Dios, Cristo, la Iglesia - Arturo Cattaneo (ed.) - E-Book

Dios, Cristo, la Iglesia E-Book

Arturo Cattaneo (ed.)

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"Si quieres construir un barco -escribía Saint-Exupéry-, no reúnas a los hombres para cortar leña, dividir las tareas y dar órdenes, sino enséñales el anhelo del mar vasto e infinito". Remar mar adentro, apostar por grandes ideales es también propio de los jóvenes. A ellos dirigen los autores este libro, mediante 33 preguntas y respuestas que abran horizontes en el conocimiento de Dios, de Jesucristo y de su Iglesia: ¿Cómo se explica la existencia del mal y del sufrimiento? ¿La resurrección de Cristo no podría ser un mito, como los hay en otras religiones? ¿Por qué la Iglesia no adapta a la sensibilidad actual sus enseñanzas morales sobre sexualidad?

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Seitenzahl: 405

Veröffentlichungsjahr: 2025

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ARTURO CATTANEO (ED.)

Dios, Cristo, la Iglesia

Preguntas y respuestas

Prólogo de Rino Fisichella Pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización

EDICIONES RIALP

MADRID

© 2025 byArturo Cattaneo

© 2025 by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid

(www.rialp.com)

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Preimpresión: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-7212-0

ISBN (edición digital): 978-84-321-7213-7

ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7214-4

ISNI: 0000 0001 0725 313X

ÍNDICE

Prólogo

Presentación

PREGUNTAS SOBRE DIOS

Suponiendo que Dios exista, ¿qué tiene que ver eso con mi vida cotidiana?

Si Dios nos ama y es omnipotente, ¿cómo se explica la existencia del mal y del sufrimiento?

¿Se puede demostrar la existencia de Dios?

¿Por qué se dice que Dios es uno si al mismo tiempo se habla de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo?

Si Dios nos creó para vivir eternamente con Él, ¿por qué no se manifestó de forma más clara y convincente?

¿Qué sentido tiene que todos los hombres suframos las causas del pecado de nuestros progenitores, es decir, el pecado original? ¿No es injusto ser penalizado por un pecado del que uno no es en absoluto responsable?

¿Cómo explicar “la ira de Dios” presente en los pasajes de la Biblia si según la fe cristiana Dios se ha revelado como Amor y como Padre infinitamente misericordioso?

Si Dios es infinitamente misericordioso, ¿cómo se explica la existencia de los demonios y del infierno con la posibilidad de la condena eterna también para los hombres?

¿Qué sentido tiene el relato bíblico de la creación en seis días si la cosmología actual sitúa el origen del universo hace unos catorce mil millones de años después del Big Bang?

¿Por qué la Iglesia afirma que la Biblia es la “Palabra de Dios” si fue escrita por varios autores humanos?

PREGUNTAS SOBRE CRISTO

Jesús es un personaje histórico, pero ¿qué pruebas hay de que sea Dios?

¿Qué certeza tenemos de que Cristo ha resucitado y de que, por tanto, es Dios? Las apariciones narradas en los Evangelios, ¿no podrían ser alucinaciones debidas a la autosugestión? En el Evangelio de Lucas se dice que los apóstoles «creyeron ver un fantasma» (Lc 24,37)

¿Cómo es posible que haya tantos errores y escándalos en la Iglesia, cometidos incluso por sus representantes, sabiendo que ha sido fundada por Cristo y que es guiada por el Espíritu Santo?

¿No podría ser la resurrección de Cristo un mito como los hay semejantes en otras religiones?

Si Cristo es Dios, ¿por qué no evitó ser traicionado y, además, por uno de sus apóstoles?

Si Jesús es Dios, ¿por qué no pudo convencer a su pueblo de que era el Mesías?

Si Cristo vino a salvar a todos los hombres, ¿por qué no se manifestó de forma más evidente y, en cambio, vivió 30 años en una aldea de una región periférica y en uno de los países más pobres de la época?

¿Por qué aceptó Jesús morir en la cruz para salvar a los hombres y reconciliarlos con Dios? ¿No podría haberlos salvado de una manera menos sangrienta?

Si Cristo es el único salvador, redentor, mediador de la salvación, ¿cómo pueden entonces salvarse los no cristianos?

El mayor don que Cristo nos ha dejado es la Eucaristía. En la consagración —afirma el Magisterio de la Iglesia— se produce la “transubstanciación” (cf. CEC, n. 1376), es decir, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, aunque la sustancia (moléculas, átomos) del pan y del vino permanezca inalterada. ¿Cómo es esto posible? ¿No es contradictorio?

Si Cristo es Dios que vino a la tierra para iluminar a todos los hombres, ¿cómo es que después de 2000 años hay tan pocos cristianos verdaderos?

Si Cristo ya nos ha dado la plenitud de la Revelación, ¿por qué ha habido tantas apariciones y mensajes de Cristo, de la Virgen o de los santos a lo largo de los siglos?

PREGUNTAS SOBRE LA IGLESIA

¿Cómo demostrar que la Iglesia fue fundada por Cristo?

Cristo, en la Última Cena, oró por la unidad de la Iglesia. ¿Por qué entonces han surgido tantas divisiones en ella?

¿Por qué María es tan importante en la Iglesia católica?

La Iglesia enseña que todo hombre puede salvarse procurando hacer el bien que le indica su conciencia. ¿Por qué insiste entonces en la importancia de que el bautismo se administre lo antes posible?

¿Es realmente necesario ir a misa todos los domingos? Sí, como mucho, va el 10 %, ¿por qué sigue diciendo la Iglesia que esta omisión es pecado grave (cf. CEC, n. 2181)?

La Iglesia enseña que hay acciones que son intrínsecamente malas, es decir, malas en sí mismas, que nunca se pueden hacer, independientemente de las intenciones o las circunstancias, pero el papa Francisco afirma que para juzgar la moralidad de un acto hay que prestar atención a “los condicionamientos y las circunstancias”. ¿Está cambiando la enseñanza moral de la Iglesia?

Ante los enormes cambios en la comprensión de la sexualidad, ¿por qué la Iglesia no adecúa sus enseñanzas morales a la sensibilidad actual?

¿Por qué la Iglesia es tan crítica con la ideología de género?

¿Se puede comulgar siempre? ¿Hay que hacerlo siempre si se va a misa? ¿Cómo saber si uno está en “estado de gracia” (CEC, n. 1415) para poder acceder a la eucaristía de forma respetuosa y fructífera?

La Iglesia (y el papa) insisten en la necesidad de confesarse personalmente con un sacerdote, pero ¿por qué tener que contarle cosas que no le conciernen, en lugar de pedir perdón a Dios directamente?

¿Por qué la Iglesia sigue manteniendo la regla del celibato para los sacerdotes? La falta de vocaciones sacerdotales en tantas partes del mundo y los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes, ¿no son razones válidas para abrir las puertas a la ordenación de personas casadas?

Notas biográficas de los autores

Abreviaturas

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Comenzar a leer

PRÓLOGO

El volumen editado por Arturo Cattaneo es un gran auxilio para sostener y fortalecer la fe de los fieles, fe que es fundamento de la esperanza, como escribió Benedicto XVI: «La fuerza de la esperanza viene de la fe» (Encíclica Spe salvi —2007—, n. 37). Precisamente el hombre de hoy necesita reavivar la esperanza sin caer en la ilusión, porque a menudo asiste impotente a hechos y acontecimientos que trastornan las certezas adquiridas durante décadas. La ilusión, por otra parte, conduce inevitablemente a la decepción. Una y otra no hacen sino reiterar la importancia de poner en el centro la verdadera esperanza.

Somos peregrinos de esperanza, porque nos sostiene y anima la fe que nos asegura el Amor de Dios, revelado en Cristo. Un amor que nos alcanza continuamente en el Espíritu Santo, que no cesa de «irradiar en los creyentes la luz de la esperanza: la mantiene encendida como una antorcha que nunca se apaga, para dar apoyo y vigor a nuestra vida. La esperanza cristiana, en efecto, ni engaña ni defrauda, porque se funda en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos jamás del amor divino» (Spes non confundit, n. 3).

Este libro ofrece respuestas claras a las preguntas más frecuentes sobre la fe, y puede ser una valiosa ayuda. Preguntas y respuestas sobre Dios: su existencia y la existencia del mal, su relación con nuestra vida cotidiana, su ser a la vez uno y trino, la posibilidad de la condenación eterna…

Además, cuestiones relativas a Cristo: pruebas de su divinidad y resurrección, por qué no evitó ser traicionado por uno de sus apóstoles, por qué presentó al pueblo un modelo de Mesías que no aceptan, por qué no eligió una forma menos sangrienta de salvarnos, cómo pueden salvarse los no cristianos, Cristo es el único mediador…

Por último, se abordan varias cuestiones sobre la Iglesia, a menudo mal comprendida o incluso rechazada hoy en día. Se empieza por cómo constatar su fundación por Cristo, cómo explicar tantos errores, escándalos, crímenes y tantas divisiones entre los cristianos. A continuación, se plantean preguntas sobre cuestiones morales, sobre un posible cambio en su enseñanza y, en particular, sobre la ética sexual, sobre el porqué de la clara condena de la ideología de género, sobre la necesidad del “estado de gracia” para recibir la Eucaristía, sobre la necesidad de confesarse con un sacerdote y no directamente con Dios, sobre la razón del celibato sacerdotal. En definitiva, estas páginas representan una verdadera summa que refleja el Catecismo de la Iglesia Católica.

Un libro lleno de preguntas y respuestas necesarias no solo para reavivar la esperanza de los creyentes, sino también para ayudarles a ser sembradores de esperanza, siempre dispuestos a responder a quien les pregunte el porqué de la esperanza que hay en ellos (cf. 1 Pe 3,15-17). Sembradores de una esperanza que «no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5).

Espero que el libro encuentre la respuesta que merece, contribuyendo a fortalecer la fe y, en consecuencia, a reavivar la esperanza de tantos peregrinos.

S.E. Mons. Rino Fisichella

Pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización

Sección de cuestiones fundamentales de la evangelización en el mundo

PRESENTACIÓN

Durante mucho tiempo he acariciado la idea de publicar un libro con las preguntas y respuestas más frecuentes sobre nuestra fe en Dios, en Cristo y sobre la Iglesia.

Evidentemente, tenemos el Catecismo de la Iglesia Católica e innumerables libros de catequesis en los que se explica nuestra fe. Con este libro, articulado en preguntas y respuestas relativamente breves, se buscó una forma más atractiva de transmitir las principales verdades de nuestra fe. Ya en 1973, san Pablo VI exhortaba a «buscar por todos los medios el modo de hacer llegar al hombre moderno el mensaje cristiano, en el que solo él puede encontrar la respuesta a sus interrogantes y la fuerza para su compromiso por la solidaridad humana» (Discurso al Sagrado Colegio Cardenalicio, 22.VI.1973).

Nada menos que 33 preguntas, sin omitir las más difíciles, fueron respondidas por treinta expertos, teólogos, filósofos, pastores y catequistas, que aceptaron el reto nada fácil de responder con argumentos sólidos y razonados, expresándose al mismo tiempo en un lenguaje sencillo, accesible incluso a los no iniciados. Sin embargo, el papa Francisco señaló que la fe siempre conserva «cierta oscuridad que no le resta adhesión. Hay cosas que se pueden entender y apreciar solo desde esta adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con la que se pueden captar las razones y los argumentos. Por eso hay que recordar que toda enseñanza de la doctrina debe situarse en la actitud evangelizadora que despierta la adhesión del corazón con cercanía, amor y testimonio» (Evangelii gaudium n. 42).

Además, el papa señala también que «todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y se creen con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes porque expresan más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (n. 36). Las preguntas aquí recogidas pueden parecer —y son— muy distintas entre sí, como distintos son los aspectos de nuestra fe que se cuestionan, pero en las respuestas hay una especie de hilo rojo que guía al lector al descubrimiento de esa belleza a la que se refiere el papa: «El amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado», ese amor que despierta la adhesión del corazón, decisiva para la adhesión de la mente.

¿A quién va dirigido este libro?

A todos aquellos que de alguna manera buscan un sentido a sus vidas, especialmente a los jóvenes, pero no solo. De manera especial, el libro puede ser útil a los catequistas, que a menudo se enfrentan a preguntas que no son fáciles de responder y, en su catequesis, pueden plantear a los jóvenes cuestiones con repercusiones vitales sobre las que reflexionar y luego poder hablar de ellas juntos.

Mi deseo es que la lectura de estas páginas pueda ayudar a muchos jóvenes en su camino de fe y esperanza, ofreciéndoles intuiciones y estímulos para la reflexión y abriéndoles nuevos y atractivos horizontes. En efecto, como bien escribió Antoine de Saint-Exupéry, «si quieres construir un barco, no reúnas a los hombres para cortar leña, dividir tareas y dar órdenes, sino enséñales la nostalgia del mar vasto e infinito». En este sentido, el papa Francisco exhortó a los jóvenes: «Los cristianos no somos elegidos por el Señor para cosas pequeñas, id siempre más allá, hacia cosas grandes. ¡Jugad la vida por grandes ideales!» (Homilía en la Misa de Confirmación, 28.IV.2013).

Arturo Cattaneo

PREGUNTAS SOBRE DIOS

Suponiendo que Dios exista, ¿qué tiene que ver eso con mi vida cotidiana?

(Antonio Petagine)

Imaginemos que unos científicos acaban de descubrir una nueva galaxia, a millones de años luz de la Tierra. Por mucho que un descubrimiento así despierte nuestro interés y curiosidad científicos, tenemos derecho a pensar que tiene poco que ver con nuestra vida cotidiana. La cuestión de si Dios existe o no es muy distinta, porque surge ante todo de nuestra búsqueda del sentido de la vida. Ludwig Wittgenstein, uno de los más grandes filósofos del siglo xx, decía que «creer en Dios es ver que la vida tiene sentido» (L. Wittgenstein, Diario filosófico 1914-1916, 8.7.1, Barcelona 1986).

La cuestión del sentido de nuestra vida surge en nosotros porque vivir no significa solo sobrevivir. Nuestra vida cotidiana está hecha de sentimientos y acciones, de relaciones con los demás y la no menos exigente relación con nosotros mismos. Vivir significa para nosotros construir proyectos en el trabajo, en los afectos, en la cultura y en la vida social; significa también lidiar con el dolor, la injusticia y la violencia (pasada y presente), con el amor no correspondido por nuestra parte y con el rechazo ajeno. Cada día tenemos que convivir con la mediocridad y la maldad de quienes gobiernan pueblos y naciones, y con la injusticia endémica de una sociedad que no deja de exaltar a quienes deberían avergonzarse y de hacer la vida difícil a quienes realmente hacen el bien. Si aprendemos a mirar nuestra vida de un modo más profundo, podremos discernir en nosotros un deseo infinito de bien, de amor, de felicidad, que va unido a la conciencia ineludible de que ningún bien, por ser finito, puede satisfacer por completo tal deseo. ¿Por qué esta desproporción? ¿Qué sentido tiene? Las preguntas sobre la vida se vuelven aún más delicadas cuando reflexionamos sobre nuestro origen y nuestro fin. Nuestra propia concepción, en el seno de nuestra madre, parece un azar, mientras que nuestro fin, aunque desconocido, es ineludible, pues ¿quién puede escapar a la muerte? Es como si hubiésemos subido a un tren por casualidad y tuviésemos que bajar de él por necesidad. El gran reto del hombre, incluso antes de alcanzar metas, satisfacciones y resultados, es poder darse a sí mismo y a las personas que ama una respuesta razonable a todo esto.

Buscar el sentido de la vida es buscar una respuesta que ilumine estas incertidumbres de tal manera que aparezca una finalidad válida, es decir, un bien que dure y una felicidad que no engañe. La existencia de Dios tiene que ver precisamente con esto. San Agustín afirma en LasConfesiones: «¿Cómo, pues, te busco, Señor? Buscándote a ti, Dios mío, busco la felicidad de la vida» (Confesiones, X.20.29). Si Dios existe, entonces todo lo que hemos mencionado puede tener sentido: no solo lo que es bello, gratificante y agradable, sino también lo que puede parecer doloroso, difícil o duro de vivir. Porque si Dios existe, entonces la bondad, la verdad y el amor no son solo palabras bonitas, porque existe a todos los efectos un bien infinito que corresponde al deseo sin límites de verdad, felicidad y amor que habita nuestros corazones. La existencia de Dios sostiene la idea de que en los acontecimientos de la naturaleza reina una lógica íntima que los conecta con los sucesos de la vida cotidiana y las aspiraciones profundas de las que somos conscientes. El corazón mismo del hombre no aparece en absoluto como un abismo vacío, sino como un lugar habitado por una ley interior, que orienta al hombre hacia un bien propio, pero no arbitrario. ¿Qué es, en efecto, esa “ley del corazón”, tan bien representada por la Antígona de Sófocles, sino esa admonición universal al respeto de la dignidad humana, que en el siglo xx se quiso plasmar en la Declaración Universal de los Derechos Humanos? ¿No parece más coherente el afán de justicia y la existencia de derechos y deberes en la vida de las personas si existe un Dios que gobierna y juzga la historia, que si solo existieran los hombres y la precariedad de sus juicios?

Al concebir a Dios como aquel que aporta la respuesta a la pregunta por el sentido de la vida, la Revelación bíblica, en particular el Evangelio, es un hito en la historia de los hombres. Antes de la difusión del cristianismo, los dioses eran comprendidos predominantemente como voluntades misteriosas, dotadas del extraño poder de interferir en nuestras vidas. Por eso, los dioses paganos aparecían como entidades a las que, más que nada, había que temer, y la religión tenía la misión de señalar la manera de congraciarse con ellos, con ritos propiciatorios y sacrificios. Esta idea de lo divino queda totalmente trastocada con la Revelación cristiana: en lugar de querer que hagamos sacrificios por él, es Dios mismo quien se sacrifica por nosotros, pidiéndonos más bien que aceptemos plenamente este sacrificio, imitándole en nuestra vida cotidiana. Con el sacrificio de Cristo, y la Resurrección del crucificado, Dios se revela como Amor capaz de salvar al hombre del miedo a la muerte y de los efectos devastadores del pecado en su vida.

Paradójicamente, la idea de mezclar a Dios con nuestra vida cotidiana viene no solo de quienes creen que Dios existe, sino también de quienes han querido ir más allá de esta idea. Friedrich Nietzsche, en La gaya ciencia, se imagina a un loco que, mientras anuncia que “Dios ha muerto”, invita a los presentes a tomarse en serio el significado de semejante acontecimiento, y les pregunta: «¿Existe todavía un alto y un bajo?» (La gaya ciencia, aforismo 125). Hablando así, Nietzsche quiere decir que vivir sin Dios es convencerse de que la vida carece de orden, de sentido, de puntos de referencia (lo alto y lo bajo del aforismo). Sin Dios, los valores o los deberes morales pierden consistencia. En ese punto, sin embargo, ¿no es dramático pensar que Dostoievski tenga razón al afirmar que «si Dios no existe, todo está permitido»? Jean-Paul Sartre era de ello plenamente consciente cuando escribió que, sin Dios, «desaparece toda posibilidad de encontrar valores en un cielo inteligible; ya no se puede tener el bien a priori, porque no hay más conciencia infinita y perfecta para pensarlo; no está escrito en ninguna parte que el bien exista, que haya que ser honrado, que no haya que mentir; puesto que precisamente estamos en un plano donde solamente hay hombres» (J.-P. Sartre, El existencialismo es un humanismo, Buenos Aires 1973, p. 5).

Este último pasaje de Sartre no es anodino, porque pensar de verdad que Dios existe es pensar que hay una conciencia infinita que escruta nuestros corazones, y que nos mira como realmente somos, mientras que cualquier otra visión de nosotros mismos, incluida la nuestra propia, es muy imperfecta, por basarse en aspectos limitados y estar sujeta al error, la ignorancia y la maldad. Si Dios es en sí mismo el Bien y el Amor, como enseña el cristianismo, entonces es posible una auténtica purificación de nuestra vida cotidiana. En efecto, en la infinitud de la conciencia divina, todo lo que hemos vivido no puede borrarse, incluidos los más pequeños gestos de amor, los detalles de abnegación más ocultos y los más bellos momentos que quedaron olvidados. Incluso el mal que hemos hecho puede ser mirado en su verdad, colocado en un horizonte donde la justicia no quedará sin misericordia (lo cual es sumamente difícil para nosotros, que luchamos por ser a la vez justos y capaces de perdonar, incluso a nosotros mismos). Si Dios existe y es Amor, nuestra historia y nuestra memoria tendrán al final una oportunidad de ser redimidas y contempladas de una manera purificada.

Pensar que existe un Dios así es darse cuenta de que el mal, por mucho que domine la escena de este mundo, generando destrucción, dolor y muerte, no tiene la última palabra en nuestra historia. El mal puede ser redimido, el pecado puede ser perdonado, la injusticia puede ser reparada. Si Dios es Bueno y establece un orden justo, entonces todo lo que ocurre en nuestras vidas puede situarse dentro de este horizonte de bien. Esto no quiere decir que la desgracia, la enfermedad o la injusticia desaparezcan, sino que pueden dejar de alimentar el mal, si se reorientan en una dirección que va más allá, que es comprensible y que nos toca explorar. La existencia de Dios nos lleva entonces a esperar una liberación de la muerte, porque hay alguien que puede dar la vida eterna y enriquecer todas las vidas: no solo aquellas que los escritos han hecho famosas, sino también las ocultas y anónimas, y las que fueron muy cortas o dolorosas.

Pasemos ahora a un aspecto que ha sido tratado de modo muy convincente por san Agustín. Afirmaba el de Hipona que cada persona se encuentra ante un dilema de amor en su vida: o amar a Dios, hasta el olvido de sí mismo, o amarse a sí mismo, hasta el olvido de Dios (cf. De civitate Dei, XIV.28). Lo que parece querer decirnos es que no hay ateos, sino idólatras. Aquel que no confía en Dios no es que se comporte como haciendo un paréntesis de Dios; lo que hace es suplantarle por otra cosa, como el éxito, el dinero, el placer, la propia inteligencia o el poder. En suma, Agustín sugiere que pensar que Dios existe nos ayuda a poner cada cosa en su sitio. En efecto, solo colocando a Dios en la cumbre de los bienes humanos evitaremos absolutizarlos, creando lo cual crea desarmonía en nuestras vidas y en las de los demás. Estamos hechos para vivir la variedad de bienes que jalonan nuestra vida cotidiana, pero para hacerlo de verdad es preciso que nos convenzamos de que nuestra felicidad no se agota en ningún bien contingente, aunque lo deseemos muy ardientemente o lo poseamos definitivamente. Si damos demasiada prerrogativa al amor humano, nos subyugará la necesidad de la reciprocidad, y eso vuelve nuestras relaciones tóxicas; si lo que anteponemos es el trabajo, destruiremos nuestros afectos; si es el sexo, el poder o el dinero, nos convertiremos en esclavos de ellos.

Cuando lo que exaltamos es nuestro ego, producimos el efecto paradójico de degradar nuestra dignidad; perdemos la estima de nosotros mismos, de lo que somos, e incluso el gusto por las cosas del mundo. Es lo que constata Gilles Lipovetsky, cuando observa que el individualismo contemporáneo ha generado una indiferencia generalizada y obtusa: «Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, pero a nadie le importa un bledo» (La Era del vacío, 1986, p. 36). De estas palabras se hace eco Fabio Rosini, quien observa que, en nuestro mundo, adepto a la religión del ego, no nos amamos en absoluto; para evitar más sufrimiento «utilizamos refinados instrumentos de narcosis. No sentir dolor parece una solución, pero escapar de lo real solo hace crecer el magma de lo no resuelto» (El arte de la vida sana, Editorial Paulinas, 2023, pp. 58-59). Vivamos nuestra vida cotidiana admirando la belleza de lo que podemos producir con nuestro trabajo y de aquello que encontramos en lo ordinario y descubriendo el valor de las personas que conocemos y de las relaciones que entablamos, y al mismo tiempo sin permitir que ninguna de estas cosas se convierta en nuestro “dios secreto”. Pensar que Dios existe nos permite adquirir una visión diferente de las cosas, que nos alivia de esa carga de pretender que todo dependa de nosotros: como decía Lessing, si Dios existe, a los hombres les corresponde escribir las cifras, y a Él hacer las sumas.

Y añadamos lo siguiente: si Dios existe, ninguna de las autoridades de este mundo será “Dios”; si solo Dios es el portador de la verdad, tampoco lo será ninguno de nosotros tomados aisladamente, y tampoco esos ideólogos que quieren tener siempre la última palabra a la hora de decir lo que es bueno o malo para la humanidad. Pensar que Dios existe parecería algo incierto, ya que a Dios ni le vemos ni le oímos; sin embargo, precisamente esto nos impide caer en el error tan corriente de la idolatría propia o de lo mundano, lo cual nos expone a formas de esclavitud y cerrazón que amenazan nuestra verdadera libertad, para pensar y amar.

Teniendo en cuenta lo que hemos dicho hasta ahora, respondamos ahora a las siguientes preguntas:

El que piensa que Dios existe ¿está buscando consuelo para su vida?

La respuesta a esta pregunta depende de lo que entendamos por “buscar consuelo”. Si uno se refiere a lo que quieren decir los que desprecian la fe religiosa, hay que precisar que referirse a la existencia de Dios no se hace para encontrar un consuelo barato: no se trata del “todo saldrá bien”, que se puede decir como de modo supersticioso ante cualquier dificultad. Quienes afirman que la religión promueve una especie de “opio del pueblo”, inventando historias fantasiosas para no sucumbir a la dureza de la vida, son probablemente personas que no entienden el fondo de la religión. De hecho, no hay ninguna religión auténticamente vivida donde el consuelo adquiera este carácter. Eso sí, la existencia de Dios reconforta, ofrece una razón para vivir y para morir, liberándonos de una vida carente de sentido y dando esperanza de redención del mal y de la muerte (cf. 2 Co 1,3-11). Esto significa que la auténtica fe en Dios es exigente, porque suscita una respuesta de compromiso y abnegación.

El que cree en Dios, ¿no corre el riesgo de despreciar la vida aquí en la tierra, apostándolo todo por el más allá?

En línea con nuestro recorrido, podemos decir que tomarse en serio la idea de que Dios existe no significa despreciar el mundo en absoluto. Al contrario, significa amarlo más y mejor. Más bien podría decirse que quien piensa que Dios existe estará dispuesto a anteponer los valores del espíritu a todos los demás. Pero ¿cuáles son estos valores? Son precisamente aquellos que nos llevan a reconocer lo que realmente importa, haciéndonos capaces de apreciar plenamente lo que es bueno, bello y estimable en la vida cotidiana. Paradójicamente, son precisamente quienes idolatran los bienes particulares los que acaban degradándolos, generando conflictos, insatisfacción y mezquindad. Por eso, quien ama a Dios está dispuesto a «amar apasionadamente el mundo», como escribía san Josemaría Escrivá, porque está dispuesto a descubrir y experimentar una nueva dimensión de sentido, de belleza, de alegría, en los distintos lugares y circunstancias en que se desarrolla la vida ordinaria. En esta perspectiva, podía afirmar que la «vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…» (Amar al mundo apasionadamente, en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Madrid 1968, n. 116).

Si Dios nos ama y es omnipotente, ¿cómo se explica la existencia del mal y del sufrimiento?

(Giulio Maspero)

Una pregunta muy común y concreta que plantea la experiencia del mal es: ¿cómo es posible que Dios sea todopoderoso y nos ame si experimentamos el dolor, el mal, la muerte? Desde tal perspectiva surge una contradicción: o bien Dios es todopoderoso, por tanto, tiene poder sobre el mal, pero no nos ama, y por eso permite nuestro sufrimiento, o bien Dios nos ama, pero no es todopoderoso. Si uno acepta esta oposición, es perfectamente comprensible que se haga ateo, porque de un Dios omnipotente que no ama es mejor huir y renegar de él que recurrir a los ídolos, porque si este Dios nos ama, pero no es omnipotente, necesitamos a otros que nos protejan. Por tanto, la cuestión del origen del mal no puede responderse a la ligera. Al contrario, el punto de partida debe ser necesariamente la afirmación de que el mal, desde la perspectiva bíblica, es un aspecto misterioso, porque tiene que ver con la libertad de la criatura humana.

Veamos una posible respuesta a partir de un diálogo real que tuve con un camarero en Roma, tomando un café con un colega. Cuando fui a pagar, me dijo que no le convencía que Dios no quisiera que el hombre conociera el bien y el mal, como está escrito en el Génesis, porque para él poder elegir entre los dos era algo bueno. Le respondí que no era un buen teólogo, porque el mal simplemente hace daño. Entonces, ¿por qué deberíamos desear conocerlo?

Sin embargo, este episodio me llevó a preguntarme qué entendía el camarero por “mal”. Al fin y al cabo, para él era el mal moral o legal, es decir, lo que una ley interna o externa declara malo o prohibido. En cambio, el mal, tal como lo entiende principalmente la Biblia, es la ausencia del bien. Por eso respondí en aquel momento que no veía nada bueno en conocer la enfermedad, que es la ausencia de salud, o la soledad, que es la ausencia de compañía, o el odio, que es la ausencia de amor. Una vez más, el mal se llama mal porque hace daño. El mal y el bien no están en el mismo plano, no son lo contrario el uno del otro. Pero el primero es la ausencia del segundo.

Esto es muy importante porque estamos en una cultura que exalta la libertad de elección. Se concibe al hombre como un individuo aislado que solo puede ser feliz si elige lo que quiere. Evidentemente, esta perspectiva capta un elemento fundamental de nuestra identidad, a saber, la capacidad de autodeterminarnos, de decidir el sentido de nuestra existencia. Según la Biblia, esto está ligado al hecho de que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, con el don de la libertad. Por tanto, nadie puede eximirse de la opción religiosa: incluso quienes se dicen ateos, agnósticos o relativistas, a través de las opciones concretas que configuran su vida deciden por un sentido, eligen a su “dios”, que puede ser el dinero, el sexo, la fama, los gustos, el consentimiento o muchas otras cosas.

Pero la reducción de la libertad a la posibilidad de elegir que ha traído consigo la modernidad también está generando una sensación generalizada de ser inadecuado, de no hacerlo bien, de no ser nunca suficiente, de no poder cumplir las expectativas, hasta el punto de generar crisis de ansiedad y pánico. Todo esto se explica por el hecho de que la libertad reducida a libertad de elección es contradictoria. Pues si solo soy libre cuando puedo elegir, cuando he elegido ya no soy libre. Además, como cuando lo hago solo puedo elegir una cosa entre muchas opciones, al final siempre salgo perdiendo, porque las opciones a las que renuncio son muchas más de las que obtengo. Por ejemplo, si elijo ser abogado de mayor, estoy renunciando a ser economista, ingeniero, físico y muchas otras posibilidades. Así pues, la libertad entendida solo como libertad de elección conduce paradójicamente a la renuncia de la propia libertad.

En tal situación, incluso el amor se vuelve impracticable, porque significa elegir a una persona y renunciar a todas las demás. Y esto, desgraciadamente, lo vemos con la extensión de la soledad en nuestras vidas. Pero esto también sugiere una respuesta positiva. En efecto, también experimentamos que nos sentimos libres cuando estamos en relación. La posibilidad de decidir por un sentido para nuestra vida, que poseemos en la medida en que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, puede expresarse en la elección no solo entre distintas posibilidades, así como en una pregunta cerrada, entre opciones ya predeterminadas, sino también en la creación de relaciones personales.

Por ejemplo, en El Principito, un hermoso librito escrito por Antoine de Saint-Exupéry, el aviador del desierto parece libre, porque puede ir a donde quiera, pero en realidad no lo es, porque no tiene adónde ir y, sobre todo, no tiene con quién ir. Pero, cuando se le aparece el principito, empieza a ser libre. De hecho, como también explica el episodio del encuentro con el zorro, solo somos libres cuando estamos en relación con alguien, solo cuando amamos y somos amados, solo cuando tenemos amigos. Entonces el mundo adquiere sentido. Por eso el principito vuelve a su rosa, que en la metáfora del cuento representa a la mujer del autor. Su libertad se cumple al elegir, como sentido de todo, la relación concreta con la persona amada, a pesar de las dificultades y limitaciones.

Así que, volviendo al diálogo con el camarero del que partimos: elegir entre el bien y el mal no libera, sino que quita la paz y nos hace sentir mal. Y esto es exactamente lo que les ocurre a Adán y Eva al principio de la Biblia, como se relata en Génesis 3. Fueron creados por Dios juntos y colocados en este hermoso jardín que fue hecho para ellos. El Creador mismo los sacó de la nada creándolos a su imagen y semejanza, es decir, capaces de reconocer el bien y seguirlo. Luego les confió todo el jardín, es decir, el mundo, invitándoles a multiplicarse, es decir, a engendrar, disfrutando y haciendo disfrutar a los demás de toda esa belleza.

Pero en este maravilloso cuadro entra el diablo, es decir, el tentador, que tergiversa las palabras de Dios y da a entender a Adán y Eva que Dios no quería que comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal porque entonces llegarían a ser como Él. Aquí la mentira es evidente, porque Dios ya los ha creado como Él, a su imagen y semejanza. Y el hecho de que no conozcan el mal está relacionado precisamente con eso, porque Dios es Bueno y todo lo que hace es bueno. Por eso, en cuanto dan cabida en su corazón a ese falso pensamiento, que les propone el demonio, se sienten mal, se avergüenzan de su cuerpo y se esconden, como nos ocurre a nosotros.

Así pues, el mal ha entrado en el mundo. Pero no es un principio malo que se opone a Dios, principio bueno. Los mitos antiguos eran todos así: narraciones en las que al final el bueno vence al malo, que, sin embargo, existía desde el principio. Así surge la pregunta: ¿cuál es el origen del mal?

San Agustín de Hipona fue un joven brillante nacido en la segunda mitad del siglo iv d. C. en Tagaste, en el norte de África. Su madre era cristiana, su padre no. Desde muy joven le asaltó la pregunta de qué era el mal. Se preguntaba de dónde venía. Y la primera respuesta que encontró fue exactamente la que proponía el maniqueísmo, que remonta el mundo a la lucha entre un principio bueno y otro malo. Pero al final, la propia cuestión del origen de este último le hizo descartar esa opción. En cambio, cuando llegó a Milán, comenzó a seguir los sermones de san Ambrosio, que había sido un importante político romano hasta que el pueblo lo aclamó como obispo, obligándolo prácticamente a emprender la carrera eclesiástica. De él aprendió Agustín que el mal no se opone al bien, sino que es la simple falta de él.

Los ejemplos para explicarlo son hermosos: la oscuridad no es lo contrario de la luz, sino que es la ausencia de luz. Por eso, aunque haga sol, si cerramos las persianas, se produce oscuridad en la habitación donde estamos. Decimos que se ha hecho de noche, pero en realidad hemos impedido que entre la luz, de modo que la habitación está desprovista de ella. Otro ejemplo es el del frío, que no es lo contrario del calor, sino la privación de este. De hecho, en física se estudia que no se puede alcanzar el cero absoluto, porque la temperatura está ligada a la energía térmica, por tanto, al movimiento de las moléculas, que nunca se anula por completo.

Entonces, si el mal no es lo contrario del bien, sino su ausencia, ¿cómo puede existir? Si es lo contrario del ser, no puede ser. Entonces, ¿por qué decimos que existe? Esta pregunta requiere la distinción entre ser y existir, es decir, estar ahí. Tomemos el ejemplo del queso emmental, el que tiene agujeros. ¿Qué son? Son la ausencia de queso, tanto que no se paga por ellos, porque no pesan. Pero estos agujeros están ahí, es decir, existen, porque están rodeados de queso. Así que la oscuridad no es, sino que existe, porque la ausencia de luz está rodeada de luz, y así el frío existe porque está rodeado de calor, es decir, es un espacio en el que las moléculas se mueven más despacio que en un contexto en el que se mueven más deprisa.

Pero entonces, si el mal no es sino que existe, porque es la ausencia del bien, ¿cómo surgió? ¿Por qué lo ha querido Dios? ¿No es omnipotente? ¿Cómo lo ha dejado escapar? ¿Por qué no lo elimina? Aquí Agustín nos ofrece una hermosa respuesta, basada en la diferencia entre tres verbos: querer, permitir y disponer. Dios no quiere el mal porque es el Bien y no puede querer sino el bien, como el azúcar o la miel no pueden producir una sensación amarga porque son dulces.

Pero Dios permite el mal, que, como se narra al principio del Génesis, es el resultado de la elección del hombre. A lo largo de la historia, algunos han sostenido que el mal lo produce la sociedad, otros lo han atribuido a la materia. La Biblia, sin embargo, lo relaciona precisamente con un mal uso de la libertad, porque tanto la sociedad como la materia son obra de Dios, que es Bueno y, por tanto, hace las cosas bien. El mal, en cambio, surge de la criatura racional, cuya libertad es querida y respetada por Dios hasta el final, y que, por tanto, puede ser mal utilizada por nosotros, orientándola hacia la nada.

Pero ¿por qué lo permite Dios? ¿Por qué no nos impide hacer el mal y causarnos dolor? Agustín toca aquí una cumbre de su pensamiento, al afirmar que Dios no quiere el mal, pero lo permite porque sabe cómo disponer de él. Es decir, Dios es tan grande que puede tomar esos agujeros que el hombre ha creado en la realidad y utilizarlos para producir un bien mayor. La comparación es con un músico: las pausas no son lo contrario del sonido, sino que son la ausencia de sonido, y el compositor las permite porque sabe disponerlas de tal manera que contribuyen a formar una melodía maravillosa. Otra imagen que utiliza Agustín es la de las sombras que el pintor inserta en el cuadro: no son luz, sino que existen porque son la ausencia de luz y están rodeadas de ella, pero el artista sabe ordenarlas para que destaque el tema del cuadro (Agustín, Del Génesis a la letra - Libro inacabado, 5.25).

En conclusión, aunque el relativismo en el que estamos inmersos sugiere que todas las opciones son equivalentes, por lo que es erróneo hablar de mal y bien, nuestra vida nos dice que hay acontecimientos y circunstancias que nos hacen sufrir. Seguir la lectura bíblica del mal como ausencia de bien nos permite darnos cuenta de que la elección entre el bien y el mal no es liberadora, porque la soledad no es algo, sino la ausencia de amor; al igual que la enfermedad no es una realidad deseable, sino la ausencia de salud, y así sucesivamente.

Hoy, por desgracia, la pérdida de esta concepción del mal y del bien nos condena a una sociedad en la que la culpa ha sido sustituida por la vergüenza. En lugar de poder decir: «He hecho esto que es malo, porque carece de bondad», nos sentimos mal, pensando que somos nosotros los que estamos equivocados, no la relación entre nuestras acciones y lo que es o no es, con lo que es bueno o carece de bondad. Así corremos el riesgo de desesperarnos, porque al negar el mal, acabamos siendo esclavos de lo que los demás piensan que está mal, y nos sentimos avergonzados incluso por acciones o situaciones que no son malas. Una persona puede sentirse mal porque no es tan bella como los personajes de la pantalla, o no rinde tan bien como los demás esperarían de ella. Pero eso no significa que esa persona sea mala. De hecho, la Biblia nos dice que fuimos creados por Dios, que es Bueno y por eso lo hace todo bien, así que somos bellos, somos buenos, somos verdaderos.

Cuando nos dicen que solo hay una manera de ser bueno, o bello, o bueno, nos engañan. De hecho, nuestro Creador es infinito y siempre derrama vida y bondad incluso sobre aquellos que en realidad hacen mal o daño. Así, la doctrina bíblica sobre el mal es profundamente liberadora, pues nos dice que el mal consiste en apartarse del amor incondicional del Padre que nos concibió y creó, enviando a su Hijo y a su Amor, es decir, al Espíritu Santo, para devolvernos esa bondad que es el fundamento de nuestro ser. Así pues, siempre es posible volver a ser buenos, si aceptamos la distinción entre el bien y el mal, entendido como ausencia del primero, y reconocemos el maravilloso valor de nuestra libertad como hijos de Dios.

Esto pasa a través de nuestras relaciones, es decir, a través del encuentro con personas que ya tienen la experiencia de que el mal es solo la ausencia del bien y, por tanto, son capaces de liberarnos de la ilusión del ídolo, devolviéndonos a esa primacía de la realidad sobre la idea de la que habla el papa Francisco. Esto es posible gracias a la Cruz, que Dios permitió porque de ella vendría la victoria definitiva sobre la muerte y sobre todo mal. El encuentro con Cristo resucitado tras ser clavado en el madero y depositado en el sepulcro es el fundamento de toda posibilidad de reconocer que el mal es mera privación del bien. El camino de vuelta al bien es así siempre posible y pasa por la amistad, la fraternidad, la Iglesia.

¿Se puede demostrar la existencia de Dios?

(Valeria Ascheri)

La cuestión de la existencia de Dios es la más importante y la más radical que puede plantearse el hombre, porque la respuesta, positiva o negativa, orienta y determina toda la vida a cualquier edad y en los distintos ámbitos en que nos encontramos: en el plano individual y en el familiar, en nuestro papel profesional y en nuestro compromiso cívico y social, tanto en lo que se refiere a la actitud que adoptamos y a las elecciones que hacemos, como a las decisiones que tomamos y a los compromisos que asumimos cotidiana o puntualmente. Como ya escribió Platón, «es de suma importancia tener un buen conocimiento sobre los dioses, tanto si uno quiere llevar su vida correctamente como si no» (Leyes, X, 888 b). Para quienes optan por no responder a esta pregunta, alegando tener dudas, y declarándose así escépticos, o afirmando “no saber” (asumiendo así una posición agnóstica), casi siempre equivale a vivir como si Dios no existiera (etsi Deus non daretur) porque, como afirmó Benedicto XVI, Dios “parece tan alejado de la vida actual” —pero, como trataremos de explicar en las páginas siguientes, al mismo tiempo— «Dios tiene mil modos, para cada uno el suyo, de hacerse presente en el alma, de mostrar que existe y me conoce y me ama», si «estamos atentos a los signos de su presencia» (Benedicto XVI, Audiencia general, 13.X.2010).

1. ¿Es posible demostrar la existencia de Dios?

La existencia de Dios como persona y como Padre —tal como inmediatamente pensamos en Él—, es decir, como Dios creador del universo, con un acto libre de amor, y providencial, cuidando de todas Sus criaturas, no puede demostrarse racionalmente porque un sujeto personal, en el sentido más profundo, no puede ser objeto de demostración lógica ni de prueba empírica, sino que solo puede revelarse libremente.

Dios no es un objeto de experiencia sensible y, por tanto, nunca podrá haber una prueba —como las que utilizan las ciencias matemáticas y naturales— que demuestre indubitablemente su existencia, proporcionando una certeza absoluta.

Sin embargo, en la historia del pensamiento cultural, especialmente en el filosófico y religioso (no exclusivamente cristiano), es cierto que se han propuesto y elaborado diversas de las llamadas “pruebas” —algunas de ellas bien conocidas y ampliamente debatidas— que aportan argumentos racionales a partir de los cuales se puede estar razonablemente convencido de que un Dios, con determinadas características, existe; tales argumentos pueden, por tanto, justificar las creencias en algo “sagrado”, sobrenatural y divino, que siempre han caracterizado a las civilizaciones, mucho antes de la Revelación cristiana —que también se encuentran en algunas manifestaciones de las antiguas religiones paganas (como las que se desarrollaron, por ejemplo, en la civilización egipcia, en la antigua Grecia, en la civilización etrusca y en la antigua Roma) — y que también pueden impulsar a quienes se muestran escépticos o ateos a iniciar un camino de conversión y apertura a la fe revelada.

2. ¿Qué tipo de pruebas son? ¿Son comprensibles y aceptables para todos o solo para los que ya son creyentes? ¿Cuáles son?

Se trata de pruebas, indicios o “caminos” que conducen al reconocimiento de que Dios existe y que todo el mundo puede comprender y aceptar tras una reflexión racional. Por supuesto, la comprensión depende de la formación específica de cada uno, de su disposición de apertura intelectual a la profundización y de su voluntad de aceptar la posibilidad de lo trascendente (de “trans-ascendere”: ascender más allá, es decir, ir más allá de la dimensión material y sensible). El punto de partida más inmediato, y más utilizado, es la argumentación llamada “a posteriori”: es la argumentación que parte de la observación de las realidades vividas:

a partir de la observación de la naturaleza física y de lo que ocurre en el mundo real que todos podemos ver y constatar de diferentes maneras a través del conocimiento sensible y cuestionándonos ciertas dinámicas recurrentes;

a partir del reconocimiento de ciertas características particulares y distintivas de la persona humana en relación con las demás formas vivas. Se trata, pues, de dos itinerarios que cada uno de nosotros puede seguir para intentar remontarse hasta Dios como causa primera no material (de lo contrario habría que preguntarse de dónde procede su materia), sino como espíritu puro y trascendente (una entidad exterior a nosotros y a nuestro pensamiento).

En cuanto a las pruebas a partir de la creación, las más conocidas son las llamadas “cinco vías” filosóficas de santo Tomás de Aquino (siglo xiii) contenidas en la Summa theologiae y la Summa contra gentiles, que a su vez retoman especulaciones de Aristóteles y otros estudiosos posteriores a él: “Partiendo del movimiento y del devenir, de la contingencia, del orden y de la belleza del mundo, se puede llegar a conocer a Dios como origen y fin del universo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 32). Cada camino se centra en un aspecto particular que pertenece a Dios para atribuírselo como resultado del análisis realizado, y todos ellos concluyen con la afirmación: «Y a esto todos lo llaman Dios».