Diosa Fortuna - Marjorie Eljach - E-Book

Diosa Fortuna E-Book

Marjorie Eljach

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Beschreibung

Diosa Fortuna se sumerge en las complejas relaciones que las personas tienen con la fortuna y las fantasías de la riqueza súbita. A través de varias historias entrelazadas, la autora explora cómo las ganancias inesperadas afectan a sus personajes en un entorno marcado por la violencia cotidiana y el peso del pasado. A medida que estas historias se entrelazan, la novela explora temas más profundos relacionados con el dinero, la riqueza y las expectativas de la sociedad. La novela desafía la noción de que la fortuna súbita siempre trae felicidad y, en cambio, sugiere que puede traer consigo una serie de desafíos inesperados. -------------------------------------- «Me resulta complejo hablar de Diosa Fortuna y de personajes que me han acompañado durante los años en los que he estado escribiéndola, porque de alguna manera forman parte de mi psique y de mis propias fantasías de ser asaltada por la riqueza. En muchas ocasiones me he visto diseñando planes de fuga en caso de encontrar una maleta llena de dinero y sin aparente dueño, o pensando en cómo administrar un gran premio de lotería. Siempre acabo pensando en lo que le dijo una vez mi hermano Jairo a un lotero que le ofreció un billete que prometía miles de millones: «¿No tienes algún premio más pequeño? Porque esos millones lo único que traen son muchos problemas». Del prólogo de la autora

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Seitenzahl: 240

Veröffentlichungsjahr: 2023

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DIOSA FORTUNA

Marjorie Eljach

Créditos

La Lira de Orfeo / 01

Pluma contemporánea

Primera edición:

Noviembre 2023

Del texto:

© Marjorie Eljach, 2023

Corrección:

Ana García de Polavieja

Ilustración de portada:

© Juan Carlos Somolinos Martínez (Billyphobia), 2023

Prólogo

¿Qué harías si te encontraras un montón de dinero oculto en tu casa? ¿O si ganaras millones en la lotería?

Una vez cuando tenía diez años, escuché a una amiga que había vuelto de vacaciones decir que en las duchas de la piscina del hotel se encontró un rollito de dinero, en total la suma era de unos trescientos dólares, y con eso se compró muchísimos juguetes y ropa. Yo hice entonces mi lista de todas las cosas que me compraría si me encontraba una cantidad de dinero similar.

Años más tarde un compañero de universidad me contó que cuando en su casa compraban la lotería se sentaban en familia a fantasear con lo que harían con el dinero del premio, y que más que tener todo ese dinero, lo que al le gustaba era el ritual que acompañaba la compra del billete porque les permitía sentarse juntos a compartir un sueño que por supuesto nunca se hizo realidad.

Mi abuela, que compró lotería durante toda su vida, en dos ocasiones ganó el premio mayor, y en las dos ocasiones lo repartió entre familiares pobres y amigos con mala situación económica. Esto, al contrario de lo que podría pensarse, no generó ninguna reacción derivada de la ley del karma, y aunque vivió hasta los noventa y siete años y tuvo una vejez tranquila y sin sobresaltos, siempre se quejó de su mala situación económica.

Esas historias y muchas más, todas ellas relacionadas con grandes ganancias repentinas, son el origen de esta novela, en la que los personajes se cruzan y las historias que aparentemente no tienen relación, van creando el tejido de una trama que va más allá del dinero y tiene mucho que ver con lo que creemos que nos puede ocurrir si de un momento a otro nos hacemos ricos, sobre todo si vivimos en un entorno en el que la violencia es un hecho cotidiano y los espectros del pasado se nos plantan al borde de la cama en la madrugada.

Me resulta complejo hablar de Diosa Fortuna y de personajes que me han acompañado durante los años en los que he estado escribiéndola, porque de alguna manera forman parte de mi psique y de mis propias fantasías con ser asaltada por la riqueza. En muchas ocasiones me he visto diseñando planes de fuga en caso de encontrar una maleta llena de dinero y sin aparente dueño, o pensando en cómo administrar un gran premio de lotería, y siempre acabo pensando en lo que le dijo una vez mi hermano Jairo a un lotero que le ofreció un billete que pagaba miles de millones: «¿No tienes algún premio más pequeño? Porque esos millones lo único que traen son muchos problemas».

Marjorie Eljach

Alma y el domador

Si veinte años atrás alguien le hubiera dicho que viviría en una espiral de muerte, lo habría creído. Le gusta pensar que no tiene alma, que su cuerpo flaco está en el mundo para recibir golpes y a la espera del hook que la lance contra las cuerdas con tanta fuerza que le impida volver al centro del cuadrilátero.

Desde tiempo atrás descubrió la inutilidad de los vicios. Las cosas vacuas que la hubieran llevado a la tumba y que nunca pudo permitirse se quedaron instaladas en alguna habitación de la memoria desvanecida sin avisar.

Vive en una casa vieja de un barrio periférico, con un perro que trajo consigo cuando mataron a sus padres y que le parece que todavía conserva en su blanca pelambrera las salpicaduras de la sangre.

Tiene el armario de su habitación lleno de ropa de hombre de la que no ha querido deshacerse. Dos exmaridos la han dejado a su suerte; y la ropa del primero, demasiado delgado, nunca le vino bien al segundo, demasiado grande.

A veces siente el impulso de arrojarla a la basura, pero considera que en caso de apuro saldrá a venderla para sacarse algún dinero.

Cada vez que se imagina yendo al mercado, no puede evitar reírse de su propia imagen de aprendiz de ropavejera, intentando ponerles precio a trapos pasados de moda y con polillas que habitan en las arrugas.

Ahora está sola y Doc es el único hombre de la casa, quien se despide de ella llorando por la mañana y la recibe por la tarde con saltos de emoción y besos húmedos. El amante ideal debería tener sus mismas virtudes. Ojalá no fuera tan viejo y tuviera menos pelo, en todo caso cree que hablar no le favorecería. Doc escucha sin quejarse la misma historia todos los días, porque todos los días de Susana son iguales.

Se levanta a las cinco de la mañana, prepara un café negro y saca al perro. Mientras él hace lo suyo, ella se fuma un cigarro y se bebe el café. Cuando Doc entra, ella solo ha alcanzado a beber la mitad y tira el resto por el desagüe. Es inevitable que maldiga ese momento, es un movimiento automático e incontrolable que la lleva siempre a arrepentirse de no haber guardado el sobrante para el día siguiente. Se consuela pensando en el mal sabor del café recalentado, pero a la vez sabe que no puede permitirse tirarlo, es arrojar dinero a la basura.

Antes de salir a su rutina diaria, ha estado trabajando en ella desde la noche anterior. Mientras ve el concurso televisivo que su segundo ex detestaba, y que ahora a ella le alegra la vida, toma notas del directorio telefónico. Las oficinas que visitará para ofrecer las medias de seda que vende a domicilio deben estar por la misma zona, porque ella solo puede pagar dos billetes de autobús.

Hace una pequeña lista, con siete es suficiente para que los zapatos que le regaló la vecina no se desgasten demasiado y pueda regresar a casa con los pies intactos.

Lo de las medias es un buen negocio. Las mujeres suelen engancharlas a cualquier cosa: al borde de una silla, al velcro del bolso o a la astilla de una uña; y las secretarias tienen que ir siempre elegantes, con ínfulas de jefa. Una mujer arreglada no puede dejarse ver con las piernas peladas y exhibiendo varices.

Susana ofrece a sus clientas medias baratas y de poca calidad, que compra de remate los domingos en el puesto de la plaza donde se ponen los contrabandistas y las revende al doble para compensar el regateo y la venta a crédito. Tras dejar la mercancía, se pasa días después a cobrar por algo que quizá ya ha acabado en la basura. Está aburrida de las quejas de sus clientas. Algunas se niegan a pagar, otras se esconden porque antes han pasado otros cobradores, y nunca faltan las que se han largado para siempre y se amparan en la solidaridad de las compañeras para no revelar la dirección de sus nuevos trabajos o de sus casas a los acreedores.

Entre visitas a oficinas, a veces frustrantes porque le cierran la puerta en las narices, Susana se sienta en un banco o en el césped de algún parque y toma un pan con salchichón y un vaso de avena que lleva en un pequeño termo.

Está desnutrida, y tiene la piel cetrina por el tabaco negro y el sol que le quema la cara.

En otra época fue una chica bonita que despertaba las ganas de su padre, pero eso ocurrió hace mil años, en el monte.

Todos dormían en la misma habitación y su madre le dijo que era normal, que lo aceptara con resignación como lo hizo ella cuando su padre y sus hermanos la tomaban por la fuerza.

La primera vez Susana tenía trece años y acababa de pegar el estirón que le redondeó la cadera y le afinó el talle. De la noche a la mañana, los pechos planos se abultaron y empezaron a llamar la atención y el deseo de los hombres. «La niña se nos ha hecho mujer», comentó una mañana el padre, y esa misma tarde se lanzó sobre ella cuando estaba lavando la ropa. Susana sintió el dolor de la embestida y las manos sobre sus pechos; una lengua árida en su boca y el miedo, solo comparable al aullido de los espectros que salían todas las noches de las fosas llenas de cuerpos mutilados y sin nombre.

No gritó durante la eternidad que duró el asalto; gritó después, al calor de la sangre que le chorreaba por las piernas. «Papá, me ha roto algo». Y papá sonrió. Y le dijo que no era nada, que ya era una mujer.

Una mujer de trece años destinada a enfrentarse a los celos de su madre por las brutales atenciones de un hombre que ahora prefería la carne fresca, sometida delante de su hermano pequeño y de la mujer que la parió. Condenada a recibir, al caer la noche, al señor en el único dormitorio de la casa.

El miedo se volvió costumbre y, cuando se acercaban las seis de la tarde, se la comían los nervios. Primero un temblor sudoroso y, acto seguido, la diarrea. La madre no la consolaba porque deseaba que desapareciera la hija para que su hombre volviera a ella. La niña se perdía fantaseando también con su propia desaparición, mientras apretaba la medallita de la Virgen del Carmen que le regaló el párroco cuando le dio la primera comunión, allá en el pueblo, y a la que antes se aferraba para ahuyentar a los espectros.

«Mamá, estoy enferma», repetía a diario como quien reza un rosario, a la espera de consuelo o de un gesto amable. Pero mamá se daba la vuelta en la cama cuando su marido se cambiaba de colchón en la madrugada. Susana abría los ojos, y él le ponía el dedo en la boca y la penetraba haciendo gruñidos casi inaudibles.

Estaba agotada por el trabajo diario, y las violencias nocturnas le impedían dormir. Al verla dar cabezadas durante las clases, la profesora de la escuela quiso saber lo que le estaba ocurriendo. La malnutrición saltaba a la vista, su única comida completa se la proporcionaban en el comedor de la ONG.

La profesora estaba en prácticas de último año de Psicología y lo que vio asomarse durante la conversación le hizo preferir no ahondar en detalles. Había sido un error de ingenuos irse a convivir con la miseria humana y dejar atrás su cómoda existencia. Lloraba por las noches y contaba los días que le faltaban para volver a la realidad que conocía y controlaba. No era el momento propicio ni la situación adecuada, ella no se encontraba en condición de crear vínculos afectivos con personas a las que no se desea volver a ver y cuya presencia era una permanente molestia: el recordatorio constante de lo que no está bien, de lo que no funciona en el sistema y de lo que nos despoja de humanidad o nos llena de culpa porque nos recuerda constantemente que somos unos privilegiados. Ella solo quería regresar al lugar de donde procedía, en el que no había supersticiones ni fantasmas, y que la memoria de lo visto desapareciera sin dejar huella.

Le dio una barra de chocolate a Susana y la mandó a su casa con el espejismo de un sabor dulce en la boca; un fugaz placer que acabaría en la letrina unas horas más tarde.

La niña se fue como todos los días y, antes de llegar, se escondió en un matorral a terminar de comer su regalo; no iba a compartirlo con nadie, porque su madre se lo daría al padre o lo partiría en cuatro trozos para comer antes de dormir.

Hacía mucho tiempo que no se sentía feliz. Comió con calma. El sabor le trajo imágenes de una vida distinta. Ella viviendo en una gran ciudad, hija de una maestra y de un hombre que llegaba todas las noches muy cansado y se tumbaba a dormir profundamente. Tenía una habitación para ella sola, llena de muñecas con pelos de colores y lazos de cinta rosa. Pasaba las tardes entre juguetes y paseos en bicicleta por el parque, iba a una escuela donde su madre enseñaba matemáticas a los niños, porque era inteligente y tan amorosa que, cada vez que uno de sus pupilos hacía bien una multiplicación, ella le daba un beso en la mejilla.

Con el último bocado de chocolate, acabó la fantasía y emprendió el camino hacia la única vida que tenía, inmutable y amenazante. Brutal en su intención de permanencia.

Los días se le iban entre la escuela y los trabajos domésticos. Ayudar a su madre a lavar la ropa que traía del pueblo; por la noche, los deberes; y, en ocasiones dormir, pero solo cuando su padre viajaba. A veces tardaba en volver más de una semana, ella en secreto deseaba que se convirtiera en un espectro y solo regresara con los aullidos de la noche.

La madre, Felicidad, había envejecido en poco tiempo. Sus treinta y dos años parecían cincuenta. La mala alimentación, el trabajo de animal y cuatro horas de sueño al día habían hecho de ella una mujer escuálida, encorvada, arrugada y manchada por el sol. La mata de pelo negro que un día le llegó a caer hasta la cintura era ahora un amasijo de mechas resecas que anudaba por las mañanas con sus manos de uñas fungosas. No hablaba, excepto para maldecir. Maldecía su suerte, maldecía haber parido, maldecía a sus hijos y maldecía su vida. No tenía ilusiones y creía no haberlas tenido nunca, conoció la vida que conocieron su madre y su abuela, viejas a los treinta, ancianas a los cuarenta y tal vez muertas por cualquier virus antes de los sesenta.

Su hermana pequeña logró largarse, se marchó con los del circo la primera y única vez que pasó por el pueblo. Lo pensó; sin vacilar, atravesó con sus bártulos hasta el playón donde estaban la carpa y las jaulas, y se ofreció para lavar los disfraces a cambio de comida.

La vida no iba a ser peor, pensó. La guerra apenas comenzaba y llegaban noticias de las violaciones cometidas por los hombres del Señor Comisario. Al menos, el circo le daba la posibilidad de moverse de un pueblo a otro, y la convertía en una suerte de prófuga en constante huida.

Alma no se despidió de su familia, sabía que su padre y sus hermanos la harían arrepentirse a palos, para retenerla en un campo seco de hambre vieja que le pegaba la piel a los huesos.

Besó a su madre dormida, y salió dos horas antes de que los hombres despertaran para ir a labrar la tierra. En el circo no la esperaba nadie, pero la recibieron como a una más de entre los desertores de la miseria.

Esa misma mañana, el circo partió a otro pueblo y Alma comenzó su vida nómada entre trapecistas y payasos, lavandera en el día y enamorada del domador del tigre en la noche.

Sus padres no advirtieron la ausencia hasta entrada la tarde y, cuando la madre vio que habían desaparecido los tres únicos vestidos de su hija, se desbarató en un grito de dolor que hizo hablar a Felicidad. «Creo que se fue con el circo», dijo bajito y, acto seguido, la patada en el vientre que le dio su padre la dobló de dolor.

Ya era demasiado tarde para ir a buscarla, pero si de algo estaba seguro el hombre de la casa era de que había actuado a traición, y traidora como era, no merecía volver.

Y Alma tampoco tenía intenciones de regresar. Acababa de escapar del dolor a una vida incierta y era la certeza de lo incierto lo que la mantenía en permanente excitación.

No quería ser como Felicidad, objeto de los regalos del padre, de esos regalos sujetos a condiciones nocturnas y a silencios. Tampoco quería esperar a que llegara la horda de hombres armados con ansias de amor bestial con la excusa de la guerra. Sabía que el circo tampoco era lo suyo, pero al menos representaba la posibilidad de moverse; ya se quedaría en algún lugar que le gustara y que identificara como propio.

El domador era un hombre galante, de buenas maneras y sin tatuajes, cuyo cuerpo musculoso contrastaba con una cara de niño que hacía imposible calcular su edad. La trataba con delicadeza, con una decencia que a Alma le resultaba ajena, impropia de la condición masculina que hasta aquel momento conocía.

No le contaba historias, tampoco ahondaba en un pasado de gloriosas batallas como el resto de los miembros de la pequeña comunidad. El domador no era amigo de beber hasta la ceguera ni de acostarse con las prostitutas que pululaban en los lugares donde instalaban la carpa. El domador guardaba distancias y era servicial. Todos le querían y murmuraban sobre una vida anterior que habían inventado a su medida. Quizá había sido un hombre rico y educado con un crimen atroz a sus espaldas, y sobre este crimen se fantaseaba durante horas sin llegar a ninguna conclusión, porque al final alguien desarmaba la conversación haciendo énfasis en la pureza de su mirada y en la amabilidad que les regalaba.

Alma tenía dieciséis años y el domador alababa los rizos negros que le caían por la espalda, de vez en cuando le pedía permiso para tocarlos, y le gustaba llevárselos a la nariz porque decía que olían a árboles. Ella sonreía y le dejaba hacer; y, a la hora de irse a la cama, repetía la escena en su mente hasta que la vencía el sueño.

Una tarde, el domador apareció en la pequeña carpa de las mujeres con una caja grande. Alma nunca había recibido un regalo y lloró de emoción al ver el vestido de flores y las sandalias de tacón alto. «Vamos a bailar esta noche», le prometió.

Ella tuvo cuatro horas para practicar con las mujeres cómo caminar con sandalias de tacón. Jamás usaba zapatos, tenía los pies ennegrecidos por la tierra, los talones cuarteados y las uñas sucias. Una de las trapecistas se dio a la tarea de arreglarlos lo mejor que pudo y le pintó las uñas con barniz rojo para disimularlas.

La emoción de las mujeres era sincera. Se turnaban entre funciones para supervisar los avances de la chica y se apelotonaban para hacerle recomendaciones sobre cómo comportarse. «No bebas demasiado». «No te emborraches». «No le permitas que te toque ahí abajo». Fueron demasiadas instrucciones para una sola cabeza confundida.

El romance comenzó esa misma noche, auxiliado por la inseguridad y el miedo.

No hubo baile porque Alma practicó tanto con los tacones que, a la hora de salir, apenas podía caminar y, al llegar a la única discoteca del pueblo, el domador sugirió escuchar la música desde la terraza y tomar unas cervezas. Él tomó dos y ella prefirió un zumo, atendiendo al consejo de no emborracharse.

Era un lugar sin paisaje con la tierra sembrada de colillas. Los hombres entraban con mujeres bastante descubiertas y con excesivo maquillaje, que parecían felices ante la promesa de la noche.

La discoteca estaba recién reconstruida después del bombardeo de los rebeldes. Los dueños habían aprovechado la situación para cambiar las sillas plásticas por metálicas y poner lámparas giratorias con luces de colores, que le daban al local un extraño aire de tugurio cosmopolita. Pero los clientes parecían impresionados, eran gente sencilla que nunca había visto nada semejante.

La conversación estuvo salpicada de monosílabos y silencios. Alma no consideraba prudente indagar sobre el pasado del hombre, que le sonreía cuando le preguntaba si le gustaba su nueva vida. Él tampoco hizo esfuerzos por conocer las razones que la motivaron a dejarlo todo atrás. Ambos tenían secretos confesables que preferían no compartir. Era mejor hacer de su vida en el circo la única, porque era la que los unía. Así que, cuando la conversación giró hacia las nimiedades de las funciones, las reuniones nocturnas y el olor de los animales, todo fluyó con naturalidad hasta que el dueño del negocio apareció acalorado, solicitando a los asistentes abandonar el local e irse a encerrar en sus casas.

Los hombres del Señor Comisario llegaron en sus furgonetas a medianoche, hora habitual para hacer el censo.

El censo tenía el mismo inicio y final en cada pueblo. Los varones mayores de siete años eran sacados por la fuerza de sus casas y conducidos a la plaza. Allí, aquellos cuyos nombres aparecieran en la lista de presuntos colaboradores de los rebeldes eran ajusticiados; y quienes carecían de defectos físicos o enfermedades conocidas, y con la edad y el cuerpo adecuados para disparar un fusil, eran integrados a las filas del Comisario.

De cualquier forma, estaban condenados a morir con una bala en la cabeza en medio del combate o a machetazos en la plaza, método favorito del Comisario, porque el descuartizamiento público era al mismo tiempo castigo y prevención.

La lección comenzaba cercenando los pies y las manos del elegido, a cuyos gritos de dolor se unían los de su mujer e hijos, que eran obligados a mirar. Mientras la víctima se desangraba, tres hombres violaban a su mujer públicamente.

Si el elegido sobrevivía, el jefe del grupo le cortaba la cabeza, que no solía caer de un tajo. Lo normal era que se necesitaran más de cinco golpes de machete.

El resto de los hombres de la lista sabía lo que les esperaba, y muchos de ellos ya se habían cagado en los pantalones antes de que les llegara el turno.

A lo largo del procedimiento, los únicos gritos que se escuchaban eran los de las víctimas y sus parientes, privilegio otorgado solo a ellos, porque los observadores eran obligados a guardar silencio a punta de fusil y tenían plena conciencia de que emitir tan siquiera un leve sollozo acarrearía un marcial disparo en la cabeza.

Antes de marchar, los hombres del Señor Comisario no perdían la oportunidad de desahogarse con las mujeres que estuvieran a tiro, y se encerraban en grupos de cuatro o cinco en sus casas durante el resto de la noche haciendo turnos de vigilancia en la puerta. Si eran mayores de sesenta o impúberes, les resultaba indiferente; para evitar escucharlas suplicar o insultar, las amordazaban y les ataban las manos.

Algunas de ellas, como la anciana María Valdez, que tenía setenta y cinco años cuando fue arrancada de su silla de ruedas y arrojada al suelo boca abajo, fallecían enseguida, pero un cuerpo vivo o muerto no dejaba de ser un cuerpo. Los atacantes hacían uno que otro chiste mientras tomaban tragos de ron y, aunque lamentaban el que les hubiera tocado la vieja y no una mujer joven, continuaban hasta que su propio cuerpo aguantara antes de caer borrachos o tener que seguir su camino.

De ellos se decía que los horrores cometidos tenían su origen en rituales de magia a deidades antiguas en los que bebían sangre de recién nacidos y ofrecían las masacres como sacrificio a cambio de favores. Nadie los había visto, pero los rumores cada vez eran mayores y los detalles se hacían cada vez más específicos con el paso del tiempo. Invención o realidad, el ingrediente mágico de alguna manera explicaba la naturaleza de sus actos.

La mayoría de las mujeres fuertes ya se habían ido, acababan en las ciudades trabajando como criadas, pidiendo limosna en las calles con sus hijos pequeños en brazos o esperando clientes bajo farolas que las bañaban con su luz roja, dándoles un falso aspecto festivo a sus rostros amargos. Sabían que aquella humillación era mejor que quedarse sentadas esperando a los hombres del Comisario. Al menos, cobraban por someterse, y con eso era suficiente.

Ellas, las que habían huido, eran las afortunadas; las otras, las que se habían quedado por hacer compañía a sus maridos, acababan como esclavas. Los hombres del Comisario se llevaban consigo a las mujeres de los muertos y a las de los vivos capturados al servicio de la lucha para lavar uniformes, convertirse en juguetes sexuales, cocinar o ser vendidas en burdeles a precio de remate como mercancía maltrecha y marcada a fuego con las iniciales SC; lo que las convertía en despojos de prostíbulo, en hembras despreciables que no guerrearon a muerte y se dejaron someter una y otra vez por los asesinos. Como si ellas fueran culpables de seguir con vida, como si estuviera en sus manos haberse dejado conducir a un destino ajeno, como si de ellas fueran sus cuerpos transformados en basura por la violencia de las armas.

El domador tomó a Alma de la mano y la condujo al monte. Eran las seis de la mañana cuando regresaron. Ella le permitió guiarla y se quedó callada. Era valiente, pero tenía miedo. Pensó en Felicidad y cerró los ojos. Si no los veo, no me verán. Tal y como hacía cuando su padre montaba a su hermana, y a ella le comía el terror porque estaba segura de que en algún momento le tocaría el turno.

Pasaron seis horas entre los matorrales, abrazados, sin escuchar nada distinto a su respiración y al eco de los gritos lejanos.

Cuando escucharon el ruido de las furgonetas alejándose, caminaron tomados de la mano hasta la carpa para encontrarse con algo que se les había cruzado por la cabeza, pero habían intentado negar. Como un par de autómatas empacaron sus pertenencias en cajas y, sin hablar, haciendo esfuerzos por ignorar el mundo, salieron como habían entrado, tomados de la mano, buscando otra vida.

Alma se dejó guiar de nuevo, desconocía a dónde iba y si estaba bien o mal fundir su vida con la de aquel hombre, pero no le importaba. La guerra daba a los desconocidos licencia para unirse en la urgencia de escapar.

—Ya llegamos —escuchó decir. Alma no sabía cuánto había dormido, supuso que muchas horas porque estaba oscuro cuando bajó del autobús. Fue su primer viaje y fue providencial que a lo largo del camino no encontraran ningún retén de los rebeldes o de los hombres del Comisario, porque entonces las cosas habrían resultado distintas.

Abrió los ojos y sus sentidos se saturaron con los ruidos, olores, luces y movimientos de las grandes ciudades. Se aferró al brazo del domador y conoció una clase de miedo diferente: el miedo a lo desconocido.

Sea cual fuere la situación que le esperaba, Alma no vaciló en dejarse llevar de la mano del domador.

Gabriel, que así se llamaba, le hizo señales al taxi, que los condujo por una gran avenida y luego anduvieron con dificultad por callejuelas desiertas dando tumbos.

Se detuvieron frente a una casa con la puerta azul y flanqueada por dos árboles resecos. Entraron, el olor a viejo y a guardado los golpeó en la cara. No había luz ni agua. El polvo hizo toser a Alma.

—Era la casa de mi madre, vamos a dormir en el suelo y mañana ya se verá. —Gabriel tendió una bolsa a manera de colchón y sacó dos sábanas de su equipaje. Durmieron poco y mal, sofocados por el calor. A las seis, Gabriel salió en silencio para no despertar a Alma.

Llegó con un desayuno improvisado que comieron sin decir nada. Él trajo dos litros de agua para limpiarse, y ella estuvo callada cuando comenzó a desvestirla despacio para frotarle los brazos y el pecho suavemente con una esponja áspera. Se quedó sentada en el suelo y, mientras él intentaba acariciarla, ella miraba sus manos con atención. Se sentía incómoda y él lo sabía, no quería parecer violento, pero tampoco quería dejar de tocarla. Soltó la esponja, se acercó para besarla y ella se hizo un ovillo. No deseaba sentir esa aprensión de niña, pero no podía evitarlo. Desconocía los mecanismos del amor. El hombre que la deseaba no era malo, la había protegido y seguiría haciéndolo. Quiso que su cuerpo no fuera suyo, que fuera el de una mujer sin temor; y todavía tensa, se tumbó con las piernas muy juntas. Él se tendió a su lado y le acarició el cabello, le pasó el dedo índice por la nariz y luego por los labios. Allí se detuvo y la besó con besos pequeños y tímidos que no tuvieron respuesta. Dejó los besos y siguió con su dedo por el cuello, intentando que ella le dejara entrar. Alma no reaccionó y él abandonó sus esfuerzos reservándolos para otro día en que estuvieran menos cansados; un día en que ella ya no pensara en los motivos que la habían llevado hasta ese lugar con ese hombre todavía desconocido. Tendrían tiempo de sobra para conversar y aprender a confiar.

Se levantó del suelo animado con la idea de limpiar la casa y hacerla habitable. Invitó a Alma a participar en su pequeña empresa, intentando contagiarle su repentino entusiasmo. Ella se vistió y aceptó la tarea de barrer y fregar, mientras él salía a averiguar cómo reinstalar la luz y el agua.

Consiguió su cometido antes de las ocho de la noche, y ambos se ducharon felices en una casa iluminada y limpia para enfrentarse al día siguiente al reto de encontrar un trabajo. Tres meses después, Gabriel era recolector de basuras y Alma, vendedora de lotería.

Gabriel llegaba a media noche con un olor a animal descompuesto impregnado en la piel; por más que se frotara, el aroma dulzón y corrupto de la basura permanecía en él. Alma no se quejaba, pero le costaba acomodarse a su lado y conciliar el sueño; hacía esfuerzos por disimular y lo abrazaba durante un rato breve antes de darle la espalda. Gabriel agradecía su gentileza evitándole el trago amargo de sus deseos y esperaba conseguir otro tipo de trabajo antes de volver a acercarse a ella.

Entre tanto, llevaban una vida amable de sonrisas y paseos en las tardes de domingo. Cuando a él le ofrecieron la oportunidad de ser supervisor en una casa de apuestas, no lo dudó ni un instante y cambió la seguridad del camión de basuras por el peligroso mundo de los jugadores.

El amor llegó sin seguir un plan preconcebido. Durante meses, él había estado imaginando cómo sería el momento en que Alma le permitiera acceder a ella, fantaseó con diferentes situaciones imaginando un momento de la seducción en el que a ella le resultara imposible resistirse. Nada de aquello fue necesario.

Una noche ella se dio la vuelta para abrazarlo y le besó los labios. El respondió, y todo se dio como si hubieran sido amantes desde siempre y el cuerpo del uno le resultara familiar al otro.