Día y noche - Linda O. Johnston - E-Book
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Día y noche E-Book

Linda O. Johnston

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Beschreibung

La reportera Cara Hamilton acababa de conseguir la historia de su vida. Pero lo que la ponía más nerviosa era el insoportable... e increíblemente atractivo ayudante del sheriff. Mitch Steele no dejaba de seguirla y de insistir en que debían compartir la información de la que disponían. Decía que lo único que quería era protegerla, pero Cara no estaba tan segura de que fuera sólo eso... La responsabilidad de Mitch era mantener a salvo a la rebelde periodista, pues un asesino andaba suelto... aunque para ello tuviera que pasar día y noche a su lado.

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Seitenzahl: 316

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2004 Harlequin Books S.A.

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Dia y noche, n.º 227 - septiembre 2018

Título original: Lawful Engagement

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-918-2

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Acerca de la autora

Personajes

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Si te ha gustado este libro…

Acerca de la autora

 

 

 

 

 

Abogada en ejercicio, Linda divide su apretada agenda entre mañanas dedicadas a redactar informes, contratos y otros documentos legales, y tardes consagradas a crear memorables historias de misterio y suspense romántico. Pertrechada con una diplomatura en periodismo orientado hacia la publicidad por la Universidad del Estado de Pennsylvania, inició su versátil carrera como escritora dirigiendo un pequeño periódico, trabajó luego en publicidad y relaciones públicas y se licenció posteriormente en Derecho por la Escuela Universitaria de Leyes de Duquesne, Pittsburg.

Linda Reside cerca de los estudios Universal, en Hollywood, con su marido, sus dos hijos y dos cockers spaniel.

Personajes

 

 

 

 

 

Cara Hamilton: Convencida de que los crímenes que sacuden Mustang Valley están relacionados, la intrépida reportera es la cronista perfecta para sacar a la luz sus conexiones ocultas.

 

Oficial Mitchell Steele: El ayudante del sheriff está empeñado en resolver el más reciente asesinato de Mustang Valley… y en demostrar que la muerte de su padre, dos años atrás, no fue un suicidio.

 

Nancy Wilks: La amiga de Cara y jefa de administración de Lambert & Church muere asesinada por culpa de algo que quería enseñarle a la periodista. Pero ¿qué es… y dónde está?

 

Donald Church: ¿Sabe este abogado algo que no ha revelado aún?

 

Sheriff Ben Wilson: Wilson se convirtió en sheriff cuando el padre de Mitch cometió presuntamente suicidio. ¿Hay alguna razón para que odie tanto a Mitch?

 

Oficial Hurley Zeller: Un canalla uniformado que quiere convertirse en sheriff.

 

Roger Rosales:Como representante local de la Ranger Corporation, ¿puede explicar Rosales por qué el nombre de su compañía sale a relucir cada vez que se comete un asesinato en Mustang Valley?

Beauford Jennings: Jefe de Cara y propietario de la Mustang Gazette.

 

Della Santoro: Profesora del colegio universitario de Mustang Valley, amiga de Cara y experta en la leyenda de Shotgun Sally.

 

Kelly McGovern Lansing: Esta intrépida tejana hará lo que sea necesario para que se haga justicia.

 

Lindsey Wellington: Promete ayudar a Cara a descubrir la verdad que se oculta tras el asesinato de Nancy.

 

Escopeta Sally: Esta legendaria mujer de la frontera influye en las vidas de Kelly, Lindsey y Cara y en su búsqueda de la verdad.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

El corazón de Cara Hamilton se aceleró con ímpetu, como de costumbre. Aparcó junto a la acera, se colgó del hombro el voluminoso bolso y salió de su pequeño Toyota amarillo.

Era casi la una de la madrugada. A pesar de que la mayor parte de las casas de la calle Caddo estaban a oscuras, las luces del apartamento del primer piso del edificio victoriano de tres plantas que se alzaba ante ella permanecían encendidas. Nancy Wilks, la amiga de Cara que vivía allí, había llamado hacía media hora. No había dicho gran cosa, sólo que tenía algo importante que enseñarle. Pero Cara presentía que, fuera lo que fuese, podía ser la clave de la mayor historia de su vida.

Por eso sentía aquel arrebato de excitación, tan conocido para ella. Estaba tras la pista de una noticia. Y esta vez era algo gordo. Algo que podía levantar a los apáticos ciudadanos de Mustang Valley de sus asientos frente al televisor. Algo que podía catapultarla a la fama. Sólo que…

Mientras permanecía junto a su coche, observando el vecindario aletargado, sintió de pronto que un extraño frío la envolvía. Era pleno verano, y aquello era el noreste de Texas. Húmedo y cálido, incluso de noche. Hacía demasiado calor para que sintiera frío. Se estremeció, sin embargo, y se le puso la piel de gallina.

—Es el tufillo de la noticia —musitó, intentando sacudirse aquel inexplicable desasosiego—. Me ha entrado el gusanillo. ¿No, Sally?

Como si su ídolo, Escopeta Sally, pudiera responderle. El pequeño truco de hablarle a Sally, usando su legendario lenguaje, animó a Cara. Aunque, de todos modos, no solía hablarle a Sally delante de otros.

Se sobresaltó al oír el golpe de la puerta del coche al cerrarse. La noche discurría en silencio, salvo por el cricrí de los grillos, cuyo canto hizo acallar el portazo. Ni siquiera se oía el tráfico de la autopista, a unos pocos kilómetros de distancia. Ningún ruido llegaba del centro de Mustang Valley.

Sólo la respiración profunda y desigual de Cara rompía el silencio. Eso, y el ligero repiqueteo de los tacones de sus botas sobre el pavimento.

El aire cargado de humedad le calaba los brazos desnudos, pues llevaba una blusa de manga corta, remetida en la larga falda, a juego con el suave chaleco de ante color marrón. ¿Por qué demonios no rompía el cielo en una tormenta y acababa de una vez?

Cara hizo una mueca de disgusto cuando el ruido de sus pasos aumentó al subir los tres escalones del porche de madera. Pero ¿qué importaba? La estaban esperando. No había razón para ocultar su presencia.

La luz de fuera estaba encendida, pero las sombras se arremolinaban más allá de la barandilla del porche. Cara llamó al timbre del apartamento del primer piso y oyó su sonido sofocado en el interior del edificio. Junto a aquella puerta había otra que conducía a la escalera de los pisos superiores. Aguardó un momento, aguzando el oído. No se oía nada en el interior. No tenía por qué impacientarse…, pero se impacientó. Aquel extraño desasosiego empezaba a hacerle un nudo en el estómago.

Pulsó de nuevo el timbre. Nadie contestó.

Sólo por probar, giró el pomo de la puerta. Éste cedió fácilmente bajo su mano. Cara empujó la puerta y la abrió. Tal vez Nancy había supuesto que entraría sin más cuando llegara. Pero ¿por qué no había salido a recibirla?

Tenía los nervios de punta. «Calma», se dijo con firmeza. Entró y cerró la puerta tras ella.

—¿Nancy? —¡maldición! Le temblaba la voz—. Soy Cara —dijo alzando un poco más la voz—. Ya estoy aquí.

Nada.

La entrada era un angosto pasillo pintado de amarillo pálido, bañado por la luz tenue que desprendía una pequeña lámpara de cristal.

Cara había estado otras veces allí. A la izquierda había un arco abierto que daba al cuarto de estar. En línea recta se llegaba a la cocina, al cuarto de baño y al único dormitorio del apartamento.

—¿Nancy? ¿Dónde estás?

Si ya estaba nerviosa antes, ahora temblaba de tensión. ¿Gusanillo? Demonios, tenía la sensación de que un ejército de hormigas marchaba en formación por su espina dorsal.

—¿Nancy? —llamó. Miró en el cuarto de estar. A pesar de que las lámparas que flanqueaban el sofá floreado estaban encendidas, la habitación estaba vacía. Cara siguió por el pasillo.

La puerta del fondo a la derecha, la del dormitorio, estaba entornada.

—¿Nancy? —su voz raspaba, y se aclaró la garganta. No había razón para que se sintiera tan rara. Seguramente Nancy estaba en el cuarto de baño, con el grifo abierto, y no la oía.

Pero Cara no oía correr el agua. Llamó una vez más.

—Nancy —empujó la puerta del dormitorio. Y se quedó boquiabierta.

Nancy estaba allí. Vestida con una camiseta rosa y unos vaqueros azules, tendida sobre la cama, boca abajo, con el pelo moreno revuelto y la cabeza caída hacia un lado.

—¿Qué ocurre? —gritó Cara, precipitándose hacia su amiga, que continuaba inmóvil.

Su pregunta obtuvo respuesta de inmediato, al darle la vuelta a Nancy. Su amiga tenía los ojos cerrados… y un horrible agujero ribeteado de negro en medio de la frente. Había mucha sangre.

 

 

Cara utilizó su móvil para llamar al 911. Suponía que mandarían ayuda. Pero ya no podía hacerse nada por Nancy.

Cara giró la cabeza y miró de soslayo el cuerpo inerte que colgaba a medias fuera de la cama, boca abajo, tal y como Cara lo había encontrado. Antes de llamar, había tocado con dos dedos el cuello de Nancy. No había pulso.

Su amiga aún estaba caliente. Aquello acababa de ocurrir. Lo cual no era de extrañar. Nancy la había llamado hacía apenas veinte minutos. Cara había salido de inmediato, porque Nancy parecía muy… ¿nerviosa? ¿Asustada, quizá? Cara ya no estaba segura de ello. ¿Acaso había presentido su amiga lo que iba a ocurrirle?

«No», pensó Cara con los ojos llenos de lágrimas. «No puedo derrumbarme».

A fin de cuentas, ella no estaba realmente allí. Aquello no había ocurrido. Su vivaz y trabajadora amiga Nancy. Nancy, la directora de oficina que con tanta rabia le había contado extraoficialmente los tejemanejes de su jefe después de que estallara el escándalo, no estaba muerta.

«Pon los pies en la tierra», se ordenó Cara. Cara Hamilton no utilizaba mecanismos defensivos. Era una persona realista. Tenías nervios de acero, a pesar de la insensatez de su juventud. Era una periodista de investigación valerosa y práctica, dispuesta a lo que hiciera falta para conseguir una historia, a ir a cualquier parte siguiendo el rastro de una noticia. Sí, pero ninguna historia la había llevado antes directamente hasta una víctima de asesinato…

«Ponte a trabajar, Hamilton», se ordenó. Podía llegar alguien en cualquier momento.

—¿Qué ha pasado, Nancy? —musitó, obligándose a acercarse de nuevo a la cama—. ¿Qué querías enseñarme?

Tenía que ser algo importante. Cara estaba segura de ello.

Temblaba tanto mientras inspeccionaba la zona alrededor del cuerpo de Nancy que tuvo que apoyarse en el colchón para no caerse. Las sábanas eran blancas, con flores rosas. Nancy tenía un edredón hecho a mano. Todo estaba revuelto a su alrededor. Cara palpó cuidadosamente la ropa de cama, pero no encontró nada que explicara la llamada de Nancy.

Aquello tenía que estar relacionado con el bufete de abogados para el que había trabajado Nancy. Lambert & Church estaba, naturalmente, en proceso de desmantelamiento tras lo ocurrido.

A lo lejos se oyó el gemido de una sirena. Se dirigía hacia allí, Cara estaba segura. No había tiempo que perder.

Inspeccionó rápidamente la habitación de Nancy. Estaba limpia, como siempre. Nada parecía fuera de su sitio, ni uno solo de los libros de las estanterías. Cara cruzó el pasillo a toda prisa y entró en el cuarto de baño. En la cocina. En el cuarto de estar. Miró el correo dejado sobre la mesita, al lado del sofá. Los periódicos que se apilaban sobre otra estantería llena de libros. No había nada extraño. Nada de interés para una reportera. Nada, salvo el cuerpo de Nancy en el dormitorio…

¡Oh, Dios! De pronto, Cara cayó en la cuenta de que el asesino podía haber estado allí aún al llegar ella. Todavía podía estar allí.

No, ella lo habría visto. La habría atacado a ella también…

«Corta el rollo, Hamilton». Se obligó a concentrarse de nuevo en lo importante. ¿Para qué la había llamado Nancy?

De pronto se le ocurrió otra idea inquietante. ¿Y si lo que buscaba no estaba allí porque quien había matado a Nancy se lo había llevado? ¿Y si ésa era la razón por la que habían asesinado a Nancy? Cara podía ser responsable del asesinato de Nancy.

Un fuerte golpe sonó en la puerta.

—¡Voy! —gritó, corriendo hacia allí.

—Departamento del sheriff —dijo la voz sofocada de un hombre—. Alguien ha llamado pidiendo ayuda.

 

 

Con su sombrero Stetson en la mano, el ayudante del sheriff Mitchell Steele siguió a la chica llorosa que le había abierto la puerta. Lo conducía por el pasillo de la vieja casa reformada con paso vivo y seguro, y el balanceo de sus caderas hacía que su larga falda oscilara alrededor de sus piernas. El pelo rizado y rojizo rozaba apenas el cuello de la blusa blanca que sobresalía del chaleco marrón. A pesar del calor, llevaba botas, y un gran bolso colgaba de su hombro izquierdo.

La chica había acudido precipitadamente y había mirado la placa prendida a la camisa del uniforme de Mitch antes de dar media vuelta y decirle que la siguiera. Se llamaba Cara Hamilton.

Él conocía aquel nombre. Había notado un retazo de su perfume, que le recordaba al monte en primavera, al aire fresco…

Ella se detuvo junto a una puerta abierta y lo miró de nuevo. Su labio inferior, grueso y rosado, sin pizca de maquillaje, temblaba, y sus ojos castaños parecían enormes.

—Nancy está ahí —su voz, de leve acento texano, era áspera, pero firme.

Mitch se asomó a la habitación y de inmediato se hizo cargo de la situación. Se acercó a la cama para ver si la víctima tenía indicios de vida. Pero el reconocimiento acabó cuando le dio la vuelta. Le habían pegado un tiro con una pistola de pequeño calibre. No había orificio de salida.

Se sintió aliviado cuando, un instante después, oyó voces y Cara Hamilton hizo entrar a un par de sanitarios del servicio de emergencias en la habitación. Ellos se hicieron cargo de la víctima, y Mitch se apartó para no estorbarles. Podían pasarse toda la noche intentando reanimarla inútilmente.

Una pena, pensó. Era una mujer joven. No merecía morir así.

Sujetando el sombrero bajo el brazo, Mitch se sacó del bolsillo el teléfono móvil y llamó a comisaria. Informó a toda prisa a la telefonista de lo que había encontrado y le indicó que enviara lo antes posible a algunos agentes para acordonar la zona y a un equipo de técnicos forenses. Mientras hablaba, inspeccionó la habitación para intentar descubrir si el arma homicida estaba allí. No vio nada sospechoso.

Entonces bajó la mirada hacia la mujer que permanecía a su lado, junto a la puerta. Ella observaba a los médicos con una expresión tan reconcentrada que parecía querer obligarles a salvar la vida de la víctima.

—Señorita Hamilton, tengo que hacerle unas preguntas.

Ella lo miró con aparente sobresalto, como si hubiera olvidado que estaba allí. ¿Estaba conmocionada? ¿Cómo no iba a estarlo? Pero su expresión cambió de inmediato.

—Va a atrapar al hijo de puta que ha hecho esto, ¿verdad, agente?

—Sí —contestó él con toda sinceridad. La pregunta de la chica daba a entender que ella no lo había hecho. Tal vez fuera así. Pero, hasta que supiera algo más, Mitch no podía borrarla de la lista de sospechosos—. Necesito que haga una declaración, para empezar.

Ella lo condujo de nuevo por el pasillo. Al ver que se dirigía al cuarto de estar, Mitch le indicó la puerta de la calle.

—Hablaremos fuera. Así no contaminaremos la escena del crimen.

—De acuerdo.

Se quedaron en el porche, bajo la luz, apartados de la barandilla que tal vez hubiera tocado el asesino. Mitch había inspeccionado ya el suelo de madera del porche. Pese a la humedad, el día había sido seco, de modo que había escasas posibilidades de encontrar alguna huella de barro. No, era más probable que encontraran huellas en la tierra, pero sólo si el asesino se había apartado del caminito pavimentado. ¿Había él o ella caminado directamente hasta la puerta de la calle? ¿Le había dejado entrar la víctima? ¿O encontrarían alguna prueba de allanamiento de morada: una ventana rota, una puerta desencajada, una cerradura forzada?

—Bueno, señorita Hamilton, supongo que conocía usted a la víctima —Mitch se sacó una libreta del bolsillo y empezó a tomar notas.

—Sí, la conocía —su voz sonaba triste—. Se llamaba Nancy Wilks. Somos amigas desde hace años.

—¿Buenas amigas?

—No muy íntimas, pero… —su voz se desvaneció—. He venido porque me llamó. Dijo que… que se sentía fatal porque acababa de perder su empleo y que quería que viniera para llorar un rato sobre mi hombro.

Cara Hamilton estaba mintiendo. Mitch no necesitaba echar mano de la intuición heredada de sus antepasados indios para saberlo. Estaba tan seguro de ello como si aquella mujer lo hubiera anunciado con luces de neón. Dejó de escribir y la miró fijamente.

Aunque su boca mintiera con todo descaro, su lenguaje corporal no mentía. Mitch vio su desaliento, la tristeza escrita en sus ojos melancólicos. Ella permanecía con los brazos cruzados, como si se abrazara a sí misma para darse consuelo.

Mitch se preguntó durante un instante cómo sería tomar aquel cuerpo menudo pero voluptuoso entre sus brazos y aliviar su tristeza. Su mirada se endureció, pero la expresión de Cara siguió siendo inocente y triste.

—Está bien —dijo. Su misión no consistía en contradecirla. Ni en compadecerse de ella. Pero si podía pillarla en una mentira…—. Así que llegó a las… —miró su reloj—. ¿A qué hora llegó?

—No lo sé exactamente —contestó ella—. Pero no creo que lleve aquí más de veinte minutos. Yo… la encontré como la ha visto —su voz se quebró.

—Entiendo. ¿Qué hizo entonces?

Ella le contó lo que él ya imaginaba. Cara había comprobado si su amiga estaba viva, luego había llamado al teléfono de emergencias y había esperado.

—¿Y qué ha hecho mientras esperaba?

—¿Que qué he hecho? —aquella pregunta pareció pillarla desprevenida—. No he hecho nada. Sólo… esperar.

—Mmm —dijo Mitch ambiguamente—. ¿Ha tocado algo?

—No —contestó ella con excesiva prontitud.

—Si ha tocado algo, debería decírmelo, por si encontramos sus huellas en algún sitio donde no deberían estar.

—Sé perfectamente que no se debe tocar la escena de un crimen —replicó ella con aspereza. Pero su tono suspicaz convenció a Mitch de que estaba mintiendo.

—No lo dudo —Mitch lamentó de inmediato su tono sarcástico.

Ella frunció el ceño un instante y luego, de forma casi visible, pareció sacudirse la angustia. Alzó la barbilla menuda, lo miró con sus ojos castaños e intensos y preguntó:

—¿Cómo piensa iniciar su investigación, agente Steele?

—Como estoy haciendo en este momento, señorita Hamilton. Acordonando la escena del crimen —señaló con la cabeza el coche del departamento del sheriff que acababa de detenerse junto a la acera. Dos agentes salieron del coche y se dirigieron hacia él—. Haciendo que inspeccionen la escena del crimen en busca de pruebas —continuó—. Y haciendo preguntas.

—Entiendo. ¿Y cómo va a…?

—Como le he dicho, soy yo quien hace las preguntas.

—Desde luego, pero…

Mitch prosiguió como si no la hubiera oído.

—No usted, aunque estoy seguro de que debe de ser difícil para una periodista de su reputación dejar que sean los demás quienes hagan las preguntas.

Ella cerró la boca. Miró a Mitch con expresión especulativa. Él, naturalmente, sabía quién era. Suponía que todo el mundo en Mustang Valley, y quizás en todo el noreste de Texas, conocía a la periodista Cara Hamilton, autora de incisivos artículos para La Gaceta de Mustang.

¿Qué hacía ella allí realmente? ¿Había ido a visitar a su amiga, o en busca de una noticia? No estaba seguro, pero en cualquier caso, era muy tarde para ambas cosas. ¿Habría ido a cometer un asesinato? Mitch lo dudaba, pero no podía descartarlo. Haría que los técnicos comprobaran si tenía restos de pólvora, por si acaso.

Los agentes se acercaron hasta ellos. Mitch trabajaba a menudo con ellos. Por suerte, eran buenos tipos que no ponían en duda su autoridad. El departamento era tan pequeño que todo el mundo se dedicaba a diversas tareas. Tan pequeño, que Mitch sabía qué oficiales le tenían inquina.

Informó rápidamente a los agentes y éstos se fueron a acordonar la escena del crimen con cinta amarilla. No había ni un momento que perder. Los vecinos se habían olido que pasaba algo y empezaban a salir de sus casas. Un par de ellos aparecieron en otro portal del edificio de la víctima. ¿Los inquilinos del piso de arriba? Tal vez fueran valiosos testigos. Un agente se acercó a ellos.

Mitch volvió a centrarse en Cara Hamilton, pero ella había dado media vuelta y se dirigía de nuevo hacia la puerta del apartamento de Nancy. Mitch corrió tras ella y la agarró del brazo.

—Quédese aquí —ordenó.

Ella se sobresaltó. Luego paseó la mirada de los dedos que todavía sujetaban su esbelto y cálido brazo hasta la cara de Mitch.

—Estoy seguro de que no tengo que recordarle otra vez que esto es la escena de un crimen, señorita Hamilton.

—Claro que no, y por eso exactamente tengo que…

—Tiene que quedarse aquí y no estorbar.

Mitch supuso que algunos tipos se habrían derretido bajo la mirada feroz que le lanzó ella. Él se limitó a sostenérsela.

—Llevo conmigo mis credenciales de periodista, agente Steele —señaló el bolso que llevaba al hombro—. No querrá que le acusen de violar la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, ¿verdad?

—Estoy seguro de que usted no querrá que la arresten por obstrucción a la justicia —replicó él sin inmutarse.

—No tengo intención de obstruir nada —dijo ella suavemente—. Quiero que resuelva usted este caso. Y rápido. Y hasta estoy dispuesta a ayudarlo —el sonido de su voz melodiosa, tan suave como una brisa nocturna, acarició los oídos de Mitch.

De pronto, para romper el hechizo en el que ella parecía querer envolverlo, Mitch dijo:

—Lo mejor que puede hacer para ayudarme es contestar a mis preguntas y quitarse de en medio. Se la invitará a todas las conferencias de prensa que se den, como al resto de los representantes de los medios de comunicación, y…

—Yo no soy una periodista cualquiera, agente —contestó ella con aspereza.

¿Qué había sido de la joven apenada y digna de lástima de hacía unos minutos? De pronto, parecía fría y profesional. Mitch sabía que estaba en lo cierto. Cara Hamilton no era una periodista cualquiera. Aunque sabía que había un montón de reporteros tan tenaces, agresivos, exasperantes y soberbios como ella, estaba convencido de que muy pocos reunían todas aquellas repulsivas cualidades en un envoltorio tan bello.

Pero ¿qué importaba que Cara Hamilton fuera una mujer atractiva y con agallas? Seguía siendo una testigo presencial. Tal vez incluso una sospechosa.

Lo más probable era, sin embargo, que acabara de encontrar el cuerpo sin vida de una amiga. Sin duda, al llegar Mitch, estaba conmocionada y abatida, pero aun así no se había derrumbado. Ahora pretendía afirmarse cumpliendo con su trabajo. Lo mismo que Mitch cumplía con el suyo. De no haberse puesto en su camino, Mitch incluso la habría admirado por ello.

—Volvamos a lo ocurrido desde el momento en que la señorita Wilks la llamó esta noche, señorita Hamilton. Los técnicos forenses llegarán en cualquier momento, y tendrán que tomarle las huellas para cotejarlas, además de hacerle algunas pruebas para descartarla como sospechosa —tal vez—. Y luego…

—Su padre, Martin Steele, fue el anterior sheriff de Mustang Valley, ¿no es cierto?

Mitch se quedó de una pieza. Comprendió de inmediato lo que sucedería a continuación.

—Sí —contestó con voz cortante.—. Ahora, dígame, ¿dónde estaba usted cuando la señorita Wilks…?

—¿Por qué se mató su padre, agente Steele?

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Mientras observaba cómo cambiaba la expresión de los ojos del agente Mitch Steele, de un tono dorado y leonino bajo las cejas rectas y negras, Cara deseó haberse mordido la lengua.

Había echado a perder cualquier esperanza de que aquel hombre la ayudara a averiguar qué le había pasado a Nancy. Y ella estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera necesario para descubrir al asesino de su amiga. No sólo por interés periodístico, sino por ella misma.

Naturalmente, la historia en la que estaba trabajando merecía toda su atención, pues iba mucho más allá del asesinato de Nancy. Tal vez incluso le valiera el premio Pulitzer, pues suponía…

—Disculpe, señorita Hamilton —dijo Mitch, mirando por encima de su hombro. Ella miró en aquella dirección y vio que un furgón con el distintivo del Departamento del sheriff se había detenido en doble fila, junto a una farola, frente a la casa de Nancy. Los técnicos forenses, supuso. Una buena excusa para que Mitch se escabullera y evitara contestar a su pregunta. La pregunta que ella habría retirado, si hubiera podido.

—Cara —se apresuró a decir ella. Él la miró de nuevo con expresión inquisitiva—. Me llamo Cara —añadió, invitándolo a tutearla. Tal vez aquella pequeña muestra de confianza le hiciera olvidar lo que le había preguntado, a pesar de que a ella no se le olvidaba. Porque, pese a que lamentaba haber sacado a relucir la cuestión debido a las consecuencias que su precipitación podía provocar, seguía queriendo una respuesta.

—Sí, ya. Cara.

Ella sabía que su nombre de pila era Mitch, no porque lo pusiera en su placa de identificación, sino porque recordaba haberlo leído en las noticias acerca de su padre. Él no la invitó a tutearlo y se alejó hacia la furgoneta, de la que los técnicos estaban sacando su equipo.

Cara observó su paso firme. Muchos hombres le parecían altos porque ella sólo medía un metro sesenta. Pero Mitch Steele era alto. Medía al menos un metro ochenta y dos. Llevaba la cabeza alta y los hombros anchos echados hacia atrás bajo la camisa caqui del uniforme, como si desafiara a todo el mundo.

Cara sabía algo del pasado de Mitch Steele y estaba segura de que el mundo lo había desafiado a él… o, al menos, a su familia. No le cabía duda alguna de que Mitch, que seguía trabajando en el Departamento del sheriff, tenía que soportar a diario el estigma que rodeaba la figura de su difunto padre.

El sheriff Martin Steele se había visto envuelto en un escándalo un par de años atrás. Un escándalo que superaba con creces los rumores de nepotismo que desató la contratación de su hijo. Antes de que pudiera demostrarse su implicación en aquel caso de cohecho, se suicidó. No habría hecho tal cosa de haber sido inocente, ¿no? Y, aun así, sus argumentos, de los que La Gaceta de Mustang y otros medios habían informado con todo detalle, parecían lógicos.

Era una lástima que Cara no hubiera trabajado en aquella historia. Por aquel entonces, ella todavía le hacía caso a su jefe, Beauford Jennings, cuando le mandaba algún encargo. Eso había sido antes de que Beau dejara bien claro que también para él el nepotismo carecía de importancia. Y la ética. Su sobrino Jerry, por aquel entonces novio de Cara, le había robado su información, conseguida de primera mano, para escribir un artículo acerca de ciertas licorerías de la ciudad, incluyendo la de un comisionado del condado, que vendían alcohol a menores de edad. Jerry publicó la historia con su firma y aquello acabó con la carrera política del comisionado y catapultó a Jerry fuera de Mustang Valley, hacia el mundo periodístico de las grandes ciudades. Beau sólo lamentó que Jerry se hubiera ido.

Después de aquello, Cara dejó de pedirle su opinión a Beau. Se había disfrazado y había servido durante meses en casas de comidas de la localidad para escribir su historia acerca de las condiciones de higiene de los restaurantes. Recibió numerosos elogios cuando su artículo y las fotos que había tomado subrepticiamente llegaron a manos de la concejalía de sanidad. Fotos en las que aparecía el dueño de un restaurante sonriendo mientras uno de sus camareros escupía en la comida de un cliente que había criticado el servicio. Entonces fue cuando Beau la ascendió por fin a reportera y le insinuó que, si seguía así, tal vez llegara más lejos.

«Un punto para mí», había pensado Cara. Se contaba que una vez su ídolo, la legendaria Sally, se había puesto una falda de volantes para hacerse pasar por bailarina en un music hall a fin de escribir una historia sobre cómo era la vida de una mujer de la calle. Ella también había vencido a todos los que se negaban a tomarla en serio. Al menos, para su primera gran historia, Cara sólo había tenido que ponerse un delantal de encaje encima de un vestido corto. Ah, y gafas y una peluca.

Pero, desde su experiencia con Jerry, le crispaba los nervios la idea de compartir información con nadie. Le había dejado claro a Beau que seguiría sus propias pistas y escribiría las historias que le interesaran.

Beau ya no la subestimaba, por lo menos cuando le convenía, pero otros sí. Tal vez fuera porque era una mujer, o tal vez porque parecía muy joven. Aunque procuraba sacarle partido a su aparente juventud, detestaba parecer más joven. Casi tanto como detestaba que se interpusieran en su camino cuando iba detrás de una historia. Lo había permitido una vez, pero aquello no volvería a ocurrir.

Y ahora su ímpetu era aún mayor. Suspiró y miró de nuevo hacia la casa de Nancy. Su amiga había sido asesinada. Tal vez porque ella se había cruzado en su camino…

Tragó saliva con dificultad y miró de nuevo con esfuerzo hacia la calle tenuemente iluminada. Mitch se dio la vuelta y echó a andar delante de los técnicos hacia la casa, hacia donde se hallaba parada Cara. Ella casi esperaba que pasara a su lado sin dirigirle la palabra. Pero él se detuvo. Y también la respiración de Cara, por un instante, mientras intentaba averiguar qué podía decirle para que la perdonara.

—Bueno, agente, ¿quería preguntarme algo más? Le aseguro que estoy dispuesta a cooperar en lo que me sea posible para que pueda resolver este asesinato —suponiendo que el Departamento del sheriff pudiera resolverlo, claro.

¿Eran imaginaciones suyas, o la mirada del agente Steele se suavizó de pronto?

—Estoy seguro de que así es. Sí, tengo que hacerle más preguntas, pero no ahora.

—Bien. Entonces, creo que voy a seguir a los técnicos forenses y a hacer fotografías mientras trabajan —metió la mano en el bolso y sacó una cámara digital—. Así, cuando atrapen al asesino, podré describir todo el proceso.

Mitch Steele era guapo hasta cuando arrugaba el ceño. Si Cara no recordaba mal la historia de su padre, la madre de Mitch era una india americana, lo cual explicaba en parte aquel pelo tan negro que era casi azulado, el arco recio de su nariz, sus pómulos afilados y otros rasgos de su cara. Su ceño sólo enfatizaba las líneas afiladas de su rostro.

Pero cuando dejó que la comisura de su boca se alzara en una media sonrisa, Cara se convenció de que podía volver loca a cualquier mujer en su sano juicio. Y ella estaba en su sano juicio.

—No —dijo él, devolviéndola a la realidad.

—¿Perdón?

—Señorita… Cara, te agradezco tu colaboración. Pero no puedes entrar ahí.

—Le aseguro que no estorbaré. Le doy mi palabra.

—Mmm —aunque aquel murmullo parecía de asentimiento, Cara estaba segura de que no le estaba prestando atención, pues él se había vuelto para hablar con uno de los técnicos.

—Si me deja acompañarlos, le diré algo que no creo que sepa sobre Nancy —se apresuró a decir Cara.

¡Maldición! ¿Cuándo iba a aprender a morderse la lengua? Normalmente no metía tanto la pata. Aquel policía tenía algo que la dejaba aturdida.

Pero, a fin de cuentas, aquello logró llamar de nuevo la atención de Mitch, quien de pronto clavó sus ojos dorados en ella.

—Si tienes alguna información sobre la señorita Wilks que sea relevante para el caso, Cara, será mejor que me la cuentes. Ahora mismo.

 

 

Mitch observó cómo reculaba la encantadora señorita Hamilton. Le habría hecho gracia, de no saber que, cualquier cosa que estuviera ocultando, podía ser esencial para resolver el asesinato de Nancy Wilks.

—Me ha entendido mal —la expresión inocente de sus luminosos ojos no consiguió engañarlo ni un instante—. Me refería a que no creo que sepa lo mal que se sentía Nancy por haber perdido su empleo tan de repente. A ella le gustaba trabajar en Lambert & Church. Ya sabe, el bufete de abogados del que era socio Paul Lambert, el tipo que se suicidó en la cárcel cuando se descubrió que había matado a un ranchero del pueblo.

—Estoy al corriente.

Pero Mitch no se había encargado personalmente del caso, a pesar de su importancia. Tal vez precisamente debido a su importancia, pues, aunque tenía experiencia y autoridad suficientes como para dirigir los casos más relevantes, el sheriff Ben Wilson se las había ingeniado para mantenerlo ocupado con otros asuntos. Como reorganizar a los patrulleros de modo que los que más duramente trabajaban tuvieran más libertad para elegir su turno.

Del mismo modo que le habían encargado de organizar el nuevo programa de prevención contra la drogadicción en las escuelas mientras se investigaba el asesinato anterior al de Lambert, el primero que conocía la ciudad desde hacía dos años. Algunos decían que incluso más. ¿Casos relevantes? Demonios, aquel era el caso más relevante de todos, dado que el asesino había resultado ser el alcalde en persona, y la víctima era una abogado de la misma firma, Lambert & Church.

El mismo lugar donde trabajaba la última víctima. ¿Había alguna relación entre los tres asesinatos? Demonios, sí. Tenía que haberla. Mustang Valley no era precisamente un vivero del crimen. Allí había un misterio oculto Y si los tres asesinatos conducían a aquel bufete de abogados… Mitch seguiría aquella pista para ver adónde llevaba.

A diferencia de los otros dos asesinatos, aquel caso era suyo. Y, una vez lo resolviera, reclamaría el reconocimiento que merecía. Por más que les molestara a otros.

Sin embargo, mantener la discreción no le vendría mal para conseguir su objetivo. Al igual que seguir las órdenes del sheriff Wilson… más o menos.

Era una suerte que a Ben Wilson no se le hubiera ocurrido que poner a Mitch en el turno de noche una temporada lo llevaría a algo importante. Como ser el primero en llegar a la escena de un crimen, lo cual le daba la ventaja de permanecer al mando de la investigación. Esta vez, su paciencia autoexigida, tan contraria a su naturaleza impetuosa, daría su fruto.

—Ahora, si me disculpa, oficial… —la voz de Cara Hamilton interrumpió sus pensamientos.

Ella parecía observar fijamente su cara a la luz de la farola cercana. Casi como si intentara leerle el pensamiento. Una idea desconcertante.

—Lo siento, Cara. No hemos acabado. Sigo queriendo saber lo que estás ocultado.

La sonrisa inocente de Cara apenas vaciló.

—Absolutamente nada. Pero, si me entero de algo, te lo haré saber, Mitch. ¿De acuerdo?

Él abrió la boca instintivamente para corregirla. Estaba bien que él utilizara su nombre de pila, pero si ella empezaba a tutearlo, Mitch se arriesgaba a perder su apariencia de autoridad. Y de distancia. Y todo cuanto le hacía estar por encima de aquella simple ciudadana.

Daba igual que le hubiera gustado cómo decía ella su nombre.

Pero, antes de que pudiera decir nada, ella dio media vuelta y se dirigió de nuevo hacia la casa.

—¡Eh! —Mitch corrió tras Cara y se colocó frente a ella.

Cara alzó la mirada con la misma expresión inocente que Mitch empezaba a reconocer. Una expresión que mentía con tanta facilidad como su boca. ¿Inocente? Y un cuerno, aquella mujer era una consumada embustera. Y entrometida a más no poder.

—Mire, señorita Hamilton, si no quiere que hablemos aquí, tendrá que ir a comisaría.

El cuerpo de Mitch tapaba la luz que emanaba del porche, a su espalda, de modo que Cara permanecía en sombras. Él notó, sin embargo, cómo se arrugaba su frente mientras pensaba. Observó el arco de sus cejas, que, a pesar de la penumbra, parecía de un color castaño rojizo similar al de su pelo. Debía de ser natural, entonces. Qué interesante.

Pero Mitch reparó en ello únicamente porque Cara Hamilton era una testigo presencial y una posible sospechosa. Nada más.

—Está bien —dijo ella.

—¿Qué? —su respuesta lo había pillado desprevenido.

—Está bien, iré a comisaría para que me interrogue allí.

Aquella mujer estaba llena de sorpresas.

—Bien. Que sea… —él miró su reloj. Tendría que estar allí un buen rato, hasta que la investigación de la escena del crimen estuviera encarrilada—… a las nueve de la mañana.

—De acuerdo.

—Entre tanto, le diré a un técnico que salga para realizarle algunas pruebas.

—Para tomarme las huellas dactilares y borrarme de la lista de sospechosos —dijo ella en tono un tanto sarcástico, como si no creyera que él estuviera convencido de que el examen forense la libraría de sospechas.

Tal vez fuera así, aunque en ese momento sus razones para sospechar de ella no eran prueba alguna de su culpabilidad.

—Eso es. Y también para asegurarnos de que no tiene restos de pólvora —o restos de sangre, aunque Mitch no veía ni una sola mancha de sangre sobre Cara—. Esas cosas.

Ella lo miró fijamente, pero no dijo nada. Esta vez, Mitch le permitió alejarse. Mientras la observaba, Cara miró hacia la casa una vez más y luego volvió a clavar su mirada en él. Mitch sacudió la cabeza.

Contrariada, Cara se encaminó a la acera con paso decidido, haciendo oscilar su falda. ¿Iba a marcharse antes de que el técnico le tomara las muestras? Mitch contuvo el aliento, listo para salir tras ella, hasta que Cara se giró de nuevo, cruzó los brazos y se quedó allí parada, impaciente.

Mitch comprendió de pronto con irritación que la actitud desafiante de Cara Hamilton había excitado su apetito. Quería más.

En aquel momento, las nueve de la mañana parecían muy lejos.