Documento1 - François Blais - E-Book
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François Blais

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Beschreibung

Documento1 cuenta la historia de Tess y Jude, dos jóvenes que comparten piso en una pequeña ciudad de Quebec de nombre más que peculiar: Grand-Mère ("Abuela" en español). Aficionados a viajar desde casa utilizando Google Maps y a descubrir los topónimos más curiosos y las historias que hay detrás de ellos, deciden un buen día emprender un viaje real a Bird-in-Hand, una localidad perdida de Pensilvania. Para hacerse con el dinero y el coche que necesitan para alcanzar su objetivo, no se les ocurre un camino más directo que el de pedir una de las subvenciones que el Ministerio de Cultura otorga a los artistas para escribir un libro. Una historia divertida y tierna, y con una crítica al mundo literario de lo más ácida.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Documento1

 

François Blais

 

Es un chico tímido, un intelectual amante de los videojuegos y la literatura de los siglos XVIII y XIX; un tipo normal, según él, pero un superhéroe, un underdog, según la crítica; un autor que vivía de la traducción y de la escritura hasta que quiso comprarse una casa en el campo y, como las artes no eran compatibles con la angustia que le producía la hipoteca, se buscó un trabajo como empleado de mantenimiento en el centro comercial de al lado de su casa. François Blais es una de las voces contemporáneas más interesantes de la literatura de Quebec. Prolífico, tiene en su haber nueve novelas, donde circula siempre el mismo tipo de personajes aparentemente anodinos, marginales (trabajadores del Subway, adictos a Google Maps…), casi nihilistas, poco inclinados a interactuar con el resto de la humanidad, herederos de «nombres improbables extraídos de los anales de la literatura».

 

François Blais está considerado un superhéroe clandestino de la escritura francófona. Documento1, que se publicó en francés en 2013 con gran éxito de crítica, es su primera aparición en las librerías de nuestro país.

 

También han

hecho posible

este libro

 

 

Luisa Lucuix

 

Luisa (Sevilla, 1979) trabaja como editora y traductora para distintas editoriales españolas y francesas. Es además asesora editorial en literatura quebequesa. Ha traducido para editoriales como Hoja de Lata, Impedimenta, Minúscula o Seix Barral, entre otras (como por ejemplo Barrett), y coordinado eventos culturales como los Encuentros Québec, unas jornadas para profesionales de la edición de ambos lados del Atlántico.

 

 

 

Conxita Herrero

 

Conxita (El Prat de Llobregat, 1993) es una dibujante considerada una promesa del cómic de vanguardia. Estudió en la Escuela Massana de Barcelona y desde 2014 colabora como ilustradora con la revista VICE.

 

En 2016 publicó Gran bola de helado (Apa Apa Comics), un cómic formado por historias cortas sobre la cotidianidad de las protagonistas, publicación que la llevó en 2017 a estar nominada al Premio de Autora Revelación del Salón Internacional del Cómic de Barcelona. Suya es la cubierta de Documento1.

 

 

Título original: Document 1 © Les éditions de L’instant même, 2013.

Primera edición: septiembre de 2019

 

Traducción: Luisa Lucuix Venegas.

La traductora agradece a María Luisa Venegas Lagüéns la revisión de

las expresiones en inglés.

Corrección: Editorial Barrett

 

 

Esta obra está producida con la contribución de SODEC.

 

 

© del texto: François Blais

© de la traducción: Luisa Lucuix Venegas

© de la ilustración de cubierta: Conxita Herrero

© de la edición: Editorial Barrett | www.editorialbarrett.org

Comunicación y prensa: Isabel Bellido | [email protected]

 

 

ISBN: 978-84-120036-8-0

 

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Somos buenas personas, así que, si necesitas algo, escríbenos. No nos va a sacar de pobres prohibirte hacer unas cuantas fotocopias.

 

 

 

 

La simple experiencia le había enseñado que, en algunas circunstancias, había algo todavía mejor que llevar una vida recta, y era no llevar vida alguna.

 

Thomas Hardy, Tess de los d’Urberville.

 

 

La risa siempre proviene de un malentendido. Bien mirado, no hay nada gracioso bajo el sol.

 

Thomas Hardy, Jude el oscuro.

Índice
Primera parte por Tess
Prólogo [los adjetivos calificativos]
1. Un poco de historia [me centro en el tema]
2. Viaje a lomos de un ratón [me sigo centrando]
3. La chica más guapa de Rouyn-Noranda
4. Presentación de la autora [porque las cosas hay que hacerlas bien]
5. Bird-in-Hand
6. ¿Y por qué Bird-in-Hand?
7. Un problema bien planteado
8. El festival de las malas ideas
9. La escena literaria local
10. Sébastien Daoust
11. La Idea del Siglo [primera parte]
12. Un género moribundo
13. La Idea del Siglo [continuación y fin]
14. El testaferro
15. Sobre gustos no hay nada escrito
16. Mi Yoda personal
17. Las enseñanzas del maestro [«La fuerza está contigo, joven Skywalker, pero aún no eres un Jedi»]
18. Galletas de faltas de ortografía
19. Una oferta imposible de rechazar
Segunda parte por Jude [comentada por Tess]
20. Las indicaciones de Tess [todo por el mínimo esfuerzo]
21. Presentación de Jude
22. Donde se explica de qué manera extraordinaria Tess y Jude conocieron al imbécil de su vecino
Tercera parte por Tess
23. Chevrolet Monte Carlo
24. Viaje en Chevrolet Monte Carlo a Sainte-Anne-de-la-Pérade y otros lugares aledaños, con notas sobre la historia, las tradiciones y las costumbres de los mismos
25. ¿Otro poquito de geografía?
26. Steve
27. Justine tiene el culo como un pandero [porque yo sí cumplo mis promesas]
28. El día de las grandes sorpresas
29. Celebraciones
30. Correa de distribución
31. Fe de errores
32.

 

Primera parte por Tess

 

Prólogo [los adjetivos calificativos]

No es por hacerme la interesante, pero pienso que Jude y yo somos unos infelices. Tener ganas de largarse es sin duda el síntoma más común de la infelicidad. Es típico del desgraciado obtuso pensar que de verdad se puede cambiar el mal de sitio, imaginarse que la felicidad está ahí fuera; lo de querer empezar de nuevo y poner el contador a cero, marcharse para encontrarse mejor y ese tipo de estupideces. («Y viviremos como príncipes. Y criaremos conejos. ¡’Enga, George! Cuenta lo que vamos a tener en la huerta y cuenta lo de las jaulas de los conejos y lo de la lluvia en invierno y la estufa, y lo espesa que es la nata que se forma sobre la leche que casi no se puede cortar. Cuéntamelo todo, George»). De acuerdo, en nuestro caso no podemos hablar realmente de un nuevo comienzo, porque lo único que queremos es pasar un mes en Bird-in-Hand, pero a nosotros nos basta con eso, visto que solo somos un poquito infelices. Todo lo que somos, lo somos solo un poquito. Cuando le dije eso a Jude («¡Me parece que somos unos infelices, tío!»), se me rio en toda la cara, de verdad, y me llamó gótica.

—Entonces, ¿somos felices, según tú? —repliqué yo.

—¡Por Dios, no! ¿De dónde te sacas esas cosas?

Y ahí fue donde me expuso, de cabo a rabo, su teoría de que los adjetivos calificativos habrían sido inventados para designar solamente a un puñado de personas: los casos extremos. Se utilizan por comodidad, o por pereza, pero, en cuanto lo piensas un poco, enseguida te das cuenta de que la gran mayoría de la gente a la que se les aplican no los merece. Te pasas la vida diciendo «Fulano es un tipo brillante», o, más a menudo, «Fulano es un imbécil». Pero, en realidad, casi nunca te cruzas con tipos brillantes en el día a día. Con imbéciles, tampoco. Idiotas universales por supuesto que los hay. Igual que se dice que hay genios universales, existen los Leonardo da Vinci al revés, los virtuosos de la estupidez, pero escasean casi tanto como los ciegos de nacimiento o los enanos. La inmensa mayoría de las personas con las que uno se cruza durante el día no tendrá nunca un pensamiento propio en toda su vida (por muy capaces que sean de resolver el sudoku del periódico). Del mismo modo, la gente en general no es ni fea ni guapa. Es del montón, y para que alguien te resulte excitante necesitas alcohol o romanticismo, o una mezcla de ambos. (Eso es Jude el que lo dice. A mí, ni borracha como una cuba me parece nadie nunca mínimamente excitante). Jude reconoce de todas formas que las cosas no son perfectamente simétricas, que siempre hay un mayor número de individuos en el extremo negativo del espectro: existen más idiotas que mentes excepcionales, más feúchos que buenorros y, claro está, más infelices que felices. Pero, según él, eso último no nos concierne personalmente; nos queda mucho por andar antes de poder presumir de infelices. Y eso me tranquiliza, oye.

 

1 Un poco de historia [me centro en el tema]

Hacia finales del siglo iii, estando el emperador romano Maximiano en Octodurum (hoy Martigny, Suiza) un poco aburrido, decidió perseguir a los cristianos del lugar para distraerse. Como su guardia personal no le bastaba para la tarea, solicitó el refuerzo de una legión de Tebas. Sin embargo, al enterarse los oficiales tebanos de la naturaleza de su misión, se negaron a obedecer las órdenes del emperador y detuvieron a sus hombres en los desfiladeros de Agaune. Entonces, Maximiano ordenó que los pasaran por la espada hasta diezmarlos. Como los supervivientes siguieron negándose a obedecer, ordenó diezmarlos de nuevo. Cuando la legión envió a una delegación ante Maximiano para exponerle su resolución de no renunciar a los juramentos prestados a Dios por mucho que los diezmaran, el emperador ordenó masacrarlos.

Los valientes oficiales que prefirieron morir con sus hombres antes que atentar contra la vida de sus hermanos cristianos se llamaban Mauricio, Cándido y Exuperio. Desconozco si canonizaron a los dos últimos, pues no sé de ningún lugar llamado San Cándido o San Exuperio (también es cierto que cuando te llamas Cándido o Exuperio no esperas que se bauticen muchas cosas en tu honor), pero Mauricio, sin embargo, sí que se abrió un hueco en el calendario litúrgico, y hoy le da nombre a un montón de ciudades, municipios, regiones y lugares repartidos por Occidente. ¿Que a quién se le ocurriría bautizar a nuestra hermosa región administrativa en honor a un general tebano del siglo iii? A nadie. El río Saint-Maurice (y la región de Mauricie por extensión) recibió su nombre de la manera más tonta: a raíz de que un tal Maurice Poulain de la Fontaine llegara aquí hacia mediados del siglo xvii para desbrozar. (Te estoy contando, a todo esto, la historia de san Mauricio sin venir a cuento, pero confío en ti para encontrar la manera de emplazarla en una futura conversación). Un día que estaba contemplando el río con aire soñador después de una dura jornada de trabajo, el señor Poulain de la Fontaine se dijo: «Anda, este curso de agua todavía no tiene nombre… ¿Y si le pusiera el mío? Apuesto a que es la única oportunidad que tengo de que la posteridad me recuerde. Pero, para que no se me vea el plumero, le pondré el “San” delante. Digo yo que algún santo existirá con ese nombre, seguro. Si existen santa Matilde, santa Eufrasia, san Eulogio y san Crispín, sería verdaderamente raro que, en todos estos siglos, no hayan descuartizado por la gloria de Cristo a dos o tres Mauricios». También puede que no ocurriera así, que el señor Poulain de la Fontaine no se dijera eso en absoluto. Fuera como fuera, Maurice dio su nombre al río y el río dio su nombre a la región (apócrifa, por tanto, la anécdota esa de que el señor de Laviolette, recién desembarcado en el lugar donde fundaría la futura ciudad de Trois-Rivières, exclamara: «¡Diantres! ¡Esto está muerto![1]»).

Estas tierras no comenzarían a poblarse de verdad hasta dos siglos más tarde. En 1889, mientras al otro lado del charco Jack el Destripador asesinaba a las prostitutas de Whitechapel, se terminaba de erigir la Torre Eiffel y Alemania coronaba a su último emperador, aquí el señor John Foreman ordenó construir una central hidráulica cerca del cantón de Shawinigan para abastecer de electricidad su fábrica de pasta de papel. Falto de capital, tuvo que asociarse con tres señores de Boston, John Edward Aldred, John Joyce y H. H. Melville (el mismo de la isla Melville, ¡sí!), quienes fundarían en 1897 la Shawinigan Water & Power Company. No se sabe exactamente cuál de los tres tuvo la idea de bautizar como Grand-Mère[2] a nuestro pueblo, inspirándose en los contornos de la roca que forma un islote en medio del río, pero lo cierto es que, por culpa de un americano, hoy tenemos el segundo topónimo más ridículo de Quebec (mis saludos a la gente de Saint-Louis-du-Ha! Ha![3]). ¡De verdad que estos señores de Estados Unidos tienen un don poniendo nombres para mear y no echar gota! Esa es una de las cosas que hemos aprendido con nuestros viajes a través de América.

[1] En francés: C’est mort ici!, que fonéticamente sonaría como Saint-Maurice.

(Todas las notas al pie son de la traductora)

[2] «Abuela», en francés.

[3] En español sería «San Luis del ¡ja, ja!».

 

2 Viaje a lomos de un ratón [me sigo centrando]

Una forma divertida e instructiva de descubrir Estados Unidos es a través de la web Family Watchdog (www.familywatchdog.us), una página que permite a los ciudadanos de este país comprobar si entre sus vecinos figura alguna persona que haya sido condenada por un delito sexual. En la página de inicio, te piden que introduzcas el nombre de una ciudad. Probemos, por ejemplo, con Anchorage, Alaska. Se despliega entonces un plano constelado de pequeños cuadraditos de color que corresponden al domicilio y lugar de trabajo de los criminales. Los delitos se hallan clasificados en cuatro categorías: «offense against children»(en tal caso, el domicilio del delincuente aparece representado por una marquita roja; y su lugar de trabajo, si es que lo tiene, por uno color burdeos), «rape» (offender home en amarillo; offender work en blanco), «sexual battery», ¿alguien sabe lo que significa eso? (offender home en azul claro; offender work en azul oscuro) y «other offense»(offender home en verde claro; offender work en verde oscuro). En las ciudades con una densidad de población alta, el plano desaparece completamente bajo las marquitas de color. Un efecto precioso. En el caso de Anchorage, se contabilizan setecientas veinticinco personas que hayan sido condenadas por delitos sexuales, más quinientos nueve «non-mappable offenders», lo que sea que eso signifique. Cliquemos sobre un cuadradito rojo (residencia de un violador de niños) cerca de la International Airport Road. Nos sale la foto y la ficha descriptiva de un cierto Douglas Dwayne Martin, domiciliado en el 4521 de Cordova Street, apartamento 4, Anchorage, AK 99503, y empleado de Alaskan Distributor. El señor Martin (48 años, 1,67 metros, 72,5 kilos, raza blanca) fue condenado el 9 de noviembre de 2000 bajo la acusación principal siguiente: «attempted sexual abuse of minor 1»[4]. Si acercamos un poco más el zoom, constatamos que aparece un cuadradito rojo superpuesto al suyo, lo cual significa que hay otro pedófilo viviendo en su mismo edificio o en el que está justo al lado. ¿O serán compañeros de piso?

¿Vemos otro? Vayámonos a Dallas. Tal vez sean prejuicios míos, pero tengo la impresión de que la pesca va a ser buena por allí… No me equivocaba: ¡una verdadera avalancha de cuadraditos de colores! Sobre todo, rojos. Vamos, se podría decir que la gente de Dallas se entretiene manoseando bambinos. (Y cuando piensas que la web solo te muestra a los fichados por la policía…). Hay toda una banda en los alrededores del Harry Moss Park, una quincena de rojos y un azul (¡sexual battery!).

Veintidós infractores en un radio de ochocientos metros, nos informa Family Watchdog. Como para irte allí a criar a la familia. Hago clic al azar y me sale la foto de un tal Richard Allen Haskell (7522, Holly Hill, apartamento 3, Dallas, TX 75231; 67 años, 1,93 metros, 99 kilos), que, a primera vista, parece un anciano totalmente inofensivo. Vamos a ver lo que le reprochan: «possession of child pornography». Seguro que se trata de un malentendido, seguro que se descargó aquello sin querer tratando de acceder a su correo electrónico. Las personas mayores siempre tienen problemas con los ordenadores.

¿El último? (podría seguir horas y horas). Probemos con un sitio tranquilo esta vez. Humm… déjame ver. Ah, sí: Cheyenne, Wyoming. Ahí todo el mundo tiene que ser casto y puro; pondría la mano en el fuego. Pues, mira por dónde, ¡no! ¡Si no lo veo, no lo creo! ¡Hay pervertidos en Cheyenne! No se puede fiar uno ni de su padre. ¿Quién se esconde tras el cuadradito verde de la esquina de Missile Drive con Round Top Road? Ni más ni menos que Ron Ernest Schneider, un gordo pelirrojo bigotudo que no puede evitar sonreír en su ficha policial. 1,83 metros, 140 kilos, una buena pieza. Apuesto a que a nadie le habría gustado encontrarse en el lugar de su víctima aquel 12 de diciembre de 2003, cuando este la sometió a un «3rd degree sexual abuse». Si nos fiamos de la fecha, quizá ocurriera durante la fiesta de Navidad de la oficina. ¿Hasta qué punto puede tenérsele en cuenta en realidad? ¿Quién no ha cometido nunca un 3rd degree sexual abuse después de haberse tomado una copa de más?