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HQÑ 366 Un viaje. Dos mujeres. Y perder el autobús al regreso de una excursión. Lola necesita volver a su hotel en Belfast, recoger sus maletas y regresar a España, ya que en poco más de veinticuatro horas debe acudir a una importante entrevista de trabajo. Sin dinero y con un nivel de inglés muy bajo, ve que no podrá cumplir su objetivo. Sin embargo, Fabián está dispuesto a ayudarla, un extraño con el que tendrá algún que otro problema de comunicación… y no solo por el idioma. Un viaje por carretera en el que puede ocurrir de todo. Una historia de amor sin límites ni barreras.Una aventura inesperada y divertida entre dos desconocidos.Una comedia romántica con un road trip que transcurre en un día.Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana.En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, romance… ¡Elige tu historia favorita! ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 245
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
© 2023 Pintina Cuneo
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Dímelo a los ojos, n.º 366 - agosto 2023
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
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Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 9788411801126
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Un epílogo para Lola
Un epílogo para Manuela
¿Un epílogo para Margaret?
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
Esta novela está dedicada a… Te lo cuento al final porque Lola está deseando que conozcas su historia.
—Disculpen… A ver, presten atención. Acabo de revisar la lista que les he pasado a primera hora para que se apuntasen a la comida y, al contar, he visto que falta una persona para completar el grupo, ¿puedo saber quién es?
—Creo que te habla a ti. —La compañera de asiento de Lola le dio un soberano codazo en las costillas para hacerla reaccionar.
Lola levantó la mano y la guía la congeló al instante con sus acerados ojos azules.
—Haga el favor de no olvidar que el autobús se marchará a las 16:00 horas… en punto, por supuesto —dijo agria, mientras barría con una mirada a todos los pasajeros—. Autobús que quedará estacionado frente al restaurante donde tenemos mesa reservada.
De las veinticinco personas que llenaban aquel autobús, ella era la única que no había escogido comer con todos los demás. Lola tenía claro que no iba a dejar mangonearse más por Gudrum, la guía alemana que dirigía aquel grupo. Porque esa mujer no guiaba, tal y como era su función, sino que intimidaba, mandaba y controlaba como si los turistas estuvieran bajo una dictadura. Sacaba su fuerte carácter a las primeras de cambio, cerrando bocas curiosas que tan solo deseaban preguntar o hacer sugerencias. Su especialidad también era fulminar con la mirada cuando algo no iba como ella tenía programado.
Así las cosas, había decidido que recorrería aquel pequeño pueblo cercano a Kinsale por libre, sin aburridas y desesperantes paradas donde pudieran llenarle los ojos de productos típicos para después verse en la obligación de comprar algo.
—Por favor, ven a comer con nosotros.
—Paso —le dijo convencida a Manuela.
—¡Venga! ¿Me vas a dejar sola? —Se aferraba al brazo de Lola como si no fuese a verla más. Tenía esa costumbre de tocar, de zarandear, de dar codazos y de agarrarse a ella en cada ocasión que podía, y a Lola la ponía bastante nerviosa.
«Es que de ti también paso», quiso decirle a ver si comprendía, de una vez por todas, que no aguantaba esas insufribles muestras de afecto.
Lola nunca había viajado sola. A decir verdad, salvo aquel fin de semana en Mallorca, con los compañeros de instituto para celebrar el fin de curso, no había vuelto a viajar. Ese verano, en cambio, se había animado y había contratado un viaje organizado por Irlanda. Belfast, la ciudad en la que se alojaba, era el punto de salida diario para las excursiones guiadas a las ciudades más importantes. Ya habían visitado Dublín, Galway y muchos otros sitios de los que por desgracia ya ni recordaba el nombre; la guía se había empleado a fondo para que cada salida fuese un total aburrimiento y no un disfrute. Esa misma mañana habían recorrido la ciudad de Cork y el pueblo de Kinsale era la última de las excursiones. Al día siguiente tocaba paseo guiado por Belfast y también había decidido que lo haría por libre.
No aguantaba más excursiones y visitas programadas, no soportaba a Gudrum ni un segundo más ofreciendo información de manera mecánica y en tono monocorde a la que añadía partes extensas, demasiado extensas para su gusto, de su biografía. Lola ya no sabía si era ella misma, que no estaba muy receptiva, o que aquella mujer destilaba excesiva dejadez a la hora de hacer su trabajo, dando escuetas explicaciones y no admitiendo preguntas hasta el regreso al autobús, donde convenientemente se olvidaba de contestarlas.
A todo eso había que añadir una mirada cargada de agresividad cuando alguien intentaba mostrar su desacuerdo en algún aspecto. Había chocado con la guía desde el principio, y el punto álgido de su relación llegó la tarde en la que le quiso preguntar por una leyenda que había leído en internet acerca de un curioso personaje del pueblo que visitaban. Lola, con su pregunta, cortó el monólogo insufrible de Gudrum sobre su vida como bailarina en Moscú, que en esos momentos les estaba obsequiando. El aire de aquel pueblecito pesquero se enrareció de inmediato con el alarmante silencio de Gudrum, al que añadió su mirada de hielo al verse interrumpida por Lola. Todos los rostros se giraron hacia ella, y ella, sin pena ni incomodidad, quiso gritarles:
—Sí, la he interrumpido, he cortado su rollo insufrible, ese que vosotros tampoco aguantáis pero que soportáis como si por eso el viaje os fuese a costar menos.
Igual era esa la razón y ella no había sido informada. ¿Acaso había una especie de veto o algo así? ¿Existía alguna consigna que ella desconocía del tipo «bajo ningún concepto interrumpa a la guía cuando relate hasta la saciedad que pudo ser una estrella de ballet pero, que por amor lo dejó todo para comprobar, años después, que era una recalcitrante solterona»? Lola no entendía el denso silencio que mantenía aquel grupo siempre que la guía hablaba o mandaba.
«Ese hombre te dejó por borde, por revenida, por tu mirada torva y tus tobillos llenos de pelos, que pareces un caballo frisón», quería Lola gritarle cuando no callaba, cerrando los ojos cada vez que venía hasta su mente esos tobillos que asomaban por el dobladillo del pantalón pesquero llenos de pelos largos y negros. Y eso a pesar de ser rubia platino. «Te dejó por cansina», quería gritarle de una buena vez.
Su prima Elena era agente de viajes y ella había sido quien le había reservado todo. Desde la primera toma de contacto fue tan diligente que no dudó en dejar la planificación en sus manos, despreocupada por completo de lo que suponía organizar un viaje; por lo que en su día no había prestado demasiada atención a los estrictos horarios que aquella «magnífica» oferta para recorrer Irlanda representaba.
De haber sido menos confiada su elección para viajar habría sido, sin duda alguna, otra, puesto que no soportaba la poca flexibilidad en la organización y que dispusieran prácticamente de todas sus horas. Entendía que un viaje planificado debía cumplir unos horarios, pero estaba convencida de que de haber topado con una guía con carisma, y un poquito de empatía, ese viaje hubiese sido más ameno.
La jornada empezaba con la hora fijada para el típico desayuno irlandés y ya los eventos se iban sucediendo a toque de reloj y voz de mando de Gudrum, como si los componentes del grupo fuesen sus soldados: la salida desde la estación o desde un punto de encuentro donde estuviese estacionado el autobús; visita a…; recorrido por…; bajo ningún concepto separarse del grupo… Todavía resonaba en sus oídos la tremenda reprimenda que la guía le había endilgado a una mujer al alejarse del resto, simplemente por acompañar a sus hijos hasta el baño de un bar porque los pobres críos no podían aguantar más.
Llegar tarde a la comida contratada era impensable. Y, sin hacer la digestión, ya debían ponerse en camino hasta la estación de tren de turno o el aparcamiento donde les esperaba el autobús conducido por un irresponsable chófer. Y este, por supuesto, siempre era el mismo, igual que la guía, porque de su visita a Irlanda, Lola tenía claro que ese grupo debía de regresar a España con una consigna: siendo friends for life, como decía la conocida canción.
Aquel conductor consultaba más el teléfono que un adolescente enamorado. Y Lola, nerviosa, al comprobar lo irresponsable que estaba resultando el chófer y aprovechando una de las paradas en una estación de servicio, le hizo saber, con toda la educación y tranquilidad de la que era posible, que no transportaba lechugas en el autobús, sino personas que aspiraban a regresar sanas y salvas a su país.
—Usted no deja de mirar el móvil; su reflejo se ve en el parabrisas, desde mi asiento tengo una vista estupenda —le dijo Lola mientras el chófer negaba, no solo con la cabeza, sino también con su dedo índice.
Gudrum, al verlos discutir, se acercó hasta ellos. Esa mujer se sentaba prácticamente al lado del conductor, veía lo mismo que veía Lola, pero zanjó la discusión de inmediato con unas secas palabras. Sin amedrentarse, Lola les anunció que iba a dar parte a la agencia a la vuelta al hotel si ese hombre continuaba conduciendo de manera temeraria. Se acababa de ganar otro enemigo en ese viaje, pero al menos había conseguido subirse al autobús sin ir atemorizada.
Las salidas y excursiones eran, por tanto, de lo más estresantes, con las miradas cargadas de aprensión que tanto la guía como el chófer le dedicaban. Siendo realista, y haciendo un resumen de su viaje, no podía decirse que hubiera disfrutado mucho. La tensión contra ella era palpable, y esto le hacía sentirse mentalmente agotada. Y si los días eran malos, las noches eran largas e insomnes: la cama del hotel era de lo más incómoda, no conseguía dormir, ninguna postura era buena. Lola, cada vez que el sol despuntaba en Irlanda, ya tenía la mala leche instalada en el cuerpo.
El grupo de personas con el que le había tocado compartir viaje tampoco ayudaba en exceso, llegando a sentir que no era parte integrante en ningún momento: la mayoría ya habían cumplido los setenta, y todos parecían contratados por la propia Gudrum. Lola no tenía nada que objetar a ese rango de edad, si no fuese porque sus ancianos compañeros siempre andaban nerviosos por cumplir el horario a rajatabla, controlando quién llegaba unos minutos tarde al punto de encuentro para después recriminarle que, así, había trastocado la visita a la catedral de «san yo qué sé» o a la coqueta iglesia de «santa vaya usted a saber», y por tanto ya iban tarde para el regreso, la cena y posterior toma de drogas legales, es decir: las famosas pastillas.
Lola estaba convencida de que la agencia había organizado ese tour para personas de la tercera edad y que, al sobrarles plazas, habían completado el grupo a la fuerza. No cabía otra explicación al ver al resto de componentes que eran minoría: dos parejas de padres despreocupados de sus chillones niños, y solamente cuatro personas que rondase su edad: los treinta largos.
Al reprocharle a su prima, vía telefónica, sus certezas, esta había negado la mayor y eso a Lola le había dolido y cabreado a partes iguales, porque no la creía capaz de un engaño así. También había aprovechado esa llamada para dar quejas de la guía. Su prima, muy cordial y correcta, como si fuese una asesora de viajes más y no un miembro de su propia familia, le dijo que tomaba nota de sus comentarios y que estos sin duda serían muy útiles para la valoración final. Había dado quejas para nada.
Uno de los miembros del grupo, que rondaba la edad de Lola, era Manuela. Esa chica había intentado acercarse a ella en cuanto aterrizaron en Belfast el primer día y por fin se presentaron los miembros de tan aburrido y poco variado grupo.
—Yo he venido a ver si hay suerte y encuentro novio —le soltó entre susurros Manuela nada más decir su nombre.
«Y yo a ver cómo lo consigues», estuvo a punto de decirle Lola, pero refrenó su lengua a tiempo y se limitó a anunciar el propósito de su viaje:
—Yo a recorrer Irlanda —sentenció de manera seca.
—¿Seguro? —le preguntó Manuela con sorna—. ¡Anda ya! Si viajas sola no vienes solo por eso. —Se reía la futura casadera—. Todos lo saben si vienes sin acompañante. Si llevases en la cabeza un pirulo de la policía encendido no se verían tan claras tus verdaderas intenciones.
—¿Quiénes son todos? —inquirió Lola confundida, intentando obviar las risas de gallina clueca de aquella chica que tanto la exasperaba.
—Todos los que formamos el grupo —contestó Manuela divertida, porque al parecer no veía lo obvio.
Lola se recordaba a sí misma el primer día, dando un vistazo en derredor, recorriendo las caras de toda aquella formación alistada en el hall del hotel a la espera de la entrega de las llaves de las habitaciones y no imaginaba a toda esa gente pensando en ella como en alguien desesperada por encontrar un hombre.
—Mira, pues mejor para ti, porque como yo no busco pareja, vas a salir a más parte cuando algún chico se acerque.
Aquella era la última de las excursiones lejos de Belfast y esa chica no solo no había encontrado novio, ni siquiera se le había acercado alguien del sexo opuesto, de cualquier edad comprendida entre los treinta y noventa y nueve, que le hubiera dicho «ojos verdes tienes».
«Bueno, sí», acababa de recordar Lola. Uno de los abueletes se quedaba embelesado, y con la dentadura postiza un tanto desencajada, cada vez que Manuela recorría el pasillo del autobús de manera presurosa y sus pechos se bamboleaban felices bajo sus holgadas camisetas. «Los elásticos de esos tirantes están tan dados de sí, que su sujetador debe ser del año en el que se inventó la rueda», se decía Lola, asombrada con aquel ondulante movimiento. Ella también lucía una talla más que digna de comentar de contorno pectoral, pero siempre se aseguraba de que la sujeción de esa prenda íntima le hiciera llevar todo ese material sensible en su lugar correcto.
Nada más abandonar Kinsale, un pueblo encantador cuyo recorrido le había parecido demasiado corto dada la belleza del lugar, se dirigieron hacia una población cercana donde harían la última parada para comer, y Lola ya había planificado el resto de la visita que quedaba por disfrutar en soledad. Daría un corto paseo, curiosearía en alguna coqueta tienda, en caso de haberla, y compraría algo para comer y poder así disfrutarlo en la playa. Sonreía feliz por todo lo que le esperaba lejos de la cargante de la guía y del resto del grupo. Solamente rezaba para que a Manuela no se le ocurriese pegarse como una lapa.
Tras un breve paseo recorriendo las pintorescas callejuelas y con su compra en la mochila, consistente en un delicioso bocadillo vegetal y un frío refresco, se instaló en la playa. En ese momento el sol brillaba con ganas, confiriendo al cielo un estado de luminosidad deslumbrante, aunque sabía que en unos instantes lo taparían las nubes. No dejaba de maravillarse con los rápidos cambios de tiempo en ese país, pero esperaba que al menos la lluvia le diese una tregua hasta la hora de marchase. Muchos eran los turistas que se habían acercado hasta la arena para disfrutar de su comida del mismo modo que ella lo hacía. Una vez que devoró su bocadillo, el plan era de lo más sencillo: darse un chapuzón. No había día que Lola perdonarse un baño en la playa del Postiguet, su Alicante natal.
El agua fría le provocaba algo muy parecido a una descarga, despejando su mente para centrarse únicamente en mover su cuerpo lanzándose a nadar si no quería quedarse congelada cuando lo hacía en invierno. Y en esos instantes ese chapuzón era lo que más necesitaba para dejar atrás el agobio que la asediaba con aquellas vacaciones programadas, cargadas de horarios que cumplir a rajatabla. Lamentaba el dinero invertido, que no era que le sobrara, y sentía a cada momento el tiempo que estaba desperdiciando. Tiempo que casi nunca tenía para ella y, cuando al fin se había decidido por regalarse un viaje para desconectar y conocer mundo, resulta que el mundo se le había parcelado en tramos para las obligadas visitas y las paradas para un pipí rápido en algún área de servicio.
Solo pensaba en el regreso a España. Lo hacía desde el primer día en el que fue consciente de lo que le esperaba en aquel pequeño país. Y pensaba en el regreso por lo que suponía: una importante cita de trabajo para la entrevista destinada a cubrir la plaza como repostera jefe en el restaurante Al Sol, uno de los más afamados de su ciudad.
Lola se había formado en gastronomía optando por la especialización en repostería. Llevaba años soñando con la posibilidad de acceder a una prueba así y pensó que las fechas para viajar eran ideales para hacerle desconectar, dejando su mente libre de recetas, de suflés, helados, milhojas, cremas y mousses. Dándose la oportunidad de llegar a la prueba, a la que debería enfrentarse, en las mejores condiciones de calma y relajación.
Nada más lejos de la realidad.
Tras el baño en las frías aguas, extendió la toalla que había tomado prestada del hotel esa misma mañana y se tumbó a descansar, dejando que su ropa interior se secase; no había traído bañador, pero eso al parecer no le había importado a ninguno de los congregados en la arena. No había notado ni tan solo una mirada que mostrase un mínimo de escándalo. Pero tampoco de interés o curiosidad que se acercase a algo próximo a lo sexual por esa chica redondita que lucía un cuerpo curvilíneo, enfundada en un conjunto de lencería color berenjena. Si lo pensaba fríamente sabía que ni estando desnuda en aquella playa habría ocurrido nada, ya todo estaba tan normalizado…
Unas voces chillonas pasaron muy cerca de su toalla. Entonces, abrió un ojo para ver cómo un niño recogía una pelota junto a ella, mientras la que parecía su madre se deshacía en disculpas. Lola le sonrió con gesto despreocupado y se estiró perezosa, aburrida al recordar que debía pensar en vestirse para regresar junto al grupo. Miró su reloj parpadeando varias veces. Incrédula, lo miró de nuevo, pasando la yema del dedo índice por la esfera como si quisiera borrar la hora allí reflejada, pero no, no se borraba, al contrario: parecía crecer ante sus ojos como si de un cartel de carretera se tratase. Entonces pegó un bote y su corazón empezó a desbocarse.
—No, no, ¡no! —gritó, entrando en pánico, haciendo que varias personas la mirasen extrañadas.
Pasaban cuarenta minutos de la hora fijada por la guía para partir y los peores pensamientos la asaltaron de inmediato. Se calzó como pudo las zapatillas, llenándolas de arena, y se subió la falda sin percatarse de que la parte delantera ahora estaba en su trasero. Para rematar su estilismo de «llevo el susto en el cuerpo», dejó coja su blusa al intentar abotonarla, no acertaba a casar los botones con su correspondiente ojal. Echó a correr tras recoger la toalla y la mochila, en la que se lanzó a rebuscar de manera frenética el móvil para llamar a Manuela.
—¡¡Joder!! —gritó desesperada. No había encontrado nada ya que, antes de bajar del autobús, había dejado sobre su asiento una bolsa de tela con el teléfono y su monedero. Por temor a que le robasen mientras nadaba, había decidido llevar con ella tan solo la toalla, su documentación y un billete de veinte euros.
Con un terrible calor que le subía hasta el rostro y que comprimía sus pulmones hasta dejarla casi al borde del desfallecimiento, logró llegar hasta el restaurante en el que todo el grupo había comido. Mientras avanzaba a grandes y alocadas zancadas, se dibujó en su mente la imagen de aquel autobús de color azul oscuro con un enorme trébol pintado en el lateral, esperando que se materializase ante ella. Pero la realidad era que la calle estaba completamente despejada y que no estaba allí aparcado cuando al fin consiguió llegar a meta. La angustia que sintió en ese instante fue indescriptible.
Casi trastabillando entre las mesas y sillas de la terraza, entró como una exhalación al interior del local. Le temblaban las piernas y no se veía con aliento suficiente como para llegar hasta la barra donde, un camarero, que por la edad que aparentaba ya debería estar jubilado, limpiaba unas copas con un ajado trapo del que Lola intuyó que ni siquiera en otros tiempos fue blanco.
—Please… —jadeó sudando—, someone who speak Spanish? —No sabía si lo estaba diciendo correctamente, de todos modos su pronunciación dejaba mucho que desear, y su respiración, al borde de los estertores de la muerte, no facilitaba el que se la entendiera.
El camarero le soltó un par de frases en tono desabrido y ella se desesperaba intentando hacerse entender. Por un segundo, maldijo todas aquellas clases de inglés a las que no había prestado nada de atención porque siempre se perdía con los verbos irregulares y los difíciles phrasal verbs. Intentaba explicarle a aquel asustado camarero que necesitaba el teléfono de la guía que había contratado la comida en el restaurante; si conseguía comunicarse con ella tal vez el conductor diese la vuelta al autobús y regresaran a recogerla.
La opción de llamar a su propio teléfono para intentar hablar con Manuela, que la sabía sentada junto a su bolsa, ya la había descartado: ella misma lo había apagado antes de bajar del autobús porque no le quedaba mucha batería. Y tampoco se sabía de memoria el teléfono de su compañera de asiento.
De una puerta que había tras la barra salió una delgadísima señora, un digno espíritu de la señorita Rottenmeier asustando a la pequeña Heidi, que la miraba con cara de malas pulgas al verla gesticular y alzando la voz. El camarero le explicaba algo que Lola no entendía y solo dos palabras fueron comprensibles para ella: «española loca». Intentó que la mujer la ayudase, pero no había forma de enlazar una frase en inglés con sentido más o menos coherente, y su pobre chapurreo estaba poniendo nerviosa a la mujer.
Con total desespero, apoyó las manos en la barra inclinándose sobre esta, posando la frente en aquella madera desgastada, para descubrir, asqueada, cómo sus dedos se acababan de quedar pegados a la superficie. Con un gemido lastimero se incorporó, ganándose un mohín de fastidio por parte del camarero.
Hizo un rápido repaso mental a la situación en la que se encontraba en esos momentos y que se reducía a una simple pero esclarecedora cuestión: no tenía dinero para regresar por sus propios medios. En su mochila, las escasas monedas de euro sobrantes, tras comprar la comida, habían bailado alegremente entrechocando unas con otras en su frenética carrera de hacía unos instantes.
Manuela aplastaba con todo el peso de su cuerpo su habitual asiento en aquel autobús. Y lo aplastaba no solo con la contundencia de sus carnes, también lo hacía con la tristeza de no tener al lado a su compañera de viaje. El trayecto de regreso a Belfast discurría en un silencio de sepulcro de cementerio de pueblo abandonado. El mismo silencio que había seguido a la fuerte discusión que había tenido con Gudrum antes de emprender el regreso.
«Al final —se dijo Manuela completamente frustrada— Lola tenía razón cada vez que despotricaba de la guía: esta tía no es buena gente».
Antes de abandonar el restaurante, y presa de los nervios al comprobar que la cara de Lola no entraba al local, había intentado llamarla. Marcó su contacto en repetidas ocasiones, justo hasta que recordó que Lola había apagado su teléfono para dejarlo en el autobús. Manuela, realmente preocupada con la situación, hizo tiempo en el baño, remoloneando todo lo que pudo fingiendo una indisposición que no sentía físicamente, pero sí mentalmente al pensar en lo inevitable: se iban de aquel pueblo abandonando a uno de los integrantes del grupo.
Entonces empezó con los lloriqueos fingidos para dar pena y socavar el ánimo de la guía:
«Que si voy a buscarla, que sé dónde está, que andará en la playa, dormida seguro, que no duerme por las noches porque la cama es mala, que la conozco… bueno, no mucho, es la verdad, de unos días, pero le tengo aprecio, ¿sabe? No somos amigas ni nada, pero ella me cuenta algunas cosas, que está agobiada, estresada por unos pasteles, que como no le salgan no le dan el empleo con el que lleva soñando años ya, que si vamos a buscarla con el autobús y la recogemos…».
Y la contrincante continuaba impertérrita e indoblegable: «que si la hora fijada, que si las normas, que si nos esperaban para cenar…».
«Pero misis Gudrum —ronroneaba Manuela de la manera más dulce, rememorando lo mucho que en el instituto privado al que asistió les gustaba a las profesoras de inglés que las llamasen miss—, telefonea usted al hotel y se aplaza un poco, no tenemos tantas ganas de comernos el bufé irlandés. ¡Pregunte! Pregunte y verá como ninguno de los aquí reunidos siente deseo alguno por devorar esos mejunjes, ni tampoco hay hambre ni ganas de cenar tan temprano. Que somos españoles y se cena tarde allí, ¿sabe?».
Aunque nadie la apoyó y tampoco de la misis esperó escuchar nada que la tranquilizase. Manuela sabía que tenía las de perder desde que había abierto la boca para defender lo indefendible, pero al menos estaba consiguiendo tiempo.
Arañó unos minutos más, dándole a su compañera la oportunidad de aparecer mientras se enfrentaba furiosa a la guía y entonces sí, ahí fue cuando algunas voces del grupo la apoyaron al descubrir que, sobre su asiento, Lola se había dejado su monedero con dinero y la tarjeta de crédito. Sabía que sin estos no iba a tener forma de regresar por sus propios medios hasta el hotel.
Cuando se lo hizo ver a la guía, mostrando las pruebas del abandono monetario de Lola, Gudrum, acercándose hasta ella, envolviéndola en un certero tufo a axila no lavada en días («¡caramba! en eso también tenía Lola razón») le susurró en su cuello algo que a Manuela le puso los pelos de punta. Aunque no los de la lengua, porque pudo responder a aquella insufrible mujer con el grito de «grosera», al que añadió un tremendo guantazo al escuchar la susurrada sentencia de la guía:
—Segurrrrrro que encuentrrrra la forrrrma de volverrrr a cambio de algún favorrrr.
Todas las erres del imperio germánico parecían estar allí juntas, entrando por el oído virgen de Manuela, que nunca jamás había escuchado, ni siquiera imaginado, una grosería como aquella cuando una persona educada estaba pidiendo ayuda ante una situación desesperada.
La cara de Gudrum giró unos cuantos grados, no solo por el tortazo, también por la impresión que lo inesperado del gesto había provocado en la alemana intransigente. Manuela enrojeció violentamente, también a ella le había sorprendido aquel poco delicado roce contra la piel, dura y blancucha, de la teutona. Incluso le ardía la mano, así que no quería ni pensar cómo estaría la mejilla de aquella mujer.
«Menudo guantazo, ¡leñes cómo pica!», se dijo Manuela, cubriendo su boca con la mano con la que acababa de pegarle, horrorizada por su propia reacción.
Nunca antes había sacado su genio con nadie y, por descontado, nunca había utilizado la fuerza para hacer saber su opinión sobre ninguna cuestión.
—Lo siento, de verdad, discúlpeme. —Los ojos de Manuela se llenaron de lágrimas debido a la terrible vergüenza que sentía—. Entiendo las normas, están claras desde el primer día, pero se lo suplico —pidió juntando sus manos—, haga una excepción por esta vez.
Todas las miradas estaban puestas sobre ellas. El chófer había abandonado su puesto tras el volante para ponerse en medio de ambas mujeres, probablemente pensando que la cosa iba a ponerse fea. Pero no fue necesario, porque Gudrum estiró su mano para pararlo, dejando bien claro que ella no necesitaba a nadie para defenderla o protegerla. Manuela, por unos instantes, la vio vestida con el uniforme de la tía Lydia, el odioso personaje de la serie El cuento de la criada
