Días de invierno - Kajii Motojirō - E-Book

Días de invierno E-Book

Kajii Motojirō

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Beschreibung

La producción literaria de Kajii Motojirō se ubica en una fase crucial del Japón moderno. Tras el gran terremoto de Kantō (1923), surge en el mundo intelectual la necesidad de redefinir la identidad japonesa. Aunque Kajii recoge los estímulos de las principales corrientes literarias de la época, su contenido y su estilo no son atribuibles a una corriente concreta. En los quince relatos recopilados en la presente antología, su prosa lírica combina la exploración del mundo interior con la tradición japonesa, Baudelaire, Poe y la contemplación estética de la realidad. La enfermedad es un topos en el que confluyen elementos recurrentes como la cartografía del límite cultural entre metrópolis y provincia y el motivo del doppelgänger como trascendencia del ego material. Las historias compuestas durante su estancia en Izu ahondan en los motivos de la luz y la oscuridad en conexión con el dualismo entre la vida y la muerte. En sus últimos años volvió a interesarse por el marxismo, abordando en algunos relatos el tema de la tuberculosis a través de la perspectiva realista de las condiciones sociales de la población de los suburbios de Osaka.

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Seitenzahl: 200

Veröffentlichungsjahr: 2023

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NARRATIVAS GALLO NERO61

Días de invierno

Kajii Motojirō

Traducción deYoko Ogihara y Fernando Cordobés

 

 

 

 

 

 

Primera edición: septiembre 2020

 

 

 

© 2020 de la presente edición: Gallo Nero Ediciones, S. L.

© 2020 de la traducción y las notas: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés

© del diseño de colección: Raúl Fernández

Corrección: Chris Christoffersen

Maquetación: David Anglès

Conversión a formato digital: Ingrid J. Rodríguez

La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por Ace Traductores

ISBN: 978-84-19168-16-0

Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU

Días de invierno

En el pueblo con castillo

Una tarde

—Las vistas desde aquí, arj, arj —carraspeó—, son excepcionales, ¿verdad? —dijo el anciano en un tono animado al pasar junto a Takashi—. Un mirador magnífico.

Llevaba un paraguas en una mano, un abanico y una toalla en la otra. Era completamente calvo, y con el sombrero de paja con el que se protegía parecía como si en realidad se hubiera puesto un tapón en la cabeza. Se había dirigido a él sin darse la vuelta, mientras seguía admirando la vista. Después se sentó en un banco pegado a la pared de piedra por cuyas grietas brotaban florecillas. Parecía cansado.

La llanura verde se extendía ocho kilómetros desde el pueblo y más allá resplandecía el azul intenso de la bahía de I.1 Los cumulonimbos en el cielo producían una impresión extraña, plantados como estaban en el horizonte.

—Ah, sí, tiene razón.

Se quedó un tanto perplejo al escuchar su propia voz. Apenas la reconocía. Resonó por un tiempo en su garganta y en sus oídos y sintió como si no coincidiera con su Yo de ese momento. La simpatía que sentía hacia ese anciano despreocupado aún se le notaba en las mejillas y, una vez más, notó la seducción tan peculiar que despertaba en él aquel paisaje tranquilo. Soplaba una brisa ligera.

Llevado por la emoción propia de su juventud, Takashi se marchó de casa antes del quincuagésimo séptimo día2 del fallecimiento de su hermana menor, muerta en la flor de la vida. Decidió ir a casa de su hermana mayor, quien vivía en esa región.

Estaba distraído y creyó escuchar el llanto de su hermana fallecida, hasta caer en la cuenta de que se trataba de otra niña.

«¿Quién llora? ¿Cómo puede llorar así con el calor que hace?», se preguntaba Takashi lastrado por un estado de ánimo confuso.

Más que en el momento preciso de la muerte de su hermana, más incluso que el día de la cremación, era estar en un lugar desconocido como ese lo que le hacía sentir de verdad su pérdida.

«Los insectos suelen reunirse en gran número alrededor de uno moribundo para mostrarle su tristeza, para llorar por él», le escribió un amigo suyo con motivo de una experiencia tan dolorosa como fue la muerte de su hermana. Al fin, pasado un poco de tiempo, empezaba a sentir como si hubiera logrado traspasar un fino velo tras el cual había ocultado su sufrimiento. Ahora disponía de tiempo para pensar en ello, para acostumbrarse poco a poco a ese lugar y para disfrutar de una inesperada calma, algo que raras veces le sucedía.

Acostumbrado a vivir en la ciudad y sin tiempo durante los últimos días para tomarse siquiera un descanso, se cuidó aún más si cabe de mantener esa inesperada calma. Incluso al caminar por la calle trataba de no fatigarse, de no herirse con las plantas, por ejemplo, de no pillarse un dedo con la puerta. Para él cosas insignificantes como aquella tenían su influencia en la felicidad del día. Casi era una superstición. Era un verano caluroso, pero llovía a menudo y en la piel empezaba a notar un aroma otoñal.

La tranquilidad de espíritu y la promesa del otoño no le dejaban margen para la lectura ni para fantasear con sus cosas. El ardor que consumía en silencio su corazón hasta ese momento se aplacaba con la contemplación de la hierba, de los bichos, las nubes y el paisaje. Era lo único que le merecía la pena en ese momento.

«Cerca de casa están las ruinas del castillo y me parece un lugar magnífico para que Takashi pueda pasear y distraerse», le había escrito por carta su hermana a su madre. La noche siguiente a su llegada, Takashi subió allí por primera vez con ella, con su cuñado y con la hija de ambos. En los campos de arroz el calor excesivo había provocado una plaga de insectos y trataban de acabar con ella con antorchas. Subieron al castillo para contemplar el espectáculo, pues solo iba a durar unos días más. Desde allí la llanura se extendía hasta donde se perdía la vista, sumergida bajo un mar de fuegos centelleantes como estrellas, como un gran río discurriendo entre tenues luces. Takashi no pudo contener las lágrimas de emoción ante una visión tan fuera de lo común. El viento estaba en calma, y todo el pueblo había subido a tomar el fresco y a disfrutar del espectáculo. En la oscuridad, Takashi intuía los ojos maquillados de las chicas brillando con miradas divertidas.

El cielo estaba tan despejado que casi producía tristeza. A sus pies tenía los tejados del pueblo, la escuela primaria con las paredes pintadas de blanco, el edificio del banco construido con paredes de barro más propias de un granero, el gran tejado de un templo, y entre las casas, exuberantes plantas que producían la misma impresión que esa viruta con la que se protegen los dulces occidentales dentro de sus cajas. Detrás de una casa vio hojas caídas de musácea. También un ciprés enrollándose sobre sí mismo como una espiral, las copas de los pinos podadas como algodones superpuestos. Todo ello formaba una hermosa capa color verde, salteada de hojas muertas y nuevas.

También vio un buzón rojo en la lejanía. Colgado del alero de un tejado, un cartel con cierto anuncio sobre carritos de bebé. A través de una abertura, alcanzó a ver unas telas rojas secándose al sol de poniente.

De noche, grupos de jóvenes en bicicleta se dirigían al barrio del placer, cuya avenida principal estaba bien iluminada. Los empleados de las tiendas se paseaban con sus yukata3 y bromeaban con las chicas maquilladas, con un comportamiento muy distinto al que tenían durante las horas de trabajo. De ese paisaje apenas distinguía ahora tejados oscuros, y solo veía con claridad el teatro adornado con numerosas banderolas.

Cerca de allí había un ryokan4 con todas las ventanas de la primera y la segunda planta orientadas al oeste protegidas por toldos. De alguna parte llegaba el clac, clac de los golpes de un martillo contra un objeto de madera. No era un sonido muy fuerte, pero sí resonaba en el pueblo entero.

Las cigarras cantaban sin descanso. «Parece como si conjugaran verbos irregulares», pensaba Takashi. Prestó atención y le resultó divertido. «Chuku, chuku, chuku», cantaba una, a la que seguía otra con un «ooshi, chuku chuku» y así vuelta a empezar. Poco después cambiaban a un «chuku, chuku, ooshi», para volver al «ooshi, chuku, chuku». Cerca del final de su canto entonaban un «suttoko chiiyo, suttoko chiiyo», para terminar con un «jiiii». Después se intercambiaban los papeles para terminar todas juntas de nuevo con un largo «jiii». Parecían mostrar una predilección por los tercetos, cuartetos, quintetos y hasta por los sextetos.

Unos días antes había escuchado a otro tipo de cigarra cantando en las ramas de un cerezo en las ruinas del castillo, más o menos a medio metro de distancia de donde estaba sentado. La observó sorprendido sin dejar de preguntarse cómo era posible que un bicho tan pequeño, tan frágil, con esas alas finas como pompas de jabón fuera capaz de emitir ese sonido. Lo único en el insecto que guardaba relación con el ruido era el movimiento de su tripa, la cola que se dilataba y contraía. En esa parte de su anatomía tenía vello, unas articulaciones moviéndose con la precisión de un motor. Takashi recordaba bien el movimiento: una inflamación descendía desde la tripa hasta la cola. Dilataciones y contracciones que evidenciaban un cuerpo pleno de energía. Al observarla, sintió de pronto que también las cigarras eran seres dignos de respeto.

De cuando en cuando aparecía gente por las ruinas del castillo, como aquel anciano, para deleitarse en la contemplación del paisaje. Takashi le veía allí a menudo. A veces dormía la siesta, a veces contemplaba el mar a lo lejos o le daba conversación a una niñera.

Un niño con un cazamariposas correteaba de acá para allá. Otro se quedaba a cargo de la cesta donde guardaban sus presas y se paraba de vez en cuando para comprobar que todo seguía en orden en el interior, antes de echarse a correr de nuevo detrás de su amigo. No hablaban entre ellos y eso divertía a Ta­kashi. Le parecía asistir a una representación teatral.

Un poco más lejos, un grupo de niñas se dedicaba a atrapar saltamontes por las patas traseras. Canturreaban: «Negui-san, machaca el arroz...» —no recordaba cómo continuaba su canción—. Negui-san debía referirse a los sacerdotes sintoístas, según dedujo. Debía ser un término dialectal y, bien visto, el saltamontes, con su cara de bonachón rematada por dos antenas, se asemejaba a un sacerdote con su tocado en la cabeza. Las dos patas traseras, haciendo extraños movimientos para tratar de liberarse, recordaban a alguien machacando arroz en un mortero.

Los saltamontes trataban de escapar de ellas a grandes zancadas, extendían las alas y el sol golpeaba sobre ellas. Las niñas se abrían paso entre las hierbas tras ellos a grandes zancadas.

Algunas chimeneas expulsaban humo y un poco más allá se extendían los campos. El paisaje le recordaba a los bosquejos de Rembrandt: árboles negros, casas de labriegos, calles angostas y chimeneas de ladrillo entre campos de un verde intenso.

Un tren pequeño se acercaba desde el mar. La brisa marina arrastraba el humo por delante de él, en la misma dirección a la que se dirigía. Miraba fijamente y terminaba por tener la impresión de que el humo no era real. El tren terminaba por parecerle de juguete, con una nube suspendida encima.

De pronto se nubló y la tonalidad del paisaje cambió por completo en apenas un segundo. Takashi se fijó en una ensena­da formando una diagonal tierra adentro y, más allá, una playa. Le gustaba contemplar esa ensenada desde las ruinas del castillo. Había allí árboles muy frondosos para estar tan cerca de la costa, los tejados de unas cuantas casas y barcos amarrados en la ensenada. Nada más. Nada destacable, sin duda y, a pesar de todo, esa visión le atraía por alguna razón misteriosa.

«Hay algo. Algo de verdad», decía. Pero al pronunciar la frase las palabras se vaciaban. Era un anhelo. Un anhelo de no sabía qué ni del que conociera su razón de ser. Si alguien le sugería algo quizá habría estado de acuerdo, pero como no se daba el caso se conformaba con lo que veía.

Personas de todo tipo y condición habitaban allí, todos con vidas muy distintas, y ahí parecía residir la clave del asunto, por mucho que al pensarlo le pareciese un cuento de hadas. Quizá le atraía tanto porque creía haber visto esa escena en un cuadro extranjero, aunque no recordaba cuál. Quizá uno de John Constable,5 pero no, no era ese.

Entonces, ¿qué? La vista panorámica resulta de una gran belleza, pero la visión de la ensenada lo sobrepasaba todo. Solo allí existía una especie de elegancia. Eso creía él.

En los días de cielo despejado como los de otoño, el mar reflejaba un azul profundo, más cálido que el del cielo. Si pasaban nubes blancas, el mar se teñía de blanco. Ese día los cumulonimbos se extendían en el horizonte con el color de la mondadura de un pomelo chino, y el mar los reflejaba hasta muy cerca de la ensenada que seguía en calma, como si abrigase un gran enigma.

La contemplación del paisaje le dio ganas de ponerse a gemir tristemente, como si fuera un animal. Se sintió extraño, sofocado.

Soñó que partía a lugares lejanos donde creía ya haber estado antes. Era una sensación similar a cuando le asaltaban repentinos y enigmáticos recuerdos.

«¡Ah, sí, me acuerdo de ese lugar, de aquel día!»

«¡Ah, sí, me acuerdo de ese lugar, de aquel día!»

De pronto pensó:

«¡La moto de Hurricane Hutch!»6

«¡La moto de Hurricane Hutch!»

Resonaban las voces de las niñas cazando saltamontes un poco más abajo de donde se encontraba él. Oyó el rugido de una moto por la calle Marunouchi.

Era la hora en la que el médico del pueblo volvía a casa después del trabajo. Cuando escuchaban el rugido, las niñas del barrio gritaban a una: «¡La moto de Hurricane Hutch!», pero algunas casi ni sabían pronunciar la palabra moto.

En la segunda planta del ryokan habían recogido los toldos. Ya no se veían las telas rojas. Salía humo de las chimeneas. En la montaña a lo lejos se oía el canto de las cigarras.

La magia y los fuegos artificiales

Sucedió un día.

Takashi subió a las ruinas del castillo después de cenar y darse un baño. Desde allí vio en el cielo los fuegos artificiales de una ciudad a unos cuantos kilómetros de distancia. Las explosiones llegaban hasta sus oídos apagadas, como si el ruido llegase envuelto en algodón. Debido a la lejanía, el sonido y el resplandor no coincidían. «¡Qué hermoso espectáculo!», pensó Takashi.

Llegaron tres niños, el mayor de los cuales rozaría los diecisiete años. Habían subido hasta allí para tomar el fresco y daba la impresión de que la presencia de Takashi les preocupaba. Hablaban en voz baja.

Takashi no se atrevía a decirles que había fuegos artificiales y por eso miraba a propósito en la dirección donde estallaban. Brillaban, desaparecían como una medusa de estrellas en la distancia. Había anochecido, pero por la parte del mar el cielo conservaba un resplandor.

Los niños no tardaron en darse cuenta y Takashi se alegró.

—Cuarenta y nueve.

—¡Ah, cuarenta y nueve!

Contaban los intervalos entre uno y otro. Takashi les escuchaba con suma atención.

—Oye, X., ¿cómo se dice flor?

—Flower —dijo el mayor de ellos.

De regreso a casa, Takashi no dejaba de pensar en ese rato que acababa de pasar en las ruinas del castillo. Cuando ya estaba cerca, un vecino avisó a los de la casa nada más verle.

—Ha vuelto —anunció.

Tenían previsto ir a una función de magia en el teatro y como había desaparecido de repente andaban todos muy preo­cupados.

—Lo siento —balbuceó a modo de excusa.

Su cuñado sonrió.

—No te preocupes, no tienes la culpa. Tu hermana debería haberte avisado.

Su hermana sonrió y le sacó ropa limpia. Mientras estaba en el castillo, ella y Nobuko, la hermana pequeña de su cuñado, se habían arreglado.

—¿Dónde está tu abanico? —le preguntó su hermana a su marido.

—En el bolsillo...

—Ah, sí, es verdad. Es que también está sucio...

Se puso a buscarlo. Su marido fumaba.

—El abanico da igual ahora —dijo él—. Prepárate ya.

Parecía preocupado no por el retraso, sino por culpa de su pipa atascada.

La madre de su cuñado ayudaba a vestirse a Nobuko en otro cuarto y fue a llevarle unos paipáis.

—¿Qué os parecen?

Debían de ser un regalo.

Mientras observaba cómo terminaba de prepararse su hermana, pensó en Nobuko en la otra habitación. ¿Cómo se habría vestido? ¿Cómo se sentiría?

Una vez estuvieron listos, Takashi salió el primero y se calzó sus geta.

—Katsuko debe andar por ahí —le dijo su hermana a su marido. Katsuko era la hija de ambos—. Llámala, por favor.

Katsuko llevaba un vestido de manga larga y jugaba con unos amigos del vecindario.

—¿Así que vas a un lugar que se llama te...?

—... atro.

—Te-atro, te-atro —canturrearon al compás dos o tres niñas.

—No —Katsuko sacudió la cabeza—. Voy un lugar que se llama Gu... —dijo.

—¿Gu-ardería?

—No, no hay guardería por las noches.

Salió su padre.

—Vámonos ya. Si no, me iré sin ti.

Salió su hermana y Nobuko con ella. Sus caras blancas por el maquillaje parecían flotar en la oscuridad. Ambas llevaban sendos paipáis.

—Siento haberos hecho esperar. ¿Dónde está Katsuko? Katsuko, ¿tienes el abanico?

Katsuko enseñó su pequeño abanico y se agarró a la mano de su madre.

—Bueno, nos vamos... —dijo su hermana a su suegra.

—Katsuko, no empieces con que quieres volver a casa, ¿eh? ¡Que no me entere yo! —le dijo la abuela.

—Que no me entere yo, que no me entere yo... —repitió Katsuko imitándola mientras tiraba de la mano de Takashi.

Algunos vecinos disfrutaban del fresco de la noche sentados en banquetas en plena calle. Al verles pasar repetían: «Buenas noches».

—Katsuko, ¿cómo se llama este sitio? —le preguntó Ta­kashi.

—Shosenkaku.

—¿Chosenkaku?

—No, Shosenkaku.

—¿Chosenkaku?

—Sho-sen-kaku.

—¿Cho-sen-kaku?

—No —se enfadó la niña mientras se soltaba de la mano de Takashi.

Al poco volvió a decir:

—Shosenkaku.

—Chosenkaku.

A Takashi le costaba asimilar una pronunciación a la que no estaba acostumbrado. Al principio le molestaba, pero al final terminó por convertirse en un juego. Le divertía llevarle la contraria a la niña, y como ella no se daba cuenta se echó a reír. Al sentirse objeto de burla se enfadó.

—¡Katsuko! —esta vez era el turno de su padre—. Se dice «O-en-ka-ku».

—¡Nooo...! —protestó Katsuko con una voz nasal mientras hacía ademán de darle un manotazo.

—«O-en-kaku» —repitió—. ¿Qué era eso? Deberías decírselo a Takashi, Katsuko.

La niña sollozó al borde del llanto. Nobuko le dio la mano y empezaron a caminar.

Junto al muro de piedra del castillo había unas cuantas farolas que iluminaban los árboles, pero en el otro lado se sumergían en la oscuridad. Era allí donde se escuchaba el canto de las cigarras.

Takashi se apartó un poco del grupo.

Era la primera vez que salían juntos desde su llegada. Salir con mujeres jóvenes era algo insólito para él. No sabía muy bien por qué, pero se sentía feliz.

No hacía ningún esfuerzo especial por entablar conversación con su hermana. Podía dar una impresión de egoísta, pero no lo hacía a propósito. Tenía un carácter tranquilo, introvertido, y su hermana también, después de todo.

La madre de Nobuko, adepta de la secta Tenri,7 le había pedido a su hija que fuese a rezar para pedir por la curación de una herida en el dedo que le impedía tocar el koto,8 instrumento del que era una virtuosa. Ella fue sin rechistar.

Nobuko preparaba un herbario para la escuela, y cuando iba al pueblo para algún recado volvía con un montón de hierbas cubiertas con una tela. Si Katsuko se encaprichaba con alguna, se la daba y dejaba que colocase un peso encima para aplastarla hasta que se secara.

Katsuko sacó el herbario en una ocasión para enseñárselo a Takashi. Nobuko parecía satisfecha de su trabajo y contestó de buen grado todas las preguntas de Takashi. Tenía un carácter muy agradable.

Nobuko caminaba unos pasos por delante de él, cogida ahora de la mano de Katsuko. Parecía más adulta, distinta a cuando estaba en casa con el quimono remangado, con brazos y piernas al descubierto. Le pareció que había adelgazado, su forma de caminar le resultaba más elegante.

—¡Oye, camina delante de nosotros...! —le dijo de repente.

—¿Por qué? —Sabía a qué se refería, pero se hizo el inocente y se echó a reír.

—¡Vamos...! ¡Qué raro es! ¿Verdad, Katsuko?

—...

La niña se limitó a asentir con una sonrisa en los labios.

Dentro del teatro hacía calor, como había imaginado.

Una mujer mayor con el pelo recogido en un moño a la que apodaban «la Guardiana» se les adelantó y colocó unos cojines para que se sentaran. Estaban en la parte de atrás. Takashi se sentó a la izquierda, su hermana en el medio con la niña y Nobuko a la derecha. Su cuñado detrás. La sala estaría ocupada, como mucho, al setenta por ciento.

Al poco tiempo volvió la misma mujer de antes con una bandeja de tabaco para fumar en pipa. Por si no hiciera ya bastante calor, llevó encima una especie de brasero pequeño encendido. La mujer se quedó allí plantada. No se marchaba. Tenía cara de astuta, una cara ajustada a ese tipo de mujer. No dejaba de mover sus ojillos de acá para allá. Primero se fijaba en la bandeja de tabaco, luego miraba a otro lado y, finalmente, a su cuñado, pero todo lo hacía a hurtadillas. Takashi entendía bien lo que quería, pero su indiscreción le molestaba y no se decidía a sacar una moneda. Se mostraba tranquilo, despreocupado.

—Aquí tiene su bandeja.

La mujer se impacientaba, se frotaba las manos y volvía a desviar la mirada. Solo se marchó cuando al fin obtuvo sus monedas.

Un poco más tarde se levantó el telón.

Un hombre moreno con aspecto de no ser japonés arrastraba objetos por el escenario sin ningún entusiasmo. De vez en cuando echaba un vistazo a los espectadores. Fuera lo que fuera aquello que hacía resultaba chapucero, nada divertido. Enseguida apareció un indio de nombre extraño ataviado con una levita. Dijo unas palabras incomprensibles. Escupía al hablar y terminó por formarse una espuma blanca en la comisura de sus labios.

—¿Qué ha dicho? —preguntó su hermana.

El hombre sentado a su lado tampoco le había entendido y parecía igualmente perplejo.

El indio bajó del escenario para buscar un voluntario. Eligió a un hombre y le tomó del brazo. El espectador sonreía avergonzado. Subieron juntos al escenario.

El espectador estaba peinado hacia delante. Vestía un quimono de verano muy almidonado y, a pesar del calor, unos tabi9 de color negro. Se quedó allí plantado con una sonrisa en la cara hasta que el hombre le acercó una silla donde sentarse.

Aquel indio era un tipo verdaderamente horrible.

Le pidió al espectador que le diera la mano y este vaciló un momento antes de ofrecérsela. Enseguida se la sacudió con un apretón. Más bien tiró de ella. Después miró a los espectadores e imitó con un gesto poco afortunado lo que acababa de hacer el hombre. Se encogió de hombros y se echó a reír. Todo cuanto hacía resultaba crudo, áspero. El espectador le miró, después miró hacia donde había estado sentado tan solo un momento antes y sonrió nervioso. Parecía tener una buena razón para estarlo. «¿Estarán su mujer y sus hijos?», se preguntó Takashi. «No aguanto más este espectáculo.»

Las supuestas bromas del actor no hacían sino empeorar. Los espectadores se reían de mala gana y, finalmente, empezó con un juego de prestidigitación.

Usaba un cordón que parecía cortado, pero que nunca llegaba a estarlo de verdad. En otro truco sacó un jarrón metálico de donde brotaba el agua sin parar. Una insignificancia. Una vez terminó, retiró de la mesa todos los elementos que había usado en sus trucos y quedó solo una manzana. La mordisqueó y explicó que uno de los trozos saldría de la boca envuelto en llamas. Pero probó primero con su conejillo de indias. Como mordió la manzana sin pelar, el supuesto mago se rio. Su risa le provocaba a Takashi un enorme desagrado, no podía dejar de preguntarse por qué el espectador no se marchaba de allí.

Se acordó de los fuegos artificiales que había visto hacía poco.

«Me pregunto si aún habrá», pensó.

Fuegos artificiales en una ciudad lejana que resplandecían como medusas hechas de estrellas en mitad de una llanura sumida en una oscuridad casi total. «¡Qué hermosa vista del mar, de las nubes, de la llanura!», se dijo a sí mismo.

—¿Y la flor?

—Flower!

Estaba seguro de haber oído la palabra flower.

Los niños con los que se había encontrado, el paisaje, todo se le antojaba un juego de prestidigitación con el que ningún mago podía competir.

Acordarse de aquello logró, al menos, que poco a poco desa­pareciera su desagrado. Acostumbraba a fijarse en escenas de­sagradables y lo hacía con una pésima predisposición, pero al final siempre terminaba por encontrarle la diversión.

Se sintió ridículo por enfadarse con un mago de tres al cuarto que no tenía nada que ver con él.

El mago indio se puso a escupir fuego por la boca, como le había visto hacer en los carteles que anunciaban el espectáculo. Por fin le pareció descubrir algo de belleza sobre el escenario.

Bajó el telón.

—¡Qué divertido! —dijo Katsuko en un tono forzado, como si ocultase una mentira.

Todos se rieron.

Una bella equilibrista. Un titán de fuerza descomunal. La opereta titulada «El sentimiento de Asakusa». Un ilusionista que secciona el cuerpo de una hermosa mujer. El programa anunciaba una sucesión de números. Volvieron tarde a casa.

Enfermedad

Su hermana mayor cayó enferma. Le dolía la tripa, tenía fiebre alta. Takashi lo atribuyó a un tifus intestinal.

—¿Llamamos al médico? —preguntó su cuñado junto a la cama de ella.