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Este libro no es un ensayo al uso, ni tampoco una obra de ficción. Se trata de un relato que adentra al lector en los campos de investigación cultivados por Josep Rius-Camps; a saber, las cartas de Ignacio de Antioquía, el evangelio de Marcos, los escritos de Lucas (evangelio y Hechos), y el evangelio de Juan. El autor se permite la licencia, como única concesión a la ficción, de ser él mismo, personalmente, quien se traslada en el tiempo y el espacio para dialogar con los personajes más representativos, comenzando por el propio Jesús, y desgranar narrativamente cómo fueron los comienzos de la Iglesia y la elaboración de los primeros testimonios sobre el nazareno. Esta obra nos sitúa como espectadores directos de todos esos acontecimientos, sin perder ni un ápice del rigor científico con el que Rius-Camps dio forma a sus estudios, apoyados siempre en las fuentes textuales más antiguas.
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Seitenzahl: 385
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Presentación
I. Preliminares
II. Un viaje en el espacio y en el tiempo
1. Camino del Jordán donde Juan bautizaba
2. Jesús es ungido Mesías, Rey de Israel
3. El Mesías de Israel toma posesión del Templo
4. Final dramático del movimiento de Jesús
5. Llegada de Juan Marcos a Alejandría
6. El Espíritu Santo confía a Bernabé y Saulo la misión al paganismo
7. Juan Marcos deja la misión y regresa a Jerosólima, sin poder anunciar el Evangelio
8. La causa de los paganos creyentes sometida a juicio en Jerusalén
9. Gravísimo conflicto entre Pablo y Bernabé por motivo de Juan Marcos
10. El Estado de Israel se está desmoronando: la inminente destrucción de Jerusalén y del Templo que Jesús había predicho se ha hecho realidad
11. Mi reencuentro con el rabino Lucas en Antioquía de Pisidia
12. El Prólogo del primer volumen de la obra lucana
13. El paso del prisionero Ignacio, el obispo de Siria, ha dejado trazas indelebles en la comunidad de Éfeso
14. Carta de Ignacio a la Iglesia de Roma para prevenirles de ejercer influencias para obtener el sobreseimiento de la ejecución de su condena
15. Carta de Ignacio a la Iglesia de Éfeso previniéndoles sobre el gravísimo peligro del docetismo
16. Cartas de Ignacio a las iglesias de Trales y Magnesia previniéndoles sobre los peligros tanto de los docetas como de los judaizantes
17. Mi larga convivencia con el Anciano que vivía en una ermita cerca de Éfeso
18. Inserción de los discípulos en el Diálogo de Jesús con la Samaritana
19. El paralítico de la piscina probática
20. La escena del lavado de los pies
21. El proceso judicial contra Jesús
22. Apariciones del Resucitado
23. Ampliación de la obra del Anciano: segundo epílogo y colofón
24. Nueva y larga estancia en Antioquía de Pisidia para comentar con Lucas su
Demostración a Teófilo
25. Los amplios Prolegómenos del segundo volumen de Lucas
26. Restauración
a precario
del número Doce
27. Realización de la Promesa y manifestación universal del Espíritu
28. Nacimiento de la Iglesia helenista
29. Tríptico de conversiones: Felipe, Saulo y Pedro
30. Felipe pone la primera piedra en la fundación de las iglesias de Samaría y Etiopía
31. La incipiente conversión de Saulo
32. El largo camino de la conversión de Pedro hasta su abdicación
33. Situación crítica de las comunidades visitadas por Pedro
34. Visión de Cornelio en Cesarea y de Pedro en Jope
35. Informe de Pedro a los apóstoles y a los ancianos de Jerusalén
36. Nacimiento en Antioquía de Siria de la primera Iglesia cristiana
37. Presentación en público de la Iglesia de Antioquía en Jerusalén
38. La dirección de la Iglesia cristiana de Antioquía confiada por el Espíritu Santo a tres profetas y dos maestros
39. Segunda fase de la misión al paganismo: de Asia a Europa. Los misioneros cruzan el mar Egeo en dirección a Macedonia
40. Viaje a Jerosólima
41. Tróade
42. Tiro
43. Cesarea
44. Llegada a Jerosólima
45. Purificación de Pablo en el Templo
46. El largo calvario que llevará a Pablo hasta Roma
47. Última tentativa de Pablo de congraciarse con los judíos de Roma. Finalmente da la razón al Espíritu Santo
III. De regreso a la ermita de Sant Pere de Reixac
1. Jesús nació en Nazaret, no en Belén, la patria de David y, por tanto, del Mesías davídico
2. Jesús, a los doce años, se queda en el Templo sentado entre los maestros de la Ley
3. Unción mesiánica de Jesús, discípulo de Juan, en el desierto, al salir del Jordán
4. El Mesías, llevado por el Espíritu, es puesto a prueba por Satanás
5. El Mesías hace limpieza del Templo, pero no toma posesión
6. Rivalidades entre discípulos de Juan y discípulos de Jesús
7. ¿Tuvieron algún rol los parientes y familiares de Jesús en su vida pública?
8. La conversión de Samaría, la oveja perdida de Israel, recuperada por el Mesías
9. Jesús tenía una comunidad pagano-creyente en los confines de Tiro
10. Unos greco-paganos quieren ver a Jesús
11. La elección de los Doce provoca la animadversión de los dirigentes judíos
12. La traición de Judas y su suicidio desactivan la representación que Jesús había conferido a los Doce apóstoles sobre Israel
13. Jesús resucitado se niega a suplir el escaño que Judas ocupaba entre los Doce apóstoles
14. Los Once, para evitar que los hermanos de Jesús hagan valer sus derechos de sangre, restauran
a precario
al miembro duodécimo
15. El Discípulo amado, según la última voluntad de Jesús, sería el que debería haber presidido la nueva comunidad creyente
16. Conclusión
Créditos
Este libro no es un ensayo al uso, ni tampoco una obra de ficción. Se trata de un relato que adentra al lector en los campos de investigación que Josep Rius-Camps viene cultivando desde hace casi 60 años; a saber, las cartas de Ignacio de Antioquía1, el evangelio de Marcos2, el escrito de Lucas (evangelio3 y Hechos4) y, por último, la obra del Discípulo amado, conocida hoy como evangelio de Juan. Quedan fuera Orígenes de Alejandría y las Pseudoclementinas, de los que también se ha ocupado el autor a lo largo de su prolífica carrera, pero de difícil encaje en la secuencia temporal que vertebra este relato.
¿Por qué secuencia temporal? Porque en esta obra el autor se permite la licencia, como única concesión a la ficción, de ser él mismo, personalmente, quien se traslada en el tiempo y el espacio para dialogar con los personajes más representativos, comenzando por el propio Jesús, desgranando narrativamente cómo fueron los comienzos de la Iglesia y la elaboración de los primeros testimonios sobre el nazareno. Así, entran en escena Juan el Bautista, el evangelista Juan Marcos, Lucas o el Discípulo amado, entre otros.
A través de copias manuscritas, conocemos las obras que nos legaron, las cartas, los evangelios, los distintos escritos, pero no siempre la conexión que hay entre ellos y sus autores: las motivaciones, las dificultades, los problemas teológicos y también personales; en fin, la intrahistoria y la urdimbre teológica, social y humana que se tejió durante esos primeros años que sentaron las bases de lo que siglos después sería la religión del Imperio; el mismo Imperio contra el que ese grupo de judíos que seguían a Jesús se rebelaba.
El problema de la transmisión de los textos evangélicos está muy presente en esta novela. Por desgracia, no nos han llegado los escritos originales que salieron de la mano de los autores. Los testimonios más antiguos que se conservan son hojas de papiro que datan de finales del siglo II o principios del III. Lo que leemos, por tanto, son copias de copias que se han ido transmitiendo en el tiempo, con la peculiaridad de que estas copias difieren entre sí en determinados puntos, en los que hay cambios de palabras, omisiones y todo tipo de alteraciones, dando lugar a lo que se denomina variantes. Alrededor de los manuscritos conservados destacan dos tradiciones textuales: la alejandrina, cuyo representante principal es el Códice Vaticano, y la mal llamada occidental (pues el texto proviene de las iglesias de Asia y Frigia). A esta última tradición pertenece el Códice Beza, que, según ha podido mostrar Rius-Camps a lo largo de numerosos trabajos, preserva la versión más arcaica del texto, esto es, la más cercana a los originales. A lo largo de la novela, y de las explicaciones introductorias, comprenderemos mejor la importancia de este códice y muchas de sus implicaciones.
La libertad inherente al relato novelado5 constituye, sin duda, un instrumento de gran valor para el lector no especializado, que no tiene acceso al griego en el que se escribieron los evangelios. La narración nos situará como espectadores privilegiados de aquellos acontecimientos, sin perder ni un ápice del rigor científico con el que Rius-Camps ha dado forma a sus estudios. Por todo ello, estamos ante un trabajo único y excepcional, que se lee con la fluidez propia de la narrativa y con la claridad que aporta el profundo conocimiento que el autor, autoridad internacional en la materia, tiene de los temas tratados. Cualquier persona interesada en penetrar, por medio de una aproximación humana y personal, en las raíces del cristianismo encontrará en estas páginas elementos muy enriquecedores para cultivar sus intereses y profundizar en el conocimiento de la persona de Jesús y de quienes fueron sus testigos y primeros seguidores.
Juan Egea GarcíaMurcia, 1 de octubre de 2025
Un detective no se improvisa, se nace. Después se irá puliendo a medida que se agudicen sus sentidos, se despierte su mente y se abra su espíritu a experiencias de un mundo donde las palabras y los conceptos no tienen cabida. Desde el seno de mi madre ya me hacía preguntas, que no recibían ninguna respuesta, pues ni siquiera era capaz de formularlas. A mi alrededor escuchaba llantos y risas. No estaba solo. Mis dos hermanitos mayores chapoteaban desnudos en un cubo de agua templada, haciendo frente al verano que acababa de empezar. Quién me iba a decir que aquel desconocido mundo exterior que tanto me intrigaba, inmerso en aguas tan ricas, llenas de olores y de ternura, no pararía de sorprenderme y de hechizarme, despertando en mí un instinto insaciable de hacer más y más preguntas, la mayoría de las cuales sin respuesta. De eso hace ya más de ochenta años, y nunca he dejado de cuestionar todo lo que ha llegado a mis manos. Dicen de los detectives que suelen ser muy despistados, bastante atípicos y que van siempre a lo suyo. Si es así, yo debo de ser un buen detective... Bromas aparte, un buen investigador debe ser una persona creativa, independiente y arriesgada; crítica con las obras y las personas que, en determinados dominios, se han erigido en autoridad. Por eso he escogido el género novelesco, para liberarme de las presiones que inconscientemente inducen a la autocensura.
1Josep Rius-Camps, The Four Authentic Letters of Ignatius, the Martyr: A Critical Study based on the Anomalies Contained in the Textus Receptus (Orientalia Christiana Analecta 213; Roma: Pontificium Institutum Orientalium Studiorum, 1979). Ignacio de Antioquía, Cartes. Introducció, text revisat, traducció i notes de Josep Rius-Camps, 2 vols. (Barcelona: Fundació Bernat Metge, 2001).
2Josep Rius-Camps, El Evangelio de Marcos: etapas de su redacción. Redacción jerosolimitana, refundición a partir de Chipre, redacción final en Roma o Alejandría (Estella: Verbo Divino, 2008).
3Lucas, Demostración a Teófilo. Evangelio y Hechos de los Apóstoles según el Códice Beza. Edición y traducción de Josep Rius-Camps y Jenny Read-Heimerdinger (edición bilingüe; Barcelona: Fragmenta, 2009).
4Josep Rius-Camps y Jenny Read-Heimerdinger, El mensaje de los Hechos de los Apóstoles en el Códice Beza. Una comparación con la tradición alejandrina. Traducción de José Pérez Escobar. Tomo I: De Jerusalén a la Iglesia de Antioquía: Hechos 1–12 (Estella: Verbo Divino, 2009). Tomo II: De Antioquía a los confines de la tierra, Roma: Hechos 13–28 (Estella: Verbo Divino, 2010).
5La presente obra es la segunda incursión en la narrativa del autor. La primera fue: Josep Rius-Camps, Diario de Teófilo. La demostración de Lucas (Evangelio y Hechos) narrada por Teófilo a su madre (Estella: Verbo Divino, 2018).
Con esta breve carta de presentación he querido llamar la atención de los lectores sobre el detective que se ha arriesgado a escribir una novela. Pese a que hasta ahora solo había hecho una concesión a este género literario1, al comprobar que ha sido muy útil a los lectores para comprender la obra de Lucas, a la que he consagrado más de la mitad de mi vida, he tomado la determinación de recurrir de nuevo a la novela, cautivado por dos figuras emblemáticas, femenina una y masculina la otra, que aparecen a menudo en los evangelios como personas preferidas de Jesús, para con ello liberarme de los sutiles tentáculos del estamento científico, que no me permitían expresarme libremente.
1. El protagonista de la obra será Jesús de Nazaret. Suspendiendo las restricciones espacio-temporales, que no están vigentes en la esfera divina, me propongo hacer un viaje en el tiempo para formular a quienes lo conocieron personalmente o escribieron sobre su vida una serie de preguntas sobre las que hasta ahora no he logrado una respuesta satisfactoria. El salto del ámbito estrictamente académico al de la narrativa tiene sus riesgos, pero –como ya he apuntado– estoy convencido de que vale la pena asumirlos. La experiencia como creyente me permite superar todo tipo de barreras académicas, literarias e incluso históricas, para así concentrarme en un personaje singular, que no es una mera figura del pasado, por muy relevante que haya sido su actividad y su obra, sino una persona que se presenta a sí misma como «el Hijo del hombre»2, un título que lo define como un representante de la raza humana, que fue víctima de una muerte ignominiosa reservada a los sediciosos y revoltosos que se habían alzado contra el Imperio romano, pero que se levantó él mismo de entre los muertos con la fuerza de su propio espíritu, alcanzando al resucitar para no volver a morir más un estado humanamente impensable, que le permite hacerse presente en la historia. Soy consciente de que esta experiencia solo la puedo compartir con aquellas personas que han vivido o viven una experiencia similar, sean creyentes o no.
2. Obviamente, para una fiel reconstrucción de la persona de Jesús, los cuatro evangelios canónicos constituyen el punto de partida. Los apócrifos poco nos pueden aportar, ya que buena parte de ellos son de cariz doceta, una secta que despreciaba el aspecto humano de Jesús y lo presentaba como un Salvador que hoy calificaríamos de extraterrestre. Cuando la ficción llegue, nos dirigiremos a personajes muy cualificados de finales del primer siglo, como el Discípulo amado, autor del cuarto evangelio; el rabino Lucas o el obispo de Siria, Ignacio, tres grandes personajes que nos han dejado obras de extraordinaria categoría, escritas todas ellas en griego. ¿Nunca os habéis preguntado por qué los evangelios están escritos en griego y no en hebreo o arameo, las lenguas que se usaban en tiempos de Jesús? Si los hubiesen escrito los apóstoles, la mayor parte de ellos, si no todos, galileos, no nos habrían llegado escritos en griego. No ha llegado hasta nosotros ningún texto original de los evangelios, pero tenemos infinidad de copias manuscritas, diseminadas por todo el arco mediterráneo, mediante las cuales hemos podido reconstruir buena parte del original con gran fidelidad. Todos los códices manuscritos que tenemos, papiros, códices mayúsculos o unciales y minúsculos o cursivos, están escritos en griego. Si habéis tenido en vuestras manos una reproducción fiel o facsímil de un papiro o de algún códice uncial, os habréis dado cuenta de que todo está escrito en letras capitales o mayúsculas, en un texto seguido, sin separación de palabras ni ningún tipo de signos de puntuación, interrogación o admiración. Sorprendentemente, con algo de práctica, se pueden leer perfectamente, aunque en aquel momento no existía la lectura privada. El texto siempre era leído e interpretado en público, o en pequeños cenáculos.
3. En cuanto al texto griego de los evangelios, las ediciones críticas modernas han preferido tomar como base el Códice Vaticano, apoyado en parte por el Códice Sinaítico, dos códices unciales de mediados del siglo IV que tienen en común un tipo de texto llamado «texto alejandrino», un texto híbrido construido sobre la amplísima base de la gran mayoría de manuscritos del mismo tipo textual. Cuando Eusebio, obispo de Cesarea, recibió el encargo (ca. 331-335) del emperador Constantino de realizar 50 copias de la Biblia griega (Antiguo y Nuevo Testamento), a fin de donarlas a las nuevas iglesias fundadas hacía poco en Constantinopla3, tuvo que improvisar una serie de escritorios, elegir como modelo el tipo de texto que consideraba más fiel a los originales, seleccionar una multitud de copistas bien entrenados y proveerse de cantidades ingentes de pergamino: todo un reto. Los códices Vaticano y Sinaítico que nos han llegado, o bien formarían parte de este pedido, o habrían sido copiados también en Cesarea una o dos décadas más tarde a partir de un tipo de texto igualmente «alejandrino»4. Pero este tipo de texto no es el único, ni coincide a menudo con el texto griego a partir del cual se hicieron las primitivas traducciones al latín, siríaco, arameo, copto, anteriores todas ellas a la Vulgata latina de Jerónimo (ca. 347-419).
4. Disponemos, afortunadamente, de un códice bilingüe grecolatino, de finales del siglo cuarto, que conserva un texto muy arcaico, un texto que se trasluce bajo las antiguas versiones latinas, siríacas, siro-palestinenses y coptas, y que erróneamente ha recibido la calificación de «texto occidental»: se trata del Códice Beza. La historia de este códice es rocambolesca; tanto es así que bien podría servir de base para escribir una tercera novela.
En el primer tercio del siglo segundo, las iglesias de Asia y Frigia, situadas al oeste de Asia Menor, y con la ciudad de Éfeso como capital, se propusieron evangelizar una región a la que no hubiera ido todavía ningún misionero, y escogieron la región interior de las Galias, en concreto Lyon y Viena, enviando una comunidad misionera muy ferviente en el Espíritu. Los misioneros habrían llevado con ellos una copia de los evangelios y de los Hechos de los Apóstoles y habrían hecho una traducción al latín, que era la lengua que allí se utilizaba. Constituyeron así un códice bilingüe, el antecesor de nuestro Códice Beza, que podríamos datar en el primer tercio del siglo segundo. Sabemos a ciencia cierta, gracias a las informaciones que nos ha conservado Eusebio de Cesarea, que el primer responsable de la Iglesia de Lyon tenía un nombre griego, Potheinós «Deseado», Potino transcrito al castellano, que habría nacido en el primersiglo,antes del año 87 de nuestra era, ya que sufrió el martirio cuando tenía 90 años, en el año 177, momento en que se desató una gran persecución contra la Iglesia de Lyon. Potino fue el primer obispo de las Galias5, mientras que otro nombre griego, Ireneo «Pacífico», que era desde sus inicios uno de los ancianos de aquella comunidad asiática misionera6, a la muerte de Potino, pasó a ser su segundo obispo7. Una vez apaciguada la persecución, los cristianos de las iglesias de Viena y de Lyon que habían sobrevivido a la persecución iniciada por el Imperio romano escribieron en griego una carta a los hermanos de Asia Menor y de Frigia comunicándoles lo que había pasado; una carta que se ha conservado casi entera gracias a la transcripción que hizo Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica8.
El Códice Beza estaría tras las copias que se habrían hecho a lo largo de casi tres siglos. La situación geográfica de aquella región, alejada de las principales vías marítimas del arco mediterráneo, habría contribuido a esquivar la influencia que ejerció «el texto alejandrino» en toda el área mediterránea. De hecho, la página griega ha sufrido pocos retoques, no así la latina. La mayoría de las correcciones que podemos observar en ella tienden a armonizarlo con el «texto alejandrino». Si se hubiera hecho una nueva copia, habríamos perdido buena parte de este tesoro, ya que el escriba o escribas habrían puesto en limpio todas las correcciones que todavía hoy constan en dicho manuscrito. En el extenso comentario a los Hechos de los Apóstoles que hemos llevado a cabo Jenny Read-Heimerdinger y un servidor9 hemos podido comprobar el carácter arcaico de muchas de las variantes que hemos identificado respecto al texto alejandrino, la coherencia entre ellas y su proximidad al pensamiento y al lenguaje judíos. He optado, pues, por tomar este tipo de texto como base de las citas que aparecerán a lo largo de esta novela.
Mi búsqueda pretende adentrarse en la intimidad de Jesús, en su vida emocional, en su forma de reaccionar con una gran paz interior ante las situaciones más complicadas, en su trato con las masas, con los dirigentes judíos que le hacen la contra y con sus propios discípulos, aspectos que los evangelios dejan entrever en contadas ocasiones. El talante pacífico de Jesús, extremadamente sensible y abierto, quedó marcado desde el principio por su plena apertura a la acción del Espíritu Santo, y por la aceptación del rol de Mesías de Israel que se le proponía. La psicología íntima de Jesús se hará patente sobre todo en su relación con dos personajes clave, femenino uno y masculino el otro, que he calificado de discípulos preferidos de Jesús.
5. El personaje femenino aparece a menudo en los cuatro evangelios, pero en contadas ocasiones se le identifica por su nombre, María Magdalena. Lucas habla por primera vez de ella cuando presenta el grupo femenino como alternativa al círculo de los Doce:
Sucedió que, poco después, prosiguió él (Jesús) su ruta por cada ciudad y aldea predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios, y los Doce en compañía de él, así como ciertas mujeres que habían quedado curadas de malos espíritus y dolencias: María, a quien llaman Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, la mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas, las cuales ponían también al servicio de ellos buena parte de sus propios bienes10.
Marcos la presenta por primera vez en la escena de la crucifixión:
Había también unas mujeres que lo observaban de lejos, entre las que se encontraban María Magdalena, María, madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, las cuales también le habían seguido cuando él se encontraba en Galilea11.
Mateo la mencionará también en esta escena, junto con la madre de Jesús, calificada igualmente como la madre de Santiago y de José, el segundo y el tercer hijo después de Jesús, y en tercer lugar la madre de los hijos de Zebedeo12.
También Juan hará mención allí:
Estaban de pie cerca de la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena13.
Lucas no la mencionará allí por su nombre, pero da a entender que estaba presente:
Estaban de pie todos sus conocidos a cierta distancia, y unas mujeres, las que juntas lo habían seguido desde Galilea, para ver aquello14.
Marcos la menciona nuevamente en la escena del entierro, al igual que Mateo y Lucas:
María Magdalena y María la (madre) de Santiago habían observado el lugar donde lo habían puesto15.
María Magdalena y María de Santiago, es decir, la madre de Jesús, irán a comprar aceites aromáticos para embalsamarlo y serán las primeras que den testimonio del Resucitado16. Pero será en el escrito de Juan donde adquirirá un papel destacado17. A medida que avancemos, nos daremos cuenta del papel central que jugó María Magdalena en la vida íntima de Jesús. De momento, sabemos que es originaria de Magdala, una población situada al noroeste del lago de Galilea, entre Tiberíades y Cafarnaún; que formó parte casi desde los inicios del grupo femenino de discípulos, constituido por mujeres acomodadas que habían puesto parte de sus bienes al servicio de los Doce; que profesaba un gran cariño por Jesús por haberla liberado de todo tipo de fanatismos («siete demonios»)18; que siguió sus pasos desde Galilea a Jerusalén hasta el pie de la cruz y que, junto con Juana, la mujer de Cusa, intendente de Herodes19, y la madre de Jesús, cuidó de procurarle una sepultura digna y vivió la sorprendente experiencia del sepulcro vacío, por la que él mismo se había levantado de entre los muertos. En el breve diálogo entre Jesús resucitado y María Magdalena hay un detalle que revela, como veremos también en el Discípulo amado, la íntima relación que había entre ambos: «¡Deja de tocarme, pues todavía no he subido hacia el Padre!», le dice Jesús20. Su anuncio chocó con la incredulidad de los Once y de todos los demás, pues consideraron que era fruto de una imaginación delirante21.
6. En la escena de la última cena, después de que Jesús denunciara que uno de los Doce estaba dispuesto a entregarlo, el personaje masculino se presenta de repente, preservando a conciencia su anonimato:
Estaba apoyado uno de sus discípulos en el seno de Jesús, aquel al que precisamente Jesús amaba. Simón Pedro le hace señas para que pregunte quién sería aquel de quien hablaba. Este, pues, habiéndose dejado caer sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?»22. Jesús le responde y dice: «Es aquel a quien yo, habiéndolo mojado, daré el bocado». Y, habiendo mojado el bocado, lo dio a Judas, Hijo de Simón, de Iscariote23.
El Discípulo amado no comunicó a Simón la contraseña que le dio Jesús. Habría provocado un baño de sangre. Reaparecerá, junto con la madre de Jesús, al pie de la cruz24 y rubricará su escrito en el segundo colofón:
Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y las ha escrito, y nosotros sabemos cuán veraz es su testimonio25.
A pesar de los esfuerzos de la crítica, hasta ahora no se ha conseguido identificar de manera convincente a la persona en la que se verifiquen los rasgos dispersos no solo en el escrito de Juan, sino también en el evangelio de Marcos26 y en las trazas apuntadas por Lucas27. En la obra atribuida a Juan se ha evitado deliberadamente mencionar su nombre para no hacer sombra a la figura central del escrito, Jesús. Por el contrario, en cinco ocasiones se desmarca de Simón Pedro, el líder indiscutible del círculo de los Doce28. De hecho, la tradición lo ha identificado con Juan y le ha conferido el título de «evangelista», pudiendo ser tanto uno de los hijos de Zebedeo como el Anciano que según una tradición murió exiliado en Patmos. Las dificultades que tienen la gran mayoría de los críticos para aceptar que el discípulo al que Jesús amaba fuera el autor se deben al prejuicio de considerarlo como un evangelio y de ser el último de los cuatro evangelistas. Por lo que iremos indagando, este discípulo a quien Jesús amaba debía de ser un adolescente cuando inició el seguimiento de Jesús y de edad avanzada cuando redactó su escrito.
1Josep Rius-Camps, Diario de Teófilo. La demostración de Lucas (Evangelio y Hechos) narrada por Teófilo a su madre. Traducción de Carmen Martínez de Sas y Juan Egea (Estella: Verbo Divino, 2018). Versión italiana: Diario di Teofilo. La ópera di Luca (Vangelo e Atti) narrata da Teofilo a su madre. Prefazione de Alberto Maggi, traduzione de Stefania Maria Ciminelli, San Pietro en Cariano (Verona: Gabrielli, 2016).
2Según los distintos evangelistas, Jesús se aplica a sí mismo esta expresión 87 veces (Mt 31×, Mc 14×, Lc 27×, Jn 15×). No es un asceta, como Juan Bautista, hasta el punto de que sus adversarios le califican de «comilón y bebedor» (Mt 11,19; Lc 7,34); se ha visto forzado a moverse en la clandestinidad (Mt 8,20; Lc 9,58; Jn 9,35-37) y trata de evitar que lo reconozcan como el Mesías/Rey de Israel (Mt 16,13; Jn 12,34), haciendo del espíritu de servicio su divisa (Mt 20,28; Mc 10,45).
3Vita Constantini, 4,36.
4Un buen estado de la cuestión sobre los orígenes y la importancia de este códice lo encontrará en las Actas del Coloquio de Ginebra del año 2001, bajo el título El manuscrito B de la Biblia (Vaticanus graecus). Introducción a un facsímil. Actas del Coloquio de Ginebra (11 de junio de 2001). Contribuciones suplementarias,ed. por Patrick Andrist (Lausana: Éditions du Zèbre, 2009). El arquetipo tanto del Códice Vaticano como del papiro 75 (s. III) debe datarse a finales del siglo II (S. Pisano, The Vaticanus graecus1209: A Witness to the Text of the New Testament,87-91.
5Eusebio, Historia Eclesiástica (HE) V 1,29; 5,8.
6HE V 4,1.
7HE V 5,8.
8Historia Eclesiástica: HE V 4,1-3: véase V 1-3.
9Josep Rius-Camps & Jenny Read-Heimerdinger, The Message of Acts in Codex Bezae. A Comparison with the Alexandrian Tradition,4 vols. (Londres-Nueva York: T&T Clark International, 2004-2009). La obra ha sido traducida al castellano por José Pérez Escobar, El mensaje de los Hechos de los Apóstoles en el Códice Beza. Una comparación con la tradición alejandrina,2 vols. (Estella: Verbo Divino, 2009-2010).
10Lc 8,1-3.
11Mc 15,40-41.
12Mt 27,56.
13Jn 19,25.
14Lc 23,49.
15Mc 15,47 D; Mt 27,61; Lc 23,55.
16Mc 16,1-7; Mt 28,1-7; Lc 24,1-8.
17Jn 20,1.11-18.
18Lc 8,2.
19Lc 8,3.
20Jn 20,17: la negación del imperativo presente prohíbe la continuación de la acción.
21Lc 24,9-11. Según Mc 16,6, «no dijeron nada a nadie, pues tenían miedo» de decírselo.
22Jn 13,23-25 D.
23Jn 13,26.28-29.
24Jn 19,25-27.
25Jn 21,24.
26Mc 10,21; Evangelio Secreto de Marcos 1.3.
27Lc 24,13.18.34-35.
28Jn 13,23-25; 18,15-16; 20,2-8; 21,7.20-22.
Inicio ahora un viaje en el espacio y en el tiempo, desplazándome desde la ermita de Sant Pere de Reixac hacia Oriente; un viaje sin fardo al siglo primero, de ida y vuelta, poniéndome en la piel de un rabino alejandrino contemporáneo de Jesús.
Me he reencontrado con Jesús mientras caminábamos en la misma dirección, atraídos por la proclama de Juan Bautista. Nos habíamos conocido en Séforis, la antigua capital de Galilea arrasada por los romanos pocos años antes de que él naciera en Nazaret. Trabajábamos como albañiles, carpinteros, herreros, como tantos y tantos otros artesanos contratados por el tetrarca Herodes Antipas para reconstruir la capital que había arrasado su padre, Herodes el Grande, en represalia por un levantamiento mesiánico que había acabado sembrando de cruces y crucificados los caminos que conducían a la capital de Galilea. Según me explicó entonces, cuando tenía doce años sus padres lo llevaron a Jerusalén1, donde iban cada año por las fiestas de Pascua, pero él, considerando que ya había alcanzado la edad adulta y que, como primogénito, debía de consagrarse a Dios y aplicarse en el conocimiento de la Torá a los pies de los grandes maestros de la Ley, se quedó unos tres años. Yo lo conocí trabajando como constructor, a la muerte de su padre, José, cuando tuvo que asumir el cuidado de su madre, María, y de sus hermanos, Santiago, José, Judas y Simón, y de sus hermanas2, una familia muy numerosa, como la mía. Estaba muy afectado por la trágica muerte de su padre en una de las razias que capitaneaban los nazarenos contra los romanos para vengarse por la destrucción de Séforis. Nos separamos cuando él prefirió trasladarse a Cafarnaún, descontento con el ambiente que se respiraba y con la monumentalidad de las obras, mientras el pueblo sencillo pasaba hambre, oprimido por las cargas cada vez más onerosas que imponía el ejército de ocupación.
Su primo Juan, hijo de Zacarías, con quien había tenido amistad en la infancia a pesar de las grandes distancias que separaban Nazaret de Ein Karim, un pueblecito de Judea, se había situado cerca de Betania, una aldea ubicada3 al otro lado del Jordán, en el noreste del mar Muerto, en pleno desierto. Juan había ido por toda la región circundante del Jordán proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados4. Ahora se había establecido en el Jordán, con el fin de invitar a la gente a deshacer el camino victorioso que había hecho Josué, viniendo del desierto y atravesando el Jordán en ese mismo lugar para conquistar la Tierra prometida, pues, según él, esta se había convertido en una tierra de opresión. La proclama de Juan Bautista era muy radical. Promovía un cambio de mentalidad en el pueblo de Israel de cara a la venida inminente del Mesías, la gran esperanza del pueblo oprimido para liberarse del ejército de ocupación y de su yugo. Se le esperaba como el sucesor del gran rey David, que en su calidad de ungido por Dios (Mesías) liberaría definitivamente a su pueblo de toda opresión extranjera. Juan era consciente de que él no era ni el Mesías, ni Elías, ni un profeta de los antiguos5, figuras emblemáticas que todo el mundo esperaba que aparecieran en ese momento de cambio. Las autoridades religiosas y políticas, y más en concreto los fariseos, profundamente preocupados por el alcance de ese movimiento y por el cariz que tomaba su proclama, le habían enviado emisarios: «¿Quién eres tú? ¿Qué debemos responder a quienes nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?». Tres preguntas que reflejan la confusión que reinaba entre ellos. La respuesta de Juan les dejó aún más desconcertados: «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto»6. El Bautista asume el rol que estaba escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:
Voz de uno que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad vuestros senderos; todo barranco será rellenado y toda montaña y colina será abajada; los terrenos tortuosos serán enderezados y los escabrosos allanados. Y verá toda carne la salvación de Dios7.
Juan se presentó en el Jordán llevando el traje característico de los profetas y viviendo con gran austeridad: «iba vestido con una piel de camello y comía langostas y miel silvestre»8. Jesús hizo un gran elogio de él cuando fue encerrado en prisión, echando en cara a las multitudes que se hicieron bautizar lo poco que habían seguido su predicación:
¿Qué salisteis a contemplar en el desierto?, ¿una caña sacudida por el viento? ¿Qué salisteis a ver si no? ¿Un hombre vestido delicadamente? Los que llevan vestidos delicados, allí los tenéis, en los palacios de los reyes. ¿Qué salisteis a ver si no? ¿Un profeta? Sí, les digo, y más que un profeta. Él es de quien está escrito: «He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti; él te preparará el camino delante de ti». Os aseguro que entre los nacidos de las mujeres no se ha levantado ningún profeta mayor que Juan el Bautista9.
Yo este elogio nunca me atreví a hacerlo, pues mi relación con el Bautista fue escasa, aunque confieso que el impacto que produjo en mí era el de un hombre de Dios que leía el presente con unos ojos muy distintos a los nuestros, para los que lo que cuenta son las masas. Más aún, viendo a las multitudes que habían acudido para hacerse bautizar, les dijo:
¡Camada de víboras! ¿Quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente? Así pues, producid un fruto que sea acorde con vuestro arrepentimiento, y no empecéis a deciros: «Tenemos a Abrahán por padre». Porque os digo que Dios, de estas piedras, puede suscitarle hijos a Abrahán. Además, ya el hacha está tocando la cepa de los árboles; todo árbol, pues, que no da buenos frutos es cortado y arrojado al fuego10.
Muchos de los fariseos y saduceos fueron también a hacerse bautizar11, pero al oír esta invectiva se echaron atrás:
Todo el pueblo, al oírlo –y especialmente los recaudadores de tributos– reconoció que Dios es justo haciéndose bautizar con el bautismo de Juan; en cambio, los fariseos y doctores de la Ley frustraron el designio de Dios no dejándose bautizar por él12.
La expectación que desencadenó Juan con el anuncio de la venida inminente del Mesías fue inmensa; las reacciones, contradictorias. Juan evita dar alas a los revoltosos que a menudo se reunían en aquellos lugares desiertos, dejando claro que debía operar un cambio profundo en la mentalidad del pueblo. Según su proclama, el Mesías que venía detrás de él era el Esposo que Israel necesitaba en estos momentos tan críticos. Haciendo uso de una imagen bien conocida, se declaraba incompetente para asumir el rol del Esposo, que muchos le atribuían13, y confesaba que él no era digno de desatarle la correa de las sandalias, ya que antiguamente en Israel, cuando se trataba de un rescate o de una permuta, para dar valor a la transacción, existía la costumbre de quitarse las sandalias y darlas al otro14.
Juan no era un reformista. A las multitudes que acudían a él para bautizarse y le preguntaban: «¿Qué debemos hacer para salvarnos?», les respondía que «Quien tenga dos túnicas, que dé una a quien no la tiene, y quien tenga víveres, que haga lo mismo»15. A algunos recaudadores de tributos, odiados por el pueblo porque estaban al servicio de los romanos, que le hacían la misma pregunta16, se limitaba a decirles: «No exijáis más de lo que tenéis establecido exigir»17. Incluso se presentaron algunos soldados del ejército de ocupación haciéndole exactamente la misma pregunta18, a los que a su vez les dijo: «No extorsionéis a nadie ni presentéis falsas denuncias; contentaos con vuestros salarios»19.
Jesús tenía entonces treinta años, una referencia críptica al inicio del reinado de David20. Venía de Galilea al Jordán, como ya he apuntado, también para hacerse bautizar por Juan. El Bautista quedó sorprendido al verlo e intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Jesús le respondió: «Deja hacer ahora, pues es así como debemos cumplir la voluntad de Dios». Entonces se lo permitió21. Yo ya me había sumergido en las aguas del Jordán y, al salir, me había sentido muy liberado, con una gran paz interior, como nunca había experimentado. Mientras me alejaba del río para volver, como la mayoría de la gente, a mi trabajo cotidiano, los vi conversando. No sabía de qué hablaban, pero me di cuenta de que se conocían muy bien, y de que Juan tenía algunas informaciones sobre Jesús que yo no sospechaba, ni ninguno de los que habían acudido al Jordán. Cuando regresaba, sucedió algo inesperado.
El día antes de que yo me sumergiese en las aguas del Jordán, Juan había llamado la atención del pueblo, que había acudido en masa a hacerse bautizar por él. Refiriéndose a Jesús dijo:
Este es de quien yo dije: «El que venía detrás de mí me ha pasado delante, porque existía antes que yo»22.
Como yo estaba familiarizado con el lenguaje de los Profetas respecto a personajes del pasado que habían de cumplir un rol importante para Israel, intuí que aquel Jesús que se había mantenido en el anonimato mezclándose entre la gente no era simplemente un discípulo más del gran maestro que todos admirábamos y que con su proclama había removido nuestras conciencias, aunque no imaginaba su importancia. Me detuve pensativo. Al día siguiente, después de bautizarme, el mismo Juan resolvió mis dudas cuando llamó la atención señalando a Jesús, que acababa de salir también él de las aguas del Jordán y se había puesto a orar23:
¡Mirad al Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo! Este es de quien yo dije: «Detrás de mí viene un hombre que se pone delante de mí, porque existía antes que yo». Tampoco yo sabía muy bien quién era, pero si yo he venido a bautizar con agua es para que sea manifestado a Israel24.
Inmediatamente añadió un testimonio que nos dejó desconcertados, haciendo referencia a este momento:
He contemplado al Espíritu que como una paloma bajaba del cielo y se posaba sobre él. Tampoco yo sabía muy bien quién era, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquel sobre el que veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, este es el que va a bautizar en Espíritu Santo». Pues bien, yo en persona lo he visto y dejo testimonio de que este es el Elegido de Dios25.
El testimonio de Juan se grabó profundamente en mi memoria. Estaba revelando la finalidad del bautismo en las aguas del Jordán que él estaba cumpliendo y en las que también yo me había sumergido: descubrir entre las multitudes que acudían a bautizarse quién era y cómo se llamaba el Mesías de Israel Elegido por Dios. Entonces comprendí que Jesús había hecho una profunda experiencia de Dios en el momento en que, «cuando salía del agua y mientras oraba, se abrió el cielo de par en par, bajó el Espíritu Santo en forma corpórea como paloma hacia él, y una voz desde el cielo resonó: “Hijo mío eres tú, yo hoy te he engendrado”»26. ¡Cuántas veces había recitado yo este salmo27 en la sinagoga, sin entender su trasfondo! Era un canto al Ungido del Señor que hacía referencia a la entronización del rey mesiánico que todo el mundo esperaba. Pero en ese preciso momento me asaltaron dudas, que no podría compartir con nadie, sobre Jesús, a quien yo había conocido como compañero de trabajo. Juan lo presentaba como el Mesías, pero el entorno no era el más adecuado para el futuro Rey de Israel. Juan, consecuente con su rol de precursor del Mesías, había cedido a Jesús a dos de sus discípulos preferidos. Uno de ellos se llamaba Andrés y era natural de Betsaida, ubicada al norte del lago de Galilea28. El otro discípulo, con el paso del tiempo, se convirtió en el discípulo preferido de Jesús. Andrés fue en busca de su hermano mayor, Simón, un agitador político muy testarudo, y por las buenas le dijo: «¡Hemos encontrado al Mesías! (que traducido significa “Ungido”)» y lo presentó a Jesús. Este lo miró fijamente y lo definió: «Tú eres Simón, el hijo de Juan, tú te llamarás Kefas (que traducido significa “Pedro/Piedra”)»29. Más adelante tendremos ocasión de hablar de esta heterogénea pareja. Al instante, Jesús nos prohibió muy severamente decirlo a nadie. Tampoco era fácil para él asimilar esta experiencia tan desconcertante. Siguiendo la invitación del Bautista, Jesús acababa de romper con el pasado glorioso de Israel y se encontraba de nuevo en el desierto, decidido a deshacer el largo camino que el pueblo de Israel había realizado, capitaneado por su homónimo Josué, durante cuarenta años, antes de entrar en la Tierra30. Tenía muy claro que no podía presentar sus credenciales a las autoridades religiosas de Jerusalén, que no habían hecho caso alguno a la proclama del Bautista. Pero no vislumbraba qué estrategia seguir. Una segunda cosa tenía también muy clara: debía evitar a toda costa decir en público que él era el Mesías de Israel. Hubiera desatado fácilmente una revuelta que los romanos habrían sofocado sin contemplaciones. Jesús había hablado largamente con Juan y tenía necesidad de reflexionar en un lugar tan adecuado como el desierto. Siguiendo las huellas del pueblo de Israel en sentido inverso, se adentró en él, lejos del ruido de la gente. En este punto nuestros caminos tomaron direcciones opuestas.
Mientras volvía a Galilea para reanudar la tarea de constructor, me preguntaba si era real todo lo que había vivido en el Jordán. No terminaba de comprender que aquel compañero de trabajo, con quien tan a menudo había compartido penas y alegrías, fuera precisamente el Mesías esperado. Si no fuera por el testimonio que Juan dio a su favor, avalado por las grandes multitudes que acudíamos a hacernos bautizar, me habría parecido una quimera. Cuando ya hacía unos meses que había vuelto al trabajo, llegó a mis oídos la noticia de que después de muchos años Jesús se había presentado en Nazaret. El sábado siguiente me fui a la sinagoga, tratando de pasar desapercibido y de no cruzarme con él. La expectación era enorme.
Después de la lectura y el comentario de la Torá, Jesús se levantó a leer y le fue entregado el profeta Isaías. Desplegó el rollo y encontró el lugar donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por eso me ungió para que diera la Buena Noticia a los pobres; he sido enviado a predicar a los cautivos la libertad y a los ciegos la recuperación de la vista; a poner a los oprimidos en libertad, a proclamar el año de gracia del Señor...» (Is 61,1-2 LXX). Tras plegar el volumen, lo devolvió al sacristán y se sentó. Todos, en la sinagoga, teníamos los ojos fijados en él31.
Yo, que me sabía de memoria la profecía de Isaías, me di cuenta al instante de que Jesús había truncado a conciencia la cita de Isaías, pues después de la cesura debería haber añadido «y el día de la venganza». Sin inmutarse empezó entonces a decirnos: «Hoy se ha cumplido esta Escritura en sus oídos». La reacción de los asistentes fue unánime: «Todos testimoniaban a su favor y se admiraban de las palabras sobre la gracia que salían de su boca e iban diciendo: “¿No es este el hijo de José?”». Tal lenguaje no se asemejaba a las arengas con las que a menudo José les había enardecido invitándoles a la resistencia contra los romanos. Habían entendido muy bien que les hablaba del Año Jubilar que debía inaugurar el Ungido por Dios a fin de liberar a su pueblo de la gran opresión que les atenazaba, pero se extrañaban sobremanera de que no les hablara del día de la gran venganza, como se esperaba del hijo de José. De repente, cambiaron de parecer y se volvieron todos contra él.
Se llenaron de furor y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta el acantilado de la montaña con la intención de despeñarlo32.
Jesús escapó de sus manos y prosiguió su camino bajando a Cafarnaún.
