Diario de Teófilo - Josep Rius Camps - E-Book

Diario de Teófilo E-Book

Josep Rius Camps

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Beschreibung

En el Diario de Teófilo, Josep Rius Camps da forma narrativa a la gran obra de Lucas presentada tradicionalmente en dos partes, evangelio de Lucas y Hechos de los Apóstoles, redactadas por el rabino judío Lucas a petición del «excelentísimo Teófilo», quien le había pedido un informe sobre el mesianismo de Jesús. El uso de Códice Beza -el manuscrito que contiene la versión más antigua y completa de los cuatro Evangelios y los Hechos de los Apóstoles- como base del relato contribuye al rigor con el que se presenta la figura de Jesús de Nazaret y el desarrollo de las primeras comunidades eclesiales.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Contenido

Introducción

Diario de Teófilo

Glosario

Créditos

Introducción

Raras veces un investigador se arriesga a publicar una obra de ficción. La buena acogida que entre los lectores ha tenido nuestro estudio sobre la obra de Lucas1, así como la solicitud de explicaciones para que la situásemos en el contexto histórico y cultural en el que fue elaborada, han sido los móviles que me han impelido a hacer uso de la narrativa como género literario para representarla. Cuando el editor me comunicó que haría una tirada de 1.500 ejemplares de la Demostració a Teòfil, una obra cuya mitad, prescindiendo de la introducción y las notas, estaba escrita en griego, me pareció una cifra exagerada. En principio, nuestra obra pretendía dirigirse fundamentalmente al mundo académico, pero, inesperadamente, ha tenido una repercusión notable en nuestro país, hasta el punto de ser distinguida con el Premio Ciutat de Barcelona 2009, «por la calidad del lenguaje, la acertada concordancia con el texto original y la significativa aportación de este libro a la bibliografía catalana». En el momento de publicarse estas páginas, han visto ya la luz la edición en castellano, Demostración a Teófilo, a cargo de la misma editorial, y la edición en inglés, Luke’s Demonstration to Theophilus, bajo el sello Bloomsbury.

Como habrán podido comprobar los lectores de la Demostración a Teófilo, a Lucas nunca le pasó por la cabeza redactar un «Evangelio», ni narrar unos «Hechos de los apóstoles». La necesidad de poder contar con un «tetramorfo», o conjunto de cuatro evangelios aceptados por la gran Iglesia para hacer frente a la proliferación de evangelios de las más diversas sectas que pululaban en los comienzos del siglo II, fue la causa responsable de desmembrar la obra de Lucas, asignando al primer volumen el género literario «evangelio» y, al segundo, estrechamente conectado con el primero, el género «hechos» o histórico. Sin embargo, el género que Lucas asignó a su obra fue el de una «demostración», consistente en proporcionar una información fiable a resultas de una investigación exhaustiva, en este caso en respuesta a las preguntas planteadas por su destinatario, el «excelentísimo Teófilo», como lo intitula Lucas en el Prólogo al dirigirle el primer volumen, y «oh Teófilo», al enviarle más tarde el segundo.

He escogido como título de la ficción literaria el de Diario de Teófilo. Teófilo es un personaje histórico, hijo de Anás y cuñado de Caifás, que fue sumo sacerdote en activo desde el año 37 al 41 de nuestra era. Teófilo se habría propuesto enviar a su madre un diario, en el cual le iría contando impresiones, dudas y experiencias de todo tipo, así como las reacciones de su círculo más próximo, a medida que iban leyendo, un volumen tras otro, la obra que Lucas había escrito para responder a la pregunta crucial de si Jesús, a quien su padre y su cuñado habían hecho condenar por los romanos como un sedicioso, era realmente el Mesías de Israel. En la ficción, Teófilo y su madre están separados, fuera de Israel, forzados por el exilio que habrían tenido que afrontar después de la destrucción de Jerusalén y del santuario del Templo en el año 70. A Teófilo lo he situado en las proximidades de Antioquía de Siria, donde lo habrían acogido su nieta Juana y Susana, que se habían hecho creyentes en Jesús desde primera hora. De hecho, Lucas es el único que menciona a estas dos discípulas de Jesús, unidas a María Magdalena, como líderes del grupo femenino que, juntamente con los doce apóstoles, acompañaban a Jesús por las ciudades y aldeas donde anunciaba la buena noticia del Reino de Dios, y eran ellas las que «ponían a su servicio buena parte de sus propios bienes» (Lc 8,1-3). El hecho de haber asignado a Juana el papel de nieta de Teófilo no ha sido un simple capricho: hay indicios suficientes en la obra de Lucas para suponer que fue precisamente «Juana, la mujer de Cusa, intendente de Herodes», la que, juntamente con Susana y otras mujeres del círculo femenino, habrían dado informes fidedignos a Teófilo sobre la persona de Jesús, y le habrían movido a preguntar a Lucas, un rabino judío que «había seguido de cerca todos los acontecimientos desde los inicios» y que, al igual que Saulo, se había hecho creyente después de la muerte de Jesús, sobre «la certeza de los informes que habían llegado a sus oídos» (Lc 1,3, Prólogo). A la madre de Teófilo, según la ficción, no la he situado en ningún lugar concreto, si bien dejo entrever que se habría refugiado en Alejandría, de donde era originaria la familia.

Espero que el lector moderno se identifique con el rol que esta ficción literaria ha asignado a la madre de Teófilo y pueda distinguir entre los elementos ficticios y el contenido de la obra que Lucas redactó ex profeso para el sumo sacerdote Teófilo, quien no solamente experimentó en su propia carne la destrucción del Templo y de la ciudad santa de Jerusalén, y probablemente tuvo que exiliarse de la tierra prometida, sino que, arrastrado por el sentido de culpabilidad que planeaba sobre su familia, vivía angustiado y temiendo que estas primeras señales no fueran sino los dolores de parto de una catástrofe aún mayor que se cernía sobre su pueblo. Entre los informes que habían llegado a sus oídos, había voces que clamaban por un inminente castigo divino que pondría fin a la posición privilegiada del pueblo de Israel por haber rechazado al Mesías y haberlo entregado en manos de los enemigos de Israel. Interpelado por unos y otros, se vio forzado a recurrir a alguna persona cualificada que le pudiera dar respuesta a la pregunta que tanto le angustiaba sobre si realmente Jesús era el Mesías de Israel. A menudo, se había encontrado en el pórtico real con un rabino fariseo, especialmente cuando tomaba parte en las reuniones del Sanedrín, pero su pertenencia al partido saduceo le hacía guardar las distancias con él. Teófilo sabía muy bien que entre los discípulos del gran maestro de la Ley Gamaliel había dos que se habían adherido al círculo de Jesús: Lucas y Saulo, y que, por tanto, eran las personas más cualificadas para darle informaciones válidas sobre la persona de Jesús y sobre su mensaje. Sin embargo, desde su propio punto de vista saduceo, a Saulo, tanto antes como después de su conversión al cristianismo, lo consideraba demasiado fanático como para obtener una respuesta convincente de él, y prefirió dirigirse a Lucas, de quien le constaba que había albergado siempre una cierta simpatía por aquel movimiento y se había hecho creyente.

Lucas se tomó un tiempo considerable para investigar a fondo los hechos que habían ocurrido y, después de consultar a numerosos testigos oculares del movimiento de Jesús, tomó la decisión de escribir a Teófilo, «con precisión y de manera ordenada», una respuesta en dos volúmenes, a fin de que él mismo pudiera comprobar que buena parte de los informes que habían llegado a sus oídos eran ciertos, pero dejándole bien claro al mismo tiempo que no se debía de preocupar en absoluto por un inminente castigo divino, que agravaría aún más su precaria situación. Tomando como base el evangelio de Marcos, uno de los testigos oculares que la comunidad creyente consideraba que había llegado a ser «garante de la Palabra», redactó un primer volumen en el que describía el perfil de la persona de Jesús partiendo de su filiación a la corriente promovida por Juan Bautista –que se había presentado como su precursor– y de la experiencia fundamental de que él era el Mesías que todos esperaban. Esta experiencia le lleva posteriormente a distanciarse del Bautista, a fin de dilucidar, dadas las circunstancias y las reacciones contrarias que suscitaba entre los dirigentes de Israel, cómo debería presentarse. Incomprendido tanto por sus familiares como por el grupo de discípulos que se había ido formando a su alrededor, pronto se vio abocado a refugiarse en la marginalidad y a fiarse de una serie de personas que, por diferentes motivos, se habían adherido sin fisuras a su proyecto, entre las cuales figuraban precisamente las mujeres que habían producido un gran impacto en la persona de Teófilo: Juana y Susana.

Previendo que Teófilo tendría también enormes problemas para aceptar un Mesías que había fracasado como si fuese un facineroso, decidió redactarle, en un segundo volumen, el lentísimo proceso de clarificación que se verificó, después de la muerte y resurrección de Jesús, entre algunos de sus discípulos más cualificados, sin dejar de narrarle circunstanciadamente las tensiones que se produjeron en el seno de las primeras comunidades creyentes. A fin de que Teófilo pudiese hacerse una idea cabal sobre las múltiples y variadas pruebas que tuvieron que superarse para que la misión universal que Jesús había encomendado a los Once, momentos antes de su ascensión, pudiese llegar a buen puerto, seleccionó tres personajes representativos de otros tantos estamentos bien diferenciados: Felipe, Saulo y Pedro, perteneciente el primero a la Iglesia helenista, el segundo a la facción farisea, y el tercero a la Iglesia autóctona hebrea. Una vez que cada uno de los tres personajes señalados llegó a comprender cuál era la misión que le había sido encomendada y cómo la debía llevar a cabo bajo la guía del Espíritu, Lucas puso punto y final al seguimiento que había hecho de ellos. En el presente diario personal puesto en boca de Teófilo, el lector moderno podrá comprobar, a partir del perfil que Lucas va trazando de estos tres personajes, las enormes dificultades que tuvieron que superar hasta que llegaron a comprender el alcance universal del mesianismo de Jesús.

Por primera vez en la historia milenaria del texto de los evangelios, hemos podido presentar la obra de Lucas en dos volúmenes perfectamente acoplados bajo un solo título: Demostración a Teófilo. Como texto base nos serviremos de uno de los códices unciales más importantes, pertenecientes todos al siglo IV; concretamente, de un códice bilingüe en griego y latín que podríamos calificar de «endémico» por las poquísimas influencias que sufrió, a lo largo de su transmisión, por parte del texto que llegó a ser dominante en el área mediterránea.

De los datos consignados en la Carta de los confesores de Viena y de Lyon que los misioneros supervivientes de la persecución que había diezmado la Iglesia de Lyon en el año 177 enviaron a las comunidades madres, deducimos que, en el primer tercio del siglo II, unas comunidades misioneras afincadas en las provincias de Asia y Frigia habían decidido abrir un nuevo campo de misión en las Galias, llevando con ellas un texto muy arcaico. Tenemos constancia de este texto prototipo en las vetustísimas traducciones latinas, siríacas, siropalestinenses y coptas que se realizaron a lo largo de los siglos II y III.

Tanto la Demostración a Teófilo compuesta por Lucas como este diario que Teófilo dirige a su madre se apoyan sobre este códice bilingüe, griego y latino, escrito sobre pergamino, que se remonta al siglo IV, conocido entre los estudiosos con el nombre de Códice Beza. La historia de este códice tan singular se puede resumir en pocas líneas: en el año 1562, con motivo de las guerras de religión entre los papistas y los hugonotes, estos se apoderaron de la ciudad de Lyon, quemando iglesias y conventos. Previendo su posible destrucción, el calvinista francés Teodoro de Beza, amigo personal de Calvino, lo hizo rescatar de la cripta del cenobio de San Ireneo y lo estudió a fondo en su exilio de Ginebra. Al observar la gran discrepancia que había entre este códice, sobre todo en lo referente a la obra de Lucas, y otros códices antiquísimos, y que esto podría ofender a algunos, prefirió no publicarlo y lo entregó, en el año 1581, juntamente con una carta personal suya, a las autoridades de la Academia de Cambridge, para que lo conservaran «bajo siete llaves» en su biblioteca, donde lo hemos podido consultar. De aquí viene el nombre por el que se le conoce: Codex Bezae Cantabrigensis (D 05/d 5). Es el texto griego que, sin sufrir notables armonizaciones con el texto dominante, editamos acompañado de la traducción primero catalana y, posteriormente, castellana e inglesa. Desde el siglo II habrían reemplazado el texto primitivo de Lucas, que se conservó en el Códice Beza, por dos razones principales: a medida que la Iglesia tomaba distancia respecto a sus raíces judías y reunía en su seno cada vez más creyentes venidos del paganismo, sin ningún contacto ni conocimientos del mundo judío, los editores del texto habrían tratado de eliminar las alusiones sutiles y complejas de las tradiciones judías, sobre todo las que se conservaban en las tradiciones orales. Por otro lado, frente a los ataques de los herejes, habrían corregido la presentación crítica que hacía Lucas de los apóstoles, incluso de Pablo, con tal de mostrar que los fundadores de la Iglesia habían entendido perfectamente y desde el comienzo el mensaje de Jesús, es decir, no podían permitir que se equivocasen.

Teniendo presente que el Códice Beza contiene los cuatro evangelios y los Hechos de los apóstoles, y después de haber analizado al detalle el texto de los Hechos de los apóstoles, editado en cuatro volúmenes en inglés y traducido en dos volúmenes al castellano2, y de haber identificado tres redacciones sucesivas en el evangelio de Marcos3, podemos afirmar con conocimiento de causa, sobre todo por motivos de crítica interna y por su fidelidad a tradiciones judías orales y escritas, que el Códice Beza contiene un texto griego más cercano a los originales que la mayoría de códices de la tradición alejandrina.

Este Diario de Teófilo tiene como única ambición poner en manos de los lectores modernos un guion que facilite la comprensión de la obra de Lucas. Tengo plena confianza en que los lectores sabrán distinguir la parte de ficción literaria, de los contenidos que –lo repito– «con precisión y de manera ordenada» entregó Lucas al «excelentísimo Teófilo» para que «comprobase la certeza de las informaciones que habían llegado a sus oídos». A diferencia de un comentario académico, pretende servir de guion de fácil lectura para que los lectores se vayan introduciendo en la obra de uno de los más grandes investigadores de los hechos y de los dichos de Jesús. Las citas literales han sido tomadas de la Demostración a Teófilo; las referencias bíblicas correspondientes el lector las encontrará al inicio de cada capítulo.

La redacción del presente Diario de Teófilo no habría sido posible sin el ánimo constante de personas y pequeñas comunidades con quienes, mientras los concebía, iba comentando los primeros esbozos para pulsar si tenía sentido, si valía la pena redactarlo y si podría convertirse en una herramienta útil para acercar la obra de Lucas a los lectores modernos. Espero, en parte al menos, haberlo conseguido. De una manera especial, quiero agradecer la primera lectura que hicieron Jenny Read-Heimerdinger, los editores Ignasi Moreta e Inés Castel-Branco, y los redactores del glosario, Rodolf Puigollers y Enric Muñarch. El hecho de poder vivir en Sant Pere de Reixac, desde donde se divisa la llanura del Vallés convertida en un núcleo impresionante de comunicaciones, y de entrar en contacto con personas llegadas de los alrededores, e interesadas en conocer a fondo la obra de Lucas, me ha impulsado a servirme de la técnica literaria de un diario novelado a modo de un zoom que la aproximara y la hiciera accesible a aquellos posibles lectores que veía desde lejos que pasaban raudos, recluidos en minúsculos habitáculos, para que encontrasen la manera de detenerse un momento para leerla y pudiesen comprobar, como hizo Teófilo, que las informaciones que Lucas nos entrega sobre la persona de Jesús y su mensaje son ciertas y convincentes.

1 Lucas, Demostración a Teófilo. Evangelio y Hechos de los apóstoles según el Códice Beza, edición y traducción de JOSEP RIUS-CAMPS yJENNY READ-HEIMERDINGER, Fragmenta, Barcelona 2009.

2 JOSEP RIUS-CAMPS y JENNY READ-HEIMERDINGER, The message of Acts in Codex Bezae. A comparison with the Alexandrian Tradition, T&T Clark, Londres / Nueva York 2004-2009; El mensaje de los Hechos de los apóstoles en el Códice Beza. Una comparación con la tradición alejandrina, Verbo Divino, Estella 2009-2010.

3 JOSEP RIUS-CAMPS, Elevangelio de Marcos: etapas de su redacción. Redacción jerosolimitana, refundición a partir de Chipre, redacción final en Roma o Alejandría, Verbo Divino, Estella 2008.

DIARIO DE TEÓFILO

QUERIDA MADRE, hace ya más de dos años que tuvimos que abandonar precipitadamente Israel, con la ciudad de Jerusalén medio en ruinas y el santuario del Templo expoliado y destruido, viendo cómo los vencedores se llevaban los vasos más sagrados como objeto de un botín de guerra y eran presentados en Roma con gran pompa y fastuosidad. No te he escrito hasta ahora, pues tenía necesidad de encontrarme conmigo mismo, en medio del gran silencio que acompaña a la derrota. Susana y mi nieta Juana, la mujer de Cusa, el que fue intendente de Herodes, me acogieron y, secretamente, para no levantar sospechas, nos cobijamos en una casa que tienen a las afueras de Antioquía; no manifestaron nunca ni una pizca de resentimiento contra nuestra familia, responsable según ellas de haber entregado a Jesús a las autoridades romanas. Como muy bien sabes, por el gran revuelo que ocasionó en el seno de nuestra gran familia y conocidos, se unieron plenamente, desde los inicios, a la causa de aquel que nosotros considerábamos un impostor, haciéndose discípulas suyas y poniendo toda su fortuna al servicio de su grupo. En las sucesivas conversaciones que hemos mantenido, me han asegurado que ellas no solamente le acompañaron hasta el Gólgota y presenciaron su horrible ejecución, sino que, días después, tuvieron la sorprendente experiencia de que estaba vivo, aunque ni sus discípulos las creyeron, pues, al ser palabras de mujeres, las consideraron un delirio. Pero, a mí, sus informaciones de viva voz sobre el Nazareno me han abrumado incluso más que la propia destrucción del Templo; tanto es así que, por mi formación saducea, nunca me había planteado que pudiese haber una vida después de la muerte. Por otra parte, perseguido siempre por el remordimiento de no haber hecho todo lo que estaba en mi mano cuando, años después de su muerte, ejercí como sumo sacerdote, a fin de evitar la ya entonces más que previsible gran catástrofe, gracias a ellas he podido contactar con un rabino judío que se hizo creyente, Lucas, un helenista oriundo de Antioquía de Pisidia, formado en la escuela del gran maestro Gamaliel juntamente con aquel fanático fariseo llamado Saulo, natural de Tarso de Cilicia. Los cristianos, muy numerosos en la capital de Siria, judíos en su mayoría, y a los que se han adherido también muchos paganos, hacen correr rumores diciendo que la destrucción de Jerusalén y del Templo no representa otra cosa que los dolores de parto de la venganza divina que caerá bien pronto sobre nuestro pueblo. Yo he pedido a Lucas, como buen conocedor de todo este movimiento, que me responda a la pregunta de si Jesús, a quien mi padre Anás y mi cuñado Caifás entregaron a los romanos para que fuese crucificado como un vulgar alborotador, era realmente el Mesías de Israel y si estos rumores tienen consistencia. Como puedes comprobar, madre, mi situación es muy angustiosa y no sé si saldré airoso de ella. No quisiera abrumarte también a ti en tu ancianidad, ni hacer ningún juicio negativo sobre el comportamiento de mi padre, a quien espero que el Santo, bendito sea, le haya acogido en su misericordia.

Lucas acaba de enviarme el primero de los dos volúmenes que –según me dice– había previsto escribir para atender mi solicitud, y ya se ha puesto a redactar el segundo, que espera terminar pronto; en ellos se propone darme, después de haber investigado todo a fondo, una respuesta seria a las preguntas que yo le había planteado. En el momento en que te escribo, únicamente he leído el prólogo que ha dispuesto, según me indica él mismo, como introducción a la totalidad de la obra. Te lo transcribo, comentando los contenidos cuando lo he creído necesario, para que de este modo te sea más comprensible.

1

Lc 1,1-4

Lucas ha redactado el prólogo, querida madre, con un estilo muy pulido. Se podría parangonar con los mejores autores de la literatura griega.

COMIENZA ASÍ EL PRÓLOGO: «Dado que muchos han emprendido la tarea de poner en orden un relato sobre los hechos que se han verificado entre nosotros...». Lucas hace referencia a los numerosos intentos que los primeros creyentes en Jesús hicieron para poner por escrito las diversas presentaciones de su persona y de su obra. Yo, hasta ahora, solo había oído hablar de la obra de Juan Marcos, un predicador que, según Lucas, fue testigo ocular, desde los inicios, de la actividad de Jesús, contribuyendo con su enseñanza a la creación de las primeras comunidades creyentes. No he tenido en mi poder este escrito, pero Lucas lo ha utilizado como base para elaborar la respuesta que me está redactando. Después de él han sido muchos los que, sirviéndose de su obra, han compuesto obras semejantes para ser leídas en público durante las reuniones semanales que se celebran en casas particulares el primer día de la semana, día en que, según ellos, Jesús resucitó de la muerte. De hecho, se están separando de nuestras sinagogas y de las prácticas fariseas y, si bien aceptan y comentan, como hacemos nosotros, la Torá y los Profetas, centran su predicación en el anuncio de la Buena Nueva que les ha dado Jesús. Las pequeñas comunidades se van transmitiendo sus escritos, haciendo copias de ellos para su servicio litúrgico.

Lucas me asegura que, si bien él no fue testigo ocular de la actividad de Jesús, «había seguido de cerca todos los acontecimientos desde los inicios», aprovechando la atalaya que le proporcionaba el hecho de vivir en la ciudad santa y de poder recibir informaciones fidedignas sobre este personaje y el movimiento que inició en Galilea y completó en Jerusalén. Yo había visto a Lucas en más de una ocasión paseándose por los atrios del Templo, pero no contacté nunca con él, pues, por el hecho de pertenecer nosotros al círculo saduceo, vivíamos bastante distanciados del partido fariseo, al que tanto él como Nicodemo pertenecían. Lucas me había hablado de otro personaje conocido, José de Arimatea, miembro del Sanedrín, que también se hizo discípulo de Jesús, si bien a escondidas, por miedo a las autoridades judías, que consideraban a Jesús como un facineroso.

Después de haber investigado todo a fondo, Lucas me asevera que se ha «decidido a escribirme con rigor y de manera ordenada», a fin de que yo pueda «comprobar la certeza de las informaciones que han llegado a mis oídos». Te he de confesar, madre, que leyendo en voz alta el título con el que se dirige a mí, «excelentísimo Teófilo», en el seno del círculo de amigos que nos reunimos cada sabbath para comentar esta respuesta, se me han removido las entrañas y, en un instante, han pasado delante de mí una serie de escenas pertenecientes al tiempo, que no volverá jamás, en que ejercí el cargo de sumo sacerdote en el Templo.

Pensamos leer con mucho detenimiento la respuesta que ha puesto en nuestras manos, conscientes de que ha pasado meses y meses redactándola. Te iré hablando en una especie de diario, del cual hoy justamente he iniciado la primera página. Espero que volvamos a vernos pronto, cuando se hayan serenado los ánimos, y podamos algún día compartir estas enseñanzas. Te escribo en la lengua que mamé de pequeño, gracias a la cual he podido relacionarme con personas que viven en la diáspora, donde hemos encontrado resguardo mi familia y yo. Quién me hubiera dicho que el nombre de Alejandro, que me pusisteis cuando fui circuncidado, y, sobre todo, el sobrenombre de Teófilo, con el que familiarmente me designáis, me abrirían las puertas a un mundo desconocido para mí hasta ahora. Tu hijo que tanto te quiere, Alejandro Teófilo.

2

Lc 1,5-25

AL ABRIR EL PRIMER VOLUMEN, querida madre, me ha sorprendido que el Templo de Jerusalén presidiese la obertura. Lucas me ha hecho viajar en el tiempo, situándome en los días de Herodes, el gran rey de Judea, y ha procurado ganarse mi atención presentándome una familia sacerdotal como la nuestra, si bien de rango inferior, a la que pertenecía cierto sacerdote de nombre Zacarías, del turno de Abdías, que tenía una mujer descendiente de las hijas de Aarón, cuyo nombre era Elisabet. Por la manera en que los describe, he rememorado la historia de los padres de Israel, Abrahán y Sara, quienes, a pesar de su vejez y de la esterilidad de ella, dieron a luz un hijo, Isaac: «Ambos eran justos a los ojos de Dios, procedían en el cumplimiento de todos los preceptos y prescripciones del Señor irreprensibles y no tenían hijos, por el hecho de que Elisabet era estéril y ambos provectos en sus días». En la obertura de la obra, Lucas muestra, pues, un especial interés en situar la primera escena en el Templo de Jerusalén y en recalcar, al final del primer volumen, que tengo en mis manos, que los discípulos de Jesús «estaban continuamente en el Templo alabando a Dios».

De repente, me ha hecho retroceder en el tiempo, y me ha recordado aquellos años sublimes en los que, todos los días, asistía a la oración matutina y vespertina, inflamándose con el aroma del incienso, que elevaba a la presencia de Dios las oraciones del pueblo de Israel: «Sucedió que, mientras Zacarías oficiaba en el rango de su turno ministerial en la presencia de Dios, según el ritual del sacerdocio le tocó en suerte ofrecer el incienso una vez hubo entrado en el santuario de Dios; toda la asamblea del pueblo estaba orando fuera, a la hora del rito del incienso». Para cualquiera de los miles de sacerdotes que, por turno, oficiaban en el Templo, la posibilidad de entrar en el santuario era la máxima aspiración de su vida, pues la mayoría de ellos no tendría nunca la suerte que tuvo Zacarías. Cuando yo oficiaba como sumo sacerdote, me los encontraba con frecuencia y les hablaba, y así procuraba romper el hielo que la abismal diferencia de clases había consolidado, desgraciadamente, entre nuestro estamento y el de los simples sacerdotes. Doy gracias al Santo, bendito sea, por las malas pasadas que tuve que soportar de joven por parte de los hebreos autóctonos, por el hecho de tener un nombre griego y vínculos familiares con la diáspora, puesto que eso me ha ayudado a abrirme a los otros y a superar situaciones tan difíciles como las que estamos viviendo ahora.

Zacarías, sin embargo, no debía de ser muy consciente de la función que estaba ejerciendo; de otro modo, no se habría asustado al ver que un ángel se le había aparecido a la derecha del altar del incienso. Actuaría rutinariamente, como tan a menudo me pasaba a mí, y ya no se creía que la súplica que mil veces había dirigido a Dios para tener descendencia, algún día sería escuchada. Por eso, el ángel del Señor lo tuvo que serenar: «No temas, Zacarías, que tu ruego ha sido escuchado: tu mujer, Elisabet, parirá un hijo, y le pondrás de nombre Juan». El anuncio que le hizo el ángel sobre el papel que representaría su hijo: «Se adelantará ante Dios con el espíritu y el poder de Elías... para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto», es lógico que le dejara anonadado. Elías, como tú muy bien sabes, según una antigua tradición, tenía que preceder a la venida del Mesías, a fin de prepararlo todo. Lo que ya no es tan lógico es que no se creyera las palabras del mensajero, cosa que comportó que el ángel se viese obligado a presentarle sus credenciales como mensajero celestial, a revelarle su nombre y advertirle que se quedaría mudo, sin poder hablar hasta el momento en que llegara su cumplimiento: «Yo soy Gabriel, el que está de pie en presencia de Dios; he sido enviado para hablar contigo y anunciarte esta buena noticia. Pues, ¡mira!, te quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras, que se cumplirán en su momento».

Cuando leo todo esto, pienso que habría sido bueno que nuestras jerarquías hubiesen enmudecido antes de que los romanos hicieran callar las piedras, por no habernos tomado en serio las tareas que nos han sido confiadas.

3

Lc 1,26-38

COMO SI ME DESPERTARA DE UN SUEÑO, madre, de repente, con un cambio brusco de escenario, Lucas me ha transportado ahora en el espacio. No revela, de momento, el nombre de la ciudad, ni ha puesto el acento en el nombre de la región (emplea un adjetivo para introducirla), pues ha querido que fijara mi atención en el personaje femenino que presidirá la escena, una joven del pueblo: «En el sexto mes» de la concepción de Juan en el seno de Elisabet «fue enviado el ángel Gabriel por Dios a una ciudad galilea, a una joven desposada con un hombre que tenía por nombre José, de la casa de David; el nombre de la joven era Mariam». El mismo ángel Gabriel hace de intermediario entre Dios y el pueblo de Israel, representado figuradamente por Zacarías y Elisabet, ambos del linaje sacerdotal, y entre Mariam, perteneciente al mismo linaje, y un tal José, descendiente del linaje de David. Dos parejas bien diferenciadas y contrastadas, envejecida una y recién prometida en matrimonio la otra. En cambio, no veo claro, de momento, qué me quiere decir con el seudónimo de José («que tenía por nombre José»), con lo que parece que quiere esconder su nombre real. Tal vez más adelante encontraré más información; si no, tendré que pedirle que me lo aclare. Por lo que me dice, se trata de una pareja ya legalmente comprometida, pero que aún no viven juntos, como es costumbre entre nosotros.

El ángel la saluda con un tono muy entusiasta: «¡Alégrate, plenamente favorecida, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres!». Mariam se turbó, igual que Zacarías, al oírlo, pero no se cerró al anuncio angélico, sino que se puso a discurrir en su interior qué tipo de salutación sería aquella. El cambio de su nombre hebreo, Mariam, por el nombre helenizado, María, está indicando que se ha producido en ella una transformación muy profunda: «No temas, María, que has encontrado gracia cerca de Dios. Pues, ¡mira!, concebirás en tu seno y darás a luz un hijo y le pondrás el nombre de Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre. Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reinado no tendrá fin». Lucas deja bien claro que el trono de David no lo heredará por el hecho de que José provenga de «la casa de David», sino porque «el Señor Dios le dará el trono de David». Por eso, también precisa a continuación que María recibe el anuncio apenas había sido desposada y cuando todavía no había conocido varón. Para responder a la pregunta que María se hacía sobre «¿cómo sucederá esto?», la imagen que emplea el ángel: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, también el hijo que nacerá será llamado Consagrado, Hijo de Dios», me recuerda la nube que cubría el tabernáculo mientras el pueblo de Israel caminaba por el desierto, y que era un signo de la presencia del Santo, bendito sea.

Todo este lenguaje nos es familiar, madre, pero no deja de intrigarme. A medida que voy siguiendo el planteamiento de Lucas, me doy cuenta de que no podía responder con un «sí» o un «no» a la pregunta que inicialmente yo le planteé, y menos ahora, cuando, por culpa de tantos falsos mesías que se han levantado contra el Imperio, casi se están desvaneciendo nuestros signos de identidad e incluso la misma noción de Mesías de Israel aparece cada vez más como una utopía. Pero Dios no se echa atrás frente a los obstáculos que se interponen a su proyecto. Por eso, Gabriel asegura a María que la concepción de un hijo por parte de Elisabet, su parienta, en su vejez, a pesar de que la consideraban estéril, es un signo de que para Dios nada es imposible. Como buen rabino, Lucas conoce a la perfección la simbología de los números y la fuerza del quiasmo. El hecho de insistir, al comienzo y al final de la escena, entrecruzando los términos, en que la concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo tuvo lugar «el sexto mes / el mes sexto» de la concepción de Juan, me lleva a relacionarlo con el sexto día de la creación del hombre y la mujer por obra del mismo Espíritu de Dios que planeaba sobre las aguas primordiales. Asimismo, las respectivas expresiones con que el ángel lo presenta a María, «será grande, se llamará Hijo del Altísimo, será llamado Consagrado, Hijo de Dios», todas ellas en futuro, chocan con la terrorífica visión que tuvimos nosotros del presunto Mesías de Israel colgado en un patíbulo. Supongo que a ti te sucede lo mismo que a mí: se me hace un nudo en la garganta.

4

Lc 1,41-56

NOS HA SORPRENDIDO, querida madre, que María, tan pronto como ha quedado encinta, se fuera apresuradamente por la sierra a una ciudad de Judá, a visitar a Elisabet y a ponerse a su servicio. ¡Qué escena tan humana, madre! El encuentro de las dos madres embarazadas hizo saltar de alegría a la criatura en el vientre de Elisabet e hizo que se llenara de Espíritu Santo. El canto que Lucas pone en boca de María es un clamor subversivo, es la voz del pueblo sencillo, humillado y esclavizado de nuevo en su tierra:

Magnifica mi alma al Señor

y ha exultado mi espíritu en Dios, mi Salvador,

porque el Señor se ha fijado en la humillación de su esclava.

Pues, ¡mira!, desde ahora me felicitarán todas las generaciones...

Dios ha hecho obras potentes con su brazo

y ha dispersado a los arrogantes con sus propios planes.

Ha derribado a los soberanos de sus tronos

y ha exaltado a los humillados.

A los hambrientos los ha colmado de bienes

y a los ricos los ha despedido de vacío.

Pero a la vez viene a ser como un bálsamo destinado a curar las profundas heridas que estamos sufriendo. Como si no hubiera pasado nada, Lucas, que también ha experimentado el fracaso del Mesías, mantiene viva la llama de la esperanza de que las promesas hechas a nuestros padres se cumplirán:

Ha asumido el cuidado de Israel, su siervo,

acordándose de su amor misericordioso,

como lo había manifestado a nuestros padres,

a favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Con un breve colofón resume este singular encuentro: «María se quedó con ella durante tres meses y regresó a su casa». No me resulta fácil, te lo debo confesar, madre, asimilar estos primeros esbozos que Lucas va trazando. En la actual situación de desamparo, más bien suenan idílicos a mis oídos. Continuaré hablándote de ello.

5

Lc 1,57-80

COMO QUIEN ESCRIBE UN DRAMA, madre, Lucas va entrelazando las escenas y perfilando los personajes.

Elisabet dio a luz a su hijo, cosa que llenó de alegría a los vecinos y a sus parientes. En el momento de la circuncisión, al octavo día, querían llamarlo por el nombre de su padre, Zacarías. Pero Elisabet se negó, diciendo que se tenía que llamar Juan, el nombre que le había impuesto el ángel. Como le replicaron que no había nadie en su parentela que tuviera este nombre, hicieron señas a Zacarías, que se había quedado mudo desde que no dio crédito al anuncio del ángel, para que diera su parecer. Este pidió una pizarra y escribió: «Juan es su nombre». En este momento, se le desató la lengua, se llenó de Espíritu Santo y se puso a hablar bendiciendo a Dios.

A mí y a los de mi círculo, que leemos en grupo este relato, nos ha sorprendido la diferente manera como Lucas presenta la familia de Juan y la de Jesús. Lucas se vale sobre todo de los cánticos, que pone en boca de sus personajes, para describir la situación y su manera de pensar respecto al pueblo de Israel. En el cántico de María resonaba la voz del pueblo oprimido, que esperaba una subversión del orden social y la caída de los opresores. Ahora, en el cántico que pone en labios de Zacarías, habla de una salvación nacional de manos de los enemigos, los paganos:

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y ha conseguido el rescate para su pueblo;

ha suscitado una fuerza salvadora

en la casa de David, su siervo,

como lo había anunciado por boca de sus santos profetas desde antiguo:

que nos salvaría de manos de nuestros enemigos y de todos los que nos odian,

mostrándose misericordioso con nuestros padres

y acordándose de su santa alianza,

el juramento que juró a Abrahán, nuestro padre,

de concedernos que, sin temor, liberados de la mano de nuestros enemigos,

le demos culto con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Nos miramos unos a otros a la cara y nos preguntamos de qué enemigos nos tenía que salvar el Mesías davídico que Zacarías preconizaba. Después de todo lo que nos ha caído encima, nos suena más bien a música celestial. Con todo, a mí personalmente, el tono con el que habla Zacarías me resulta más familiar. Como corresponde a un sacerdote y buen observante de la Torá, el efecto de la salvación será el culto verdadero, un culto que, a pesar de que el santuario del Templo haya sido arrasado, podemos darle en el interior de nuestros corazones.

Pero, de repente, se dirige al niño, anunciando proféticamente cuál sería su misión:

Y además tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo,

porque irás delante ante la faz del Señor para preparar sus caminos:

para procurar una experiencia de salvación a su pueblo

mediante el perdón de sus pecados

por las entrañas de misericordia de nuestro Dios,

en virtud de las cuales nos ha visitado un astro que sale de lo alto:

para hacer aparecer una luz a quienes en tiniebla y sombra de muerte están sentados;

para dirigir rectamente nuestros pasos por el camino de la paz.

No hay casi nadie que no haya oído hablar de la persona de Juan Bautista, que fue un personaje muy controvertido. De hecho, ninguno de nuestros líderes se sometió al bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados que, al margen de las instituciones de Israel, él predicaba, pues nosotros no aceptábamos que su autoridad viniera de Dios y no de los hombres.

En un nuevo colofón, Lucas concluye su presentación: «El niño crecía y se fortalecía en el espíritu; estuvo en parajes desiertos hasta el día de su manifestación ante Israel».

6

Lc 2,1-7

AL INICIAR EL SEXTO ENVÍO, querida madre, me doy cuenta de que coincide con el relato del nacimiento de Jesús, que Lucas, a su vez, ha hecho coincidir con el sexto mes de la concepción de Juan y, simbólicamente, con el día sexto de la creación. Las coincidencias forman parte de nuestra cultura judía. Ahora bien, la ambientación que ha recreado no es la que se habría esperado para la presentación de un personaje que nos tenía que liberar de la opresión de los romanos: «Sucedió que, por aquellos días, salió un decreto de parte del César Augusto ordenando que se hiciese un censo del mundo entero». Para empezar, un decreto del César Augusto augura un endurecimiento del dominio de los paganos sobre Israel. De hecho, en una especie de paréntesis, «este censo tuvo lugar por primera vez cuando Quirino gobernaba la provincia de Siria», se hace una referencia velada al alzamiento de Judas Galileo, que se opuso al censo decretado por Quirino. Para Lucas, en cambio, el decreto del César en el mundo físico marca el inicio de un año jubilar en el mundo espiritual, en cuyo seno los israelitas podrán recuperar la libertad que el Señor dio a su pueblo cuando lo sacó de Egipto. Según Isaías, el Mesías debía presentarse en un año jubilar.

Una serie de indicios me han hecho ver lo que pretendía Lucas con este tipo de ambientación. En primer lugar, constata que «iban todos a censarse, cada uno a su propia patria», clan o tribu, exactamente como dice el Levítico: que en el año jubilar «cada uno de vosotros regresaréis a vuestra patria», tribu o clan; seguidamente menciona el nombre de José, «subió también José», a quien antes había presentado con un seudónimo, pero a quien ahora, por el papel preeminente que le asigna en el relato, pone en relación con su homónimo, el patriarca José, el hijo de Jacob rechazado por sus hermanos y vendido como un esclavo en Egipto, figura del pueblo de Israel esclavo que recupera la libertad; en tercer lugar, menciona por primera vez la región de Galilea por su nombre (y ya no con un adjetivo), y el nombre de la ciudad galilea que intencionadamente antes había silenciado cuando el ángel fue enviado a María: «Subió también José partiendo de Galilea, de la ciudad de Nazaret, en dirección a la tierra de Judá, a la ciudad de David que se llama Belén, a censarse con María, que estaba comprometida con él y estaba encinta, por el hecho de ser él de la casa y de la patria de David». El nombre mismo de Nazaret nos lleva a pensar en un año jubilar, por el juego de palabras con el término hebreo natzer. Precisamente «cuando ya llegaban allí, se completaron los días en que María tenía que dar a luz, y dio a luz a su hijo, el primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, puesto que no había para ellos un lugar en la estancia de arriba».

Cuando lo releo, se me ponen los pelos de punta. Tengo suficientes indicios para pensar que Lucas no está describiendo una escena histórica, sino que, como ya nos tienen acostumbrados los rabinos, está elaborando un midrash, semejante a los nacimientos de otros personajes bíblicos importantes, para establecer con ellos un contraste. «La estancia de arriba», donde se aloja, figuradamente es la casa de Israel, y el «lugar» parece apuntar al Templo de Jerusalén, el lugar por excelencia, donde tenía que hacer su entrada solemne el Mesías. La familia de Jesús, según está diciendo Lucas, no ha podido reintegrase en «su propia patria/clan» y ha tenido que refugiarse en la marginación, junto a un «comedero» de animales. Es inaudito que el Mesías de Israel tenga que nacer en la marginación total. Lucas, en lugar de dorarme la píldora para que me vaya haciendo a la idea de que Jesús es el Mesías, lo describe adrede con unos trazos tan crudos que se me hace muy difícil asumirlo.

7

Lc 2,8-20

UNOS PASTORES MARGINADOS por nuestra institución judía, madre querida, han acogido el anuncio del nacimiento del Mesías, pues hacían guardia por turnos durante la noche en aquella comarca. Se presupone que todos los demás nos dormíamos en los laureles mientras esperábamos un Mesías victorioso y triunfante nacido en un palacio real. Lucas continúa fiel al registro simbólico que acabo de apuntar, invirtiendo las expectativas que se habían ido forjando sobre la venida del Mesías: unos pastores, socialmente marginados por su permanente contacto con animales, fueron los escogidos para recibir el mensaje sobre el lugar en que había nacido el Mesías: «¡Mirad!, os anuncio una buena noticia, una gran alegría, que lo será también para todo el pueblo: os ha nacido hoy un salvador, que es el Mesías, el Señor, en la ciudad de David. Y que esta sea, para vosotros, la señal: encontraréis un bebé, envuelto en pañales, en un pesebre». El ángel anuncia la buena noticia a los pastores y, después, la hace extensiva a todo el pueblo de Israel. La «señal» que les da no es la que todos esperaban. Es del todo desconcertante, tanto para los receptores como por lo que se refiere a la señal en sí misma. Más aún, para acabar de remachar el clavo, identifica a los pastores con «los hombres»: «Sucedió que, cuando los ángeles se alejaron de ellos hacia el cielo, también los hombres, los pastores, se dijeron unos a otros: “¡Ea!, vayamos derechos a Belén y veamos todo eso que ha pasado y que el Señor nos ha hecho saber”». No hay duda de que, para Lucas, los hombres marginados por nuestras instituciones seculares han sido elegidos para recibir esta buena noticia. El relato continúa: «Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José y al bebé recostado en el pesebre». En el centro ha colocado la figura de José, sea quien sea, pues es él quien ha otorgado el pedigrí que había de ostentar este niño en el seno de la dinastía davídica. Un mensaje tan desconcertante no era nada fácil de digerir, y menos aún para su madre, una joven del pueblo. Por eso, Lucas puntualiza que «María conservaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón». Yo procuro hacer lo mismo, a pesar de los muchos interrogantes que me suscitan.

8

Lc 2,21-40

SIGUIENDO EL HILO DELRELATO, te hablaré hoy, madre querida, de la circuncisión del niño y de la imposición de su nombre, Jesús, tal y como había dispuesto el ángel Gabriel. En el momento de la presentación y de la purificación de Jesús en el Templo, como está prescrito en la Torá, Lucas recurre nuevamente a un seudónimo para presentarnos un personaje singular: «Había un hombre en Jerusalén que tenía por nombre Simeón; el hombre este, justo y piadoso, esperaba expectante la consolación de Israel, y el Espíritu Santo descansaba sobre él». Del seudónimo deduzco que Lucas hace alusión velada al sumo sacerdote Simeón, hijo de Onías, conocido entre nosotros como el Justo, de quien el Sirácida hizo un panegírico al final de su libro. En el cántico que Lucas pone en sus labios se ve claramente que las palabras relativas al niño que dirige a Dios quedan circunscritas a Israel:

Ahora vas a liberar a tu esclavo, mi Dueño,

según tu palabra, en paz,

porque mis ojos han visto tu salvación,

la que habías preparado en presencia de todos los pueblos:

luz para revelación

y gloria de tu pueblo, Israel.

De inmediato se dirige a María, la madre del niño, y le hace esta sorprendente revelación: «¡Mira!, este ha sido puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, como una señal de contradicción –pero a ti misma una espada te traspasará el alma–, para que se revelen de muchos corazones los razonamientos».

Un nuevo personaje, ahora femenino, aparece en escena: Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, «que también ella era provecta en muchos días y años»; había vivido siete años con un hombre y se quedó viuda. No se apartaba del santuario, donde rendía culto a Dios con ayunos y oraciones. En este preciso momento, se presentó y se puso a dar gracias a Dios y a hablar de él a todos los que esperaban el rescate en Jerusalén.

Una vez acabada la ceremonia, los padres de Jesús se volvieron a Galilea, a su ciudad, Nazaret, tal como había sido predicho por el profeta: «Se llamará Nazoreo». Este título mesiánico podría muy bien hacer referencia al «tallo» que tendría que brotar de las raíces de Jesé, tal como leemos en el rollo del profeta Isaías. Igualmente, podría hacer alusión a la asociación de Jesús el Mesías y la celebración del jubileo, como ya te he apuntado más arriba.

El relato concluye con un breve resumen sobre la infancia de Jesús y su desarrollo: «El niño Jesús se fortalecía e iba creciendo, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios habitaba en él».

9

Lc 2,41-52

A medida que me voy adentrando en la obra de Lucas y en las técnicas exegéticas que utiliza, me doy cuenta de que me va llevando de la mano para que me haga una idea cabal sobre la persona de Jesús. Estas técnicas, asimismo, me resultan familiares gracias a la formación que recibí de joven en las escuelas del Templo de Jerusalén, primeramente, y en Alejandría, después, dado el interés que teníais el padre y tú para que conociera nuestras raíces familiares, hasta el punto de que algunos de mis parientes más cercanos aún me llaman por mi nombre «Alejandro», en lugar del sobrenombre «Teófilo» con el que casi todos mis colegas y conocidos me llaman. La escena que te comentaré hoy es una filigrana.

CUANDO JESÚS CUMPLIÓ DOCE AÑOS, por fin sus padres podían llevarlo con ellos, pues ya era todo un adulto, para subir a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Pero sucedió que, cuando ellos regresaban, el niño Jesús se quedó en Jerusalén. Al darse cuenta de que no bajaba en su caravana, preguntaron entre los parientes y conocidos y, al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén a buscarlo: «Y sucedió que, al cabo de tres días, lo encontraron sentado en el Templo en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas». Lucas lo presenta como si se tratase de un joven maestro, sentado en medio de los maestros. Parece insinuar en este relato, que literalmente se prolonga en el espacio de tres días, que Jesús, como hijo primogénito, que había sido consagrado a Dios, se habría formado de joven en el Templo, durante algo más de tres años, en el conocimiento profundo de las Escrituras. De hecho, precisa que «todos los que lo oían quedaban fuera de sí por su inteligencia y sus respuestas». Es posible que Lucas contara con informaciones recibidas directa o indirectamente de la madre de Jesús, a quien, como acabamos de ver, ha asignado un papel preponderante en su infancia. Sea como sea, lo que nos está recalcando es la progresiva toma de conciencia de Jesús de su futura misión, según se deduce de la dura respuesta que da a sus padres, quienes ansiosos y entristecidos lo estaban buscando: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo tengo que estar en las cosas de mi Padre?». También yo me estoy planteando preguntas semejantes, y Lucas intenta darme una respuesta accesible. Debo ir siguiendo el hilo del relato para ver hacia dónde me quiere conducir.

Lucas acaba la presentación de Jesús con un colofón, como había hecho con Juan: «Su madre conservaba todos aquellos dichos en su corazón. Jesús progresaba en edad, sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres».

10

Lc 3,1-20

Después de la apertura de la obra, madre queridísima, abordaremos hoy el relato central que Lucas inicia con gran solemnidad.

«EL AÑO QUINCE DEL GOBIERNO DE TIBERIO CÉSAR, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, tetrarca de Galilea Herodes [Antipas]; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de la región de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abiliana, bajo el sumo sacerdote Anás y Caifás, llegó un mensaje de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto». ¡Cuántos nombres de personajes relevantes! Algunos de ellos nos son tan familiares, querida madre... Lucas ha construido una pirámide. El poder romano lo ha colocado por encima del poder judío. En la cumbre, el emperador Tiberio; por debajo, Poncio Pilato y los tres tetrarcas, Herodes, Filipo y Lisanias, el poder regional. Con una expresión insólita, «bajo el sumo sacerdote», en singular, refiriéndose al padre Anás y a mi cuñado Caifás, me da a entender que el padre era el que continuaba moviendo los hilos del poder judío, aunque quien ostentaba el título en aquel momento era Caifás. Lucas acumula nombres y títulos para fijar la fecha en la que Juan comenzó su misión y para ambientarla en el contexto histórico en el que se manifiesta ante Israel, en el año quince del reinado de Tiberio César.

Toda esta retahíla de datos confluye en el momento en que Juan fue investido, en el desierto de Judá, con la misión que el ángel Gabriel había revelado a Zacarías, «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto», ya que, como Zacarías manifestó cuando se le soltó la lengua, el niño Juan sería «llamado Profeta del Altísimo» porque «iría delante ante la faz del Señor para preparar sus caminos: para procurar una experiencia de salvación a su pueblo mediante el perdón de sus pecados». En contraste con el lugar ocupado por el poder romano y judío, Juan ha recibido su llamada en el desierto y, de inmediato, se ha puesto a recorrer toda la región circundante del Jordán proclamando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados.

Lucas, apoyándose en el libro de los oráculos de Isaías, nos ofrece un compendio del contenido de su predicación:

Voz de uno que clama en el desierto:

«Preparad el camino del Señor,

enderezad vuestros senderos;

todo barranco será rellenado

y todo monte y colina será abajado;

los terrenos tortuosos serán enderezados

y los escabrosos, allanados».

Al igual que Isaías, que invitaba a los exilados de Babilonia a preparar el camino de retorno en compañía del Señor, Juan invita a todos a preparar «el camino del Señor». Un cambio, sin embargo, muy sutil respecto a la versión griega de los Setenta, «enderezad vuestros senderos», en lugar de «enderezad los senderos de nuestro Dios», me ha hecho comprender que Juan no propugnaba un éxodo formal hacia el desierto, sino un cambio profundo de mentalidad en el pueblo de Israel. El título de «el Señor» Isaías lo aplicó al futuro Mesías de Israel. Con todo, no nos resulta nada fácil, madre, aceptar que este título pase a ser aplicado a un hombre marginado por la sociedad, que nació en un comedero de animales, de quien él sería el precursor, y que presuntamente tenía que traer la salvación al pueblo de Israel.

Juan va respondiendo a tres estamentos enfrentados entre sí, que le hacen la misma pregunta: «¿Qué tenemos que hacer para salvarnos?». Primeramente apostrofa con palabras muy duras a las multitudes que han acudido a hacerse bautizar: «¡Camada de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escaparos de la ira inminente? Así, pues, producid un fruto que sea acorde con vuestro arrepentimiento, y no empecéis a deciros: “Tenemos a Abrahán por padre”», y los amenazó diciendo que «ya el hacha está tocando la cepa de los árboles; todo árbol, pues, que no da buenos frutos es cortado y echado al fuego». En respuesta a la pregunta que le formulan, de inmediato los invita a compartir lo que tienen con quien no tiene. La solución que él propone es de estilo ético y social. Seguidamente, se presentan los recaudadores de tributos, considerados pecadores tanto por nuestros maestros de la Torá como por la gente del pueblo, para hacerse bautizar, y les responde que no exijan más de lo que está establecido. No les pide que abandonen su profesión, sino que dejen de extorsionar al pueblo. Finalmente, le formulan la misma pregunta unos soldados judíos alistados al servicio de Herodes, si bien no dicen que quieran bautizarse, y les responde: «No extorsionéis a nadie ni presentéis falsas denuncias; conformaos con vuestros salarios», evitando todo tipo de injusticias. Ni una sola palabra sobre que algunos de nuestros dirigentes se hubiesen presentado. La expectación del pueblo era enorme, y todos discurrían en su interior, a propósito de Juan, si no sería él el Mesías. Te transcribo la respuesta de Juan: «Yo os bautizo en agua en señal de arrepentimiento, pero el que viene es más fuerte que yo y yo no soy competente para desligarle la correa de la sandalia». Juan confiesa que él no es competente para asumir el papel de Esposo de Israel, y continúa: «Él mismo os bautizará en Espíritu Santo y fuego; trae el bieldo en la mano y aventará la parva en su era: reunirá el trigo en el granero; la paja, en cambio, la quemará en un fuego inextinguible». Según Juan Bautista, el bautismo que impartirá el Mesías tiene una doble vertiente: infusión de vida divina para quienes rectifiquen; juicio divino y castigo para los que no lo hagan. Es el juicio de Dios que tanto me atormenta, pero del cual Lucas me ha asegurado que no tengo que preocuparme, porque Jesús no piensa como el Bautista.

Lucas finaliza el anuncio del Bautista haciendo referencia a su encarcelamiento por parte de Herodes, el tetrarca, reprobado por Juan tras haber tomado como esposa a Herodías, la mujer de su propio hermano, un hecho inaceptable para nuestra sensibilidad, pues Herodes, a pesar de que la conversión al judaísmo de sus padres en Idumea fue forzada, debía comportarse como un judío.

De esta manera, Lucas pone fin a la descripción, más bien breve, del ministerio de Juan Bautista, a fin de dedicar todo lo restante del primer volumen a describir paso a paso el ministerio de Jesús, el actor principal del drama.

11

Lc 3,21-38