Dieciocho Días - Manuel Correa - E-Book

Dieciocho Días E-Book

Manuel Correa

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Beschreibung

En un mundo lúgubre y devastado, donde la esperanza es un bien escaso, un grupo de desconocidos encuentra refugio en un búnker. Todos están unidos por la figura de Raymundo, un exmilitar y líder innato, y deberán aprender a convivir mientras el mundo arde. El encierro aviva lo que llevan dentro: miedos, secretos, deseos prohibidos. Un juego peligroso comienza a tejerse, porque cada decisión tiene su peso y consecuencia. En la guerra y el amor, todo se vale.

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Seitenzahl: 205

Veröffentlichungsjahr: 2025

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© Dieciocho días

Sello: Soyuz

Primera edición digital: Abril 2025

© Manuel Correa

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: José Canales

Corrección de textos: Gonzalo León

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

_________________________________

© Áurea Ediciones

Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6420-00-2

ISBN digital: 978-956-6420-41-5

__________________________________

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

Prólogo

La guerra no llevaba más de veinte días cuando un uniformado tocó a la puerta. Mamá se apresuró a abrir y yo corrí tras ella pensando que era papá. A veces me sorprendía cuán inocentes podían ser los niños y otras veces me gustaría volver a ser uno.

—Ray, hijo, ve a jugar al salón —dijo mi madre.

Yo no quería ir al salón, pero no me gustaba hacer enojar a mamá. Caminé con la cabeza agachada y me quedé en el umbral entre el pasillo y el salón. Me dejé caer, apoyé mi espalda contra la pared y guardé silencio para escuchar.

—Señora… las guerras… —la voz del sujeto era tan débil que no escuchaba todo lo que decía—. Lo lamento… —Y luego sollozos de mi mamá.

No quería desobedecerle, pero como jamás me gustó ver a mamá llorar, rodé al pasillo y me acerqué gateando. En ese momento ella cerró la puerta y cayó de rodillas frente a mí. Me vio y en lugar de reprenderme me abrazó.

No fue hasta una semana después que me enteré de la muerte de mi padre. Él había muerto en una guerra que nadie pidió, que nadie quería ni necesitaba. Una guerra hecha por y para la gente con mayor poder en ambos territorios. Lo curioso de estas guerras no era por qué sucedían, sino su efecto. Cada guerra llevaba de una u otra forma a otra guerra, más aún las guerras mundiales. Esta vez… Bueno, no fue la excepción.

Primera parte: Seis días de confusión

Capítulo primero: El comienzo de mi fin

Me levanté como todos los días, calenté agua, partí el pan y le puse un poco de margarina. Era todo lo que había en el refrigerador. Puse café y agua en la taza. Que no se malinterprete, no soy un supersticioso ni una persona de instinto, pero algo se sentía extrañamente mal. Me había levantado antes que mi alarma sonara —lo cual nunca antes había hecho— y el agua estaba tibia cuando solía ser fría a esa hora de la mañana. No hice caso a mis tontos presentimientos y fui al sofá pensando que solo era algo que imaginaba. Entonces, de la nada, un ruido estridente y una repentina ola de calor perturbaron aún más mi mañana.

Me asomé por la ventana y lo que vi me dio un escalofrío desde la primera a la última vértebra en mi espina dorsal. El cielo estaba dividido en dos: una parte iluminada con una luz cegadora y la otra en completa oscuridad. Todos los objetos que no estaban sujetos al suelo se levantaron. Cuerpos celestes pasaban tan cerca que parecían palpables.

Luego de todo el desconcierto pensé en huir, pero ¿cómo? ¿Dónde? ¿Por qué? Tomé algunas cosas esenciales como agua, víveres, y salí. De nuevo, no soy una persona instintiva, sin embargo, sabía que no podía quedarme en casa. Una vez fuera vi a mi vecino Alex Razvan, quien antes había armado las estrategias de los comandos Águila, en la Quinta Guerra Mundial, para el bando Pacífico. El tipo era alto, musculoso, de pelo negro y muy corto, como un militar.

—Yo tengo un refugio —dijo como si hubiese leído mis pensamientos.

—¿Qué sucede? —pregunté casi de forma automática, intentando seguirle el paso.

—Caminando, nada.

Mientras caminábamos al refugio, nos encontramos con tres mujeres jóvenes. Tomé la parte de atrás del grupo y solo vi sus espaldas. La rubia era más alta qué las otras dos chicas. Las otras dos eran parecidas en altura, pero una era pelirroja y la otra tenía una melena. A lo lejos una mujer llevaba a su hijo de la mano; avanzaba y frenaba, dando movimientos frenéticos. Alex se le acercó mostrando la palma de las manos, asumí que le explicaba lo mismo que a mí me había dado a entender con un par de palabras. Ella lo miró de arriba a abajo, miró al grupo detenidamente y luego pude leer la palabra que se formó en sus labios: Gracias. Algo en su comportamiento, en su titubeo o en la forma que nos observó me dio mala espina. Por último, se nos unió un adolescente que, por lo que supe después, era huérfano.

Dio la impresión de que vagamos por alrededor de una hora. Las cosas parecían cambiar de lugar, o eso creí, porque antes de entrar al refugio miré hacia atrás y mi casa estaba donde mismo, a unos 300 o 500 metros del lugar. Era casi inexplicable todo el tiempo que nos había tomado llegar ahí, pero la tecnología estaba tan avanzada que existía casi todo tipo de armas. No era raro que algún arma pudiera desorientar a las personas dentro de cierto radio. Yo mismo me encargaba de fabricar algunas, pero ninguna de ese tipo.

Una vez adentro del lugar al que nos llevó Alex, observé a mi alrededor. El refugio era grande, al menos más grande que mi casa. Era muy moderno, con un sofá de cuero, un televisor inmenso, la última consola de videojuego —sin ningún juego— y armas, muchísimas armas colgadas en un lado de la pared. Al fondo a la izquierda había una puerta y una especie de compartimiento pequeño. Justo enfrente de nosotros había otra puerta. Cuando buscaba a Alex con la mirada, antes de poder hallarlo me explicó que era el cuarto de provisiones, un cuarto vacío y el depósito de basura.

Llegamos al refugio a eso de las once de la mañana. A eso de las dos de la tarde comimos algo enlatado con sabor a puré con cerdo, todos juntos sentados en el suelo formando un círculo, pero nadie se dirigió la palabra. Ni las amigas, o la madre y el niño. Fue un silencio que erizaba la piel.

Las horas siguientes pasaron relativamente igual. Nadie se hablaba, yo ya no sabía dónde poner la vista para no incomodar a nadie y mi pierna ya se cansaba de tanto movimiento. Un montón de memorias de mi infancia llegaron a mi cabeza. Yo sabía perfectamente qué estaba sucediendo afuera, pero quería que me dijeran que me equivocaba. Necesitaba que alguien me dijera que era un simulacro. Sin embargo, nadie decía una sola palabra. El silencio me iba a volver loco. Para la hora de la cena nuevamente nos sentamos en círculo y comimos algo enlatado, pero esta vez la mujer pelirroja rompió el silencio.

—¿Qué es lo que sucede? —preguntó con la mirada clavada en el suelo y con los ojos vidriosos.

No era la forma precisa en la que quería empezar una conversación, pero al menos tenía una pregunta que daría una respuesta a mis propias interrogantes.

—Es la Sexta Guerra Mundial —respondió Alex con un leve tono de tristeza.

Era lo que justo yo no quería oír.

—¿Sobreviviremos…aquí? —volvió a preguntar la pelirroja, pero esta vez no pudo contenerse y las lágrimas comenzaron a rodar desde sus ojos verdes. Sus amigas la abrazaron intentando consolarla sin ningún éxito. Alex le tendió un pañuelo.

—Por comida y agua lo haremos, a menos que… —dudó. No debes dudar cuando uno del grupo se quiebra, eso nos enseñaban en la academia militar.

—¿A menos que suceda qué? ¡Vamos suéltalo! —gritó la mujer madre del niño.

—A menos que nos encuentren —suspiró—, aunque eso es casi imposible.

—No pensemos en eso —dije de forma involuntaria—. Yo apenas conozco a mi vecino —dije apuntando hacia donde estaba Alex—, pero creo que es buena idea que nos mantengamos calmados. Si todo va como en las otras guerras estaremos al menos 20 días juntos y creo que es bueno que podamos hablar entre nosotros. Dije que apenas conocía a Alex, que ha sido mi vecino por un par de años, me gustaría pasar estos días con gente que conozca, aunque sea un poco, ¿no les parece razonable empezar por conocernos?

La escena se congeló con rostros pensantes, por algunos segundos que parecían ser eternos. Contuve la respiración, hasta que por fin una voz rompió el silencio.

—Me llamo Andrés y soy huérfano. Vivo en las calles. Todo lo que me quedaba como recuerdo de mis padres está en mi cama detrás de la librería. —Tomó agua e inspiró profundo—. Que ahora está destruida… Gracias por traerme con ustedes, gracias.

—Alex Razvan. Ex estratega del bando Pacífico, su aliado hasta que sea necesario para poder pasar todo esto que está sucediendo allá afuera.

Había sido una buena forma de partir. Hubo entonces un breve silencio que duró hasta que la chica pelirroja habló.

—María Meyer, enfermera y… artista —dijo riendo al final. Las pecas le resaltaban bajo la luz del foco—. Pinto cuadros de paisajes o retratos en mi tiempo libre, además cocino. Creo que eso puede servir cuando estas latas se acaben —concluyó ruborizándose.

Aunque dudaba que hubiera cosas para cocinar y algo en qué cocinar, fue muy amable de su parte de todas formas. En tiempos difíciles como la guerra, toda disposición a ayudar sirve.

—Ana Ruiz —dijo la joven morena—, tengo 19 años, estudiante de acondicionamiento educativo. Mis padres murieron hace ya bastante tiempo. —Miró a Andrés con ternura, como si hubiese algo de la historia del muchacho que resonaba con ella.

Así hasta que todos nos presentamos. La chica rubia, Ellen Baker, que era médica o enfermera…algo relacionado a la salud. La señora que se llamaba Carmen del Río y su hijo Ignacio Sandoval. El padre del niño y esposo de la madre estaba llamado a la guerra desde hacía bastante tiempo. Eso me pegó en el orgullo. Al parecer incluso un simple soldado sabía más que yo sobre lo que iba a pasar mucho antes que sucediera, y yo trabajaba muy cerca de fuentes de información importantes. Ahora era mi turno.

—Me llamo Raymundo Mills, 28 años y trabajo… mejor dicho trabajaba en la creación de armas para el bando Pacífico —dije recordando los buenos días en ese trabajo.

—¿Trabajabas? —dijo Ellen.

—¡Sí!, y era uno de los mejores —se adelantó Alex—. Realmente un genio con las armas de combate cuerpo a cuerpo.

—Gracias, muchas gracias —dije y luego me volví a Ellen—. Un día me dijeron que ya no era necesario, que tomara mis cosas y me fuera. No es bueno discutir con esos tipos, así que hice lo que me habían dicho y me retiré de mi lugar de trabajo al día siguiente —terminé con algo de ira y rencor, porque aún no lograba superar la situación.

Antes de que las conversaciones siguieran, Alex se levantó y nos mandó a descansar, anunciando que al día siguiente nos organizaríamos. Ese día fue uno de los más tranquilos de los casi 18 días imposibles de olvidar dentro de ese refugio.

Capítulo segundo: Tensión afuera y adentro

No pude conciliar el sueño. Mis pensamientos me atormentaron durante toda la noche. Dormí alrededor de dos horas. María tampoco logró dormir y, durante el transcurso de la noche, me contó que creía que era claustrofóbica no diagnosticada, pero que prefería estar encerrada ahí, dentro del refugio, que afuera, donde estaba a merced de la muerte. Bueno, creo que cualquiera hubiese preferido el refugio.

Cuando Alex se levantó, nos despertó a todos. Para desayunar repetimos lo del almuerzo y cena del día anterior. Un círculo en el suelo, frente al televisor, sentados uno al lado del otro, mientras María y Ellen llevaban el desayuno hacia nosotros en una suerte de bandeja.

—Aquí tienes. —María me extendió la lata con una sonrisa.

—Gracias —respondí de la misma manera.

Al tomar la lata, la examiné y leí la etiqueta que tenía en la parte inferior que decía: “C.E.A. caldo nutritivo con sabor a verdura. Beber helado”. Era una lata idéntica a las dos comidas del día anterior, pero con diferente sabor. Cuando ya todos habíamos terminado y todas las latas estaban en el depósito de basura del refugio, Alex nos dio instrucciones:

—Formaremos tres equipos de trabajo: uno para mantener el orden del refugio, para que esto no se transforme en un basural. El otro repartirá y racionará la comida y el agua, debe alcanzar mínimo para 40 días con lo que hay. Por último, el que comandaré yo se encargará de mantener a todos actualizados de lo que pasa afuera…

—¿Cómo? —interrumpió Ignacio.

—… Simple — repuso Alex—. Tengo equipo de guerra aquí y también hay una ventana por la cual podemos mirar al exterior.

— ¿Puedo estar en el de las raciones? —preguntó María.

—Lo comandarás por ofrecerte —le dijo Alex, acompañado con un gesto de aprobación.

—Ignacio y yo queremos estar en el grupo de orden— se ofreció Carmen, incluyendo a su hijo, que la miró sin protestar.

—Quedarás a cargo al igual que…

—María —dije sabiendo que él había olvidado el nombre.

Ya estaban los tres líderes, así que el resto nos unimos a los grupos. Andrés se unió a Alex. Dijo algo de querer aprender. Ana se integró al grupo de orden, aunque Carmen no parecía nada contenta con eso. Ellen y yo nos unimos a María, quien nos propuso ir a ordenar las provisiones para crear un plan de repartición.

La primera vez que entré al cuarto de provisiones me di cuenta de que ¡era gigante! Dentro ordenamos solo latas. En el transcurso de tiempo que estuvimos trabajando conté al menos 20 o 25 sabores diferentes. Luego de una hora clasificando las latas por sabor, el plan que había creado María para repartir la comida nos dio como resultado alimento durante 30 días, cifra que era realmente agradable en esos momentos. Salimos del cuarto, María cerró y nos sentamos los tres en el sofá.

María y Ellen conversaban de un mejor sistema de repartición de alimentos, mientras yo observaba el trabajo de los demás. Al final del refugio, al lado del depósito de basura, había otra puerta—por alguna extraña razón, me dio un escalofrío cuando la miré. Ahí estaban Ana, Carmen e Ignacio. Estos dos últimos claramente estaban desocupados, pero no hacían nada para ayudar a Ana, que se veía cansada. A la pobre le costaba levantar la bolsa de lo que habíamos comido, además la compuerta le quedaba inconvenientemente alta. En ese momento me paré y fui a ayudarla. Le toqué el hombro, tomé la bolsa, ella abrió la puerta del depósito y yo arrojé la bolsa.

—Te ves cansada —dije quizás de mala manera.

—Claro que no —mintió—. Estoy bien.

—A mí no me mientas, ¿cuánto han trabajado ellos? —dije, refiriéndome a Carmen e Ignacio.

—Ellos… trabajaron solo los primeros 30 minutos.

Hubo un silencio incómodo entre los dos. Le iba a hablar cuando se oyó una voz que llamaba a reunirse para almorzar. Todos se sentaban, en círculo, para almorzar, mientras los tres encargados de repartir la comida íbamos a buscarla. Esta vez las conversaciones fluían como si nos conociéramos de toda la vida. Alex conversaba con Carmen, Ana hablaba con Andrés y los racionadores conversábamos entre nosotros.

Almorzamos a eso de la una de la tarde y ya eran las dos y media. En ese momento la tierra se sacudió abruptamente. Al instante Alex corrió a encender el televisor —no era cualquier televisor, estaba conectado con la señal militar del bando Pacífico—. En el televisor se veían territorios en colores. Reconocí el naranjo —color del bando Pacífico— y también el verde, del bando Armado, pero nunca había visto el color negro. Busqué entre todos alguien que pudiera brindarme una respuesta. Sin embargo, el rostro de todos era de confusión. Entonces miré a Alex y la expresión de su rostro lo único que hizo fue preocuparme más de lo que había estado en un principio. Alex me dio una mirada que me indicaba que nos apartáramos del grupo. Sentí que las cosas se pondrían peor.

—¿Ahora qué pasa? —pregunté.

—¿Sabes que el mapa indica el dominio territorial?

Asentí con la cabeza.

—Naranjo del bando Pacífico, verde el Armado y negro…—titubeó— es el llamado bando de la Muerte. Está formado por exmilitares, estrategas e ingenieros de los bandos Pacífico y Armado. Estos buscan dominar el mundo, y los Armados y Pacíficos están peleando juntos para detenerlos. Después de 50 años vuelven a estar unidos, pero, por cuestión de egos, no funciona y…

—Y ahora el bando de la Muerte ha avanzado controlando casi la mitad del mundo —me adelanté.

—Exacto. Lo peor es que ya están en nuestro territorio, lo que quiere decir que quien salga de aquí encontrará la muerte.

Sus últimas palabras me preocuparon más aún. Si antes no podíamos salir porque nos podían tomar como prisioneros, ahora no podíamos porque moriríamos. Alex me preguntó entonces cómo le diríamos al resto lo que sucedía, ya que las cosas iban a cambiar desde ese momento. Me sorprendió que conversara de esas cosas conmigo, pero supuse que tenía lógica, ambos pertenecimos al mismo bando y cumplíamos funciones con un fin militar.

Pensamos en cerrar las ventanas —que yo no había visto hasta el momento— y prohibir que se prendiera el televisor, pero nos dimos cuenta de que era una mala idea. Alex dijo que obstruyéramos la puerta con cosas pesadas, pero eso también parecía mala idea. Al final decidimos que debían saber la verdad, ya que así —pensó Alex— podríamos controlar mejor las reacciones a la noticia. Alex apagó el televisor y los reunió a todos. Él se paró frente a nosotros, otra vez en un círculo, y relató cómo se había creado el bando de la Muerte:

—Todo comenzó después de la Quinta Guerra Mundial: muchos de los guerreros y algunos altos mando estaban en desacuerdo con que el bando Pacífico y el bando Armado convivieran en paz. El resultado fue la creación del bando de la Muerte, que pensaba conquistar el mundo para que un solo bando lo dirigiera. —Todos prestaban atención a cada una de sus palabras.

También nos contó que había algunos infiltrados del bando de la Muerte en los otros dos bandos y que los líderes de los Armados y Pacíficos sabían que en algún momento llegaría el levantamiento. Me atrevo a deducir que, si así era, había una estrategia de parte de ambos bandos. Alex reafirmó mis pensamientos, él esperaba que hubiese un plan de contraataque.

Él había sido estratega del bando Pacífico, así que yo confiaba en su juicio, pero el resto no pensaba igual que yo.

—¿O sea que sí hay un plan? —Preguntó Andrés.

—Bueno —Se tomó una pausa. Yo sentí como si pudiera verle armar la respuesta en su mente. —No. Es solo una suposición. Va con la lógi…

—¿Una suposición? —Ignacio lo interrumpió. No me gustó para nada su tono.

El ambiente era tenso.

—Es que no hay forma de tener seguridad.

—Vaya forma de decirnos que vamos a morir. —Esas palabras calaron hondo. Es increíble el impacto que tienen un par de palabras. Nosotros queríamos manejar el tema de la mejor manera posible y poco a poco se nos iba de las manos.

—Ignacio, —dije intentando poner paños fríos. —eso es algo exagerado. Aquí estamos seguros y…

—¿Cómo podemos estar seguros si no hay estrategia de contraataque? —interrumpió María con voz temblorosa.

Miré alrededor de la sala y solo vi miedo y confusión. No podía creer como algo tan sencillo se iba al carajo.

María y Carmen se largaron a llorar y todo colapsó de la nada. Alex me hizo un gesto con el que me indicó que fuera con María. Así lo hice mientras él se iba con Carmen. María me abrazó, y mientras yo la consolaba, miré a Alex, pero no lo encontré. Lo busqué con la vista. Se me hizo bastante difícil encontrarlo aún abrazo de María. Un grito desgarrador me hizo cerrar los ojos. Me zumbaba un oído.

—¡Déjame! —dejó escapar Carmen desde lo más profundo— ¡¿Qué vamos a hacer ahora?!

—Nos quedaremos aquí hasta que todo se acabe —respondió Alex.

—Tenemos que unirnos al bando de la Muerte —insinuó Ignacio.

De pronto todos estaban de acuerdo en unirse al bando de la Muerte. María seguía llorando. Andrés, Ellen y Ana le decían a Alex que Ignacio tenía razón. Sentí que todos se volvían locos y que yo me volvía loco con ellos.

—¡Callen! —gritó Alex enfurecido—. ¿Saben ustedes lo que ellos les pueden hacer?, ¡no!, los Pacíficos o… los Armados deben tener un plan, y si se nos ocurre poner un pie fuera de este lugar, moriremos.

Luego de eso nadie habló. Fue un silencio abrumador, algo que desesperaba. Sentía una necesidad por oír a alguien hablar, pero nadie lo hizo, ni yo. Llegó la hora de la cena —me di cuenta porque miré mi reloj—, así que les hice unas señas a María y a Ellen para que fuéramos a buscar las latas. Entramos al cuarto de provisiones y fui el último en salir. Esperaba encontrarme con el círculo que se había formado para las comidas anteriores, pero esta vez estaban separados en grupos. Alex, Ana y Andrés estaban juntos cerca de la puerta de entrada del refugio; Carmen e Ignacio estaban cerca de la puerta del depósito; Ellen y María estaban frente al televisor, así que me uní a ellas.

Después de cenar, Ana recogió las latas —al igual que antes, madre e hijo no hicieron nada—, excepto las de sus compañeros de labores.

Esa noche dormí muy poco, no dejaba de pensar en el bando de la Muerte, ¿qué pasaba si los Pacíficos no tenían un plan?, ¿o si tenían uno y no funcionaba? La actitud de Carmen y el hecho de no cenar todos juntos también me hizo pensar... La verdad me tenía mal, asustado y preocupado. Las cosas afuera empeoraban.

Capítulo tercero: ¿Un enemigo entre nosotros?

Desperté de los primeros. Miré al techo y cerré los ojos, no para pensar, sino para escapar, era una costumbre que tenía desde pequeño. Mamá me hubiese tomado la cara con delicadeza y me hubiese dicho que era el niño más valiente del mundo. Sequé las lágrimas antes de que pudieran rodar por mis mejillas y fui a sentarme al sofá. Nadie más había despertado. Repetía en mi cabeza lo que había pasado el día anterior y no podía detenerme. Tuve deseos de pegarle a alguien, de marcarle el puño en la cara al primero que se me pusiera en frente. De pronto nos movimos. Fue un movimiento tan brutal que di un salto del sofá y caí de espaldas al suelo. Las cabezas de mis compañeros se levantaron y se miraban con sorpresa. Alex me miró, apretando sus labios que estaban levemente blancos por la presión. Su preocupación era evidente y eso me asustó.

—¿Qué fue esa cosa? —preguntó Andrés.

—Mills sabe. —Alex me apuntó.

—Yo… bueno… —tartamudeé. Sabía, pero no era algo de lo que me gustara hablar. Era un tema complejo con muchos tecnicismos y a las personas eso les aburría, por eso fui por la explicación más sencilla—. Se llama sonar sub-terra. Es como un sonar marino, pero este es terrestre y solo produce movimiento, no detecta posiciones.

—¿Cómo sabes? —preguntó Ellen.

—Bueno… yo ayudé a crearlo, o al menos el prototipo del modelo de largo alcance. Esto quiere decir que los Pacíficos están contraatacando o… —me interrumpí.

—¡Qué el bando Armado está contraatacando! —Alex me lanzó una mirada mortal.

Supongo que él no quería que dijera que había una gran posibilidad de que mi arma fuese ocupada por el bando de la Muerte. Alex ya nos había dicho que había gente del bando Pacífico trabajando para los del bando de la Muerte, por lo que no era una locura de que el arma hubiese caído en sus manos. Creo que Alex tenía razón, Carmen había reaccionado de una forma desastrosa el día anterior por algo mucho más pequeño.

—Vamos a comer —repuso Alex—, tengo hambre.

María, Ellen y yo fuimos a buscar el desayuno. Esta vez tomamos latas con sabor a sopa de pollo. Fui el último en salir y esperaba encontrarlos a todos separados como el día anterior, pero no fue así. Al parecer el movimiento matutino hizo que la unión volviera, aunque las tensiones seguían ahí.

—Alex, ¿quién es el líder del bando de la Muerte? —pregunté.

Alex me miró como si hubiese dicho algo malo.

—Tu exjefe y el exgobernador de los Armados.

—¿Cómo sabes eso? —saltó Ignacio.