Dime alma mía - Sonia Julia de Jesús - E-Book

Dime alma mía E-Book

Sonia Julia de Jesús

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Beschreibung

Esta novela, ambientada en la turbulenta Cuba desde la post-independencia, la Revolución de Machado, la Constitución del 40, el golpe de estado de Batista, y finalmente el inicio de la Revolución Cubana, narra la vida de Josefina, madre de la autora, y cómo su relación con otras mujeres la lleva a desafiar la sociedad patriarcal. Lola, madre de Josefina y adolescente viuda de un oficial español, subsiste gracias al amor prohibido con su confesor. Minerva, la otra hija de Lola, es forzada por su marido a renunciar a la herencia que le dejó el cura. Gema, la mejor amiga de Josefina, es la heredera del rey del Habano, y la introduce en el glamoroso mundo de la burguesía habanera de los años veinte, mientras que Marcelina, la nana, inicia a su hija, Sonia Julia de Jesús, en el mundo de los orishas afrocubanos. Estrella es una campesina a quien Josefina convierte en empresaria; y Beatriz y Emelina, ilustran, ante la mirada crítica de la protagonista, el binomio republicano de la esposa y la amante. Josefina se propone un destino diferente para sí misma, no supeditarse nunca a la autoridad masculina. Para lograrlo, se apoya en un diálogo permanente con el Sagrado Corazón de Jesús, que comienza siempre con la misma pregunta: «Dime alma mía, ¿qué mal te aqueja?»

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Seitenzahl: 257

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Sonia Julia de Jesús

Dime alma mía

Barcelona 2024

Linkgua-ediciones.com

Créditos

Título original: Dime alma mía.

© 2024, Red ediciones S.L.

Ilustración de cubierta: Sonia María Contreras.

e-mail: [email protected]

Diseño de cubierta: Michel Mallard.

ISBN rústica ilustrada: 978-84-1076-017-2.

ISBN tapa dura: 978-84-1076-018-9.

ISBN ebook: 978-84-1076-019-6.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Sumario

Créditos 4

I. Dime alma mía que mal te acongoja... 11

II. El gran secreto de familia 17

III. Que con su pan se lo coma 21

IV. Gina se enamora 27

V. Ha llegado la «escuelera» 31

VI. Invasión en la mansión del Eros 35

VII. A los hombres hay que conocerles el rastro... 41

VIII. La natación, el legado de Gina 47

IX. «Maestra, qué falta me haría encontrar la lámpara de Aladino» 53

X. Un nuevo encuentro y una sugerencia 57

XI. La adopción... 63

XII. Fin de fiestas 67

XIII. Josefina, eres muy desafiante 71

XIV. ¡Primero muerta que perder mi independencia! 77

XV. Josefina. martiana y constitucionalista 83

XVI. La prima Estrella 87

XVII. La vorágine de los años cuarenta y las clases peripatéticas 93

XVIII. El fruto de las clases peripatéticas 99

XIX. El regreso de Estrella y el alumbramiento de María 105

XX. María murió de parto 113

XXI. La mejor decisión 119

XXII. Sagrado Corazón gracias. Tengo una hija 125

XXIII. La botella de Agua D’Alibour 131

XXIV. Pueblo chico, infierno grande 137

XXV. El primer año de la «niña» 141

XXVI. Mi amada y recordada Marcelina 147

XXVII. La nave de Ulises y las noticias nefastas 155

XXVIII. La primera vez que se sacó «el gordo» 159

XXIX. El vaticinio de Marcelina y Alfonso y su doble vida 163

XXX. La revelación 169

XXXI. El niño celta 173

XXXII. Mi madre, la música y yo 177

XXXIII. Adiós al barrio del Cerro 181

XXXIV. El Vedado, de los delincuentes nacionales a los internacionales 187

XXV. Mi madre miraba lo que yo no era 191

XXXVI. Los cincuenta década de cambios 195

XXXVII. El luto va por dentro 199

XXXVIII. Todos juegan, también mi madre 201

XXXIX. Mi madre vivía en vilo 207

XLI. Las cosas se van yendo o es uno el que se va 213

Epílogo 219

Agradecimientos 221

A mi nieta Belén, mi gran motor; a Sonia María, mi hija, alma encantada que acompaña mi vida llenándola de sentido. Ella ha diseñado y realizado la portada de este libro y ha dedicado largas horas a detectar y corregir los «extravíos» del texto.

I. Dime alma mía que mal te acongoja...

En la casa hay tremenda algarabía. Hoy me han levantado muy temprano porque se avecina un hecho muy importante. Mi mamá ha llamado a Angelina para que haga un baldeo especial que consiste en tirar cubos de agua con colonia desde el fondo de la casa hasta la calle, de manera que la casa se «limpie» y lo malo se vaya. También se ha comprado un gran ramo de flores de mariposas, que son muy olorosas, para que el ambiente no sólo esté profundamente inmaculado sino también fragante. Se han abierto las ventanas para que entre el Sol, el aire, y todo esté purificado y bendecido.

En la sala, en el lugar principal, está la gigantesca imagen del Corazón de Jesús, con la mano derecha próxima a su corazón rojo y sangrante, y con su mano izquierda, ligeramente levantada, con dos dedos hacia arriba y dos dedos hacia abajo como bendiciéndonos a todos. Sus rizos rubios, su perfecta cara de color marmóreo y sus penetrantes ojos azules miran con serenidad y aprobación todos, todos los trajines de la casa. En cualquier lugar que estés él está mirando porque su mirada es omnipresente. Es sábado y como todos los sábados serán cantados por los niños de la beneficencia los números premiados de la lotería nacional.

Mi madre todos los días, o casi todos los días, conversa con el Sagrado Corazón de Jesús quien la acompaña. Ella está envuelta en su manto protector. Ella es invulnerable a todos los males, a todas la maledicencias, a todas las comadres que la ven como una vieja solterona, a todos los hombres que saben que ni con la mirada pueden propasarse a pesar de que, aunque cuarentona, sigue siendo bonita, fuerte y raramente atlética, diferente de las mujeres que a su edad están más gordas y descuidadas. Ella no. Siempre con sus trajes de hilo bordados, sus medias de nylon impecables, sus zapatos pulcros, su reloj de oro, su sortija de agua marina y oro. Siempre con la medalla redonda del Corazón de Jesús colgando de su cuello, la que a veces se muestra impúdica y otras se esconde en la hendidura de sus senos, arropada con los latidos de su propio corazón y la calidez de su cuerpo. Nunca se separa de ese medallón. Con él duerme y se levanta, da sus clases, nada, va al teatro y al cine dos veces por semana. Con él todos los días de los días, hasta el final de su vida, y con él entre sus senos mustios fue enterrada en el panteón de la familia en el cementerio de Colón. Amén.

Mi madre conversa casi todos los días con el Sagrado Corazón sentada en la sala de la gigantesca casa del Cerro, en un gran sillón, con el devocionario de cuero negro gastado por sus manos, donde se encuentra la oración de Quince minutos en compañía de Jesús Sacramentado y que empieza:

«No es preciso, hijo (a) mía (a) saber mucho para agradarme mucho; basta que me ames con fervor. Háblame, pues, aquí sencillamente, como hablarías a tu madre, a tu hermano... Pídeme, no vaciles en pedir...»

y mi madre empezaba a pedir con la voz en alto todo lo que se le ocurriera y deseara. Yo, que siempre estaba en el patio debajo de la mata de chirimoya la oía de lejos, y esa conversación con el todopoderoso me daba un poco de respeto, por no decir de miedo. Pero no sólo pedía, también le contaba cosas de la cotidianidad más rutinaria y simple, en esa parte en que el Sagrado Corazón de Jesús dice:

«¿Sientes acaso tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame, alma desconsolada, tus tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió? ¿Quién lastimó tu amor propio? ¿Quién te ha menospreciado? Acércate a mi corazón, que tiene bálsamo eficaz para curar todas esas heridas del tuyo. Dame cuenta de todo, y acabarás en breve por decirme que, a semejanza de Mí, todo lo perdonas, todo lo olvidas, y en pago recibirás mi consoladora bendición».

Justo en esa parte de la oración mi madre se explayaba y le contaba con pormenores lo que le había molestado o alegrado ese día, o en esos días, en que no habían conversado. De manera que, cuando Josefina terminaba sus oraciones, no sólo estaba limpia de toda pasión y plena de confianza: se sentía protegida y con superpoderes.

La conversación de ayer viernes fue más larga que de costumbre. Había recibido una carta del Banco Financiero Previsora Latinoamericana, que estaba en la calle Obispo, donde ella tenía algunas acciones, que le informaban de unas oportunidades excepcionales si aportaba fondos de inversión. Mi mamá consultaba con el Corazón de Jesús si hacer o no esas inversiones —porque la oración incluía, además de pedir por los pobres y menesterosos, por los enfermos y los desvalidos, también contemplaba la atención a los bienes materiales.

Mi madre contó al Sagrado Corazón de Jesús con todo detalle, con documentos en mano, y leyendo despacio y en alta voz, para que Jesús no se confundiera, y comprendiera mejor esas entrelineas menos confiables del negocio... y la analizaban juntos prolijamente. Al final de la conversación mi madre acordó con Jesús que la proposición de Previsora Latinoamericana no era tan mala y que por tanto había que poner dinero, pero ella no tenía la cantidad necesaria para que la inversión fuera eficazmente rentable, y por tanto le pidió apoyo al Sagrado Corazón de Jesús. Como ella y el Sagrado Corazón habían convenido que el negocio era pertinente él la ayudaría y por tanto mañana el billete que ella había comprado e informado al Santísimo sería premiado.

Esta fe absoluta de mi madre en el Sagrado Corazón de Jesús era la causante de que este sábado hubiera tanta limpieza y corre y corre en la casa. A las tres empezaba a «cantarse» la lotería y la casa tenía que estar aireada, fragante y limpia como un crisol. Mi mamá a las nueve de la mañana llamó a Pricito, que era su abogado, el doctor Prisciliano Durán, al que conocía desde que era niño porque lo había enseñado a leer, para que la acompañara a una gestión muy importante que iba a ocurrir en la tarde. En vano Pricito le decía que los sábados por la tarde en La Habana no había ninguna gestión que hacer que no fuera la de oír la pelota, ir al cine o algún restaurant o dar un paseo por el malecón. Mi mamá insistía enfáticamente que lo llamaría entre las tres y las cuatro y que estuviera preparado, que ella le pagaría muy bien su atención. Pricito colgó pensando que a mi mamá se le habían extraviado las entendederas pero para qué discutir con una mujer tan terca y prepotente como Josefina.

A la una de la tarde todo estaba dispuesto como mi madre quería. Habíamos almorzado frugalmente porque la pobre Angelina estaba exhausta. Mi madre le regaló un dinero adicional y casi la botó de la casa después que terminó de fregar. No quería que en la casa hubiera nadie. Que nadie, excepto Pricito, quien estaba obligado a mantener secreto profesional, supiera lo que iba a ocurrir. A mí me obligaron a ponerme mi vestido blanco de hilo bordado que se usaba para fiestas, cumpleaños y para los conciertos en el Auditorium. Mi madre también estaba muy elegante y perfumada. Yo tenía el lazo de tafetán rosado que amarraba mi rubio y rebelde pelo rizado. Hasta el pelo tenía que estar en su lugar y las uñas me las habían revisado una y mil veces. Mi madre estaba muy nerviosa invocando constantemente al Sagrado Corazón de Jesús frotándose las manos:

Corazón de Jesús, Corazón de Jesús, yo sé que no me vas a fallar, tú estás conmigo, siempre estás conmigo, ayudándome...

A las tres de la tarde mi madre me obligó a sentarme al lado de ella, las dos mirando el Corazón de Jesús, ella suplicante y alterada, yo aterrorizada y silenciosa. Ella sentada en el sillón grande, balanceándose con nerviosismo, yo recta como un palo, asustada porque sentía que iba a ser testigo de un hecho singular.

Las tres de la tarde. Mi mamá puso el radio no muy alto. La cartera de mi madre, lista para partir inmediatamente sobre el sofá. Los niños de la beneficencia empezaron a cantar los números, ninguno era, pero tampoco se había cantado el primer premio. Mi madre con el cartón en sus manos temblorosas. De pronto, el XXXX, PRIMER PREMIO. Primer premio.

—Sagrado Corazón de Jesús ¡qué bueno eres conmigo!, pero no te preocupes que mañana vamos al hospital a dar una buena donación. Niña, llama a Pricito para que nos venga a recoger que nos sacamos el GORDO. Estamos salvadas. Pero no se lo digas a nadie que somos mujeres solas y nos pueden asaltar.

Yo estaba petrificada, porque no era la primera vez que mi madre se sacaba el gordo: ¡ERA LA SEGUNDA VEZ!

II. El gran secreto de familia

La mejor amiga de mi madre, Gina, yo diría que su única gran amiga, era una de las mujeres más ricas de Cuba. Su padre era uno de los dueños de las vegas del Hoyo de Monterrey, en el mismo corazón de Vuelta Abajo, en San Juan y Martínez. Ellas se conocieron en una fiesta en el palacete de la familia Guasch, que estaba colindante con la casa de mi madre en el centro de la ciudad de Pinar del Río, y descubrieron que tenían dos afinidades en común: el piano y la lectura. Gina tenía recién cumplidos dieciséis y mi mamá recién cumplidos diecisiete. A las dos les encantaba tocar el piano juntas: Gina, la clave de Sol, la melodía. Josefina la clave de Fa, los acordes acompañantes.

Gina quedó perpleja cuando se enteró que mi mamá trabajaba lejos de su casa, viviendo sola en un pueblo, que ella conocía bien porque allí estaban las vegas de su padre y sabía que, en ese lugar excepto, las mejores hojas de tabaco del mundo, solo había hambre y miseria.

—No me lo puedo creer, es que no me puedo creer que seas tan audaz.

—Audaz, no veo qué audacia es coger un tren y pasarse una semana enseñando a leer a niños para que puedan tener una vida mejor.

—No me lo puedo creer. Pero tú eres como una Santa Teresa laica, ella con los conventos y tú con las escuelas. Tú estás un poco loca.

—No exageres.

Y se vieron más veces. Gina se acercaba a mi mamá porque le intrigaba lo diferente que era de todas las muchachas que había conocido. Empezó a visitarla y asistir a las audiciones del piano-pianola que había en la casa de Josefina donde en ocasiones tocaba Pedrito Junco, nada menos que el autor de la canción Nosotros que empezaba a conocerse. A la casa de Josefina se iba a cantar, oír canciones, intercambiar partituras, a pasarla bien.

Conversando Gina y Josefina descubrieron que un suceso trascendente las vinculaba. El 21 de febrero de 1896, en plena guerra de independencia cubana, los independentistas sanjuaneros levantaron una tea para incendiarlo todo. A la madre de Gina, del susto, se le adelantó el parto y un oficial catalán del ejército español los ayudó y evitó que los independentistas quemaran su casa, la del dueño principal de las vegas de aquel lugar. Atando cabos las muchachas descubrieron que ese oficial era el padre de Josefina. Consultaron con Lola, la madre de mi madre, y ella corroboró el hecho. Lola y Josefina le pidieron a Gina máxima discreción al respecto porque esta situación las expondría socialmente, todavía ser hijo del enemigo colonial era difícil. Mejor no revolver el pasado. Así, este suceso se silenció pero estableció una fuerte conexión de intimidad entre las muchachas. Era la primera vez que a Josefina le llegaba algo que probara la real existencia de su padre. Hasta ese momento su padre era una abstracción, él murió cuando ella tenía tres años y no tenía ningún recuerdo. El hecho la emocionaba porque era la primera vez que su origen paterno no era un motivo de vergüenza. A Gina le surgió un sentimiento muy especial hacia Josefina, la sintió muy cercana y le nació un afecto profundo interrumpido, años después, por la muerte.

Lola a los catorce años se había enamorado perdidamente de un oficial catalán, se había casado con él y había parido dos hijos: el hermano mayor, Alfonso, y la hija menor, Josefina. Terminada la guerra de independencia y muerto el catalán de tifus Lola, con veinte años, había tenido que marcharse de San Juan porque había sido la esposa de un oficial español. Desamparada, recriminada por la comunidad y con dos hijos, otro español, que era su confesor, la protegió a ella y sus dos niños y tuvieron un largo amor clandestino que duró hasta el final de sus vidas. Fue quien las sacó de San Juan, quien pagó la casa cercana al Palacio Guasch, quien compró la pianola, y quien costeó todos los gastos de la casa. Él pagó los profesores particulares de los niños, pagó la mejor profesora de piano para mi madre, la apoyó en sus deseos de convertirse en maestra y cuando se graduó, favoreció su decisión de trabajar y le dijo a mi madre que sus ingresos eran sólo para ella porque las responsabilidades económicas eran solo de él y le expresó claramente que ella no tenía ninguna necesidad económica de trabajar mientras estuviese soltera. Y así fue la actitud de este hombre hasta su muerte. Lola siempre fue protegida y amada ... Siempre en secreto.

Jamás mi madre me dijo nada sobre el confesor. Yo me enteré pasada mi adolescencia, porque ni siquiera las primas parlanchinas, por las que yo me informaba de las historias familiares, eran capaces de mencionar semejante herejía, que todos sabían y callaban. ¡Dios nos ampare, madre de Dios bendecida! Hasta el día de hoy no he sabido cómo se llamaba el cura bendito. Lola y él tuvieron una hija, mi tía, que yo quería tanto, bella, dulce, dulcísima y querida. Mi dominante madre fue quien le puso el nombre a su hermana, Minerva, en referencia a su diosa griega preferida: Palas Atenea, la más inteligente del Olimpo y la única virgen. Josefina era diez años mayor que ella.

Vale aclarar que este apoyo económico no procedía de la vicaría sino de la familia del cura que era muy acomodada y lo había obligado a tomar los hábitos para protegerlo de la guerra de independencia cubana. Fue el cura quien convenció a Lola de vivir en aquella casa, de sector tan exclusivo, porque estimaba que una familia de procedencia social tan compleja, era vulnerable al chisme, la maledicencia y la marginación.

Cuando el sacerdote murió dejó una gran herencia a su hija Minerva que su esposo no permitió hacerla efectiva. Sus nietos murieron sin saber que su abuelo era cura y que su padre no permitió que nadie disfrutara de un patrimonio tan oportuno para dos maestros de escuela. Josefina nunca le perdonó a su hermana Minerva que fuera tan sumisa, y a su marido que fuera tan dominante, mezquino y prejuicioso. Todo esto me lo contó mi madre con la adjetivación acotada para ilustrarme que el matrimonio a veces es riesgoso y muy limitante para los intereses femeninos. Su afán doctrinario contra el matrimonio me develó el gran secreto familiar.

III. Que con su pan se lo coma

Mi madre nunca se casó pero, no fue por falta de oportunidades. Yo me enteré por sus primas, con previos juramentos frente al Sagrado Corazón de Jesús, de que jamás ellas me habían contado la historia. Josefina había estado a punto de casarse no una, sino dos veces, y pocos días antes de la boda, ella misma había anulado el compromiso ante la sorpresa de sus novios y para tristeza de toda la familia, sobre todo de su madre, que no quería morir y dejar a su hija sin marido.

Yo me había fijado que las sábanas y las toallas de la casa, tenían entrelazadas dos letras con bordados muy finos: la J de Josefina y la A, este novio que yo nunca conocí y del que mi madre jamás me habló. Estas primas me contaron que los muebles del cuarto, de caoba machimbrada, de la mejor mueblería de La Habana, Orbay y Cerrato, eran parte del ajuar matrimonial.

Mi madre tenía un carácter muy fuerte. Era voluntariosa y desconfiada. Ella había trabajado y ahorrado mucho y todo lo que tenía era producto de su propio esfuerzo y ... «de la suerte». Compró la casa en que vivíamos al contado y sin pedirle nada a nadie, y parte de su autoestima era su capacidad para usar el dinero de la mejor manera, por propio instinto y discernimiento.

Pricito tenía su bufete en la calle Empedrado y lo compartía con otro colega que estaba viudo y solo. A Pricito le pareció que nada más conveniente para su socio y amigo que presentarle a Josefina, una treintona largo, de muy buen ver, independiente y trabajadora a quien él quería mucho. Organizó una comida en la casa para que fuera Josefina con su madre. El hombre se quedó maravillado cuando vio llegar aquella mujer dorada, con tanta prestancia, con aquel vestido blanco, de impecable corte y aquel lunar en la cara que le daba un aire muy pertinente con la estética de los años treinta. Pero más sorprendido se quedó que aquella mujer tuviera una información absoluta de la situación mundial. Manejaba al dedillo las causas y efectos de la primera guerra mundial, y le afirmaba que volvería a ver guerra, que los alemanes no se quedarían «cagados». Y más perplejo se quedó cuando él le dijo que le gustaba la poesía y ella con el memorión que tenía le preguntó: ¿Qué te gustan más, los sonetos clásicos de la poesía española o la poesía de Amado Nervo, Juan de Dios Peza, Machado, Salvador Díaz Mirón? —y por ahí siguió enumerando sus autores de preferencia. Todo esto fue durante la cena porque al final, y ante la perplejidad del invitado, a instancias de Pricito, tocó una contradanza de Cervantes al piano. Aunque ella no era una virtuosa, para desdicha de su carácter perfeccionista, el hombre quedó fulminado de admiración. De dónde salió esta mujer, esta «rara avis», en qué lugar estaba escondida y cómo con tamañas virtudes estaba sola. El caso fue que empezó a visitar el caserón del Cerro bajo la mirada atenta de Lola que los veía desde la saleta contigua al salón principal. Le regaló las novelas de Tolstoy, Dostoievski, Blasco Ibáñez, Benito Pérez Galdós, Balzac y otras que no recuerdo. Yo sabía cuáles habían sido regaladas por él porque tenían su firma y una encendida dedicatoria. Ella no lo dejaba de sorprender. Se lo leía todo y rápido y hacía conclusiones inesperadas para su interlocutor, que se quedaba atónito por la agudeza de sus juicios críticos. Como a los ocho meses de regalos y visitas semanales decidió proponer matrimonio a mi madre. Ella aceptó y la paciente Lola lloraba de alegría porque la terquedad de Josefina había sido vencida por la tenacidad de este enamorado que tenía cuarenta y dos años. Era un noviazgo muy adulto e inusual para la época. Mi madre había tenido mucha suerte porque había conseguido un buen partido próxima a la cuarentena. Pero un día ocurrió algo imperdonable para Josefina, un hecho intransigible para ella. Tocaron a la puerta. Era el empleado que se ocupaba de todos los trámites en el bufete del doctor A.

—¿Usted qué hace acá a la hora de la siesta? —preguntó mi madre con esa personalidad imponente que la caracterizaba.

El hombre impresionado por la actitud fría y distante de Josefina, de quien tenía noticias iba a casarse en fecha muy cercana con su jefe, le dijo:

—Traigo un encargo del doctor A. Dice que me dé 5 pesos que él se lo devolverá por la noche.

—¿Qué le preste quéeee...? —dijo mi madre con voz chillona.

El desconcertado hombre, que era bien bajito, empequeñecía por momentos y repetía débilmente:

—5 pesos, sólo 5 pesos.

Mi madre lo miró con su voz enronquecida de maestra de primer grado y le dijo:

—Dígale al doctor A que yo no doy dinero a ningún hombre e infórmele que nuestro compromiso se da por concluido —y le cerró la puerta con brusquedad.

Josefina, además de no permitir la entrada a este infeliz mensajero, no le dio siquiera agua, a pesar que eran como las dos y media de la tarde, y a esa hora en La Habana hay un Sol reverberante y él tendría que darse vuelta hasta La Habana Vieja en tranvía y con tamañas nuevas.

El pobre empleado no podía creer lo que le estaba pasando y lo que le podría pasar cuando tuviera que informar a su jefe que no recibió el dinero para la diligencia que él tenía que hacer en un lugar cercano a la casa de su novia, causa del petitorio, sino que además se vería obligado a darle las infaustas noticias de informar que su novia cancelaba el matrimonio a cinco días de la boda.

A la noche llegó el doctor A y fue ratificado áspera y escuetamente que el compromiso estaba anulado a pesar de las invitaciones hechas, los trajes de novios comprados, el ajuar confeccionado y todo lo demás. Y con la misma, se retiró a su cuarto. El hombre horrorizado miró a Lola, la madre de mi madre, que también estaba asustada, porque le tenía terror a las brusquedades de Josefina y le dijo:

—Váyase, váyase, no insista porque sería peor. Josefina es muy terca. Déjeme ver si yo puedo arreglar este desaguisado.

Pero todo fue inútil. Nunca pudieron sacar a mi madre de sus trece. Ella decía: «Hombre que te pide dinero antes del matrimonio, se hace dueño de todo lo que tienes después». Mi madre nunca le dijo sus motivos al doctor A, lo esquivó, nunca más lo recibió, pero sí le explicó a Pricito y, con lujo de detalles, sus razones con ejemplos ilustrativos para ambos. Pricito le dijo al doctor A:

—Josefina es de cuidado. Sabe perfectamente que es mujer y que las leyes no la respaldan en un matrimonio. Es sumamente desconfiada. «Olvida el tango» mi amigo, que ese es un hueso muy duro de roer.

Y ahí acabó la última opción de matrimonio de mi madre. El otro novio, su primer novio, fue el amor de su vida. Fue novia de él diez largos años. Según la leyenda familiar era muy buen mozo, muy seductor, demasiado, según mi madre, y era el jefe de la estación central de ferrocarriles de Pinar del Río. Josefina tomaba el tren hacia su escuelita rural el lunes y regresaba el viernes y él la esperaba. También se veían los sábados y domingos en la casa de mi madre. Los fines de semana la casa de Josefina era punto de reunión para escuchar música, con pianola o sin pianola. Mi madre tocaba muy bien, algunas de sus amigas también y para colmo, hasta Pedrito Junco, el famoso compositor de moda, que vivía en la misma cuadra asistía. Así que este novio estaba a sus anchas los fines de semana en estas tertulias, con lo más granado y divertido de la pueblerina ciudad, comprometido con aquella mujer un poco geniosa pero muy atractiva y que tocaba el piano de maravillas. Todos los lunes, mi madre marchaba disciplinada a su escuelita rural y el hombre, que era muy asediado, disfrutaba plenamente a sus anchas su soltería hasta el viernes en la tarde que ella regresaba. La gente le venía con los cuentos a mi madre de los escarceos amorosos de César en su ausencia y ella estallaba de celos y sus gritos hacían que toda la gente se escondiera en los cuartos hasta que se le pasara la furia.

Así pasaron los años, con rompimientos y reconciliaciones, hasta que finalmente llegó el momento de la boda. Josefina estaba gestionando un traslado, para ya casada, estar siempre en la ciudad con su futuro esposo pero, ocurrió la catástrofe. Vinieron con el chisme de que César, el almidonado galán de sombrero y traje de dril blanco, le había puesto un cuarto a una mulata sandunguera que según las malas lenguas lo tenía loco y lo llevaba al paroxismo. Los gritos de mi madre resonaron por todas partes y ahora no sólo la gente de la casa se encerraba en el cuarto, sino también los Junco, y los Guasch, cerraban las ventanas para no oír los estrepitosos alaridos de mi madre. Cuando mi madre se calmó tomó el último tren que partía a La Habana y se fue a casa de su hermano Alfonso. Allí gestionó un traslado y compró, con sus ahorros, una casa en el barrio de El Cerro para mudarse. De modo que, cuando Josefina llegó de regreso a la estación de trenes tres semanas después fue a ver a su querido César a quien con voz apacible, dulce y victoriosa dijo:

—Mírame bien porque nunca más me verás. Mañana me mudo a La Habana, ya tengo un nuevo trabajo y acabo de comprar una casa.

Y así fue. Mi madre nunca más lo vio y nunca más regresó a Pinar del Río. Y este noviazgo quedó en la leyenda haciendo bajar mucho los bonos de este seductor a quien dejaron plantado a un mes de la boda. Josefina no se casó, ni César tampoco. César siempre estuvo atento a la vida de Josefina a la que no vio nunca más. A todos dijo «que no olvidaría jamás a su fierecilla indomable». Josefina respondía siempre sobre el hecho «que con su pan se lo coma».

IV. Gina se enamora

Gina conoció a Ricardo en una fiesta de la alta sociedad habanera. Desde que lo vio quedó fascinada. Estaba recostado en una columna y miraba todo como distante y aburrido. Estaban tocando un danzón. Gina se acercó a él y le preguntó:

—¿Quieres bailar?

—No sé bailar eso.

—Yo te enseño.

Gina le tomó la mano y lo trató de arrastrar hacia la pista de baile. Él se dejó tomar la mano pero la arrastró hacia el jardín. La besó largo. La requetebesó y la empezó a tocar por todas partes. Ella se dejaba, aquel hombre la había embrujado.

—Nos vemos mañana, a las siete en el Hotel Packard, en el Prado —dijo él con una voz muy pausada.

—A esa hora no puedo, pero a las tres sí —respondió ella sin chistar y medio hipnotizada.

—Hasta mañana —y se fue sin mirarla.

Gina regresó a la fiesta roja y mareada. Se había citado con un hombre sin conocerlo, ni saber su nombre. Pero iría a verlo. Preguntó quién era. Le dijeron: «un camagüeyano que estudia en Francia hace muchos años y se cree francés».

Mintió a sus padres. Dijo que iba a la modista. Se fue sola. A las tres todavía en su casa se dormitaba la siesta caribeña. Llegó al hotel. Él estaba sentado en una butaca de mimbre blanco. La miró, le tomó la mano. Sonrío levemente y la llevó a su habitación. Gina temblaba. Cuando entraron le dijo:

—Soy virgen. Haz conmigo lo que quieras pero déjame virgen... tengo que estar a las seis en mi casa.

Ricardo se río a plena mandíbula. Pero mujer y ¿a qué has venido entonces?

—A estar contigo, a conocerte...

—¿Qué edad tienes?

—No importa. Eres el primer hombre con quien hago estas cosas.

—¿Eres menor de edad?

—No y no diré nada a mis padres. Yo asumo la responsabilidad de estos encuentros, sólo te pido que..., ya te lo dije —decía todo esto mientras se iba desnudando.

—¿Te gusto? ¿voulez-vous coucher avec moi? —preguntó con un excelente acento, había estudiado con monjas francesas.

Él la besó largamente y continuó rastreando todo su cuerpo con lentitud, hasta masturbarla de forma desaforada y tierna. Ella temblaba con los ojos cerrados. No los abría porque tenía pudor de verlo desnudo. Y esa tarde no lo vio desnudo.

—Son las cinco y media. ¿Nos vamos?

—Sí, me da tiempo de llegar a mi casa.

—¿Te acompaño?

—No. ¿Nos vemos mañana a la misma hora?