Disociados - Tómas Cieres - E-Book

Disociados E-Book

Tómas Cieres

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Beschreibung

Ansiedad, estrés, amnesia, desorientación y desesperación, son algunas de las sensaciones que podés encontrar en Disociados. Encarnaremos en primera persona a Arno, un emprendedor que lucha por recuperar el pasado que él mismo destruyó. Junto a Brais, él tratará de salir airoso de cada situación complicada, tanto en sus negocios como en su vida personal. ¿Se puede salir adelante delante de la ansiedad? ¿Los demás descubrirán quién es en verdad? Se descubrirá a sí mismo

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Seitenzahl: 151

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Cieres Vallori, Tomás

Disociados : cuando tu inconsciente toma el control / Tomás Cieres Vallori. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

148 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-951-6

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Cieres Vallori, Tomás

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Dedicado a mi amigo Exequiel A. Castellanos, quien me motivó a continuar con este proyecto y quien nos dejó sin despedirse...

DisociadosAnsiedad en primera persona

Tomás Cieres Vallori

Prefacio

Este libro lo escribí en mi etapa de desempleo. Renuncié a ser empleado público y me lancé de lleno a mis proyectos. Acto seguido, los negocios y emprendimientos no salieron como esperaba. Entre mis “jugadas brillantes de esa época”, vendí algunos de mis muebles y objetos más preciados para imprimir una tirada de mi primer libro y hacer un viaje a otra provincia de mi país para “contar mi historia” y ofrecerlo, pero solo vendí un libro.

Seguí insistiendo y tuve mi segunda oportunidad cuando viajé a la feria del libro más grande de Latinoamérica. Ese día se había decretado paro nacional de transporte. Solo vendí un libro y otro lo regalé a la familia que me hospedó en Buenos Aires.

Emocionalmente me encontraba enojado, y debo decir también que frustrado. Siempre le busqué la vuelta dando clases particulares, haciendo diseño gráfico, haciendo planos, pero no había forma, no podía salir de ese pozo. Pronto se me habían acabado mis ahorros y mis ingresos ya no cubrían mi alquiler.

Vivir siempre al filo me motivó a crear también mi primera novela, un género que, como diría un amigo editor, “está al otro lado de lo que venía haciendo”. La esencia del mensaje que quiero dar está en estas páginas. Espero que lo disfrutes y muchas gracias por leer estas palabras.

Capítulo 1

La cama más cara del mundo1

Solo recuerdo que debido al estrés, la frustración, la ansiedad y la falta de autocontrol me encontraba en una camilla. Bajo los efectos de la anestesia, veía borroso a mi alrededor. Entre más quería abrir los ojos, más me pesaban…

Se oyó una voz:

—El paciente —se referían a mí— llegó a las 23:00 horas del día de ayer, presentando lesiones de…

Juro que me dormí. Con mis ojos entrecerrados, vi que los médicos residentes tomaban nota. ¿Eran 5 o 10? ¿Eran 3? Solo sé que me despertaba de a ratos y no podía enfocarme en nada, solo oír. El sueño inducido me permitía escucharlos de a partes.

Pasó un tiempo. Miré a mi derecha: había otra persona, tenía un respirador. Era otro hombre, parecía que tenía yesos. Me volví a dormir.

Creí que soñaba. Resultó que, dormido, llamaba a la enfermera. Algo me dolía. «¿Serán las nuevas cicatrices?», me dije.

Sentía un tremendo dolor de cabeza. No recuerdo, solo sabía que decía incoherencias. Al lado mío, otro hombre reía. Entró la enfermera y nos retó a ambos.

—Silencio, acá no se puede hablar ni reírse.

En ese momento, pensaba cuántas personas más habría en la sala. ¿Éramos nosotros dos quienes hablábamos?

Volví a despertar por los gritos lejanos de otra persona. Mi compañero se había quedado sin su suero con calmante y el dolor no se hizo esperar. Me había despertado.

—¡Llamá a la enfermera, por favor! —me ordenó entre gruñidos de dolor. Yo estaba bastante desorientado.

—¿A mí me hablas? —contesté.

—¡Sí, a vos! —suspiró—. Al fin decís algo coherente. Apurate, llámala, el dolor es insoportable.

Teníamos un timbre cada uno, pero él no podía usarlo. Yo recién me daba cuenta de que tenía el pulsador al lado mío. Lo toqué con fuerza.

Pasó un rato largo, pero si a mí se me hizo largo, a mi compañero se le hizo eterno.

No llegó una enfermera sino un enfermero tosco y corpulento, de la clase que llamarías para alzar un cuerpo como si de bolsas de papas se tratara.

—¿Dónde está ella? —le preguntó bruscamente mi compañero.

El enfermero contestó también bruscamente.

—¿Qué piensa la gente? ¿Que los enfermeros tenemos que estar todo el tiempo para ustedes? —Y agregó—: Ya terminó su guardia, en algún momento tiene que volver con la familia.

—Está bien, tranquilo —contestó mi compañero de manera conciliadora.

En ese momento, observé que, mágicamente, mi compañero ya no sentía dolor y solamente se limitaba a contestar “sí”, “no” y “ahí duele”, como queriendo demostrar hombría, mientras el enfermero y otro médico que se había sumado le hacían pruebas de rutina. Me volví a dormir.

No recordaba bien si ya íbamos uno o dos días ahí, había perdido la noción del tiempo. Despojado de celular y de relojes, solo sabía que pasaba el tiempo porque el personal cambiaba en distintos horarios, y como había dicho el enfermero, en algún momento tenían que descansar. Solo entraba una tenue luz por arriba de una cortina en la habitación. Y eso significaba que era de día.

Ya mejor y con posibilidad de acostarme casi sentado en la cama, no me había dado cuenta de que ya me habían retirado algunos tubos del cuerpo. Comencé a tratar de conversar con mi compañero de sala. Al fin y al cabo, estábamos ahí con el tiempo libre de nuestro lado.

—¿Por qué estás acá? —le pregunté en algún momento.

Hizo una pausa mientras bebía un sorbo de té o mate cocido. Suspiró.

—No lo vi venir —dijo mientrasmovía la cabeza para ambos lados, parecía no creer que estaba ahí. Y a continuación, agregó—: Solo sé que esta es la cama más cara del mundo. Y ahí comenzaron mis lecciones de vida, o quizá de mi nueva vida.

Capítulo 2

Recuperación

Ya más consciente, me di cuenta de que había pasado tres días en el hospital y todavía seguía en la unidad de cuidados intensivos. Con mi compañero comenzamos a hablarnos más seguido. Éramos dos desconocidos cruzándonos en un momento crítico de nuestras vidas, unidos por la casualidad (o la causalidad).

Siempre me gustó preguntar lo incómodo, lo no evidente, lo que el común de las personas, en una charla trivial, no se anima a preguntar y se limita a los “¿cómo te llamas?”, “¿a qué te dedicás?”, “¿de qué club sos hincha?”, “¿cómo es tu familia o tu situación sentimental?”. Las preguntas comunes siempre las dejaba para el final. A veces hablaba durante horas con alguien que recién conocía y me despedía sin conocer su nombre.

Recuerdo que le pregunté si había tenido un accidente. Miró a la nada y contestó:

—Parece que sí, tengo mis recuerdos muy borrosos. Tengo (o tenía) un auto de los más seguros del mundo, solo sé que viajaba muy rápido por la ruta, con una especie de tristeza o una sensación desagradable.No había bebido nada, así que no sé de dónde viene esa sensación. Luego apareció esa niebla. —Pausó su relato.

Volvió al tema de su auto y comenzó a hablar de marcas y modelos, charla para nada interesante para mí. Retomé mi atención cuando dijo:

—Espero que el auto esté bien, porque sí recuerdo que lo compré hace muy poco.

Esquivó mi pregunta. En ese momento, pensé: «Nunca entendí por qué a algunas personas les importa más lo material que su propia vida, o peor aún, la de los demás».

A medida que lo iba conociendo, me daba cuenta de que a mi compañero le encantaba hablar de sí mismo. Me aburre la gente así, ni hablar cuando me cuentan sobre sus logros materiales. Creo que esa situación es un ejercicio para mi paciencia y para aprender a escuchar. No tenía nada mejor que hacer sin teléfono, sin televisión (ninguno de los dos tuvo ganas de prenderla), y con mucho, MUCHO tiempo, los/as enfermeros/as me tenían prohibido que hablara. Me decían:

—No tiene permitido conversar acá, se llenará de gases, está recién operado.

«No hace falta que me lo repitan todo el tiempo», pensaba. Si me expresaba demasiado o me movía, mi cuerpo me lo hacía saber con algún dolor. En mi mente venía una y otra vez el siguiente pensamiento: «No sos inmortal y tu templo está destruido».

En algún momento, mi compañero retomó lo que me estaba contando:

—Y así me desperté acá, con vos al lado que, por cierto, la anestesia te hace hablar incoherencias —dijo riéndose.

Sentí un poco de vergüenza mientras pensaba: «¿Qué habré dicho?», y también me puse a reflexionar.

Se ve que él también estaba tan aburrido de lo mismo todos los días. Era el horario de la comida desabrida, y me dijo:

—Contame por qué estás acá. —Dio muestras de que a veces le gustaba saber de otros.

Miré hacia un punto fijo, me puse a recordar y me vino a la mente un día normal en mi trabajo de oficina. Esforzando aún más mi memoria (los fármacos me habían dejado medio tonto todavía), recordé que habían pasado cosas para nada positivas ese día. Ya hacía varios años que tenía ese trabajo, pero no me sentía pleno, necesitaba el dinero y mantener la cabeza ocupada. Lo vi como una oportunidad, pero el amor por ese trabajo solo duró unas semanas, ya el resto era inconformidad y rutina. Creo que le conté eso.

Me vino el recuerdo de todos los viernes: “San Viernes y NI UNA VENTA que justifique este sueldito”, dije levantándome de mi escritorio.

Me había recibido hacía poco y creía que conseguiría trabajo rápido, pero ahí estaba, vendiendo viviendas prefabricadas a comisión. Había creído que jamás iba a vender esas casitas de cartón de yeso, sin embargo, ahí estaba, en una oficina con mobiliario viejo, sin diseño, las paredes ya sin brillo por la gente que pasaba todos los días a cumplir su sueño de la casa propia.

A veces eran matrimonios jóvenes, a veces familias ensambladas, algún que otro oportunista que había heredado un terreno de algún pariente y quería vivir de rentas (el equivalente al sueño americano pero en versión argentina). Todos los días era lo mismo: mostraba los planos y las maquetas virtuales de las tipologías de las casitas, explicaba metros cuadrados de los ambientes, cantidad de dormitorios, que si la ampliás para acá o para allá, que podés construirle arriba un departamentito, que la terminación (¡dios, qué calidad de porquería!), aburrido.

Sentía que mi vida estaba en otro lado, lejos de todo aquello, y que, aparte, vendía un producto sin alma. O yo quizás había perdido la mía.

Tampoco vendía bien (de verdad que ya no le ponía ganas). Una mujer que trabajaba conmigo, con quien no congeniábamos para nada, me decía:

—¡Tenés una cara!, te falta gracia para vender, tu curriculum decía que eras carismático, que tenías habilidades para vender, me parece que esa persona no sos vos, RRHH te hizo mal el test de bajo la lluvia. —Se echaba a reír.

El comentario me molestó. Y le contesté.

—Deciles que me echen si no te gusta mi cara. —En seco.

No se esperaba esa respuesta, y aun así me dijo:

—Echarte les generaría doble gasto en indemnizaciones, aparte, esta empresa, para funcionar, necesita un empleado con tu cara para que los otros nos luzcamos. —Hizo una pausa y agregó—: Si yo estuviera a cargo, sería la primera en pegarte una patada; con esa actitud que tenés, no llegarás a ningún lado. —Se retiró de su escritorio.

Al ritmo que se crecía dentro de esa empresa, con nula motivación e ínfimo crecimiento, solo con la cultura de la competencia, habrían pasado como 20 años para que ella creciera. Aun así, aceptando también mi mediocridad, sabía que en algunos puntos ella tenía razón, yo debía cambiar…

—¿En qué momento una relación laboral se vuelve así?, ¡ah, sí! Cuando la cultura laboral es una mierda. —Me volví a dormir.

Desperté un día cavilando. Tanto que me quejaba de las personas en general, que hablaban mucho de sí mismas, y acá estoy, escribiendo sobre mí…

Perdón, querido/a lector/a, si lo/la aburrí con mis pesares, pero creo que ese había sido mi último día antes de terminar en el hospital.

Mi compañero creo que también se dormía en medio de mis relatos. Pensé: «Después de todo, no somos tan distintos». No nos gusta escuchar y solo esperamos nuestro momento para hablar. Otra hipocresía.

A todo esto, lo que me parecía raro de la situación era que, otra vez, ya había compartido parte de mi vida privada con alguien con quien no sabía el nombre y él no sabía el mío.

—¿Cómo te llamás? —agregué en algún momento.

—Podés llamarme Brais. —Pensé que estaba bromeando, ¿qué forma es esa de presentarse?

«Más adelante indagaré en el tema», pensé.

Le dije mi nombre sin más: Arno. Y a continuación, agregué:

—No soy tan misterioso como vos. —Y nos reímos.

Ahora era mi turno de hacer preguntas.

—¿A qué te dedicás? Estoy casi seguro de que no sos corredor de carreras. —Me volví a reír, aunque esta vez menos fuerte, el dolor había vuelto a aparecer.

—Se ve que lo tuyo no es la empatía, sos muy incisivo. Mirá, soy inversor, soy empresario, pero sobre todo soy un vendedor nato… uno muy bueno.

Captó mi interés.

Querido/a lector/a, confieso que siempre que conocía gente me interesaba por lo que “hacían” y no por lo que “tenían”. Cuando me hablaban de sus cosas materiales, mi cerebro desechaba esa información automáticamente. Hasta les bostezaba en la cara.

Le contesté:

—Yo pude ser muchas cosas, pero soy un frustrado. También soy “vendedor”, y no de los mejores. —Esa era mi forma de ser directo. Al serle franco, arqueó la ceja.

—No hay cosa más común que los frustrados con talento. —Sé que la frase original de Einstein dice fracasados. Noté que no lo decía con ganas de herirme, él pensaba en sí mismo.

—Soy así de franco, no me gusta venderme por mis bondades sino por ser auténtico, aunque no siempre me juegue a mi favor —le dije.

—Es solo otra forma de vender, aunque dudo de su efectividad —afirmó.

—Y decime, toda esa frustración es la que te trajo a la cama más cara del mundo. —Volvió a usar esa analogía, que es de Steve Jobs. Me dio la sensación de que empatizaba conmigo.

—Sí, como te conté antes, tuve esa discusión con mi compañera de trabajo y de alguna forma tenía el ego por el suelo esos días. No recuerdo qué fue lo que pasó después.

—Si yo tuviera dos empleados llevándose así, yo sería el que les pegaría una patada en el culo. —Ahí me reveló que tenía gente a su cargo u ocupaba algún lugar de jerarquía.

La conversación fue interrumpida por la enfermera (que tanto le gustaba), llegaba con una bandeja con la comida.

«Qué raro que a ninguno nos hayan visitado todavía», pensé. Era un pensamiento que usualmente no me dejaba dormir, hasta que simplemente un buen día empecé a recordar.

Poco a poco iría recordando. En tantos años de andar frustrado conmigo mismo, había perdido muchos vínculos. Era intratable, un tipo enojado con el mundo, huraño, persiguiendo la zanahoria, y cuando la alcanzaba, nada me era suficiente. A las únicas personas que me apoyaban, las alejaba con el tiempo. Siempre supe que las respuestas, por más que les diera vueltas, aparecen hablando con los demás, algo que realmente no se me da muy bien.

A lo mejor Brais tenía otro análisis.

—¿Por qué nadie viene a visitarte? —le pregunté una tarde rompiendo el silencio.

—¡Ja! Otra vez con las preguntas raras. Me alegro que no sepas quién soy ni cómo soy.

Obviamente era renuente al principio a contar sobre sus cosas, cuando se le preguntaba algo personal te contestaba cualquier cosa. Le gustaba mostrar que tenía poder. A mí, la verdad, no me intimidaba, yo no era un empleado suyo, así que conmigo esa actitud no funcionaba.

—Seguís sin contestarme lo que te pregunté, ¿por qué no viene nadie a visitarte? —Ahí vi que se molestó un poco, lo cual me generó gracia. Suspiró y dijo:

—La soledad siempre estuvo conmigo, todos esos interesados y lame botas los quiero lejos, no los necesité y tampoco los necesito. —Miró hacia la nada.

Vi que yo no era el único que no tenía resueltas algunas cosillas en su vida. No se explayó más, se dio la vuelta y se hizo el dormido. Patear la pelota fuera de mi cancha tampoco me trajo respuestas.

Al otro día, se acercó una doctora y me dijo:

—Hola, soy la doctora Eider. —Me extendió la mano, la cual estreché.

—Encantado.

—Seré su médica de cabecera.

Tendría quizá unos 40 años, pero aparentaba menos. Tenía un tono de voz afable. En la mirada podía observarse concentración en cada cosa que hacía, lo que lograba hacerla lucir profesional. Su manera de vestir, la verdad, era sugerente.

—Es hora de moverte a una sala común, me informaron que hay una habitación libre aquí cerca. ¿Puede pararse solo?

Me senté con mucho esfuerzo, me agarré del borde de la cama y con la otra mano me agarré del portasuero, bajo la mirada indiferente de la doctora.

«¡Mierda, algo tan simple, como cuando te levantás todos los días, me está costando horrores!», pensé indignado conmigo mismo. Aunque mi orgullo no quería mostrar debilidad, tenía dos espectadores. Ahí me puse a pensar que quizá, en vez de haber estado solo acostado perdido en mis pensamientos, podría haber empezado a moverme un poco. La doctora me leyó la mente y notó mi esfuerzo, así que dijo:

—Está bien que le cueste, perdió mucha sangre y ha comido poco. —Llamó a una enfermera para que me cambie los vendajes y gasas.

En el proceso, aprovechó para hacerme unas preguntas. Era como si me estuviera analizando.

Y agregó:

—¿Pudo orinar en estos días?

—Eh. No recuerdo cuando fue la última vez que oriné de pie. —Estaba extrañado por la pregunta.

—Si no puede orinar, le vamos a tener que meter una sonda —dijo muy seria.

Pensé que bromeaba, pero ella iba muy en serio.

—Trate de orinar todo lo que ese suero tiene. —Tomó nota de algo en letra de médico, y agregó—: En unas horas vengo a ver si me hizo caso.

Yo ahí sentado con mi bata, y con lo que me había costado. Me sentía como un niño que era reprendido.

—Son fríos los médicos —le dije a Brais.

Él me contestó ignorando lo que dije antes: