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La apasionante figura del emperador Juliano, el Apóstata, con su amor por la literatura clásica y el paganismo en la era cristiana, ha sido evocada literariamente por autores contemporáneos como Ibsen, Kazantzakis, Anatole France y Gore Vidal. El emperador Juliano (332-363 d.C.), a quien los cristianos llamaron el Apóstata por su rechazo de la fe cristiana, es un llamativo personaje de las postrimerías del mundo pagano, en un tiempo en que el gran legado cultural helénico se resiste por última vez a ceder la hegemonía cultural al cristianismo. Juliano, formado en la literatura clásica y las concepciones paganas, abandonó con pesar sus estudios cuando se le proclamó César y después Augusto. En el poder, profesó sin disimulo su paganismo, instauró la tolerancia religiosa y recuperó templos y cultos helenos. Defensor de una causa perdida, entre el Edicto de Milán de 313 sobre libertad de culto y el de Teodosio (380) que instaura el cristianismo como religión única del Imperio, su intento de restaurar las viejas creencias en los dioses del Panteón pagano aparece como un patético error histórico. Juliano fue un gran escritor. Su obra, compuesta en las urgencias de la vida política, forzada a veces al disimulo y al enmascaramiento cortesano, en un ambiente de odios e hipocresías, deja entrever sin embargo su espíritu intenso y su idiosincrásica personalidad. Este volumen contiene los cinco primeros grandes discursos de Juliano que conservamos: Elogio del emperador Constancio (panegírico escrito a la muerte de éste, en el que recuerda sus virtudes y las de su antecesor Constantino) Elogio de la emperatriz Eusebia, Sobre las acciones del emperador o Sobre la realeza, Consolación a sí mismo por la marcha del excelente Salustio, Al Senado y al pueblo de Atena.
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Seitenzahl: 513
Veröffentlichungsjahr: 2016
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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 17
Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por LUIS ALBERTODE CUENCA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1979.
www.editorialgredos.com
PRIMERAEDICIÓN , 1979.
ISBN 9788424930509.
INTRODUCCIÓN GENERAL
Juliano (331-363) vive en el tercio central del siglo IV . Siglo decisivo en la polémica ideológica entre paganismo y cristianismo y que queda realmente enmarcado por dos fechas que simbolizan el gran cambio: 313 y 392, rescripto de Milán y prohibición oficial del paganismo por Teodosio, respectivamente. Todavía al principio de este siglo los cristianos habrán de sufrir las duras persecuciones de Diocleciano y Galerio; al final del mismo, y aun antes, ese papel les tocará a los paganos. A lo largo de todo el siglo se suceden emperadores cristianos y un progresivo deterioro del paganismo, con la única excepción del breve reinado de Juliano, que se convierte así en el último defensor de la religión politeísta y del helenismo, conceptos que en él son idénticos.
Por eso el siglo IV es ya el siglo del imperio cristiano —según el título del libro de Piganiol— y tras su reinado puede decirse que la visión del hombre antiguo cede paso a una nueva concepción cristiana claramente diferente de la que había imperado hasta entonces. Con Juliano culminan las últimas ilusiones de la reacción pagana, que desaparece con su muerte. Hombre de su tiempo, perfectamente lúcido y consciente de lo que está en juego, su lucha va a convertirse, a lo largo de la historia, en ejemplo de los que no están dispuestos a sacrificar el mundo antiguo al nuevo dios. Apóstata para los cristianos, piadoso para los paganos —e incluso para ellos excesivamente supersticioso—, inmerso al fin en esa lucha decisiva de su época, su perfil está profundamente influido por las dos corrientes en conflicto, tanto que Piganiol ha podido decir que más que muchos padres de la Iglesia contemporánea Juliano merece ser considerado un santo.
Se ha señalado con frecuencia el hecho de que Juliano, contra lo que él cree, no representa el ideal helénico antiguo, sino que sus ideas, mezcla de racionalismo, neoplatonismo y teurgia, con un severo ideal ético —¿estoico o cristiano?— impregnado de anhelos místicos, son más bien el testimonio de la evolución espiritual que se venía cumpliendo en el imperio ya desde el siglo II de la Era. La fe en el antiguo panteón helénico, tal cual, no existe ya; y, así, algún crítico ha podido subrayar la victoria ideológica final de Oriente sobre Occidente a partir de estas concepciones religiosas que, incluido el cristianismo, acaban por dominar totalmente el imperio.
En este sentido pudiera ser característica la escisión política del mismo y, por lo que se refiere al propio Juliano, la ausencia de lazos con el paganismo de los círculos intelectuales romanos sería una manifestación más, probablemente, del desprecio del oriente helenizado por la cultura latina, que hace exclamar a un Piganiol su lamento porque los gustos de nuestro personaje recayeran en un estrafalario como Jámblico, en lugar de continuar los caminos trazados por el humanismo romano de un Cicerón y un Séneca.
En el pensamiento, el dogmatismo de las escuelas filosóficas había abocado, ya desde el siglo II , o bien a un sectarismo infructuoso, o bien a un escepticismo lucianesco más o menos abierto, que acaso no estaba demasiado extendido, o a eclecticismos bastante generalizados. La invasión de lo irracional, según la expresión de Dodds, va a estar en gran parte monopolizada por la invasión de las formas religiosas orientales: cristianismo, religiones mistéricas —Isis, Cibeles o Mitra—, teurgia, magia y otras formas populares de superstición. La otra forma de cultura y educación, la más importante en realidad, la retórica, cae en el cultivo de la forma con un olvido sorprendente del contenido, convirtiéndose a menudo en algo perfectamente hueco, incapaz de llenar un corazón ardiente. No es casual, por ello, que a un Plotino, último pensador con fuerza del mundo griego, le sucedan una serie de personajes que en la figura de Jámblico acaban confundiendo el neoplatonismo con las prácticas teúrgicas, cuyo misticismo intenta captar el alma a la que el abstruso razonamiento no puede ya arrastrar.
Decadencia del pensamiento filosófico, del espíritu creador, una retórica preciosista y alejada de los problemas reales, la religión tradicional olvidada o confundida y mezclada con el más abigarrado mosaico de creencias de todo tipo desde el misticismo a la superstición, la nueva religión luchando fanáticamente por imponerse y, a su vez, dividida por diferentes herejías en una lucha que a menudo es a muerte, una guerra civil casi constante en la primera mitad del siglo con breves períodos de tregua, y la amenaza de los bárbaros por todo el norte del imperio y de los renacidos persas por la parte oriental, cuando no su silencioso pero continuo penetrar bajo bandera de aliados, en fin, la escisión ideológica y política entre Oriente y Occidente cuyo símbolo es la fundación de Constantinopla, marcan este siglo.
Y a Juliano hay que entenderlo no en una perspectiva lineal, sino como cúmulo y ejemplo de las cóntradicciones de su época: amante del estudio, pasará casi toda su vida en los negocios públicos; su afición a la filosofía desembocará en continuas prácticas supersticiosas; su ascetismo ético está mucho más próximo al de los monjes cristianos que a la vida de los habitantes de Antioquía; primero cristiano, después pagano, su conservadurismo religioso se hace revolucionario al adoptar para el paganismo las formas benéficas del cristianismo, al pedir el ejemplo de vida a sus sacerdotes y al intentar erigir una iglesia pagana; su conservadurismo político, al intentar volver a una especie de federación de ciudades, al querer enlazar con las formas republicanas y al rechazar el título de «dominus», es también revolucionario, porque Juliano no intenta conservar lo que es, sino resucitar lo que fue —que a menudo era mucho mejor que lo que su tiempo le ofrecía— con un nuevo estilo, y, sin reparar en los riesgos de su anacrónica idealización del pasado y en la irreversible distancia entre los condicionamientos políticos de su tiempo y los modelos del viejo helenismo, se lanza a la aventura de una restauración quimérica.
1.
Biografía de Juliano
INFANCIA .—Flauius Claudius Iulianus , hijo de Julio Constancio y de Basilina, nace 1 en Constantinopla, recién inaugurada por Constantino el 11 de mayo del 330, en una fecha indeterminada, probablemente del año 331 2 . Su padre, Julio Constancio, era hijo del emperador Constancio Cloro, fundador de la dinastía de los segundos Flavios 3 , y de la emperatriz Teodora, y hermano paterno de Constantino, hijo bastardo de Constancio Cloro y de Helena. Cuando en el año 306 Constantino heredó el poder de su difunto padre, Helena persiguió con su rencor a los hijos de su antigua rival Teodora y así Julio Constancio estuvo, alejado de la corte, en Toulouse, en Toscana, donde nació Galo 4 , último de los tres hijos de su primer matrimonio, en 325-6, en Corinto 5 y, finalmente, a partir de 330, en Constantinopla, donde se casará en segundas nupcias con Basilina. Era ésta hija de un alto funcionario, Julio Juliano, en la corte de Licinio, bajo cuyo gobierno fue prefecto del pretorio (316-324) y gobernador de Egipto 6 y cuya hermana Constancia estaba casada con el propio Licinio, que ostentó el poder en la zona oriental del imperio durante largos años hasta ser sometido por Constantino. Julio Juliano educó en la religión cristiana a sus dos hijos, Basilina y Juliano, tío homónimo del emperador, bajo la tutela del influyente obispo arriano Eusebio de Nicomedia.
Según el propio Juliano 7 , su madre murió pocos meses después de su nacimiento, lo que no fue obstáculo para que honrara su memoria posteriormente dando su nombre, Basilinópolis, a una ciudad por él fundada cerca de Nicea.
Parece que en los últimos años de su reinado Constantino intentó asociarse, junto a sus hijos, a los demás miembros de su familia: en 333 Dalmacio, primogénito de Teodora, fue cónsul y su hijo Dalmacio fue nombrado César y se le confió la zona del Danubio; un hermano de este último, Hanibaliano, recibió el gobierno del Ponto y de Armenia. La alianza fue reforzada con los acostumbrados enlaces matrimoniales: una hija del primer matrimonio de Julio Constancio se casó con Constantino II y una hija de Constantino, Constancia, que después sería esposa de Galo, se casó con Hanibaliano.
Estas medidas para restablecer la concordia entre las dos ramas de los Flavios, la que provenía de Teodora y la de Helena, se revelaron en seguida inútiles. En el año 337 Constantino, que se dirigía al frente persa al mando de su ejército, cae enfermo en Bitinia y, trasladado a su villa de Acyron, cerca de Nicomedia, fallece durante las fiestas de Pentecostés. Sus restos, trasladados a Constantinopla, fueron objeto de una interminable exposición a la espera de la llegada de sus hijos. El 9 de septiembre sus tres hijos, Constantino II, Constante y Constancio II fueron proclamados Augustos y, poco después, un oscuro complot, permitido si no instigado por Constancio, basado en la fábula de que Constantino, al morir, tenía en su mano el testamento en el que dejaba el imperio a sus hijos y, al tiempo, acusaba a sus hermanos de haberle envenenado 8 , hizo que los soldados, muy compenetrados con el desaparecido emperador, dieran muerte salvajemente a casi todos los miembros colaterales de la familia: Dalmacio, sus hijos Dalmacio y Hanibaliano, el padre de Juliano, Julio Constancio, y el primogénito de su primer matrimonio más otra persona no bien determinada, fueron las víctimas de las antiguas discordias familiares unidas a la ambición de poder. Sólo se salvaron su hermano Galo, al parecer por estar enfermo, y el propio Juliano, bien por su corta edad, bien, como quieren los historiadores cristianos, por la piadosa intervención de algunos sacerdotes que se lo llevaron protegiéndole junto a un altar, bien, como más tarde dirá el protagonista, por la actuación protectora del dios Helios que le salvó de aquella carnicería 9 . Pese a sus pocos años, el recuerdo de este terrible día gravitará en la mente de Juliano 10 y enturbiará, como es lógico, sus relaciones con el emperador Constancio, a quien más tarde va a acusar directamente de la matanza 11 .
Por orden de Constancio, Juliano fue trasladado a la cercana Nicomedia y su educación le fue encomendada al obispo de aquella ciudad, Eusebio 12 . Allí vivía también la madre de Basilina y allí debió de conocer a su tío homónimo que, al correr del tiempo, sería también apóstata 13 . Pero Eusebio fue nombrado obispo de Constantinopla muy pronto, en 338, y la educación del príncipe quedó a cargo de un viejo escita, el eunuco Mardonio, firmemente ligado a la familia puesto que ya había sido pedagogo de su madre Basilina. La veneración de Juliano por Mardonio fue tan grande como la influencia que recibió: es seguro que fue su pedagogo quien despertó en Juliano ese gran entusiasmo por el helenismos que caracteriza su vida, el gusto por la lectura desde esta temprana edad, haciéndole descubrir las bellezas de Hesíodo y Homero, su poeta favorito, e iniciándole en sus primeras lecturas filosóficas, su renuncia a las diversiones mundanas, el sentido de autodisciplina y ese su modo de vida austero que tanto le reprocharán más tarde los alegres habitantes de Antioquía 14 . Aquí, en Nicomedia, comenzó a frecuentar la escuela de la mano de Mardonio 15 . Durante el verano solía pasar sus vacaciones en una villa que le había regalado su abuela cerca de Constantinopla, junto al mar. El propio Juliano nos describe esta villa, así como su afición por ciertos trabajos agrícolas y su gusto por la soledad contemplativa a orillas del mar, con un libro de algunos de sus poetas preferidos entre las manos 16 . Parece la imagen de un romántico, o de uno de los primeros hombres del Renacimiento, la de este muchacho solitario, ávido lector y enamorado de Homero bajo la sola guía de su fiel Mardonio.
MACELLUM .—Eusebio de Nicomedia murió hacia 341-2 y Constancio decidió recluir a Juliano, junto con su hermano Galo, a quien no había vuelto a ver y que quizá había pasado este tiempo en Éfeso 17 , en la residencia imperial de Macellum, en Capadocia, no lejos de Cesarea, lugar apartado en el fondo del Asia Menor. Todo parece indicar que el espíritu temeroso de Constancio recelaba de las posibles ambiciones de los dos hermanos. Juliano fue, pues, separado de Mardonio y sabemos por el propio emperador 18 que este hecho le causó el mismo profundo dolor que el posterior alejamiento, también obligado por Constancio, de su fiel amigo y colaborador Salustio cuando era ya César en la Galia.
Con su hermano Galo las relaciones no debieron de ser excesivamente estrechas, puesto que su carácter difería profundamente 19 : el de Galo, un tanto violento y primitivo, aficionado a las armas y a la caza, ambicioso y cruel, según tendría ocasión de demostrar, no congeniaba con el de Juliano, que achacará, más tarde, sus defectos a la educación recibida 20 . Sin embargo, tenían en común el recuerdo de la desgracia familiar, recuerdo que los servidores de Constancio en Macellum se esforzaban, sin duda, en corregir, ya que Juliano nos habla con sorna de las «canciones» que les cantaban a ambos hermanos intentando hacerles creer que Constancio, en aquella malhadada noche, había sido engañado y obligado a ceder ante la indisciplina de los soldados y ahora estaba arrepentido. Juliano recordará estos años de Macellum con profundo rencor, sintiéndose prisionero —no se les permitían visitas— y alejado de la educación digna de un príncipe, pues no podía jugar sino con los esclavos y siempre bajo la vigilante mirada de los eunucos de turno 21 .
En Macellum se educó cristianamente a ambos hermanos iniciándoles en el estudio de la Biblia, que Juliano llegó a conocer bastante bien 22 , tal y como muestra su tratado Contra los Galileos . En estos menesteres intervino Jorge de Capadocia, obispo arriano, y aunque Juliano no le tuvo una especial amistad por su carácter turbulento e intrigante, cuando Jorge, que había sustituido breve tiempo al exiliado Atanasio en la sede de Alejandría, pereció el 24 de diciembre del 361 a manos del populacho alejandrino, Juliano, incansable bibliófilo, mandó que se enviara a Antioquía su biblioteca, de la que, según sus propias palabras 23 , había leído y copiado varios volúmenes cuando estaba en Capadocia. También en Macellum debió de seguir los ritos propios de la iniciación cristiana y seguramente fue bautizado 24 . Incluso parece que participó en las ceremonias de la iglesia como lector de textos sagrados 25 .
La influencia de esta etapa en la vida de Juliano fue muy grande, y cuando intenta llevar a cabo su obra de regeneración del paganismo son tantos los datos de organización que toma de la iglesia cristiana que se ha podido hablar, con razón, del intento de construcción de una auténtica Iglesia pagana comparando la figura de Juliano con la de un papa 26 . El celo que fue característico de todos sus actos es muy probable que también le acompañara en esta primera experiencia religiosa, y como símbolo podemos recordar una anécdota que nos transmiten los historiadores eclesiásticos 27 , inventada posteriormente sin duda en cuanto a su desenlace, pero quizá real en su base. Según dicha anécdota, Juliano y Galo, en su fervor religioso, habrían intentado edificar con sus propias manos una capilla que guardara los restos de un mártir de aquella zona especialmente venerado, Mamas, pero, mientras la obra de su hermano progresaba con normalidad, la que salía de las manos del apóstata se venía abajo una y otra vez como un aviso del cielo de que sus obras no le eran gratas.
En el año 347 Constancio, en el curso de un viaje, se detuvo en su residencia de Macellum y debió de dar una partida de caza a la que Juliano asistió 28 , seguramente sin mucho entusiasmo. Era la primera vez que Juliano veía a Constancio 29 , que, sin duda, quería supervisar la educación de sus jóvenes primos y hacerse una idea de sus talentos y ambiciones. Poco después de esta visita, probablemente en 348, terminó el encierro en Macellum: Galo fue llamado a la corte, al parecer para asegurar la continuación del poder en manos de la familia, ya que Constancio no tenía hijos e, incluso, sentía remordimientos y pensaba que la falta de descendencia era un castigo divino a su anterior comportamiento. A Juliano debió de permitirle continuar sus estudios sin ninguna indicación concreta, pues al ser acusado más tarde de haber abandonado Macellum sin permiso, logrará demostrar que no contravino orden alguna 30 .
FORMACIÓNINTELECTUALYCONVERSIÓNALPAGANISMO .—Desde Macellum marchó Juliano a Constantinopla, donde continuó su educación asistiendo a las clases del gramático Nicocles 31 y del retórico Hecebolio, un perfecto camaleón religioso típico de épocas ideológicamente turbulentas, puesto que Juliano lo conoció cristiano, pero, tras su edicto sobre los profesores y para no perder su puesto, se pasó a las filas del paganismo y, al morir el emperador, se retractó públicamente de su error32 . Juliano estaba feliz de poder dedicarse por primera vez en su vida a su incansable afición al estudio, pero su sencillez en el trato con los camaradas, sus brillantes progresos y su simpatía personal —Juliano era un terrible charlatán, demostrando hasta en eso ser un auténtico griego— hicieron crecer demasiado aprisa el número de sus admiradores, y su incipiente fama llegó hasta los oídos del siempre receloso Constancio. Éste, para evitar males mayores, decidió retirar a su primo a una ciudad menos populosa y más tranquila como era la cercana Nicomedia, donde ya había pasado algunos años antes de su exilio en Macellum. En Nicomedia profesaba sus cursos, desde 344 aproximadamente, el famoso rétor pagano Libanio y, pese a la prohibición expresa de asistir a sus clases, Juliano se las ingenió para conseguir una copia diaria de las mismas sin transgredir las órdenes recibidas 33 y sin dejar de satisfacer su deseo de instrucción junto al que, ya entonces, era, con Temistio, el sofista de mayor prestigio de la época.
Juliano encontrará en Libanio una retórica diferente a la que dominaba en aquellos momentos y que estaba empeñada más en sutiles y complicados juegos de armonías que en la expresión de ideas realmente vivas y que, por ello, nunca satisfizo al emperador. Libanio, por el contrario, sin desdeñar los usos retóricos de tan larga tradición en el alma helénica, sabía ponerlos al servicio de un sincero ideal cuyo mejor representante creyó entonces, y también después hasta el final de sus días, que era Juliano: el resurgir del ideal helénico. Libanio, nacido en Antioquía, a la que volverá definitivamente en 354, asistirá en su ciudad natal, a partir de julio de 362, al último período de la vida de su amigo, aunque, en el intermedio, la comunicación entre ambos seguiría alimentándose en forma epistolar.
En Nicomedia y, seguramente, sin que Libanio fuera ajeno a ello, va a tener Juliano sus primeros contactos con la religión pagana, según el testimonio de su amigo que ve en este hecho el advenimiento de una nueva era:
Éste fue el principio de los mayores bienes para él y para la tierra entera; pues aún había allí [en Nicomedia] una chispa escondida del arte adivinatoria que, a duras penas, había escapado a las manos de los impíos, gracias a la cual, siguiendo la huella de lo oculto, contuvo su enorme odio contra los dioses, iluminado por las predicciones de los oráculos 34 .
Con estas breves palabras nos narra Libanio la conversión de su amigo, conversión que, según Bidez, fue más apasionada que racional, fruto maduro de esa misma temprana admiración por Homero y por Grecia que le hará, más tarde, confesarse a sí mismo griego como el mayor timbre de gloria 35 .
De Nicomedia Juliano marchó a Pérgamo, donde se encontraba Edesio de Capadocia, uno de los más ilustres discípulos del neoplatónico Jámblico. Aunque Juliano se sintió rápidamente subyugado por el viejo maestro, después de un tiempo, y alegando sus muchos años, Edesio le sugirió que asistiera a los cursos de sus discípulos Eusebio y Crisanto, ya que sus otros discípulos más distinguidos, Prisco y Máximo, se encontraban en aquellos años en Atenas y Éfeso respectivamente. Crisanto, dentro de su neoplatonismo, era más inclinado a la teurgia que Eusebio, espíritu racional que, al final de sus leccioneś, acostumbraba invariablemente a llamar la atención de sus alumnos sobre la impostura de tales magos y taumaturgos. Juliano, picado en su curiosidad, se decidió finalmente a preguntar a Eusebio la razón del estribillo final de sus clases. Eusebio contó entonces a Juliano cómo había asistido, en un santuario de Hécate, a una demostración teúrgica de Máximo:
Máximo, dijo, es un viejo estudiante que ha aprendido muchas cosas; por la magnitud de su genio y su abundante elocuencia, despreciando toda demostración lógica en estos temas, se arrojó impetuosamente a una especie de locura; no hace mucho nos convocó a un santuario de Hécate y allí nos mostró abundantes testimonios de sus obras. Cuando llegamos y saludamos a la diosa nos dijo: «Sentaos, queridísimos amigos, y mirad lo que va a suceder, a ver si os parece que soy superior a los demás». Cuando dijo esto, y una vez que nos hubimos sentado todos, quemó un grano de incienso y recitó en voz baja cierto himno y obtuvo tal éxito en su demostración que la estatua empezó a sonreír y, a continuación, a reír abiertamente. Y, agitados nosotros por el espectáculo, añadió: «Que ninguno de vosotros se alarme por esto; ahora las antorchas que tiene la diosa en las manos se inflamarán». Y, antes de que terminara de hablar, un resplandor de llamas rodeó las antorchas. Nos marchamos impresionados, como es lógico, por aquel teatral portento. Pero no debes maravillarte de ninguna de estas cosas, como yo no lo hago, sino pensar que lo más importante es la purificación por medio de la razón. Sin embargo, el divino Juliano, al oír esto, dijo: «Adiós, y tú aplícate a tus libros, que a mí me has revelado lo que andaba buscando». Y, tras decir esto, besó la cabeza de Crisanto y marchó hacia Éfeso 36 .
Aunque la anécdota, narrada por Eunapio, no es menos teatral que el prodigio achacado a Máximo, no puede haber duda de que debe de responder a la inclinación auténtica del alma de Juliano, más prendada de misticismo que de razonamiento estrictamente lógico. El hecho es que Juliano se dirigió, efectivamente, a Éfeso en busca de Máximo 37 , que habría de ser uno de los principales mentores de su corta vida y, junto con Prisco, el último interlocutor del emperador cuando, herido mortalmcnte, quiso discutir, al estilo socrático, en su lecho de muerte, sobre la inmortalidad del alma. Casi todos los estudiosos se han puesto de acuerdo en achacar a Máximo y a su influencia los excesos de Juliano, especialmente su superstición exagerada. Sin embargo, el propio Juliano sintió esta relación de una forma diferente:
Él me enseñó ante todo a practicar la virtud y a creer que los dioses son el principio de todos los bienes… Me quitó mi exaltación y audacia e intentó hacerme más moderado 38 .
Junto con Crisanto, a quien Máximo le aconsejó llamar a su lado, apenas daban abasto ambos a la avidez de conocimientos del muchacho39 . Juliano entra así de lleno en el círculo neoplatónico, y Jámblico, discípulo de Porfirio, se convertirá en su modelo filosófico, igual que el caldeo Juliano, del siglo II , lo será en teurgia 40 . Jámblico es puesto a la altura de Platón, «posterior en el tiempo pero no en el genio », «maestro en verdad divino, el primero después de Pitágoras y Platón », en su discurso sobre Helios rey , en el que reconoce repetidamente la deuda que sus ideas tienen con él 41 .
En esta época de intensos contactos con los neoplatónicos es cuando suele colocarse la apostasía de Juliano (350-1), que permaneció, sin embargo, cuidadosamente oculta hasta la muerte de Constancio, excepto para el pequeño grupo de sus amigos íntimos. En el mito que intercala en su discurso Contra el cínico Heraclio42 , Juliano mismo contará a su manera ese proceso de vuelta a las creencias paganas en el que pueden adivinarse varios factores influyentes: por supuesto, el misticismo que animaba a Juliano, su amor por la cultura helénica contrapuesto a la pobreza literaria de los textos sagrados de la nueva religión, así como el respeto en general por las antiguas tradiciones frente a las numerosas innovaciones del cristianismo; probablemente, también su oposición a lo que representaban Constantino y Constancio, oposición visceral por los problemas familiares ya aludidos, así como el espectáculo de la enorme división que agitaba la Iglesia con el enfrentamiento entre arrianos y atanasianos, aparte de otras sectas menores. Sin duda, ligado con todo ello, la apostasía trajo consigo el despertar de sus ambiciones políticas, según confiesa el propio Juliano. El joven que sólo había soñado hasta el momento con placeres espirituales sin compromiso, se va a encontrar ahora con la obligación de salvar el imperio con sus antiguas tradiciones, frente al creciente poder del cristianismo cuyas innovaciones piensa que lo están hundiendo. Helios cura a Juliano de su primitiva enfermedad, lo limpia de suciedad y reanima el fuego que ha puesto en su alma para confiarle la administración del imperio, que está a cargo de pastores perversos, pese a la propia oposición inicial de Juliano. El joven príncipe, el adepto de Mitra —el gran intermediario— el seguidor de Helios, tiene una misión que debe cumplir con la ayuda de los dioses: purificar de sus presentes manchas el imperio de sus antepasados.
Juliano regresó de Éfeso a Nicomedia donde, disimulando sus convicciones, siguió aparentando su pertenencia al cristianismo. Allí Juliano fue convirtiéndose en un auténtico polo de atracción cuya fama hacía venir a numerosos personajes con el solo objetivo de conversar con él y expresarle su deseo de que llegara al poder. Propósitos peligrosísimos pero tan bien escondidos por el príncipe que, dice Libanio, si Esopo hubiera visto aquello, habría tenido que cambiar su fábula y haber hablado del león escondido bajo la piel de un asno 43 .
ESTANCIAEN MILÁNYEN ATENAS .—El 15 de marzo del año 351 su hermano Galo es nombrado César por Constancio y enviado a Oriente, a Antioquía, ante el peligro que suponía para éste la sublevación de Magnencio en 350, surgida en Autun y que había acabado ya con la vida de Constante, el Augusto de Occidente. Magnencio dominaba también Italia, además de la Galia. Tras casarse con Constancia, hermana de Constancio, Galo marchó a Antioquía, donde la pareja tuvo una actuación más bien siniestra e irresponsable. Alarmado Constancio por las noticias que le llegaban y sospechando, incluso, la posibilidad de que Galo albergara más altas ambiciones, los invitó a encontrarse con él en Milán por medio de repetidas cartas falsamente tranquilizadoras. Pero en el camino murió Constancia, última esperanza de Galo, que ya fue conducido claramente como prisionero hasta Flanona, donde acabó siendo decapitado, sin juicio, hacia el final del año 354.
Tras la muerte de Galo, la represión de sus subordinados no se hizo esperar y el propio Juliano no escapó a las sospechas que los sicofantas de la corte extendieron por doquier con su habitual arte. Así, en diciembre de 354, Juliano es llamado a Milán donde tiene que defenderse de una doble acusación: haber abandonado Macellum sin permiso del emperador y haber mantenido conversaciones secretas con Galo en Constantinopla cuando su hermano se dirigía ya al final de sus días 44 . Juliano pudo defenderse con éxito de estas acusaciones, aunque tuvo que esperar varios meses antes de conseguir una entrevista con el emperador, dilación que él mismo achaca a las intrigas del prepotente chambelán, el eunuco Eusebio 45 . Juliano se sintió en peligro, y no sin razón, sobre todo porque veía la gran influencia del citado chambelán y de su camarilla de siniestros delatores profesionales sobre la indecisa figura de su primo Constancio. El final feliz de esta situación lo atribuye Juliano a la inesperada intervención de la emperatriz Eusebia, quien propició entre los dos primos esa entrevista que normalizó sus relaciones, al menos exteriormente. Por fin, a principios del verano de 355, obtuvo permiso, gracias también a la emperatriz, para cumplir su máximo deseo de acudir a estudiar a Atenas 46 , donde permaneció, aproximadamente, desde julio hasta octubre de ese mismo año, dedicado a completar su formación religiosa y filosófica. Parece que asistió a los misterios de Eleusis 47 y también intimó con el neoplatónico Prisco, discípulo de Edesio, al igual que Máximo, y a quien testimonia un gran respeto en sus cartas 48 . En Atenas fue compañero de estudios de Basilio de Cesarea y de Gregorio de Nacianzo, que será su primer gran detractor a su muerte y que alardea de haber observado ya en este tiempo los múltiples defectos que acabarían haciendo de Juliano, según él, poco menos que un monstruo 49 .
JULIANO , CÉSAR .—En octubre, más o menos, debió de recibir Juliano la orden de dejar Atenas y marchar de nuevo a Milán. La diosa Atenea, a quien Juliano suplicaba morir antes que volver a la corte, le guió 50 impidiendo que sus temores, de nuevo funestos, se cumplieran, porque Constancio, esta vez, lo llamaba para convertirlo, inopinadamente, en César.
Constancio y Eusebia no habían tenido hijos y la sucesión se había convertido en un grave problema para el imperio. Juliano era el único miembro de la familia que sobrevivía. Además, Constancio estaba agobiado por la cantidad de amenazas que se agolpaban en sus fronteras del Rin, del Danubio y en el frente persa. Parece que, otra vez, la intervención de Eusebia 51 fue decisiva para su nombramiento, basado sobre todo en el interés de asegurar la continuación de la familia en el poder, enfrentándose con el resto de los cortesanos que eran opuestos a esta decisión, alegando su absoluta inexperiencia en asuntos militares y de gobierno y el pésimo resultado de la experiencia de Galo. En realidad, lo que temían era la ascensión de un hombre al que sabían su enemigo declarado y cuya venganza, por la muerte irregular de Galo y por otros muchos crímenes atestiguados, tarde o temprano llegaría si lograba ganarse la confianza del emperador. Así, desde el nombramiento de Juliano como César hasta la muerte de Constancio vamos a asistir a una pugna continua entre el príncipe y la camarilla de sicofantas del emperador, empeñados en verter sobre Juliano toda clase de acusaciones y conscientes de que en el empeño les va la vida. De esta forma, aunque Constancio, tímidamente, había dado algunos pasos para acercarse a Juliano, los intereses de su círculo acabarían por impedir una relación más amistosa, ya de por sí muy difícil, envenenando constantemente sus relaciones y provocando finalmente el enfrentamiento total que no llegó a consumarse por la inesperada muerte de Constancio.
Nombrado César, Juliano vio cómo trataban de cambiar su aspecto, transformándolo de filósofo en cortesano: le afeitaron su barba, le pusieron ropas de seda y le aconsejaron marchar altivamente en lugar de mirar al suelo con humildad, como le había enseñado Mardonio. El resultado no podía ser otro que la risa de los demás cortesanos ante tan bizarro espectáculo 52 .
El nombramiento tuvo lugar el 6 de noviembre de 355, en Milán, ante el ejército reunido que refrendó con sus aclamaciones la propuesta del emperador 53 . Igual que años atrás, cuando el mismo nombramiento recayó sobre Galo, ahora también los lazos matrimoniales vinieron a confirmar la nueva alianza y otra hermana de Constancio, Helena, se casó con Juliano. Fue un matrimonio político que no dejó ninguna huella en el César, apenas algún recuerdo vago e indiferente en sus obras. Parece ser que, por dos veces, la emperatriz Eusebia impidió que llegara a ver la luz el fruto de esta unión, que estaba llamado a ser el futuro emperador 54 .
Juliano tuvo, poco después de su nombramiento, su primera y única entrevista con la emperatriz, que le causó una profunda impresión y que, en el momento de partir hacia la Galia, le regaló una nutrida colección de libros —lo que demuestra su perspicacia femenina— que colmaron la afición libresca del príncipe 55 .
CAMPAÑASEN GALIA .—Pero Constancio, que había ya soportado continuas sediciones durante su reinado, no estaba dispuesto a confiar alegremente en su primo. Lo destinó a la Galia, donde la situación se había hecho muy difícil por las continuas invasiones de germanos que amenazaban con quedar definitivamente asentados en vastas zonas de aquella provincia. Juliano, en realidad, no tenía ningún poder, pues el mando del ejército se le confió al general Marcelo y tanto el prefecto, Florencio, como el cuestor, Salustio, recibirían las órdenes directamente del emperador, quien llegó, en su afán de maniatar al nuevo César, a reglamentar hasta sus comidas 56 . Juliano hace notar 57 que, en realidad, su única misión era pasear por toda la Galia la imagen del emperador, y que, pese a sus insistentes peticiones para que éste le dijera con exactitud qué era lo que esperaba de él, Constancio evitó siempre una respuesta concreta en torno a sus atribuciones. Incluso le ocultó el grave hecho de que Colonia había caído ya en manos de los germanos en noviembre de 355, lo que hacía mucho más peligrosa la situación de la Galia.
Con una ridícula escolta de sólo 360 soldados partió Juliano de Milán el 1 de diciembre de 355, acompañándole durante un corto trecho el emperador. Juliano atravesó los Alpes y pasó el invierno de 355-6 en Vienne, tras algunos presagios favorables a su futura gestión 58 . Aquí se aplicó a los ejercicios militares, entrenamiento que hasta entonces no había llevado a cabo, puesto que su educación no había sido, ni mucho menos, la habitual de un príncipe. En los asuntos políticos, la colaboración, que terminaría en franca amistad, del honrado cuestor Salustio sería decisiva, según él mismo reconocerá más tarde 59 .
A la primera campaña del año 356 Juliano asistió poco menos que como espectador. Constancio había combinado un ataque propio por el curso superior del Rin con otro de Marcelo, a partir de Reims, intentando cercar a los alamanes, y la maniobra terminó con la recuperación de Colonia 60 , retirándose Juliano a pasar el invierno en Sens. En esta ciudad iba a tener lugar un incidente que costaría el cargo a Marcelo. Juliano, que había repartido la mayoría de sus tropas por las ciudades vecinas a fin de protegerlas de las continuas incursiones de los germanos, se vio sitiado en Sens, contando tan sólo con su guardia personal para la defensa. Juliano asumió la misma, y, después de bastantes dificultades, al cabo de un mes, los bárbaros levantaron el sitio. Pero lo más sorprendente había sido la conducta de Marcelo que, acampado cerca de Sens, no se había molestado en llevar el más mínimo auxilio al César, abandonándole en una situación muy peligrosa 61 . Constancio, al enterarse, llamó a la corte a Marcelo, quien, a su vez, acusó a Juliano de alimentar más altos designios de los que correspondían a su rango. Pero Juliano, conocedor del ambiente hostil que tenía en la corte, envió allí a Euterio, un honrado chambelán que, quizá, fue también encargado de llevar los dos primeros panegíricos del César como parte de su defensa. En cualquier caso, Euterio supo imponerse rotundamente a su rival, pues Marcelo fue destituido y enviado a Sárdica, su ciudad natal, y su puesto encomendado a Severo, pero lo realmente importante era que el mando de las operaciones le fue confiado ahora al propio Juliano 62 .
En la campaña del 357, planeada de forma semejante a la anterior, de nuevo la ineptitud de sus colaboradores va a colocar a Juliano en una situación difícil. El conde Barbacio, que había sido enviado en sustitución de Ursicino como maestro de infantería, tras breves y negativos escarceos abandona su puesto en la proyectada maniobra conjunta, dejando sólo a Juliano, y los alamanes creen llegado el momento de asestarle una derrota definitiva 63 . Una coalición de varias tribus de este pueblo será derrotada por Juliano, que contaba con tropas bastante inferiores, en la famosa batalla de Estrasburgo en el mes de junio de 357 64 . Es la primera y más importante victoria que alcanzaría nunca Juliano, que pasa, a continuación, por primera vez el Rin y persigue a los alamanes en su territorio durante casi todo el otoño, consiguiendo con ello la sumisión de la mayoría de estas tribus antes de retirarse a París, donde hibernará también los próximos años. Además de las numerosas bajas causadas al enemigo, entre los prisioneros que envía a Constancio figura el jefe principal de los alamanes, Cnodomario. Fácil es imaginar el asombro que debió causar en la corte la noticia de que el desaliñado aprendiz de filósofo, que apenas hacía un año que había tenido su primer contacto con los asuntos militares, había conseguido la que puede calificarse, sin duda, como la más importante victoria del imperio en el siglo IV , que frenó, durante un buen número de años, lo que parecía ya una imparable invasión. Las campañas de los años siguientes podríamos resumirlas sencillamente como la explotación de este singular éxito por parte de Juliano. En el 358 se dedicó a liberar el curso inferior del Rin, para lo cual impuso sus condiciones, después de un ataque sorprendentemente madrugador, a los francos salios y a los cámavos que habitaban aquella zona 65 . A continuación, para asegurar el aprovisionamiento, restauró y aumentó en 400 navíos la flota británica. Finalmente, exigió a los vencidos alamanes la devolución de los prisioneros romanos que quedaban en su poder 66 . Sus tareas de consolidación de la seguridad militar en la Galia continuaron durante la campaña del 359.
En la corte, por el contrario, los continuos boletines victoriosos que periódicamente enviaba Juliano a Constancio eran recibidos con envidia por el emperador, que rápidamente se atribuyó la gloria de Estrasburgo hasta en sus más mínimos detalles, y con miedo por sus detractores, que veían cómo la fama de Juliano había alcanzado una altura increíble. El resultado fue el redoblamiento de las burlas y de las insidias ante los permisivos oídos de Constancio, siempre atentos a la adulación. Así, nos cuenta Amiano, se hicieron moneda corriente en la corte los motes al César de «Victorino» (con alusión a un personaje del mismo nombre que se había sublevado el siglo anterior), «cabra», «topo griego», «afeminado», etc. 67
En el 358 intervino también en los asuntos fiscales de la provincia, oponiéndose al prefecto Florencio y a su intento de una leva extraordinaria de impuestos por la debilidad económica en que había quedado la Galia tras las incursiones de los bárbaros. La respuesta de sus enemigos fue una maquinación urdida por Florencio y secundada en la corte por el notario Pentadio y los delatores Gaudencio y Pablo «Cadena», acusando al cuestor Salustio de incitar a Juliano contra Florencio y consiguiendo que fuera llamado junto al emperador. Estos hechos ocurrieron en el invierno del 358-9, y en esa época escribirá Juliano su segundo panegírico a Constancio y su lamento por la marcha de Salustio, en el que declara abiertamente que el auténtico objetivo era dejarle desprovisto de su mejor consejero 68 .
PROCLAMACIÓNDE JULIANO , AUGUSTO .—En el año 359 murió la emperatriz Eusebia, principal defensora de Juliano en la corte, y es de suponer que la influencia negativa de la camarilla de sicofantas en torno a Constancio no hiciese sino crecer. En el mes de octubre llegó la noticia de que Amida, importante plaza fuerte en la frontera persa, había caído en manos del rey persa Sapor, y Constancio decidió preparar la campaña del año siguiente contra los persas contando con la ayuda de las victoriosas tropas galas de Juliano. El emperador estaba en su derecho de pedir este auxilio, pero cometió algunos errores: uno, por falta de delicadeza, al dirigir su petición directamente a Lupicino y Síntula, dos subordinados de Juliano, escribiendo tan sólo a éste para que se mantuviese al margen y dejase hacer; otro, por falta de información, puesto que los aliados celtas y germanos que formaban en las legiones de Juliano se habían enrolado a condición de que no se les hiciese pasar los Alpes. Tenían un gran afecto por su general, y, además, la situación en la Galia no era tan segura como para hacer desaparecer de allí, de improviso, lo más selecto de sus tropas; por último, habría que añadir que Constancio tenía una sorprendente mala memoria de las recientes sediciones ocurridas en la Galia precisamente, encabezadas por Magnencio primero y Silvano después. Lo más fácil es que quisiera lograr a un tiempo dos cosas importantes: el apoyo de una excelente fuerza militár para su expedición y el privar a Juliano de sus mejores tropas, por si las acusaciones de sus enemigos eran ciertas.
El caso es que Constancio envió una embajada, al mando del secretario Decencio, pidiendo a Lupicino la marcha de las legiones de los Hérulos, Bátavos, Petulantes y Celtas, todas ellas tropas de excepción, además de un tercio del resto de los soldados, y a Síntula la guardia personal. La embajada llegó en enero de 360 y Síntula se apresuró a ponerse en marcha, cumpliendo las órdenes, pero Lupicino se encontraba en Britania con las dos primeras legiones citadas, por lo que Decencio no tuvo más remedio que negociar con Juliano. Éste, después de algunas vacilaciones, decidió, al parecer, cumplir la orden y escribió a Constancio anunciándole el envío de las tropas pedidas. Como lugar de concentración y partida Decencio escogió París, pese a la inicial oposición de Juliano que, conocedor de sus hombres, temía que en una ciudad pudiera producirse algún motín. Pero el descontento de los soldados por tener que abandonar sus hogares iba en aumento, comenzando a circular libelos que anunciaban la tormenta. Una vez llegados a París, durante la noche, rodean el palacio llamando a gritos a Juliano Augusto. Juliano en un principio se resiste y sólo, según Amiano, se decide ante la aparición del Genio del Imperio, que amenaza con abandonarle si no acepta la diadema. Juliano sale y promete a los soldados que no traspasarán los Alpes y que él se lo explicará a Constancio, que sabrá comprenderlo. Pero la sedición está en marcha, los soldados continúan gritando y amenazando a un tiempo, Juliano no puede oponerse más y, temiendo por su vida, se deja proclamar Augusto por las tropas. Decencio y el prefecto de la Galia, Florencio, marchan en dirección a Constancio. Las tropas que ya habían partido con Síntula, al tener noticia de la proclamación de París, dan de inmediato media vuelta y regresan 69 .
Así es como cuentan, a grandes rasgos, la proclamación Juliano y sus seguidores Amiano y Libanio. ¿Es todo ello una enorme farsa propagandística del «nuevo régimen»? Si no es posible una respuesta categórica —aunque personalmente creo que hay suficientes elementos para una contestación afirmativa—, no hay que olvidar que un historiador nada sospechoso de animadversión contra Juliano, sino encendido admirador suyo, no ha dejado de señalar que Juliano, después de algunos ritos secretos sólo conocidos por el hierofante de Eleusis, a quien había hecho venir hasta la Galia, y sus amigos íntimos el médico Oribasio y Evémero, había decidido rebelarse contra Constancio, y que en su golpe de estado contó con el servicio de varios conspiradores 70 .
La proclamación —o el golpe de estado, como quiera llamársele— tuvo lugar en febrero del año 360. Durante todo este año, Juliano, convencido de su manifiesta inferioridad militar, y Constancio, retenido por el inminente peligro persa, van a dilatar el encuentro definitivo mediante un intercambio epistolar cuyo resultado sólo podía ser negativo. Juliano pide que se le reconozca su nueva dignidad, aunque humildemente se firma como César, y Constancio le promete perdonarle la vida a cambio de dejar las cosas como estaban antes del levantamiento 71 . Bajo la apariencia de una negociación, ambos esperan el momento oportuno del ataque porque, aunque sinceramente no lo desean, saben que es la única salida posible a la situación creada.
Tras el arresto de Lupicino 72 , a quien se había ocultado cuidadosamente durante su ausencia todo lo sucedido, Juliano, en el verano de 360, volverá a cruzar el Rin, atacando y sometiendo a los francos atuarios 73 para establecer sus cuarteles de invierno en Vienne, donde, el 6 de noviembre, con motivo del quinto aniversario de su proclamación como César, debió dictar su primer edicto de tolerancia para oponerse a la rígida política arriana de Constancio. Por estas fechas muere su esposa Helena, último lazo que tenía con el emperador 74 . En las fiestas de la Epifanía del 361 aún rezó Juliano públicamente en la iglesia, ocultando así todavía sus auténticas creencias 75 .
En este año Juliano tiene noticias seguras de que Constancio está preparando víveres en abundancia cerca de los Alpes para marchar contra él y de que, además, está dispuesto a echarle encima a los bárbaros mediante pactos secretos, como ya hiciera diez años antes en su lucha contra Magnencio. Juliano, consciente de que esperar en la Galia es un suicidio, decide adelantarse y marcha, a lo largo del Danubio, en dirección a Sirmium (actual Mitrowitza), capital de Iliria y pieza clave para las comunicaciones con la parte oriental del imperio, y más tarde a Naissum (Nisch). La expedición se llevó a cabo con tal velocidad que Juliano partió de la Galia en julio y ya en octubre era dueño de estas plazas fuertes sin haber dejado tiempo para reaccionar a Constancio. Desde Naissum Juliano lanza manifiestos políticos, explicando los móviles de su conducta, a Roma, Corinto, Esparta y Atenas 76 , en un intento de atraerse a su lado a Italia y Grecia, al tiempo que va tomando ciertas medidas de reorganización administrativa y distribución de altos cargos: nombra al rétor Mamertino prefecto de Italia e Iliria y cónsul para el 362 junto con el jefe de caballería Nevitta, que era un bárbaro; al historiador Aurelio Víctor lo nombra gobernador de la Panonia Segunda.
El drama de un nuevo enfrentamiento civil, que era inminente, se esfumó, sin embargo, como por milagro, y el desenlace, de acuerdo con los deseos de Juliano 77 , fue pacíficamente victorioso: el 5 de octubre de 361 Constancio moría, enfermo, en Mopsucrene, en Cilicia, cuando se dirigía contra su César y, antes de morir, nombró heredero a Juliano, que recibía ahora el pacífico acatamiento de las provincias orientales 78 .
JULIANO , AUGUSTO . TRIBUNAL DE CALCEDONIA .—Juliano marcha inmediatamente en dirección a la capital y hace su entrada en Constantinopla el 12 de diciembre del 361. Por esas fechas escribe la Epístola a Temistio , que puede ser considerada como el primer manifiesto de sus intenciones políticas, totalmente moderadas y garantes de la libertad de todos sus súbditos. El recibimiento que se le tributó en Constantinopla 79 estuvo a la altura de las esperanzas que había despertado un César que, pese a sus pocos años, había conseguido reunir una serie de prometedoras virtudes: afición a la sabiduría, genio militar, amor a la justicia, defensa de las libertades, austeridad de vida, amabilidad en el trato, pasión por el helenismo, defensa de las tradiciones y —lo que resultaba un poco chocante en la zona oriental— restauración de la religión tradicional. Claro es que sus adversarios interpretaban los mismos hechos como pedantería y arrogancia, afán de inmiscuirse hasta en los más pequeños detalles judiciales, demagógico gusto por el aplauso, exceso de sentimentalismo desfasado y enemistad por el cristianismo. En cualquier caso, Juliano está ahora completamente seguro de sí mismo y convencido de que, en efecto, goza del favor de los dioses y es su elegido para defender en la tierra la causa de la vieja religión. ¿Cómo, si no, explicar su milagrosa salvación, en medio de tantos peligros, que le ha hecho quedar como único representante de la dinastía de los segundos Flavios y su no menos milagroso acceso a la categoría de Augusto, único señor del imperio, sin verter una sola gota de sangre?
Constancio es tratado con todos los respetos por Juliano 80 , que le concede la apoteosis, pero sobre sus colaboradores más íntimos va a hacer recaer el nuevo emperador el peso de los crímenes del anterior reinado. Con el encargo de revisar las actuaciones punibles de ciertos elementos del antiguo régimen, se créa un tribunal especial con sede en Calcedonia, compuesto por Salustio, a quien ha nombrado prefecto de Oriente, Mamertino y los cuatro principales generales del ejército: Nevitta, Jovino, Arbecio y Agilón. Los dos últimos habían permanecido fieles a Constancio hasta su muerte, lo que parecía una garantía suficiente de imparcialidad. Aunque el presidente era Salustio, Arbecio, según el testimonio de Amiano, fue quien llevó realmente la dirección del proceso. Fueron condenados a muerte los servidores del servicio secreto Pablo «Cadena» y Apodemo, así como el gran chambelán, el eunuco Eusebio, y el antiguo ministro de finanzas Úrsulo —todos ellos ejecutados—, junto con el antiguo prefecto de la Galia y después de Iliria, Florencio, que logró escapar y permanecer escondido para no reaparecer en escena hasta la muerte de Juliano. Fuera de la actuación del tribunal, Gaudencio, encargado por Constancio de la defensa de África y que persistió en su actitud incluso cuando ya todo estaba resuelto, y Artemio, ex-duque de Egipto, acusado de diversas profanaciones por los paganos alejandrinos, también serían ejecutados. El propio Amiano critica algunas de las sentencias como enormemente injustas, sobre todo la de Úrsulo —motivada, en realidad, por ciertos comentarios contra el estamento militar pronunciados tiempo atrás— y la de Florencio, que lo único que había hecho era obedecer a su emperador Constancio. No parece que haya sido Juliano el mentor de algunas de estas sentencias, sino la preponderancia, que no hay que perder de vista, del elemento castrense. Pentadio, a quien Juliano maltrata duramente en la Epístola a los atenienses , escrita poco antes de la celebración del juicio, fue, por ejemplo, absuelto, lo que viene a probar cierta independencia del tribunal y no permite considerarlo como un mero instrumento de venganza personal de Juliano 81 .
ESTANCIAEN CONSTANTINOPLA .—Nada más instalarse en Constantinopla y solventado el penoso asunto del tribunal de Calcedonia, que actuó con extraordinaria rapidez, Juliano se dispone a aplicar al gobierno del imperio sus propias ideas en medio de una actividad febril —tónica constante de su vida—, lo que provoca un auténtico torrente de reformas. Una de las que primero emprendió fue la reforma de la corte, cuya pompa asiática había ido creciendo bajo Constantino y Constancio. La austeridad de Juliano hizo desaparecer de un plumazo a una larga serie de inútiles personajes, reduciendo el número de sus servidores al mínimo indispensable 82 . Al tiempo, Juliano desecha el riguroso ceremonial anterior y, deseoso de emular los hábitos de Marco Aurelio, se le ve marchar el 1 de enero de 362 mezclado a la multitud para asistir a las ceremonias de los nuevos cónsules Mamertino y Nevitta, o asistir repetidamente a las sesiones ordinarias del senado de Constantinopla oyendo o interviniendo como un senador más 83 . Juliano quiere volver a las antiguas formas republicanas y rechaza el, según él, bárbaro título de dominas . Aunque es cierto que a Juliano le gustaba el elogio popular, no sería justo poner en duda la sinceridad, a menudo ingenua desde luego, de sus ideales políticos 84 .
La corte sufrió una transformación radical porque, tras la depuración efectuada, Juliano comenzó a llamar a su lado a todos aquellos hombres que descollaban por sus conocimientos y honradez en su sincero deseo de que le sirvieran de consejeros. No todos aceptaron, quizá por temer las complicaciones de la vida de la corte, quizá por presumir que el celo del joven emperador acabaría provocando conflictos peligrosos. Así, el neoplatónico Crisanto, que había sido su maestro, se excusó y rechazó el ofrecimiento. Está claro que no hubo distinción entre paganos y cristianos, pues, de entre éstos, mantuvo con él al médico Cesáreo, hermano de Gregorio de Nacianzo, y llamó a Aecio e incluso, probablemente, a Basilio de Cesarea 85 . Como prueba de su imparcialidad, Juliano decretó una amnistía para todos los exiliados por motivos religiosos proclamando una tolerancia total. La medida, según Amiano, tenía, en realidad, como objetivo reanimar, con la vuelta de los exiliados, los enfrentamientos entre las distintas sectas cristianas para debilitarlas 86 .
El paganismo que el emperador empezó a practicar abiertamente había sido duramente perseguido ya a partir de Constantino, y la cantidad de expoliaciones de templos y santuarios, cuyos materiales habían sido empleados en otras construcciones, fue bastante grande. Para hacer efectiva la libertad del politeísmo, Juliano tuvo que exigir la devolución de todo lo que había sido sustraído a sus antiguos dueños o una indemnización equivalente, porque el Estado no estaba en condiciones de sufragar el gran número de construcciones que se necesitaban 87 . Estas medidas provocaron los primeros conflictos serios, al negarse bastantes cristianos a estas devoluciones o al excederse los paganos en el cumplimiento a rajatabla de las mismas y, en el revuelo, se produjo incluso la muerte de algún cristiano que, inmediatamente, fue considerado mártir. Lo que era verdad es que se vivía un cierto ambiente de revancha entre los paganos y de incertidumbre y temor entre los cristianos, y un ejemplo de esta situación lo ofreció la siempre turbulenta Alejandría a los pocos días de la entrada de Juliano en Constantinopla. El 24 de diciembre del 361 los paganos de Alejandría, irritados por la anterior política persecutoria del paganismo de su obispo Jorge (el mismo a quien Juliano había conocido en Capadocia), lo detuvieron, junto a otros dos funcionarios cristianos, y les dieron muerte paseando sus cadáveres por la ciudad y arrojándolos al mar después de haberlos quemado. En el mes de enero del 362 Juliano envió una carta a los alejandrinos reprochándoles su actitud, pero en un tono tan comprensivo que no puede considerarse neutral 88 .
Entre las reformas que emprende Juliano en sus seis meses de estancia en Constantinopla hay que mencionar su intento de revivir las antiguas estructuras municipales, intentando dotarlas de autonomía con el sueño de que el imperio se convirtiera en una especie de federación de entes locales autónomos, que Bidez 89 califica de «quimera».
Las curias municipales habían perdido hacía tiempo toda iniciativa real y, además, se encontraban medio desiertas, porque el impuesto inherente a la función de curial era una pesada carga sin contrapartida positiva. Juliano hizo que entraran en las curias todos aquellos que económicamente eran realmente capaces, estableciendo fuertes multas para los que intentaran defraudar esta obligación y estableciendo ciertas exenciones para los médicos municipales, los notarios imperiales tras quince años de servicios, los domiciliados secundariamente en una ciudad, los padres de trece o más hijos, etcétera. Por supuesto, suprimió la exención de que habían disfrutado los obispos, monjes y clérigos cristianos en los anteriores reinados. A su vez, las curias recuperaron el derecho de imponer impuestos, al tiempo que se establecían duras penas contra los funcionarios indignos. Ordenó también que las propiedades públicas confiscadas o usurpadas fueran restituidas a las ciudades, perdonando, en ciertos casos, a algunas el pago de impuestos atrasados para aliviar su situación 90 . Es en este intento de devolver una vida plena a los municipios en el que hay que situar sus cartas a diversas ciudades, empezando por las escritas en Iliria antes de la muerte de Constancio, así como su interés ya citado por asistir a las sesiones del senado y su gusto en recordarles las glorias pasadas.
También favoreció a los municipios el mayor control que Juliano impuso en la utilización de la posta pública, pues su uso abusivo traía consigo el mal estado de los caminos y estaciones cuyo arreglo corría a cargo de las curias correspondientes. El emperador empezó, una vez más, por dar ejemplo, limitando el número de sus mensajeros a diecisiete y retirando a los funcionarios —excepto al prefecto del pretorio— la facultad de conceder permisos para su utilización, salvo unos pocos extraordinarios, y al clero cristiano el derecho de que venía disfrutando de viajar con cargo al Estado 91 .
En materia de justicia Juliano se esforzó por agilizar su aplicación, al tiempo que restauraba ciertas leyes tradicionales frente a las innovaciones de sus predecesores. Su afición a otorgar él mismo justicia es objeto de las burlas de Gregorio de Nacianzo y de encendidas alabanzas, con pequeños reparos, por parte de Amiano 92 .
En cuanto al ejército, empezó por conseguir que el soldado recibiese su paga regularmente y en efectivo, no en especies, y con su propio ejemplo intentó fortalecer por todos los procedimientos la disciplina y dureza del soldado, evitando una larga ociosidad. También por aquí intentó descargar a los municipios de algunas de las cargas que tenían con respecto al aprovisionamiento de los ejércitos que pasaban por sus límites 93 .
Pero además de su actividad legislativa y de sus reformas políticas, Juliano desarrolla una intensa actividad intelectual. A comienzos de la primavera del 362 escribe, en noches consecutivas, los discursos Sobre la madre de los dioses y Contra el cínico Heraclio . En el primero de ellos intenta desarrollar las ideas contenidas en el mito de Cibeles y Atis de acuerdo con el método exegético en boga en los círculos neoplatónicos, mientras que el segundo discurso citado es un virulento ataque contra los escépticos y ateos cínicos de su época que no podían, en absoluto, secundar los ardores religiosos del emperador. Para Juliano son tan enemigos como puedan serlo los Galileos, y este ataque se repetirá en el mes de junio del mismo año en su discurso Contra los cínicos ignorantes .
El 17 de ese mismo mes de junio Juliano promulga su famosa ley escolar, que merecerá el calificativo de «inclemente» por parte de Amiano, y que significaba la prohibición a los maestros cristianos de explicar la cultura clásica, basándose en su falta de fe en lo que explicaban, lo que suponía una actitud hipócrita 94 . Este paso fue considerado tanto en su día como por los críticos modernos como el momento crucial en que la política religiosa de Juliano pasa de una efectiva tolerancia, inspirada en el famoso rescripto de Milán del 313, a un sectarismo a favor de los paganos. Según Bidez 95 , quizá haya que poner el hecho en relación con la llegada a Constantinopla, en primavera, de Máximo de Éfeso y de Prisco, el primero de los cuales, sobre todo, alcanzó, por los indicios, una gran preponderancia en la corte 96 , provocando en Juliano el paso de lo que el crítico llama un filósofo coronado a un teócrata sectario, que ya no se contenta con volver a la situación anterior a Constantino, sino que pretende regenerar y recrear un nuevo helenismo. Ello se manifiesta en las cartas 84-89, escritas poco después en Antioquía, en las que da instrucciones, en calidad de sumo sacerdote, sobre la actuación del clero y la organización de una «iglesia pagana», siguiendo a Maximino Daya, que suponen una profunda revolución que quedaría inconclusa por la muerte de su inspirador, tomando del cristianismo aquellos aspectos que le podían granjear mayores simpatías entre el pueblo.
ESTANCIAEN ANTIOQUÍA .—El 21 de junio del 362 Juliano parte de Constantinopla en dirección a Antioquía para preparar un ataque contra el persa Sapor en la campaña del siguiente año. Se siente la reencarnación de Alejandro, confirmado por ciertos oráculos oídos por su maestro Máximo 97 , y está deseoso de añadir a sus triunfos una victoria sobre los partos 98 . En el camino pasó por Nicomedia, que había sido destruida en gran parte por un terremoto, y por la ciudad de Pesinunte, donde ofreció sacrificios en el antiguo y famoso santuario de la diosa Cibeles. Pero, a medida que avanzaba en su camino, Juliano iba sintiendo la distancia que separaba sus ideales de la realidad y escribe al filósofo Aristóxeno:
Ven a encontrarnos en Tiana, por Zeus dios de la amistad, y haznos ver entre los capadocios un heleno auténtico. Hasta ahora no veo sino gentes que se niegan a sacrificar, o algunos que querrían hacerlo pero no saben cómo 99 .
Hacia el 18 de julio entra en Antioquía, donde encontrará a Libanio que le dedica un discurso de alabanza 100 . Después de superar algunas desconfianzas del rétor hacia ciertos miembros influyentes de la corte, quizá Nicocles o Temistio, la vieja amistad entre Juliano y Libanio se reanudó libremente, haciéndose frecuentes tanto sus entrevistas como las cartas que se intercambiaron y cuya influencia, según Bidez, sirvió de contrapeso a la que ejercían los neoplatónicos Máximo y Prisco.
La historia de la estancia de Juliano en Antioquía es bien sencilla: una serie ininterrumpida de incomprensiones que van provocando una hostilidad mutua, cada vez mayor, entre el carácter austero y piadoso del emperador y la alegría y desenfado nada moralizante de la ciudad. Primero fue el asunto de Dafne, delicioso valle cercano a Antioquía, en el que se encontraba un antiguo templo dedicado a Apolo y una fuente, Castalia, de aguas proféticas que, largo tiempo atrás, habían anunciado el poder de Adriano. El templo había sido cerrado bajo Constancio, como tantos otros, y el César Galo había hecho construir en su recinto sagrado una pequeña capilla para guardar los restos sagrados del mártir local Bábilas. Cuando Juliano, que había encargado a su tío homónimo los trabajos de restauración, acudió a este famoso santuario se encontró con que el senado no había preparado ninguna ofrenda para el sacrificio, porque en su mayoría eran cristianos, y, al intentar ponerse en comunicación con los dioses, se produjo un silencio total debido, según los augures, a la impía presencia en el recinto del cadáver de Bábilas. En consecuencia, el emperador mandó que sus restos fueran desenterrados y sacados del lugar, cosa que los antioquenos realizaron en una gran procesión no exenta de insultos al emperador.
Poco después, la noche del 22 de octubre, el templo se incendió misteriosamente y quedó totalmente destruido. Aunque no pudo demostrarse, Juliano estaba convencido de que era una venganza de los cristianos y, en represalia, ordenó cerrar la iglesia principal de Antioquía que Constancio había inaugurado recientemente 101 . El 24 de octubre una nueva orden de exilio recaía sobre el polémico obispo Atanasio de Alejandría, que había vuelto a su antigua sede después de seis años de destierro por obra del arriano Constancio en febrero de este mismo año 102 . También en otros lugares los cristianos desafiaron las medidas de Juliano provocando incidentes, como en Pesinunte o Cesarea, con atentados a símbolos paganos 103 . Estos hechos provocaron una serie de disposiciones de Juliano discriminatorias contra los cristianos, ya contra particulares, ya contra ciudades enteras como Nísibe o Constancia de Palestina 104 . Es probable que se llegara a separar a los cristianos de la guardia imperial, de los gobiernos de las provincias y de los cargos judiciales 105 . Las ciudades de mayoría cristiana que no habían procedido a la reapertura de los templos paganos sabían que no tenían muchas posibilidades de encontrar eco favorable en el emperador a sus peticiones.
Su segundo enfrentamiento grave con los antioquenos fue como consecuencia de la escasez de víveres provocada por un seco verano y quizá agravada por los numerosos problemas que planteaba el ejército que estaba reuniendo Juliano. Ante la falta de víveres Juliano mandó traer trigo en abundancia de Egipto y fijó en noviembre un edicto del maximum
