Díptico de luna - Pepa Luna Casanova - E-Book

Díptico de luna E-Book

Pepa Luna Casanova

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Beschreibung

Historias cortas inspiradas en mis clases de escritura creativa. Poemas que brotaron del inconsciente, del mundo convulso que aflora cuando nos remueven y zarandean por dentro. En estos relatos, escritos con la tinta del dolor y la esperanza, encontrarás humor, ironía, intriga, erotismo y reivindicación social.

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Seitenzahl: 139

Veröffentlichungsjahr: 2024

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DÍPTICO DE LUNA

PEPA LUNA CASANOVA

DÍPTICO DE LUNA

EXLIBRICANTEQUERA 2024

DÍPTICO DE LUNA

© Pepa Luna Casanova

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

© ExLibric, 2024.

Editado por: ExLibric

c/ Cueva de Viera, 2, Local 3

Centro Negocios CADI

29200 Antequera (Málaga)

Teléfono: 952 70 60 04

Fax: 952 84 55 03

Correo electrónico: [email protected]

Internet: www.exlibric.com

Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.

Según el Código Penal vigente ninguna parte de este o cualquier otro libro puede ser reproducida, grabada en alguno de los sistemas de almacenamiento existentes o transmitida por cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico, reprográfico, magnético o cualquier otro, sin autorización previa y por escrito de EXLIBRIC; su contenido está protegido por la Ley vigente que establece penas de prisión y/o multas a quienes intencionadamente reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica.

ISBN: 978-84-10297-01-2

Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 271 04 47)

PEPA LUNA CASANOVA

DÍPTICO DE LUNA

Agradecimientos

A Carmen Blanes, especialmente, por su generosidad y profesionalidad en la supervisión y corrección de los textos, así como en la elaboración del prólogo de Díptico de luna.

A Lidia, Ana y Carmen Rosa, quienes desde que empezó a gestarse este proyecto me animaron a compartirlo con el mundo.

A Jean Marie Ferbeuf, mi admirado pintor, autor de la imagen de portada y de la que separa los relatos de los poemas.

A Ángel Cuadrado, por su inestimable ayuda informática.

A todas las personas que leyeron y acompañaron a Gloria en el infierno en su anterior travesía.

Y a todas las que se incorporen en esta nueva aventura a la montaña rusa de Díptico de luna.

Pepa Luna

Índice

Agradecimientos

Prólogo

RELATOS

Enya dijo sí

Eloísa y el caballo

El sueño de Juan

Lotería del pasado

Felix sit annus novus

A José, de la calle…

Ménage à trois

Jirones de seda virgen

Del brillo marbellí

La tribu perdida

Sentidos bajo las sábanas

El marco de Mariana

De vocación, quieto parao

Julián y Jerónimo

Tesifonte y los de Gomorra

Camino de vuelta

Damiana de su tiempo

El recibimiento

600 rupias de conciencia

Ausente en su despedida

Desenfreno improvisado

El escritor y su invisible replicante

Visita inesperada

Cita improvisada

El sentido de votar con B

Penúltima estación

Café frío del adiós

Atrapada en un beso

Réquiem por un móvil

Fuego apagado con fuego

¡Ay, la publicidad!

Teresa y Teresita

POEMAS

Días de guerra

Sonata de amanecer

El último trayecto

Tiempos de siempre

Recuerdos sin pintar

Armas con alma

Mi cuerpo

La primavera

Divagando

La esperanza

Tarde

Ilusiones de piel oscura

Nostalgia

Consciencia consciente

Alma inerte

Arco iris del presente

Mujeres esclavas

A mi amiga…

Viajando con la melancolía

Violeta del mar

A contratiempo

Momentos efímeros

El encuentro

De rondó por la memoria

Vida olvidada

Aguas pasadas

Mirando a Turquía y a Siria

Una hoja en blanco

Navidades grises

Tedio dominical

Tierra de calor y color

La danza de la despedida

Una mañana menos

Domingo cromático

A las hermanas de Oviedo

Muerte velada

¿Qué es teatro?

Prólogo

La voz que en primera persona se desnudaba ante nosotros con total candidez se vuelve una tercera cuya audacia no esperamos. Del rescoldo íntimo del corazón herido pasamos a la más sórdida cotidianidad, donde, arrastrando sus mediocres destinos, los nuevos personajes deambulan como figuras de una ópera bufa. No hay dos temáticas en el libro, sino esos dos estilos presentes a veces en el mismo relato. Se da en él esa división dentro de una unidad mayor propia del díptico, definido como «hoja doblada en dos partes». Ambas comparten la nostalgia por la infancia perdida, la soledad radical (incluso cuando los protagonistas viven acompañados), la frustración de mujeres atrapadas en un mundo opresivo (aun si permanecen en él por propia decisión) o la omnipresente infidelidad, vivida no solo como traición a los principios de una relación a dos, sino como arma destructiva de un proyecto de vida que quiebra la confianza en la humanidad entera.

La prosa alterna con fluidez narración y descripción de un entorno hostil donde el yo acaba desviándose muy lejos de la pureza anhelada. Entre ambas, el diálogo rompe brevemente la densidad del texto a la vez que le imprime agilidad. Hay con frecuencia un giro que las peripecias suelen tomar casi al final, cuando parece que el sentido del relato está decidido, que de repente cambia el curso de los hechos, descubriendo una realidad inesperada que altera la lógica del desenlace. La estructura fragmentada rompe la disposición lineal, adoptando la forma de un puzle cuyas piezas podían haber aparecido en otro orden. La vida, parece venirnos a decir, no está nunca resuelta y hemos de someternos sin remedio a su imprevisibilidad. No hay destino, sino relato en marcha que hay que reescribir día a día, pues no hay hecho que guarde, una vez disuelto en el ayer, una coherencia segura con lo que encontraremos mañana. Y esta precariedad de las piezas breves quizá se ajuste más a la dinámica azarosa de la vida real que la causalidad dirigida de la novela.

La dualidad del díptico también alcanza al tono. El humor, negro, muy presente en los textos en prosa, nos recuerda que la comedia puede brotar en mitad de la tragedia con llamadas que llegan después del final («Réquiem por un móvil»). Las abundantes imágenes sexuales recurren a los fluidos corporales, que igual manan del éxtasis de un placer sublime que de un acto forzado. La sangre puede significar fluido vital o herida de muerte. En cualquier caso, son metáforas de nuestra naturaleza animal agazapada tras los rituales de la cortesía. Los encuentros eróticos giran en torno a un tema común a todas las obras de la autora: el engaño. Hay que decir que, al menos en los dominios tragicómicos de Díptico de luna, las mujeres no solo son víctimas; en ocasiones, movidas por la desesperación, son seres resueltamente activos capaces de llevar la iniciativa de un acto sexual (Adriana en «Cita improvisada» o Malena en «Sentidos bajo las sábanas») e incluso criminal. La adhesión de la autora a la causa femenina no las inhabilita como muñidoras del gran engaño en el que todos somos agentes y pacientes. Gloria elegía a su modo la sumisión como actitud ante un mundo masculino al que rendía dependencia. Aquí no hay tanto mujer, emblema de una causa reivindicativa de género, como mujeres que bajo el oprobio de la dominación llevan su lucha a los últimos extremos.

Hay en Díptico de luna lugar para el crimen, más en clave de humor que como cuestión ética de fondo que la autora no plantea con especial interés. Y hay cabida para la pura imaginación, que irrumpe sin trabas a través del sueño, a veces mezclado con el recuerdo en ese estado semionírico que experimentan Úrsula en «Atrapada en un beso» o Eloísa en el duermevela de sus últimas visiones. Incluso la ciencia ficción aparece bajo esa especie de futurismo distópico de «La tribu perdida». El misterio es un ingrediente bien manejado. Los actos escabrosos se mezclan con los hechos de la rutina cotidiana, como los narrados en la autoconfesión de la esposa que descubre la foto del marido infiel mientras hace limpieza y planea fríamente su extinción en «Lotería del pasado».

Los tiempos en pretérito evocan una Arcadia feliz donde aún no ha crecido la mujer que ama, sufre, sueña y escribe, aunque ya despuntan «ausencias de afectos» y «corazones solitarios». La niña que fue permanece en un mundo lleno de autenticidad, adornado por la memoria selectiva. La infancia es refugio y evasión ante el panorama desolado de, por ejemplo, «Café frío del adiós»; nunca es un tiempo concluido que el recuerdo no pueda modificar. No viven las protagonistas aferradas al pasado con una fijación que solapa el presente (aunque, a veces, lo quisieran), pero sienten que allí sigue atrapada parte esencial del ser que, a su pesar, hoy son, mientras el tiempo, esa dimensión inasible que pasa y se va, las consume. De la conciencia de ese fluir que no cesa viene el gusto por la recreación de momentos vividos que solo la palabra tiene poder para recuperar.

Esa ansia de trascender se da en la prosa y en el verso; en los relatos, pudiéramos decir, tragicómicos y en los poemas. Bajo los escombros de la niñez perdida y los estragos del amor aún renace el anhelo de quien no pierde el deseo de esperar. Hay momentos fugaces que recuerdan al Kavafis de «Vuelve», o de «Recuerda, cuerpo», cuando desde la atalaya de la edad («sesenta años») la narradora siente reavivarse la llama del deseo y aun desde la miseria del hastío cotidiano lo evoca y, a menudo, lo espera. Quizá haya descubierto que al fondo del anhelo no hay un fin, sino tan solo más anhelo.

Hay en el lenguaje un doble nivel de registros, culto y popular, con abundantes notas de sabor local como el topónimo, la mención a ritos autóctonos y numerosas alusiones a la cultura de masas reconocibles para lectores que vivieron la década de 1970. En la otra vertiente, al lector culto no le pasará inadvertido el guiño a la gran literatura en «Enya dijo sí» que empieza con la frase final del monólogo interior de Molly Bloom en Ulises («Sí quiero, sí») y donde el aire «dublinés» remite, con su mezcla de lirismo y sarcasmo, a la obra de Joyce. Tampoco el juego pirandelliano entre personaje y autor en «Julián y Jerónimo» o «El escritor y su invisible replicante». La «bisagra» entre ambas hojas del díptico, que divide formalmente la estructura, no es, queda claro, límite entre niveles ni géneros literarios. El lirismo se anticipa a la sección de los poemas en «Teresa y Teresita», última pieza en prosa donde el verso hace ya acto de presencia dentro de esa «nana» que simula la forma epistolar en un texto narrativo.

Al margen de esas zonas híbridas donde el libro adquiere diversidad, es en la sección de relatos donde la escritura alcanza simas más profundas. Aun así se comparten los sentidos explícitos en la denuncia política y social («600 rupias de conciencia», «Camino de vuelta»,) en contraste con la superficialidad mundana «Del brillo marbellí». El amor, visto siempre como antesala inevitable del fracaso. En los poemas, la añoranza del tiempo perdido («Tarde», «Nostalgia»). El sentimiento telúrico de arraigo andaluz («Tierra»). El proceso metaliterario de la propia escritura («Una hoja en blanco»). Y cerrando la sección de poesía, la exaltación, con alusión literal a Bécquer, del arte dramático donde la presencia humana insufla vida al texto escrito («¿Qué es teatro?»).

La muerte aparece en la planificación de un envenenamiento chapucero («Lotería del pasado») o en un lento fundido en negro lleno de encuentros entrañables («Eloísa y el caballo»). Aquí y allí asoma el estupor ante la perspectiva de no existir. «Alma inerte», «La esperanza» y ese ambiguo deseo de «volar» con su eco de panteísmo sugerido. La muerte ya irrumpió bajo sus distintos disfraces en la infancia «acristalada» en «De rondó por la memoria», o con visos de gran literatura en «La danza de la despedida». Hay quien cruza sin saberlo esa línea sutil, como el protagonista de «Ausente en su despedida». El propio desamor es sentido como muerte de algo: de una parte del ser que se dispone a celebrar la vida cuando esta se revuelve con un giro fatal. No sabemos (y quizá esta distinción no sea importante) si lo sublime baja a ras del suelo impregnándose de vil humanidad o es esta la que, vista desde un prisma elevado, despierta la empatía que, ante la certera caída del telón, a veces nos invade. En cualquier caso, el sarcasmo acusador cede al final a la dulzura del envoltorio lírico y, pese al regusto de «café amargo» que nos deja la lectura del libro, salimos de ella resignados a pertenecer a esa estirpe imperfecta y mortal condenada al olvido. No es Díptico de luna el infierno donde penamos las faltas que en este valle de lágrimas cometemos, ni el paraíso que un día abandonamos. No hay ángeles ni demonios, sino tristes sombras que, abatidas por el desengaño, infligen y sufren sin cesar pequeñas muertes cotidianas. Un purgatorio a la espera de que esa humanidad capaz de lo más zafio, y de lo más noble («Mirando a Turquía y a Siria», «Teresa y Teresita»), decida redimirse. Aunque sea porque, al final, solo espera el beatífico frío de la muerte.

En lo hondo de todas las voces oímos la palabra de esa mujer que, a pesar de los escarmientos vividos, aún parece seguir esperando que, en un último vuelco de las cosas (como ocurre para nuestro deleite y sorpresa en muchas narraciones), sus protagonistas vuelvan a ser amadas y a poder depositar en los hombres, en la especie humana, la confianza perdida y, sin embargo, aún latente en sus torpes intentos renovados, en sus frustrantes recaídas. Sentada ante su «hoja en blanco», la artífice de Díptico de luna sigue tejiendo, incansable, con su hilo de Ariadna, sin el cual estaremos perdidos en el Laberinto.

Carmen Blanes Valdeiglesias

Doctora en Filología Hispánica

RELATOS

Enya dijo sí

«Dije sí quiero, sí. Me casé, sí», escribía en su diario Enya, aprovechando la ausencia de su marido Brian, que se encontraba trabajando.

Hacía un mes que se habían convertido él en marido y ella en mujer. Las mujeres de la sociedad patriarcal de Irlanda de finales del siglo XIX empezaban a dar señales de su individualidad y del colectivo en general, pero el matrimonio seguía siendo para ellas su fin y su razón de ser. Así, la unión de Enya y Brian había quedado pactada desde su infancia.

«Hoy me pregunto qué pude sentir durante el casamiento, si mi presencia fue solo física», seguía escribiendo Enya. «¿Tendrá que ver con lo que siento ahora y entonces tenía dormido? ¿O, tal vez, es que nunca he sentido nada porque solo importaban los deseos de Brian? Lo cierto es que aquel sí me ha cerrado todas las puertas del no. ¡Cuánta cárcel puede haber detrás de dos monosílabos tan sencillos como sí y no! Tanto en un caso como en otro, cuando quiero expresarlos en libertad, observo que tienen consecuencias.

Ya pasó un mes desde aquel esplendoroso día para Brian y funesto para mí. Las mujeres nacemos presas de nuestro propio sexo y de nuestro propio cuerpo. Después del matrimonio dejamos una cárcel para encerrarnos en otra, con el agravante de que esta lleva carcelero. Me pregunto si las demás mujeres piensan o sienten como yo. No he tenido la oportunidad de hablarlo con ninguna. Cuando sutilmente he querido sacar el tema con algunas de ellas, me rehúyen con delicadeza y se quedan en la superficie. En general, se procura hacer bien, que para eso nos han domesticado, y porque, en caso contrario, nos enmendarían la plana con un par de azotes.

Cada día me acuerdo de mi padre, al que le estaré agradecida de por vida. Mi curiosidad e insistencia le llevaron a enseñarme a leer y escribir. La escritura me permite hablar conmigo, ya que no puedo hacerlo con nadie más, ponerle palabras al desasosiego permanente en el que vivo desde que me casaron. De aquí para afuera no me permiten ser libre, pero nada me impedirá serlo hacia adentro.

Esta noche toca, esa es mi función, el deber marital. Son diez minutos escasos que se me hacen una eternidad. Las primeras semanas, como no me relajaba, me dolía mucho. La rigidez y contractura de mi musculatura más íntima impedía la entrada al enhiesto energúmeno, que pretendía a toda costa penetrar en mis entrañas. Cuando por fin lo conseguía, me dejaba allí, abierta en canal y con el veneno inoculado chorreando entre mi dolorida vulva. Apenas se marchaba, me levantaba corriendo para vomitar. Así un día tras otro, y en ocasiones por la mañana y por la tarde.