Disrupciones - Arcesio Romero Pérez - E-Book

Disrupciones E-Book

Arcesio Romero Pérez

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Beschreibung

La envolvente trama de los quince relatos de Disrupciones tiene el ropaje del realismo mágico y la narrativa costumbrista del caribe. Los relatos están impregnados de una quirúrgica descripción del entorno, los conflictos y la naturaleza de los originales personajes de cada historia. Los finales inesperados y abruptos originados por un imaginario hiperbólico le otorgan un toque fantástico al hilo conductor de los relatos. En cada uno, la síntesis narrativa mantiene vivo el interés del lector, alejándolo adrede y magistralmente de los desenlaces previsibles. En el libro se distinguen dos tipos de relatos; los primeros: Disrupciones, Operación Salamanca, 28 minutos de amor, Pachito y Amor Solitario son fruto de un imaginario de vivencias inesperadas donde la ficción argumental y la epifanía final sorprenden al lector. Los segundos: Agravio Presidencial, La Muerte del Vire, La Hedionda, El Pilar de María, Tropel Eléctrico, La promesa de Luz, La Sequía, Católico, La Venganza y La Tinaja de la viuda plasman las leyendas, mitos y realidades de un pueblo del caribe en la mitad del siglo XX, donde las fuerzas de los conflictos existenciales de los personajes, el ambiente y la magia del escritor desencadenan la tensión y las disputas mediante inesperados sucesos y revelaciones.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Arcesio Romero Pérez

Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 978-84-17990-58-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A la memoria de Petronila Pérez y Rafael Molina.

Al esfuerzo de la Negrita de la Luz.

A los pilares de este emprendimiento: Aura, Daniel y Luciana.

PREFACIO

Disrupciones es el punto de inflexión en el proceso de autodescubrimiento de mi oficio de escritor, plasmado de acuerdo con los estados emocionales y creativos presentes en los quince cuentos del libro. Como novel en la escritura trato de explorar las formas mediante las cuales el inconsciente se manifieste en la dinámica del desfile de palabras y frases en el computador, arrojando luces sobre las sombras de lo cotidiano, sin dejar de lado la observación de su entorno inmediato y retrospectivo. Para lograr el objetivo del presente emprendimiento literario, fue necesario acudir al esfuerzo y dedicación para combinar la creación con la técnica narrativa de una forma atractiva. Todo con el fin de recorrer la mente de los lectores con los vehículos imaginarios de cada relato.

Los elementos formales y estructurales de esta colección encajan dentro de la definición del cuento clásico, pero también se incorporan características propias del cuento moderno como los inicios anafóricos. El tiempo secuencial, un narrador omnisciente, personajes paroxísticos, una economía del lenguaje y finales epifánicos son huellas latentes en las historias del presente libro. Este último elemento, los finales sorpresivos, denominado por Rust Hills como la regla de la inevitabilidad en retrospectiva, representa el proceso de desambiguación de la narración que concluye con la verdad epifánica.

Fruto del esfuerzo narrativo brotan piezas producto de mi imaginación, inspiradas en eventos y ambientes distantes. El primer cuento, Disrupciones, el cual le da el nombre al libro, es muestra de un desenlace fiel a la regla de Hills; su final abrupto interrumpe de forma súbita la vida del profesor Javier González con revelaciones sorprendentes sobre su compañera de viaje y la procedencia de un bolso repleto de dinero y joyas. Operación Salamanca describe el laberinto existencial de un recluso de Carabanchel acusado por narcotráfico al verse envuelto en un macabro intercambio por parte de un político colombiano. En 28 minutos de amor la picardía y malicia suramericana es vencida por la audacia y el embrujo enamorador de una rumana en el metro de Madrid. En Pachito se mezcla el sufrimiento y el rencor de un exnovio adolorido por un amor infiel y la forma irónica en que recibe una invitación al matrimonio por parte de su exsuegra. Amor solitario es un ejercicio de autodiálogo de un hombre desconsolado por la partida de su entrañable y eterna compañera.

Los demás relatos están cobijados por el realismo mágico y el costumbrismo de la segunda mitad del siglo xx en Barrancas, un pequeño pueblo del Caribe colombiano donde nací a principios de los 70. De ese ambiente brotaron elementos vitales y sustanciales para formar una arquitectura circunstancial con sus íconos más representativos: la Virgen del Pilar, el río Ranchería, la mina de carbón del Cerrejón, el desierto y la cosmogonía de los indígenas wayúu, entre otros. En cada pieza se imprimen los sellos distintivos de la cultura y del arquetipo guajiro: la espiritualidad y lo esotérico, la muerte, la venganza, el orgullo y el honor, la solidaridad y el valor de la palabra empeñada. La delgada línea indistinguible entre la ficción y la realidad es evidente fruto del discurrir de años de paciente escucha debajo de la enramada en el patio de mi abuela Petronila Pérez. Allí, contertulios de diferente índole social, a la sombra de una refrescante cubierta vegetal y al sabor de un aromático café, relataban mágicos eventos del acontecer del pueblo y sus alrededores.

Agravio Presidencial se desarrolla dentro del contexto histórico de la rivalidad política liberal-conservadora y tiene como eje central un atentado contra el honor de la familia Henríquez, provocado por un acto escatológico dirigido a sabotear la presencia de un ilustre visitante. En La Muerte del Vire, basado en un episodio de la vida de mi pariente Hildegardo Pérez, se destacan los valores de solidaridad colectiva y la astucia de un albañil para demostrarle a sus amigos de parranda que el aprecio y amor de sus familiares seguían intactos. Tropel Eléctrico narra los avatares de la Negrita de La Luz para lograr administrar de forma eficiente un precario sistema de generación eléctrica. El relato culmina con una epifanía real, cuando Teodora acude a argucias para salvar con el poder de sus insultos los bienes de su mancillada hija y la vida de sus nietos. El esoterismo popular es clave para comprender los sufrimientos de una mujer poseída por La Hedionda, un espíritu que vulneraba la tranquilidad del pueblo en cada ciclo de luna negra.

El Pilar de María recoge apuntes sobre la veneración de Barrancas a la Virgen del Pilar, describe la versión del robo de la Virgen original por parte de un cura español y el rol de una misteriosa orden religiosa por rescatar ese preciado tesoro. El valor de la palabra de un gobernante y el amor por su amante son demostrados de una forma muy peculiar en La Promesa de Luz: la expedición de un original decreto con el mejor de los homenajes posibles. El miedo a la lluvia y las secuelas traumáticas de la infancia de mi madre inspiraron el personaje de Clemencia y su grupo de oración, quienes condenan a un pueblo a sufrir una prolongada Sequía. En Católico se rescata la historia del perro estafeta de la muerte que atormentó a Barrancas con sus visitas inesperadas a los futuros difuntos. Finalmente, la Venganza es el eje central de la trama de los dos últimos cuentos. En el primero, Benjamín aplica una tardía ley del Talión al vengar la muerte de su padre después de cuarenta años; y en La Tinaja de la viuda, una mujer enferma y solitaria busca consuelo en un grupo de arrieros; al no lograr su objetivo, propina un duro golpe en los vientres de quienes la rechazaban.

La presente publicación pretende como fin secundario apostarle al rescate de las leyendas y la tradición oral para proteger la memoria colectiva de los pueblos del sur de La Guajira. Mitos y personajes populares de los siglos xix y xx de cada municipio deben ser reencarnados a través de la investigación, el misticismo literario y el imaginario de los nuevos escritores, solo de esa forma se podrán conservar los activos sociales e históricos que contribuyeron a forjar nuestra concepción de vida y la heredad cultural de la región.

Arcesio Romero Pérez

DISRUPCIONES

Llegué desesperado al aeropuerto Charles De Gaulle, mi vuelo estaba a punto de cerrar y mis maletas sobrepasaban los 32 kilogramos permitidos a un pasajero racional. Retornaba a mi país, tras obtener el título de maestría en literatura, y mi equipaje estaba atiborrado por el peso del conocimiento y los regalos para mi familia. Gracias a Dios al momento de chequear, una hermosa dama francesa se ofreció a compartir su cupo adicional de carga. Ella no llevaba muchas maletas, solo divisé un ligero equipaje de manos y un bolso grande señorial. Le di las gracias por tan noble gesto y procedí mi marcha hacia la sala internacional. Al pasar migración, y una vez estampado mi sello de salida del territorio galo, la voz del anuncio aeroportuario me hizo acelerar el paso hasta la sala de abordaje. Me lamenté por no tener tiempo para comprarle los perfumes a mis primas en las tiendas libre de impuestos del «Duty Free». El anuncio era incisivo y penetraba mis oídos:

—Dernier appel des passagers du vol 422 d’Aire France à destination de Bogotá.

Eran las cinco de la tarde en París y tras pasar los controles de acceso, con mi pasaporte y pasabordo en la mano accedí por la puerta 65 al Airbus 340 de la aerolínea francesa, para regresar a mi querida Colombia en unas larguísimas once horas de vuelo. Al atravesar la cortina del pasillo, pude apreciar que la clase económica del avión tenía vacía la mitad de sus 250 sillas. Era época de invierno y los turistas latinoamericanos preferían viajar a París en los meses más cálidos. Disfruté sentarme en la silla 21A, desde la ventana me deleitaría con el paisaje de la sabana de Bogotá antes de aterrizar en El Dorado y podría jugar con mis dedos con las gotas de agua que desde el exterior resbalan por el vidrio. Al terminar la acomodación de todos los pasajeros, celebré la oportunidad de disponer de los dos puestos contiguos para mi solito; la silla vecina, la 21B, estaba vacía y tenía un beneficio similar a la amplitud de los asientos de la clase ejecutiva. Coincidentemente, una cabellera rubia se apreciaba por la separación de las sillas delanteras, la pasajera del asiento 20A, también gozaría de dos sillas en su vuelo. Quizás como reacción a mi mirada exploratoria, la rubia volteó su cabeza y me saludó de forma sonriente en un francés estilizado.

—Salut, vous ne vous souvenez pas de moi? Je suis le même au comptoir. Ravi de vous rencontrer, je m’appelle Camile.

—Ohh, quel dommage, madame. Merci beaucoup de m’avoir sauvé. Permettez-moi de me présenter, je m’appelle Javier González —le respondí tratando de hablar mi mejor francés.

—Podemos hablar en español, deseo practicarlo —me respondió, invitándome a sentarme a su lado.

Me acomodé en la silla 20B, abandonando los beneficios de mi improvisada «clase ejecutiva» para descubrir los misterios de la vida de mi nueva amiga Camile.

—El ticket de su maleta lo he guardo en mi bolso, cuando vayamos a aterrizar me recuerda para entregárselo —me dijo sonriente–, no quiero llevarme un montón de libros de literatura francesa para mi apartamento.

—Claro, estaré pendiente.

Las horas de vuelo fueron matizadas por nuestra larga conversación, solo interrumpidas por las azafatas a la hora de servir la comida y los snacks. Camile Proudone era una francesa de unos 25 años, con rasgos y manera finas de moverse y comer, propio de las chicas de familias nobles criadas bajo una estricta etiqueta. Todo en ella tenía un halo de distinción: su chaqueta de piel, las gafas Gucci y su perfume de exclusiva fabricación. Las joyas que adornaban su cuerpo deberían pertenecer a la colección privada de su familia. La estampa de un heráldico abolengo estaba presente en los aretes, dijes y pulseras, de una forma muy elaborada, evitando caer en extravagancias. Sus formas eran curvadas y sensuales, las aprecié cuando, al darle paso para ir al baño, miraba su cuerpo al adentrarse por el pasillo de la aeronave. Un detalle no encajaba con tanta distinción, un tatuaje de un delfín en su espalda baja era muestra, quizás, de aventuras juveniles o de un capricho amoroso. La verdad es que nunca me inspiraban confianza las mujeres con tatuajes en sus cuerpos, esa esfera era propia del bajo mundo. Era uno de esos prejuicios inculcados a los niños de clase media en los colegios franciscanos de Bogotá.

En una de nuestras charlas en la parte posterior del avión, para disfrutar una copa de champagne y un jugo de naranja, so pretexto del cansancio y la necesidad de estirar las piernas, Camile me sorprendió con sus referencias a los grandes literatos franceses, desde los clásicos hasta los contemporáneos.

—Mis favoritos son: Víctor Hugo, Camus, Alexandre Dumas, Sartre, Gustave Flaubert, Honoré de Balzac, Emile Zola y Proust —me dijo en un desparpajo de sapiencia, describiendo breves notas de lecturas de cada uno.

Estoy fascinado. Mi agradable sorpresa descansaba sobre dos extrañas coincidencias. Aunque no era raro encontrar una joven francesa con vasta cultura literaria, sí era novelesco que relatara con buena técnica las notas de los resúmenes narrativos y, por otra parte, mencionara mis autores favoritos únicamente por sus apellidos. No en vano mi tesis laureada versaba sobre un análisis comparativo de la vida y obra de Albert Camus, Jean-Paul Sartre y Marcel Proust, mi trilogía preferida de autores franceses y la motivación principal de mi estancia los últimos tres años en París.

La tranquilad del viaje de golpe se vio interrumpida por una turbulencia a la mitad del mar Caribe que estremeció el Airbus. Los sobresaltos me hicieron recordar las peleas con mi hermano Luis, cuando al disputar un avioncito de plástico lo entrujábamos en nuestras manos para ver quién se quedaba con el preciado juguete. Durante el evento de sacudidas, Camile me abrazó con mucha fuerza, apretando mi cuello al punto de cortar mi respiración.

—Le tengo mucho temor a la muerte, no quiero terminar en la boca de un tiburón —dijo la rubia aferrándose aún más.

—Debes tener calma, es un vacío temporal.

—Je ne veux pas mourir loin de la France! —gritaba en su lengua natal la hasta ahora refinada madame.

Un minuto después, y luego de escuchar por el altavoz las recomendaciones del piloto, se apaciguaron las algarabías y nervios de los intranquilos pasajeros.

—Nous avons surmonté la turbulence avec succès. Vous pouvez vous détendre, nous vous suggérons de dormir ou de regarder un film. Hemos superado la turbulencia con éxito. Pueden relajarse, les sugerimos dormir o disfrutar una película —decía el mensaje del piloto en los idiomas de sus pasajeros.

La esperanzadora calma cubrió la cabina de una amena tranquilidad. Algunos escuchaban música, otros miraban series y programas de bromas en las pantallas táctiles de los asientos, y los más pacientes se dejaron embrujar por Morfeo. Aproveché ese instante para calmar a mi compañera de viaje, invitándola a ver una de mis películas preferidas.

—¿Camile, te gusta el cine?

—Sí, claro.

—Te invito a ver la mejor película de todos los tiempos.

—¿Cuál? Amélie. Esa es mi favorita —respondió con un orgullo francés.

—No. Aunque esa cinta me encanta. Quiero que veamos Casablanca.

—Perfecto. Es un clásico en blanco y negro de 1942. Pero eso sí, me debes brindar palomitas de maíz, ja, ja.

Disfruté los 102 minutos de la película, compartiendo las mantas de ambos para sentirnos más abrigados en la oscuridad del avión. Los reflejos de las luces de las pantallas alumbraban nuestros rostros y mostraban nuestra naciente atracción física. A pesar de haber visto la película en más de tres ocasiones, nos conmovían las escenas del conflictivo drama amoroso. A Camile le encantaba la escena donde Lazlo, previa autorización de Rick, dirigió la orquesta del bar para cantar la Marsellesa en respuesta al Die Wacht am Rhein interpretado por los ocupantes alemanes. Yo, guiado siempre por mi romanticismo, prefería el segmento donde Ilsa (Ingrid Berman) le ruega a Sam, el pianista negro del café, interpretar la canción As time goes, la cual es interrumpida de forma abrupta por Rick (Humphrey Bogart). Al final y luego de abandonar su sentido patriótico, mi compañera me dio la razón, conmoviéndose por la tristeza de los personajes. Cuando ya estaba dispuesto a lanzarle el discurso de Casanova que siempre utilizaba para conquistar las chicas de la universidad, las luces del avión se encendieron y el piloto realizó unos avisos importantes.

—Estamos próximos a aterrizar, favor enderezar el espaldar de su silla, recoger los reposapiés y guardar las mesas de los asientos —dijo con una voz de actor el capitán de apellido Guevara.

Como era habitual, en este y en todos los vuelos, y tras ese llamado del piloto, una religiosa procesión femenina, encabezada en este vuelo por Camile, se abalanzaba a los baños para darse los últimos retoques antes de pisar tierra. Un ajuste de maquillaje, peinarse, acomodar las ropas e impregnar el ambiente de los más finos olores parisinos, eran parte de un ritual que aseguraban una buena presentación a su llegada.

Las azafatas recorrieron los pasillos entregando los formatos de aduana para la declaración de entrada de mercancías, especies de fauna o flora, objetos de valor o dinero superior a diez mil dólares al territorio colombiano. Como en todos mis viajes de reingreso al país, taché con una X en el recuadro «NO» de todas las incisivas preguntas. ¿Un académico qué dinero puede traer al país? Todos mis objetos de valor estaban representados en libros y en nuevos conocimientos. Camile diligenció el formato de los extranjeros, y de forma similar, señaló todas las casillas del «NO» con una reteñida X trazada con su fino bolígrafo Mont Blanc.

El sonido del descenso del tren de aterrizaje al entrar a la sabana de Bogotá era la clarísima señal de mi inminente llegada. Sentado sonriente, con el pasaporte en mis manos y la declaración de aduanas dentro del mismo, me dispuse a subsanar dos detalles olvidados en mi viaje. El primero, darle mi tarjeta de presentación a Camile, esa era la forma de mantenernos comunicados, y el segundo, recordarle el ticket para reclamar mi tercera maleta.

—Gracias por recordarme, al aterrizar, te entrego mis datos de contacto y la ficha de equipaje —dijo Camile.

El acto de aterrizar vuelos internacionales en Colombia siempre va cargado de un tinte especial; en esta ocasión, el toque de las llantas en la pista 1 del aeropuerto El Dorado fue acompañado por un fuerte aplauso de los viajeros nacionales. En nuestro país, los pasajeros tienen la costumbre de agradecerle de esa efusiva manera al piloto y su tripulación por sus «esfuerzos y proezas» para traerlos sanos y salvos a su patria. Luego de escuchar el sonido de «chequeo cruzado, abrir puertas», me coloqué una chaqueta de pana para apaciguar el frío de la noche bogotana. El reloj marcaba las diez y media, prueba de la puntualidad de la aerolínea. La fila de pasajeros en el pasillo era agitada por el descenso de maletas, bolsos y mochilas de los compartimientos superiores; entre estos, mi morral Totto y dos bolsos de Camile, uno pequeño al estilo cartera y uno más grande, marca Louis Vuitton, cuya forma de talego elegante con dos asas llamó mi atención por su peso y el alto precio que debería tener en las tiendas de Galleries Lafayette.

—¿Camile, aceptas que te ayude con esta valiosa y delicada carga hasta migración?

—Tan bello. Por supuesto, no hay problema.

—Se me había olvidado preguntarte algo. ¿Cuál es el motivo de tu viaje a Bogotá?

—Asistiré a un homenaje póstumo a un amigo que perdió la vida en un inesperado accidente laboral —respondió Camile, sonriendo de forma temeraria.

A la salida del avión y después de darle las gracias con una sonrisa a las amables azafatas francesas, mi compañera de vuelo fue interceptada por dos oficiales de la policía, quienes al interrogarle de forma incisiva y verificar su identidad, procedieron a capturarle. Ella en un acto de astucia me miró y, a través de una serie de palpitaciones y giros oculares, pude comprender que debía guardarle el bolso grande hasta que me contactara. Con mucho cuidado desaparecí de la escena, tratando de borrar cualquier vinculación con la detenida. Era la mejor forma de protegerme.

¿Qué problemas con la justicia podría tener una linda dama de noble origen francés?

Trataría de averiguarlo más tarde con las autoridades en el aeropuerto o al día siguiente con mis amigos abogados litigantes en los juzgados de Paloquemao. Solo en ese momento, prendí mi celular. De forma extraña tenía un registro de doscientas llamadas perdidas y mensajes de texto preguntando por mi estado de salud; no presté atención, todas debían de ser preocupaciones comprensibles de mis familiares y amigos.

Realicé los trámites migratorios de forma rápida, tratando de esquivar una posible persecución policial en mi contra por ser el acompañante de viaje de Camile. Después de sellar mi pasaporte, me dirigí a la sección de Aduanas, donde todo marchó sin novedad, salvo un comentario burlón de una funcionaria sobre el fino bolso de mujer que llevaba conmigo.

—Lindo que todos los hombres carguen los bolsos de sus señoras —dijo riéndose, sin mirar la pantalla de detección de objetos de la banda magnética de aduanas.

Antes de abandonar el aeropuerto, consulté con la policía aeroportuaria el paradero de Camile Proudone. El oficial del turno nocturno, ya bastante somnoliento, me atendió a medias y luego de consultar por radio a sus superiores, me dio una respuesta que me dejaría perplejo.

—Señor, no tengo reporte de ninguna detención esta noche y mucho menos de una señora francesa.

—De todos modos, muchas gracias, señor agente.

Al salir por la puerta principal de las llegadas internacionales, muchas personas sonrientes esperaban a familias y parejas, algunas con globos, tarjetas y anuncios multicolores con la frase «bienvenido», entre otras expresiones de reencuentro y retorno de los pasajeros. Extrañé no ver a nadie de los míos, pensé en llamarlos, pero debía comprar una tarjeta SIM de un operador local para activar sus servicios en Colombia. Quizás las ocupaciones de mi papá en la universidad no le dieron tiempo de esperarme. Mi mamá y mi hermano me esperarían mañana en casa. Decidí tomar un taxi para llegar a mi apartamento de soltero; hacía rato había forjado una vida independiente, al mudarme de la casa de mis padres en el tradicional barrio Chapinero. Justo antes de abordar el taxi, un tumulto de gente en la casilla de entregas especiales o carga ordinaria llamó mi atención, de espaldas se apreciaba una familia muy triste a la espera de alguna noticia trágica o de una encomienda luctuosa. Un llamado parroquial apartó mi atención de allí.

—Amigo, ¿para qué parte va? —me preguntó el taxista de turno.

—Al barrio Rosales, acá está la dirección —le dije entregándole mi tarjeta de presentación.

—Qué bueno, un escritor, le felicito, amigo. ¿Cuántas novelas ha publicado?

—Ninguna. Apenas estoy terminando un libro de relatos.

—Bueno, por algo se empieza —dijo el taxista al emprender una marcha rápida por la avenida con rumbo norte.

Una curiosidad rondaba en mi cabeza, ¿quién era Camile y por qué tenía líos con la justicia? Miré el bolso grande, estaba a mi lado en la parte derecha del asiento trasero del taxi, y decidí abrirlo para investigar algo de esa misteriosa mujer. Un paquete pesado, forrado en gamuza y un lazo con el símbolo y letras de la joyería Matisson de París estaba en la parte superior del bolso; al abrirlo, mis ojos saltaron de asombro al ver toda clase de joyas de oro y piedras preciosas, diamantes, rubís, zafiros y otras desconocidas para mí. Debajo del paquete, varios envoltorios contenían, según mi estimación rápida de escritor, unos 50.000 euros en fajos de billetes de 500, cuyos colores blancos y purpura resaltaban por el brillo del oro. Al fondo en un sobre del hotel Ritz, una nota daba sentido a mi descubrimiento.

Señor Javier González:

Deseamos que usted y su familia reciban este presente en compensación a los perjuicios y afectaciones causados. En verdad nunca fue nuestra intención hacerles daño ni interrumpir sus sueños.

De usted,

Camile Proudon y sus amigos.

Preocupado por el valioso hallazgo, guardé compostura y silencio hasta llegar a casa. Cualquier sospecha podría despertar la avaricia del taxista y ser objeto de algún inesperado atraco nocturno en las peligrosas calles de Bogotá. La confusión me aterraba a cada instante, tenía que llegar urgente a casa para averiguar todo sobre la francesa.

¿Por qué tenían que compensarme?

¿Qué perjuicios y daños me ocasionó?

¿Cuáles sueños se interrumpieron?

¿Quiénes eran sus amigos?

¿Tenía alguna relación este tesoro con su detención en el aeropuerto?