Destino: un nuevo comienzo - Katy Colins - E-Book
SONDERANGEBOT

Destino: un nuevo comienzo E-Book

Katy Colins

0,0
9,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 9,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

¿Qué ocurriría si tuvieras una segunda oportunidad… para encontrarte a ti misma? En lugar de avanzar hacia el altar rumbo a la felicidad nupcial, Georgia pasó su gran día preguntándose dónde se estropeó todo Forzada por su amiga Marie a hacer una lista de sus nuevas metas en la vida, al cabo de poco tiempo estaba haciendo las maletas para un largo viaje a Tailandia. Sin embargo, su gran aventura no parece estar funcionando. Es víctima de todos los timos a los que se arriesgan los poco avezados viajeros y nunca se ha sentido más sola. Lo bueno de pasar por una crisis personal es que puedes salir de ella convertida en otra persona de la que te sientas más orgullosa… Brillante, vital, muy entretenida Heat

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 457

Veröffentlichungsjahr: 2017

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2016 Katy Colins

© 2017 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Destino: un nuevo comienzo, n.º 230 - junio 2017

Título original: Destination Thailand

Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá.

Traducido por María Perea Peña

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, TOP NOVEL y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-9749-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

 

Gather ye rosebuds while ye may

 

Capítulo 1

 

Espíritu viajero (n): Un fuerte impulso o urgencia de viajar y conocer el mundo.

 

Era el día de mi boda. Un día que había estado esperando desde que era pequeña y que había estado planeando y organizando durante los últimos doce meses. Iba a celebrarse en la campiña inglesa, con guirnaldas caseras de banderitas colgando de las vigas de una casona escandalosamente cara y una carpa colocada en el jardín. El arpista iba a tocar una melodía sencilla, pero preciosa, mientras caminábamos por la sala y nuestros seres queridos aplaudían nuestra llegada como señor y señora Doherty. Esa era la parte que más me angustiaba: toda la gente mirándome, esperando que yo fuera una novia radiante y ruborizada cuando, en realidad, sentía terror por tropezarme con la cola del vestido y caerme. Se me encogía el estómago y me sudaban las manos al pensar en que iba a ser el centro de atención, pero había intentado calmarme pensando en que, técnicamente, solo era la mitad del centro de atención.

A estas horas, yo debería llevar mi traje de novia, un vestido de encaje color marfil con cola. Miré el reloj y me di cuenta de que hacía diez minutos que deberían haber llegado los ramos de nomeolvides azules y fresias. Debería estar a punto de sentarme y ponerme en las manos de los carísimos peluqueros que iban a convertir mis rizos en una obra de arte.

Sin embargo, estaba sentada en una incómoda tumbona de plástico, intentando ocultar los lagrimones que se me caían por las mejillas, ligeramente quemadas por el sol, mientras mi mejor amiga, Marie, me pasaba otra copa de ponche malo y aguado del bar de la piscina.

Dentro de una hora, me habría casado con mi prometido, Alex, pero todo eso había cambiado quince días antes, mientras veía un capítulo de Don’t Tell the Bride mientras revisaba por tercera vez la colocación de las mesas, hecha a imagen y semejanza de una versión en 3D que me había prestado Francesca, la cuñada de Alex. Francesca era la que había ido al colegio con Kate Middleton, y lo había mencionado en todas las conversaciones que yo había tenido con ella. Mientras esperaba a que él volviera a casa después de otro día muy ocupado en su trabajo, me había enfrascado tanto en el episodio, durante el que el calzonazos del novio había elegido un traje de novia tres tallas más pequeño de lo que correspondía a su regordeta novia, que no me había dado cuenta de que Alex estaba en la puerta, mordiéndose las uñas mientras se aflojaba la corbata.

—Tenemos que hablar —me dijo, con una voz ahogada y distante.

Tenía una mancha de tinta en la corbata, y yo no dudé que su madre iba a reprenderme por no ser capaz de quitarla. Ella había fruncido los labios muchas veces por mi falta de habilidad en las tareas domésticas. Al principio, Alex se había rebelado; era el último soltero en una familia de varios hermanos mayores ya casados. Yo había sido un soplo de aire fresco en comparación con sus cuñadas, todas ellas, réplicas de Martha Stewart. Sin embargo, cinco años después, aquel soplo de aire fresco y dulce se había convertido en un ambiente cargado.

Nos habíamos conocido en una discoteca de música indie, en Manchester, a la que nos habían llevado nuestros respectivos mejores amigos una lluviosa noche de sábado. Nos tomamos una cerveza malucha en vasos de plástico y charlamos como viejos amigos mientras escuchábamos a los Smiths y a los Kaiser Chiefs y nuestros amigos ligaban el uno con el otro. Después de compartir una gran afición por las patatas fritas con queso, llenas de colesterol, en el taxi de vuelta a casa, y un amor mutuo por la mayonesa con ajo, yo supe que aquello era algo especial.

Pasaron los años, dejamos de ir a discotecas y el avance en nuestra carrera profesional se convirtió en lo más importante. Después de alquilar varios pisos cochambrosos y tener que tratar con caseros cutres, conseguimos ahorrar lo suficiente como para comprarnos nuestra propia casa. Alex había renunciado, orgullosamente, a la ayuda de sus padres, así que no podíamos vivir como los millonarios ni codearnos con las celebridades, como el resto de su familia, pero él se deleitaba con nuestro estilo bohemio, aunque eso significara que a nuestros vecinos pudieran invitarles al programa de Jeremy Kyle. A mí me encantaba que tuviera unas convicciones tan firmes, aunque, a veces, nos habría venido bien una ayudita.

Así que fue inevitable decirle que sí cuando, una noche de junio, Alex me pidió que me casara con él. Bueno, es cierto que no fue el compromiso de mis sueños. Él no se puso de rodillas, solo me pasó la cajita del anillo mientras cenábamos comida india para llevar, mirábamos nuestros iPhones y veíamos a medias Coronation Street. Por lo menos, me dejó el último poppadom, y eso fue algo, creo. Por supuesto, esa no era la historia que le contamos a la gente. A la gente le dijimos que me había abrazado de repente, que me había declarado su amor incondicional y que había pedido a una pareja de ancianos que nos hiciera una foto, en la que yo aparecía con los ojos empañados de emoción y él, henchido de orgullo. Era una pena que los ancianos no supieran manejar bien la cámara y no tuviéramos prueba de ello. Pero la vida real no era una película de Disney, ¿no?

Sin embargo, con una hipoteca que pagar y una boda para cuya celebración debíamos ahorrar, habíamos empezado a salir menos y menos. Sí, tal vez nuestra vida se había estancado un poco; la rutina se había adueñado de nuestro mundo y yo podía recitar la programación de la televisión de memoria. Estábamos construyendo un futuro en común, y eso era lo que los dos queríamos, ¿no?

Al ver su cara de cansancio, no reconocí al hombre que me había pedido que bailara con él en una discoteca, varios años antes. Y, al mirarme y ver mi pijama con algún lamparón, tampoco reconocí a la muchacha lozana que le había dicho que sí.

—No va a salir bien. Yo… yo… no puedo casarme contigo —me dijo, retorciéndose la corbata manchada de tinta con los dedos.

Había conocido a otra, a una chica de su trabajo por la que había empezado a sentir algo. Él no quería que las cosas fueran así, pero había cambiado. Los dos habíamos cambiado. No quería decirlo, pero yo no era la mujer idónea para casarse. Como la novia de la pantalla, que llevaba un vestido tres tallas más pequeño del que le correspondía, yo no podía respirar. Él hizo la maleta aquella misma noche y se marchó, mientras yo sollozaba y me bebía una vieja botella de licor de melocotón, tirando la mitad sobre el plano de las mesas de Francesca. Me acurruqué en el sofá, sin querer creer que el mundo se derrumbaba a mi alrededor.

 

 

—Vamos, suéltalo todo. Desahógate —me dijo Marie, mientras me frotaba la espalda caliente por el sol. A mí se me caían las lágrimas en el vaso.

Ella había decidido que teníamos que alejarnos de lo que habría sido el gran día, así que reservamos una semana de vacaciones de última hora en el supuesto Saint Tropez de Turquía. Aquel nombre había sido ideado por alguien que, obviamente, nunca había estado en el sur de Francia, porque el antiguo pueblecito de pescadores turco al que habíamos ido se había transformado en un destino de vacaciones lleno de bares con letreros luminosos, puestos de kebab y tiendas de tatuajes. Nosotras ni siquiera habíamos ido al centro. Las últimas noches las habíamos pasado jugando a las cartas en la terraza, tomando alguna botella de vino blanco, Marie despellejando a Alex y yo, fluctuando entre brutales desprecios hacia mí misma y ataques de llanto, porque pensaba que no era lo suficientemente fuerte como para estar sola.

—Gracias. Es solo que… Bueno, es que ya… ya está hecho.

Me aparté algunos mechones de pelo de la cara congestionada y miré a Marie con los ojos hinchados y enrojecidos. Ella se estremeció, no por mi aspecto, sino porque su idea de que unas vacaciones con sol, hombres y servicio de bar con todo incluido no iba a ser la solución perfecta para mi dolor.

Hizo una pausa, y dijo:

—Piénsalo, Georgia: tienes toda la razón. Todo ha quedado en el pasado, y ahora tienes que mirar al futuro. Y, como las dos somos solteras, la mejor forma de superar el día de hoy es hacerle un corte de mangas a Alex y pasárnoslo de miedo. Así que voy a ponerme al mando de la situación. Mi primera orden es ir a la playa.

Marie se puso en pie de un salto, metió sus cosas en una gran bolsa de playa y se caló un sombrero de ala flexible.

—Supongo —dije yo, patéticamente, apurando lo que quedaba de mi copa.

—¡Vamos! Puedes hacerlo. Sé que puedes. Vamos a ponernos morenas, y esta noche vamos a ir a un sitio guay en el que divertirnos las dos solas, como en los viejos tiempos.

Yo asentí. Me recogí el pelo lleno de cloro haciéndome un moño alto y seguí a mi amiga. Mientras bajábamos por el pequeño sendero de roca que iba del hotel a la playa, vimos que todas las tumbonas estaban ocupadas.

—Caramba, está muy llena, ¿no? —dijo Marie, mordiéndose el labio y se puso una mano sobre los ojos para otear a lo lejos, aunque llevaba puestas unas enormes gafas estilo Jackie O.

—Sí, podrías decirlo así —respondí, con un suspiro.

Empecé a desanimarme y a tener ganas de pasar el resto de la tarde durmiendo la siesta en nuestra habitación de hotel, entre sábanas blancas. Empezó a darme vueltas la cabeza al oír el ruido de la risa, los bocinazos de los coches y la música de los diferentes chiringuitos de la playa. ¿Por qué no podía Marie dejarme dormir aquel día y despertarme cuando hubiera pasado la hora de ir a la iglesia, de cortar la tarta y de hacer el primer baile?

—Vamos a alejarnos un poco, cariño. He oído que hay una cala pequeñita que no está muy lejos —dijo Marie, alegremente, como si estuviera de aventuras, aunque la hubieran expulsado de los Brownies por haber provocado una intoxicación alimentaria a su Tawny Owl al intentar conseguir la insignia de cocinera.

Serpenteando por las laderas de las dunas, pasando entre arbustos fragantes y salvando obstáculos rocosos, llegamos por fin a una cala de agua prístina en la que solo había unas cuantas tumbonas. Yo me relajé un poco, porque habíamos encontrado un pequeño oasis de calma para escapar del caos de la ciudad. Ante nosotras se abría una bahía de agua azul topacio, brillante y pura. Extendí los dedos de los pies por la arena y tomé una bocanada de aire que olía a crema bronceadora de coco y a patatas fritas.

Nos acomodamos en dos tumbonas y nos pusimos en biquini. Teníamos la piel enrojecida por el sol. Si Marie no fuera mi mejor amiga, podría odiarla. Su figura era perfecta a pesar de haber tenido ya un hijo, Cole, fruto de una noche de pasión con Mike, un tipo a quien había conocido en el bar de al lado de su casa. Marie tenía una melena pelirroja para la que solo admitía algún retoque, una mente lujuriosa y una personalidad sensible y considerada, y llamaba la atención de todo el mundo en cuanto entraba a una habitación. Ojalá yo fuera más parecida a ella. Siempre había albergado la secreta esperanza de que se me contagiara algo de su chispa.

—Hola, señoras. Soy Ali. Solo las dos tumbonas, ¿no? —nos preguntó un hombre de unos treinta años, sonriente y moreno. No llevaba camiseta y lucía un diente de animal a modo de colgante, que señalaba sus abdominales. En el pecho musculoso tenía un tatuaje que descendía hasta perderse bajo la cintura de sus pantalones vaqueros cortos y desgastados.

—Sí, por favor —dijo Marie, sonriéndole.

—De repente, hace mucho calor por aquí —dijo él, guiñando un ojo, mientras tomaba nuestro dinero.

Marie siguió con la mirada su precioso trasero mientras se iba hacia la caseta de los vigilantes y, después, se volvió hacia mí con una sonrisa.

—Increíble, ¿no?

Yo emití un ruido entre suspiro y resoplido. Los miembros del sexo opuesto estaban tan fuera de mi radar en aquel momento que necesitaba unos prismáticos para verlos.

—Oh, vamos, Georgia. No me digas que semejante tío bueno no te ha hecho sentir una chispita en esa entrepierna tuya tan cerrada —me dijo Marie, mientras yo ponía los ojos en blanco con resignación—. ¿Sabes una cosa? Me ha entrado mucha sed. ¿Quieres una cerveza?

—Qué curioso, el bar está justo al lado de la caseta.

—Puede ser —dijo Marie. Ignoró mi ceja enarcada mientras sacaba de su bolsa un bolígrafo y un vale para una copa gratis que nos habían dado por la calle—. De todos modos, tengo un plan para ti mientras estoy ausente. Creo que ya es hora de que hagas una lista. Sé que te encantan las listas y, además, mi madre siempre me decía que escribiera las cosas cuando tenía alguna duda —afirmó, y se apretó el bolígrafo contra los labios—. Anota todo lo que quieres hacer y ver en la vida. Más o menos, como una lista definitiva, aunque no tengas ninguna enfermedad terminal que te apremie.

Entonces, me dio el bolígrafo y el vale, con la parte no impresa hacia arriba.

—Ya no sé lo que quiero. Creía que lo sabía. Lo tenía todo perfectamente planeado, pero ahora me siento como si estuviera en el limbo —dije, lloriqueando.

Sin embargo, tomé el bolígrafo, porque era cierto: a mí me encantaba hacer listas. Me resultaba gratificante el hecho de controlar una situación escribiendo las ideas en un papel y marcándolas con un trazo bien grueso una vez llevadas a cabo.

—No. Ya es hora de que dejes de estar deprimida. Hay que hacer cambios y pasar a la acción —dijo Marie, con firmeza—. Lo que ha pasado ha sido un asco. Un verdadero asco. Pero piénsalo así: por lo menos, ya no tienes que volver a ver a la bruja de su madre, ni tienes que preocuparte por encajar en su ridícula familia. Ya no tienes que soportar sus aires de grandeza —prosiguió, frunciendo los labios y saludando como la reina, imitando con bastante acierto a Ruth, la madre de Alex—. No me sorprendería que, durante todo este tiempo, él hubiera estado aceptando el dinero que le ofrecían, pero haciéndose pasar por un tipo común y corriente. Cabrón.

Yo moquiteé sonoramente.

—Sé que es doloroso, pero, por favor, intenta pensar en lo positivo. Si no sabes lo que quieres, piensa en lo que no quieres —continuó Marie. Se detuvo y se ajustó las gafas, mientras Ali la saludaba desde su caseta de la playa, apartando los ojos de un partido de voleibol que estaban jugando a poca distancia de allí—. No quieres estar con el innombrable. No quieres vivir en la habitación de invitados de mi casa el resto de tu vida. No quieres ser una mujer solitaria que vive con un gato…

—Solo porque tengo alergia —dije yo.

—No. No quieres ser solo la mitad de otra persona. Necesitas estar completa, y vamos a conseguir que te recuperes con un plan al efecto —dijo, y sonrió con suavidad—. Solo te pido que lo intentes, por favor —añadió, y me dio un beso en la coronilla. Se ató el sarong a la cintura y se marchó a buscar una copa para cada una, caminando elegantemente por la arena.

Yo miré el papel en blanco con miedo de escribir algo en él, como si fuera vinculante. El problema era que yo siempre había tenido un plan, pero ¿ahora? Ahora solo tenía un espacio en blanco ante mí, como aquel papel entre mis manos sudorosas.

Muy cerca de nosotras, una familia había ocupado unas tumbonas, y todos charlaban animadamente en un idioma que parecía español. Su entonación resultaba exótica comparada con mi marcado acento del norte. Yo nunca había estudiado otro idioma, aparte del francés de la educación secundaria, hacía trece años, del cual no recordaba nada. ¿Tal vez pudiera hacer algo así?

De hecho, aparte de aquel viaje con Marie, llevaba varios años sin salir al extranjero. Como teníamos que ahorrar para la boda y para la casa, mis vacaciones de verano las pasaba haciendo bricolaje y de visita en la casa de vacaciones que tenía la familia de Alex en Edimburgo. Cuando era más joven, siempre había soñado que me gastaría el sueldo en viajes exóticos, pero mi lamentable nómina no daba para tanto. Incluso cuando encontré un chollo de última hora para ir a Benidorm, Alex se había burlado de mí, diciéndome que sería como ir de vacaciones con nuestros vecinos, que solo ese tipo de gente iría a un viaje organizado así y se pasaría todo el tiempo bebiendo cerveza inglesa en un bar irlandés. Cuando yo protesté diciendo que «ese tipo de gente» podía describir a mi familia, él me abrazó y me mordisqueó el cuello. «Oh, Gigi, ya sabes lo que quiero decir. Yo quiero a tu familia, pero tenemos que pensar en el dinero. Mi madre dijo que Ed y Francesca están buscando a alguien para que les cuide la casa de Devon mientras están fuera esta semana».

En realidad, Alex había viajado muchísimo cuando era pequeño, así que yo había sacrificado mis sueños de ver el mundo por él y por su felicidad, intentando convencerme de que, algún día, tendría el pasaporte lleno de sellos. Qué estúpido sonaba aquello.

La familia de al lado sacó un mantel y abrió una nevera llena de cosas que yo nunca había visto. Comida cuyo nombre yo no conocía y que nunca había probado, pero que tenía un aspecto increíble y olía muy bien. Aquello era lo que yo quería hacer. Quería ser la chica que sabía hablar perfectamente otro idioma, que sabía preparar recetas exóticas con ingredientes que yo no podía pronunciar en aquel momento, que tenía historias que contar durante las cenas, «…oh, eso me recuerda una vez que estaba haciendo un retiro silencioso en un monasterio en la India», compartiendo sucesos y narraciones de lugares lejanos, en vez de protestando y gruñendo a causa del aumento de precio de las casas o de los tramos impositivos municipales.

«Bueno, está bien. Puedo hacerlo». Empecé a escribir…

 

Quiero comerme el mundo. Quiero explorar, viajar, aprender y superar mis límites. Quiero encontrarme a mí misma. Las montañas y el mar serán mis mejores amigos, las estrellas me guiarán hacia casa por las noches y mi lengua estará desesperada por hablar y contar todo lo que he visto. Quiero viajar.

 

Vaya. El bolígrafo cobró vida propia. Miré el papel mientras metía las piernas por debajo de mí. Parecía que quería convertirme en Michael Palin. Pero ¿cómo iba a conseguir todo aquello? Como antes, tuve la sensación de que el bolígrafo tenía vida. «Déjalo todo y márchate».

«Qué fácil es decirlo, ¿eh, boli?».

«¿Qué te lo impide? No tienes pareja, ni hijos, y pronto no tendrás casa. Solo tienes un trabajo del que te quejas sin cesar porque te sientes infravalorada, pero al que sigues atada como si dieran buenos paquetes de maternidad. Paquetes que no vas a necesitar. Véndelo todo, cómprate una mochila y vete».

Bueno, tal vez el bolígrafo tuviera un poco de razón. Yo trabajaba de secretaria en Fresh Air PR, una pequeña empresa que estaba cerca de Topshop, en la calle principal. Llevaba cinco años trabajando allí y había ascendido desde el puesto de encargada del correo a secretaria de la directora de Marketing. La misma oficina, las mismas caras, los mismos problemas con la impresora. Me gustaba la idea de no tener que preocuparme de si había elegido la taza buena para hacer el té, de no tener que ir a las fiestas de Navidad, de no tener que escuchar las mezquinas discusiones sobre quién tenía la mejor plaza de aparcamiento y de qué comidas de Boots tenían la mejor relación calidad-precio. Me había acomodado demasiado. Siempre accedía a hacer cosas que no quería hacer para agradar a los demás, y no había intentado convertir en realidad mis sueños por miedo al fracaso o a la vergüenza. La rutina de la vida en pareja había llegado de forma natural con Alex, aunque, algunas veces, cuando miraba la lista de tareas que tenía que hacer, la lista de la compra y nuestra agenda social, que estaba prácticamente vacía, despreciaba la monotonía doméstica.

Sin embargo, ¿adónde iba a ir, y qué iba a hacer?

«Bolígrafo, no me falles», pensé. Cerré los ojos, tomé aire y empecé a escribir.

 

Bañarme desnuda a la luz de la luna

Bailar toda la noche bajo las estrellas

Probar comida exótica

Montar en elefante

Visitar templos históricos

Explorar nuevas creencias

Subir una montaña

Hacer amigos de diferentes nacionalidades

Escuchar los consejos de una persona sabia

Cometer una locura

 

Me dolía la mano, pero mi cabeza funcionaba a un ritmo febril. Entonces, la realidad se hizo patente y me entraron dudas. «¿Cómo vas a hacer todo eso? Vas a tardar varios meses en planearlo, en ahorrar y organizarte. ¿Cómo se empieza un viaje así? Nunca has sido tan valiente como para tocar un elefante, y mucho menos para montarte en él. La última vez que hiciste ejercicio estuviste a punto de desmayarte, así que subir el Everest está fuera de toda cuestión, y lloraste cuando te sacaron sangre para el análisis de sangre, así que, ¿cómo vas a hacerte un tatuaje?». La locura más grande que había hecho últimamente era dormir sin desmaquillarme.

Prefería la libertad de ensueño que me ofrecía el bolígrafo a lo que me decía la conciencia.

«Hoy ibas a casarte, ¿o es que se te ha olvidado? Es absurdo que estés sentada aquí, escribiendo sobre la nueva vida que vas a emprender, cuando sabes que no eres lo suficientemente fuerte como para cambiar nada», me dije, reprendiéndome a mí misma.

Bueno, eso ya lo veremos, dijo mi bolígrafo.

Capítulo 2

 

Drapetomanía (n): Un impulso irreprimible de huir.

 

Dos horas después, todavía estaba pensando en que tal vez pudiera ver el mundo. Convertirme en mochilera y cambiar mi vida. Caminé hasta la orilla, dejando huellas en la arena, y metí los pies calientes en el agua. Cerré los ojos y respiré la brisa fresca del mar. En aquel momento, ya estaría casada. Ya nos habríamos prometido amarnos, sernos fieles en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y respetarnos todos los días de nuestra vida. Se me cayó una lágrima por la mejilla y agité la cabeza. «Ahora es tu momento». Era el momento de hacerme una promesa a mí misma, una promesa que me cambiara la vida: ser feliz.

Volví a las tumbonas. Marie estaba roncando en la suya. Por suerte, Ali no estaba por allí; de lo contrario, aquella imagen tan poco sexy de mi amiga con la boca abierta le habría quitado muchos puntos. Metí mi lista en su bolsa de playa, bajo una revista y un bote de crema para el sol, y le di un codazo. Ella se despertó tartamudeando.

—¿Qué…? ¿Dónde…? ¿Quién…?

Se incorporó de golpe. Tenía cara de dormida, y el pelo, enredado. Yo sonreí.

—Eh, yo me vuelvo al hotel.

—Buena idea. Pásame la botella de agua y me voy contigo. ¿Cuánto tiempo he estado dormida? ¿Me he perdido algo? —preguntó, entre tragos, mientras intentaba peinarse con los dedos.

—No, no mucho —dije yo, despreocupadamente. Decidí pensar un poco más en la lista antes de contarle mis ideas—. Bueno, ¿y qué ha pasado con tu vigilante de la playa? —pregunté, señalando hacia la caseta de Ali con la cabeza.

Ella resopló.

—Resulta que es gay.

Yo intenté contener la carcajada.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que llevé a cabo mi clásica maniobra de apoyarme en la barra de forma sugerente para tomar una pajita. Te juro que esa táctica no me ha fallado en la vida.

—¿Así es como te quedaste embarazada de Cole? —le pregunté, bromeando.

Ella se cruzó de brazos.

—¡Exactamente! Ya te he dicho que es una táctica infalible. Y, sin embargo, este ni siquiera ha pestañeado. Como si mi escote no le hubiera encendido nada en el departamento de ropa interior.

—¿Y por eso piensas que es gay?

—No solo por eso. Además, me humedecí los labios y anduve hacia él moviendo el trasero, pero él siguió obsesionado con esos tíos que estaban jugando, y a mí ni me miró.

—Bueno, puede que le encante de verdad el voleibol —sugerí yo.

Ella puso los ojos en blanco. Le había fastidiado mucho que cayera aquella mancha sobre su impecable historial de seducción.

—Hazme caso, yo lo sé. Digamos que le interesaba más ver a esos tipos dándose crema bronceadora que llevar la cuenta de los tantos.

—Ah. Bueno, pero tú sabes que yo te sigo queriendo.

Ella sonrió y cabeceó.

—Lo siento, Georgia. Hemos venido aquí para que tú te animes, no para que los tíos buenos de Turquía me pongan de mal humor —dijo, y me acarició un brazo—. Por lo menos, ahora sé que mi táctica de la pajita todavía funciona, aunque solo sea con los hombres heterosexuales —añadió, riéndose.

Al oírla hablar, me di cuenta de repente de que aquello era lo que tenía que hacer, ahora que estaba soltera. Hallar el modo de llamar la atención de los hombres. Si a Marie le resultaba difícil, para mí iba a serlo mucho más. Me estremecí al acordarme de que estaba sola. Ya no era la mitad de otra persona, ni su prometida, ni su novia. Solo estaba yo y, muy pronto, tendría que lanzarme a la piscina de las citas. Oh, Dios.

—¿Te encuentras bien, cariño? Te has quedado un poco pálida —me preguntó Marie, y su voz me llevó de vuelta al presente.

—Sí, sí. Estoy un poco cansada, nada más.

—Bueno, vamos a volver al hotel, a comer un poco y a arreglarnos para ver lo que tiene que ofrecernos este pueblecito por la noche. Y no acepto un «no» por respuesta.

Aquella era nuestra última noche de vacaciones. Aunque había sobrellevado bien aquel día, ¿quién sabía lo que podían hacerle unos cuantos cócteles a mi frágil determinación? Sin embargo, tenía la intención de cambiar mi patética vida, así que tal vez fuera buena idea salir de mi agujero y entrar a un bar bien iluminado.

—Está bien —dije, asintiendo.

—¿Cómo? —preguntó Marie. Se inclinó hacia mí y me dio un abrazo—. Creía que ibas a decirme que no.

—Me parece que a partir de ahora voy a intentar decir que sí más veces —respondí con una sonrisa.

—Eso es estupendo, Georgia. Ya sabía que venir aquí iba a ser lo mejor para ti. Y tengo el presentimiento de que esta noche va a ser genial.

 

 

Aunque estaba esquelética, y no esbelta, sobre todo debido a mi reciente pérdida de apetito, al mirarme al espejo no me reconocí. Veía la imagen de una mujer glamurosa, bronceada, con el pelo castaño brillante y los ojos ligeramente rasgados, y un bonito carmín en los labios. Marie se había empeñado en transformarme, así que la cara que se reflejaba en el espejo no tenía nada que ver con la antigua Georgia, y yo no sabía si me gustaba. Me sentía azorada con aquel aspecto. Llevaba un bolso de mano de color rosa chillón y unos zapatos de tacón a juego que ella se había empeñado en prestarme, haciendo caso omiso cuando yo protesté diciendo que caminaba como Tina Turner en estado de ebriedad.

—Entonces, andaremos despacio —replicó ella, mientras me ponía un vestido de color dorado claro en las manos.

Era un vestido que me había comprado por un capricho hacía unos años, al estilo de Beyoncé. Ni siquiera le había quitado la etiqueta después de que Alex comentara que parecía que se lo había robado a una fulana barata. Marie debía de haberlo metido a escondidas en la maleta. Ojalá yo hubiera podido ponerme mis pantalones de lino y mi blusa antes de que ella los escondiera.

Al final, salimos hacia el puerto. La noche era cálida, se oía cantar a los grillos y olía a humo de combustible. En el muelle se veían altos mástiles balanceándose suavemente y, más allá, en las colinas, casitas blancas y cuadradas como terrones de azúcar. Sin embargo, había una fila de bares idénticos frente al agua que estropeaba aquel escenario tan maravilloso. Todos los establecimientos tenían un cartel junto a la entrada en el que anunciaban copas de gran tamaño, chupitos gratis y tres bebidas al precio de una. Mientras caminábamos, se nos acercó una chica que llevaba botas forradas de pelo, unos pantalones cortos de lentejuelas y la parte superior de un biquini, y nos puso los brazos morenos sobre los hombros para intentar dirigirnos hacia el bar para el que trabajaba.

—¿Qué tal, damas? Me llamo Mel, ¿estáis de vacaciones? Entonces, habéis venido al mejor sitio. Aquí están las mejores copas y las más baratas de todo el pueblo. ¡Os preparo tres Vimtos por el precio de uno, y copas con tres medidas de alcohol y un refresco por solo una libra, y os regalo un par de chupitos!

La rubia, que tenía los ojos muy abiertos, como si fuera una loca, nos gritaba con un acento cockney muy marcado, y sin respirar. Yo miré a Marie, que estaba tan incómoda como yo por tener los brazos de una mujer desconocida sobre los hombros.

El bar al que nos quería llevar estaba vacío. Había un toro mecánico esperando pacientemente para lanzar turistas gordos al otro lado del local, y los empleados estaban apoyados en la barra, fumando, mientras las luces estroboscópicas iluminaban intermitentemente las mesas vacías.

—Es muy pronto, pero tenéis que hacerme caso, este es el mejor sitio. ¡Dentro de poco me daréis las gracias por haberos dado mesa, porque va a ser una locura! —nos explicó Mel, al ver nuestra expresión de horror y de decepción.

Había otros dos captadores mirando para ver si Mel iba a conseguir su objetivo o ellos podrían tener la oportunidad de abordarnos si nos dejaba marchar. Al ver que nos miraban como buitres pensando en la comisión que iban ganarse, tuve ganas de tomar a Marie de la mano y llevármela otra vez al hotel.

—Está bien, vamos —dijo ella, y acabó en un instante con mis esperanzas de librarme de todo aquello. «Es la última noche que pasas aquí, no seas tan ceniza, Georgia».

—¡Genial! —exclamó Mel, con una sonrisa falsa—. ¡Seguidme!

Aquel día, en casa, los invitados de la boda deberían estar bailando Come on Eileen, tomando copas en la barra libre e intentando ignorar al arrogante padrino de Alex, Ryan, que seguramente se estaría paseando por toda la carpa con la corbata en la cabeza al estilo Rambo. Sin embargo, allí estaba yo, intentando no quedarme sorda con la música del tributo a Freddie Mercury a todo volumen, escuchando lo que le decían a Marie un grupo de muchachos con cara de niño que llevaban unas camisetas con la leyenda «Me emborraché como un piojo en Turquía» y notando las quemaduras del sol en los hombros. No estaba segura de qué era lo peor de todo.

—¡Georgia! ¡Te presento a Rickaaay! —gritó Marie, por encima de la música, haciendo su mejor imitación de Bianca Jackson mientras el chico al que estaba agarrando por los hombros la miraba con desconcierto. O era demasiado joven, o estaba demasiado borracho como para saber qué es lo que hacía ella—. Sus amigos y él son de Cardiff.

—Hola —dijo Ricky, y se inclinó hacia mí para darme un beso en la mejilla, pero se tropezó y lo que me dio fue un golpe en el pómulo con la cabeza. Cuando dejara de hacerme efecto todo el alcohol, iba a dolerme mucho.

—Ah, genial —dije yo, y me froté la cara, estropeándome el maquillaje que me había hecho Marie, siguiendo con toda la atención un tutorial de YouTube. Iba a volver a nuestra mesa para ponerme un poco de hielo, pero Marie me tomó del brazo.

—¡Eh, no te marches ahora! —me rogó, con los ojos brillantes, o de felicidad, o a causa del vodka, y tiró de mí hacia la pista de baile—. Es una maravilla verte sonreír otra vez —gritó, por encima del remix de Bohemian Rhapsody—. Además, creo que tienes posibilidades —me dijo al oído, señalando a Ricky con la cabeza.

Yo fruncí el ceño.

—No sé…

—¡Pues a mí me parece que se le cae la baba!

—No creo que esté preparada para eso.

—A mí me parece que tienes que quitártelo de encima cuanto antes. ¿Quitarte esa escayola? —sugirió, al mismo tiempo que un bailarín muy entusiasta pasaba junto a nosotras y nos daba un golpe con la cadera.

Me quedé mirando a Marie mientras me acordaba de la última vez que ella me había animado para que me quitara algo de encima cuanto antes. Me invadieron los recuerdos de aquella ocasión, con quince años, esperando en aquel frío búnker. Al ver mi cara de póquer, Marie me abrazó.

—Perdóname, se me había olvidado que no soy muy buena celestina —me dijo, cuidadosamente.

—No pasa nada, pero necesito seguir mi propio ritmo. Y no quisiera ser maleducada, pero creo que Ricky todavía es virgen.

—¡Serías una asaltacunas! —exclamó, y se echó a reír—. No, lo entiendo, pero me alegro de saber que todavía tienes ánimos. Además, he leído en algún sitio que, si no lo usas, se te sella —dijo, y siguió riéndose antes de hacerme girar sobre mí misma.

Mientras les enseñaba a Ricky y a sus amigos nuestros movimientos de baile preferidos, hubo algo de alboroto junto a la entrada del local. Marie, con la esperanza de ver a algún famoso de tercera de un reality show de la televisión turca, me llevó a través de la gente para ver mejor la escena. Sin embargo, en vez de un aspirante a estrella de la fama, vimos a una bella mujer vestida de blanco, con una sonrisa, tomada de la mano de un tipo que vestía un traje oscuro. Justo después, entraron varias mujeres con el mismo vestido verde y largo… Rápidamente, entendí que se trataba de una boda.

«No puede ser verdad…». Miré al cielo. Aquella noche, a aquellas horas, yo debería estar bailando un baile lento con Alex, pero estaba frente a otra boda, en compañía de invitados que, una vez acabada la ceremonia, estaban dispuestos a disfrutar de la diversión nocturna. Alex hubiera detestado aquello.

En realidad, Alex hubiera detestado todo aquel viaje, desde las tumbonas de plástico, pasando por los bares de karaoke, hasta la tendencia a fardar que tenían los hombres turcos. Seguramente, habría mirado con reprobación hasta la ropa que yo llevaba. Tomé de la mano a Marie y me la llevé al baño.

—¡Oh, Dios mío! ¿Estás bien? —me preguntó con una mirada de preocupación—. Seguro que has visto a los que acaban de llegar. Puedo ir a pedirles a los porteros que los echen, si quieres —dijo, y empezó a saltar sin moverse del sitio, al estilo de Rocky.

—No, no te preocupes. Me siento un poco mareada, pero también puede ser por esa pecera luminosa que nos hemos bebido —respondí yo, y me incliné sobre la piedra fría del lavabo—. Oh, Marie, al verlos, todo se ha vuelto más real que antes…

—¿A qué te refieres? ¿Necesitas sentarte?

Negué con la cabeza.

—¿No has visto cómo miraba el novio a su flamante esposa? ¡Dios! He notado la descarga de hormonas desde la otra punta. Hace años que Alex no me miraba así. ¡Años! Tal vez sí que haya tenido suerte y me haya escapado de una buena, como tú me dijiste. Y tal vez haya llegado el momento de cambiar algunas cosas en mi vida. He hecho la lista que me pediste.

Marie puso cara de confusión; debía de habérsele olvidado la charla que me había dado en la playa. Yo rebusqué en el bolso y tiré la mitad del contenido al suelo del baño, y le di el papel.

—Léelo. Esto es lo que quiero hacer con mi vida a partir de ahora. Estoy harta de suspirar por algo que, en realidad, es muy probable que ni siquiera haya tenido nunca. Estaba tan concentrada en los preparativos de la boda, intentando asegurarme de que todo estuviera a la altura de las expectativas de su madre y de la perfecta Francesca, que no había pensado en el verdadero matrimonio. Lo último que pensaba era en escribir mis votos, aunque conseguí que él escribiera los suyos. A mí no me salían las palabras —admití, por primera vez en la vida.

Marie intentó enfocar su mirada borrosa en la lista.

—Me da muchísimo miedo lo que puede depararme el futuro, pero tiene que ser algo mejor que compartir mi precioso hogar con un prometido que me engaña, yendo todos los días a hacer un trabajo que detesto para poder pagar las cuentas, y endeudarme aún más por la boda. En este momento de mi vida, debería estar explorando, viendo el mundo, aprendiendo cosas nuevas y encontrándome a mí misma.

Me sentía muy apasionada, y tal vez estuviera gritando. Dios, aquellos cócteles eran letales.

Durante unos segundos, Marie no dijo nada. Después, sonrió ampliamente.

—Eso es fantástico, cariño, y creo que deberías seguir por ese camino. Dios, te voy a echar de menos, pero ¿qué mejor momento que este para largarte por ahí? Me siento muy orgullosa de cómo te has enfrentado a todo. Incluso aunque has visto a esa pareja, lo has hecho muy bien.

—Gracias, pero no habría podido hacer nada sin ti.

—Sí, claro que sí. Eres increíble —dijo ella, arrastrando las palabras al hablar.

—No, tú eres increíble.

—No, tú.

Una chica con el pelo cardado interrumpió nuestro momento de amor al pasar entre nosotras para secarse las manos.

—Quiero lo mismo que hayan bebido ellas —le gritó a una de sus amigas, mientras nosotras nos deshacíamos en risitas.

Entonces, miré el reloj que había sobre los lavabos, y me di cuenta de que nos íbamos de aquel país dentro de pocas horas y ni siquiera habíamos hecho las maletas.

—Bueno, tenemos que irnos —dije.

—Sí, tienes razón. ¡Qué bien me lo he pasado! ¿Sabes? deberías volver aquí y conseguir un trabajo como el de Mel. Eso sería un buen viaje para ti —dijo Marie, mientras me tomaba de la mano y tiraba de mí hacia la salida. Desde que habíamos entrado al baño, los novios habían desaparecido en la pista de baile.

—Eh, sí, puede que sí —respondí, distraídamente.

Conseguimos salir a la calle y escapar de las garras de los captadores de los locales. Todavía oía la línea de bajo y sentía la vibración de la adrenalina en el cuerpo. Bajo la luz brillante de las estrellas que se reflejaba en el agua del puerto, me sentía viva, llena de emoción y de impaciencia por lo que me deparaba el futuro. Si había podido sobrevivir al encuentro cara a cara con otra novia en el día que debería haberme casado, entonces podía sobrevivir a cualquier cosa.

De vuelta en el hotel, Marie se quedó dormida a los cinco minutos de que yo la desnudara, la acostara y encendiera el aire acondicionado. Me desmaquillé, me puse el pijama y me metí entre las sábanas. Me daba vueltas la cabeza por culpa del alcohol, la emoción, y el hecho de que hubiera sobrevivido al encuentro con unos novios, precisamente, aquella noche.

Debería estar con Alex, en la suite nupcial de la casa de campo, después de beber champán en la enorme bañera de burbujas, haciendo el amor como marido y mujer y maravillándonos de lo bien que había salido todo aquel día. El día de mis sueños. Sin embargo, eso era lo que tenían los sueños: que casi nunca se convertían en realidad. Lo que habría ocurrido en realidad era que Alex y yo habríamos discutido porque su amigo Ryan había aludido a otras mujeres en su discurso de padrino. Mi tío Ron, a quien solo habíamos invitado para evitar problemas familiares pero a quien, en realidad, nadie quería en la boda, empezaría a cantar algo inapropiado en el momento de cortar la tarta, y eso provocaría que los padres de Alex discutieran con su hijo acerca de por qué se había casado con alguien de una familia tan ordinaria. Alex y yo habríamos estado demasiado cansados como para llenar la bañera y seguir bebiendo, y nos habríamos quedado dormidos, medio borrachos y con la ropa puesta, en la enorme cama de la habitación. ¿Por qué íbamos a empezar a hacer el amor en aquel momento, cuando llevábamos meses sin hacerlo? Nos habíamos instalado en la apatía, y yo había achacado la falta de interés de Alex al hecho de que estaba cansado porque últimamente siempre trabajaba hasta muy tarde. ¡Qué ingenua! Y pensar que, durante todo aquel tiempo, estaba acostándose con otra.

Miré con cariño a Marie. En realidad, estar tumbada junto a mi mejor amiga en un estado de ebriedad, en Turquía, no era la peor forma de pasar la noche. En aquel momento, estaba contenta pensando que no era el día de mi boda, sino el día en que había hecho planes para empezar una nueva vida.

Lo único que necesitaba era poner en marcha aquellos planes.

Capítulo 3

 

Hiraeth (n): Nostalgia de un hogar al que no se puede regresar, o que nunca lo fue.

 

Manchester nos recibió con una llovizna gris cuando bajamos del avión y, desde entonces, no había dejado de llover. Sin embargo, ni siquiera aquella lluvia insistente podía desanimarme. Durante todo el vuelo de regreso a casa, Marie y yo habíamos estado hablando excitadamente de cuándo, cómo y dónde iba a decirle au revoir a todo, y eso me impedía pensar en la tarea que tenía por delante.

Todavía debía sacar el resto de mis cosas de mi vieja casa y llevarlas a la habitación de invitados de casa de Marie, aunque hubiera preferido que lo hicieran unas hadas mientras yo estaba de viaje. Nunca había un elfo pícaro a mano cuando una lo necesitaba. Marie había intentado convencerme para que luchara por quedarme con la casa de la que era propietaria a medias.

—El que debería marcharse es Alex, que se vaya a vivir con esa pelandusca de la que tanto se ha enamorado —me había dicho.

Y, seguramente, tenía razón, pero yo no podía soportar la idea de irme a vivir a una casa que tenía tantos recuerdos para mí. Además, yo nunca había vivido sola, y no era lo suficientemente fuerte como para empezar en aquel momento. Por otro lado, no tenía energía para luchar ni enfrentarme a Alex; solo quería resolverlo todo para mudarme.

«Mañana. Mañana lo hago todo. Esta noche, voy a darme un buen baño, a cenar temprano y a comerme el Toblerone gigante que me he comprado en el duty free».

Pasamos por la aduana y salimos de la terminal y, muy pronto, estábamos en la acera frente al edificio de Marie mientras un malhumorado taxista dejaba las maletas sobre el pavimento mojado, evitando de milagro los charcos. Bienvenidas a casa.

Mientras Marie hablaba por teléfono con Cole, yo puse a hervir agua en el fuego para preparar té.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Marie, y entró gritando en la habitación. Parecía que su resaca había desaparecido por completo—. ¡Acaba de llamarme mi agente para decirme que me han vuelto a llamar de un casting que hice!

—¡Qué buena noticia! ¿Dónde, qué, cuándo?

—Me marcho mañana. Tengo que estar fuera unos días, porque el director está grabando exteriores, pero preguntó por mí personalmente para que volviera a una segunda prueba. Es la que intenté hace siglos… ya sabes esa obra de época tan estirada a la que quieren darle un matiz de tensión.

—Ah, sí.

Me acordé de que Marie había pasado nerviosa una temporada, más o menos durante el mismo momento en que yo tenía que decidir si el pinchadiscos empezaba directamente después de cortar la tarta o dejar los discursos hasta más tarde. Había sido estresante para las dos.

—Quieren hacer una versión urbana de Jane Eyre y rodarla en Brixton, no en el Lake District, o donde fuera la primera vez. Yo tengo un papel muy pequeño, pero mi representante cree que, si le gusto al director, conseguiría papeles más importantes —dijo con emoción.

—¡Es una noticia buenísima! Bien hecho.

—Lo malo es que no voy a poder ver a Cole hasta dentro de unos días más, cosa que me mata, pero Mike ha dicho que siga con él y con su madre hasta que yo vuelva, así que tendré que conformarme con las charlas por FaceTime hasta ese momento —explicó Marie, con tristeza.

Teniendo en cuenta que el padre de Cole, Mike, solo había sido una aventura de una noche, realmente había estado a la altura de su paternidad y, entre Marie y él, tenían perfectamente organizado el cuidado del niño. Yo había visto muy a menudo cómo miraba Mike a Marie, con cara de anhelo, cada vez que llevaba a Cole con su madre después de que el niño pasara el fin de semana con él, y me preguntaba si alguna vez lo intentarían y formarían una familia. Vistos desde fuera, parecían perfectos el uno para el otro, y los dos adoraban a Cole, pero, cada vez que yo le preguntaba a Marie algo al respecto, ella cambiaba de tema y decía que solo necesitaba a un hombre en su vida.

—Bueno, la fama tiene un precio —le dije, sonriendo—, pero no va a ser demasiado tiempo, e imagínate la cara de Cole cuando vea a su madre en la tele.

Marie se encogió de hombros, pero yo sabía que ser actriz había sido su sueño desde la infancia, y más en el presente, cuando tenía que mantener a Cole. Se había dedicado a la peluquería para pagar las facturas, pero su vida era el teatro y los argumentos, no el tinte y las permanentes.

Ella se mordió el labio.

—Bueno, entonces, tenemos que sacar tus cosas de casa de ese imbécil esta noche, porque otro día no voy a poder ayudarte.

Tenía razón. Demonios.

No podía pedirles ayuda a mis padres, sobre todo, teniendo en cuenta la espalda de mi padre. Repasé la guía de contactos del teléfono mientras pensaba en los posibles candidatos, pero no podía acudir a los amigos de Alex, ni a parientes lejanos, ni a viejos compañeros de clase con los que llevaba años sin hablar, salvo para felicitarnos el cumpleaños por Facebook; me di cuenta de que no tenía a nadie.

A nadie.

Nunca había sido una niña muy célebre, pero me imaginaba que, en mis glamurosos últimos años de la veintena tendría, por lo menos, un pequeño círculo de amigos mejor aún que el de Friends. Otra cosa más que añadir a mi lista de tareas: hacer más amigos.

—Lo siento, cariño. Lo que deberías hacer es la maleta para tu nuevo papel, no moviendo cajas.

—No, no pasa nada. Solo necesito meter unas cuantas bragas limpias en la maleta y estoy lista —dijo ella, con una sonrisa—. Es más importante que consigas alejarte por completo de ese idiota. ¿Nos vamos ya?

Yo asentí con un gran esfuerzo. No quería ir. No quería recordar nada, ver nuestra casita en la que el grifo de la cocina goteaba si no encajabas una cucharilla por debajo, en la que la tarima crujía en ciertos lugares y la calefacción central hacía un ruido reconfortante al ponerse en marcha. Todavía no estaba lista para despedirme de aquella casa. Sin embargo, ya no era la mía; no podía serlo. Por mucho que lamentara lo que había pasado, en el fondo sabía que no iba a ser una mujer que acudía llorosa a pedirle a su exnovio que volviera con ella. Mis padres me habían criado demasiado bien como para eso. Lo que necesitaba era recoger mis cosas y seguir mi nuevo plan de vida. Paso a paso.

Cuando llegamos, ya había anochecido. Yo abrí la puerta con manos temblorosas. No había nadie, y fuimos de habitación en habitación en silencio. Yo percibí nuestro olor en el ambiente, y empecé a hundirme.

—¿Dónde crees que ha puesto tus cosas? —me preguntó Marie, sacándome de mi patético ensimismamiento.

—Seguramente, en la habitación de los trastos y debajo de la escalera —dije. Eran los dos lugares en los que solíamos echar las cosas que ya no queríamos.

«Tranquila, Georgia, solo son ladrillos y piedras. La casa representa todas las mentiras de Alex. El futuro que ya no puedes tener y que ya no quieres. Nada más que eso».

Abrí la puerta de la habitación de los trastos y me sorprendí, porque todo estaba muy ordenado y cada una de las cajas tenía una etiqueta con el contenido: Ropa de invierno, Libros, CD, Otros. Marie se quedó igual de asombrada que yo. Alex era desordenado, desorganizado y alérgico al hecho de limpiar. Yo pensaba que iba a encontrarme las cosas metidas de mala manera en bolsas de basura, pero ¿aquello? Aquello era nuevo.

—Voy a meter esto al coche. Tú sigue buscando —dijo Marie.

Al entrar en el dormitorio, percibí un olor a lejía y a limón. La cama estaba hecha, y todo estaba limpio y, sin mis cosas —los collares colgados del marco del espejo, los zapatos alineados junto a la pared y los libros apilados en el suelo— la habitación parecía más grande y más despejada. Mi pijama rosa no estaba sobre la almohada, no había toallitas desmaquilladoras usadas en la papelera y no había revistas por el suelo.

—Creo que ha puesto las cosas que compartíais aquí, cariño —me dijo Marie.

Estaba delante del gran armario que había bajo las escaleras, y tenía en la mano una nota que había escrito Alex:

 

Estas son la mayoría de las cosas que pensé que querrías. Las cosas más grandes, como la nevera y la cama, decide tú quién se las queda. Alex.

 

Miré los regalos de Navidad, los juegos de mesa y los muebles de la terraza que estaban apilados junto a la tabla de planchar y la aspiradora. Era deprimente ver lo que quedaba de cinco años de relación: un marco de fotos roto, un utensilio para hacer puré de patatas y una licuadora casi sin usar. Se me llenaron los ojos de lágrimas. No quería decidir quién se quedaba con las cosas. Solo quería salir de allí.

—No sé si va a cabernos todo esto en el coche —dijo Marie, suavemente.

—No quiero nada de esto. Ya me compraré cosas nuevas. Cosas que sean solo mías, con mi dinero —dije, enjugándome los ojos.

—De acuerdo. Si estás segura…

Marie me acarició el brazo con un gesto protector. Yo asentí y puse la llave de la casa sobre la encimera de la cocina, que estaba impecable. No dejé ninguna nota. No tenía nada más que decir.

Empecé a llorar en cuanto salimos por la puerta. Sentía tristeza porque ya no iba a volver a ver la televisión sentada en el sofá, ni a utilizar el horno. Pequeñas cosas, cosas tontas. Cerrar aquella puerta me pareció algo más simbólico de lo que hubiera debido ser. Me sentí exhausta, aunque sabía que era lo mejor que podía hacer: empezar desde cero y dejar que él se quedara viviendo allí, con nuestros recuerdos. Sin embargo, dejar aquella casa fue un paso muy doloroso hacia mi nueva vida. Una nueva vida que ni siquiera sabía cómo empezar.

Capítulo 4

 

Epifanía (n.): Un momento de revelación súbita.

 

El centro de la ciudad estaba lleno de oficinistas y gente de compras. Ya habían estado a punto de chocarse con nosotros tres personas, porque iban con los ojos pegados a la pantalla del móvil, incluyendo un hombre enorme que había estado a punto de tirarme al suelo.

—¿Dónde hemos quedado con tus padres? —me preguntó Marie.

—Eh… en Kendal’s —respondí yo, distraídamente, mientras me frotaba el hombro.

—Ah, claro. ¿Te acuerdas de cuando tu madre nos llevaba allí de pequeñas? ¡Nos parecía tan glamuroso! Estábamos deseando ver a algún actor famoso de Coronation Street antes de lanzarnos en busca de muestras de perfumes. ¡Mira, ahí están! —gritó Marie, saludando con emoción hacia el otro lado de la calle.

Mi padre le devolvió el saludo con una sonrisa, aunque tenía aspecto de cansado. Mi madre se agarraba el bolso contra el pecho y miraba cautelosamente al vendedor del Big Issue que estaba junto a la fachada de una tienda cercana.

—Buenos días. Perdonad que lleguemos tarde.