Distinto a todos - Joshilyn Jackson - E-Book

Distinto a todos E-Book

Joshilyn Jackson

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Beschreibung

Una abogada ferozmente independiente, experta en divorcios, descubre la importancia de la familia y de los vínculos personales cuando recibe un enigmático mensaje de su madre, con la que no se habla desde hace años. Una historia de profundas resonancias sentimentales acerca de la perdurabilidad del amor y del poder de la narración para conformar y transformar nuestras vidas. Nacida en Alabama, Paula Vauss llevó durante sus primeros diez años de vida una existencia itinerante junto a su madre, Kai, una joven de espíritu rebelde que mezclaba en sus cuentos la mitología hindú con la tradición oral sureña para reinventar, a lo largo de su periplo, la historia de ambas. Todo eso, sin embargo, cambió drásticamente cuando Paula contó su propia historia: un relato que condujo a Kai a prisión y a Paula a un hogar de acogida. Separadas, roto el intenso vínculo que las unía, ambas seguirían guardando celosamente sus secretos. Mucho después, convertida en una implacable y próspera abogada matrimonialista afincada en Atlanta, Paula seguía pagando la deuda kármica que había contraído con Kai, a la que no veía desde hacía quince años. Hasta el día en que su madre le devolvió el último cheque que le había enviado, junto con una nota desconcertante: Me voy de viaje, Kali. Vuelvo a mis orígenes. La muerte no es el final. El final serás tú. Volveremos a encontrarnos y habrá historias nuevas que contar. Ya sabes cómo funciona el karma. Poco después, el secreto mejor guardado de Kai llamó literalmente a la puerta de Paula, dando un vuelco a su vida y transformándola de hija única en hermana mayor. Ansiosa por encontrar a su madre antes de que fuera demasiado tarde, Paula emprendió un viaje de descubrimiento que la llevó de vuelta al pasado y la obligó a internarse en los rincones más profundos de su corazón. Con ayuda de Birdwine, su exnovio, esta mujer brillante, especializada en romper familias, tendría que descubrir cómo recomponer la suya propia. ____________ Distinto a todos, reúne las mejores cualidades narrativas de Joshilyn Jackson. Es autora de seis novelas anteriores con las que ha alcanzado la lista de los libros más vendidos del New York Times, entre ellas Hay dioses en Alabama. Sus libros han sido traducidos a doce idiomas. Actriz profesional antes de consagrarse a la escritura, Jackson es también una reconocida narradora de audiolibros. The Opposite of Everyone Es una novela tan absorbente, hábil e inteligente que resulta tentador leerla de un tirón, hasta el final. Los lectores cuidadosos disfrutarán de los intrincados estratos de la narración, cuyos hilos argumentales, tanto reales como míticos, se enriquecen y contraponen formando una trama compleja. Jackson se inspira en el folklore rural de Alabama y en la antigua mitología india y entrelaza impecablemente relatos diversos para crear un crescendo que parece salido de un cuento de Flannery O'Connor: sorprendente, ineludible y maravillosamente auténtico, en el pleno sentido de la palabra. Me encantó este libro y a ustedes también les encantará. Sara Gruen, autora de Agua para elefantes y El agua de la vida

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Seitenzahl: 525

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2016 Joshilyn Jackson

© 2016, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.

Título español: Distinto a todos

Título original: The Opposite of Everyone

Publicado por HarperCollins Publishers LLC, New York, U.S.A.

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Esta edición ha sido publicada con autorización de HarperCollins Publishers LLC, New York, U.S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales hechos o situaciones son pura coincidencia.

Traductor: Victoria Horrillo Ledesma

Diseño de cubierta: CalderónStudio

ISBN: 978-84-16502-27-1

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Dedicatoria

Citas

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Agradecimientos

A los buenos maestros, con gratitud. He aquí algunos de los míos:

Ruth Ann Replogle

Dr. Yolanda Reed

Chuck Preston

Astrid Santana

Regocíjate sabiendo que,

al irse los medios dioses,

los dioses llegan.

RALPH WALDO EMERSON

Dar todo por amor

Y del mismo modo que los elefantes desfilan agarrados a la cola unos de otros,

y si uno se extravía el circo no llega al parque,

es cruel (quizá la raíz misma de toda crueldad)

saber lo que ocurre y no hacerlo explícito.

Por eso apelo a una voz, a algo umbrío,

a una región remota y esencial de todo hablante:

aunque podríamos engañarnos unos a otros, parémonos a pensar,

no sea que el desfile de nuestra vida común se extravíe en la noche.

WILLIAM STAFFORD

Ritual para leer uno al otro

1

 

Nací azul.

Si mi madre no me hubiera expulsado rápida como una gata, habría nacido muerta y más azul todavía. Tenía el cordón umbilical enrollado al cuello. Mi madre vio mi boquita azul, mis deditos azules de las manos y los pies y me puso el nombre de Kali. Kali Jai.

Cuando nací, ella estaba cumpliendo una condena de seis meses en un centro de internamiento juvenil por hurto y posesión de drogas. Le dejaron pasar treinta y seis horas conmigo en el hospital antes de que las autoridades se la llevaran de nuevo para que cumpliera el resto de la pena. Mi custodia pasó temporalmente a mis abuelos, una pareja estirada e infeliz.

Kai les dijo cómo me llamaba, pero de rellenar el papeleo se encargó la agria de mi abuela. Luego alegaría que no había oído bien, y añadió que «lo que puse en la partida de nacimiento suena como lo que dijiste, solo que en cristiano». Mi madre no se enteró hasta que la soltaron y estuvo otra vez bajo la custodia de sus padres. Para entonces, todo el mundo en el pueblo me llamaba Paula Jane.

«En realidad», me decía a menudo Kai cuando yo era pequeña, «te puse el nombre de la diosa madre que se encarga de traer la esperanza y la primavera». Mis nanas eran himnos de alabanza («¡Kali, Jai Kalika!») que mi madre cantaba con su ronca voz de contralto, y Kali era la protagonista de muchos de los cuentos que me contaba a la hora de dormir. Me quedaba dormida imaginando a una diosa hecha de sol y de flores, verde, dorada y bellísima.

A lo cinco años, encontré un dibujo de Kali en uno de los cuadernos de bocetos de mi madre. Estaba dibujando una serie de dioses con lápices de colores. Reconocí a algunos de ellos: eran personajes de sus cuentos. Ganesha, ese grandullón con cabeza de elefante que bailaba con la trompa en alto, era inconfundible. También reconocí a Hanuman, el dios mono, que saltaba sobre el océano con un ramillete de montañas en las manos. Entonces vi mi nombre. Kali.

«Esperanza y primavera» era una salvaje de color azul azabache cuya piel contrastaba vivamente con la ciudad en llamas que le servía de fondo. Sus muchos brazos blandían antorchas y cimitarras plateadas, y se erguía descalza sobre el pecho de un hombre muerto. Su falda estaba hecha de cabezas y manos humanas, y su lengua colgaba, larguísima y roja como una llama, entre sus pechos desnudos. Mi madre me descubrió mirando el dibujo mientras trazaba con los dedos las letras de mi nombre, escritas debajo.

—¿Soy mala? —le pregunté.

—No, cielo, no. Claro que no.

Se sentó en el suelo, a mi lado, y me acogió en su regazo con cuaderno y todo.

—No puedes pensar en Kali de esa manera tan occidental.

Hablaba con toda la autoridad que le conferían sus rosarios de cuentas comprados en mercadillos y la flor de loto que llevaba tatuada en la rabadilla. Me explicó que en el Hemisferio Oriental (una mitad del mundo que ni había visitado ni conocía en profundidad), Kali significaba «cambio».

—Kali solo destruye para renovar, para restablecer la justicia. Propicia un nuevo comienzo —dijo en un susurro, apoyando su cabeza sobre la mía. Su cabello largo y oscuro caía a nuestro alrededor como una tienda de campaña y olía a humo de hoguera y piel de naranja—. En la India, tu nombre significa literalmente «Salve, Madre».

Pero yo nací en Alabama. Mi madre invocó a Kali sobre la tierra negra y ensangrentada del Sur americano y no consiguió un nuevo comienzo, ni esperanza, ni primavera. Me tuvo a mí.

¿Y acaso no estaría orgullosa de mí si estuviera aquí ahora? Y si me hablara. Yo estaba aparcada delante de la casa de Zach Birdwine, en East Atlanta Village, espiándolo, decidida a forzar un nuevo comienzo del tipo que fuese. La verdad es que lo de prenderle fuego a todo se me daba mucho mejor. Desde luego no estaba allí para sentarme en su regazo y preguntarle con voz dulce: «¿Soy mala?».

Ya no hacía esas preguntas. Era una abogada especializada en divorcios y sabía, por tanto, que jamás debía preguntar eso si no quería que me contestaran. La respuesta, naturalmente, podía variar dependiendo de quién contara mi historia. La mayoría de mis clientes alegaría que yo era la personificación misma de la bondad, mientras que sus excónyuges responderían con algo imposible de publicar. A mis amigos y a mis socios les caía bastante bien, pero mi madre había cambiado de opinión hacía mucho tiempo.

Para ser sincera, la primera vez que se lo pregunté todavía no le había destrozado la vida.

¿Y Birdwine? Cuando se marchó, a finales de agosto, dejó muy claro que yo era lo peor. Que era malvada y que él era como los tres monos: que tenía un pata en cada oreja y en cada ojo, y en la boca dos. Puede que en la boca más de dos. Que conmigo no podía hablar, dijo.

A mí no me pareció problema. Birdwine y yo no éramos de los que íbamos por ahí empantanándonos en nuestros sentimientos, y mucho menos lamentándonos de ellos. Si necesitaba hablar, pues muy bien, para eso estaba Alcohólicos Anónimos, ¿no? Él ya sabía que yo no era la confesora ni la terapeuta de nadie años antes de que nos revolcáramos en la misma cama. Y aun así un buen día decidió (casi al azar, en mi opinión) que había terminado conmigo.

Pues muy bien. Pero yo no había terminado con él.

Aunque la verdad sea dicha, ¡oh, dioses y pececitos!, acechar a Zach Birdwine era un trabajo muy aburrido. No me explico cómo se las arreglan esos chalados que se esconden en los armarios de su estrella de cine favorita y acarician su ropa interior, olisquean sus zapatos y esperan, esperan y esperan. Yo llevaba allí tanto tiempo que había tenido que ir a rellenar el depósito de gasolina para mantener el coche caliente. Mis disculpas a la Madre Tierra, pero no podía acosar como es debido a Birdwine sin calefacción, en pleno febrero. A menos que quisiera ponerme azul otra vez, claro.

Había estado trabajando en el borrador de una alegación que estaba preparando, hasta que se me acabó la batería del portátil. Me había comido los tacos que había comprado en la taquería del otro lado de la calle, y todos los Tic Tacs que había traído de la gasolinera. Había pagado todas mis facturas por Internet a través del iPhone, me había acabado el libro que estaba leyendo y prácticamente había erosionado la pantalla táctil del teléfono de tanto jugar al sudoku.

Ahora estaba que echaba humo, mirando entre el destartalado bungaló de Birdwine y la carretera, ansiosa porque su viejo Ford apareciera petardeando calle abajo. Tal vez ya hubiera llegado. Quizá había visto mi Lexus y había pasado de largo. A mí me parecía un coche muy discreto, y en mi barrio lo era. Pero allí, en aquel rincón del casco viejo donde la gentrificación adoptaba la forma de una obra fallida e inacabada, mi coche sobresalía como un dedo terso y negro, aparcado entre el pequeño Honda Civic de algún músico que se ganaba la vida trabajando de camarero y el desvencijado Buick de la señora Carpenter, que se caía a pedazos.

Aun así, Birdwine tenía que volver a casa en algún momento. Vivía allí, y tenía su despacho en la habitación sobrante. De momento había hecho caso omiso de dos mensajes de voz, tres correos electrónicos, seis mensajes de texto y una cesta de carísimas magdalenas con crema de limón y miel de la comarca. Y ahora iba a tenerme en la puerta de su casa hasta que diera la cara, o bien abandonara a su perro y todas sus pertenencias.

Lo curioso del caso era que el propio Birdwine muy bien podía estar sentado en su coche comiendo tacos y haciendo sudokus mientras espiaba a un tercero. Era detective privado: para él, aquello era el pan de cada día.

«Puede que la espera sea más llevadera cuando te pagan por ello», pensé, y entonces me di cuenta de que a mí también deberían pagarme. Zach Birdwine era mi ex, sí, pero yo era una espía delegada que actuaba en nombre de Daphne Skopes. En cuanto cargara la batería del portátil, apuntaría aquellas horas y las sumaría a la enorme factura que mi socio, Nick, iba a pasarle a Daphne. Era Nick quien me había metido en el ajo, porque aquel caso, que había tenido un tufillo sospechoso desde el principio, se estaba pudriendo a toda velocidad.

La cosa empezó cuando Daphne Skopes volvió de pasar un fin de semana con una amiga en Turcos y Caicos y descubrió que su marido había cambiado las cerraduras y cancelado sus tarjetas de crédito. También había vaciado sus cuentas conjuntas.

A decir verdad, la «amiga» de la escapadita de fin de semana tenía un cromosoma Y, un sedoso bigote y un lugar en la cama de Daphne. Su marido, que no estaba en disposición de mostrarse razonable, le ofreció como única alternativa para llegar a un acuerdo la titularidad de su coche. Punto y final. Ni pensión compensatoria, ni una parte de su fondo de pensiones, ni dinero en efectivo, ni la casa de Atlanta, ni la de la playa en Savannah.

Bryan Skopes intentaba matar de hambre a su esposa, que no tenía bienes propios, para que aceptara cualquier hueso que quisiera tirarle. Su papel consistía en montar en cólera y en hacerse la víctima alternativamente, mientras su abogado jugaba al despiste e intentaba ganar tiempo. Entre los dos habían alargado cada paso del procedimiento más allá de todo lo razonable. Habían entorpecido la instrucción enviando documentos incompletos o copias ilegibles. Habían presentado infinidad de alegaciones para alargar el proceso. Habían pedido varias veces que se pospusiera la toma de declaración de Skopes, siempre en el último momento. Nick ni siquiera había podido presentar aún ante el juez la solicitud del pago de sus honorarios. Después de meses de tramitación, la minuta alcanzaba ya las cinco cifras y nuestro bufete todavía no había visto ni un centavo.

Yo había visto a Bryan Skopes resoplar y encolerizarse y había visto cómo, un momento después, se le empañaban los ojos y ponía cara de pena sin perder por ello su aire viril. Estaba absolutamente metido en su papel, decidido a ganar el Oscar, pero a mí no me engañaba. La primera vez que nos vimos, echamos un pulso: él recorrió furtivamente mi cuerpo con la mirada, dejando una leve pátina de suciedad de índole sexual, como un limo que se me pegó a la piel. Yo, por mi parte, mantuve una expresión impasible pero empecé a sonreírme para mis adentros. Había visto su punto flaco, ese pequeño cúmulo de podredumbre. Tenía debilidad por las mujeres y, si podía demostrarlo, su numerito del esposo engañado se vendría abajo y acabaría perjudicándolo. Pero Skopes es endiabladamente astuto, y el detective de Nick no había conseguido ninguna prueba de sus actividades extramatrimoniales. Necesitábamos a Birdwine.

Me sonaron las tripas y miré el reloj. Hacía horas que me había comido los tacos. Cuando Birdwine estaba trabajando en un caso (o si se había ido de juerga) podía tardar días en volver. Así que me arriesgaría: iría andando hasta la tiendecita de la esquina a comprarme una barrita energética. Y, ya que estaba, compraría también una golosina de pellejo seco para el enorme mastín de Birdwine. Looper tenía una trampilla en la puerta para entrar y salir y un comedero automático que le servía la cena cada tarde, pero seguro que agradecería el detalle. Me quedaría allí sentada toda la noche si era necesario. Faltaban menos de tres semanas para que Skopes prestara declaración, y necesitaba que Birdwine se hiciera cargo del caso lo antes posible. Si todavía me hablara, podría contratarle para que se buscara a sí mismo.

Oí que alguien tocaba con los nudillos en el cristal, junto a mi cabeza, y di un brinco. Miré y vi la vieja cazadora de piel marrón de Birdwine y sus Levi’s. Pulsé el botón para abrir un poco la ventanilla. Birdwine tenía la complexión natural de un mesomorfo: robusto y con la cabeza grande y cuadrada, igual que Looper. Pero también era alto, así que tuvo que dar un paso atrás e inclinarse para verme.

Me puse una mano sobre el corazón.

—No te he visto venir.

Se encogió de hombros lo mejor que pudo, agachado.

—Se me da bien acercarme a hurtadillas. Lo da el oficio.

Parecía en forma y despejado. No sé dónde había pasado el día, pero no había sido en un bar.

—Necesito hablar contigo.

—No me digas —contestó con mucha guasa.

—Hablo en serio, Birdwine. Vamos. Diez minutos.

—Bueno, te invitaría a entrar si no fuera porque te odio —contestó, pero sonrió al decirlo. Y era su sonrisa auténtica, enseñando el hueco entre sus dos paletos.

Me hizo sonreír, aunque no me gustó que levantara la mano y se apretara la sien con tres dedos. Llevaba casi nueve años trabajando con él y conocía todos sus gestos. Hacía casi una década que pertenecía a Alcohólicos Anónimos, pero en su caso no había dado resultado. Al menos no del todo. Dos o tres veces al año caía en un pozo de alcohol y desaparecía durante días.

Yo había aprendido muy pronto a presentir la llegada de aquellas crisis observando su lenguaje corporal, su forma de hablar, las vibraciones del aire a su alrededor. Sus desapariciones nunca me habían arruinado un caso y, si eso llegaba a pasar alguna vez, sería culpa mía. Conocía sus limitaciones. Pero aun así me arriesgaba a contratarlo porque cuando estaba sobrio no tenía rival. Si había una sola mota de suciedad, Birdwine la encontraba, y yo estaba convencida de que Bryan Skopes ocultaba porquerías como para llenar un campo de labor entero.

—Sube al coche, entonces —le dije—. Te prometo que no te robaré mucho tiempo.

Subí la ventanilla y pulsé el botón que abría las puertas. Mientras Birdwine rodeaba el coche, lancé mi maletín a la parte de atrás para que pudiera sentarse. Una racha de viento invernal sacó todo el calor del coche y me dejó tiritando cuando Birdwine dobló su enorme corpachón y se dejó caer a mi lado. Se puso a enredar con las palancas del asiento, echándolo hacia atrás, con cara de estar preparándose para que le hicieran una endodoncia.

Le pasé el expediente sobre Skopes que había metido en el hueco interior de mi puerta. Levantó las cejas sorprendido. Pasó un par de hojas antes de mirarme. Tenía los párpados un poco caídos y los ojos grandes y muy oscuros, de esos que siempre parecen un poco soñolientos. Pestañeó lentamente, sin llegar a ponerlos en blanco, pero elocuentemente.

—¿Es un asunto de trabajo?

—Sí —contesté—. ¿Qué iba a ser si no?

Se echó a reír.

—No sé, Paula. Mira estos e-mails. —Echó hacia delante su corpachón y se sacó el teléfono del bolsillo de atrás. Tocó la pantalla y buscó en su papelera—. A ver. Este se titula Birdwine, tenemos que vernos. Y aquí hay otro titulado NECESITO que me llames. «Necesito», todo en mayúsculas, que conste.

—Ah. Entiendo lo que quieres decir —dije yo. No había pensado en el contexto al escribir esas frases. Había escrito la verdad, sin pensar en cómo podía interpretarlas un exnovio—. ¿Creías que quería hacerle la autopsia a nuestra relación?

—Sí. ¿Qué iba a creer? —preguntó.

Aquello tenía gracia. Me había dejado porque «no podíamos hablar» y sin embargo esta semana había ignorado todos mis intentos de contactar con él creyendo que quería que analizáramos nuestra ruptura mientras tomábamos una taza de té oolong sentados en el suelo, sobre cojines, y envueltos en el aroma acogedor del incienso. Y me lo decía un tío tan reservado que, cuando me dejó, me pilló completamente desprevenida: ni siquiera me había enterado de que éramos pareja.

Yo creía que lo nuestro era un rollete puntual. Trabajábamos juntos con frecuencia y, una vez, después de una mala noche, acabamos en la cama. A mí me gustó cómo se enredaban sus manazas en mi larga maraña de pelo negro, me gustó el profundo reverbero de su voz. Era un tipo rudo y guapo, con una cicatriz que le nacía en el pelo y le cruzaba una ceja, y una nariz larga que le habían partido más de una vez. Me gustaba que su camino fuera tan complicado y tortuoso.

Y ya que habíamos empezado, volvimos a repetir. Yo era alta y atlética pero él tenía un cuerpo enorme, casi bestial, y unos brazos muy gruesos. Podía lanzarme a la cama como si estuviera hecha de aire y cintas. Era raro y excitante que me doblaran y me retorcieran, que me alzaran y me lanzaran de un lado a otro. El sexo solía ser como a mí me gustaba, brusco y urgente, pero también podía volverse lánguido. Entonces lo alargábamos hasta que casi se hacía letárgico, justo hasta el final, cuando cambiaba de pronto y nos precipitábamos el uno al otro hacia un abismo de enajenación animal.

Durante meses, nos agotamos el uno al otro casi cada tarde. En su casa, casi siempre. A él no le gustaba mi loft. Era completamente diáfano, con una pared trasera de ventanales que daban a la cada vez más escarpada línea del horizonte de Atlanta. Era uno de esos tíos que en un restaurante se van derechos a la mesa del rincón. No podía comer de espaldas a la puerta. Mi piso era demasiado abierto para su gusto, y los únicos tabiques interiores cerraban los dos cuartos de baño y el cuartito de la lavadora. Le sacaba de quicio, además, que mi gato fuera el rey de la casa. No soportaba levantar los ojos y ver a Henry encaramado sobre la cómoda como un fantasma blanco y afelpado, observándonos y ronroneando suavemente. Él era más de perros.

Así que veníamos aquí. Cerrábamos la puerta dejando fuera a Looper y practicábamos lo que yo creía que era puro sexo de conveniencia. De la mejor calidad, eso sí, pero después no nos acurrucábamos para charlar. Además, hacía tanto tiempo que trabajábamos juntos que los dos conocíamos ya la vida del otro, aunque fuera a grandes rasgos. Cuando hablábamos después de echar un polvo, era siempre sobre las posibilidades de los Braves en el campeonato de liga, sobre el enfoque que había que darle a un caso o sobre dónde había ido a parar mi sujetador.

Me llevé una sorpresa cuando me dejó, y me quedé de piedra cuando empezó a rechazar todos los trabajos que le ofrecía. Luego dejó de contestar a mis llamadas. Yo me retiré para no agobiarle y dejar que se calmaran los ánimos. Pero por lo visto, seis meses después, aún no se habían calmado. Así que aquí estábamos.

—No soy una niña de trece años con el corazón destrozado, Birdwine —dije—. Teníamos un rollo y a ti dejó de interesarte. Muy bien. Sigo respetando un montón tu trabajo y sigo queriendo contratarte. No vamos a tirar todo el cesto de manzanas porque haya una pocha.

—Según tu metáfora, ¿esto es el cesto de manzanas? —Dio unos golpecitos en la carpeta de los papeles de Skopes. Asentí y dijo—: Olvidaba que eres una romántica incurable. —Su tono seguía siendo ligero, pero levantó una mano para frotarse los ojos: otra mala señal—. ¿Por qué no titulaste el e-mailTengo trabajo para ti o ¿Puedes encontrar a este tío?» o por qué no te limitaste a poner su fecha de nacimiento y su número de la Seguridad Social?

Lo mismo me estaba preguntando yo. No era propio de mí. Tenía un oído muy fino para los matices. Pero puse su mismo tono ligero y contesté:

—Bueno, la próxima vez que me evites durante meses ya sabré qué hacer.

Se rio.

—Sigo evitándote, Paula. No he dejado de evitarte. Eres tú quien ha venido a rondar por mi barrio. —Se detuvo y luego añadió con sorna—: Fíjate, al final vamos a hacerle la autopsia a nuestra relación. Es la monda.

—Pues acepta el trabajo y te dejo en paz. —No contestó, pero yo no podía darme por vencida. Birdwine era irremplazable. Por fin dije—: ¿Y si te doblo la tarifa?

Aquello captó su atención. Siempre andaba escaso de dinero. Fijó en mí una larga mirada y preguntó:

—¿Dejarás de mandarme magdalenas y cartas desesperadas?

—Desde luego que sí —respondí.

—Bueno, las magdalenas puedes mandármelas siempre que quieras. No les hago ascos a las magdalenas. Pero quédate en tu barrio. Dile a uno de tus esbirros que me envíe los expedientes por e-mail y que les ponga un título razonable, como He aquí un caso para ti. Y yo te mandaré los resultados en otro e-mail titulado He aquí mis resultados. ¿Qué te parece?

Una mierda, e insostenible a largo plazo, pero contesté:

—Si es lo que hace falta para volver a tenerte en mi equipo…

Y era cierto. Aunque no fuera toda la verdad.

No podía trabajar con Birdwine a distancia. Al menos, no indefinidamente. Necesitaba verlo cada cierto tiempo. Sus recaídas se daban a intervalos irregulares, pero los síntomas de que se aproximaba una eran acumulativos. Tal vez faltaran meses para que tuviera una. El frotarse los ojos, el darse toquecitos en las sienes podían ser únicamente síntomas de estrés. Quizá solo se debían a que le incomodaba la conversación. Tal vez entrara en casa y dejara de restregarse los ojos, y quizá pasaran muchas semanas antes de que se emborrachara hasta perder el sentido. Pero, por otro lado, si los síntomas se repetían e intensificaban, eran señal segura de que estaba a punto de desaparecer, dejándome colgada con la declaración de Skopes a la vuelta de la esquina.

—Qué insistente eres, mujer. Eso también lo había olvidado —dijo, y se rio abiertamente—. Está bien. De acuerdo. Pero dejemos una cosa clara: no estoy en tu equipo. Voy a hacerte un trabajo porque vas a pagarme una cantidad de dinero absurda.

—Me conformo con eso —contesté.

De ese modo tendría otra vez un pie en su casa. Y cuando tuviera un pie… En fin, Birdwine tenía razón. Yo era muy insistente.

—Imagino que lo necesitas con urgencia —dijo.

Su mano, posada sobre la carpeta, la cubría casi por completo. Cuando no estaba delante era fácil olvidar la imponente osamenta que le habían concedido los dioses: manos y pies grandes, el fémur largo y grueso, muñecas enormes.

—El día veinticuatro tomo declaración a Skopes. Y de momento no tengo nada contra él.

—¿Hasta dónde puedo escarbar? —preguntó Birdwine ambiguamente.

—Hasta donde quieras —contesté—. Es un caso clarísimo de DGSH.

Las siglas DGSH eran de mi cosecha. Significaban «Dos gilipollas sin hijos». Eran los mejores casos. No solo eran lucrativos, sino que además podía jugar tan sucio como quisiera sin que salieran perjudicados adolescentes o niños indefensos en la refriega. Cuando había niños de por medio o el cliente era un alma cándida y tierna, tenía que proceder con más cautela, intentar minimizar los daños.

—Estupendo —dijo Birdwine. No le importaba meterse en el fango hasta la cintura, pero compartía mi debilidad por los pequeños peones atrapados en los procesos de divorcio. Por eso, entre otras razones, nos entendíamos tan bien en el trabajo—. ¿Qué tengo que buscar?

—Sexo —respondí rotundamente.

Con solo leer el expediente de Bryan Skopes, antes incluso de conocerlo, ya sabía que se tenía más que ganada la G de DGSH. Pertenecía al Rotary Club, cómo no, y formaba parte del comité contable de su parroquia. Se encargaba de que su anciano padre estuviera bien atendido. Y sin duda se tenía a sí mismo por una «buena persona». Como la mayoría de la gente.

Pero su primera esposa no recibió pensión compensatoria tras el divorcio y la mensualidad que le pagaba Skopes por la manutención de sus dos hijas (a las que criaba ella sola y con las que Skopes apenas tenía relación) era una miseria. Su segunda esposa era quince años menor que él y había trabajado en su empresa como recepcionista, lo que sin duda posteriormente lastró su relación de pareja. Yo no veía a una «buena persona». Veía a un narcisista con un fuerte complejo de sexo y poder alimentado por un genuino desprecio por las mujeres.

Conocer a Skopes en carne y hueso me había servido para confirmar la idea que me había hecho de él y al mismo tiempo para degradarle aún más a mis ojos. La mirada furtiva que me dedicó, recorriendo mi cuerpo de arriba abajo a hurtadillas, no era la mirada de un hombre hambriento que contempla un bufé con los bolsillos vacíos, sin más esperanza que la de olfatear su aroma. Era la mirada de un gourmet satisfecho y bien alimentado. Había sido una mirada ofensiva pero no porque irradiara sexualidad, sino porque Skopes se sintiera claramente con derecho a mirarme así. Creía tener la sartén por el mango en las negociaciones, y ese diferencial de poder delató no solo su temperamento lujurioso, sino la falsedad de su presunta indignación.

Nuestra clienta también era una gilipollas, de eso no había duda. Pero hasta los gilipollas tienen derecho a una defensa justa, sobre todo cuando se enfrentan a otro gilipollas del mismo calibre. En este caso, me había tocado el mal menor. Porque Daphne era mala, sin duda, pero menos que él. Bryan Skopes pensaba en las mujeres como en mercancías y, como era de esperar, había comprado a Daphne. Pero, para ser justos, ella lo había consentido. Yo no le tenía ningún respeto, no me caía bien, pero eso poco importaba. Se había vendido, ¿y qué? Yo era su abogada. Mi trabajo consistía en que Skopes terminara de pagarla.

—¿Te refieres a una amante? —preguntó Birdwine.

Negué con la cabeza.

—No pierdas el tiempo buscando un idilio apasionado entre dos almas gemelas. Escarba un poco más abajo. Ese tipo rebosa perversiones por todos sus poros.

Así era como trabajábamos juntos. Yo encontraba los puntos flacos, se los señalaba a Birdwine como quien apunta con una pistola, y disparaba. Juntos teníamos muchos más aciertos que errores. Si yo estaba en lo cierto y Birdwine podía pillarlo in fraganti, Skopes tendría que rebajar el tono acusador y doliente y poner sobre la mesa algo mucho más sustancioso que la titularidad de un automóvil.

—Muy bien, me pongo con ello. ¿Ya está, entonces? —preguntó.

—Sí. Gracias, Birdwine —contesté.

—Por favor, llámame Zachary.

Me dedicó una sonrisa tensa e insincera, con los labios cerrados.

—Ah, ya entiendo.

Cuando empezó a trabajar para mí, me dijo que solo su exmujer lo llamaba por su nombre de pila, y que había vuelto a casarse diez minutos después de su divorcio. Ahora vivía en Florida y estaba tan ocupada pariendo niños y fingiendo que Birdwine estaba muerto que ya no lo llamaba de ninguna manera.

—No me interpondré en tu camino.

Pero no añadí «de momento».

Salió del coche y yo me fui a cenar algo. Mi preocupación por el caso de Skopes contra Skopes ya empezaba a disolverse. Si Birdwine se mantenía sobrio, el problema estaba resuelto.

Pero no estaba segura de que fuera a mantenerse sobrio. Y lo estuve aún menos cuando fueron pasando los días sin tener noticias suyas. Aun así, conservé la calma. Skopes y su abogado, Jeremy Anderson, llevaban meses retrasando su declaración. Yo podía hacer lo mismo hasta que Birdwine me trajera algo, o hasta que encontrara otra forma de derrotar a Skopes.

El catorce de febrero me quedé despierta hasta tarde, buscando un precedente difícil de encontrar. Cuando acabé eran más de las once. Apagué el ordenador y saqué mi chequera. Escribí al portador en el reglón que decía Páguese a… Mi madre se llamaba oficialmente Karen Vauss, pero yo no tenía ni idea de qué nombre habría elegido para su encarnación actual, aparte de Kai. Firmé el cheque y lo arranqué de la libreta.

Lo metí en un sobre con mi membrete personal: un sobre de grueso papel color crema, con mi nombre, Paula Vauss, y la dirección de mi loft impresos en marrón oscuro. Garabateé el número del apartado de correos de Kai en Austin en la parte delantera y cerré el sobre.

Le mandaba un cheque el día quince de cada mes. Era un ritual y mi única forma de comunicación con mi madre desde hacía ya quince años.

Era mi modo de preguntarle: «¿Estamos ya en paz?».

Cobrarlo era su forma de responder: «Todavía estás en deuda conmigo».

Me detuve un momento antes de dejarlo en la bandeja del correo, a pesar de que había quedado con un tipo al que conocía. Nos habíamos citado exactamente a las doce y un minuto, una vez hubiera pasado el día de San Valentín. Aun así, remoloneé un momento. Podía dejar que Verona mandara el sobre con el resto de mi correo y que el cheque formulara su pregunta puntualmente, como todos los meses, o podía meterlo en el destructor de papel.

Jugueteaba con esa idea todos los meses. ¿Qué haría Kai si el cheque no llegaba? Entre nosotras podía afianzarse un silencio absoluto, y entonces yo sabría que por fin había saldado mi deuda por clavar al suelo sus pies de gitana robándole casi una década de libertad. Ese silencio me parecía deseable porque se asemejaba mucho a la paz. Pero también podía suceder que Kai se presentara en mi puerta exigiendo una libra de carne extraída de mi cuerpo.

Me pregunté (y no era la primera vez que me lo preguntaba) qué ocurriría si me ponía más agresiva. ¿Y si le enviaba una nota en vez de un cheque? Acerqué un cuaderno y me quedé mirándolo. Pasaron los minutos y el papel siguió en blanco. Tenía que irme a casa, cambiarme y dar de comer a Henry antes de acudir a mi cita. A esas horas estaría ya subiendo y bajando las escaleras desde el salón al dormitorio del altillo, impaciente por engullir su comida para gatos, pero yo seguía allí, mirando fijamente la página en blanco.

Por fin cerré los ojos y sentí que mi mano empezaba a mover el bolígrafo sobre el papel. Escribí a ciegas la pregunta esencial: ¿Qué hace falta para que estemos en paz?

Al leerlo, me di cuenta de que sonaba demasiado brusco, demasiado directo. Y lo que era peor aún: aquellas palabras equivalían a una confesión de culpabilidad. Las taché y escribí: Le pusiste a tu hija Kali, así que ¿qué coño esperabas? Tuviste lo que te habías buscado.

Aquello parecía más propio de mí, pero no sonaba muy conciliador. Pero la conciliación no era mi fuerte. Todos mis puntos fuertes apuntaban en dirección contraria. Era capaz de romper algo de mil maneras distintas: desde la extirpación quirúrgica ejecutada con la meticulosidad de una brigada de artificieros a la destrucción masiva estilo bola de demolición. Si rompía algo, lo rompía del todo. Si rompía una de mis cosas, la sustituía o convivía con sus pedazos. Arranqué la hoja e hice una pelota con ella. La lancé a la papelera del rincón y marqué un triple. A la mierda. Dejé el cheque en la bandeja del correo y, como de costumbre, tomar una determinación resultó un alivio. Kai estaba pagada, de modo que durante una o dos semanas podía dejar de pensar en ella. Después volvería a colarse poco a poco en mi cabeza produciéndome un ligero hormigueo de inquietud hasta que le extendiera el siguiente cheque.

Cuando me levanté para irme, oí el timbre que avisaba de la llegada de un e-mail a mi bandeja de entrada. Era de Birdwine, y había cumplido su promesa: se titulaba He aquí mis resultados. No había duda de que no iba a pedirme una cita por San Valentín. ¿Qué noticias me traería? Volví a sentarme y lo abrí. El cuerpo del mensaje decía únicamente: Sí, diste en el clavo. Había dos archivos adjuntos.

Abrí el primero y encontré una abultada factura. Mucho más abultada de lo que esperaba. El otro archivo adjunto era un PowerPoint. Me puse a hojear las diapositivas.

Allí estaba Bryan Skopes, visto desde arriba pero reconocible. De facciones atractivas aunque algo burdas, tenía un aire de antiguo miembro de fraternidad universitaria al que con el tiempo se le han acumulado demasiado whisky y demasiadas ostras rebozadas en las bolsas de los ojos y alrededor de la cintura. Estaba de pie en medio de una espesura de azaleas verdes, con un calvero en el centro. Los arbustos formaban un reducto cerrado por todas partes pero sin techado.

Las fotografías estaban hechas desde arriba, y tuve la clara impresión de que Birdwine había tenido que subirse a la copa de un árbol muy alto para superar los espesos matorrales. Podía haberse partido el cuello pero había conseguido su objetivo: Bryan Skopes no estaba solo. Arrodillada ante él, con la cara metida entre sus piernas, había una chica con el cabello de color magenta. A medida que avanzaban las imágenes, Bryan doblaba la espalda hacia atrás y levantaba hacia el cielo su cara redonda y colorada. Su boca se abría, floja. Tenía los ojos cerrados. Si no, podría haber visto a Birdwine. Sonreí al pensarlo: ¿verdad que habría sido chocante?

Casi al final, llegué a una diapositiva que me hizo detenerme, dejando en suspenso aquella historia tan común y sin embargo tan sórdida. En la fotografía, la chica seguía arrodillada pero tenía la vista levantada hacia Skopes. Su cara era redondeada y tersa, de carrillos gruesos como los de un bebé, y la piel de debajo de sus ojos, ligeramente rosada, no tenía una sola arruga. Sentí que un goteo acre y abrasador como un ácido penetraba en mi sangre. Era tan joven… Quince años, quizá.

En la siguiente diapositiva, la chica estaba de pie mientras Skopes se abrochaba los pantalones. En la siguiente, sus manos se tocaban, palma con palma, cuando él le entregaba el dinero. El goteo amargo que invadía mi sangre se hizo más intenso y más ácido. Así que yo tenía razón por partida doble: Skopes no solo engañaba a su mujer, sino que le gustaba practicar el sexo aderezado con un repulsivo diferencial de poder. Aquella pobre chica era tan joven e inexperta que no sabía que primero tenía que exigir el pago. «Un mes más viviendo en la calle y lo aprenderá», pensé y, por una vez, tener razón no hizo que me sintiera mejor.

Miré sus mejillas de bebé, la expresión triste de su boca, y fue como si la conociera. Dios mío, yo podría haber acabado así.

Conocí a chicas como ella cuando estaba bajo la tutela de los servicios sociales. A veces todavía soñaba que me caía del mundo, igual que ellas. Me adormilaba y de pronto perdía pie y caía por el borde abrupto y recóndito de la Tierra, me precipitaba hacia el abismo pasando junto a la tortuga cósmica, junto a Joya, que resbalaba inerme y en silencio, y junto a Candace, que estiraba los brazos hacia mí con ojos ansiosos. Lo dejaba todo atrás y me zambullía en una nada infinita. Una nada sin estrellas.

Podría haber acabado exactamente como la chica de las diapositivas de Birdwine, con su pelo teñido de henna y sus mejillas rellenitas como las de un bebé. Podría haberme pasado la vida arrodillada y temblando delante de algún cerdo, rodeada de azaleas. De pronto, vencer a Bryan Skopes se había convertido en algo personal. Ya no trabajaba únicamente en nombre de Daphne. Era mi clienta y, naturalmente, pondría en juego toda mi habilidad profesional para defenderla, pero no le tenía ningún aprecio. Daphne era la típica mujer florero. Lo que más le interesaba era arreglarse y mantenerse en forma para estar guapa en las fiestas. Era egoísta, superficial y aburridísima.

No me cabía ninguna duda de que Daphne había pasado muchas veces con su coche junto a chicas como aquella muchachita de pelo color magenta. Había muchas en Atlanta: cientos de niñas huidas de sus hogares que, dispersas por toda la ciudad y reacias a que las salvaran o incapaces de dejarse salvar, sobrevivían como podían.

Estaba segura de que nunca se le había ocurrido comprarle a una de ellas un bocadillo u ofrecerse a llevarla a un albergue. Pero sabía también que mi clienta jamás se había llevado a una niña como aquella entre los matorrales y, tras utilizarla como un kleenex, le había dado un puñado de billetes grasientos. Sentí que abandonaba mi papel de abogada defensora para reclamar venganza por mi cuenta. Si de mí dependía, Skopes iría a la cárcel y conocería en sus propias carnes lo dura que podía ser la vida de rodillas.

Sabía, sin embargo, que eso no era factible, y no solo porque fuera en detrimento de los intereses de mi clienta. Aquella chica era puro humo: ya se había evaporado. Tal vez Birdwine pudiera encontrarla si disponía de tiempo y fondos suficientes, pero la chica no testificaría ni estaría dispuesta a denunciar a Skopes. Yo conocía a las de su clase.

De modo que no me quedaba otra alternativa que atacar a Bryan Skopes en el bolsillo, en su infundada creencia en su propia bondad y, sobre todo, en su afición por ejercer el poder sobre las mujeres. Podía doblegarlo, por Daphne y por mí misma. La sola idea hizo que se me alargara la columna: me sentí más alta. Me pasé la lengua por los dientes, ansiosa porque llegara la declaración fijada para la semana siguiente. ¿Cuánto dinero le había dado Skopes a aquella chica? Lamenté no haber visto el dinero más claramente. ¿Un par de billetes de veinte? ¿Uno de cincuenta? Ignoraba cuál era la tarifa en vigor, pero sabía, en cambio, que aquel escarceo entre los matorrales iba a salirle mucho más caro de lo que él creía.

Cerré el PowerPoint y envié una copia a Nick, mi socio, con una nota que decía: ¿Daphne podrá pasarse por aquí esta semana? Quiero prepararla.

Entré en PayPal para mandarle enseguida a Birdwine el importe completo de la factura desde mi cuenta personal, más una cuantiosa bonificación. El papeleo para conseguir que la empresa me lo reembolsara sería un incordio, pero quería que la rapidez del pago surtiera cierto efecto sobre Birdwine. Normalmente, sus facturas tenían que pasar primero por las manos de Verona.

En el espacio dedicado al concepto, escribí: Gracias por las fotos guarras: mucho mejor que una caja de bombones. Pero luego lo borré. Birdwine había accedido a regañadientes a volver a trabajar para mí. Era demasiado pronto para retomar nuestro intercambio de ironías aderezadas con una nota de seducción. Probé con ¿Ves cómo no puedo arreglármelas sin ti, Birdwine?, pero también me pareció demasiado personal. Después de pensar un momento opté por ¿Ves cómo no puedo arreglármelas sin ti, Zachary?

Seguía siendo demasiado íntimo. Él había sido tajante en el coche. Mandé el dinero sin ningún comentario y me puse a escribir un nuevo e-mail, adjuntando el archivo de otro caso. Escribí: La documentación que aporta este tío da risa. Está ocultando dinero, me juego algo a que en vinos o esculturas o alguna chorrada por el estilo. ¿Puedes encontrarlo? Tarifa, la habitual. Pulsé «enviar» y esperé.

Dos minutos después llegó la respuesta: Me pongo con ello.

Así pues, Birdwine y yo volvíamos a trabajar juntos. Conforme a sus condiciones, claro, pero aun así yo empezaba a hacerle mella. Íbamos en la dirección correcta.

Y lo que era aún mejor: una semana después, aproximadamente en la misma fecha en que Kai cobraría su cheque, me vería cara a cara con Bryan Skopes. Skopes creía que iba a conseguir lo que se había ganado. Y quizá tuviera razón. A fin de cuentas, mi madre me había llamado Kali. Skopes recibiría su merecido, en efecto. Y yo tendría el placer de servírselo en bandeja.

 

 

La victoria hacía aflorar dentro de mí un rostro secreto que habitaba bajo mi piel cobriza, mis ojos claros y rasgados y mi boca de labios gruesos. Ahora mismo, esa cara ansiaba enseñar todos sus dientes. Agazapada y vigilante, se moría de ganas de sacar la lengua y paladear el sabor metálico del aire. Estaba deseando comérselo todo. Aquella cara no tenía cabida en Cartwright, Doyle y Vauss.

Mis socios, Nick Cartwright y Catherine Willoughby Doyle, eran auténticas máquinas de hacer dinero. Pertenecientes a la más rancia aristocracia de Atlanta, poseían modales exquisitos y una extensa red de contactos. Eran primos pero parecían hermanos: larguiruchos, rubios y elegantes. Las parejas acaudaladas acudían a nuestro bufete cuando llegaba la hora de acordar un divorcio discreto y civilizado y repartir su intrincado patrimonio. Los matrimonios que disolvíamos estaban plagados de fondos fiduciarios y cargados de acuerdos prenupciales y dudas acerca de quién debía quedarse con tal o cuál casa. Éramos caros pero nos ganábamos a pulso nuestra minuta cortando complicadas tartas financieras, y la gente que no podía permitirse nuestros servicios tampoco los necesitaba. Cuando estas separaciones tan corteses se agriaban, cosa que sucedía con frecuencia, bien… para eso figuraba mi nombre en el membrete de la empresa. Yo era el objeto contundente guardado al fondo del armario.

Conocí a Nick en la facultad de Derecho. Descubrimos que nos entendíamos bien, en la cama y fuera de ella. Yo era audaz y agresiva, y él meticuloso y diplomático por naturaleza. En los simulacros de juicio, yo hacía de palo y él de zanahoria. Me metió en el afamado bufete de su padre y, cuando este se retiró, Catherine y yo pasamos a ser socias de pleno derecho. Mis habilidades profesionales actuaban como un complemento de las suyas, y como había vivido en hogares de acogida, tenía un turbio origen racial y dos veces al año me encargaba de casos penales gratuitamente, mi sola presencia confería al bufete un talante progresista y multicultural. En días como este les gustaba especialmente: había machacado a Skopes.

Después de la declaración, ambos parecían envueltos en esa neblina de placer que sigue al triunfo. Catherine suspiraba satisfecha y Nick me miraba con cariño, como si fuera el tigre de su zoo particular. Me invitaron a celebrarlo, pero rehusé. No podía seguir refrenando mi lado salvaje mientras ellos abrían decorosamente una botella de carísimo champán. Nick tenía unas copas de cristal que entrechocaban con un suave tintineo mientras él pronunciaba largos y farragosos brindis, y en ese momento yo tenía las manos tan crispadas que podía hacerlas añicos.

Les dije que quería irme a casa temprano y Catherine sonrió comprensiva y me dijo que me marchara y que pasara buena noche, que me lo había ganado.

Al llegar a casa me paré en la entrada e intenté quitarme los zapatos con los pies mientras Henry lanzaba su agudo y espeluznante aullido y me arañaba el tobillo con los dientes, reclamando sus derechos sobre mí. Si yo estaba en casa, Henry daba por sentado que era la hora de la cena al margen de lo que marcara el reloj.

—Vale, vale, amiguito —le dije—. Voy a abrirte una lata de atún. De las de verdad. Auténtico atún blanco.

Echó a correr delante de mí, cruzando el amplio salón en dirección a la cocina. Ese día había venido la asistenta, así que todo el loft olía a vinagre y a aceite de naranja, y mis pies se deslizaban suavemente por la tarima encerada. Dejé mi iPhone en la repisa de la ventana y vi que había dejado el correo en un montoncillo, sobre la encimera de la cocina. No le hice caso y puse a sonar la lista de reproducción que reservaba para los grandes triunfos. Sonaron los Kongos y subí la música a tope, con una sonrisa. A Henry no le molestaba que estuviera tan alta. Como muchos gatos blancos, era completamente sordo.

La victoria me resonaba dentro del cuerpo y hacía que la sangre me corriera muy deprisa mientras iba bailando a la despensa. ¡Ay, dioses y pececitos, qué deliciosa sensación de euforia! La había refrenado en el despacho, pero ahora me daban ganas de tomar a Henry en brazos y ponerme a dar brincos con él hasta que le entrara el pánico. El músico con el que salía de vez en cuando tenía una actuación fuera de la ciudad, pero un inglés con el que había salido hacía tiempo me había escrito un mensaje. Le respondería invitándolo a venir a casa a probar mi mejor botella de bourbon. Despediríamos aquel día como se merecía, en la cama y como Dios manda. Necesitaba montarme en aquella ola de alegría, cabalgarla encabritada hasta estar exhausta, satisfecha y esponjada de los pies a la cabeza.

—El muy cerdo ni siquiera se lo olió, Henry —le dije a mi gato, dejando de bailar el tiempo justo para ponerle el atún en un plato.

Al llegar Skopes esa mañana, yo le había sonreído. Había cruzado las piernas y balanceado el pie, atrayendo su atención sobre mi falda, demasiado corta para exhibirla en la sala de un juzgado. Me había puesto unos zapatos de tacón alto negros y elegantes, cuyas suelas de color rojo sangre prometían una auténtica matanza. Pero los ojos de Skopes pasaron por alto aquella advertencia y, como era de esperar, se deslizaron por la piel desnuda de mis piernas.

La mesa de la sala de reuniones estaba abarrotada: Nick y Daphne, el abogado de Skopes y un taquígrafo judicial. Para mí no eran más que sombras grises en torno a la mesa, irrelevantes e insustanciales. El único color sólido era el rojo de la corbata de Skopes que tenía frente a mí; la única luz, el suave resplandor de mi ordenador portátil. Lo tenía encendido y abierto sobre la mesa, vuelto hacia Skopes y su abogado de modo que vieran mi apacible salvapantallas: peces tropicales nadando de un lado a otro en medio de un arrecife de coral.

Hablé yo primero, recitando el número de expediente para dar comienzo al ritual que inauguraba la toma de declaración del demandado. El taquígrafo tomó juramento a Skopes y yo le pedí que declarara su nombre completo, su dirección y su fecha de nacimiento, mirándolo con expresión aburrida. Jeremy Anderson, su abogado, me dedicó una mirada idéntica.

Mientras cumplíamos con las formalidades, moví el ratón inalámbrico que había colocado junto a mis papeles. Los relajantes pececitos del salvapantallas desaparecieron, sustituidos por una de las fotografías de Birdwine. Skopes aparecía de pie en medio del macizo de azaleas, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y la boca abierta y floja. El color reemplazó al color, una luz siguió a otra. Pero Skopes no se dio cuenta.

—¿Es usted aficionado a la jardinería, señor Skopes? —pregunté.

—¿A la jardinería? —repitió, y soltó un bufido desdeñoso—. Yo tengo jardinero.

—Qué interesante. ¿Y se ocupa su jardinero de las azaleas? —insistí.

En la cabecera de la mesa, las manos del taquígrafo se detuvieron una fracción de segundo. Acababa de fijarse en las diapositivas. Luego se encogió de hombros casi imperceptiblemente y sus manos siguieron moviéndose a ritmo constante sobre el estenógrafo, con el hastío propio de su oficio. Siguiendo mis instrucciones, Daphne Skopes y Nick lo miraban absortos, como si la taquigrafía fuera un espectáculo fascinante.

—No sé nada de nombres de flores —replicó Skopes, que no esperaba preguntas como aquella. Tenía instinto, y sabía que algo iba mal.

—Por favor, vaya al grano o deje las preguntas sobre jardinería —añadió Anderson, su abogado.

—Muy bien —respondí, y luego, solo para no perder el ritmo, pregunté a Skopes—: ¿A qué universidad fue?

—A Vanderbilt —contestó.

—¿Y allí ingresó en alguna fraternidad?

Anderson, que por fin se había fijado en las diapositivas, dejó escapar un gemido ahogado.

—¿No quiere que conteste a la pregunta? —inquirió Skopes volviéndose hacia él y, al ver su expresión, siguió la dirección de su mirada.

La sala quedó en silencio.

En la pantalla apareció otra diapositiva.

—¿Perteneció a alguna fraternidad mientras estudiaba en Vanderbilt? —repetí yo como si no pasara nada. Como si la faceta más repulsiva de Skopes no estuviera allí, a plena vista, delante de la esposa a la que había comprado con fines parecidos, solo que con una moneada socialmente más aceptable.

—Hija de la gran puta —dijo Bryan Skopes en tono desprovisto de emoción.

No supe si se refería a mí, a Daphne o a la chica en la que tenía fija la vista. Aquella muchachita con el pelo de color magenta y carrillos de bebé. La que estaba de rodillas.

Volvió a cambiar la imagen. Skopes la miraba fijamente, calculando cuánto iba a costarle todo aquello e intentando encontrar la manera de zafarse.

—Hija de la gran puta —repitió todavía sin inflexión, aunque su cara se había teñido de rojo.

Yo mantuve una expresión impasible mientras ojeaba los papeles que tenía delante mí.

—Desconozco la existencia de una fraternidad llamada Hija de la Gran Puta. ¿No sería Psi Alfa Beta?

Skopes se levantó. Empezaba a sudarle la frente. Noté que calibraba el impacto que podían tener aquellas fotografías en caso de llegar a un público más amplio. A su Rotary Club. A su parroquia. A su padre. A las hijas abandonadas a las que creía querer, del mismo modo que creía ser una buena persona. Aquellas imágenes plasmaban una versión más fiel de la realidad, y en ese instante era Skopes quien se sentía impotente y desamparado, con la piel hecha tiras y su fealdad interna expuesta al aire.

—Dele lo que quiera —dijo. Anderson intentó decir algo, pero Skopes le cortó—: Dele lo que quiera.

Mi frase favorita.

Skopes creía que se lo decía a su abogado, o quizás incluso a Daphne, pero se equivocaba: aquellas palabras me pertenecían.

Después de aquello, todo sería puro trámite. Nick y yo bailaríamos un largo y lucrativo minué con Jeremy Anderson, cortando en porciones la gruesa tarta patrimonial. Y eso estaba muy bien, pero para mí la verdadera recompensa estaba en aquel instante, en ese momento perfecto e irrepetible en el que Skopes había quedado al descubierto y al fin se veía a sí mismo tal y como era, desprovisto de todas las falacias que se contaba a sí mismo.

Me detuve para dejar el plato de atún en el suelo. Henry comenzó a engullirlo con ansia. Agarré el teléfono para escribir al inglés y allí, sobresaliendo entre el montón de correo, estaba la esquinita de un grueso sobre de color crema. Lo saqué y vi mi nombre y mi dirección impresos en color marrón tostado, y el apartado de correos de Kai en Texas garabateado con mi letra. Era el mismo sobre que había dejado en la bandeja del correo a última hora de la tarde, el día de San Valentín, solo que ahora había tres palabras escritas oblicuamente en la parte delantera, en tinta roja y con la letra de mi madre.

Devolver al remitente.

De pronto dejé de pensar. Dejé de respirar. Olvidé por completo mi triunfo. Olvidé mis planes para esa noche. Me olvidé de mi gato y de mis propias ansias. Ni siquiera oía la música.

Pasó algún tiempo. Puede que medio minuto, puede que unos pocos segundos. No sabría decir.

Estaba tan cerca de Henry que oí el suave gruñido que retumbaba en su pecho que él sentía únicamente como una vibración. Le oí engullir el atún. Di la vuelta al sobre y vi que la solapa estaba pegada con celo. Yo no lo había mandado así.

Notaba las manos torpes e hinchadas. Me temblaban tan violentamente que a duras penas conseguí abrir el sobre.

Dentro encontré mi cheque. Kai había escrito por delante ANULADO con el mismo boli rojo.

Por fin una respuesta distinta. Pero ¿por qué ahora? Llevaba casi dieciséis años mandándole un cheque mensual, repitiendo siempre la misma pregunta. Cuando vivía en Indiana y trabajaba para pagarme los estudios, le enviaba cantidades irrisorias. Una vez le mandé cinco dólares y dejé mi cuenta a cero. Los cheques se volvieron algo más cuantiosos cuando conseguí una beca para ir a Notre Dame y luego a la facultad de Derecho de Emory, y más aún cuando acabé la carrera y me establecí como abogada. Ciento ochenta y tantos cheques enviados a Kai a lo largo de los años, uno por uno, formulando siempre la misma pregunta: «¿Estamos en paz?».

Su respuesta consistía en cobrarlos sin falta, a pesar de que se mudaba a menudo y andaba siempre de acá para allá. Una o dos veces al año recibía una tarjeta de cambio de dirección comprada en alguna tienda, alegre e impersonal, con un nuevo número de apartado de correos en otra ciudad. Siempre, sin embargo, se las arreglaba para recoger mi cheque y hacerlo efectivo.

Me temblaron los dedos al sacar el cheque anulado. Le di la vuelta y vi que en el dorso había algunas frases más escritas con su letra inclinada hacia la izquierda.

 

No, gracias. Tengo dinero suficiente para que me dure el resto de mi vida.

Eso era una broma. El cáncer se extendió por todas partes antes de que me diera cuenta, así que «el resto de mi vida» será bastante poco. Semanas, con un poco de suerte. Me voy de viaje, Kali. Vuelvo a mis orígenes. La muerte no es el final. El final serás tú. Volveremos a encontrarnos y habrá historias nuevas que contar. Ya sabes cómo funciona el karma.

 

Era más que una nota. Era un epitafio. O un poema. O una amenaza. Eso fue lo que entendí al primer vistazo.

Volví a leerlo y vi lo que no contenía. No había absolución.

De hecho, todo aquello parecía ideado para ponerme furiosa. Yo odiaba los mensajes crípticos, el misticismo y la condescendencia. Sabía, claro está, cómo funcionaba el karma, pero no creía en él. Tampoco creía en la reencarnación, ni en el destino, ni en que el tiempo fuera una especie de rueda, y mi madre sabía que no creía en esas cosas.

Si eliminaba todas esas sandeces, quedaba lo que en realidad estaba diciendo Kai. Que mi deuda trascendía incluso la muerte. La suya y la mía. Que podíamos morirnos las dos, pudrirnos y convertirnos en polvo, y que mi polvo seguiría en deuda con el suyo.

Lo que no entendía era que, a mil kilómetros de mí, en Texas, mi madre se estuviera muriendo.

Eso era lo que no conseguía asimilar.

—Mi madre se está muriendo —le dije al gato, poniendo a prueba aquellas palabras. Tenían un regusto tenue y ceniciento, pero también distinguí en ellas el sabor de la verdad.

Al oírlas decir en voz alta, seguí sin sentir nada. La sensación de vacío era tan vasta, tan negra y espesa que ni siquiera pude pestañear. Tenía los ojos tan secos que me escocían. El tiempo se dilató, haciéndose infinito.

Mi cheque había tardado una semana entera en llegar a Texas y hacer el camino de vuelta. Kai ya podía estar muerta.

Al pensarlo, sentí un alivio inmenso en los hombros y al mismo tiempo tuve la horrible sensación de que algo me faltaba, como si de pronto tuviera una mella entre los dientes y sintiera el impulso de meter la lengua en el hueco. Aquella disonancia reverberó como un tintineo en mis entrañas. Si Kai había muerto, yo ya no tenía a nadie, excepto a Henry.

La nota ocupaba todo el dorso del cheque, pero me fijé en que había unas letras más pequeñas escritas de lado en el margen. Torcí el papelito con los dedos entumecidos y mis ojos resecos leyeron lo que ponía. Pegadas al borde había cinco palabras más. Saltaba a la vista que eran las últimas que había escrito. Las últimas, quizá, que me escribiría jamás:

Evidentemente, no quiero que vengas.

Mi madre se estaba muriendo y no quería que estuviera junto a su lecho de muerte.

—Me da igual —le dije, o quizá se lo dijera a Henry.

Curiosamente, me alegré de que mi gato fuera sordo y no pudiera oírme decir aquella cosa tan fea y tan cierta. Oí como desde muy lejos mi propia voz, riéndose de aquella estupidez. ¿De veras creía que un gato que oyera entendería mis palabras? Me reí, y Kai seguía muriéndose y diciéndome que no fuera a verla, y entonces dejé de reírme porque ni cuerpo había parado de respirar.

Su ausencia se había enroscado en torno a mi pecho y mi cuello. Me cerraba las vías respiratorias. Sentí que mis costillas se hundían aplastándome el corazón. Noté que se me dormía el brazo y pensé con mucha calma: «Me está dando un ataque al corazón».

Me abalancé hacia el teléfono pero tenía la mano tan embotada que lo dejé caer. Me fijé con desapasionado interés en la telaraña que se formaba al romperse la pantalla. No estaba asustada. Era algo peor: estaba azul, cada vez más azul. Me ahogaba en aire reseco.

Me puse de rodillas y recogí a tientas el teléfono. Conseguí abrir el teclado y por segunda vez en mi vida me descubrí marcando el número de emergencias. Marcarlo ahora, cuando no tenía ninguna fe en que aquella llamada pudiera salvarme, era una amarga ironía.

Sentí que el cordón de mi madre volvía a enroscárseme alrededor de mi cuello, borrando de mi piel el color de la vida. Caí de lado al suelo. Mi corazón brincaba y aleteaba. Estaba perdiendo por completo la sensibilidad en los brazos y las piernas. Apenas oí a la mujer del otro lado de la línea cuando preguntó:

—¿Quiere informar de una emergencia?

Quise decirle que me estaba dando un ataque al corazón. Pedir una ambulancia. Pero no podía contestar. A esa pregunta, no. La última vez que había respondido, había iniciado el larguísimo proceso de matar a mi propia madre. Un proceso que ahora estaba tocando a su fin.

La voz del otro lado del teléfono hablaba ahora más alto, con calma y firmeza.

—¿Oiga? ¿Puede hablar? ¿De qué emergencia se trata?

No tenía aire para responder. Ni siquiera lo intenté. Aparté el teléfono. Se deslizó por el suave suelo de madera mientras la voz descarnada del otro lado seguía interpelándome. Me di la vuelta, me giré hacia la negrura, y allí estaba el karma, a fin de cuentas. Dejé que todo lo que me merecía se precipitara sobre mí. Lo dejé entrar, al fin.



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