buena idea?
Marie se encogió de hombros.
—Quizá necesitéis alejaros por un tiempo de la rutina… No sé, cogeros unas vacaciones o algo antes de que tú tomes alguna decisión sobre Londres o sobre vuestro futuro como pareja. De esa manera podrías salir de Manchester, además de que un cambio de escenario te proporcionaría la oportunidad de contarle lo que piensas hacer. Y de decidir si estás preparada para comprometerte con él de forma permanente e incluso tener un montón de hijos guapísimos…
Solté un resoplido escéptico.
—Lo de los hijos te lo dejo a ti, de momento. Aunque unas vacaciones en alguna soleada y exótica playa resulta una perspectiva de lo más idílica.
Desvié la mirada hacia el lastimoso y descuidado parque infantil hacia el que nos dirigíamos. Un desolado y descascarillado columpio se balanceaba con la fría brisa. Afortunadamente Cole seguía en el país de los sueños, ahorrándonos así la molestia de tener que pasar más tiempo del necesario en tan deprimente lugar. ¿Había algo más triste que un parque infantil sin niños? A la luz grisácea de aquella mañana tenía un aspecto aún más abandonado. Sobre todo teniendo en cuenta el estado del estanque cercano, con bolsas vacías de patatas regadas por sus orillas y latas de cerveza flotando en la superficie de sus aguas turbias.
—Ummm. Tú sigue diciéndote eso. Sé que no querrás oírlo, pero tu reloj biológico no tardará en decirte otra cosa.
—Ahora mismo estás hablando como mis padres —me eché a reír y enlacé mi brazo con el suyo, en busca de un calor extra—. Volvamos a lo tuyo. ¿Te pone nerviosa la perspectiva del gran día?
—¿Cuál? ¿La boda? —me miró sorprendida.
—¡No! —me llevé una mano enguantada a la frente. Aquellas charlas sobre bodas eran sencillamente terribles—. Marie, antes de la boda, está el compromiso…
—Ah, ya —se encogió de hombros—. Eso lo doy por hecho. Mike ya me lo pedirá. Apuesto a que hay estudios científicos que demuestran que hay más parejas que se comprometen en matrimonio después de haber tenido un bebé que en cualquier otro momento de su relación. Quiero decir que, llegados a ese punto, los hombres se quedan pasmados ante la perspectiva de que vayas a sacar a su hijo de una pieza por tus partes femeninas. Ya no puedes meter la pata.
—Yo no tengo ninguna duda de que te calzará el anillo en el dedo antes de que termine el año. Pero no, me refería al parto. ¿No estás ni un poquito cagada de miedo ante la perspectiva de repetirlo? —le froté los brazos: podía ver que los tenia tensos de empujar el cochecito. El parto de Cole no había sido fácil. Habían surgido complicaciones y habíamos estado muy cerca de perderlos a los dos, un recuerdo que hacía tiempo que habíamos barrido bajo la alfombra pero que, sin embargo, aún me provocaba escalofríos.
Nunca había visto a mi mejor amiga tan angustiada como cuando su hijo primerizo estuvo bajo observación durante los días que siguieron a su dramática llegada. A pesar de que su rápida recuperación fue calificada de «milagrosa» por los médicos, Marie quedó destrozada porque se culpaba de la aterradora manera en que su hijo había llegado al mundo. Se había torturado a sí misma contemplando su frágil y diminuto cuerpecillo atado a tubos y cables en la incubadora, y repitiéndose en voz baja que no se había cuidado lo suficiente durante el embarazo. Y ello porque no había descubierto que estaba encinta hasta las catorce semanas, de manera que era posible que le hubiera causado un daño irreversible bebiendo más de la cuenta en el par de noches que había salido por aquellas fechas.
Pero todo aquello no eran más que tonterías, y los médicos se hartaron de asegurarle de que la culpa no había sido de nadie, que eran cosas que pasaban sin más. Sin embargo, hasta que Cole no salió de la incubadora, Marie no pudo descansar tranquila. Había sido por eso por lo que Marie había sido tan estricta consigo misma durante aquel último embarazo; esa vez estaba siguiendo todas las instrucciones al pie de la letra. Hasta Mike había perdido la paciencia un par de veces, diciéndole que cesara de preocuparse tanto y empezara a disfrutar del proceso, pero Marie se había mostrado inflexible en su decisión de compensar de esa manera la experiencia que había tenido con Cole. Esa vez lo estaba planificando todo al detalle, con la esperanza de que saliera perfecto.
Yo no podía saber si era debido a la mortecina luz del parque, pero el caso era que de repente parecía haber palidecido de golpe.
—Bah —se apartó un mechón rojo brillante de la cara y tragó saliva.
—¿Marie? No pasa nada por sentir miedo —le comenté con tono dulce.
Ella se detuvo y se volvió para mirarme. Las lágrimas asomaban a sus ojos cansados y tenía la punta de la nariz enrojecida de frío.
—Tengo mucho miedo, Georgia. Pero no puedo permitirme dejarme llevar por el pánico. Ya he pasado por esto una vez y sé cómo es, pero de alguna manera me resulta aún más aterrador precisamente porque sé exactamente qué esperar. Perdona esta juego de palabras de mal gusto, pero sé perfectamente que esto no va a ser un simple paseo por el parque —soltó una carcajada que yo no reconocí como suya. De repente, la pelirroja rebelde e impetuosa que tenía por amiga volvió a ser la flacucha adolescente desesperada por sacar sobresalientes a la que tanto había querido y apreciado. La abracé con fuerza, algo difícil de hacer con las numerosas capas de ropa que llevaba encima y lo abultado de su tripa.
—No es malo sentir miedo. Pero todo saldrá perfecto. Estoy segura de ello.
Ella se sorbió la nariz y se la limpió con la manga del abrigo. Gracias. Espero que tengas razón. Todo el mundo dice que el resultado final justifica cualquier preocupación, pero… ¡es que es todo tan molesto y duele tanto! Es lo que quería decir cuando te comenté que no sentía mi cuerpo como si fuera mío. Yo no tengo ningún control sobre lo que pueda suceder. Lo único que puedo hacer es esperar que todo marche según manda la biología…
Yo asentí con gesto ferviente.
—Todo saldrá de maravilla. Probablemente Mike te pedirá matrimonio en el preciso instante en que vea el precioso regalo que vas a darle.
Sus labios se curvaron en una lenta sonrisa.
—Al menos eso me ahorrará tener que hacer las tareas domésticas durante un par de meses.
Yo sacudí la cabeza.
—¡La verdad es que no sé cómo te las vas a arreglar con dos criaturas tan pequeñas! Quiero decir que el solo hecho de encargarme de mí misma ya me resulta agotador… —lo malo era que no lo estaba diciendo en broma—. ¡Deja de reírte, estoy hablando en serio!
Marie me palmeó cariñosamente un brazo.
—Tu vida es estupenda y lo sabes. Me llena de envidia saber que puedes organizarte unas vacaciones de buenas a primeras, salir a tomar unas copas el fin de semana o incluso salir de casa sin un plan preparado al milímetro, como yo. No dejes pasar demasiado tiempo antes de incorporarte a mi club. Quiero decir que quizá la bizca Lorraine tenga razón… ¡La maternidad es algo condenadamente mágico!
Ambas estallamos en carcajadas y volvimos a emprender la marcha, esta vez para volver a su casa con la perspectiva de saborear una buena taza de té con un par de chocolatinas. Mientras caminábamos fatigosamente por el embarrado camino que llevaba a la calle principal, no podía estar segura del motivo por el que seguían acechándome aquellas dudas. Me encantaba salir con mi mejor amiga, pero Marie tenía la costumbre de decir siempre la verdad, y en ocasiones aquellas dosis de realidad me resultaban algo difíciles de asimilar. Quizá ella tuviera razón. Quizá no debería pensar en casarme con Ben cuando eran tantas las preguntas sin respuesta que se interponían entre nosotros.
Toda aquella conversación sobre la maternidad y los bebés me había dejado inquieta. Como si tuviera la sensación de que aún no estaba preparada para tener hijos, aunque el matrimonio no estuviera descartado. Y sin embargo tal vez Marie tuviera razón: por muy amada que me sintiera por Ben, apenas acabábamos de mudarnos a una misma casa y apenas estábamos empezando a conocernos el uno al otro. Quizá necesitara acallar por un momento las campanadas de boda que habían empezado a sonar en mi cabeza para pensar de manera racional sobre lo que ese compromiso significaría para los dos, y sobre los cambios que ello entrañaría. Cuando las cosas marchaban tan bien, ¿qué necesidad había de cambiarlas?
Bisoño (adj.): Inmaduro o carente de sofisticación adulta
—¡Todavía no me puedo creer que os hayáis comprometido! —chilló Shelley.
Yo lancé una elocuente mirada a Marie.
—¿Qué pasa? No podía no decírselo —alzó las manos a la defensiva.
—Bueno, todavía no lo estamos —repuse, alisándome la falda—.Y, por favor, no se lo cuentes a Jimmy. Sería horrible que Ben descubriera que lo sé y arruinar así la petición que tiene planeada —esbocé una mueca.
Shelley puso mis manos sobre las suyas y asintió con gesto solemne.
—Te lo juro por mi honor de scout girl. ¡Pero es que esto es tan excitante…! ¿Dónde te gustaría casarte? ¡Ah, ya lo sé! ¿Qué me dices de Tailandia? ¿Dónde os conocisteis? ¿Dónde pensáis casaros? Puedo veros perfectamente a los dos caminando de la mano por las blancas arenas de Koh Lanta para la ceremonia, y volver luego a la Mariposa Azul para la jarana de después. Estoy segura de que Dara estará encantada de ayudaros, aparte de que Chef podría hacer una tarta magnífica. Oh, y luego podríais bailar los dos a la luz de las estrellas, con las luces apagadas… —miró mi rostro y el de Marie como si hubiera perdido el guion—. ¿Qué pasa? ¿No os parece excitante?
—Sí, por supuesto que sí. Lo que pasa es que estoy algo recelosa después de lo que pasó la última vez —cuando volví de casa de Marie, había estado pensando en lo que me había dicho. Ella tenía razón en estar preocupada. Necesitaba pensar con el corazón y con la cabeza, en vez de dejarme cegar por el espléndido anillo que Ben tenía previsto regalarme.
—Ah, claro. Pero los dos estáis hechos el uno para el otro. No puedes dejar que el pasado gobierne tu corazón.
Yo sonreí a mi amiga australiana. Nos habíamos conocido cuando estuve viajando de mochilera por Tailandia y no podía ya imaginar mi vida sin ella.
—Lo sé; disfruto enormemente de cada minuto que pasamos juntos
—¿La convivencia está marchando bien? —Shelley esbozó una mueca—. Bueno, aparte de vuestra gigantesca mesa de comedor.
Yo puse los ojos en blanco.
—¡Sí, aparte de eso, estupendamente!
Yo seguía maravillada de tener a un hombre tan increíble por compañero cuando descubrí bien pronto que, además, estaba perfectamente capacitado y dispuesto para las tareas domésticas. Aquello supuso una auténtica sorpresa, ya que Alex, por el contrario, nunca había usado antes una aspiradora o una plancha. Alex había sido el típico niño mimado por una madre que se lo había dado todo y que había esperado que su futura nuera siguiera ese patrón, cosa que yo, estúpidamente, hice. Ben, en cambio, era perfectamente autosuficiente: cocinaba, hacía las compras sin lista y planificaba detalladamente las visitas al supermercado, e incluso limpiaba el baño sin que yo tuviera que andar detrás de él.
—¡Vaya! Jimmy puede llegar a ser un poco cerdo, siempre se deja la tapa del váter abierta —Shelley se echó a reír—. Bueno, si Ben anda pensando en el matrimonio y tú no te muestras del todo opuesta a la idea, entonces quizá necesites pensar en los aspectos que te quedaría por trabajar con él —sugirió Shelley.
—Sí. Como por ejemplo si hay algo que quieras saber de él que todavía no sepas…
—Bueno, todavía no he conocido a su padre, pero eso es algo que depende más bien de la logística y de no haber encontrado el momento adecuado, supongo.
—Oh, claro. Su madre lo abandonó, ¿verdad? —recordó Marie, llevándose una mano al pecho.
—Sí —sacudí tristemente la cabeza—. Se marchó de casa cuando él era pequeño y la verdad es que eso es lo único que he conseguido sacarle.
—Bueno, entonces tendrás que hacerlo. Se pueden saber muchas cosas de una persona a partir de los padres que tiene y del tipo de relación que mantiene con ellos.
—¡Oh, Dios, sí! ¿Te acuerdas de cuando estuve saliendo con Shane? —me preguntó Marie. Los recuerdos de haberme sentido de más mientras ellos se besuqueaban en cualquier local nocturno me volvieron de golpe.
—Uf, nunca me cayó bien. Siempre pensé que estaba demasiado… necesitado —repuse, estremeciéndome.
Marie alzó un dedo en el aire.
—Bueno, pues diste en el clavo, y todo ello podía explicarse por la manera en que comportaba cuando estaba su madre. En serio, cada vez que iba a casa de sus padres, era como si ella estuviera esperando a que él se enganchara a su pecho. Era un absoluto niño de mamá y, yo no sé tú, pero para mí aquello era horrible. Os juro que seguía besándola en los labios.
—¡Ajjj! —gritamos Shelley y yo.
—Es por eso por lo que conocer a tus futuros suegros es tan importante.
—De acuerdo. Entonces, una vez que conozca a su padre ¿qué es lo que sigue?
Yo entrecerré los ojos mientras pensaba a fondo sobre todo ello.
—Bueno, supongo que, aparte de habernos conocido en Tailandia, no hemos viajando a ningún sitio juntos. Todos los viajes de trabajo que hemos hecho han sido por separado, para poder vigilar la oficina.
—¡Pues tenéis que hacerlo! Además, ahora tenéis a Conrad… ¿no es eso para lo que está, para encargarse de la oficina mientras vosotros dos viajáis por el globo como dos trotamundos?
Yo asentí lentamente. Conrad era el típico tipo de Yorkshire, directo y desenvuelto que habíamos contratado como gerente, pero que parecía ocuparse de todo, desde consolar a desconsoladas clientas de corazón roto hasta imponerse a los broncos trabajadores de mantenimiento. Había venido fuertemente recomendado por otra agencia de viaje, había viajado por el mundo en una antigua vida como tripulante de cabina… Algo, por cierto, que no terminaba de entrarme en la cabeza, porque… ¿cómo alguien tan sumamente fornido podía evitar quedarse encajado en el pasillo de un avión? Además, le encantaba maldecir y soltaba lascivos e hilarantes comentarios, lo cual mantenía el espíritu del equipo bien alto, aparte de llamar siempre a las cosas por su nombre. Representaba el fichaje perfecto del «escuadrón de los corazones solitarios», como nos llamaba Kelli.
Marie se acomodó mejor en el enorme cojín sobre el que estaba despatarrada.
—Dicen que realmente no conoces a alguien hasta que no viajas con él. Puede que tenga pánico a volar o que sea adicto a los baños de sol…
Yo me eché a reír.
—No me imagino a Ben levantándose a las cuatro de la madrugada para poner la toalla en la playa y reservar un sitio.
—Ya, pero no sabes si…
