Dioses del futuro - Luis D. Rigol - E-Book

Dioses del futuro E-Book

Luis D. Rigol

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Beschreibung

El protagonista, Marc, es un estudiante de Arqueología que viaja inesperadamente en el tiempo para llegar al reino hitita durante el periodo del 1400 a. C. Su aventura, narrada sobre el hilo de sucesos históricos reconocidos, especula sobre la posibilidad de que los dioses del pasado hayan sido, en realidad, seres humanos del futuro. El relato se sumerge en las hazañas del protagonista para no sucumbir y lograr sobrevivir durante el extenso enfrentamiento con su gran enemigo. Muestra las relaciones con el poder e incorpora reflexiones sobre las atrocidades que se manifiestan en las sociedades humanas antiguas. Dioses del futuro es una oportunidad para conocer la existencia y evolución de una cultura recién descubierta a principios del s. xx: los hititas, sus relaciones con los reinos limítrofes y el Antiguo Egipto; su arte de hacer la guerra, los valores que la rigieron y la conexión con sus dioses. Una lectura para sumergirse en la Antigüedad y descubrir el poder del conocimiento y la tecnología.

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Seitenzahl: 523

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Dioses del futuro

Luis D. Rigol

© Luis Díaz Rigol

© Dioses del futuro

Diciembre 2022

ISBN papel: 978-84-685-5411-2 ISBN ePub: 978-84-685-5431-0

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

A mi hija, Cristina, por su ánimo y apoyo en la escritura de esta novela.

Nota del autor

La novela está ambientada en un periodo concreto de la historia del reino hitita. Por supuesto, algunos personajes son ficticios; sin embargo, todos los dignatarios de la realeza, los sucesos relevantes acontecidos, vasallos, reinos y sus relaciones entre ellos siguen estrictamente el orden cronológico de la historia, aceptada hasta hoy.

Índice

PRÓLOGO. Una historia novelada que va más allá de la historia

INTRODUCCIÓN

Capítulo 1. ACADÉMICO

Capítulo 2. IR PARA NO REGRESAR

Capítulo 3. REALEZA

Capítulo 4. EL RENACER

Capítulo 5. JUNTOS Y HERMANADOS

Capítulo 6. EL REY HA MUERTO, ¡VIVA EL REY!

Capítulo 7. RECONQUISTA

Capítulo 8. ALIANZA MATRIMONIAL

Capítulo 9. REGRESO A SAMUHA

Capítulo 10. LA HISTORIA SE REPITE

Capítulo 11. ALMAS GEMELAS

EPÍLOGO

GLOSARIO

PRÓLOGO Una historia novelada que va más allá de la historia

Francisco Imbernón

Catedrático de Pedagogía de la Universidad de Barcelona.

Presentar una novela siempre tiene los riesgos de decir lo que no corresponde o decir demasiado sobre la temática y oscurecer al autor para dar brillo al prologuista. No es el caso de este prólogo. Por ello, mi prólogo de este libro sobre Dioses del futuro es un interesante alegato a la historia, a la ficción, a los dioses, vasallos, esclavos, guerras, guerreros, muerte y reinos pasados. Una muy interesante amalgama bien narrada.

Es una gran intersección entre diálogos pasados y actuales, estudios universitarios, historia, conocimiento arqueológico, religión, tecnología actual, proyectos de éxito y proyectos fallidos. Y también cierta intriga.

Y, para mí, lo más importante en esa intersección polifónica es la mirada del autor y lo que nos quiere decir en su narración. Su lectura nos lleva a una acción que se plantea iluminar una determinada realidad pasada. Y lo consigue, situándonos en esta realidad vivenciada por un estudiante de arqueología y algo de ingeniería: la historia de Marc en un mundo desconocido, que va descubriendo a lo largo de la novela.

Pero no podemos obviar el contexto del libro, la relación existente entre las culturas antiguas, en este caso la desaparecida hitita («el pueblo de los mil dioses») y el recorrido por diversas civilizaciones y los contextos sociales actuales. En su lectura intervienen variables políticas, conflictos, guerras, epidemias, crueldad humana, elementos multiculturales y éticos que nos hacen ver el pasado, pero analizándolo desde la realidad del presente.

Así pues, estamos forzados a valorar un contexto concreto desde un contexto antiguo, intuyendo formas de pensar y actuar que se mezclan con el desarrollo tecnológico y, también, cierta historia cruel y de lucha por las relaciones de poder de la humanidad.

Marc es el narrador y nos va llevando por la pendiente de la cultura hitita con sus problemas de salubridad y la ignorancia de la época, pero también de las pautas sociales, de la bondad, de la solidaridad, de la barbaridad de las guerras y la ayuda entre los humanos. Y no falta el amor, no únicamente platónico y moderadamente conflictivo. Nos va desgranando los elementos sociales y culturales de un importante pueblo y de su aportación a la historia de la humanidad.

Lo que aporta la novela no es solo una historia ficticia basada en hechos históricos, sino una importante reflexión sobre de dónde venimos y qué nos ha pasado, olvidándonos de muchas cosas. Y el narrador nos la recuerda con sus diálogos y escenas.

Y el libro ayuda a ello. Una buena narración que nos abre los ojos a una cultura importante y que nos lleva a una mirada desde el presente, con los problemas que padecemos desde hace siglos. Su lectura vale la pena. Tiene lo que debe tener una novela: realidad, ficción, entretenimiento y aprendizaje de lo que se dice y se hace.

INTRODUCCIÓN

Con el objetivo de situar al lector en el lugar de los hechos que se describen en este libro, tanto geográfica como históricamente, a continuación se relata un pequeño resumen de la historia del Imperio hitita.

A diferencia de otras civilizaciones antiguas contemporáneas de los hititas, como Babilonia, Asiria y Egipto, conocidas desde hace mucho tiempo, la civilización hitita no fue descubierta hasta principios del siglo xx.

En el año 1946 se publicó el Manual hitita, en el cual se detalla el desciframiento de su lengua, que conduciría a la publicación del primer diccionario de la lengua hitita, en 1952.

Su historia empieza hacia el 2000 a. C., cuando los hititas, que hablaban una lengua indoeuropea, invadieron Anatolia (Turquía) en oleadas sucesivas. Se impusieron a la población local, los hattis, y a partir del siglo xvii a. C. construyeron uno de los reinos más poderosos de Oriente Próximo hasta el 1200 a. C. Este reino, el país de Hatti, con capital en Hattusa, estableció su núcleo político en el centro de Anatolia y constituyó el poder dominante en otros territorios periféricos de Anatolia y Siria.

A finales de la Edad de Bronce, llegaron a ser la potencia militar más poderosa del antiguo Oriente Próximo, a pesar de que su imperio siempre fue vulnerable al ataque de fuerzas enemigas. Su territorio, Anatolia, carecía de ríos navegables de acceso al mar y de una población numerosa.

Su existencia estuvo ligada a guerrear continuamente para su supervivencia.

¿Cómo podemos explicar entonces el éxito de este imperio antiguo frente a tales adversidades?

Podríamos dividir su reinado en tres periodos diferenciados:

Reino Antiguo (1680-1430 a. C.)

En este periodo se llevó a cabo la unificación de los distintos reinos que había en Anatolia, aglutinando las ciudades y pueblos bajo una única autoridad central. Se estableció la capital en Hattusa, que dio nombre a su primer rey, Hattusili I.

La estructura social y política estaba regida por el rey, seguido de una asamblea de nobles llamada Pankus, y por un consejo de ancianos que administraba las aldeas y ciudades. Por debajo de esta estructura de poder se encontraban los agricultores, artesanos y comerciantes. En el último estrato de la sociedad estaban los esclavos, los cuales tenían unas condiciones de vida bastante dignas en comparación con otras civilizaciones de la antigüedad.

Reyes posteriores ampliaron las fronteras hacia el mar Egeo, el mar Negro y el mar Mediterráneo. Conquistaron el reino de Alepo, al sur, e incluso llegaron a saquear la misma ciudad de Babilonia.

Reino Medio

Las tensiones dinásticas permanecieron como un factor endémico de inestabilidad, incluso hasta el final del imperio. Después del último rey fuerte del Reino Antiguo, Telepinu, se sucedieron una serie de reyes mediocres durante casi un siglo, que desembocaron en una pérdida de poder e influencia del reino hitita en beneficio del reino de Mitanni. Este último aumentó su poder, siendo aceptado por Egipto como fuerza regional hegemónica. El reino hitita tuvo que abandonar la ocupación de las provincias sirias y el dominio de Kizzuwadna.

Reino Nuevo

Alrededor de 1400 a. C., empezó a reinar Tudhaliya I/II, un rey guerrero que condujo sus tropas en una serie de devastadoras campañas militares. Estas campañas se efectuaron en el interior del territorio de sus enemigos: reinos como Arzawa Menor, el país del río Seha, Hapalla; y ciudades como Arinna, Wallarima, Halatarsa, etc. Todos sucumbieron ante la embestida hitita.

Esta serie de triunfos engendraron el odio y envidia de sus enemigos. Al término de su campaña de conquista, cuando el rey regresó a la capital, Hattusa, 22 países enemigos del oeste de Anatolia se habían unido para formar una alianza militar antihitita, formando la Confederación de Assuwa1.

Tudhaliya I atacó a las fuerzas reunidas de la confederación, en un asalto nocturno, y la victoria fue tan decisiva que la confederación nunca más volvió a formarse. Junto a su hijo Arnuwanda I, quien le sucedió, reconquistó el reino de Alepo, se ganó la fidelidad del país de Kizzuwadna, otras regiones de Siria y se inició la destrucción del imperio de Mitanni.

Arnuwanda I realizó numerosos esfuerzos para asegurar la estabilidad de la parte más vulnerable de su reino, incluyendo una serie de tratados, pactos o acuerdos. En el norte, con los kaskas; en el este, con jefes militares; y con varias ciudades en el sur.

Durante el reinado de su hijo Tudhaliya III, el reino de Mitanni firmó una alianza matrimonial con Egipto, renaciendo con energía. Tanto en el norte y sur, como en el este y oeste, el rey hitita empezó a sufrir una serie de violaciones de juramentos y actos de deslealtad, que colocarían al reino en la mayor crisis que habría de encarar antes de su hundimiento final, unos siglos más tarde.

En algún momento indeterminado del reinado de Tudhaliya III, los enemigos barrieron todos los territorios de la periferia del reino sometidos a los hititas e invadieron y saquearon el país. La propia Hattusa fue tomada y quemada. A juzgar por los textos hititas, su territorio fue completamente devastado por los invasores enemigos y convertido en una ruina.

Tudhaliya III y su hijo Suppiluliuma contraatacaron. Durante el transcurso de una generación, no solo reconquistaron todo su territorio, sino que sentaron las bases para la creación del Imperio hitita, llevado a cabo por sus sucesores. Alcanzó su zenit hacia el 1296 a. C., con la victoria de Muwatalli II, derrotando al faraón egipcio Ramsés II en la famosa gran batalla de Kadesh, derrota ocultada por los propios egipcios. Poco después del 1200 a. C. el Imperio hitita cayó a causa de los invasores denominados pueblos del mar, de nuevos asaltos de los pueblos kaskas y de los movimientos étnicos de la gran migración egea2. Los hititas desaparecieron de la historia hasta su redescubrimiento a principios del siglo xx.

¿Cómo consiguieron Tudhaliya III y su hijo Suppiluliuma triunfar en la monumental tarea de recuperar su reino?... ¡Continúa siendo un misterio!

Mapa: Imperio hitita (oscuro) y territorios vasallos limítrofes (claro). Aprox. 1300 a. C.

1. Algunos especialistas creen que Assuwa es el origen del nombre grecorromano de Asia, siendo así que la provincia romana de Asia estaba centrada originalmente en esta región.

2. Cuando también ocurre la ruina de la ciudad de Troya, en la costa del mar Egeo.

El conocimiento y la tecnología son la base del poder de los dioses, como la información y la riqueza lo son del poder de los reyes.

Capítulo 1 ACADÉMICO

I

Llovía débilmente y llegaba tarde. Mi clase favorita, historia del Imperio hitita, empezaba a las 16:00, y solo faltaban 5 minutos. A mis 24 años, ya solo me quedaban dos meses para terminar mi último curso y, por tanto, finalizar por fin mi grado de Arqueología en la Facultad de Geografía e Historia, adscrita a la Universidad de Barcelona.

Llegué por los pelos... el profesor Bargalló ya había empezado su disertación sobre el Reino Nuevo hitita. Su método de enseñanza, donde obviaba lo evidente pero incidía en lo destacable, desentrañando lo insólito o extraordinario, era excelente y mantenía el interés de todos los alumnos, sin excepción. Uno de los hechos que me impresionaron más ese día fue cómo pudo recuperarse el reinado de Tudhaliya III después de que multitud de enemigos barrieran todos los territorios de la periferia sometidos a los hititas, e invadieran y saquearan el país, quemando incluso la capital, Hattusa, hasta los cimientos.

Al terminar, me topé con mis amigos, y salimos a tomar un refresco.

—Oye, Marc, ¿tú has entendido algo? —me preguntó Óscar.

—¡Ostras!, es verdad, hoy ha sido como una historia de misterio —exclamó Alex, mi otro compañero.

—Pues a mí me ha parecido interesante —respondí—. Es inaudito cómo pudo recuperarse el reino después de ser casi totalmente devastado. Vosotros que sois tan listos, a ver: ¿cómo pudo recuperarse el reino en una sola generación, de unos enemigos que lo rodeaban por doquier? ¿Cómo lo hizo Suppiluliuma para recuperarse e incluso crear un imperio? ¡No veis que esto no cuadra! ¡Aquí hay algo más que no conocemos! ¡Este es el misterio! —exclamé con vehemencia.

—¡Vaya!, ya salió Petete con su libro gordo —exclamó Alex, un guaperas rubio, creído y engreído.

—Luego dices que no eres un empollón —afirmó Óscar, un deportista bastante más comedido.

—Es lo que ha dado a entender el Dr. Bargalló, ¡a mí qué me contáis! —exclamé molesto.

—Pues muy fácil —contestó Óscar— ¡Se sacó un arma secreta de la chistera y acabó con todos!

—Sí, como el gas mostaza —ironizó Alex.

—¡Me temo que no acertáis! —¡respondí como un imbécil!—. Creo que Suppiluliuma era un gran estratega.

—Lo que tenías que haber hecho tú era seguir los pasos de tu padre, y ¡sumergirte en la ingeniería metalúrgica! —siguió diciendo Alex.

—Sí, eso sería lo tuyo —afirmó Óscar.

—Bastante hice perdiendo un año entero con ello —contesté.

Después de tantos años juntos en la facultad, aún sigo pecando de ingenuo. No entienden cómo de fascinante pueden llegar a ser algunos de los sucesos más antiguos y poco conocidos de la historia. Y aun así, siguen siendo mis mejores amigos.

—Acordaos que tenemos que montar la fiesta de fin de curso —dijo Alex, cambiando de tema.

—¿Qué chicas invitamos? —preguntó Óscar.

—No se lo preguntarás a Marc, ¿no? —exclamó Alex—. ¡Ya sabes que con las chicas es un inepto!

—Te lo decía a ti, Alex —afirmó Óscar impaciente.

—Yo me quedo con Raquel — afirmó Alex—. Tiene mucha marcha. Tú eliges la tuya.

—Invitaré a Cloe, nos entendemos bien —afirmó Óscar—. Por cierto, también vendrán Iván y Bruno.

—Vale, pero que se espabilen ellos con sus chicas —exclamó Alex.

—Y tú, Marc, majo, ¿con quién vendrás? —preguntó Óscar.

—No tengo ninguna preferencia, supongo que la que esté disponible —afirmé, sin saber qué decir.

—Le vamos a enchufar a Paula —indicó Alex, riéndose—. ¡Tiene unas buenas delanteras!

—Sí, tal para cual, afirmó Óscar —riéndose también—. ¡Podéis discutir sobre el sexo de los esqueletos! ¡Empollón más empollona igual a enciclopedia!

Pues a mí me gustaba Paula, aunque se mofen. Estaba un poco neumática, como digo yo, cuando no son gordas ni delgadas. No obstante, era una chica con la que se podía hablar de todo y no me aburría en absoluto. Además... me gustan neumáticas, ¡caramba!

No me atrevía a pedírselo... ¿y si ya estaba comprometida con otro chico?

II

Llegó el día de la fiesta. Al salir de mi casa me encontré con Paula. Iba sola, con un ajustado vestido azul, muy escotado. Estaba muy guapa. Me miró y se acercó.

—¿Tomamos algo, Marc?

—Claro, vamos —respondí nerviosamente, acompañándola a la barra del local donde habíamos entrado.

Mientras ella pedía un Red Bull con cola y yo mi clásico pipermín con limón, empezó a hablarme de cómo le iba en la carrera.

—Te lo sacaste todo, ¿verdad? —le pregunté.

—Sí, pero me ha costado mucho Antropología Física y Forense —respondió.

—¡Anda!, pues yo no soporto la Estadística. ¡Es muy sosa! —indiqué—. Lo que se me da mejor es la Tecnología Histórica —afirmé—. ¿Has pensado en qué trabajo de fin de grado vas a presentar?

—Ya casi lo tengo terminado. El tema versa sobre la protohistoria de Europa. ¿Y tú?

—A mí me faltan las prácticas para completarlo. Trata de la tecnología durante el Imperio hitita.

—Yo haré las prácticas en el sur de Francia, en la gruta de Niaux. Ya estuve el verano pasado y saqué una colección de fotos fantástica.

—Pues yo tendré que hacerlo todo en un solo viaje. Es un poco complicado y ¡muy caluroso!

—¿Dónde vas? —preguntó intrigada.

—Turquía, en el centro de Anatolia. Han reabierto el yacimiento arqueológico de Kayalipinar, excavado por arqueólogos alemanes, hace varios años. Corresponde a la antigua ciudad hitita de Samuha, a 45 km de Sivas. Me hace mucha ilusión.

—¿Pero qué tienes que ver tú con los hititas, Marc?

—No lo sé. Cuando estaba en ingeniería, leí un libro de Trevor Bryce sobre la nueva civilización que se había descubierto en Anatolia, y me quedé atrapado. ¿Cómo era posible que una civilización tan potente no se hubiera descubierto hasta ahora? A medida que he ido conociendo sobre ella, me he sentido más atrapado y más intrigado. ¿Cómo pudo sobrevivir una civilización rodeada de enemigos, por los cuatro costados, resurgiendo cada vez de sus cenizas? Para mí todavía es un misterio, Paula, y eso mantiene mi interés por ellos.

—Sé que dejaste los estudios de tu padre y te apuntaste a Arqueología. Ahora comprendo que buscabas respuestas —comentó—. Y ¿cuándo regresas?

—Entre el viaje, la estancia y unos días en que deseo visitar Estambul y la costa de Anatolia, tardaré cerca de un mes y medio.

—¡Qué casualidad! —exclamó—. Yo estaré en Estambul durante la última semana de agosto. ¿Cuándo estás tú?

—Sí, pues también es casualidad, estaré durante esta semana, antes de regresar a Barcelona. Podríamos vernos, ¿no? —le propuse.

—Me encantaría. El primero en llegar que avise al otro —respondió.

De repente, empezó a sonar una canción melódica, me cogió de la mano y me sugirió ir a bailar.

—¿Cómo te va en tu vida amorosa, Marc? —me soltó a bocajarro mientras bailábamos.

—No sé —balbuceé, sin saber qué decir—. No salgo mucho, todavía no terminé el trabajo de fin de grado.

—Pero sales con alguien, ¿no? —siguió sonsacando.

—¡Qué va!, solo con mis amigos.

—Los conozco, ¡me parecen bastante bordes!

—Sí, especialmente Alex, sin embargo, en el fondo es buen chico —comenté.

—Nunca me has propuesto salir, ¿no te gusto? —preguntó.

—Claro que me gustas —balbuceé.

—Lo sé... no has quitado ojo de mis pechos y lo noto en tu entrepierna —dijo mirándome y sonriendo.

Me quedé mudo, sorprendido… hasta que al fin conseguí articular:

—No puedo evitarlo.

—Somos adultos, Marc, ¿quieres que vayamos a mi casa? Ahora no estarán mis compañeras.

No era la primera vez que me acostaba con una chica, pero con ella era distinto. Creo que cuando una chica te gusta de verdad tiendes a respetarla, sin darte cuenta, como si tuvieras miedo de que sea algo pasajero, y pretendes prolongarlo en el tiempo. ¡Pero las chicas de hoy día parece que tienen prisa!

III

Se acercaba la fecha de mi partida y todavía no había terminado de preparar el equipaje. Lo más complicado era decidir la ropa y el equipo de campo. El profesor Kamuk, de la Universidad de Ankara, que dirigía la excavación, no me informó de las peculiaridades del clima en julio-agosto. En el lugar de la excavación, por la información ofrecida en la web, el calor debía ser insoportable. Calor de día y frío por la noche, supuse. Debería llevar un poco de todo. No conocía tampoco el tipo de alojamiento que tendría. En la mochila dispondría el equipo de campo, el cual era bastante voluminoso, puesto que debía cubrir mis necesidades en el campo, con cobertura de telefonía móvil pero sin electricidad. Me advirtieron que los escasos generadores solo funcionaban para la maquinaria excavadora y para la iluminación nocturna. No había para más.

Tuve que desechar la cámara fotográfica, demasiado pesada, y a cambio me procuré un buen smartphone de carga solar, con una cámara de fotos avanzada y muchas tarjetas de memoria SD, para documentar mi trabajo. Piqueta, pincel, libreta, varios lápices y bolígrafos, cantimplora de aluminio, cuchillo, botiquín, neceser de aseo, crema solar, una buena linterna (también de carga solar) y un capote impermeable para la lluvia, completaban mi equipo base.

Por supuesto, iría bien provisto de unas buenas botas, pantalones y camisas con muchos bolsillos. También sombrero de ala ancha, con correa, para protegerme del sol.

Los vuelos hacia Estambul y Ankara fueron soportables, incluso agradables al fresco del aire acondicionado del avión. El traslado terrestre de Ankara hasta Kayalipinar fue largo y pesado, debido a la tortuosa carretera del tramo final.

Por fin descendimos del autocar, al término de un camino de tierra que conducía al yacimiento de Samuha, unos cien metros más adelante.

La excavación estaba bastante avanzada después de dos años de trabajos. Se podían contemplar enormes moles de piedra y columnas que conformaban la estructura de una ciudad antigua. En la ciudad alta se observaban restos de multitud de templos y lugares sagrados, como correspondía a una ciudad donde Mursili II, hijo de Suppiluliuma, hizo construir un templo para la diosa Sausga, y lo convirtió en el santuario principal del imperio. En la sección baja se distinguían los restos de las casas y sitios de la vida cotidiana.

La misión que me había propuesto para mi trabajo de fin de grado era investigar las posibles factorías, donde los hititas preparaban sus alimentos y elaboraban productos artesanos, como cerámicas, armas, herramientas, tejidos, tintes, perfumes, etc. El interés de mi investigación era descubrir con qué tecnología contaban y especialmente si destacaban con algún avance que pudiera explicar su hazaña imperial. También me interesaba el origen del dios Tormenta de Samuha, puesto que no se le conocía ningún parentesco con otros dioses hititas, como era habitual.

Mi alojamiento consistía en una gran tienda que compartía con otros tres estudiantes, un turco, un sirio y un libanés. Nos entendíamos en inglés y nos repartimos las tareas comunes de espacio y limpieza. Solamente disponíamos de comida caliente los viernes y sábados. El resto de los días se nos entregaban unas latas de conserva que consumíamos después de calentarlas al sol del mediodía.

Empecé a investigar la existencia de restos relativos al dios Tormenta de Samuha, buscando en la ciudad alta. Era uno más de los mil dioses hititas, pero en Samuha se le tenía mucha devoción y se presentaban muchas ofrendas para obtener su protección. Parece ser que no era oriundo de la ciudad, aunque residió en ella. Protegió eficazmente la ciudad después de los furiosos ataques de los enemigos del país de Hatti, que sembraron la desolación y casi destrucción de todo el reino. Encontré muchos restos de ofrendas y tablillas de arcilla, que hacían mención a él, pero solo una de ellas hacía una vaga alusión de su origen, anunciando que apareció de más allá de donde se pone el sol. Esa es toda la información relevante que obtuve, durante la semana que había decidido dedicar al tema del dios Tormenta.

Me trasladé entonces al sector de la ciudad baja. Cada día agarraba la mochila, con mi equipo, cantimplora y comida enlatada, y recorría el sector buscando restos de potenciales edificaciones con posibilidad de presencia de manufacturas, ya sea por tamaño o distribución de sus dependencias. Lo examinaba con atención y excavaba donde consideraba que podía haber más probabilidad de encontrar restos de utillajes o maquinaria. Dediqué varias semanas a ello, pero solo hallaba restos de bronce en muy mal estado y pequeños espacios herrumbrosos, que después de analizarlos contenían un alto porcentaje de hierro. Estaba convencido de que se trataba de herramientas o armas de hierro, pero no tuve la suerte de encontrar ninguna con un estado de conservación suficiente como para poder identificarla con certeza.

Me quedaban solo un par de semanas de mi periodo de trabajo en el yacimiento, y me encontraba muy desanimado.

El profesor Kamuk trabajaba en la limpieza grosera de las superficies del yacimiento, para localizar zonas con restos arqueológicos. Concretamente, estaba limpiando la ladera rocosa cerca del santuario, cuando descubrió una extraña gruta. Esta gruta daba paso a un túnel de al menos 23 metros, donde una obstrucción impedía seguir, pero que posiblemente se prolongaba mucho más allá. Este pasaje secreto pudo haber tenido un uso sagrado, pues una tablilla de arcilla con escritura cuneiforme hallada en él, con el sello de un rey hitita, explica a los sacerdotes el desarrollo de una ceremonia religiosa.

Los rituales y ceremonias, incluidos los sacrificios de animales y las ofrendas de alimentos, eran habituales para satisfacer a las deidades. El rey era considerado el ser humano más cercano a ellos. En esta función, en cierto modo como un sumo sacerdote, era responsable de comprender sus voluntades y solicitar su benevolencia gracias a varios procedimientos adivinatorios.

No era el primer túnel que se descubría. En otras ciudades hititas se habían descubierto otros. ¿Qué uso hacían los reyes hititas de la red de túneles que serpenteaban bajo la ciudad? ¿Les permitía llegar a los santuarios de forma más rápida? ¿Se efectuaban sacrificios en su interior? Esta es una hipótesis a considerar, porque el profesor Kamuk también desenterró un esqueleto durante sus excavaciones. Un descubrimiento importante, porque son los primeros huesos del periodo hitita que se encuentran.

Antes de penetrar en la gruta, que se hallaba cerca de un santuario, el profesor Kamuk nos consultó a mí y otros técnicos de la excavación nuestra opinión sobre la posibilidad de que se tratase de una «puerta del infierno» o «entrada al averno», como se llamaba en la antigüedad a lugares parecidos.

Los pájaros que se aventuraban a volar por las inmediaciones desfallecían.

En estas cuevas o grutas, los sacerdotes celebraban sacrificios de animales durante la aurora, que parecían milagrosos, pues los animales caían muertos, sin intervención humana. Los fieles se sentaban en gradas, alrededor de la entrada, para contemplar dicho espectáculo. Los sacerdotes acercaban a una cabra, oveja o buey, todos sanos, y los conducían hasta la boca de la gruta, situada en el interior de una estructura rectangular del templo. Morían rápidamente, sin que los sacerdotes que los acompañaban sufrieran daño alguno.

La explicación dada por la revista Science al desfallecimiento de los pájaros y muerte de animales, es que se debía a la emanación de dióxido de carbono volcánico en concentraciones mortales. Más tarde, arqueólogos y vulcanólogos de la universidad alemana de Duisburg-Essen, dieron una posible explicación al misterio de los sacrificios, tras un nuevo estudio. Durante el día el sol disuelve la neblina de dióxido de carbono, pero durante la noche, el gas, más pesado que el aire, queda concentrado en el rectángulo y, cuando llega el amanecer, la concentración se vuelve mortal. A medio metro del suelo su concentración es del 35 %, suficiente para asfixiar a cualquier ser vivo. No obstante esa concentración, disminuye intensamente al aumentar la altura. Así que los sacerdotes que conducían a los animales respiraban prácticamente aire puro, mientras los animales iban ahogándose en cuanto pisaban el recinto, al respirar cerca del suelo.

Todos los técnicos coincidimos en que la gruta descubierta no tenía los requisitos necesarios para presentar emanaciones de dióxido de carbono en alguno de sus tramos, con lo que se pudo continuar con la exploración del túnel interno.

Se me ocurrió que sería interesante explorar en el interior de los túneles descubiertos, desde la óptica de mi trabajo, y así se lo manifesté al profesor Kamuk. Este puso objeciones, aduciendo la falta de seguridad del lugar. No hay razones que puedan superar a la seguridad; por lo tanto, alegué que el día siguiente era mi aniversario de nacimiento, y su autorización podría considerarse como mi regalo —lo que además era verdad—.

Después de consultar mi expediente, no hubo ningún inconveniente. Me autorizó solo para ese día, advirtiéndome, no obstante, que al tratarse de una zona inexplorada debía tomar todo tipo de precauciones en equipo y seguridad, para evitar accidentes.

Con el equipo preparado y completo, penetré en la gruta. Al principio solo se distinguía un túnel de unos dos metros de altura y algo más de anchura, marcado por una línea de lucecitas instaladas por el equipo de excavación. Después de avanzar unos 20 metros, se bifurcaba en dos tramos de igual sección, y al cabo de otros 5 metros más, en otros dos tramos adicionales, los cuales ya no estaban iluminados. Saqué mi linterna y avancé por uno de ellos, instintivamente, como si me empujara una fuerza desconocida. Apareció otra bifurcación, esta vez de secciones distintas. Tomé, sin dudar, el tramo de sección más pequeña y seguí avanzando hasta llegar al final del tramo. Había una pared de roca con un disco de piedra, más pequeño, a modo de puerta. Encima de la piedra redonda se distinguían unos garabatos medio ocultos por el polvo y la tierra. Limpié las letras con el pincel y apareció una corta frase cincelada en la roca. Me pareció acadio, pero no estaba seguro, así que le hice una foto con el flash de mi smartphone, lo más cerca posible, para distinguirla mejor. Definitivamente, no era acadio, quizás hitita, que tenía más posibilidades, al tratarse de una ciudad hitita. Tenía conocimientos de hitita, como obliga mi especialidad, sin embargo, no acertaba a traducirla. La frase constaba de solo cuatro palabras, pero solo estaba seguro de las dos primeras: «Ir» y «para»... no reconocía las otras dos. «No importa —pensé—, luego, en el ordenador de la tienda, podré averiguar su significado».

Me concentré de nuevo en el túnel y la piedra circular que cerraba el paso. La piedra estaba desplazada hacia la derecha de la pared que cerraba el tramo, por lo que debería moverse hacia la izquierda para mostrar lo que ocultaba. Escudriñé el suelo a la izquierda de la piedra, limpiando la tierra a la vez que enfocaba con mi linterna. Se distinguía un tenue rastro de rozamiento, lo que confirmaba que la piedra podía deslizarse hacia un lado. Probé empujando, pero ni tan siquiera se movió, parecía como adherida a la pared de roca. Examiné con la luz de la linterna el contacto entre piedra y pared. Efectivamente, el tiempo, la humedad o la caliza, parecía que las habían soldado con sustrato mineral.

Empecé a desesperarme, pues el día ya estaba avanzado y no tendría otra ocasión para volver. ¡Debía conseguirlo! Abrí mi mochila, saqué mi piqueta y mi cuchillo y empecé a picar y rascar, con fuerza. La capa de soldadura era más fina de lo que me esperaba, y en poco tiempo terminé. Ya se movía, pero no rodaba fácilmente. Tuve que apoyar mi espalda en la piedra y apoyar las piernas en la pared lateral para conseguir que rodara un poco. Lentamente, después de mucho esfuerzo, conseguí que la puerta rodara lo suficiente como para dejar paso a mi cuerpo por el hueco que ocultaba. El otro lado también estaba oscuro. Recogí todo el equipo en el macuto y me dispuse a cruzar la abertura.

Crucé, iluminando con mi linterna. Parecía que estuviera apagada, ¡tuve que comprobarlo hasta dos veces! La luz no se reflejaba en ningún lugar a mi alrededor, ni siquiera en el aire, como si no existiese. La oscuridad era absoluta. Ningún olor excitaba mi olfato, ningún ruido mi oído, como si estuviera totalmente sordo. Un estremecimiento sacudió mi cuerpo, que empezó a temblar sin poder evitarlo. La sangre se me helaba en las venas y el aliento en el aire. Daba la sensación de encontrarme en un espacio infinito, sin paredes, sin límites. Advertí que había perdido también la orientación, la noción de derecha, izquierda, delante y atrás. No sabía a dónde dirigirme. Estaba desconcertado por completo. Enfoqué mis pies con la linterna y no vi el suelo... ¡entonces me asusté!

De pronto, un destello de intensísima luz me hizo cerrar los ojos y perdí el conocimiento.

Capítulo 2 IR PARA NO REGRESAR

I

Desperté como si me hubieran dado una paliza, me dolía todo el cuerpo, no sé cuánto tiempo estuve sin sentido. Esperé un poco para recobrar el aliento, comprobé que tenía todas mis posesiones y me levanté. Había poca luz. Mis ojos se adaptaron a los tenues rayos que penetraban por una pequeña abertura en la parte superior, a mi izquierda, que impregnaban el ambiente con el débil resplandor del crepúsculo. Me di cuenta de que había transcurrido casi todo el día desde que me interné en el túnel.

Me hallaba en una estancia rectangular, de pequeño tamaño, paredes y suelo de piedra. La sala era diáfana, sin ningún objeto, mueble o herramienta. Solo una puerta de madera, cerrada, se distinguía, además de la pequeña ventana.

Abrí despacio la puerta y asomé la cabeza. Observé un angosto pasadizo que daba paso a una estancia mayor, con grandes ventanales. Me dirigí hacia ellos y escruté el exterior. Me hallaba en un edificio de cierta envergadura, quizás un templo, por encima de una aldea de mediano tamaño. Ni rastro de ruinas de ningún tipo. Arribé directamente al yacimiento y no tuve ocasión de visitar la ciudad de Kayalipinar (Samuha, en época hitita), pero lo que veía más parecía un pueblo que una ciudad.

No tenía ni idea de donde me hallaba, así que salí con precaución, aproveché la tenue luz que quedaba y descendí hacia el poblado, con el objetivo de explorar un poco. Olía a humo, pero no se observaba ningún fuego.

Parecía una aldea, con construcciones en adobe de una sola planta, inconexas, cuyo exterior era el campo, con colinas y montañas. Me extrañó que en Turquía todavía quedasen aldeas en este estado de atraso. Intenté llamar con mi móvil, pero no había cobertura; consulté mi GPS en el smartphone, pero no marcaba ninguna posición. Estaba oscureciendo y no se veían luces en la calle, ni ningún tipo de vehículo. En los alrededores, oscuros, no se vislumbraba ningún resplandor a lo lejos que pudiera indicar la presencia de alguna ciudad cercana, tan solo el perfil negro de las colinas, contrastadas con el azul oscuro del cielo estrellado.

Sentía temor y recelo... algo no encajaba. Deambulé por las calles, hacia las afueras, para buscar un lugar donde descansar, alejado de la aldea. Observé el entorno con esmero. Algo me llamaba la atención, pero no acertaba a precisar. Me quedé pensativo un buen rato, hasta que me di cuenta.

Eso que veía era el contorno de las colinas del yacimiento, recortadas en el cielo estrellado, así pues me hallaba muy cerca de donde inicié el recorrido. El túnel debía conducir a un lugar cercano y me llevó hasta allí. Caminando en una noche oscura, sin luna, rodeado de luciérnagas por doquier y de estrellas en la cúpula celeste, daba la sensación de flotar en el inmenso cosmos cual cometa errante, sin rumbo. Me arropé al abrigo de un gran tronco de árbol para pasar la noche y descansar.

Mañana por la mañana exploraría más terreno, intentaría llegar al yacimiento y contactar con mi equipo.

Desperté sobresaltado por el ruido de lo que parecía ganado desplazándose con rapidez. Me levanté y lo que vi ¡me dejó estupefacto!… Se trataba de un puñado de hombres a caballo que cabalgaban hacia la aldea. Llamaban la atención sus vestimentas, hechas de pieles y sayos de lino harapiento, y sus armas, en forma de lanzas, pequeñas hachas, garrotes y arcos con flechas. No parecían de mi época ni tenían buenas intenciones... Quizás se trataba de la filmación de una película, pensé.

Me acerqué un poco más para poder observar con más claridad el desarrollo de la acción, intentando no molestar al equipo de filmación, en caso de que lo hubiera.

Los presuntos salvajes entraron en la aldea a todo galope. Aporreaban y herían a muchos aldeanos, que salían de sus casas sorprendidos por el ruido y el griterío. No parecía que ofrecieran demasiada resistencia, pero aun así eran golpeados y arrastrados por los jinetes hacia el centro de la explanada de la aldea. Alguno se resistía, pero rápidamente era alcanzado y muerto. ¡La acción parecía muy real!, y la escenografía también estaba muy bien conseguida.

Pronto se escucharon multitud de gritos de mujer y alaridos de dolor, que procedían del interior de las viviendas. Claro, las estaban violando, ¡buen efecto de pavor! El ambiente escénico era impresionante y hasta a mí se me erizaba el pelo de la impresión.

Algunos hombres, en la explanada, se revolvían contra los atacantes y velozmente eran neutralizados con golpes en la cabeza o tajos de hacha, y la sangre empezaba a teñir el suelo de rojo. Pero no parecía una matanza indiscriminada, habían separado a hombres de mujeres y de niños, y los ataban a todos en varias hileras. Tan solo los ancianos y los niños muy pequeños quedaban en el suelo, maltratados y abandonados.

Tampoco incendiaron los tejados de paja de las casas, parecía que su intención no era destruir, tan solo saquear, capturar botín y apresar a esclavos. Una vez cargados los carros y organizada la caravana humana, se fueron apresuradamente. Tan solo quedaron los lamentos de los malheridos y los gritos de rabia y dolor de los supervivientes.

Me resistía a aceptarlo, pero ¿dónde estaban las cámaras y el personal de filmación, los focos de iluminación (era el amanecer), los micrófonos de sonido, etc.?... Y entonces caí en la cuenta: ¡todo era real! ¡Cómo era posible! ¿Qué banda de ladrones y asesinos podía haber hecho esto?

De forma inmediata me dirigí a la aldea para intentar ayudar en lo que pudiera. Había hombres y mujeres muertos por doquier, algunos con la cabeza abierta y los sesos al aire, otros sin brazos o profundos cortes en el cuerpo. Algunos todavía estaban vivos, desangrándose, sin nada que yo pudiera hacer. Llegué a la explanada, donde solo los ancianos gemían, algunos heridos, y los niños muy pequeños lloraban. En uno de los lados se encontraba un pozo, con cubos y cuerda, así que empecé a sacar agua y dar de beber, limpiar heridas y tranquilizar a la gente.

Hablo un poco de turco, lo entiendo mejor, pero notaba que no comprendía nada de lo que decían, ni ellos a mí. Poco a poco empezaron a acercarse otros aldeanos, tanto hombres como mujeres, aquellos que habían huido o se habían escondido y ahora regresaban pasado el peligro. Tampoco nos entendíamos, y me miraban con cierto recelo. No era para menos, todos llevaban toscas vestimentas con una cuerda en la cintura, muy distintas de mis pantalones, chaqueta, mochila y sombrero (que no llevaba puesto).

Me llamó la atención un anciano que intentaba levantarse. Tenía un porte de elegancia y nobleza. De rasgos pronunciados, frente ancha y ojos profundos, se notaba distinto a los demás. Una barba gris y una larga melena blanca delataban su avanzada edad. Vestía una túnica de tela fina y elegante, con pliegues, pero sin mangas. Recogí una larga vara del suelo y se la devolví. Me miró, con semblante asustado, recorrió mi cuerpo de arriba abajo y clavó sus ojos en los míos. Yo también me quedé mirándolo fijamente, observando cómo su rostro se relajaba, hasta adoptar una expresión firme pero bondadosa. Tenía un corte en el brazo, que sangraba con abundancia. Había perdido mucha sangre y se sentía débil. Afortunadamente, no era profundo, y me fue fácil cortar la hemorragia, con un simple torniquete y unas vendas de mi botiquín.

Me ofrecí a ayudarle para andar hacia donde quisiera, suponiendo que sería a su casa.

—Tesekkur tanri —me dijo.

Mientras lo acompañaba, reflexionaba sobre la palabra que pronunció. Lo lógico es que significara algo como gracias, pero estaba seguro de que no era turco.

Entonces caí en la cuenta que tanri era la palabra hitita para «Dios». Durante mis estudios había traducido una inscripción que decía «el pueblo de los mil dioses», sobrenombre dado a los hititas por sus contemporáneos, debido a que cada actividad diaria tenía su propia divinidad.

La otra palabra, Tesekkur, efectivamente era «gracias», ¡en hitita!

Esto me desconcertó, no es posible que una aldea conserve todavía la cultura hitita, después de 3.300 años, en plena república turca.

Aquí había pasado algo más grave que un simple desplazamiento espacial.

Por fin llegamos a la que debía ser su casa. En la oscuridad del crepúsculo anterior no la había visto. Se trataba de un edificio de piedra, de dos plantas, bastante simple pero fuerte y práctico.

En su interior estaba todo revuelto y medio destrozado. Había sido saqueado y aparentemente se habían llevado todo lo de valor. Varias mujeres limpiaban y ordenaban las estancias. Sacaban nuevos muebles y cerámica de profundos huecos en el suelo, que debían servir de escondite. Daba la impresión de que estaban acostumbrados a este tipo de saqueo, hecho corroborado por la gran cantidad de personal y movimiento que se advertía en toda la aldea.

Parecía que no se hubieran llevado a nadie de tanta gente como se veía.

—Haydi —dijo el anciano.

Tuve que repasar mis estudios de hitita antiguo para recordar que significaba «venga». Por suerte, antes de la expedición me había instalado un diccionario hitita-español en el móvil, por si tenía que traducir escrituras. Gracias a ello pude continuar la conversación.

—Me llamo Huruk —continuó.

—Me llamo Marc —respondí.

—Ya veo que eres extranjero. Han sido los kaskas, una tribu de salvajes de las montañas del norte —indicó muy despacio, apesadumbrado—. Se repite cada 3 o 4 años, pero cada vez estamos mejor preparados. No somos guerreros, de eso se encarga el rey.

Conocía a los kaskas, una tribu bárbara del norte, en época hitita. Pero… ¿ahora? Y el rey, ¿qué rey, si estamos en la República de Turquía?

—¿Qué rey? —pregunté.

—Me he dado cuenta de que no eres de aquí —repitió—. El rey Tudhaliya III, hijo de Hattusili II —contestó.

¡El cielo se me cayó encima! El rey Tudhaliya III era hitita y reinó entre 1360 y 1344, ¡antes de Cristo!

No había sufrido un desplazamiento espacial, sino uno temporal... ¡nada menos que de 3.300 años hacia atrás! ¡Me hallaba en el Reino Nuevo hitita real! «No es posible —pensé—. Debo encontrar el punto de entrada para volver a mi época».

—Efectivamente, vengo de muy lejos —respondí—. Y he de encontrar el camino de regreso, pues me he perdido.

Yo hablaba de forma entrecortada y simplificada, pero parece que me entendía. Algo similar me ocurría a mí, no entendía todo, pero interpretaba el sentido de cada frase.

—¿Por qué camino llegaste? —preguntó Huruk.

—No sé... desperté en el interior de una pequeña estancia, ahí arriba —dije, girándome y señalando por encima de la aldea hacia un santuario… ¡que no había advertido hasta ahora!

No muy lejos, un río giraba en un amplio abanico, rodeando la aldea. Era el Kizilirmak, el río que también bordeaba Kayalipinar.

—Vamos a comer y luego buscamos el lugar —contestó.

Llamó a una sirvienta de piel oscura y ojos negros, que al rato nos trajo una bandeja de fruta (supongo que con el desorden todavía no podían cocinar, a pesar de que ya se veía un fuego que calentaba una olla de barro).

—Permita que le invite —respondí, suponiendo que mi situación era mejor que la suya.

Saqué una lata de lentejas con ternera de mi mochila y se la entregué al sirviente, indicando que la calentase en la olla.

—En absoluto —respondió ofendido—. Estamos en mi casa.

Murmuró una especie de oración y empezamos a comer la fruta. Mientras estábamos comiendo se acercó tímidamente una joven, un poco sorprendida.

—Acompáñanos, Irina —le dijo Huruk.

La chica se sentó a nuestro lado y tomó una fruta.

—Os presento a mi hija Irina —dijo Huruk.

Una muchacha joven, bien parecida, de cabello castaño muy corto, rostro franco, nariz delicada y labios pronunciados, me miró.

—Encantado, me llamo Marc —contesté, inclinando la cabeza.

Al rato llegó la sirvienta con la lata caliente en un plato de barro. Cogí la lata, tiré de la anilla y abrí la tapa, vertiendo su contenido en el plato. Se lo di a Irina, para que lo probase, quien no lo rechazó.

—Me temo que debo marcharme, debo encontrar mi camino antes de que oscurezca —dije tan pronto terminé de comer.

—Acompáñale al santuario —pidió su padre a Irina.

Por el camino Irina no dejaba de mirarme de arriba abajo, supongo que por mi indumentaria, que nunca habría visto antes. Además de los pantalones y las botas de cuero, llevaba un chaleco lleno de bolsillos de donde asomaban varios utensilios, como mi linterna, varios bolígrafos y mi smartphone de carga solar, que brillaba de forma ostensible en un bolsillo de malla transparente, para que se cargara durante el día. Mis gafas de sol también colgaban de mi bolsillo superior. Irina aprovechó para interrogarme.

—¿De dónde vienes? —preguntó.

—Vengo de otro país, muy lejos de aquí —respondí.

—¿De Egipto? —insistió, puesto que entonces ese país era el más avanzado de la zona.

—No, de un país mucho más lejano, hacia donde se pone el sol —dije, cerrando la conversación.

Llegamos al santuario, pero las puertas estaban cerradas.

—No se puede entrar en el santuario sin el consentimiento de los sacerdotes —afirmó Irina.

—Pero yo llegué por aquí —insistí—. Era de noche y no recuerdo con exactitud el lugar.

—Ven —dijo, cogiéndome la mano y llevándome hacia un lado del edificio.

A una altura de casi dos metros, se observaba una pequeña abertura, que daba paso al interior, debajo de unos grandes ventanales. Quizás era allí por donde descendí hacia la aldea.

—Voy a entrar —afirmé con seguridad.

—Te acompaño —respondió Irina.

Subimos hasta la estancia de los grandes ventanales, recorriendo toda la cámara, en busca del angosto corredor que me había llevado hasta ellos.

—Lo que buscas está por ahí —indicó Irina—. Lo conozco.

Tenía razón. Penetramos por el angosto pasadizo hasta la puerta de madera, que estaba cerrada. La poca luz que entraba no dejaba ver los detalles, así que encendí mi linterna. Una exclamación detrás de mí me sobresaltó. Me di la vuelta y enfoqué la luz. Era Irina y la luz iluminaba su asustado rostro. Cogí su mano y la puse sobre la luz de la linterna, diciéndole:

—No te asustes, no quema, debo abrir la puerta, pues es por aquí por donde entré.

No disponía de cerradura. Examiné concienzudamente la puerta y alrededor de ella, en busca de aberturas o salientes, posibles mecanismos o palancas. Nada.

—No podrás entrar —afirmó Irina, recuperada del sobresalto.

—¿Por qué? —inquirí en seco.

—Es una puerta sagrada —indicó—. Solo pueden entrar los sacerdotes para consultar a los dioses. Se abre por dentro. Está terminantemente prohibido siquiera acercarse. ¡Debemos irnos ya!

Esto me descorazonó de forma considerable y me dejó anonadado. Me arrastró hacia el exterior del templo y me desmoroné. Me senté en una roca y apoyé mi cabeza sobre mis manos con los codos en mis rodillas, afligido. Entonces Irina se acercó y me dijo

—Por aquí no puedes haber llegado, Marc, no hay ningún camino, estás confundido. Solo hay dos caminos en la aldea, uno baja de las montañas del norte y el otro conduce de la ciudadela de Hattusa hasta el país de Azzi, pasando por Samuha.

—Entonces, ¿dónde estoy ahora? —exclamé.

—En Samuha —me confirmó—. Puedes quedarte aquí con nosotros, si lo deseas.

Era el nombre hitita de la ciudad turca de Kayalipinar. Me resistía, no podía aceptar que debería quedarme aquí para siempre... por otro lado, me atraía la posibilidad de conocer la cultura y el reino hitita, mi gran obsesión, de primera mano.

En algún momento indeterminado del reinado de Tudhaliya III se produjo el colapso del reino hitita, y el posterior renacimiento con su hijo Suppiluliuma I. Los historiadores todavía investigan para averiguar cómo logró tal proeza.

No conocía en qué año de su reinado me encontraba y, por tanto, no podía prever el inicio del colapso, pero aun así, me seducía quedarme hasta encontrar una solución para volver a mi época. Se me ocurrió enseñar la foto de la inscripción de la puerta circular de piedra a Irina, por si me aclaraba algún aspecto que debía saber.

—Irina, ¿puedes decirme lo que dice? —dije, enseñándole la foto.

—¡Oh! —exclamó, alejándose del smartphone iluminado, pero acercándose de nuevo, al recordar mi explicación—. Claro que conozco lo que dice. Es de una antigua leyenda que cuenta de dónde vienen los dioses: «IR PARA NO REGRESAR».

II

Retornamos a casa de Irina y me instalé en una habitación en el piso de arriba. Se trataba de una pequeña sala, de unos 6 x 8 metros, el suelo era de madera, la sala solo disponía de una puerta y una ventana bastante grande, con vista al exterior, el resto eran solo cuatro paredes. En el suelo de madera reposaba una especie de camastro con paja recubierta de tela. Ningún mueble, ni baño, ni agua, ni persiana en la ventana. ¡Parece que la vida aquí es de sol a sol!

Durante varias semanas ayudé en la reconstrucción de la aldea e inicié contactos con varios ciudadanos. Por lo visto se había corrido la voz de mi lejanía, de mi peculiar equipo de comida al instante y del fuego que no quema… por ello la gente me miraba con cierto respeto.

Tan solo algunos aldeanos me miraban con recelo.

Tenía largas conversaciones con Huruk, quien pertenecía al consejo de ancianos. Poseía autoridad local en la aldea, y me puso al corriente de la actividad de la misma, centrada en la minería y la fundición de metales, especialmente cobre y bronce, debido a la riqueza de cobre en las colinas circundantes.

La mano de obra se basaba en los esclavos capturados al enemigo para las tareas pesadas y en artesanos libres o esclavos liberados, para otras tareas más cualificadas. Los esclavos no recibían ningún salario, pero eran bien tratados y estaban bien alimentados. Los artesanos cobraban sus servicios con la venta o intercambio de sus artículos.

El comercio local se basaba en el trueque, excepto los utensilios de metal, como herramientas, utillajes y armas, que se pagaban con oro, siclos de plata o cobre. Algunos metales como el estaño, para fabricar la aleación de bronce, había que comprarlo a los mercaderes extranjeros, pues no lo había en el país, y también se pagaba con oro o plata.

A estas alturas yo ya dominaba un poco más el idioma, había adoptado su vestimenta y no me distinguía de ellos, excepto por las botas. Después de la comida, Huruk me interpeló.

—Prácticamente hemos terminado con la reconstrucción de la aldea, Marc. Deberías decidir qué actividad deseas realizar para labrarte tu futuro aquí.

—¿Qué opciones tengo para elegir?

—Hay varias —afirmó, enumerándolas a continuación—. El capataz de las minas murió en el ataque y necesitamos uno nuevo. El maestro fundidor, Task, ha perdido muchos hombres y precisa ayudantes para las labores de fundición y forja. También puedes participar en la construcción y diseño de edificios y estructuras, y en las labores de limpieza, ¡aunque no te lo aconsejo!

—¿Tú que me sugieres?

—No conozco bien tus aptitudes, ni siquiera tus conocimientos, pero he observado que razonas bien y calculas con rapidez. Yo te recomendaría la construcción de edificios.

—Déjame unos días para reflexionar y te daré mi respuesta — contesté pensativo.

Salí afuera con intención de pasear y reflexionar sobre lo que me había dicho Huruk. El tema de las minas y trato con los esclavos lo descarté de inmediato. La fundición y forja era un trabajo muy duro, para el que no tenía una fortaleza física suficiente. Para el asunto de la construcción no conocía todavía los materiales disponibles, como para poder tomar decisiones acertadas.

Inmerso en mis pensamientos no me percaté de que se había acercado sigilosamente Irina, que al rato me interrumpió.

—Te veo un poco afectado, Marc. He escuchado lo que te ha dicho mi padre.

—Pensaré en ello con detalle —dije, mirándola fijamente—. Irina, nosotros hemos hablado en algunas ocasiones, pero todavía no conozco qué es lo que haces ni cuáles son tus deberes con la comunidad.

—Es cierto, no hemos hablado de ello. Desde hace medio año que participo en las ceremonias del santuario, donde veneramos a la Diosa Sausga. Samuha es el principal centro de culto a la diosa. Si no la veneramos, nos castiga con enfermedades y epidemias que nos causan mucho dolor.

—Por eso conocías el santuario, ¿verdad? ¿Y qué puedes decirme del dios Tormenta?

—No hay ningún dios Tormenta en Samuha —respondió.

—¿Pero hasta cuándo serás sacerdotisa de la diosa? —pregunté intrigado.

—Las mujeres hititas de origen noble tenemos obligación de efectuar un servicio de 3 años a la diosa. No es una labor fija, sino discontinua, solo en determinadas ocasiones y festividades, cuando nos desplazamos por las aldeas del entorno para festejar las bendiciones de la diosa y pedirle su benevolencia. A pesar de que la diosa Sausga se considera la protectora del estado hitita y sus ejércitos, nunca vamos a la capital, Hattusa... es el rey quien viene al santuario.

—¿Y qué aspecto tiene la diosa? —pregunté curioso.

—Normalmente se representa desnuda, con las manos encima del vientre, sosteniendo sus senos o blandiendo un arco sobre un carro tirado por leones. En su aspecto de divinidad amorosa, Sausga es la protectora de las prostitutas y de los amoríos extramaritales.

Luego supe que esto no tenía una connotación especial en el país de Hatti, ya que el matrimonio era un contrato solemne que perpetuaba la familia como sostén del Estado y como generadora de riquezas, pero en el que no se hablaba de amor o de fidelidad amorosa.

—Ya me la presentarás —dije, sonriendo con guasa y tocándole la barbilla.

—¿Sabes ya lo que quieres? —dijo sonriendo, apartando mi mano y mirándome interesada.

Incliné la cabeza y dejé pasar unos instantes antes de responder.

—Me atrae el tema del diseño de edificios, pero realmente lo que necesita la aldea es mejorar la higiene y salubridad —afirmé—. ¡Huele que apesta por todos lados! —exclamé, mostrando aspecto de asco—. ¿Tú qué opinas?

—Es un trabajo muy duro y asqueroso —contestó con firmeza—. Se encargan los esclavos de la aldea más rebeldes, como castigo. No te lo recomiendo.

—¿Qué significa «esclavos de la aldea»?, ¿de quién son los esclavos?

—Hay varios tipos de esclavos —contestó con cara de resignación—. Están los esclavos de la comunidad, que se encargan de las tareas generales de la aldea y se adquieren con fondos del pueblo. Los esclavos de las minas, que pertenecen al propietario de las minas; y los esclavos particulares, que adquiere cada hombre libre o noble, por su cuenta, ya sean para ayudar en sus labores artesanales o domésticas.

—Observo que hay una gran diversidad de etnias entre los esclavos. ¿De dónde salen?

—Normalmente, son cautivos de guerra capturados en las expediciones de expansión del reino, o en la defensa de las razias de los bárbaros. A los hombres, una vez capturados, se les da a elegir entre esclavitud o servir en el ejército durante 10 años, para obtener su libertad. Luego se integran en la sociedad hitita (libertos). Las mujeres van al servicio doméstico o sexual, hasta que se unen a un liberto.

—¿Servicio sexual? —respondí extrañado.

—Los hombres se satisfacen de ellas, es normal. A pesar de tener varias esclavas, siempre respetan a su esposa, cuando la tienen.

«Eso explica la multiculturalidad que he observado», pensé en mi interior. El capital humano es uno de los valores más importantes en una época en que los humanos, que solo vivían unos 30 o 40 años, escaseaban, y la mortalidad infantil (y adulta) era enorme. En unos tiempos en que la costumbre era pasar a cuchillo a poblaciones enteras, me pareció una actitud muy inteligente, por parte de los hititas, integrar a sus enemigos bárbaros en su ejército o en su sociedad más desarrollada.

—¿Y los niños esclavos? —pregunté intranquilo.

—Los niños permanecen con sus madres hasta que son destetados y luego se reparten entre las familias aldeanas que los desean como esclavos, con prioridad para el propietario de la madre.

—Bien, todo es muy interesante, pero ya está oscureciendo y deberíamos regresar. Mañana hablaré con tu padre.

Me tumbé en mi camastro de paja, dispuesto a soportar de nuevo el tormento de las pulgas, los piojos, el hedor de la calle, las cucarachas y las ropas que llevaba. Me lavé, solo con agua, en el arroyo antes de entrar en mi habitación, pero el no poder lavarme dentro era muy incómodo. Estuve toda la noche dándole vueltas y, finalmente, tomé una decisión, y me dormí.

—Buenos días, Huruk —saludé a mi anfitrión, resuelto—. He decidido ocuparme de la limpieza e higiene de la aldea, estoy harto de insectos, pestilencia y suciedad. Pero con ciertas condiciones.

—Creo que no es muy acertado, Marc, pero dime, amigo mío —respondió, desencantado.

—Es posible que no lo entiendas, pero en mi país hemos descubierto que las heces y la suciedad son la causa de muchas enfermedades y epidemias. Hay que eliminarlas con pulcritud y eficacia.

—De eso se encargan los dioses, Marc —dijo, mirándome con ojos sorprendidos—. ¿Y cómo piensas hacerlo?

—He observado que todos defecan en un recipiente y echan las heces a la calle, siendo recogidas en el canal central de la misma, que las lleva al arroyo y al río. ¿Qué agua usáis para lavar y beber?

—Bebemos agua del pozo o arroyo, cuando la hay, pero en general bebemos del río, para todo —respondió extrañado.

—Entonces, ¿os bebéis vuestras propias heces? —argumenté con ironía.

—Pero el río es muy grande —afirmó. Luego se quedó pensativo, entornado los ojos, y creo que lo comprendió—. Bien, ¿qué propones?

—Ya lo verás. Necesito que me presentes al alfarero y al boticario. También necesito que me adjudiques 4 esclavos comunitarios, herramientas y grano o aceite para trocar.

—Mucho me pides, no sé si lo podré justificar —afirmó dubitativo.

Antes de que terminara, le corté diciendo:

—Pues también preciso una vivienda con almacén, para mí. Debo preparar cierto material y necesito espacio.

Volvió a permanecer pensativo y de pronto se le iluminaron los ojos y dijo:

—Cateya y su familia sucumbieron al asalto de los kaskas y su casa ha quedado vacía. Podrías ocuparla. Veré qué puedo hacer con lo demás. Ahora salgamos y te presentaré a los artesanos que me has pedido.

Recorrimos algunas calles, llegamos a un local con alfarería expuesta en el exterior, localizamos la puerta y entramos. El intenso calor de la estancia frenó nuestro ímpetu. El aire parecía quemar nuestra piel, en contraste con el frío del exterior. Olía a humo y barro cocido. Un anciano daba instrucciones a un joven aprendiz. Al vernos se giró y nos saludó.

—Buenos días, Kilday —saludó Huruk—. Quiero presentarte al joven extranjero Marc, que desea negociar contigo. Quiero que sepas que se va a ocupar del mantenimiento y limpieza de la aldea y tiene todo mi apoyo.

Un rostro seco y duro, de labios finos, pelo largo y oscuro, mirada altiva y penetrante, me miró con seriedad y dijo:

—Estoy muy ocupado, que aguarde… ya me ocuparé de él.

Esperé largo tiempo hasta que terminó con las tareas que debía tener programadas, y nos sentamos en una mesa, en un rincón. Me ofreció agua y me miró interrogante y altanero.

—Necesito varias piezas de cerámica, en concreto de tres o cuatro modelos distintos —dije.

—¿Qué tipo de piezas... cántaros, tinajas, ánforas, platos...? —dijo, sin siquiera pestañear.

Saqué mi boli y libreta de la mochila y le dibujé cuatro piezas: un tubo cilíndrico, un codo a 90°, un tubo en forma de T y un tubo en forma de S (un sifón), todos del mismo diámetro, pero bocas un poco distintas para que encajaran unas con otras.

Al ver el dibujo en la libreta se quedó perplejo, inmóvil como una estatua. Al rato cogió el bolígrafo que había quedado en la mesa y deslizó la punta sobre el papel, soltándolo asustado al ver el trazo que efectuaba. Ahora ya tenía su atención.

—¿Y bien? —dije—. ¿Puede hacerlas?

Despertó de su letargo, me miró incrédulo y balbuceó:

—¿Cuántas unidades?

Necesitaré unas dos mil de las rectas, unas trescientas del codo de 90°, doscientas T y doscientas del sifón.

Se le pusieron los ojos como platos y sonrió:

—¿Para cuándo las necesitas?

—Para dentro de dos meses, máximo setenta días —indiqué con firmeza.

—Eso no es posible, con el personal que tengo solo puedo hacer diez al día de la recta, y muchas menos de las otras —afirmó jocoso.

—¿Qué apostáis? —respondí.

Me miró fijamente sin entender lo que le dije. Entonces caí en la cuenta de que quizás no entendía el lenguaje irónico. Además, yo usaba los términos de una lengua indoeuropea, como la hitita, pero más moderna, que compartía algunas palabras con esa lengua, pero había otras muy distintas.

—Disculpad, os enseñaré cómo hacerlo —le sugerí con amabilidad.

Me quedé con él toda la tarde y le mostré cómo hacer un molde simple, de madera, para la pieza recta y moldes compuestos para el codo, la T y el sifón. Con los moldes tan solo debía ajustar la arcilla a un mismo grosor con el torno y ponerlo a cocer.

—Kilday, estos moldes de madera te los voy a pagar, pero serán de mi propiedad. Cuando termines me los debes entregar —le dije.

—De acuerdo —respondió.

Ya estaba oscureciendo… otro día que terminaba, ¡el tiempo pasaba tan rápido!

—Hola, Marc, excelente día, ¿cómo te fue con Kilday? —me preguntó Huruk mientras desayunaba.

—¡Fantástico, Huruk!, costó un poco, pero le enseñé algunas técnicas de moldeo y quedó convencido. Hemos acordado un plazo de sesenta y cinco días para las piezas que necesito.

—Me alegro, termina ya con el desayuno, que Yuma, el boticario, nos espera.

Mientras caminábamos aproveché para informarme más del entorno donde estábamos.

—He oído que están construyendo canales en el río.

—Ya llevan diecinueve meses. Sufrimos muchos periodos de sequía y necesitamos agua para la fundición.