5,99 €
Historias simples, pequeñas, expresadas de un modo dinámico, en las que el horror, el humor, la reflexión, la ternura, el amor y el desamor pretenden enmarcar situaciones vivenciadas, quizás irreales y hasta recuperadas del mundo de los sueños. ¿Te animaste a cantar en público? ¿Perseguiste a la policía? ¿El cielo o el infierno? ¿Un cambio inesperado en tu vida? Me sucedió, lo imaginé o lo soñé y lo puse en palabras.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 92
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Diego Talmon y Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Talmon, Diego Martín
Diégesis / Diego Martín Talmon. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
136 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-089-3
1. Narrativa Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Microrrelatos. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Talmon, Diego Martín
© 2022. Tinta Libre Ediciones
A Lila, mi vieja
A mis hijos:
Nicolás, Agustina, Joaquín y Tobías
Diégesis:
Del gr. διήγησις diḗgēsis.
fem. En una obra literaria o cinematográfica, desarrollo narrativo de los hechos.1
En esta obra, no hay solo hechos. Además, hay narraciones ficcionales, microrrelatos y frases o pensamientos desde papeles arrugados. La lectura es posible de cualquier manera, incluso la omisión, por la carencia de relación entre los escritos. Parafraseando a un docente facultativo, “el orden de los faroles no altera el alumbrado”.
Agradecimiento especial al querido escritor Jorge Felippa, cuyos talleres literarios fueron el punto de partida de mi formación. De hecho, algunas de las historias narradas son hijas de sus consignas malvadas y sobrevivieron —o casi— al temible lápiz rojo.
A Magui, soporte y apoyo de experimentos, sufrimiento por mis textos en voz alta y, además, sosteniendo la escalera siempre, con correcciones, sugerencias, ideas y hasta un espacio físico para la cocina de historias.
A Silvia Nadra, el empujón hacia el abismo literario.
A mi familia, el visto bueno en cada pedido de opinión, además del salame y queso como disparadores de inspiración.
A todas aquellas personas que, de una manera u otra, sumaron un ladrillo en la construcción de este sueño.
Diégesis
Dos primero, uno después
Aún lo amaba, pero se sintió asfixiada. Agobiada por los celos y la posesión, decidió salir de esa involuntaria dependencia. Ya no magia, ya no encanto, no había nada entre ellos y sí mucha vida por delante.
Cansada de sentirse esclava, la incomodidad, la infelicidad, el disgusto permanente, le indicaron el camino. Le anunciaron el final de una etapa, quizás la peor vivida.
Claro el objetivo, debía encontrar la manera menos dolorosa. Le preparó una cena especial, el mejor vino, iluminación tenue, vestido elegante, nervios, cigarrillo. Lo esperaba para una conversación importante y postergada, aprovechándose de su ansiedad y la enemistad con lo misterioso.
A su llegada y como un torbellino, colgó su saco en el perchero mientras le preguntaba por la cena.
—Vení, sentate, vamos a hablar.
Comenzó un discurso, nada nuevo: reclamos y sugerencias constantes e insistentes; él disfrutaba de una cena exquisita y solo la miraba; parecía no escucharla. Al advertirlo, ella se enfureció; se puso de pie y, apoyando ambas manos sobre la mesa, continuó hablando ahora con mayor vehemencia.
—Hace meses conocí a un hombre, un caballero, y me cautivó; creo que estoy enamorada y vos ni siquiera te diste cuenta. No fuiste capaz de interpretar mis señales; ya no me escuchás. Armé todo este circo ahora como para darte una oportunidad, para que reacciones y a vos no se te mueve un pelo.
Él, inmóvil; silencioso, tranquilo y paciente, esperó. Aprovechó un suspiro de ella y se puso de pie. Se acercó hasta quedar cara a cara mirándola directo a los ojos; destilaba odio.
—¿Ya está? Ahora escuchame vos.
Ella experimentó un temor falso que le sirvió para victimizarse.
—¡Ni se te ocurra tocarme! ¡Vas a lastimarme!
—¿Lastimarte? Vos me lastimaste siempre; hiciste siempre lo que quisiste. Yo acepté todo y hasta te comprendí porque conozco tu pasado; ¡y ahora esto!
La furia se incrementaba en él, y el temor en ella; estaba muy asustada, jamás lo había visto así.
Él lo disfrutaba en cierto modo, y siguió con el juego; la tomó con fuerza de un brazo y la llevó casi arrastrándola hasta el vehículo; abrió la puerta del acompañante y, empujándola por la nuca, la sentó. Golpeó la puerta de una patada luego de cerrarla, dio la vuelta y se sentó a conducir; jamás le quitó los ojos de encima.
Las ruedas dejaron huellas en el asfalto, ruido y olor a quemado. Luego de un recorrido no muy largo en un pequeño descampado, detuvo el auto; se bajó y la arrancó del asiento tomándola del brazo. Estaba sacado, desconocido. Caminaron sin rumbo unos cien metros, con rapidez y paso firme él, trastabillando ella.
—Te voy a cagar a palos, te voy a cagar matando.
Ella era llanto, temor y hasta arrepentimiento. Repitió la palabra perdón una docena de veces; él la ignoró. Enceguecido, la ató de pies y manos, la arrodilló y extrajo un arma sostenida por el cinto en su espalda.
Dos disparos; dos chispazos iluminaron el cielo. Un coro de ladridos dispares acalló un tercero, muy rezagado; y luego calma; una tensa y extensa calma interrumpida por gritos y ambulancias y bomberos y policías y curiosos.
Frustrada innovación
—¡Vení, mirá! Este es el que pone cosas. ¡Es un tarado! —Los micrófonos abiertos con descuido en videollamadas devienen en estados depresivos, de preguntas y repreguntas, de planteos y replanteos, en un actor o en el otro.
El artículo decía «¿La misma cara siempre en una videollamada? ¡Es hora de cambiar!» y pues, en el ánimo de innovar, me asomé. La creación de un avatar. Era eso, pero algo más: una cámara virtual que captura el movimiento y la expresión, imprimiendo vida en aquel. Ya con los recursos, instalé, hice las pruebas pertinentes y fue bueno. El foco, la imagen de estudiantes divertidos en un momento inédito en nuestras vidas. Y fui más allá: con una cuota extra de coraje, me presenté en la videollamada bajo aquella estructura. Sorpresa, comentarios, curiosidad, no muy lejos de aquello en mis planes, en mi imaginación.
Un reclamo escondido, solo uno en quizá miles, solo un reclamo ayuno de interpretaciones. Un reclamo disparador de preguntas y repreguntas, de planteos y replanteos. Por primera vez, me sentí dibujado. Y entonces, la duda existencial: ¿Cuál soy en realidad? ¿Encender la cámara? No, no me atrevo.
Nostalgias
Un oscuro exagerado y algunas mesas en la vereda preparadas para algo especial informan con nostalgia una ausencia total de personas; y adentro, apenas un puñado detrás de un mostrador.
—Somos dos.
—Siéntense donde gusten, ya los atendemos. ¿Vienen por su cuenta?
—Sí. —Nuestra respuesta a pesar de no comprender la referencia.
Sillas de esa madera gruesa y pesada, cuyo cuadrado depositario informa con nostalgia una ausencia casi total de goma espuma, apenas algunas migajas.
Y el manjar elegido:
—Una pizza especial, por favor. —Sin imaginar lo especial que sería la pizza.
Y mientras tanto, en la espera, la observación: cubiertos con mangos plásticos de color, de una flexibilidad poco conveniente. Y más atrás, motocicletas entrantes y salientes responden al llamado de clientes imaginarios. En tanto, dos personas en apariencia vinculadas al comercio formulan y discuten estrategias de negocio, al tiempo que alguien, quizás un colaborador, emprende una caminata veloz hacia un almacén de barrio, para regresar con una prepizza y otros bultos de menor tamaño, que conjeturamos queso, jamón cocido y morrones. En la última mesa, el armado permanente de cajas permite imaginar una noche exitosa, en contraste con la presencialidad; las mesas aún informan con nostalgia una ausencia casi total de personas; ahora, apenas un par.
Una especie de oficina a cielo abierto y una especie de encargado con una especie de dispositivo telefónico adherido a una oreja, con gestos exagerados, adornaba una especie de conversación vehemente. Mientras tanto, sentada frente a él, una mujer joven y un diálogo efímero. La silla aún caliente se ocupa por otra mujer y un diálogo de idéntica duración. Y así, una tercera, y una cuarta, y seguro algunas más.
Y la comida, aquel círculo de masa, se presenta por fin dispuesta a llevar a cabo acciones pugilísticas con los cubiertos, confirmando desde el primer bocado un aspecto gomoso y una temperatura casi polar.
En medio de la lucha, un «¿Todo bien, caballero?» conduce nuestra mirada al foco emisor: un peso pesado que ostenta un patriarcado poderoso. ¿Qué responder? ¿Cómo hacerlo considerando que el bolo alimenticio no completaba su trayecto? En ocasiones, el silencio es preferible.
Y el movimiento esperado de gente no existió y las propuestas de negocios entre los encargados se diluyeron o engrosaron listas de acciones no factibles.
Sin embargo y a pesar de todo, el recipiente original informa con nostalgia una ausencia casi total de pizza; apenas algunas migajas.
Y luego de efectuar el pago, la billetera informa con nostalgia una ausencia casi total de billetes; apenas unos pocos, los de escasa denominación.
Trampa
Un recreo, un parate en mi vida. Transformación. Y un rumbo que ni siquiera buscaba y elección acertada. Momento justo, oportuno, pensamiento en uno mismo, egoísta y a la vez correspondiente y meritorio. Y existe transferencia, un legado, una transmisión, y los destinatarios advierten. Y alientan. Y agradecen. Y motivan.
Comprendí que eras el camino. Y de reojo te miraba, te descubría y no resultó complejo. Con tu historia, con tu risa y tu sonrisa, con tu porte «aquí estoy, esto soy», caí en la trampa. Hermosa y extraña trampa que protege, que cuida, que analiza, que comparte, que apoya, que acompaña, que abraza. Y es bisagra. Y es etapa. Una etapa ganada con lo mío, que no es poco, y siento y sostengo: algo hice bien.
Día treinta y ocho
Trepado a su esperanza, imaginaba un final cercano. Escribió la palabra cuarentena en la pared como hizo en cada uno de los días, esta vez, apretando con fuerza la tiza y sus dientes. Retrocedió apenas sin quitar la mirada de lo escrito y, con las manos en la cintura, suspiró calmado.
Buscó en su maletín el cuaderno de viaje, acomodó el sillón debajo de la única lámpara y revisó allí la larga lista de tareas, resaltando las pendientes, tachando satisfecho las demás. Cerró el cuaderno y se puso de pie casi en el mismo acto. Intentó una nueva comunicación con su esposa, en vano. Así, dos o tres veces más.
Se propuso un recorrido por algunos diarios buscando quizás alguna noticia buena. Y, sin embargo, nada. Todos hablaban de lo mismo.
El balcón y un vaso de vino, una distracción liviana. Algún caminante esporádico, rostro a medio cubrir, guantes. Escenario espeluznante, inédito. Luego, una ducha, la tercera en ese día. Algo de Mozart y también de Tchaikovsky.
Sobre la mesa, el maletín abierto mostraba la foto de sus hijos prendida apenas con un clip, y se quedó mirándola. Sacó la guitarra de su funda y les dedicó aquella canción que los trataba de piojos y piojitos. Acarició sus caras con el revés de sus dedos y sonrió contagiado, les pidió que se portaran bien, que colaboraran con su madre. Les prometió un reencuentro próximo.
Al escucharse, se dirigió rápido hacia la pared buscando la palabra cuarentena, la última que había escrito, deseando como nunca un significado literal. Revisó el calendario, contó los días y otra vez sobre su esperanza, ahora con entusiasmo, ahora un poco más arriba, a la espera del día treinta y nueve.
Actuación inesperada
Recorrido de canciones y épocas, voz agradable y acordes de guitarra, un espectáculo sencillo. La pareja, un coro risueño y solo para ellos, en una mesa algo alejada del escenario.
