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Días sin nombre narra, a manera de un diario, la experiencia de un escritor durante la cuarentena impuesta para combatir el covid-19: el temor por el contagio del virus, el cambio de algunas rutinas cotidianas que implicaron riesgo, trámites desgastantes e, incluso, algo de ilegalidad, en medio de la soledad y la constante pregunta por la muerte. Pero la atención del protagonista no se concentra únicamente en sí mismo: su mirada también se posa en los vecinos de su edificio, en las personas que todavía transitan la calle, en las aves que no dejan de visitar árboles y balcones, y relata cómo sigue sucediendo la vida en un momento en que el tiempo parece detenido.
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Seitenzahl: 250
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Días sin nombre
Óscar Castro García
Literatura
Editorial Universidad de Antioquia
Literatura
© Óscar Castro García
© Editorial Universidad de Antioquia
ISBN: 978-958-501-197-7
ISBNe: 978-958-501-198-4
DOI: doi.org/10.17533/udea.978-958-501-198-4
Primera edición: junio del 2024
Motivo de cubierta: fotografía de Juan Fernando Ospina
Hecho en Colombia / Made in Colombia
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la Editorial Universidad de Antioquia
Editorial Universidad de Antioquia
(57) 604 219 50 10
http://editorial.udea.edu.co
Calle 67 #53-108. Medellín, Colombia
Imprenta Universidad de Antioquia
(57) 604 219 53 30
Calle 67 #53-108. Medellín, Colombia
El contenido de la obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Universidad de Antioquia ni desata su responsabilidad frente a terceros. El autor asume la responsabilidad por los derechos de autor y conexos contenidos en la obra, así como por la eventual información sensible publicada en ella.
Ha pasado un entero año,
el año nombrado aquí.
Ha venido también
una veintena de días sin nombre
los dolorosos días,
los días de la maldad
¡los negros días!
“La ponzoña del año. Los veinte días negros” Cantares de Dzitbalché
Prefacio
Trataba de revivir el sueño de ayer, pero no pude a pesar de que lo recordaba con nitidez al despertar. Incluso, me lo repetí mientras avanzaba la mañana, pero al sentarme a escribir ya lo había olvidado. Una cosa es recordar y escribir un sueño; otra, imaginar una historia, que es como un sueño despierto. Yo, despierto, sueño; y ese sueño puede ser un cuento, una novela, una leyenda, cualquier historia no real, no equivalente a algo acontecido en el tiempo-espacio de la historia, en la vida real; sin embargo, es algo real, que vive en la historia narrada y escrita. Es difícil inventar una historia que parezca real, que sea real en las palabras, en el decir y en el leer. Es más fácil transcribir un hecho de la realidad y volverlo historia escrita, contada.
No obstante, casi nunca los hechos alcanzan a tener la importancia y la trascendencia de las historias escritas. Estas se quedan para siempre en los lectores y adquieren carácter de intemporalidad, de arraigo y de certeza, cualidades que no tienen los acontecimientos. Lo que sucede queda en el pasado, se olvida y es imposible retornarlo al presente. Podría afirmarse que dicho acontecimiento real solo podría revivirse si se hubiera grabado desde todos los puntos de vista, desde todas las perspectivas posibles, lo que por ahora es irrealizable.
En la escritura es posible dar cuenta y recrear múltiples perspectivas que presentan los acontecimientos humanos, desde lo más íntimo de la individualidad hasta lo más determinante de la colectividad. Puede decirse que en la escritura todo se permite hasta que empiece a perderse el principio de la verosimilitud; hasta que se sobrepasen las leyes de ese mundo que se va manifestando a medida que se van escribiendo las palabras en la página; a medida que los personajes se van apropiando y dominando ese mundo por medio de su carácter, su discurso y sus acciones. Es decir, el autor empieza a perder autonomía en el mismo momento en que los personajes van adquiriendo consistencia y lógica, y apropiándose de su papel. Entonces son ellos los que construyen su realidad, así sea de palabras y solo en el papel.
Y no es tan simple. Hoy lo puedo comprobar. Hace unas horas tenía temas e historias que los desarrollaran. Pocas, pero las había. Y así como el sueño recordado ayer se esfumó esta mañana, esas historias de hoy acaban de desaparecer en el instante en que abro este cuaderno y tomo el bolígrafo con el deseo intenso de escribirlas. Incluso, hace unas pocas horas, mientras pensaba y hacía otros oficios, trataba de elegir la mejor historia, la más apasionante y la más significativa. Y ahora, frente a la página, no llega, no aparece, y lo poco que quedaba de ella desapareció como un sueño al despertar.
En otras palabras, la escritura es un despertar, pero el cuerpo quiere seguir durmiendo. Por eso defiende su sueño, su inconsciencia, al no permitir que la fantasía del ensueño lo despierte. Es curioso, digno de interpretarse, tarea que esperan los lectores, a quienes invito a seguir este juego que pretende espantar la inconsciencia. Ahora intento ese despertar y para ello tal vez contribuyan algunos comentarios.
Estos relatos provienen de mi rutina cotidiana durante la cuarentena de 2020 a causa del covid-19. Era una manera de estar despierto ante la inesperada realidad que me tocó, que nos tocó a todos. Hoy, pasados casi tres años del fin de la cuarentena, los he retomado y sacado de mi Diario de cuarentena escrito en los días más críticos del confinamiento. Como reencuentro conmigo en el aislamiento decidí llevar un diario escrito a mano en agendas que acumulaba de años atrás. A medida que llenaba las páginas con mis experiencias y reflexiones, las cuales me permitían distraer varias horas de mis rutinas diarias encerrado en mi apartamento de un quinto piso en el centro de Medellín, también iban llegando sueños, fantasías, noticias, sentimientos y deseos que se transformaban en relatos y cuentos que yo dejaba entrar con libertad en mi escritura. Casi que ellos se tomaron el diario en las cinco agendas que llené en aquellos días.
Lo que experimentaba, temía, escuchaba, imaginaba y veía se convertía en acontecimientos que me afectaban directamente. Parientes y amigos enfermaban, morían y eran enterrados en absoluta soledad, sin los rituales religiosos y sociales de costumbre, casi como personajes de una pesadilla o fantasmas espantosos. Pero yo trataba de que sus historias no se escaparan. En ese momento no tuve conciencia de otra cosa que de escribirlas con el placer que aún podía sentir, jugando a la vez con la imaginación, la asociación y la esperanza. Era imposible no hacerlo. Esos relatos ―unidos a los informes científicos, las especulaciones, las falsas noticias, la burla, las negaciones, las exageraciones y las suposiciones que abundaban por todos los medios― se mezclaban en mi cabeza y en la escritura con algo de humor ácido, con ironía a veces y casi siempre con tristeza.
Todo lo fui mezclando en el Diario, en busca de una dimensión o una realidad que me posibilitara vivir y sobrepasar una situación inédita, inesperada y totalmente nueva para mí y los demás. En la relectura de dichos textos me fui convenciendo de la necesidad de que otros ―los lectores― entraran en esta esfera de la comunicación, en este juego, en esta dimensión. Necesitaba que la realidad del mundo escrito se confrontara con la del mundo vivido, pasado el tiempo de la crisis, del clímax y del caos. No solo yo estaba enfrentando la soledad, el aislamiento, la incomunicación corporal, las falsas noticias, el riesgo y la fatiga. En esa realidad, cada uno tuvo que hacerle frente al encuentro cotidiano y permanente consigo mismo, con sus traumas, sus delirios y sus obsesiones. Había que suponer que aunque la vida giraba a otro ritmo, no se alteraba el equilibrio ni de los seres ni de la naturaleza ni del cosmos. Así y todo, las noticias de contagiados, enfermos y muertos aumentaban cada día en cualquier lugar del planeta. La muerte se acercaba, la estabilidad se ponía a prueba, se alejaba el retorno a la vida normal, tal como la conocíamos antes de marzo de 2020. En mi caso, hubo que cancelar la celebración de mi cumpleaños porque a los dos días iniciaba el confinamiento obligatorio. Reunirse era un peligro. Verse ya no convenía. Encontrarse era asumir riesgos que podrían llevarnos a la muerte.
Todo esto, ahora, luego de tres años, me ha llevado a creer que mis relatos cobran vigencia como expresión simbólica, como manifestación literaria, como testimonio de un momento que tal vez no se repetirá. Y es que en esos meses se fue revelando otra cara de la condición humana que no podría haberse manifestado de otra manera o por otros motivos. Sería extenso dar cuenta aquí de lo que nos sucedió. Por esto Días sin nombre ―y la literatura, el teatro, la música, el cine y las demás expresiones artísticas― es una manera de llamar ahora a una retrospección, así sea parcial, de lo acontecido desde mi mesa de trabajo.
Ignoro si se ha publicado alguna obra concentrada en esos días y en esas experiencias. Tampoco creo que mis relatos sean pioneros en el asunto. Lo que sí veo ahora es el valor íntimo y sugerente que la literatura tiene como testimonio, reflexión, recreación, símbolo, constancia, advertencia, metáfora, memoria, juego, y hasta motivo de crítica y de discusión. Quizá muchas personas escribieron ensayos, diarios, poemas, cuentos y hasta novelas, en los que asumieron desde la literatura la situación experimentada durante esos meses y ese año, porque las medidas restrictivas y de precaución se prolongaron y aún permanecen en centros de salud y otros lugares. Al menos, el uso de la mascarilla como rezago, remanente, vestigio, signo o indicio nos sigue recordando los días aciagos, los días sin nombre de aquella, esta, otra época.
Como icono que podría identificar la pandemia del coronavirus del siglo xxi y las medidas sanitarias que le siguieron en el año 2020 sugiero que se instaure alguna de las siguientes palabras con su respectiva imagen ―misma para todas― al lado, cuatro de ellas con más de cien años de existencia: “mascarilla”, “tapabocas”, “barbijo” o “cubrebocas”; y la más reciente: “nasobuco” (nasobucofaríngeo), según las regiones del habla hispana donde se utilizaron. Por mi parte, he decidido quitarles el tapabocas a mis relatos para que, de alguna forma, contagien a los lectores de la necesidad de regresar a esos días con imaginación, reflexión, creatividad y transformación interior.
Medellín, 13 de noviembre de 2023
Patada
Salí de casa hacia donde mi madre. Ella vive en Envigado y yo en el centro de Medellín. Es mi viaje de media hora para recorrer once kilómetros. La ruta es la misma: la autopista sur. Pero hoy decidí ir antes a la ips en Prado, cerca del Hospital San Vicente Fundación, para reclamar el resultado de exámenes de laboratorio de ella y luego tomar la autopista para llegar a su casa.
En fin, subí por Sucre y el semáforo estaba en verde. Seguí normalmente, a veinte kilómetros por hora, y una moto se atravesó. Mi primera reacción fue pitar, pues a lo mejor él no había visto el semáforo. Sin preocuparme por nada más giré cuando, a la izquierda, pegado de la ventanilla, el motociclista me increpaba. Inmediatamente bajé el vidrio para escucharlo y le dije que se había pasado el semáforo en rojo, lo que nos ponía en peligro a los dos.
En ese momento sonó el celular y yo, sin respetar las normas o para esquivar los insultos que el hombre empezó a decirme, contesté. Era un desconocido preguntando si era yo. En eso, el tipo de la moto me dijo que por qué no me le montaba al taxi que iba adelante y que estaba detenido. Viendo que no había lugar a ninguna explicación, dada la rabia y la imbecilidad del hombre, cerré la ventanilla y continué con la llamada, mientras el semáforo se ponía en verde. El tipo siguió pegado a la ventanilla, el semáforo se puso en verde, el hombre de la llamada me explicaba algo sobre un plan de crédito de un banco ansioso de clientes.
En esas me enredé entre la llamada, el flujo de los vehículos y el hombre ya energúmeno gritando algo que no entendía. Aun así, no lo miraba, pues hube de poner el celular en el asiento de al lado sin colgar la llamada y tratar de controlar el carro porque los demás vehículos aceleraban. Y ya un poco más sereno, veo al motociclista gesticulando, gritando, manoteando y acercando peligrosamente la moto a mi carro. Yo acelero para lograr pasar en verde. Él también acelera y, de pronto, levanta el pie derecho, lo dirige contra el espejo retrovisor y lanza una patada que alcanza a mover el carro; el espejo se dobla y el hombre sale a toda velocidad para voltear hacia la derecha por la calle siguiente.
No sé qué hacer, pienso que algo raro está sucediendo en la ciudad o en mí o en este barrio. Estamos en una controlada cuarentena a causa del covid-19. En esta circunstancia es mejor no tener contacto con nadie, cuidarse de estornudos y toses y mantenerse a prudente distancia de los demás. Es decir, no tener contactos como puños, golpes en la cara o escupitajos. Entonces, ante el acoso del motociclista, se me ocurre deducir que él es el virus que quiere meterse en mi cuerpo.
Luego pienso, respiro con paciencia y trato de situarme en la realidad de lo que está sucediendo en la Tierra. No me dejo tentar. Me siento débil, vulnerable ante un tipo de unos veinticinco años, gordo, alto, agresivo, infractor, insolente, arrogante y descarado. Entonces, ni acelero ni grito ni le digo nada. Parezco un gusano arrastrado, destripado, envilecido. Pero sé que no tengo otra salida, pues nadie es testigo en esta calle solitaria, sin posibilidades de defensa o de apoyo, sin solidaridad posible, porque en la esquina izquierda hay un asilo de ancianos y en el resto de la calle todas las casas están cerradas, no hay peatones, no hay negocios abiertos, no hay nada ni nadie en qué apoyarme.
También concluyo que no debo bajarme del carro para ver el daño, sino seguir despacio, dejar que se vaya el agresor. Pero este parece adivinar mi pensamiento porque reduce la velocidad y parece esperarme y me reta. Quiere que lo siga para llevarme a su guarida, donde sus compinches actuarían, por lo menos, contra mi carro modelo 2009. Yo sigo despacio, analizo lo que puedo hacer, veo su mala intención, pero no puedo devolverme ni tomar otra dirección. Me tiene acorralado.
Entonces sigo a mi velocidad y él acelera, hace ruido con el motor, me mueve la mano con una señal entre ridícula, vulgar y obscena. Esto me asusta. Entonces fantaseo para distraerme y relajarme, porque siento que el pulso y el corazón se aceleran. Como hipertenso que soy, siento temor y busco alguna razón para reír, distiendo los músculos, suavizo el ritmo de mis movimientos, subo el volumen de la música de Mozart que pasan por la emisora. Ante todo, busco no dejarme alterar ni responder con otra andanada de groserías y malos tratos como los que me sigue diciendo.
Es cuando empieza a perseguirme al girar hacia el sur para escaparme, pues los asuntos de salud quedan postergados. Prefiero vivir, pienso al tomar rápido la autopista. Es claro que viene siguiéndome, pero yo he podido superar obstáculos y avanzar más que él. Veo que viene decidido a seguir atacándome. Por el retrovisor interior de mi carro veo que enciende las luces altas y me hace señas. Pita con estridencia, culebrea para lograr acercarse. Parece que le ha dado rabia que yo viaje a más velocidad. Intenta sobrepasar al carro que viene detrás del mío, pero este hace un viraje hacia la izquierda que lo lleva a tomar la derecha y estar casi a un metro de mi vehículo. Ahí sí siento más temor, pues ignoro lo que pretende.
Repaso lo que le dije: que casi lo atropello, que pasarse el semáforo en rojo lo pone en riesgo a él y a mí. Nada más. Y no sé bien qué me dijo porque al cerrar la ventanilla no escuché nada, fuera de palabras soeces y amenazas, insultos y porquerías que se oyen a diario en la ciudad por cualquier cosa. Ahora la gente se cree muy avanzada o genuina diciendo vulgaridad por frase, porquerías por cada dos o tres palabras, pero no voy a repetirlas. Y eso parece ser lo que está diciendo ahora que se acerca más. Veo que tiene un arma en su cintura y me amenaza con sacarla. No encuentro el motivo para semejante amenaza. Deseo que se vaya al piso y que el camión que viene atrás lo aplaste, le pase por encima, como me decía hace un rato que hiciera yo con el taxi de adelante, pero mi deseo no se cumple…
Intenta acercarse a mi izquierda como antes, pero no creo que a esta velocidad logre hacerme daño porque acelero a ochenta kilómetros por hora, el límite permitido. Hay un tramo despejado y puedo acelerar. Adelante van dos camiones, uno de doble tracción y otro de bajo perfil. Van paralelos en la carretera. Yo voy a la izquierda. Él trata de interponerse en mi trayecto. Veo que viene como un loco, que tiene furia contra él, que se quiere matar. Mermo la velocidad. Él se adelanta y se descontrola. Sigue adelante entre los dos camiones.
Como un sánduche puede quedar, pues los camiones no avanzan, ni el de la izquierda se adelanta ni el de la derecha aumenta la velocidad. Parece que al motociclista se le olvida que la pelea es conmigo, pues ahora les pita a los camioneros. Pienso que sería bueno que lo aplastaran entre los dos. Por eso disminuyo la velocidad por si mi fantasía se cumple. Quedaría como una lámina, como una estampa entre los dos camiones. Pero esto no sucede aún: los tres van en una irracional apuesta, no adelantan, no reducen la velocidad. Y el motociclista tampoco se atreve a seguir, se retrasa para pasarse por la izquierda del camión de la izquierda, porque a la derecha del otro se lo impide el separador central de la autopista.
Vuelve a situarse entre los dos camiones para sobrepasarlos. Se acuerda de mí y saca algo parecido a un revólver. Lo hace con tal vehemencia que si se mueve un poco más a la derecha, la fricción lo tiraría al suelo. Si cae tendré que frenar, entonces me voy situando en el carril izquierdo para evitar atropellarlo si eso ocurre. Saca el arma y se voltea a mirarme. Se me hiela la sangre, se me agita más el corazón, siento que tiemblo y que mis manos se entumecen. Los camiones disminuyen la velocidad, tal vez porque adelante se está frenando el tráfico. Pero él no se da cuenta porque me está mirando. Es cuando se cumple mi deseo. Me estremezco al verlo entre los dos camiones, destripado, arrugado, estrechado, apretujado, aplastado, restregado contra el pavimento, con la moto destrozada bajo las llantas del camión de la izquierda y su cuerpo destripado por las llantas del camión de la derecha. En el pavimento van quedando una mancha rojiza y un montón de pedazos de moto dispersos en el piso.
Yo sigo adelante por la berma de la izquierda, como lo había planeado, respirando despacio, aquietando el ritmo de mi corazón, feliz porque no me dio un infarto, porque el tipo no me disparó, porque ya no me perseguirá más, porque seguramente no se va a pasar más semáforos en rojo, porque ya no mandará más patadas a los carros ni será un peligro social. Acelero a ochenta y estoy por llegar a casa de mi madre, ya más tranquilo. Será cuando podré bajarme del carro y ver qué daños produjo en mi carro su patada.
16 de marzo de 2020
La ciudad está detenida
Salimos al mediodía para la ciudad de Bogotá. El viaje era duro porque la emergencia del covid-19 hizo que todos los departamentos empezaran a decretar cuarentenas, toques de queda y otras denominaciones que significaban, en sentido estricto, permanencia obligatoria en la casa durante cuarenta días o más...
Asimismo, el pánico se fue apoderando de todos, hasta el extremo de llenar las despensas de productos y víveres innecesarios; y en cantidades casi pantagruélicas de papel higiénico, jabones, servilletas, cubrebocas, detergentes, cepillos, pastas, huevos, enlatados, licor… Carros atiborrados de productos en largas filas en las cajas registradoras de los supermercados. Se agotaron el alcohol, el vinagre, el papel higiénico, las toallas húmedas, los cubrebocas y muchos otros productos.
En mi caso, el afán era llegar a Bogotá. Tenía que trabajar, de todas formas, llegar a la oficina de prensa el martes. Aunque la medida de confinamiento empezaba el viernes, solo pude conseguir pasaje en bus para el jueves por la noche. A las ocho partimos de Medellín.
Muchos subían al bus con el cubrebocas y guantes puestos, algunos con potes de antibacterial o de alcohol, con lo que limpiaban la silla y el pasamanos para prevenir el contagio. Yo no llevaba nada de eso, porque donde estuve antes no lo necesité. Aunque creía en la gravedad de lo que estaba sucediendo en el planeta, no me dejé asustar más de lo debido, así los informes de infectados y de muertos estuvieran creciendo en forma exponencial. El mayor temor se centraba en toses, estornudos o gente con fiebre o moqueando. Había una especie de autocuidado; pero, sobre todo, de vigilancia tanto en la taquilla de la empresa como a la subida al bus. Advertían a todos que el que tuviera gripa, resfriado, tos, estornudos, fiebre o malestar no debía viajar, y debía reportarse al centro de salud más cercano; pero que no podía viajar.
Y alguien en el bus, no se sabe con qué autoridad o poder, agregó, interrumpiendo al conductor, que si alguien en el bus llegara a toser o a estornudar lo harían bajar inmediatamente donde fuera. No obstante, aunque varios nos miramos incrédulos o sorprendidos, nadie se sobresaltó porque la prueba de fiebre que nos tomaron en la terminal garantizaba que todos estábamos sanos en ese momento, a pesar de que era cierto que entre los cuarenta pasajeros podría ir alguien ya contagiado, porque el virus se podía quedar algunos días sin manifestarse; y durante el tiempo de aparente sanidad, el portador podría estar contagiando a sus vecinos por muchos otros medios además de la tos o el estornudo.
A las ocho en punto arrancó el bus con lleno completo. Yo escogí el asiento derecho, tercera fila, junto a la ventanilla. Para distraerme me puse los audífonos y empecé a escuchar música en mi celular, así como a ver mensajes, chatear o ver videos. Este aparato permite estar conectado con toda clase de imágenes, videos, audios, textos y mensajes, por toda la eternidad. Incluso, llega a desconectarlo a uno totalmente de la realidad. En mi caso, no sabía si chatear, ver videos, escuchar radio o conciertos, entrar en museos del mundo o hasta leer algún libro.
Como el bus brinca y vibra, pensé que no me convenía leer, sino escuchar. Tuve la tentación de buscar alguna película porque la que pusieron en el bus era de persecución de carros, lo que llaman cine de carretera, películas que ya no me agradan. Al fin me quedé con una emisora de fm, la que escucharía hasta que se perdiera la señal. A veces buscaba noticias; todas hablando del avance del virus y de las recomendaciones, exageraciones o especulaciones que se multiplicaban a medida que se propagaba el virus y morían más y más en China, Europa, en especial en Italia y España.
A las doce el bus paró en un restaurante en Puerto Triunfo. Había escasez de alimentos y muy pocos se atrevieron a pedir algo que no estuviera envasado o empacado. Había pánico por el contagio. El lugar estaba casi vacío, los empleados nos miraban con ansiedad, pues las comidas esperaban humeantes, pero nadie realmente cenó. Casi todos compramos refrescos en botellas desechables, agua y algunos pasabocas. Por mi parte, compré una botella de agua sin gas y dos paqueticos de maní. Eso fue todo. Oriné y, en lugar de abrir la llave del lavamanos, me aseé con una toallita húmeda del paquete que llevaba en mi mochila.
A partir de ahí el viaje se hizo monótono. Entre dormido y despierto ni veía por dónde íbamos. El frío del aire acondicionado se intensificó y, luego, me fue agarrando la somnolencia y el mareo del movimiento, los cambios de altura y la velocidad. Pronto me concentré en escuchar a Queen, la banda que más me ha gustado de la vieja guardia del rock. La alegría de disfrutarla con mis buenos audífonos me desconectó del vaivén del vehículo. De pronto, me atraganté con un grano de maní, pues al masticarlo se pulverizó en partículas que saltaron derecho a la faringe y de esta pasó, con seguridad, a la laringe y no al esófago, lo que me desató una repentina y fuerte tos que me ahogaba. Tosía y tosía, claro, tapado con mi pañuelo desechable que también llevaba en mi mochila. Tomé un poco de agua para calmarme, pero el agua también debió irse por donde no debía y la congestión fue peor.
Inmediatamente, mi vecino se levantó y se quedó parado en el pasillo del bus esperando que pasara mi ataque. Preocupado, le dije que me estaba ahogando con el maní; pero él, no muy convencido o, mejor, asustado se fue a donde el conductor a informarle lo que estaba sucediendo conmigo. El chofer detuvo el bus y se vino hasta mi puesto a interrogarme. Pero, sin dejarme responder, me dijo que yo era un irresponsable por haber subido al bus con resfriado, gripa o, tal vez, con el virus. Y cuando pronunció “virus”, inmediatamente se escuchó un murmullo que fue creciendo en forma acelerada. Entonces varias cabezas aparecieron asustadas y me empezaron a contemplar como si yo fuera la peste. En vano les expliqué lo que me pasaba, les mostré el empaque del maní casi vacío, el agua, los pañuelos. Les aclaré que no estaba enfermo, que me había atragantado con una partícula de maní. Hasta les dije que por eso ya no daban maní en los aviones, por el peligro de que los pasajeros se asfixiaran con él como ya ha pasado; y que yo había olvidado este dato porque me gusta mucho el maní. “Mucho, mucho”, insistí.
Pero el chofer y otros dos hombres corpulentos, que parecían del norte del país, me dijeron que se veían en la obligación de hacerme bajar del bus porque los podía contagiar. Y agregaron que yo era un abusivo, irresponsable, antisocial e insolidario. En vano traté de explicarles de nuevo y de defenderme de la expulsión, porque me advirtieron que lo mejor era que me bajara sin oponer resistencia si apreciaba mi vida.
Ante el silencio de los demás pasajeros y la contundencia de la amenaza, les pedí que, al menos, me dejaran en un lugar donde pudiera encontrar albergue o protección, porque no sabía dónde estaba ni conocía la región. Sin embargo, uno de los corpulentos me dijo que así era mejor porque no contagiaría a nadie. Y agregó la sentencia de que yo no merecía vivir. Ahí sí sentí pánico, pues su aspecto era idéntico al que se veía en las fotos de los paramilitares que muestran en la prensa y en televisión.
De todas formas, les insistí en que no tenía resfriado ni gripa, que todo era por el maní, y que la prueba era que ya no estaba tosiendo, pero el otro dijo, como para todo el bus, que mi palidez y mis ojeras eran la mejor prueba de que yo estaba enfermo del coronavirus. Y, en efecto, yo debía estar pálido del terror que me estaban produciendo esos matones y el chofer, ya idéntico a ellos. Parecían tres paramilitares listos a “limpiar” la peste del bus. Entonces insistí de nuevo en que, al menos, me arrimaran a algún lugar poblado porque iba a quedar muy desprotegido en una carretera desconocida, oscura, solitaria y a la una y media de la mañana.
Implacables, me hicieron bajar del bus con mi mochila, mi morral, la otra bolsita de maní, media botella de agua, una chaqueta, mi gorra y mi miedo. A pesar de todo no me mataron ni me agredieron físicamente, y en un parpadeo la oscuridad se tragó el bus y todo lo que estaba a su alrededor desapareció. Solo grillos, chicharras y algún otro ruido no identificable me acompañaron. Por ningún lado se veía alguna luz que anunciara vivienda, tienda o estación de gasolina. No sabía dónde estaba. Dudaba en ponerle la mano a algún carro que pasara, porque la soledad del lugar me hacía pensar en que no estaba en un territorio amigable. Hasta sentí deseos de maldecir mi mala suerte y prometí no volver a comer maní. Maldije el maní, que tanto me ha gustado.
Sin saber qué hacer, pensé en devolverme, pero cómo, en qué… Confiando en que el movimiento podría mantenerme vivo y alerta, decidí caminar un poco porque un relámpago peregrino iluminó la carretera, lo que me permitió ver que a lado y lado solo había mangas y unos pocos árboles, como si se tratara de potreros o pastizales. Pero, a la vez, a medida que los relámpagos iluminaban más el espacio me sentí más solo, más atemorizado y más inseguro. Era como si la oscuridad anterior me hubiera protegido y acompañado. Después del relámpago me sentí más inseguro y más expuesto a los peligros de la noche y de mi impotencia. A tientas busqué un árbol que había visto cerca con el último resplandor y me senté a su lado, a la espera de alguna luz en esa oscuridad no solo física, sino también existencial. Al momento recordé los peligros de rayos que encierran los árboles, y tuve que salir de ahí en forma inmediata.
Llevaba como media hora de camino, en la que pude avisarle a mi familia y a mis amigos de Medellín y Bogotá lo que me estaba sucediendo, para ver si me ayudaban con alguna iluminación. La mayoría de ellos me dijeron que por el gps se habían dado cuenta de que yo estaba cerca de Puerto Libre, que la región era peligrosa y que lo mejor era que me acercara a ese lugar, situado a cinco kilómetros, es decir, a una hora de camino. Traté de ubicarme, porque del susto ni se me había ocurrido ir a esa aplicación, la cual siempre mantengo inactiva. Así, una vez ubicado podría sentirme más tranquilo y avanzar hasta un lugar más seguro.
Casi a las tres de la mañana llegué al poblado. En todo el tiempo solo pasó un bus, que no me quiso parar; por el contrario, aceleró cuando le puse la mano. Casi exhausto encontré el Hotel El Parador o algo así, donde una señora, con cara de salamandra, me cobró antes de entrar a una habitación en la que el calor parecía un caldo hirviendo y espeso, que se aferraba a mi cuerpo como un aceite o una gelatina. Un ventilador removía el calor como si batiera el caldo y a mí con este. Al ver las paredes, solo se observaban huellas de chorretes de un color ceroso y otras señales escatológicas innombrables, acompañadas de insectos aplastados contra la pared. En otro contexto sería real arte escatológico o arte abyecto, sin nada que envidiarles a Duchamp o Warhol, entre otros. Pero no, era una habitación de hotel en un puerto lejano y a orillas de una carretera hacia ninguna parte. Cansado de tanto caminar atravesé la única silla contra el pomo de la puerta y dormí poco, pues mi afán era llegar a Bogotá antes del toque de queda. Era viernes, casi al amanecer.
