Doce Opalinas - Theodor Smeu Stermin - E-Book

Doce Opalinas E-Book

Theodor Smeu Stermin

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Beschreibung

Doce relatos finalizados y uno inconcluso, escritos en equilibrio sobre una cuerda floja sujetada entre dos pilares: la vida y la muerte. Los personajes conviven en la arena de un circo apócrifo; algunos se han colado allí tras escaparse de la vida del propio autor. Saltimbanquis de la soledad, de la crueldad, de la vejez, de la venganza, de la infidelidad; fantoches del maltrato, de la supervivencia, del amor, del olvido. El aire bufo que les envuelve se disipa precisamente cuando, conscientes de su fuerza vital, se proponen luchar contra una prosaica realidad que ya les ha atrapado. Sobreviven resguardándose en sus propias pavuras, como los niños que se cobijan tras las almenas de los castillos de arena, antes de la tempestad.

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Seitenzahl: 159

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Doce relatos finalizados y uno inconcluso, escritos en equilibrio sobre una cuerda floja sujetada entre dos pilares: la vida y la muerte. Los personajes conviven en la arena de un circo apócrifo; algunos se han colado allí tras escaparse de la vida del propio autor. Saltimbanquis de la soledad, de la crueldad, de la vejez, de la venganza, de la infidelidad; fantoches del maltrato, de la supervivencia, del amor, del olvido. El aire bufo que les envuelve se disipa precisamente cuando, conscientes de su fuerza vital, se proponen luchar contra una prosaica realidad que ya les ha atrapado. Sobreviven resguardándose en sus propias pavuras, como los niños que se cobijan tras las almenas de los castillos de arena, antes de la tempestad.

Doce Opalinas

Theodor Smeu Stermin

www.edicionesoblicuas.com

Doce Opalinas

© 2024, Theodor Smeu Stermin

© 2024, Ediciones Oblicuas

EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

c/ Lluís Companys nº 3, 3º 2ª

08870 Sitges (Barcelona)

[email protected]

ISBN edición ebook: 978-84-19805-53-9

ISBN edición papel: 978-84-19805-52-2

Edición: 2024

Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales

Ilustración de cubierta: Héctor Gomila

Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier parte de este libro, incluido el diseño de la cubierta, así como su almacenamiento, transmisión o tratamiento por ningún medio, sea electrónico, mecánico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin el permiso previo por escrito de EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

www.edicionesoblicuas.com

Contenido

Doce Opalinas

Sin piedad

El dibujante de sombreros

Mamboretá

Zepelines rojos

Debajo de su abrigo

Jamaica

Zapatos para volar

Nyotaimori

Un dios de ojos azules

La viuda y el guacamayo

Memorias de un viejo camarero

El autor

Para Anca y Abi

«El poder de la memoria alienta

el poder de la imaginación».

Akira Kurosawa

Doce Opalinas

El Doce Opalinas era un bar de escritores de servilletas: algunos de ellos escribían sobre las que chupaban la cantidad justa de tinta; otros, sobre las más absorbentes. Llevaba abierto desde hacía más de medio siglo. Su primer dueño, don Empíreo Torres Abate, gran amante de la lectura, le puso ese nombre porque sobre cada mesa había una lámpara Emeralite, edición 1919. Ese modelo de lámpara tenía la tulipa en forma de barco, el interior de opalina blanca, el exterior tintado de verde, y el pie de metal dorado, muy pesado, para garantizar una estabilidad perfecta. Se encendían tirando de una cadenilla discreta. Aunque se vendieron sobre todo en Estados Unidos, hubo una edición especial destinada al mercado español. Todas las lámparas de esa serie llevaban marcado con letra itálica, en la parte redonda del pie, el eslogan: «Gentil para sus ojos». Gracias a esas lámparas, el local parecía más bien una sala de lectura de una biblioteca antigua. Don Empíreo acabó llamando «Opalinas» a esos auténticos objetos de culto. El local tenía solamente doce mesas. Doce mesas, doce Opalinas.

Al jubilarse, don Empíreo dejó el bar en manos de su nieto y único heredero, Ernesto Santamaría Abate que, a pesar de su juventud, era un camarero chapado a la antigua y un tanto grandilocuente. Se había criado detrás de la misma barra en la cual se ganaba la vida desde que se hiciera cargo del negocio. Se movía con la parsimonia heredada de su abuelo. Por alguna extraña razón, con los años, encarnó también el tic nervioso que había acompañado a don Empíreo durante toda la vida: se subía las mangas cada poco rato. Pellizcaba la tela entre el dedo gordo y el índice y tiraba un poco para atrás. Primero la manga izquierda, con un toque preciso y rápido: ¡zas! Después la derecha: ¡zas! Tardaba menos de un segundo, pero lo hacía miles de veces al día. Su abuelo le enseñó a no preocuparse porque, decía, «la vida es aquello que pasa entre subirse la manga izquierda y la derecha».

Llevaba el bar con el mismo talante con el cual lo había llevado su antecesor. Trataba a los clientes como lo que eran: unos artistas. Les conocía las costumbres, los gustos y las manías. Los mimaba. En contadas ocasiones, y siempre y cuando los autores mismos lo propiciaban, sabía ofrecerles conversación, porque también leía. Pero, sobre todo, se distinguía de muchos camareros en que sabía callar. Y como Ernesto callaba de manera profesional, en sus ratos de soledad había adquirido la costumbre de hablar solo.

Desde la inauguración, la decoración del bar nunca había cambiado; salvo el gramófono que fue sustituido por un tocadiscos, todo lo demás seguía igual que el primer día.

Cada una de las mesas representaba un libro. La superficie de madera lisa hacía su labor funcional de mesa, pero estaba tan magistralmente pintada que parecía la fotografía de un libro abierto. Más de un cliente mojaba el dedo en la boca y hacía el gesto de «pasar la página» cuando pedía otra ronda. Los entendidos se empeñaron en poner nombre a esas maravillas: «arte hiperrealista». ¡Y tanto que lo era! La impresión que causaban era tan intensa que hasta el aire que las envolvía parecía contener el perfume de un libro antiguo de verdad. Se habían pintado veinte años antes de que la técnica que se les había adjudicado tuviera nombre propio. Se podía intuir la textura del papel sobre el cual se apreciaba una tipografía antigua, con la primera letra grande y con voluta. En los bordes prevalecían motivos vegetales. El cuerpo del texto, recargado y florón, se leía con cierta dificultad, pero el contenido tenía especial encanto.

Cada libro llevaba entre las páginas abiertas un relato muy corto. Don Empíreo había titulado el conjunto: Obra completa de un escritor de servilletas. Cada cuento trataba un tema. Doce cuentos, doce temas: la soledad, el amor, la muerte, la culpa, el poder, la venganza, la amistad, el dolor, la vejez, el engaño, Dios y el olvido. Se podían leer por separado o en conjunto. Nadie conocía el orden correcto de lectura. Desde el día que don Sempronio, el patriarca de los escritores de servilletas, había explicado que el orden era una cuestión sin importancia, se habían acabado las polémicas.

Independientemente del orden de lectura, entre los doce construían una misma trama: doce relatos, una sola historia, aunque las diferentes secuencias posibles daban diferentes matices al conjunto. Don Empíreo nunca había desvelado los nombres de los artistas que crearon aquellas obras maestras del hiperrealismo y de la narrativa.

Cada mesa estaba provista de una única silla, cuyo respaldo imitaba un atril de lectura de antaño. Doce mesas, doce sillas. Talladas en madera de palisandro. Ernesto presumía de que los respaldos de esas doce sillas eran copias fieles de los atriles de lectura de la Biblioteca de El Escorial. Una vieja foto de su abuelo, ensortijándose el bigote mientras miraba con gran interés un atril de madera de aquella ilustre biblioteca, corroboraba esa hipótesis. Para Ernesto, aquella foto era su mayor tesoro. La tenía colgada en la pared detrás de la misma barra que don Empíreo había defendido durante toda su vida. A los escritores les encantaba la historia de los atriles a modo de respaldo. Además, casi todos coincidían en que esas sillas les ayudaban a estar rectos mientras escribían.

Lo primero que hacía el joven Ernesto al empezar la jornada era encender las Opalinas, de una en una, incluso si se daba el caso y el bar estaba vacío. Antes de nada, se lavaba meticulosamente las manos, miraba la foto de don Empíreo y decía: «Abuelo, llegó la hora de hacer brillar a las Opalinas». Se colocaba al lado de la primera mesa, se erguía y, con voz histriónica, recitaba: «¡Hágase la luz!». Tiraba de la cadenilla y la lámpara se encendía. Repetía el mismo numerito en cada mesa. Una vez que todas las lámparas estaban encendidas, con la misma voz recitativa remataba: «¡Y la luz se hizo!». Por último, les pasaba un plumero antiguo con el mango de ébano. El poco de polvo que quedaba suspendido en el aire formaba una nieve fina alrededor de las Opalinas. Y antes de volver detrás de la barra, se dirigía —según el caso— a sus clientes imaginarios o no imaginarios: «Hay polvo de hadas y hay polvo de musas. Si ni con esto os llega la inspiración, ¡apaga y vámonos!». Con la mano en alto, sacudía los restos de polvo del plumero, se reía un poco y volvía al trabajo, detrás de su barra.

La barra del Doce Opalinas también era una obra de arte en sí: un muro. A modo de ladrillos, había multitud de libros viejos pegados entre sí con cola para papel. El propietario le pasaba una capa de barniz cada primavera. Con el tiempo, el barniz adquirió tanto grosor que aquellos libros parecían recubiertos por un cristal líquido y ambarino.

Las paredes del bar estaban revestidas con páginas arrancadas de viejos libros. Al igual que la barra, esas paredes recibían, con la misma regularidad, una mano nueva de barniz. A lo largo de los años adquirieron el efecto de tela de cristal.

El techo estaba tapizado con páginas ampliadas de La divina comedia, con el fin de que se pudiesen leer desde las mesas. Don Empíreo, en sus tiempos, presumía incluso de hablar italiano, y si alguien le preguntaba sobre el motivo de haber forrado el techo con la obra de Dante, él se remangaba primero, luego suspendía los dos dedos índices en el aire, elevaba el mentón, y respondía mirando al techo: «Per i cieli, amico mio, per i cieli del suo Paradiso».

Con la edad, don Empíreo había ganado en desparpajo y, si sospechaba que la persona que le había preguntado no lo había entendido, se lo aclaraba: «Como veo que se te ha quedado cara de tonto, te lo digo en cristiano: por los cielos, amigo mío, por los cielos de su Paraíso».

Los clientes, en su gran mayoría, eran lobos solitarios. Cuando uno de los escritores del Doce Opalinas fallecía, se interrumpía la costumbre de mantener una sola silla en cada mesa. En señal de duelo, se apagaban todas las Opalinas salvo la de la mesa del difunto, y el resto del local se alumbraba con velas. Los familiares encomendaban a Ernesto la obra completa del muerto: un tacho de servilletas desordenadas, escritas de su puño y letra. Ernesto se las entregaba a su vez a don Sempronio, el patriarca. Empezaba el velatorio: alrededor de la mesa del difunto, se juntaban las otras once sillas, sobre las cuales se sentaban sus compañeros. Les llevaba un buen rato ponerse de acuerdo sobre el orden en el cual debían ser leídas las servilletas. Cuando el cónclave de los once autores ya tenía el orden claro, Ernesto encendía un incienso de palo santo, y con el primer hilo de humo, decía dos palabras: «fumata blanca». A partir de ese momento, de uno en uno, los escritores sacaban con gestos largos sus plumas estilográficas, las desenfundaban y las dejaban secar sobre la mesa, rindiendo honor al compañero que ya no estaba. A continuación, daban lectura en alto a las servilletas, por turnos y en sentido contrario a las agujas del reloj. Un ritual simbólico para simular volver, de alguna manera, en el tiempo.

Los escritores de servilletas, por escrupulosos y puristas, no solían compartir su obra con nadie mientras vivían. Razón por la cual, durante el velatorio, tenía lugar lo que acabaron por llamar «la primera lectura póstuma».

En cuanto terminaban de leer la última servilleta, se oficiaba la ceremonia de clausura del velatorio. Cada uno volvía a enfundar y guardar su pluma; apagaban las velas, y Ernesto volvía a encender las Opalinas. Los escritores retornaban a sus vidas de antes: escribir; sin apenas hablar los unos con los otros. Parecían mudos, pero eran solamente viejos. Viejos y apesadumbrados.

La silla vacía se ocupaba enseguida, porque había una larga lista de espera. Casi todos los aspirantes eran ancianos. El Doce Opalinas era el bar donde los viejos desnudaban el pasado, convirtiéndolo en literatura de servilletas. Era la antecámara de la muerte, el último disfrute de la vida. Cada viejo se agarraba como buenamente podía a su propia memoria, y con ella trazaba el rastro que dejaba la tinta de su pluma sobre sus servilletas. Muy pocos entendían que tampoco era para tanto, y que estar tan cerca del noveno cielo de Dante era, en realidad, un gran privilegio.

Don Empíreo Torres Abate, rodeado de ángeles y de la rosa de los beatos, los miraba a todos desde arriba. Más allá del noveno cielo.

La suave música de fondo provenía del viejo tocadiscos colocado en una estantería, entre botellas de licores y libros de todo tipo. En todo el bar había tan solo un vinilo que nunca se quitaba del aparato. En su carátula se reproducía la imagen de un hombre que abrazaba un violín contra su pecho. Tras su cabeza, unas letras grandes y blancas informaban de que el solista se llamaba Milstein.

El vinilo estaba muy rayado. Había zonas que ya no reproducían música, sino tacos. Cuando la aguja rasgaba, se escuchaba una voz de hombre con acento extranjero soltando ordinarieces, sin venir a cuento. En esos momentos, Ernesto decía:

—Ese Milstein, para ser ruso, maldice de maravilla en español. Es que lo primero que aprenden los guiris son las palabrotas. Con lo bonito que es saber pedir un café en castellano…

Al inicio, nadie daba crédito, pero poco a poco concluyeron que Milstein era un violinista genial, pero un ordinario.

De todas las Sonatas y Partitas de Bach, solo quedaba intacta la pista con la Partita número 2. En cuanto se terminaba, Ernesto soplaba tres veces la aguja, como para marcar el ritmo, y volvía a asentarla sobre el disco, con precisión absoluta. «¡Que Bach nunca falte!». Y así cada treinta minutos, en un bucle eterno, desde hacía tantos años, de día y de noche. Los escritores del Doce Opalinas eran animales de grandes rutinas y, sin Bach, poco o nada conseguían escribir.

A pesar de ser un bar de escritores de servilletas, en la barra se vendían también cuadernos. Los clientes los compraban convencidos de que todo escritor debería llevar uno encima, aunque los autores del Doce Opalinas, habituados a escribir sobre servilletas, usaban aquellos cuadernos para guardar sus servilletas y atiborrarlos de literatura. Durante los cónclaves rituales de los velatorios, esa falsa encuadernación facilitaba la tarea de poner en orden las servilletas con la obra de los difuntos.

Además de los cuadernos, Ernesto ofrecía bolígrafos y plumas estilográficas. Y, desde luego, café. En realidad, gracias al café que preparaban en el Doce Opalinas, la mayoría de los clientes se convirtieron en escritores. Incluso Ernesto, en sus ratos muertos, se preparaba a sí mismo un capuchino e intentaba escribir como todos sus clientes, sobre servilletas. Primero preparaba los ingredientes: el café, la leche, la rama de canela. Luego las herramientas: un rallador, un colador, un cazo, una taza y un platito. Cerraba los ojos, alzaba la cabeza y meneaba la ramita de canela por delante de la nariz durante aproximadamente un minuto. Su ritual continuaba usando la rama de canela durante otro minuto a modo de batuta de director, marcándole el ritmo al amigo Milstein. A continuación, la rallaba con gestos precisos sobre el colador que sujetaba con la mano izquierda, y con la derecha daba unos golpecitos precisos, pulverizando casi todo el polvo sobre la espuma. Al final se sonaba la nariz en un pañuelo impoluto. Como colofón, aspiraba los últimos serrines que quedaban en el tamiz. Cada vez que tomaba un sorbo de ese capuchino, dilataba las fosas nasales como un gorila. Uno de los pocos momentos en que podía controlar el tic de subirse las mangas era cuando se tomaba este café. Tras el primer sorbo, miraba a los ojos a don Empíreo, movía la cabeza de arriba abajo, y decía: «Esto va por ti, abuelo, estés donde estés. Gracias por todo lo que me has enseñado». La servilleta se quedaba siempre blanca. Jamás consiguió escribir una sola palabra.

Lo que de verdad incordiaba a los escritores del bar era el desembarco de los turistas. En la puerta había un cartel grande que lo dejaba bien claro: «¡TURISTAS, NO!». Aun así, de vez en cuando se colaba alguno. Sobre todo, extranjeros, o turistas nacionales que se hacían el sueco con total de sacarse fotos sentados en una de las mesas de la meca de los escritores de servilletas. Esperaban hasta que uno de los escritores iba al servicio; se sentaban en su silla; apagaban y volvían a encender la Opalina; decían «¡quesiiiiitoooo!», y se sacaban la foto. A continuación, se tomaban una caña en la barra y después salían por la puerta, sin haber dejado propina, a la caza de otro objetivo turístico digno de ser inmortalizado con sus cámaras. No eran pocos los que se traían un sombrero, una pulsera, o bien un jersey —cualquier complemento de color verde—, para que combinase bien con la luz de las Opalinas. Alguno, incluso se compraba un cuaderno y una pluma y fingía escribir algo, mientras se sujetaba la sien entre el pulgar y el índice de la mano izquierda, frunciendo la frente y las cejas en señal de pensamiento profundo. A los turistas se les cobraban los cuadernos y las plumas veinte veces más caro que a los clientes habituales, pero ni siquiera ese detalle económico los espantaba. Había una especie de código entre el camarero y sus clientes de siempre. En cuanto vendía una pluma y un cuaderno a un turista escritor, Ernesto, desde detrás de la barra, lanzaba la voz: «¡Atentos todos, que hay un hemingüito armado!». En aquel momento, los escritores del Doce Opalinas se echaban las manos a la cabeza y procuraban tardar mucho más de lo habitual en usar el servicio, tanto como se lo permitían sus longevas vejigas.

En el Doce Opalinas, cada escritor tenía su café preferido. Ernesto conocía las preferencias de cada cliente, pero don Sempronio, el decano de los literatos, era diferente a todos. Casi nunca se tomaba dos veces seguidas el mismo tipo de café.

Aunque prevalecían sin duda las servilletas, de todos los escritores del Doce Opalinas, don Sempronio era el que más utilizaba el cuaderno. Tenía uno con tapas de cuero, en cuyas páginas él mismo había apuntado un listado de todos los cafés que se preparaban en el bar. Al lado de cada tipo de café, apuntaba alguna consideración personal sobre la elección del café desde el punto de vista de la creación literaria. En la primera página de su cuaderno, con objeto de no olvidarlo y, en caso de necesidad, poder siempre volver a leerlo, tenía apuntada su lista:

¿PARA QUÉ SIRVEN LOS CAFÉS?

Solo: para encontrar los títulos de los capítulos.

Corto: para escribir relatos con giros inesperados.

Manchado: para bautizar los personajes.

Americano: para perfilar el tema central.

Largo: para atar el final de un gran relato.

Con hielo: para enfriar las escenas de cama.

Capuchino: para relajar la tensión y dar una tregua bien merecida al protagonista.

Carajillo: para los momentos de soledad, falta de inspiración y miedo a la muerte; también ayuda a recordar cosas que se van olvidando.

Cuando estaba en grandes apuros y le abandonaban todas las musas a la vez, don Sempronio pedía el carajillo cargado de lágrimas negras. También lo tomaba cuando se sentía muy solo, o cuando no recordaba el camino hacia su mesita de siempre. Porque don Sempronio, con los años, contrajo el mal del olvido; por ello lo apuntaba todo.

Cuando el miedo a morirse se apoderaba de su alma, hacía una excepción y pedía dos carajillos seguidos.

Una noche, mientras todos escribían febrilmente a la luz de las Opalinas, se puso de pie y, servilleta en mano, declamó en alto la última frase que acababa de escribir: «Los escritores nunca estamos más cerca de la muerte que el día que nos abandonan las musas y los recuerdos».