Dime, preciosa - Yolanda M. Martínez Ortuño - E-Book

Dime, preciosa E-Book

Yolanda M. Martínez Ortuño

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Beschreibung

Un matrimonio atrapado en los laberintos de la rutina, un hombre que empieza a cultivar un odio preciso y visceral hacia el hijo de su pareja, las reflexiones de un hombre aquejado de una enfermedad que podría estar solo en su cabeza, el viaje hasta el cementerio de una viuda que ve su vida pasar, una enfermiza relación sexual en la que los sentimientos se convierten en colores... los cuentos de Yolanda M. Martínez Ortuño nos abren una ventana a un mundo muy particular, un mundo de sentimientos vivos expresados con una prosa única. Imprescindible.

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Seitenzahl: 151

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Yolanda M. Martínez Ortuño

Dime, preciosa

Cuentos

Saga

Dime, preciosa

 

Copyright © 2000, 2022 Yolanda M. Martínez Ortuño and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788728373965

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

A Pablo Sanz

Los territorios

La miraba de noche por la ventana de mi habitación de hotel y la veía encender la luz de su dormitorio y sacar ropa del armario o meterla en él, o buscar algo antes de echar la cortina y bajar la persiana con un tableteo rotundo y distante. Pero también la veía alguna mañana temprano, cuando abría la ventana en camisón o más tarde, cuando se agachaba a coger ropa interior de la mesita de noche y asomaba algún trozo de su cuerpo desnudo por el rectángulo que dejaba la persiana, un poco levantada, y por el que sin duda escapaba el olor nocturno de esfuerzos y sudores, de alientos y secreciones. Era como mantener una conversación telefónica aprovechando los restos casi agotados de un montón de esas tarjetitas para cabinas que tanto ambicionan los coleccionistas. Un día un hombro, un trozo de brazo, un mechón de pelo recién lavado y sin secar deslizándose hacia delante, ocultando su perfil, como un ¿oye...? con las veinte pelas de la tarjeta más gastada. Otro día su espalda, su cintura triangular, como un soy yo... impaciente en la cabina, inútil, sin crédito ya. Un pecho, agachada, el relieve óseo de su cadera, el vello púbico como palabras inconexas, neuróticas, balbuceos terminados nada más comenzar. La misma obstinación para que no nos estafen esos cabrones con tanta pesetita suelta en miles de tarjetas y para saber mirar y organizar día a día su cuerpo como un puzzle que se construye,insatisfecho, sabiendo de antemano que está incompleto. En mi vida, como en mi sueño, todo se reducía amirar y no tener, a soñar medio despierto con Camus, pero no ser, ni escribir como él. Porque en mi sueño, aquella otra mujer y yo nos acercábamos a la cama y sin hablar, ella por un lado y yo por el otro, retirábamos la colcha ligera que la cubría doblándola con pulcritud hacia los pies. Parecía que nunca hubiéramos hecho otra cosa en nuestras vidas que quitar aquella colcha gris, que dejar al descubierto unas limpísimas sábanas blancas de algodón en las que yo sabía que pronto me echaría desnudo, con ella, feliz. Pero claro, ese momento nunca llegaba, siempre me despertaba antes, tranquilo, como si bastara con soñar que era posible estar con ella así y con ser él, Camus, después. No había ninguna mesa ni nada con qué escribir. No tiene sentido que al recordar el sueño pensara siempre en él, en su retiro forzoso en el campo, en su soledad tuberculosa e insoportable. Es posible que a través de la ventana que había cerca de la cama se pudiera ver la carretera recta, bordeada de plátanos, en la que se mató con Michel. No lo sé. Yo siempre solía tener el mismo sueño. Después me despertaba tranquilo, de madrugada, más o menos a la misma hora, y pensaba en él. Me gustaba creer que Camus había estado allí, con aquella mujer, o que en aquellos momentos yo era él.

A veces tenía que viajar, dejar temporalmente mi hotel, un par de noches en otra ciudad. Habitaciones dentro de habitaciones de hotel, ventanas dentro de ventanas, cubos dentro de cubos infantiles, juegos de muñecas rusas y soledad. Y pensando qué partes de su cuerpo me perdería, cargaba mis folletos y mis muestras resobadas de cerment, mezclas de cerámica y metal, de aerogeles ligeros, aislantes y luminosos, de intermetales y aceros superplásticos, dureza y flexibilidad, y visitaba despachos y obras, polígonos industriales, empresas y distribuidoras recorriendo a menudo territorios abandonados y en construcción, trozos de costa lluviosa y fantasmal, bloques de pisos costeros que nadie llamaba viviendas, deshabitados durante ocho o nueve meses alaño, siempre por ahí el solitario, en chándal, lanzándole piedras al perrazo inevitable, raza de playa, de monte salvaje, ya se sabe lo que pasa, perro más grande cuanta más soledad. Viendo aquello me parecía que la pobreza no crecía, que se desplazaba de padres muertos por ella a hijos, como la conciencia de tanto cretino se desplazaba rápidamente de la muerte por inanición, de la violencia de la muerte alucinada y desnutrida, a su comodidad, cariño, no soporto tanto calor, se está tan bien junto al mar..., como el silencio se desplazaba en verano de la costa a la ciudad.

Regularmente llamaba mi jefe, Garcés. Que estuviera tranquilo, me decía, esto no podía durar mucho más, necesitábamos a alguien de la zona. Sólo hasta que se solucionara, pero tendría que seguir como hasta ahora un poco más, sí, un poco más. Alguna noche llamaba mi hija: ¿Papá?, Dime, preciosa, ¿Cómo estás? La misma voz que su madre, algo aniñada, normal a su edad, (...vamos a dejarlo, no insistas, no puedo más, me llevo a María conmigo, lo siento, de verdad, no puedo más...), y me hablaba de sus cosas por encima, del instituto, del viaje de fin de curso, que si la abuela tal..., mientras me acercaba a la ventana y espiaba las luces y los pasos de aquella mujer, tan parecidas las tres, imposible, (...déjalo ya, basta, no puedo más...), y me despedía con un beso al auricular: Adiós María, cuídate, hasta pronto. Adiós, papá. Esas noches bebía, y quería escribir como Camus: «El arroyo y el río pasan. El mar pasa y permanece. Así sería menester amar, siendo fiel y fugitivo. Me caso con la mar», como el Neruda que escribió que ya no sirve la tierra a los errantes, y yo solo me partía de risa paseando arriba y abajo por mi habitación de hotel, y me enfurecía, borracho, como un Jake Blount, y me masturbaba medio impotente y eyaculaba rabia sin apenas placer, como si no fuera conmigo, nada personal, nada más que hacer. Y qué más daba, seguir así un poco más, María y ella demasiado lejos, estuviera donde estuviera, el teléfono siempre por medio, cuídate preciosa, adiós papá, perdida para siempre la edad en la que losbesos de noche no perturbaban su sueño, ni sus sueños de niña inconsciente, mi niña preciosa y feliz.

Qué extraño, verla entera y vestida, acostumbrado a esperarla a trozos desnudos apostado en mi ventana. Fácil saber que era ella, en un bar del barrio tomando café, incluso sin ver ni un trocito de su espalda, sin poder calibrar adecuadamente el volumen de sus pechos ni comprobar, a través de la falda, si su culo empezaba con un par de hoyuelos. Asombrado por su parecido con la que fue mi mujer y mudo por cortesía, algo ebrio en el bar, derramando el café la risa sofocada que me provocaba la impresión de verla vestida, así, de golpe, sin avisar, pensando en un hombre en una cabina, agotando la calderilla plástica y sin poder hablar. Más risas reprimidas, temblores, otro café, imaginando entonces que me acercaba, perdona, me alegro de conocerte vestida, demasiado cerca de ella, mordisqueando baboso, como si fueran pezones, su oreja, levanta más la persiana..., aliento ácido de alcohol y deseo, aliento seco sobre su piel tan blanca... Y una profunda vergüenza, y tristeza, porque desde su mesa había reparado en mí, me miraba y también sonreía, ingenua. «A nadie te pareces desde que yo te amo», hubiera querido decirle entonces, como el poeta.

En mi sueño, aquel hombre y yo nos acercábamos a la cama y sin hablar, él por un lado y yo por el otro, retirábamos la colcha ligera que la cubría, doblándola con pulcritud hacia los pies. Porque una noche soñé, para variar, que yo era ella. Pero tramposa, sabiendo cuándo iba a terminar, me aferraba a mi sueño, y luchaba, nunca tranquila, y me decía: ahora no puedo despertar. Después, medio dormido, por inercia, durante unos momentos seguía sintiéndome mujer, y sonreía incrédulo, era un presagio, imbécil, ella, allí enfrente, me reconocería en la distancia y le gustaría mi mirada, y me esperaría en el bar, como una cita, tomando café. Ya vería Garcés cuánto más iba a tardar en regresar, cerdo, ya verás. Y fantasioso, contaba las horas que faltaban para amanecer, para verla levantar la persiana tal vez ya sin camisón y mirar las aceras y el cielo, para ver de lejos su cuerpo entero, algo más demorado para mí,junto a la ventana, como una promesa, como una señal.

Aquella mañana me levanté cansado, pedí por teléfono un café.

Algunas mañanas me machacaba la rutina, sin prisas ni ganas de nada, sólo tentándome algún papel en blanco o un libro, territorios todos ellos que normalmente uno a esas horas ni pisaba. Esas mañanas la rutina se convertía en una obsesión, cada acto necesario en un objetivo que cumplir poniendo en ello todo mi interés y mi atención, como un cardíaco que tiene que subir una escalera, tranquilo macho, escalón a escalón.

Me duché, me afeité, me vestí y desayuné. Con la taza de café todavía en la mano, pensé en llamar a María, en despertarla, en darle los buenos días. En Camus, claro, en el caos, bonita palabra, y en que aquella mañana no me acercaría a la ventana.

Asesino

Mierda de niño. Como Rosa es la mujer de mi vida, no puedo decir que me acuerdo de la puta madre que lo parió, pero es igual, lo que cuenta es la intención. Tampoco he terminado de comprender nunca ese insulto, la verdad, será porque yo no recuerdo a mi madre o porque nunca he tenido nada en contra de las putas. Pero el caso es que no puedo evitarlo, por más que me digo que es sólo un niño, por más que recapacito cada mañana nada más poner los pies fuera de la cama sintiéndome ya indefenso, lejos del regazo dormido de su madre, frente a la hora y media a solas con él, meando juntos, desayunando juntos, vistiéndonos juntos y en fin, haciendo todas esas cosas que hacen juntos un niño y un adulto de siete a ocho y media de las mañanas, que son todas, en que su madre sale del turno de noche a las seis. Por más que recapacito, como decía, no puedo evitarlo, porque mientras me digo que hoy va a ser un día estupendo y procuro distraerme planeando cosas divertidas para sorprender a Rosa cuando despierte, siempre termina abriéndose paso en mí una nueva idea que añadir a las mil maneras diferentes que otras noches y otras mañanas he ido discurriendo para deshacerme de él, sin contar pequeñas alegrías, como los toquecitos en el cogote cuando esté dibujando para que se clave el lápiz en un ojito, qué lástima, ni otras bromitas de esa índole que también se me van ocurriendo para ir haciendo boca y estar listo para cuando llegue el Gran Momento.

Es que la quiero demasiado. Por ella tuve paciencia con esa mierda de niño y procuré que se fuera acostumbrando poco a poco a verme en la casa los fines de semana, por la mañana, en pijama para que no hubiera ninguna duda, hasta tener una cierta seguridad de que la idea de mi presencia definitiva en ella se había formado con meridiana claridad en su mente cerril, cualidad que, dicho sea de paso, naturalmente yo ignoraba cuando tomé tal decisión. Ni se me ocurrió pensar que iba a ser yo quien precisara de un mayor tiempo de adaptación; parece lógico creer que un niño es la parte más débil en estos asuntos, pero de eso nada. Cada día estoy más seguro de que la edad no tiene nada que ver, que con pocos años también se puede ser además de enano, cabrón.

A Rosa le gusta inventar nombres exóticos que darme cuando tiene ganas de juegos eróticos, que es casi siempre, y cuando su niño nos deja continuar lo que ella quiere empezar llamándome, por ejemplo, Chen. Ella me regala su sexo envuelto en un papel de fantasía que yo destrozo con torpeza y gran deseo, alguna que otra vez, cuando su niño tiene la guardia caída y se olvida de joderme la vida durmiendo de un tirón, sin llamar a su madre para mear, como suele hacer, antes de que suene el despertador, cuando Rosa llega del turno de noche y me despierta un poco pasadas las seis llamándome cosas raras y yo ya estoy preparado y casi en marcha, pero pensando en el fondo cuánto tardará en llamarla, el mamón. Y claro, a veces me arrugo, no lo puedo evitar. Pero entonces procuro consolarme pensando en que Rosa trapichee su turno con la otra y trabaje por la tarde, cosa rigurosamente prohibida y regularmente incumplida, dejándonos libre la noche, pero eso sí, dedicada a satisfacer las demandas del nene, que no pierde ocasión de reclamar a su madre nocturna no sólo antes de dormirse, bien avanzada la noche, sino también cada dos o tres horas, para pedirle un besito de buenas noches a las cuatro o las seis de la madrugada, que ella, solícita, no puede negarle, un poco culpable de desear que la deje ya en paz, de desear más que yo la abrace. Y por la mañana no te apresures, hay que esperar tranquilo a que el engendro desaparezca en el autobús del colegio, guardando yo solo el calor de las sábanas y sin dejar de pensar ni un momento en volver a escuchar de sus labios los nombres extraños que quiera regalarme, ven aquí, Chen, casi nunca desnuda del todo antes de hacer que la abrace, pero un poco cansada por una noche de duerme y despierta, peor que una noche entera en vela. Y así la aventura erótica y exótica se nos va quedando en un lance de amor trasnochado, voluntarioso, pero en el fondo frustrante, fracasado. Lo suficiente para justificar su asesinato. Del cerdo, claro. En el fondo yo no me considero una mala persona. En el fondo yo no deseo que el monstruo sufra, aunque me distraiga y se me vaya la imaginación en tonterías sin importancia, como lo del lápiz y cosas parecidas que sólo conseguirían que su madre se volcara más en él. No, tendría que ser algo más definitivo, que desapareciera de una vez de nuestras vidas, al menos el tiempo suficiente para que yo pudiera estar siempre a la altura de los juegos de Rosa cada mañana y dejar en ella una huella indeleble, capaz no sólo de resistir, sino también de superar cualquier demanda del azote de niño, capaz de convertirlo a él en un estorbo o en un extraño, y a mí en su hijo. Desconozco cuánto tiempo sería preciso, y si lo conseguiría, siempre se habla del amor de madre como de algo absoluto aunque yo tengo mis reservas, dada mi experiencia, o inexperiencia, como muchos otros; debe haber tantos amores de madre como madres mismas ¿no? Pero estoy divagando, lo mejor es quitarlo de en medio, un trágico accidente que lo retire definitivamente de la circulación antes de que se le ocurra a su madre que es una molestia, más que nada para que luego no tenga remordimientos. y para no darle la oportunidad de que piense que soy yo quien molesta.

Hace unas semanas, sin ir más lejos, hubiéramos necesitado para nosotros solos ese par de horas que transcurren entre que yo regreso del laboratorio y Rosa se va a trabajar, durante las cuales cenamos sin ninguna intimidad por culpa del esperpento, que siempre está presente por más que le diga a Rosa que lo acueste antes, y que, como digo, hubiéramos necesitado para nosotros porque encuentro a Rosa muy tensa, sí, tensa es la palabra. Yo la hubiera relajado completamente porque estoy seguro de que esa noche habría sabido responder como se merece al nuevo nombre que se ha inventado exclusivamente para mí, en sus dos vertientes, Iasha o Iasheniónochek, aunque personalmente lo encuentre algo rebuscado y siga prefiriendo que me llame Chen. Esa noche hubiera borrado ese trazo de ansiedad que le cruzaba la cara y le endurecía los labios, destrozándome el corazón cuando besó los míos con vocación de permanecer horas en ellos, y no pudo ser por culpa de él. Por eso, después de cenar, cuando se marchó, esperé a que el trasgo se durmiera y entré en su habitación. Quise saber qué se siente al poner un cojín sobre su cabeza y apretar. No mucho, claro, de momento. Sólo para probar. Y así lo hice, primero con suavidad, a ver qué tal, y luego algo más nervioso, apretando un poco más, como jugando, hasta que el monstruo me sorprendió escurriendo la cabeza por un lateral y preguntándome con regodeo: ¿Qué haces, Chen? Debí seguir apretando, debí aprovechar la rabia que me dio oír ese nombre en sus belfos babosos, ese nombre que a saber cuándo habría oído él, ya nunca paz ni sosiego, nos espiaba continuamente, mierda, qué rabia, por eso conseguía siempre, y a nuestro pesar, que lodo se quedara en llamaditas lujuriosas, escaramuzas y refriegas. Mi nombre favorito. Como vuelvas a llamarme así, vas a saber lo que es bueno, acerté a decir amenazante. Y aún me pareció oír un capullo amortiguado por el fru-frú de la sábana bajera, plastificada, al darse la vuelta el muy cerdo, todavía vivo. De momento.