Dioses en el Infierno - Sergio Fernández León - E-Book

Dioses en el Infierno E-Book

Sergio Fernández León

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Beschreibung

Aiden es un Demonio cuya vida cambió un día cuando el DRA, un grupo de revolucionarios considerado como terrorista por el Gobierno, atraca el Banco del Infierno, saliendo Aiden herido en la persecución. Al despertarse, se encuentra en las instalaciones del DRA, donde lo curaron. Aferrado a los ideales de dicha organización, vivirá una serie de aventuras con las que intentará averiguar los misterios de su desconocido pasado y en las que comprenderá que nadie es realmente quien dice ser.

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Seitenzahl: 469

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Dioses en el Infierno: Un demonio sin cuernos

Sergio Fernández León

isbn: 978-84-19445-68-1

1ª edición, julio de 2022.

Editorial Autografía

Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro

con fines comerciales sin el permiso de los autores

y de la Editorial Autografía.

Índice
PORTADA
PÁGINA DEL TÍTULO
CRÉDITOS
CAPÍTULO 0
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
CAPÍTULO 31
CAPÍTULO 32
CAPÍTULO 33
CAPÍTULO 34
CAPÍTULO 35
CAPÍTULO 36
CAPÍTULO 37
CAPÍTULO 38
CAPÍTULO 39
CAPÍTULO 40
CAPÍTULO 41
CAPÍTULO 42
CAPÍTULO 43
CAPÍTULO 44
CAPÍTULO 45
CAPÍTULO 46
CAPÍTULO 47
CAPÍTULO 48
CAPÍTULO 49
CAPÍTULO 50
CAPÍTULO 51
CAPÍTULO 52

Muchas gracias

a mi familia,

a David,

Víctor

y Arnau.

De corazón,

muchas gracias

Desconfía de todo.

CAPÍTULO 0

Empezaron a sonar absolutamente todas las alarmas que había en la Capital. La gente corría hacia sus casas, las madres buscaban atemorizadas a sus hijos y los sin hogar se escondían donde podían. Todo con un mismo fin: protegerse. Había empezado una persecución.

Tres furgonetas corrían a toda pastilla por las carreteras y callejuelas de la Capital con el objetivo de cruzar los muros que rodeaban la gran ciudad. Siguiéndoles, una decena de coches patrulla y blindados de los Diábolus intentaban dar caza a los atracadores del Banco del Infierno.

—¡Hay que salir de aquí lo más rápido posible! —gritó Níbor Hood a sus compañeros desde la posición de copiloto.

—¡Nos están comiendo terreno, capitán!

—¡Pues pisa más fuerte el puto pedal!

Bajó la ventanilla del coche, sacó medio cuerpo fuera y empezó a disparar contra sus perseguidores. Vació el cargador y volvió a entrar.

—¿Cuánto falta para cruzar las murallas?

—Todavía varias calles, señor.

Hood frunció el ceño mientras pensaba cómo escapar. Sabía que realmente iba a ser muy difícil.

Paralelamente, en una vivienda próxima a la persecución, la vida de un pobre niño de unos doce años iba a cambiar completamente. Se encontraba en un tercer piso junto a otras dos personas, que conocía, hablando amistosamente. De repente las alarmas pararon para dar paso a una voz por megafonía que empezó a repetir: “El Banco del Infierno ha sido atracado por el DRA. Entren todos a sus casas y no interfieran con la policía. Si lo hacen serán tratados como criminales”. El ruido de los motores de los vehículos de la persecución se escuchaba cada vez más alto, así que los tres se acercaron a la ventana para ver qué sucedía. El pobre niño sacó la cabeza para ver a los vehículos pasar, pero, de repente, sintió una mano en su espalda. Uno de sus acompañantes lo empujó, haciendo que cayera hasta el asfalto. Intentó reincorporarse como pudo, pero fue en vano, ya que una de las furgonetas le pasó por encima de la pierna derecha, destruyéndosela. Nadie pudo hacer nada para evitarlo, ni él ni el conductor. Miró hacia arriba desesperado mientras gritaba de dolor. Sus acompañantes, aquellos con los que hasta hacía pocos segundos conversaba cómodamente, lo habían tirado a traición, conscientes del accidente que tendría.

—¡Su puta madre! —gritó el conductor de la furgoneta, incapaz de esquivar el cuerpo.

—¿Acaba de caer un niño del cielo? —preguntó Hood extremadamente sorprendido, que echó la vista hacia atrás para comprobarlo. Al verificarlo, sacó un comunicador del bolsillo—. Jefe, acaba de caer un niño del cielo y lo hemos atropellado.

—Lo he visto… alguien lo ha tirado. Rob lo traerá a las instalaciones.

Hood se giró y vio cómo sus perseguidores cada vez estaban más cerca.

—Jefe, nos están pisando el culo.

—Si la cosa sigue así no vais a ser capaces de salir de la Capital.

—No me jodas… ¿Y qué hacemos?

—Lo mejor será que os dividáis. —Los conductores de las demás furgonetas se unieron a la llamada—. Tenéis que dividiros. Nosotros os daremos cobertura desde fuera.

Como si lo hubieran oído, los policías empezaron a dispararles desde los balcones cercanos, rompiendo los cristales del vehículo perseguido.

—¡Nos están disparando, viejo! —exclamó mientras se protegía la cabeza de los cristales que caían—. ¿No nos ibas a dar cobertura?

—¡Separaos ya!

Las tres furgonetas, que seguían el mismo trayecto hasta ese momento, se separaron. No obstante, los Diábolus no. Todos los perseguidores siguieron un único blanco: la furgoneta en la que estaba Níbor Hood.

—¿Por qué no se han separado? —preguntó alarmado.

—Han dejado de seguirme —informó uno de los conductores de las otras furgonetas por el transmisor.

—A mí también —añadió el otro.

—¿Qué pasa, jefe? —Hood se empezaba a asustar.

—No lo sé, Níbor, no lo sé. Todas las furgonetas están hasta arriba de dinero y oro. Las tres por igual.

—¿Entonces por qué solo nos persiguen a nosotros?

—¡No lo sé, Níbor! ¡Déjame pensar! —ordenó la voz al otro lado de la llamada.

—¡Nos van a alcanzar, capitán! —dijo el conductor mirando por el retrovisor.

—¡Pisa más el gas!

—¡Estoy dándole el máximo!

—¡Vaciad la furgoneta! —exclamó la voz telefónica—. Las otras dos furgonetas van a salir de la Capital si nadie les sigue. Con todo lo que llevan dentro ya nos basta. ¡Abrid la puerta trasera y perded peso!

El capitán se movió hacia la parte trasera de la furgoneta y junto a otro compañero abrieron las puertas. Tan rápidamente como pudieron empezaron a lanzar primero el oro, que era lo más pesado y después los billetes. La disminución de peso fue clave para, en ese momento, ser ellos ligeramente más veloces. Aun así, por algún motivo, los Diábolus no se pararon para recoger los valiosos objetos, sino que los sortearon para seguir con la persecución.

—Parece que ya somos más rápidos, jefe.

—Pero no entiendo por qué os continúan siguiendo —confesó la persona al otro lado del transmisor—. No les importa el dinero ni el oro porque hubieran separado las furgonetas para dar caza a cada una de las tres furgonetas. Lo acaban de demostrar de nuevo, ya que no se han inmutado para recoger lo que habéis tirado. ¿Habéis cogido algo más que oro y dinero?

La cara de Níbor Hood se iluminó. Abrió su bolsa y con ambas manos cogió un misterioso objeto.

—Yo he cogido una cosa, jefe. Tenía extremas medidas de seguridad y eso es quizás lo que me ha incitado a robarla.

—¡Solo teníais que coger el oro y el dinero, Níbor! ¿Qué has cogido?

—Creo que esto es… la caja del Tártaro.

Se hizo un gran silencio. Grande pero breve por la situación.

—¿La caja del Tártaro? ¡Eso son leyendas!

—Precisamente sabes por las leyendas que no hay objeto más importante en el Infierno. ¿Qué puede haber que sea tan importante para que los Diábolus solo vengan detrás de nosotros?

—Si lo que tienes es realmente la caja del Tártaro, te van a perseguir de por vida.

—Entonces no nos veremos en mucho tiempo, viejo.

—Níbor, ¡no lo hagas!

—Cuídate, viejo. Mándales un abrazo a todos de mi parte.

Hood apagó el transmisor y se dirigió radiante a sus compañeros de furgoneta:

—Habéis escuchado, ¿no? ¡Hoy no vamos a morir! ¡Vamos con todo!

Los perseguidos continuaron acelerando más, si es que se podía, intentando dejar atrás a la policía y habiendo dejado atrás gran parte de la mercancía que cargaban: oro y dinero. No obstante, viendo que nadie se acercaba a reclamar el botín, la gente empezó a salir de sus casas para hacerse con su parte del pastel. En ese mejunje de personas que se aprovechaba de la situación había de todo: gente rica, gente pobre, gente sin hogar, ancianos, niños, sanos, enfermos. Había tanta gente que incluso empezaron a pelearse para intentar conseguir lo que tenía el otro. Entre la multitud había un niño pobre que no podía hacerse con mucho porque solo tenía un brazo. Aun así, él lo intentaba, escabulléndose entre las piernas de los ahí presentes.

Los Diábolus llegaron más rápido de lo esperado, sin miramientos. La gente empezó a huir en cuanto vio que se acercaban. Incluso el niño manco empezó a correr con solo un puñado de billetes. Pero giró la cabeza y vio que aún había un último lingote de oro en el asfalto. Sin pensárselo dos veces, el niño corrió para cogerlo, estirando el brazo como si así lo fuera a agarrar antes, pensando en la gran ayuda que le sería tanto para él como para su pobre madre. Y no se dio cuenta de lo cerca que ya estaban los Diábolus que, insensibles y sin remordimientos, golpearon al pobre niño con el morro del coche, haciendo que saltara por los aires, inconsciente.

CAPÍTULO 1

Todo empezó una noche como cualquier otra. Bueno, antes de todo me presento: me llamo Aiden Spark y tengo doce años, y un día, a eso de las 9 de la noche, logré escabullirme dentro de las murallas de la Capital. Lo hice ya que dentro de ellas todo era alegría. Fuera, todo lo contrario. Y yo, desgraciadamente, era de los que vivían fuera. Como casi cada día, estaba allí para pedir comida para mi madre y para mí. A veces podía colarme y algún alma caritativa me daba algo para llevarnos a la boca, pero otras veces no, y nos íbamos a dormir con el estómago vacío. Por la mañana habíamos ido al GSI, el Grupo Solidario del Infierno, a que nos diesen lo que fuese, aunque solo se trataran de unas migajas de pan, así que volver de nuevo por la noche a por un poco más de comida tampoco era justo: había que dejar para los demás. Y esa iba a ser mi gran noche: habían robado el Banco del Infierno y la furgoneta que llevaba el dinero lo había tirado todo justo donde yo estaba. Cogí todo el dinero que pude, y también un lingote de oro. Pero después recibí un golpe y quedé inconsciente.

Me desperté tumbado en una camilla lleno de heridas. Me encontraba en una habitación cuadrada no muy grande. Paredes y techo blanco. El suelo también. La camilla estaba en una esquina, delante la puerta y dos sillas de madera a un lado. Un chico delgado y de pelo corto castaño estaba sentado en la silla más alejada de la puerta leyendo una revista. Tendría unos 22 años. Cerró la revista y exclamó alegre:

—¡Por fin te has despertado, tío!

—¿Dónde estoy? —pregunté desorientado.

—Cuando él venga ya te lo dirá todo.

—¿Cuándo venga quién?

—Cuando venga ya se presentará, no seas impaciente.

—Pero… ¡ay!, me duele mucho la cabeza. —Me la toqué con la mano derecha.

—Normal, tío. Vaya porrazo que te metieron. Pensaba que no lo contabas. —Retomó la lectura.

—¿Qué me ha pasado?

—Ya te lo dirá él… Yo solo tengo que quedarme aquí para que no hagas ninguna tontería.

—¿Y tú quién eres? Eso supongo que puedes decírmelo, ¿no?

Levantó sus ojos de la revista y sonrió.

—Yo me llamo Rob. Encantado.

Nos quedamos en silencio un buen rato hasta que abrió la boca para decir:

—El nuevo dispositivo de tu brazo izquierdo funciona de perlas, eh. Estás despierto y ni te has dado cuenta.

¿Nuevo dispositivo? ¿Y en mi brazo izquierdo? Pero si yo no tenía brazo izquierdo, era manco. Lo miré. Me habían colocado una especie de brazo biónico que lo sustituía. ¡Molaba muchísimo! No me lo creía y pensé que era un sueño, así que cerré los ojos y me pellizqué. Luego lo miré otra vez. ¡Seguía ahí! No era un sueño. Lo toqué con mi brazo derecho. Era metal, como si no fuera mío, pero lo era. Parecía frío, aunque los Demonios no sentíamos ni frío ni calor.

—Intenta moverlo —dijo Rob—, como si hubieras tenido brazo toda la vida.

Lo hice y, para mi sorpresa, se movió. No sentía nada extraño. Si me hubieran vendado los ojos y después me hubieran pedido moverlo, hubiera creído que siempre había tenido brazo, pero no era así. Me quedé mirándolo y comencé a jugar con mi nueva extremidad, agitándola una y otra vez para ver cómo se movía. Entonces llamaron a la puerta. Me incorporé lo más rápido que pude para mantener la seriedad. Entró al cuarto un hombre de gran musculatura y de edad similar a Rob, tal vez un poco mayor, pero solo un par de años. Vestía un gran uniforme militar verde, pero no de los de camuflaje. Rob vestía igual, pero con un cinturón lleno de pistolas y cargadores. El hombre desconocido llevaba un gorro verde y su pelo era castaño oscuro. Como todos los Demonios de por aquí, tenía dos cuernos, uno a cada lado de la cabeza, que terminaban en una punta muy afilada. Rob también los tenía. Lo de los cuernos para mí era un auténtico misterio: todo el mundo en el Infierno tenía cuernos, a no ser que se les hubieran roto, pero en cambio yo no. Solamente la gente de otras razas no tenía cuernos, pero yo no era de otra raza. Nací en el Infierno y siempre había vivido en el Infierno, pero, sin embargo, no tenía cuernos. Mi madre también tenía cuernos y cuando le preguntaba sobre por qué ella tenía y yo no, siempre cambiaba de conversación.

El hombre se puso al lado de mi camilla.

—Hola, buenos días, Aiden.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Al comandante se le trata de usted, Aiden —dijo Rob, serio.

—Gracias, Rob. —Se giró para esbozarle una sonrisa y siguió—. Permíteme que me presente: soy Otto Fellowship, para ti señor Fellowship, y soy comandante del DRA. Ahora mismo te encuentras en nuestras instalaciones. Hemos sido nosotros los que te hemos implantado el brazo biónico. ¿Recuerdas lo que pasó ayer?

—Sí. Bueno, no. No mucho.

—Hubo una persecución en el Banco Central porque nuestro capitán, Níbor Hood, fue a recuperar el dinero robado a los pobres en el último trimestre. Ya sabes lo que dicen: quien roba a un ladrón, cien años de perdón, pero no fue así. Salió con bolsas llenas y algún que otro elemento más, así que los Diábolus lo persiguieron. Él logró escapar y ahora está fuera del Infierno, en el exilio, donde los Diábolus no puedan capturarlo. En esa persecución resultaste herido, así que te trajimos aquí para sanarte. Como te faltaba el brazo izquierdo, decidimos implantarte uno robótico. Es un regalo del DRA.

—Pero el DRA… ¿Vosotros sois terroristas?

—No. —Se sentó en la silla de al lado de la de Rob—. Eso es lo que el Gobierno del Diablo quiere hacer creer a la población del Infierno, pero esa no es la realidad. Nosotros solo ayudamos a los pobres. Dime, ¿qué ibas a hacer en la Capital?

—Iba a pedir comida.

—Pues eso es lo que tratamos de evitar. No queremos que nuestra gente necesite ir al GSI o tenga que mendigar por un trozo de pan, sino que trabajamos para que no se tengan que preocupar de cosas tan básicas como comer, hidratarse o tener un lugar donde vivir.

—Pero sigo sin entender por qué me salvasteis. Podríais haberme dejado allí. Yo no soy nadie.

—¿Sabes luchar? —Se giró ignorando lo que acababa de decir.

—Bueno… ya sabes cómo son las calles de los barrios pobres.

—Y has salido adelante hasta ahora con un solo brazo, o sea que sabes manejarte. A partir de hoy lucharás para defender a los débiles y a aquellos que no pueden hacerlo por sí mismo. Cuando te puedas mover avisa a Rob. —Y se fue.

Según la televisión, el Gobierno del Infierno y los gobiernos de las otras regiones, el DRA era un grupo terrorista, pero yo no sabía qué pensar. El Gobierno les perseguía duramente y muchos miembros de esa banda o relacionados con ella estaban encarcelados. Sin embargo, cuando los había visto en mi barrio se dedicaban a ayudar a la gente, siempre bien camuflados, obviamente, para que no les detuvieran. ¡Y a mí me habían curado y me acababan de dar un brazo súper guapo!

El Infierno era un lugar cálido, muy bajo tierra, que se llamaba así básicamente porque le pusieron ese nombre. No era el típico lugar de las historias donde iban las almas de la gente malvada cuando moría ni nada de eso. Estaba habitado por los Demonios, que era gente normal y corriente, pero con cuernos.

Cuando ya me encontré mejor, le dije a Rob que ya estaba listo. Me llevó por un sinfín de pasillos hasta llegar a una puerta. Dentro, se escuchaban golpes, así que me asusté un poco.

—Aquí es, tío. —Me señaló Rob—. A partir de aquí ya no hay vuelta atrás, lo sabes, ¿no? A partir de aquí ya estás dentro del todo, ¿sí? ¿Quieres pasar?

Dudé un poco, ya que no sabía qué podía encontrarme.

—Venga, chaval, que me estaba quedando contigo. Si ya estás más que dentro… ¡Anda pasa!

Abrió la puerta y me sorprendió lo que vi. Esperaba una sala llena de armas y de terroristas insultándose entre sí, pero me encontré una especie de gimnasio bastante amplio. A la izquierda había pesas y máquinas para hacer ejercicio, y en el centro un gran espacio vacío. A la derecha había una puerta que conectaba con otra sala, y otra entrada más al gimnasio. En el gran espacio central había dos personas: el señor Fellowship y un joven, de mi edad más o menos, que estaba peleando con él. El joven en vez de tener un brazo biónico, tenía una pierna biónica. Estaba peleando con todas sus fuerzas, pero aun así no podía plantar cara a su rival. Además, el joven solo hacía que chillar y decir que quemaba mucho. No parecía que fuera del Infierno porque no tenía cuernos (aunque yo lo era y tampoco tenía), su piel era morena y sentía el calor. Los Demonios no sentíamos ni nos afectaba el frío ni el calor, ¡y eso que vivíamos en el Infierno!

El señor Fellowship paró, me miró y dijo:

—Mira, Jude, tu nuevo compañero.

Nuevo compa… ¿qué? Muy rápido iban las cosas. El joven se acercó y me saludó sin mucho entusiasmo. Extendió su mano.

—Me llamo Jude. Aiden, ¿verdad?

—S-sí… —Le di la mano.

—Bueno, hechas las presentaciones, manos a la obra —cortó el comandante—. Aiden, coge el bastón. —Rob me lanzó un bastón de metal desde atrás—. Vamos a ver cómo te desenvuelves.

Cogí el bastón con ambas manos. Esa era la primera vez que utilizaba mi nueva mano. Era una sensación totalmente diferente a la que tenía en la otra. Era extraño, pero rápidamente me acabé acostumbrando. El señor Fellowship me preguntó si estaba preparado, a lo que yo asentí. Quería ver cómo me las ingeniaba en el combate. Empecé a atacarle, pero no lograba golpearle. Se dedicaba solamente a esquivar y aun así yo no podía hacer absolutamente nada. Sonrió y como un rayo se movió hacia mí, se agachó y me dio en la barriga. No lo pude ni ver. Caí al suelo sin poder hacer nada.

—Aiden, tío, te ha dado solo con el dedo índice —gritó Rob, que estaba sentado en una silla al lado de una máquina del gimnasio. Había dejado de leer su revista para ver cómo peleaba.

Estuve unos cinco minutos estirado en el suelo retorciéndome de dolor, aunque finalmente pude levantarme.

—Jude —dijo el señor Fellowship—, puedes irte ya. Mañana a primera hora estate despierto.

Jude se fue y quedamos solamente el comandante y yo. Rob también seguía, pero parecía que no iba a entrar en acción porque se había puesto a leer otra vez. El señor Fellowship me retó:

—Si logras hacerme un rasguño podrás ir a tu cuarto.

—¿Sólo un rasguño?

—Sí.

—¿Aunque solo sea un pequeño corte o un moratón?

—Exacto.

Qué fácil. Entonces embestí un puñetazo contra su pecho y ni se inmutó. Solo presumió:

—¿Esto es lo mejor que sabes hacer? —Me piqué y volví a golpearle de nuevo. No le hice nada—. ¿Tú eres de aquí del Infierno?

—Sí.

—Entonces esto no te quemará. —Hizo fuerza y de su pecho empezaron a salir llamas. Mis ojos se abrieron de par en par como dos rosquillas—. ¿Esto te impresiona? Pero si no he empezado todavía. —Y se rio.

Seguí pegándole con todo tipo de puñetazos y patadas, pero no se movía. Que si patada y puñetazo, que si golpe con el bastón, que si patada y bastonazo… Pero nada. No obstante, no me frustré, ya que entre golpe y golpe me sentía cada vez más sorprendido con mi nuevo brazo izquierdo. Se movía igual que el derecho; se sentía mío, era mío… y lo estaba disfrutando. Cinco minutos después del festival de golpes, paré porque estaba muy agotado. Era una tontería seguir. El señor Fellowship, que había recibido todos los ataques sin defenderse ni inmutarse, me preguntó:

—¿Ya te has cansado? Siento decirte que estoy como cuando comenzaste.

Seguí golpeándole, pero después de unos cuantos minutos más, mi cuerpo cayó en picado al suelo.

—¡Pero si te estoy dando lo más fuerte que puedo!

—¿De verdad?

—Sí.

—Vaya… Entonces habrá que entrenar más. Pero tienes potencial. Hay que corregir un poco la técnica, pero muy bien. —Recogió el bastón y lo guardó—. Anda, vete a tu habitación.

—¡Espera! —le interrumpí, tras levantarme de nuevo—. Voy a probarlo una última vez. Deme el bastón.

El comandante esbozó una sonrisa y me devolvió el bastón. Lo cogí con la mano derecha y lo blandí como si fuera una espada. Hice mucha fuerza, concentrándome mucho y la barra de metal empezó a cambiar de forma, apareciéndole filo hasta transformarse en una espada.

—¿Cómo has hecho eso? —me preguntó atónito.

—Desde bien pequeñito puedo moldear los metales.

—Debe ser Fuego Natural —comentó Rob, que definitivamente dejó la revista para mirarnos.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Ya te lo explicaremos otro día. Me has dejado realmente sorprendido… ¡Atácame!

Corrí hacia él con ambas manos empuñando la espada. La alcé y la bajé muy rápido. El señor Fellowship, sin temor a cortarse y mucho más rápido que yo, frenó en seco el movimiento del arma haciendo presión con sus manos en las caras laterales de la hoja, como si hubiera parado una mosca al vuelo, a unos diez centímetros de su cara.

—Tienes mucha valentía. ¿Pero ahora qué? Estás acorralado. —No podía mover la espada y si la soltaba se la estaba regalando, aunque finalmente de un movimiento brusco me la quitó. Empezó a tocar y golpear la espada para examinar que era de verdad—. Como te he dicho antes, tienes potencial, pero aún tienes que aprender mucho. Anda, vete ya a la habitación, que mañana por la mañana habrá más. Rob, acompáñale.

Rob se incorporó y me pidió que le siguiera. Recorrimos otra vez otro laberinto de pasillos grises hasta llegar a mi nueva habitación. La habitación era simplemente espectacular. Suelo negro y paredes blancas, con dos salas: una que era el lavabo y la otra que tenía una cama y un televisor. ¡Un televisor! No me lo creía. ¡Un televisor para mí solo! Fui a tocarlo y todo para comprobar que era real. En mi barrio solo había una televisión y estaba en el bar de la esquina, el del señor Sopper. Quien quería ver la tele tenía que ir allí porque las teles eran muy caras. Cuando tenía alguna moneda suelta iba a su bar a comer, ya que se comía de maravilla, y de paso veía la tele. Y siempre iba a las cuatro de la tarde, que era cuando daban los episodios del gran SuperDemon, un justiciero que luchaba contra los malos. Vestía un traje rojo, con los calzoncillos amarillos por fuera, llevaba siempre un antifaz y el pelo cubierto con un pañuelo azul.

—¿Te gusta? —me preguntó al ver que me había quedado boquiabierto mirando el televisor.

—¡Claro! ¡Qué lujo! —contesté.

—Chaval, esto está bien, pero tampoco es lujo. Esto es lo que todos deberíamos tener. Una tele, un lavabo que no sea comunitario… Tendrías que ir a la Capital. Eso sí que es lujo. Hay casas que tienen hasta cuatro teles y tres lavabos. Eso está guapísimo, tío. Algún día nosotros también lo tendremos.

Algún día. Me tumbé en la cama pensando que tal vez ya formaba parte del DRA, de un grupo terrorista. Me comencé a preocupar. Los Diábolus me iban a perseguir el resto de mi vida hasta meterme en la cárcel. Dejé de pensar en eso y me dormí.

CAPÍTULO 2

Me levanté porque alguien llamaba a la puerta. Era Rob, que me recordaba que ya era la hora de desayunar. Me vestí y salí de mi cuarto en dirección al comedor, pero ¿dónde estaba el comedor? Di mil y una vueltas hasta llegar a un pasillo idéntico a todos los demás. El señor Fellowship salió de una puerta y al verme, se alegró:

—¿Pero a quién tenemos aquí? Qué, has venido para comenzar a entrenar ya, ¿no?

—No, verá, estaba buscando…

—No sabes dónde está el gimnasio, es eso, ¿verdad? Lo estás buscando.

—No, señor…

—Mira, sígueme, que te llevaré hasta el gimnasio. Me encanta que tengas tanta iniciativa.

No me dejó ni un segundo para responder y se dirigía al gimnasio, así que tuve que seguirle. Iba a entrenar sin comer, ¿qué había peor que eso? Entonces, como si se hubieran alineado los astros, me comentó: “Antes de entrenar, déjame comer algo” y fuimos para el comedor. Aproveché yo también para alimentarme y al acabar fuimos al gimnasio. Al llegar, Rob y el chico de ayer, Jude, estaban ya entrenando.

—¡Por fin llegáis, tardones! —saludó Rob.

—¿Qué hacéis ya aquí? —preguntó sorprendido el comandante.

—Jude no quería perder tiempo.

—¡Mira!, como Aiden. Ha venido a buscarme a mi habitación y todo. Ven, Jude, hoy entrenarás con Aiden, los dos juntos. Coged un bastón cada uno. —Rob, atento, ya tenía dos bastones para lanzarnos—. Hoy tendréis que intentar hacerme un rasguño, lo mismo que ayer, pero esta vez entre los dos. Ah, y me tenéis que atacar con los bastones como os los he dado, sin transformarlos.

Miré a Jude, pero él no me miró. Parecía que no le hacía mucha gracia tener que trabajar con alguien a quien no conocía. Pero eso era lo que tenía que hacer, trabajar conmigo, así que le di suavemente con el bastón en el hombro y le reté:

—A ver qué sabes hacer.

Jude se rio. Cogió el bastón con las dos manos y empezó a propinar golpes al señor Fellowship. Como vio que no le hacía nada, destapó su as bajo la manga: levantó su pierna derecha, la biónica, y le propinó una patada. Lo echó para atrás, pero no le dañó. El comandante se echó la mano a la boca como si fuera a bostezar.

—Solos no vais a conseguir nada. ¡Trabajad juntos!

Estuvimos, sin exagerar, media hora intentando hacerle un poco de daño, aunque fuera mínimo, pero fue imposible. Al final, el señor Fellowship se cansó, nos dio un ‘golpecito’ en el estómago y estuvimos chillando de dolor en el suelo un buen rato. Rob, como era habitual, había estado sentado en una silla leyendo una revista, pero mientras nos dolíamos fue a hablar con el comandante. Él asentía y cuando por fin nos levantamos nos informó:

—Bueno, chicos, yo ya me voy. Os quedáis con Rob. Él os enseñará a disparar.

Después de la primera impresión que me dio Rob cuando le conocí, en ese momento pude entrever un poco más su carácter. Tenía pinta de ser pasota y despistado, pero también de tener mucha lealtad y respeto al comandante. O al menos eso era lo que me parecía.

Cuando el señor Fellowship se fue, Rob comenzó a caminar como señal de que le siguiéramos. Abrió la puerta que había a la derecha del gimnasio y entramos a un campo de tiro. Había todo tipo de armas y al final una diana para hacer puntería. Cogió una pistola y la colocó en posición de disparo. Apuntó a la diana y pum, clavó la bala en todo el centro. Me quedé con la boca abierta; Jude, en cambio, parecía no ver nada inusual en la hazaña que Rob había realizado.

—Habéis visto de qué va el rollo, ¿no? Os voy a enseñar a disparar para ver qué se os da mejor, si luchar o disparar. —Nos lanzó a cada uno una pistola idéntica a la suya—. Tenéis que coger la pipa así. Con esta mano aquí y la otra aquí delante. Los pies así. Tenéis que mirar por esta parte de aquí y después pum, pum, pum. Lo habéis pillado, ¿no?

Francamente, esa era una explicación espléndida. Se entendía con muchísima facilidad. Posiblemente era el mejor profesor que nunca hubiera podido imaginar.

—A ver, Aiden, acércate y dispara cómo te he enseñado.

Cogí la pistola e intenté imitar sus anteriores movimientos. Coloqué bien las manos, situé los pies, apunté con la mira y pum, pum. No dio ni en la diana.

—Aiden, ¿me has escuchado? —gritó exaltado—. ¿Te he dicho yo que cojas esto así? A ver, tío, abre bien los ojos. Tienes que cogerla de esta manera y la otra mano la pones aquí. Sube los hombros un poco, bien, así. —Me meneaba todo el cuerpo corrigiendo mi postura—. Ahora miras por aquí. ¿me sigues? Vale, y pones las piernas de esta manera y ahora pum, pum, pum. Yo creo que antes lo he dejado bastante claro, eh.

Lo probé de nuevo y de nuevo no le di. Rob saltó hecho un manojo de nervios y me exclamó que cada vez que no le diera haría veinte flexiones. Jude, sin que Rob le hubiera dicho nada, cogió el arma y disparó a la diana. Me quedé con la boca más abierta que cuando disparó Rob. La bala había dado en el centro, pero yo no era el único sorprendido. Rob le arrancó la pistola de las manos y empezó a agitarla para ver si había algo extraño o estaba defectuosa.

—Oye, tú, no es la primera vez que coges una de estas.

—Siempre he tenido puntería. Pero esto no me gusta. Yo soy más de cuerpo a cuerpo.

Rob se quedó en silencio, pero como vio que a Jude no le hacían falta sus clases, se centró en mí, y tuve que hacer casi doscientas flexiones en total. Acabé con un dolor en los pectorales inimaginable. ¡Llegué a pensar que incluso se me habían fundido! Eran ya las dos de la tarde y Rob me dejó una tregua para ir a comer, y se portó bien dejándome la tarde libre. Igualmente, iba a seguir entrenando, pero antes una pequeña siesta, que la necesitaba.

Después de perderme unas cuantas veces por el laberinto de las instalaciones, volví al gimnasio por la tarde. No lograba acordarme del recorrido: todas las paredes eran blancas o grises y los pasillos se me hacían calcados. Cuando por fin lo encontré, Jude ya se encontraba allí dándole patadas a un saco de arena. Se giró y solo saludó con un seco ’Hola’, al que le contesté:

—No quieres perder el tiempo, ¿eh?

Pero no me contestó y siguió a su rollo con el saco. ¿De qué iba ese tío? La verdad era que me molestaba especialmente cuando intentaba ser amable y amigable y los demás no me hacían caso. Pero bueno, yo había ido a entrenar, así que me puse en marcha. Primero me centré en practicar la puntería para así no tener que hacer mil y una flexiones como por la mañana. Después de unos cuantos tiros copiando exactamente la postura que Rob había realizado en su demostración, noté que iba mejorando. Al menos no fallé tantas veces, aunque las que acertaba no iban exactamente donde quería. Luego fui a practicar mis golpes, porque no había podido hacerle nada al señor Fellowship y eso me mosqueaba un poco. ¡Qué fuerte que era! ¡Era como pegarle a una pared! Resistía como si nada los ataques de Jude y los míos. Hablando de Jude, seguía dándole patadas al saco. Después de darle caña al entrenamiento, me senté en un banco a descansar.

Cuando iba a retomar el ejercicio, vino Jude. Partió en dos un trozo de pan que tenía entre las manos, me tiró la mitad para que comiera y se sentó a mi lado. Nos quedamos en silencio durante unos largos minutos, saboreando el pan, hasta que al final inicié conversación:

—Tú no eres de aquí, ¿no?

—No. —Sus contestaciones eran muy secas.

—¿Y de dónde eres?

—¿Por qué crees que no soy de aquí?

—Porque tienes la piel morena y sientes el calor. Y no tienes cuernos.

Jude tenía más o menos la misma edad que yo. Tampoco le quería preguntar cuántos años tenía, pero se veía que tenía los mismos, tal vez uno más o uno menos. Su piel era muy oscura, sus ojos eran marrones y llevaba pelo corto. Cuando le miraba se ponía nervioso como si no quisiera que la gente se fijara en él.

—¿Tú eres de aquí? —me preguntó, evitando mi primera pregunta.

—Sí.

—Pues tampoco tienes cuernos. —Eso era verdad.

—Ya, es muy raro. La verdad es que no sé por qué no tengo. Pero no me has contestado a lo de antes. ¿Tú de dónde eres?

—¿Tanto te interesa?

—Sí. El señor Fellowship dice que seremos compañeros, así que quiero saber algo de ti.

—Bueno… yo soy del mundo de arriba, del Desierto, aunque hace ya tiempo desde que me fui.

—¿Vivías en la Superficie? —exclamé sorprendido.

—Sí.

—¿En el Desierto? —Cada vez estaba más emocionado.

—Sí.

—¡No puede ser verdad! ¿Y cómo se vive allí?

—Mejor que aquí.

—¡Yo quiero ir algún día al mundo de arriba! ¿Y si se vivía tan bien por qué viniste aquí? —le pregunté.

—Es una larga historia. No es nada interesante.

—Bueno, cuéntamela, tenemos tiempo.

—Hazme caso que no, no es interesante, Aiden.

Dio un mordisco a su trozo de pan, así que yo también di uno al mío. Estaba realmente bueno. Tenía mucha hambre, así que sabía mejor. Miré hacia abajo para centrarme en su pierna biónica, que se extendía a partir de la rodilla. Nunca había visto nada similar. Parecía de una tecnología muy innovadora. También me fijé que en su pie izquierdo calzaba una sandalia cuya suela era de madera, supongo que por el calor.

—¿Te va bien esa nueva pierna?

—Sí, incluso mejor que la antigua. Mis patadas tienen más potencia.

—¿Antes tenías las dos piernas?

—Sí, pero en la huida de Hood me… atropellaron y bueno, me quedé sin pierna —informó triste.

—Ah, lo siento… ¿Y qué hacías en la Capital?

—Bueno… Estaba buscando el DRA. Quería entrar en la organización.

—¿Por qué?

—¿No ves cómo se vive aquí? Esto tiene que cambiar, Aiden. Y yo voy a ayudar a que esto cambie. Voy a poner mi granito de arena. Los de la Superficie lo tienen todo y los de abajo nada. ¡Eso no puede ser! Por eso tengo que hacerme más fuerte.

—¿Tan mal estamos?

—Sí. Tendrías que ir a otros países para ver qué bien viven.

—Yo quiero ir a los países de arriba. Me han dicho que hay mares de agua. Y que hay una montaña muy alta.

—¿Una montaña? —Se rio levemente—. Pues tengo que decirte que sí que existe: el mar de agua y la gran montaña. ¿Sabes cómo se llama la montaña?

—No.

—En realidad, no es una montaña, sino un monte, aunque es mucho más grande que una montaña, lo que no deja de ser irónico. Se llama Monte Olimpo.

—Monte Olimpo… quiero verlo con mis propios ojos, Jude. Quiero ver cosas diferentes de las que hay aquí. ¡Quiero ver el mundo!

—Bueno... Para lograr ir arriba tienes que tener un permiso dado por el mismísimo Diablo, algo casi imposible. No hay otra manera de salir porque las fronteras están cerradas. —Agachó su mirada, triste. Después me miró de nuevo y me preguntó: “¿Y tú qué haces aquí, en el DRA?”

Me quedé en silencio. ¿Qué hacía yo aquí? Pues la verdad era que no lo sabía. Y entonces inconscientemente pensé en mi madre. Hacía ya días que no la veía y no le había dicho dónde estaba. Ella me había dicho que fuera a por comida al GSI, pero al no volver seguramente se estaría preocupando mucho. Pensaría que estaba muerto. Debía decirle algo cuando pudiera. ¿Qué estaría haciendo ella en ese momento? Tal vez había ido a la Capital a buscarme. Y yo estaba en el DRA, con los terroristas. ¿Qué pensaría ella de que yo estuviera aquí? Y dejando de pensar en ella, ¿qué pensaba yo de estar aquí? Jude tenía un objetivo: luchar para mejorar las condiciones del Infierno. ¿Pero yo? Yo no. Yo estaba porque me habían traído. Había sentido tal alegría de que no me hubieran dejado tirado después del accidente que no había pensado qué querían de mí.

—Pues… No sé qué hago aquí, la verdad —contesté finalmente—. Estoy aquí porque me han dado el brazo metálico este y, no sé… también me tratan bien. Me han salvado.

Al decir esto, Jude se quedó sorprendido y empezó a reírse. Era la primera vez que le escuchaba reír de verdad. Supondría que le iba a exponer una causa súper personal para aclarar mi estancia en el DRA, pero no la había. Me enfadé un poco porque parecía que incluso se estaba burlando, pero recordé las palabras del señor Fellowship de que teníamos que llevarnos bien, así que cambié de tema.

—¿No tienes calor, al ser del Desierto?

—No tengo calor. Al fin y al cabo, el cuerpo se acaba acostumbrando y ni lo notas. Tal vez los Demonios no notáis el calor porque os habéis acostumbrado —sonrió—. Venga, ¡vamos a seguir entrenando!

De repente, el señor Fellowship entró sin aviso y nos saludó. Tenía una manzana en cada mano.

—Sabía que estaríais aquí, así que os he traído algo para comer. Me recordáis tanto a mí cuando entré al DRA: yo también entrenaba día y noche para hacerme más fuerte.

Se acercó y nos alargó la mano para que las cogiéramos. Jude, en vez de coger la que el comandante le ofrecía, cogió la mía. Nos lo quedamos mirando sorprendidos y le pegó un gran mordisco sin inmutarse. Cuando se dio cuenta de que le mirábamos, solo dijo:

—Esta era más grande. Pero no está muy buena, comandante.

—Es lo que hay, chico.

—La próxima vez compre manzanas de la marca Liberia. Esas sí que están realmente buenas.

El señor Fellowship se sorprendió ante tal conocimiento de marcas de manzanas. Nos la acabamos, aunque tal como había dicho Jude, estaba un poco mala, muy ácida para mi gusto. Al terminar me fui corriendo a mi habitación para ver un episodio del gran SuperDemon. En el episodio de ese día colaboraba con los Diábolus para recuperar el bolso de una anciana de unos delincuentes que querían venderlo para comprarse alcohol. Un muy buen episodio, la verdad, pero me hizo dudar en si hacía bien estando en el DRA, luchando contra los Diábolus.

CAPÍTULO 3

Me desperté y fui a comer. Esa vez ya conocía el trayecto para ir al comedor, así que no me perdí. Era el único trayecto que me había aprendido de memoria. Cuando pasé por la habitación del señor Fellowship fui prácticamente corriendo para que no me viera y me propusiera ir a entrenar sin comer otra vez. Había magdalenas, me las acabé y fui a entrenar. Fui el primero en llegar, así que practiqué un poco de tiro, aunque me pasaba como a Jude: prefería el cuerpo a cuerpo. Aun así, quería mejorar para evitar más flexiones. Cada vez se me daba mejor y hubo un disparo que dio al centro de la diana. “Los entrenamientos por fin empezaban a dar sus frutos”, pensé y justo entonces llegaron Jude y, detrás de él, el señor Fellowship. Tenía que hablar con él porque había tomado una decisión. Me saludó al entrar y pidió a Jude que cogiera un bastón.

—Chicos, lo mismo que ayer. No pararemos hasta que me hagáis un rasguño.

Y pasó lo mismo que el día anterior. No pudimos hacerle nada. Esa vez, en cambio, el comandante del DRA nos indicó que también practicaríamos otras técnicas que no fueran solamente golpearle como unos locos.

—Mirad, voy a coger esta especie de manoplas de boxeo. Me las pongo en las manos y vosotros las tenéis que golpear como yo os diga. Comienza tú, Aiden. ¿Cómo me darías un puñetazo con tu mano derecha aquí? —Señaló su hombro izquierdo y le di un golpe —. Así no vas a hacerme daño jamás. Vamos a perfeccionar la técnica de lucha, ¿vale? Tú, Jude, escucha lo que le digo para no tener que repetírtelo, ¿vale? Repite también la técnica.

Jude no contestó, así que el señor Fellowship repitió en un tono menos amable:

—¿Vale?

—Sí. Pensaba que era una pregunta retórica —dijo tranquilo.

—Así me gusta. Pero no hace falta ninguna contestación adicional.

Nos estuvo enseñando cómo golpear bien. Básicamente me enseñó a golpear, porque lo que yo hacía no tenía ni ese nombre. Jude tampoco tenía mucha idea. Conmigo se centró en mi brazo izquierdo y con Jude se centró en su pierna derecha pues decía que, si se perfeccionaban los golpes con las prótesis biónicas, se mejoraría mucho su efectividad y potencia.

Después de un rato, paró:

—Bueno, ya hemos acabado por ahora. Volvemos por la tarde, ¿vale?

Los dos asentimos y el comandante nos extendió de nuevo unas manzanas. Jude volvió a coger la que me ofrecía a mí porque era la más grande.

—Suelo dar una manzana al final de cada entrenamiento. Jude, si siempre coges la más grande voy a tener que daros la fruta sin que la veáis. Aiden también se merece la grande.

—Es que siempre le das a él la más grande.

—Ayer fue azar. Hoy lo he hecho a propósito para ver cómo reaccionabas. Si sois un equipo, tienes que aprender a compartir y dejar de ser tan egoísta.

Jude se enfadó y se fue del gimnasio comiéndose la pieza de fruta. El señor Fellowship fue a guardar los bastones.

—Señor Fellowship, ¿puedo hablar con usted?

—Claro, faltaría más. ¿Qué quieres? —Se acercó a mí.

—Creo que voy a dejar el DRA.

—¿Qué? —Su cara hizo una extraña mueca entre alarma y sorpresa.

—Que me voy a ir.

—¿Pero por qué dices esa tontería, Aiden?

—Este no es mi lugar; no sé qué hago aquí…

—Haces mucho, Aiden —me interrumpió.

—Estoy muy agradecido de que me hayáis dado un brazo, pero…

—¿En serio te piensas largar? —Hubo una pausa bastante larga.

—Sí. Esto no es lo mío. —El señor Fellowship estaba decepcionado.

—Bueno… es decisión tuya… Yo no lo haría, pero allá tú.

Fui a mi habitación. Cogí las pocas cosas que tenía y me tumbé en la cama. ¿Hacía bien en irme o había tomado la decisión demasiado rápido? No lo sabía, pero ya la había tomado. Me iba a ir… Me iba a ir, pero no sin antes ver un poco la tele. Ya que estaba, iba a aprovecharla un poco. Estaban dando un reportaje sobre los Diábolus, una especie de diario de una misión que habían llevado a cabo. Hubiera cambiado de canal, pero solo había uno en todo el Infierno, el canal que dirigía el Gobierno, así que apagué la tele. Justo entonces llamaron a la puerta.

—¿Aiden?

—Sí, entra. La puerta está abierta.

El señor Fellowship entró en la habitación.

—Qué suerte que aún estás aquí. Pensaba que ya te habías ido.

—He venido a coger algunas cosas.

—¿Pero te vas de verdad?

—Sí.

—Acompáñame, que te voy a enseñar algo que quizá te haga cambiar de opinión.

Le seguí hacia una puerta que abrió con una llave. Era de las pocas puertas con llave que había visto en todas las instalaciones. Después llegó a otra y tuvo que poner su huella dactilar.

—¡Cuánta seguridad! ¿Dónde vamos, señor?

—Quiero que veas el centro de operaciones. Así sabrás qué es exactamente el DRA.

Después de saludar a unos cuantos oficiales, llegamos a nuestro destino. El centro de operaciones era una sala con cuatro ordenadores colocados de dos en dos. Enfrente de estos había una gran pantalla, dividida en diferentes ventanas que mostraban lo que estaban registrando unas cámaras. Había que filmaban lo que ocurría dentro de las instalaciones y también había, para mi sorpresa, cámaras que mostraban lo que ocurría en el exterior, en la ciudad.

—Mira, Aiden, este es el símbolo de los Demonios Revolucionarios Aliados.

Me señaló un símbolo que ya había visto varias veces antes. Estaba en todas partes de la instalación, pero también lo había visto en algunas paredes de mi ciudad. En mi barrio, por ejemplo, había unos cuantos. El símbolo estaba formado por un cuadrado central y pegados a cada uno de los cuatro lados del cuadrado, había un triángulo isósceles. Esos cuatro triángulos hacían un cuadrado más grande que estaba girado respecto al cuadrado central.

—¿Lo has visto alguna vez antes?

—Sí.

—¿Sabes lo que significa? —me preguntó.

—No.

—El cuadrado del centro es el Infierno: somos nosotros. Los otros cuatro triángulos son el Desierto, el Mar, el Bosque y la Montaña. Los otros cuatro ‘países’, por así decirlo. Allí viven otras razas diferentes a nosotros. Por ejemplo, Jude viene del Desierto. ¿Alguna vez has estado en uno de estos cuatro países?

—Nunca.

—Ya sabía que me ibas a decir que no porque los Demonios no tenemos derecho a salir del Infierno. Las fronteras están cerradas y no se puede ir a la Superficie.

—Pero tengo muchas ganas de ir, señor. Ese es mi sueño.

—Pues eso quiero yo también. Pero no somos libres.

—Es muy injusto…

—Exacto y el DRA lucha para cambiar eso. El DRA lucha por un derecho claro: la igualdad. ¡No somos diferentes a ellos! —hizo una pausa y se tranquilizó. Después siguió con la explicación—. El cuadrado que nosotros representamos en el símbolo está dentro del gran cuadrado, no somos diferentes a ellos. Formamos parte del todo. El DRA quiere que el Infierno suba al mundo donde están los otros cuatro países.

—Pero ¿cómo se va mover todo el Infierno?

—Es una forma de hablar, Aiden. No me refiero a coger el Infierno y llevarlo a arriba, sino a que no haya ninguna frontera entre el mundo de arriba y el de abajo. Que un Demonio pueda ir al Desierto, por ejemplo. Imagínate: tú yendo con Jude a visitar su hogar. Eso debería ser lo normal, no algo extraño e incluso prohibido. Tendría que ser legal.

Me quedé pensando y miré otra vez al símbolo. Era realmente injusto que nos tuvieran encerrados como animales. Entonces me fijé en uno de los recuadros de la gran pantalla.

—Señor, ahí vivo yo —comenté sorprendido.

—¿Ah sí?

—¿Nos tienen controlados a todos, como un Gran Hermano?

—Lo primero de todo, me sorprende que a tu edad conozcas esa novela. Y no, todo lo contrario. Esto es un ‘dispositivo de seguridad’, por así decirlo, para asegurarnos que las calles no se vuelven un caos. Cuando hay problemas, vamos a solucionarlos.

—¿Y no hacen eso los Diábolus?

—Se supone; al fin y al cabo, ellos son la policía, ¿no? Y la policía quiere el bien del pueblo, ¿no? Pues no; ellos solo quieren el bien de la gente rica, de la gente de la Capital. Muchas veces, incluso, son ellos los que causan los alborotos en los barrios pobres para divertirse. Nosotros vamos a defenderlos y nos enfrentamos a ellos. Por eso estamos ilegalizados.

—Entonces sois como unos héroes.

—Se podría decir así. Pero unos héroes en la sombra, aunque lo de ‘héroes’ no me gusta mucho. Muchas veces nosotros actuamos porque ni siquiera ellos se dignan a aparecer: como somos pobres, no les interesamos a nadie. Y otras muchas veces utilizan sus poderes de control social para engañar a la población diciendo que nosotros iniciamos las reyertas que en realidad paramos. Hacen ver que somos los malos de la película, pero eso solo se lo tragan los ricos, los que nunca han estado aquí. Ellos, desde su Capital, amurallada para que no entremos los que no tenemos nada, se lo creen todo. Por eso nos tratan de delincuentes e intentan capturarnos para enviarnos a la cárcel de El Cartaz. Los de aquí no nos tratan así porque saben lo que realmente somos. Nosotros aplicamos la justicia que los Diábolus no aplican, porque la suya es selectiva y arbitraria —suspiró—. ¡El mundo es muy injusto! Unos tanto y otros tan poco.

Estuvimos en silencio un buen rato. Primero miré cada una de las diferentes pantallas y me fijé que en una había dos personas discutiendo. Mediante un pinganillo, la supervisora contactó con un oficial situado en la zona para que mediara en el conflicto. Desde esa habitación se veía casi todo el Infierno. Después me fijé en la cantidad de botones de su panel de mandos. Parecía salido de una película. Todo eso era alucinante, pero no suficiente. El señor Fellowship lo notó:

—¿Te vas?

—Sí. —Aunque ya no estaba tan convencido.

—¿No te ha gustado todo esto? Podrías hacerte más fuerte. Y ayudar a la gente.

—Me ha gustado señor, pero…

—No te preocupes —hizo una pausa y continuó—. Si ya lo tienes decidido, será mejor que marches.

Volví a mi habitación y cogí mis cosas. El señor Fellowship me condujo hasta la puerta de salida. Me dio palmaditas en los hombros.

—Si te arrepientes, ya sabes.

—Sí.

—No tardes mucho en cambiar de idea.

CAPÍTULO 4

El señor Fellowship creía que volvería. Pero no volvería. Estaba muy agradecido de lo que había hecho por mí el DRA, pero al fin y al cabo eran un grupo terrorista. Si me unía a ellos, los Diábolus me buscarían y detendrían y pasaría mi vida en una cárcel, cosa que no quería. Me ayudaron con el brazo y lo agradecía mucho, pero no iba a volver. Miré el brazo. Lo toqué. Era un regalo de su parte. No me conocían de nada y me ayudaron. El DRA parecía que era una buena organización, aunque el Gobierno dijera que no. El Gobierno. El Gobierno no ayudaba a la gente. El DRA sí que lo hacía. Pero no volvería. Pensé en mi madre. Tenía que ir a verla. No le había dicho ni dónde estaba. ¿Cómo estaba? Seguramente preocupada. Solo hacía que pensar que se enfadaría cuando supiera que había estado con el DRA. Pero ya no lo estaba. Y no volvería. No volvería, no volvería…

La idea de no volver me atormentaba la cabeza. ¿Había hecho bien en irme? No lo sabía, pero ya lo había hecho. En esos momentos, había que seguir para adelante. La decisión ya estaba tomada y replanteármela solo alargaría mi inseguridad.

Cuando dejé los mundos de Yupi y volví a la realidad, ya estaba casi en casa. Faltaban unas pocas calles. Qué diferencia con las instalaciones del DRA. Ahí sí que se vivía bien en comparación con ese barrio. Y Rob decía que en la Capital incluso se vivía mejor. En mi barrio era lo contrario. Había casas (y con “casas” me refiero a barracas hechas de cualquier material) en las que llegaban a vivir diez personas a la vez. En ese sentido yo era afortunado. Aunque mi casa era pequeña, solo vivíamos mi madre y yo. Y estaba construida de ladrillo, por lo que estaba muy bien. En mi barrio la gente lo pasaba realmente mal. Rob me dijo que había gente con hasta cuatro televisiones en la Capital y aquí no se podía tener ni una. Y que había casas con tres baños. Aquí había casas sin baños, casas de barro y calles llenas de inmundicia.

Pasé al lado de una mujer que pedía dinero. Tenía dos niños en brazos y uno de ellos estaba llorando. Su mirada rebosaba tristeza. No tenía nada de valor, así que no le pude dar nada. Su mirada iba de mí a su niño. No paraba de llorar. Llegué al bar de la esquina y me fijé si todavía seguía la tele ahí. Sí que estaba. El bar estaba vacío a esa hora. Era por la tarde y la gente solía ir al mediodía o por la noche a comer, y ya de paso a ver la tele. Entonces llegué a mi calle. Antes de ver a mi madre quería averiguar dónde estaba la cámara del DRA. Me acordaba perfectamente del ángulo con el que se veía mi casa, así que no me costó mucho encontrar la cámara. Creía que se encontraba encima de una roca que había en la calle. Me subí en ella como pude y empecé a rebuscar. Cuando la encontré me sorprendí mucho: era diminuta. La lente era del tamaño de una uña, pero de la del dedo meñique de los pies, que es prácticamente inexistente. No me extrañaba que no la hubiera visto nunca antes. Saludé a la cámara porque sabía que habría alguien mirándome desde el centro de operaciones.

—Niño, ¿qué haces ahí subido?

Me caí del susto encima de una piedra que había justo debajo. Cuando me giré para ver quién me había hablado, me encontré un anciano de pelo muy blanco que caminaba con la ayuda de un bastón. Era el señor Truth, vecino mío, que vivía en la casa de al lado. Era extremadamente mayor y por eso entre los niños del barrio siempre bromeábamos con que tenía 1400 años, pero se conservaba muy bien. Tenía los ojos verdes, que para un Demonio era muy raro y sus cuernos eran enormes. Su baja estatura se veía más acentuada por la joroba que le estaba saliendo. Tenía los brazos y las piernas muy delgadas y se le marcaban las venas. En cada mano, dos anillos. Comparado con los demás vecinos, tenía bastante dinero y él nos contaba que casi todo lo que tenía provenía de testamentos de sus familiares y conocidos. Si yo fuera él, me hubiera mudado a otro barrio, pero tal vez no lo hacía porque este le traía muchos recuerdos. Prueba de su dinero era que tenía una tele en su casa, aunque siempre la tenía apagada. Decía que para lo que daban era mejor que cogiera polvo. A pesar de su edad, su labia nunca frenaba. Siempre que te lo encontrabas empezaba a contarte sus batallitas de cuando era joven. Además, era muy culto: él fue quien me contó que había una gran montaña fuera de aquí. Y era verdad, o al menos eso era lo que me habían dicho Jude y el señor Fellowship. Además, aun a su edad, el señor Truth era el líder y fundador del GSI, el Grupo Solidario del Infierno, que se dedicaba a dar comida y productos de primera necesidad a la población. Gracias a él y a su organización, mi madre y yo podíamos comer al menos una vez al día.

—Hola, señor Truth.

—Anda, pero si eres tú, Aiden. ¡Hace cuánto que no te veía! Bájate de ahí ya.

Cuando bajé me preguntó en voz baja, nervioso:

—Aiden, ¿qué hacías subido a esa roca?

—Eh… nada. Solo… miraba mi casa desde otro ángulo. Sí, eso hacía, sí. Tengo que limpiar ya la parte de arriba, el techo. —Reí forzosamente.

—Ah... ¿Y ese brazo qué es?

No sabía que decir, así que evité la pregunta.

—Es una larga historia.

—Tranquilo, no tengo que hacer nada, cuéntamela. —Sonrió.

—Lo siento, señor Truth, me tengo que ir ya, tengo prisa. ¡Adiós!

Volví a reír nervioso y me fui lo más rápido que pude a mi casa. Piqué a la puerta. Se escuchó a mi madre gritar, triste “¡Ahora voy!” y entonces abrió la puerta.

—Hola, mamá.