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Los hechos del Terrorismo de Estado en la Argentina durante la última dictadura militar, por lo reciente, aún han transitado un corto camino a través de la historia de la literatura, del mundo audiovisual y, en fin, de nuestros lenguajes artísticos en general. Cuesta todavía sacar la manifestación del arte de aquel largo y doloroso silencio. Devuélvanme la muerte, de Ambrocina Cismondi (Adriana Correa) es la recreación narrativa de uno de los tantos casos emblemáticos de aquella época oscura. En esta novela corta, el supuesto accidente automovilístico que causó la muerte de Enrique Angelelli (1923-1976), Obispo de La Rioja, es enfocado y desnudado por distintas voces tanto de la historia real como de la ficción, para acentuar la salvaje injusticia del autoritarismo. "Existen unos que no tienen voz, que son marginados y explotados, y existen otros que tienen privilegios y explotan a los demás…" ha dicho Angelelli. Y es este el sentido que podemos recorrer en los relatos que estructuran la novela, donde los "sin voz" hablan de una muerte hurtada por lo siniestro, y los "que tienen privilegios", temerosos de las consecuencias de esa figura humana que linda con la santidad en aras de los derechos de los más vulnerados por el poder, ejecutan al extremo los engranajes de su máquina de matar. Dotada de una pluma que narra desde la poesía paisajes agrestes pero llenos de vida, dolor humano e historia sobre la que no debiéramos perder la memoria, la autora ha encontrado en Devuélvanme la muerte esa vertiente de arte que patentiza lo que muchos quisieran obviar.
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Seitenzahl: 203
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Correa, Adriana
Devuélvanme la muerte / Adriana Correa. - 1a ed. - Godoy Cruz : Jagüel Editores de Mendoza, 2022.
Libro digital, EBL - (Arriba pasa el viento, narradores mendocinos contemporáneos / Bettina Ballarini ; Novela ; 2)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4931-36-8
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Políticas. I. Título.
CDD A863
© 2022 Jagüel Editores de Mendoza
© 2022 Ballarini, Stella Marys
© 2022 Ambrocina Cismondi
Correspondencia: Sarmiento 1740 – (5501) Godoy Cruz, Mendoza, Argentina
Teléfono: +54–261–5093367.
e–mail: [email protected]
Diseño de Colección y Arte de Cubierta: Clara Luz Muñiz
Fotografía de Jr. Korpa “Árbol rosa inverso” en unsplash
Fotografía de Jr. Korpa “El último sol” en unsplash
Diseño gráfico: Ana Povedano
ISBN 978-987-4931-36-8
Conversión a formato digital: Libresque
Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la tapa, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Las opiniones expresadas en los artículos firmados son exclusiva responsabilidad de sus autores.
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Novela basada en la vida de Monseñor Enrique Ángel Angelelli, perseguido y muerto por la última dictadura militar de 1976 en la Argentina.
…..
Oliviero es Angelelli.
Eladio y la Chachi son nacidos de la ficción.
Los changos son reales y viven aún.
Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville y Wenceslao Pedernera fueron parte del equipo Diocesano formado por el Obispo. Hoy componen el grupo de los cuatro mártires de La Rioja, torturados y asesinados por las fuerzas del Terrorismo de Estado.
La novela está estructurada en relatos breves. Tienen distintos narradores, tiempos y personajes; pero, al terminar, se refleja claramente lo esencial de la vida y el martirio de Monseñor Angelelli y los suyos.
Tampoco el orden de los relatos corresponde cronológicamente. Pienso que jugar nos hace niños y los niños son sabios.
Solo lo esencial es verdad cotejable con los hechos históricos. Todo lo demás es libremente creado.
La dedico a todos quienes la lean. Me gustaría llegar especialmente a los jóvenes que no vivieron esa época. Ellos son nuestra memoria.
A.C.
(Mendoza, febrero, 2022)
Wenceslao camina, por primera vez, con la figura incompleta. A su sombra, si la hay, le falta algo. O más de una cosa. Mira hacia atrás, a los costados y hasta se palpa todo el cuerpo. Y sí, está incompleto.
Por primera vez Wenceslao Pedernera camina sin dos elementos que forman su estampa. Sus hombros están vacíos. No tienen pala ni azadón. Busca el algarrobo donde apoyarlos. Tampoco existe. Tal vez la razón de su existencia haya sido la de sostener las herramientas de trabajo. Intenta, en medio de la nada, buscar un punto de referencia, pero está turbado. No es inquietud lo que lo trastorna. Todo lo contrario. Una paz que no le resulta propia lo envuelve y lo transforma en una figura extraña.
Aquello que una vez escuchó sobre ser libre se le ha hecho, por fin, respiración. Y la está bebiendo. Dónde, no lo sabe. Busca. Pero ni siquiera le importa. Solo quiere que no termine.
Wenceslao Pedernera, nacido en un palmo blanco de San Luis, ahora camina sin ver su árbol cotidiano. No hay viento. Y no lo necesita. No hace calor ni frío. Y no lo comprende. Ni siquiera lo intenta.
El niño que vivió en las anchuras de los campos y quiso atrapar las nubes con un anzuelo, ahora está a punto de lograrlo.
Aquella vez había sido con un trozo de lata cortada a cuchillo y doblada con maña hasta fabricar un gancho. En un extremo una cuerda y después el impulso del brazo y del viento. Luego restaba esperar. Esperó creyendo que se habría enganchado en un pájaro distraído. Pero regresó. Regresó sin el remolque. No le trajo la nube. Llegó con la fuerza del Chorrillero y se le clavó sobre el labio. Le vino a dejar una mueca de sonrisa permanente. Tal vez por eso no encontró otra forma de transitar la vida. Con más mueca, mientras más fea se ponía.
Aunque ahora no ríe por aquel recuerdo. Lo hace porque, a su manera, está a punto de descubrir el misterio.
Las formas que siempre encontraba en aquellos gigantes blancos tan inalcanzables, ahora las siente cercanas. Ahí están la iguana descuartizada, el barbudo sin dientes y el nido del hornero. Están en el charco de los chanchos. Todo es tan calmo que debe mirar a ambos lados para saber si en verdad es cierto. Viene uno, sediento, a beberse de un solo trago todo el paisaje. ¡Nooo! Grita para salvarlo. Y el animal huye con una agilidad grotesca. Entonces se zampa para recuperar su cielo. Y como en los intentos más anhelados, en el preciso instante en que lo encierra entre sus brazos, se le escapa. Es que no le gusta al cielo ser barro. Es que no le gusta caerse a un charco. Prefiere volar antes que terminar en la panza de un chancho.
Ahora están girando al alcance de su mano y no quiere por nada hacerles perder la paz. Nadie se molesta. Nadie perturba la esencia de ese momento. Y ellas, gordas y orondas, nadando en un mar inmenso de aire.
Logra su sueño de alcanzarlas y ya no quiere tenerlas en su caja de cartón roído. Ellas están donde deben estar. Y aunque le pese el vacío, él también está ahí.
La única voz que siente clara, cercana, aunque venga desde muy abajo:
―Dejá de perseguir las nubes, que hay mucho que hacer.
Es su madre con el fuentón lleno se soplos de jabón y la tabla de luchar contra las manchas. Tiende las sábanas en un intento de quitarle su cielo. Pero el viento pronto se lo devuelve. Y sigue insistiendo como quien lo hace tras un sueño. Corre por esos campos sin frenos. Pajonal y viento.
El recorrido se hace ronda y dos brazos son ahora cuatro y luego más y más. Se abraza con sus amigos felices de saber que no se abandonaron. Se alegran sin dudar de su felicidad. Pero lo extraño es que a nadie le importa qué debe ser y dónde hay que estar. Por primera vez están riendo sin miedos. Así debió ser siempre. Entonces se escucha la música. El canto es suave. Poco a poco, mientras el círculo se agranda, las voces van tomando más fuerzas.
Será una canción que rezuma todas las vidas. Y ahora esas vidas son palabras. Livianas y frescas. Y los cantos se suman. La rueda de cuatro se agranda y todos comienzan a girar hasta hacerse nubes. Y ser solo canto.
Son un eslabón de la ronda. Cada quien tiene entre sus dedos un gancho para atrapar nubes. Un sueño. Se unieron y quisieron ser parte de esa rueda infinita. Los cuatro amigos se hicieron espiral. Y de todas partes vinieron a completar el círculo para seguir girando.
A algunos no les gustó ese canto. No quisieron que la farolera pasara de la puerta al sol. Y rompieron eslabones. Pareció detenerse y difuminarse entre las nubes. Pero el viento, como en las sábanas, los hizo de nuevo visibles. Y ahí están girando otra vez. Girando en una canción joven. Las palabras son tan recién nacidas que nadie puede develarlas. Pero en todos actúa como aquel anzuelo que fabricó el chico de San Luis. A todos les dibuja una sonrisa permanente.
Parece extraño. Un remolino de gente grande y feliz. Tan extraño que atrae. La música los hace invencibles. Ya nada temen. Todo ha pasado. Y allá, lejos, la espiral vuelve a comenzar.
Otro niño empieza a mirar el cielo. Le gustan los charcos blancos que ha formado el viento. Son esponjas, son globos de azúcar. Tan ricas que quiere atraparlas. Busca con qué y encuentra una lata, vieja, oxidada, entre los yuyos secos. Hay también un pedazo largo de cuerda liviana…
La sala está repleta. La ansiedad del público se huele hasta en la forma de rascarse la nariz. Hay altavoces para quienes no han podido acceder al recinto.
―¿Qué pasa?― pregunta alguien recién caído de una nube cercana.
―¡A los pororó! ¡Algodón de azúcar! ¡Globos que no se pinchan!
Adentro, la situación no se ve tan relajada. Hasta las respiraciones parecen filosas. Las voces son apenas murmullos resecos y los ventiladores no hacen más que guillotinar suspiros.
El Jurado, previo a su aparición, aparenta confianza pero se alcanza a ver uno que se ha comido tanto las uñas que pareciera descalzarse para comenzar con las que tiene dentro de los zapatos.
Las cabezas giran todas hacia un mismo espacio, o al vacío por donde debe hacer su ingreso la acusada. Todas al mismo tiempo como si una voz les hubiera gritado la posición. Pero no hay voz ni mando en el momento en que cuatro hombres aparecen.
La traen en andas.
Se la ve vapuleada.
Después de expresiones sordas y golpe de martillo comienza el desarrollo del Juicio.
Se da lectura, en primer lugar, a los cargos que se le imputan.
El listado es extenso. Ella escucha inerme. El silencio del público hace pensar que obedecen.
Ha llegado el turno del Fiscal y es quien ahora se coloca frente a la procesada y comienza su interrogatorio:
―En el momento en que sucedieron los hechos, usted se encontraba en el lugar preciso ¿podría explicarnos claramente por qué?
―Cosas del destino, señor Fiscal.
―Usted, por lo que se desprende de los acontecimientos, accedió, sin oponerse, a ejercer la acción delictiva.
―No tuve otra opción, créame.
―Pero usted fue clave para que se cometiera el crimen.
―Contra mi voluntad, señor.
―Entonces ¿niega su participación?
―No, en absoluto.
En ese momento, los murmullos de la sala, que habían cesado al ingresar la rea, se levantaron como moscardones pesados de lamer miel. Luego del silencio que pidió el Juez, continuaron las preguntas:
―¿Niega su responsabilidad?
―Totalmente.
―¿Puede describirnos cómo fue el desarrollo de los hechos?
―Los hechos se desarrollaron contra mi voluntad. Me forzaron a cometerlos.
―¿Puede detallar los acontecimientos con mayor claridad, por favor?
―Fui sorprendida en mi refugio y sin previa consulta, llevada a un escenario que, como soy femenina, no quisiera describir en detalle.
―Explíquese, por favor.
―Lo único que diré, y que a ustedes y a mi defensa puede servir, es que había un hombre tirado.
―Continúe, por favor.
―Me forzaron a darle.
―¿Por qué habla en plural?
―No era uno.
―Especifique.
―Eran por lo menos, cuatro. Vi sus botas.
―¿Está segura de que llevaban botas?
―Totalmente.
Ahora el murmullo de la sala deja escuchar los gritos de afuera. ¡Justicia! ¡Justicia!
―¡Silencio!―pide el Juez.
―Continúe, acusada―pide el Fiscal.
―No vi sus caras. Pero me forzaron a hacerlo.
―Especifique.
―A golpearlo. Una y otra vez. Yo no quería ejercer mi fuerza porque tuve una intuición. Soy femenina, ya lo dije. No era una mala persona. Si así hubiera sido, yo lo sabría. Era un hombre manso, blando.
―¿Dónde lo golpeó?
―Una y otra vez. En el mismo lugar. Hasta que me llené de sangre. Era una sangre tibia y buena. Se me arrugó más mi rostro. No tanto por los años, fue por la vergüenza.
El silencio de la sala y el de afuera olía a muerte.
―Especifique el lugar concreto en que se ejecutaron esos golpes.
―Fueron en la nuca. Una nuca limpia, sin mancha, sin un pelo, hasta que irrumpieron los golpes. Uno, dos, tres, y se puso color escarlata. Cuatro, cinco, seis y parecía hervir. Ni un grito, ni un gesto de dolor. Simulaba una golondrina entregada a Dios. Un hombre todo vestido de negro.
Le faltaba un zapato. La suela del otro se veía gastada.
Tuve mucha pena de ser yo el instrumento de esa muerte.
Pero no era yo. Era una mano asesina que me obligaba. Yo me negué. Me camuflé porque supe desde el primer momento que no eran buenos. Lo supe por el chirrido de la frenada. El escándalo del impacto. Los gritos de mando. Alcancé a ver desde el suelo, las puntas de las armas. Supe que sería una tarde de muerte. Y no pensé jamás ser la protagonista. Cuando vi que se acercaban, me hubiese escondido, de haberme sido posible; pero, como sabe, mi naturaleza me lo impide. Rogué entonces que buscaran otra cosa por esos campos desiertos. No sé… Que de repente, tuvieran una urgencia orgánica. Podría suceder por el mismo estado de nerviosismo que yo intuía.
―No divague, por favor.
―Estoy tratando… Entonces supe que estaba equivocada. Escuché clarito: «Hay que buscar una piedra». En ese momento fui egoísta. Y rogué que eligieran a alguna de mis vecinas. Abundamos por esos parajes. Pero vi que un par de botas se dirigían a mí. Alcancé a respirar cuando eligió a una de mis compañeras. La palpó y, desgraciadamente, la desechó. En ese mismo momento otro se acercaba, con más decisión que el primero. Aquí hay una más filosa, dijo. Fue cuando sentí en mi lomo unas manos toscas, ásperas, hediondas a cigarrillo y alcohol. Esas mismas manos me llevaron hasta el pobre hombre tendido en el camino. Tenían una fuerza colosal. Manos asesinas.
No se equivoquen más. Siempre hay alguien arriba del que derrama la sangre.
Las manos gordas hamacaban la tranquera. De tanto soportar el peso, el último travesaño de ese improvisado columpio, estaba cediendo francamente curvado. La serranía iba y venía con su espesura verde, según los caprichos del niño.
Era su juego favorito después de regar la huerta y quitar las malezas que se empecinaban en robarle la dulzura a las remolachas.
Ese día parecía igual a todos, pero la tormenta de la noche anterior había sido impiadosa en el escándalo de rayos y truenos. Aunque nadie presintió nada.
La gente sencilla de campo mira la luna y dice «se hizo con lluvia». Y así sería. La lluvia acercaba las sierras y limpiaba el cielo. Pero también llamaba a las hormigas y al hambre.
Esa mañana, todo era una fiesta. Los picos de las gallinas encontraban gusanos fácilmente y el pan humeaba redondo y crujiente.
La leche, la manteca, el dulce, nada, había llenado la panza del niño, por eso salió a la tranquera con un bollo recién horneado.
Iba y venía con la música que fabricaban, por pura costumbre, los goznes herrumbrados mientras se distraía en la franja blanca y curva que atravesaba el verde del suelo. Era tan perfecta, que el chico se lamentaba. Sabía que cada una de esas tercas anunciaba a las otras. Miles cargando su peso diario. Miles de hambrientas invasoras que no saben de respetos ni límites. Solo tienen una misión. Allá van, uniformadas y derechitas marchando a su objetivo. No saben lo que costó. Y el niño con su pan entre los dedos llenos, de puro goloso nomás, mirando sin poder hacer nada porque son un ejército. «¡El hormiguero, hay que buscar!» le había dicho su padre. ¡El hormiguero! insistía. Pero esos caminos eran interminables y él no encontraba nunca la cueva de Alí Babá. Ahí marchan las culonas negras que muchas veces agarraba a las patadas creyendo que las destruiría como ellas a sus lechugas. Pero no. Al ratito aparecían con más empeño, y si hubieran tenido las manos desocupadas, le hubieran hecho pito catalán. Aunque ni siquiera lo veían. Y hoy no quería luchar contra ellas ni contra nadie.
Solamente hamacarse, mirar la sierra y su propio ir y venir.
A veces jugaba a estirar los brazos, alcanzarla y robarse una ramita de piquillín lleno del fruto rojo que conocía muy bien. Aunque era un juego, le gustaba imaginar que la alcanzaba. Parecía cerca, sin embargo había que galopar bastante para llegar al pie y empezar a trepar. Era un engaño su colchón verde y esponjoso. Los brócolis eran árboles enormes y el suelo tenía tantas bocas y dientes que sería mejor no dejarles probar de esa sangre dulce que él fabricaba después de tanta mermelada de membrillos.
Así pensando, lleno de rabia por las hormigas, otra cosa irrumpió en el vaivén de su marco. Fea y desagradable. Tan fea como esas bichas negras que se robaban, de a pellizcos, su huerta. ¿Por qué en una mañana tan clara? Podría haber sido cualquier otro día, pero hoy, no. Hoy no tenía ganas de nada. ¿Acaso es pecado para el Padre Rocha hamacarse en la tranquera con un pan en la mano?
Él conocía los pecados que el cura recitaba en el Catecismo que, por si algún niño se olvidaba, los repetía los domingos cuando sus madres se acomodaban la mantilla sentadas junto al púlpito. Su dedo era tan acusador que ningún presente hubiera probado la desobediencia. Menos un hijo de hortelano. Eso significaba el infierno con todas sus llamas de hormigas coloradas.
Por eso miró con los ojos bien grandes las dos zapatillas que ahora estaban en el camino oscilante de su hamaca.
Eran dos zapatillas que preservaban ese nombre porque él no conocía otro, pero en verdad eran dos suelas con una cubierta de agujeros que no llegaban a cumplir su misión y unos cordones que no estaban. Por eso se veían unos pies flacos y sucios, como uñas largas en donde venían justo a terminar. Recorrió con la vista aquellas piernas que se habían plantado como una rama de chañar silvestre y tuvo miedo de seguir. El panorama no parecía amable.
Pero unas manos igual de sucias y una voz más gruesa que la suya, irrumpieron juntas en su espacio:
―Dame el pan―ya lo tenía resguardado desde el principio. Cualquiera que se siente amenazado, protege su tesoro.
―Dame el pan, gordinflón―repitió el muchacho. Y no era amigable.
Él olvidó todos los sermones y hasta el gesto con tres chirlos del padre Rocha cada vez que les hablaba de los niños buenos y del niñito Jesús que era el más bueno de todos y que, hasta ahora, no tenía el contento de verlo. Y mucho menos vio cuando hizo un montón de panes de uno solo y millones de pescados. Él no vio nada de eso. Ni siquiera estaba pintado en las paredes de la iglesia. ¿Habría sido cierto? Seguramente. Pero aquel niño era el hijo de Dios, y en cambio él, era el hijo de Juan y Celina. Un hortelano y una cocinera. La mejor.
―¡Me vas a dar tu pan! ¡Ya!― y fue menos simpático todavía.
Él miró, como único punto de auxilio, su serranía, pero la muy grandulona ni se mosqueó. Y la tenía ahí nomás.
Por eso guardó el pan detrás de la cintura.
Pensó en aquel Otro que podía hacer milagros. Que los hiciera ahora y lo dejara comer su bocado tranquilo. Eso no era pecado.
A lo mejor el dueño de las medio zapatillas, sí creía en todo eso, porque no le costó ni un poquito.
Era flaco pero forzudo. Con un solo tirón lo estampó contra el suelo. Lo dio vuelta hasta llenarle la cara de hormigas negras y le quitó el pan todavía tibio.
Aquí terminó la historia.
Pero en realidad empezaba una nueva y mucho más jugosa que las remolachas rechonchas de la huerta.
El viento había logrado inclinar los coirones hasta imprimirles el gesto de violinistas eternos. Siempre jugando con las olas del aire aunque todo permaneciera en absoluta calma.
Allá lejos, y como ostentación de coraje, sobresalía apenas algo parecido a un lomo de quirquincho. Pero era el techo de un rancho. Una sola abertura. ¿Para qué más? Bajo la enramada transcurrían los gorgojos interminables del mate, la preparación del charqui y los golpes en el mortero. Para qué más. Los días eran idénticos y no había quién se arriesgara hasta esas distancias.
¿Alguien los trajo hasta ahí? Hubiera sido la pregunta de un niño. No lo sabremos pero los horcones del techo eran tan viejos que parecían haber crecido con el inicio del mundo. Y aunque no se pueda creer, hasta ahí llegaban el mismo sol y la misma luna a la hora indicada.
También llegaba la terquedad. Era la de una viejita que parecía superar todos los vientos que había sentido correr. Y seguía de pie.
Se había sentado largo rato una vez. Y esa vez, no estaba sola.
Desde aquel día dejó la silla en un lugar de privilegio junto al fogón. Y comenzó la leyenda.
Ella no la arrinconó. Simplemente dijo: «aquí no se sienta nadie».
Esa prohibición tenía la fuerza de quien habla poco.
Pero nadie que estuviera bajo ese techo de paja se sentaría en la ella sin sentir que lo hacía sobre el mismo fuego del infierno.
Ahí permanecía y no había quién se le animara. La vieja conocía muy bien los hechos y los había contado tantas veces que, la misma saliva que los adobaba, se encargó de archivarlos.
Los que habían vivido de verdad ese suceso eran solamente dos. Pero ahora quedaba ella. Ella y su memoria. Ya se le habían caído dientes y cabellos, en cambio la historia la tenía bien prendida entre los sorbos de mate y, cada mañana, la renovaba en un ritual que pasó a ser su forma de levantarse.
Claro, fue a pleno sol cuando sucedió el milagro. Aunque el tiempo lo alargó a un día o dos, y hasta parecía trascender su vida.
Allí, en un rincón, la silla esperaba el momento. Primero la cubrió con un manto. No quería que se ensuciara ni que la ojearan. Pero después, prefería mirarla para ayudar a la imagen que se le perdía entre la tierra y los balidos de las chivas.
Los primeros tiempos llamaba la atención verla junto a ese sitial con ademanes ofreciendo su calabacita tibia y murmurando risas. Pero después fue una figura más que adornaba las esquinas del rancho.
¿Loca? Eso pensaría alguien que no supiera de recuerdos. Pero cuando hay tan poco para distraerse, la mente permanece limpia.
No tuvo nunca reservas ni le importaba si alguien la veía. Con el tiempo, nadie reparó en sus actitudes. No porque les faltara sorpresas. Simplemente, ya no estaban.
Para qué más. Aquella presencia que seguía sobre el asiento era tan grande que, a veces, hasta la viejita pedía un poco de silencio.
Preparaba el mate con tanto esmero que la espuma de la yerba parecía ensancharse y rebalsar la calabacita entre las manos flacas.
Se acercaba con su pava junto al fogón y comenzaba la fiesta.
Sorbidos y tortitas fritas, tantas como para un ejército. Pero ella y su memoria eran un montón.
―Otro matecito, y cuente cómo llegó hasta aquí.
A pesar de que los visitantes eran dos, a ella le iluminó los ojos el que la abrazó con fuerzas. Tantas, que cuando se desenredó, recién se dio cuenta de que debía respirar.
Uno era robusto y colorado. El otro, parecía un tallito sin agua ni sol. El primero, pura risa. El otro, no.
―Pero ¡no lo puedo creer! ¿Cómo es este milagro? ¿Hasta aquí llegó? ¡Aquí no llega nadie!
Otro matecito, otra tortita.
Los dos eran de buen apetito y se notaba que venían de lejos sobre lomos anchos, porque se tuvieron que sobar largo rato las piernas para poder caminar.
Ella respondía todas las preguntas que desde aquel día en adelante le hacía la misma silla. Repetía las mismas palabras y en idéntico orden, sin olvidarse de una sola frase. La chica del almanaque se las sabía de memoria y seguía sonriendo.
El hombre que las había pronunciado no sabría jamás de su permanencia en ese sitio.
