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Cuando Tiffani es emparejada con un guerrero Atlán que habían dado por perdido debido a la fiebre de apareamiento, toma la decisión de no detenerse ante nada para tratar de salvarlo, incluso llegando a colarse en una prisión de Atlán para seducir a su bestia...
Harta del callejón sin salida en el que se ha convertido su vida, Tiffani Wilson se dirige al centro de procesamiento de Novias Interestelares más cercano para comenzar desde cero. Le han prometido que tendrá un compañero increíble, un guerrero atlán que no solo disfrutará de su voluptuoso cuerpo, sino que también sanará su solitario corazón.
El comandante Deek de Atlán ha perdido el control de su bestia interna, y permanece en una prisión atlán esperando ser ejecutado. Por desgracia, no hay nada que se pueda hacer para salvar a un hombre sin pareja.
Cuando el transporte de Tiffani con destino a Atlán es denegado debido a la condición inestable de su compañero, ella no se detendrá ante nada para salvarlo y obtener la vida que se le ha prometido. Su compañero está allí, en algún lugar; corre peligro, y sabe que es la única en el universo que puede salvarlo.
Deek y su bestia interior le echan un vistazo al cuerpo terso y exuberante de Tiffani, y saben que harán cualquier cosa por poseerla, incluso si eso significa llevarla hasta el límite de su sensualidad o ponerla sobre su rodilla. Pero no es solamente el inestable control de Deek sobre su bestia lo que se interpone en el camino de su felicidad, pues la caída en espiral de Deek en lo profundo de su fiebre de apareamiento no ha sido ningún accidente, y sus enemigos no se darán por vencidos, así como así.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Boletín de noticias en español
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
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Publicado por Grace Goodwin con KSA Publishing Consultants, Inc.
Goodwin, Grace
Domada por la bestia
Diseño de portada por KSA Publishers 2020
Imágenes de Deposit Photos: _italo_, ralwel
Este libro está destinado únicamente a adultos. Azotes y cualquier otra actividad sexual que haya sido representada en este libro son fantasías dirigidas hacia adultos solamente.
Tiffani Wilson, Centro de Procesamiento de Novias Interestelares, planeta Tierra
Me levantó, y mis grandes pechos chocaron contra la superficie lisa y fría de la pared, cuando entonces su miembro me atravesó por detrás. Podía sentir su pecho sobre mi espalda, y eso fue un shock para todo mi cuerpo. Yo era alta, medía casi un metro ochenta, y ni uno solo de mis amantes, incluso cuando era delgada, había podido dominarme, sujetarme, hacerme sentir... pequeña. Jamás. No de este modo.
Era colosal, su cuerpo a mis espaldas era como el de un gigante. Reparé sobre el enorme brazo que sostenía mis muñecas, inmovilizadas en la pared por encima de mi cabeza. Los bíceps en ese brazo eran fácilmente del tamaño de mi muslo, y duros como una roca. Al igual que la polla que me estaba agrandando, llevándome hasta el borde del dolor.
—Mía.
La palabra sonaba más como gruñido apenas reconocible, pero hizo que mi sexo se contrajera alrededor de él por toda respuesta. No había ningún ápice de duda en su reclamo; solo pura necesidad y lujuria.
¿Lujuria? Nadie me ha deseado jamás; era demasiado alta, demasiado grande, demasiado para que un hombre pudiese ocuparse de mí. ¿Pero esto? ¿Él?
Me penetró con una rápida embestida de sus caderas, su cuerpo duro chocaba contra el mío, como un conquistador. Una y otra vez. Todo mi cuerpo se estremeció con el impacto, mis dedos intentaron aferrarse a la pared, pero fallaron. Solo sus manos en mis muñecas, su polla profundamente dentro de mí, me sostenían. Y amé cada minuto; mi mente estaba perdida en una nube de placer y necesidad, de rendición. Me entregaría a él. Él no cedería hasta que yo lo hiciera.
Sí. Yo era suya. Lo sabía de alguna manera; sabía que era mío. Todavía no sabía cómo lucía, y no me importaba; no al sentir sus manos en mi cuerpo y su duro mástil entre mis piernas.
—Quédate.
Pronunció la orden con un grave estruendo, y miré hacia arriba mientras soltaba mis muñecas. ¿Cómo no había notado que me había colocado unas extrañas bandas metálicas en cada una? Tenían alrededor de diez centímetros de ancho, y tenían figuras talladas con un hermoso patrón de oro, plata y platino en el que no podía enfocarme bien. Su polla despejaba cualquier pensamiento de mi mente.
Jadeaba con cada embestida de sus caderas, como si su dura asta en realidad me dejase sin aire en mis pulmones.
Intenté levantar mis muñecas para ajustar mi posición, pero no se movieron ni un milímetro, aseguradas por un anillo incrustado en la pared. Consciente de que no estaba teniendo éxito, tiré de nuevo de ellas, y saber que no podía moverme me puso más caliente. Un sonido que no reconocí como mío escapó de mis labios. A mi compañero pareció gustarle la evidencia de mi sumisión, pues gruñó por toda respuesta, y posó sus labios en la parte de atrás de mi cuello y hombro mientras continuaba entrando y saliendo de mí lo suficientemente rápido como para volverme loca, pero negándose a darme un orgasmo.
—Por favor.
¿Esa era yo, rogándole? Dios, sí lo era, y quería canturrear la palabra hasta que él me diera lo que ansiaba.
Como respuesta, el hombre a mis espaldas, mi compañero, envolvió sus manos alrededor de mis muslos y abrió mis piernas de par en par, levantándome hasta que apoyé mi frente contra la pared, mientras me follaba con un ritmo fuerte, como un martillazo, que me empujaba hasta el límite; cada vez más cerca del borde.
El sonido húmedo del sexo, de piel estrellándose contra piel invadió mis oídos, mientras el sonido de su entrecortado intento por respirar llegaba a mis oídos desde atrás.
Jamás me habían sujetado así, con mis piernas bien separadas, mi coño abierto, expuesto y completamente a su merced. Saber que no podía hacer nada más que someterme, nada más que aceptar lo que él me daba me excitaba, me ponía tan jodidamente caliente, que le habría rogado. Habría rogado para que me tocara. Para que me mordiera. Cualquier cosa. Cualquier cosa para llevarme al límite, para hacer que me corriera.
No sabía dónde estaba ni quién era realmente, pero no me importaba. Él era mío. Mi cuerpo lo supo, lo aceptó, y cuando él alzó una mano para masajear todo mi pecho, no pude decir nada. No quería hacerlo.
—Más.
Yo... ella... este cuerpo le rogó que lo hiciera más fuerte y más rápido. Lo que realmente quería, realmente necesitaba, era una pizca de algo más; de dolor, de intensidad para quebrarme y correrme alrededor de su polla. Era un deseo oscuro, uno que aún no había compartido en voz alta con nadie, pero de alguna manera él lo conocía.
—No.
Su profunda voz sonaba más propia de un animal que de un hombre, y si lo supiera, si me volviera a mirarle, no vería a un humano detrás de mí, sino algo diferente, algo que era... más. La idea me hizo temblar de excitación mientras cerraba las manos y trataba de usar la pared como palanca para caer sobre su polla, para obligarlo a follarme aún más fuerte. Yo quería más. Lo quería todo.
—Más. Por favor.
No reconocía mi voz, pero no me importaba. Sonaba desesperada y necesitada, exactamente como me sentía.
Entonces me embistió con fuerza, hasta lo más hondo; chocó contra mi útero y un dolor zigzagueante me atravesó. Estremeciéndome, eché mi cabeza hacia atrás sobre su hombro y envolví mis piernas alrededor de sus muslos lo mejor que pude para mantenerlo enterrado justo en donde lo necesitaba.
Con mis piernas alrededor de las suyas, soltó mis muslos para sujetar mis pechos. Con cada movimiento de sus caderas se movía de un modo casi imperceptible, pero el ligero cambio de ángulo hizo que su miembro me penetrara profundamente una y otra vez. Me obligó a quedarme quieta, a montarlo mientras me pellizcaba y tiraba de mis pezones, haciendo que se convirtieran en picos endurecidos hasta dejarme gimiendo. Mi coño se contrajo y soltó su grueso mástil, y traté de menearme para hacer que se moviera más rápido.
—Mía.
Joder. ¿Es que solo pensaba en una cosa? ¿Necesitaba que lo repitiera? ¿Que lo confirmara?
—Mía.
¿Por qué seguía diciendo eso?
Este cuerpo parecía saber; parecía entender exactamente lo que quería.
—Sí. Sí. Sí.
Con cada palabra me follaba más fuerte, como si mi consentimiento le hiciera perder un poco más el control.
Cuando dejó caer una mano para apoyarla sobre mi clítoris casi lloré de alivio, pero simplemente se mantuvo allí; sin acariciar, sin frotar.
Las esposas que rodeaban mi muñeca repiqueteaban mientras luchaba por levantarme; por mover mis caderas hacia adelante y obligarlo a que me tocara como necesitaba.
Su risa fue tan profunda, que yo sabía que sentía algo tan grande y fuerte, tan masivo, que en comparación yo era realmente pequeña. Y sabía que me estaba provocando; que trataba de hacer que continuara suplicando.
—Por favor.
Dejó una mano sobre mi clítoris y la otra la movió hacia mi cabello, en donde su mano grande se enredó y tiró de mi cabeza hacia atrás, hasta que mi cuello se arqueó a modo de una deliciosa ofrenda.
—Compañera.
Sus labios rozaron mi oreja, y me estremecí ante la promesa carnal que contenía esa única palabra. Sí. Yo lo deseaba. Era mío. Para siempre. Me relamí los labios, finalmente lista para pronunciar las palabras que sabía que despedazarían su férreo control.
—Fóllame, compañero. Hazme tuya.
Un escalofrío recorrió su pecho y sus brazos. Sentí cómo todo su cuerpo se estremeció cuando perdió el control. Sostuvo mi cabello, sus embestidas salvajes hicieron que mis piernas se soltaran mientras entraba y salía de mí como una máquina; duro, rápido, implacable.
Retirándose casi por completo, usó la gravedad para hacer que me viniera abajo mientras el peso de mi propio cuerpo me empalaba en su polla una y otra vez, con estocadas rápidas que me arrancaban gemidos.
Ese sonido de entrega debe haber sido lo que estaba esperando, pues entonces frotó mi clítoris con algo de fuerza, exactamente como me gustaba.
Manteniendo la cabeza hacia atrás caí en una espiral del olvido, recibiendo sensación tras sensación mientras me follaba como si yo fuese la única para él; como si nunca tuviera suficiente de mí. Como si fuese a morir si no me llenaba con su semilla y me hacía suya para siempre.
Me sentí femenina y poderosa. Hermosa. Y nunca antes me había sentido hermosa. Aquel pensamiento me distrajo hasta que él soltó mi cabello y usó su mano libre para asestarme una fuerte nalgada en el costado de mi trasero desnudo.
Me sobresalté, y mis paredes internas se contrajeron alrededor de su polla. Gemí. Él gruñó.
Me azotó de nuevo, sabiendo de alguna manera que me gustaba ser tratada así; amaba el fuerte escozor del dolor.
¡Zas!
Embestida. Retirada.
¡Zas!
¡Zas!
Azotó mi culo hasta que el calor se propagó como un fuego sin control a través de mi cuerpo, quemándome desde adentro hacia afuera.
Cuando no podía pensar, y apenas podía respirar, se detuvo. Lentamente, tan lentamente que cada movimiento se sentía como si tomara una eternidad, salió de mi coño hinchado, luego empujó su polla dentro de mí una vez más. Totalmente sentado, cubrió mi espalda con su cuerpo, húmedo por el sudor; y me cercó, ambos brazos se envolvieron alrededor de mis caderas, sus manos estaban ansiosas por jugar con mi coño.
—Ven ahora.
Lentamente, movió sus dedos arriba y abajo sobre mi clítoris; cada roce suave era como una explosión para mis nervios, y entonces abrió mis labios vaginales con dos de sus dedos, manteniéndome abierta para frotar y dar golpecitos a mi clítoris con los demás dedos. Había sido tan salvaje, y ahora era amable. Él podía ser ambos. Él podía serlo todo.
Perdí la realidad mientras mi orgasmo recorrió todo mi cuerpo. A lo lejos pude escuchar a una mujer gritar; sabía que era yo, pero estaba flotando en una tormenta de sensaciones que mi compañero mantenía unidas. Sabía que me sostenía, impedía que cayese; me mantenía a salvo mientras yo sentía, sentía y sentía.
Mi cuerpo latía de placer y me sentí mareada, desorientada por un momento. Cerré los ojos y respiré agitadamente cuando los espasmos finalmente se desvanecieron, mientras mis tensos músculos se relajaban. Y de repente, sentí frío. Extrañaba el calor de mi compañero sobre mi espalda.
Entrando en pánico y sintiéndome insegura, abrí los ojos y parpadeé al notar unas luces brillantes de un entorno clínico. Una mujer preocupada me observó atentamente desde donde estaba, junto a la extraña cama en la que estaba tendida. Intenté levantar el brazo para frotarme la cara y los ojos, pero descubrí que no podía, y mis muñecas estaban atadas a lo que parecía ser una silla del dentista extra grande.
Le eché una ojeada a mi cuerpo, y la realidad me golpeó rápidamente. Un vestido gris de estilo hospitalario me cubría, pero estaba abierto en la parte de atrás. Estaba desnuda por debajo, la manera en la que mi húmedo culo y muslos se deslizaban era prueba del estado de excitación en el que mi cuerpo se encontraba. Estaba en Miami, en el centro de novias alienígenas. Había tomado un vuelo hasta aquí ayer después de decirle a mi jefe en el restaurante en Milwaukee que se fuera a la mierda, marchándome en pleno turno. Eso se había sentido endemoniadamente bien.
El maldito billete de avión me había costado cada centavo que tenía en el banco, pero no me importaba. Necesita un cambio. Uno drástico. Y no tenía planes de volver.
—¿Está bien, señorita Wilson?
La mujer frente a mí vestía con un uniforme gris oscuro, con una extraña insignia color borgoña sobre su pecho izquierdo. Ahora la recordaba; era la guardiana Egara. Había sido bastante amable, y completamente profesional, lo cual era algo que apreciaba. La mayor parte del tiempo las personas se quedaban boquiabiertas al ver mi tamaño, incluso en el consultorio del doctor.
La guardiana era esbelta y hermosa, y era todo lo que yo jamás había sido. Probablemente habría hombres haciendo fila para invitarla a salir, para desnudarla y hacer que se corriera en sus penes.
¿En cuánto a mí? Los hombres me pedían que cuidara a sus perros y que les llevase café. ¿El orgasmo que acababa de tener? Sí, era el primero que me daba alguien desde que había salido de la secundaria. Mis amantes no habían sido muy numerosos ni frecuentes, y ninguno había sido lo suficientemente fuerte como para alzarme y tomarme desde atrás. Ni tampoco para saber cómo tocarme exactamente, cómo llevarme al límite; cómo provocarme para luego dominarme.
Sabía que no estaba prestando atención, pero no podía parar de recordar la sensación de esa enorme polla llenándome y dejándome algo dolorida; de aquellas enormes manos que me hacían sentir hermosa y pequeña... que me hacían sentir... como ella. Era la otra parte de mí, la yo que no existía realmente, la parte que era pura fantasía. Justo como él.
—¿Señorita Wilson?
La guardiana inclinó su cabeza hacia abajo y me inspeccionó de cerca, lo cual era algo que definitivamente no necesitaba en estos momentos; no mientras mi trasero desnudo estaba resbalándose de la silla, mojado por mi deseo.
—Estoy bien.
Traté de subir mis manos, de ajustarme el camisón de hospital, que se había subido hasta la mitad de mi muslo, pero las esposas me lo impidieron. Maldición.
—¿Está segura? El proceso de emparejamiento puede llegar a ser... intenso.
¿De modo que era así como les llamaban a los orgasmos estremecedores hoy en día? Joder, sí, había sido intenso. Entonces me gustaría otro más, por favor.
Parecía ser simpática, y me di cuenta de que quería contarle todo. Diablos, quería hacerle la única pregunta que me abrasaba por dentro y me asustaba. Pero no podía reunir la valentía para hacerlo. En vez de eso, traté de sonreír.
—Sí. Estoy bien.
—Excelente.
Sonrió y asintió, aparentemente convencida, por mi intento de sonreír a medias, de que no estaba a punto de entrar en shock o tener una crisis nerviosa. Claramente jamás había tenido que atender mesas en un restaurante lleno, con niños que vomitaban e imbéciles borrachos en igual proporción rodeándola. Podía manejar mucho más estrés que esto. ¿Y el estrés del orgasmo? Sí, bueno, aquello no había sido estresante. Había sido... abrumador.
Traté de relajarme, y me recliné sobre la silla, concentrándome en contar mientras les daba aire a mis pulmones. Inhala, exhala. Así era como resolvía las cosas.
La sala era pálida y blanca. Clínica. Y me sentía como si estuviera en una sala de emergencias, no en un centro de procesamiento de novias; pero cuando estabas a punto de entregar tu vida para ser la esposa de un alienígena, supongo que hacían las cosas de un modo diferente.
Sus dedos se movieron sobre una pequeña tableta, demasiado rápido como para poder seguirle la pista; y sinceramente no me importaba lo que hiciera mientras la estúpida cosa de emparejamiento funcionara. Lo cual, noté, ni siquiera sabía si sucedería.
—¿Ha funcionado? ¿Tengo una pareja?
Juro que mi corazón se detuvo mientras esperaba por su respuesta.
—Oh, sí. Por supuesto que lo tiene.
Me estremecí, suspirando en voz alta, demasiado notable hasta para mis propios oídos, y ella posó una mano sobre mi hombro con un ademán amistoso.
—Lo lamento, no me percaté de que estaba preocupada sobre eso. Ha sido asignada al planeta Atlán.
No sabía nada sobre Atlán, pero eso no impedía que sintiera la llama de la esperanza extendiéndose por mi cuerpo como un incendio. Tenía pareja. Vaya.
—Y esta cosa del emparejamiento... ¿Está segura de que el alíen querrá que sea su compañera? ¿Está segura de que el proceso funciona?
—Absolutamente.
Me dio una palmada en el hombro una vez más, y volvió a prestar atención a su pantalla.
—¿Incluso para chicas como yo?
Maldición. Mi miedo más profundo se había escapado de mis labios antes de siquiera poder detenerme.
Eso hizo que se parara en seco, y me miró a los ojos.
—¿A qué se refiere cuando dice chicas como yo? ¿Está casada? Porque esa era una pregunta que debía responder bajo juramento. Si ha mentido, no puedo procesarla.
¿Casada? Como si eso fuera posible.
Suspiré. Vaya. ¿Tendría que deletreárselo? Con su cuerpo talla S y sus pechos de copa C, probablemente nunca se había preocupado por ser deseada. Miré sus preocupados ojos grises y decidí que, en efecto, tendría que deletreárselo. Maldición. Tomé una bocanada de aire y reuní valentía para escupir las palabras tan rápido como pudiese.
—Chicas como yo. Chicas grandes.
Ella levantó las cejas, como si estuviera sorprendida; y su mirada escaneó rápidamente mi cuerpo extra grande de arriba abajo, antes de volver a posarse sobre mi rostro. Su sonrisa fue una de las mejores cosas que he visto.
—No te preocupes por ser demasiado pequeña para un atlán, cariño. Sé que para un señor de la guerra atlán parecerás más pequeña de lo normal, pero eres su compañera asignada. Seréis perfectos para el otro.
—¿Demasiado pequeña?
¿Me estaba tomando el pelo? No había podido comprar ropa en una tienda desde cuarto año.
—Las mujeres de Atlán son por lo menos un cuarto de metro más altas que la mujer promedio de la Tierra, y los atlanes necesitan que sus mujeres sean lo suficientemente fuertes para domarlos.
—¿A qué se refiere con domarlos?
—No son humanos, Tiffani. Los guerreros atlán tienen una bestia que vive en su interior. Cuando están luchando en una batalla, o cuando quieren follar, entonces la bestia sale. Considere que es un planeta lleno de hombres como el increíble Hulk. Puede que sea un poco más pequeña de lo habituado, pero la fortaleza es tanto mental como física. Será perfecta para él.
Mi mente se enfocó en la enorme mano que había sujetado mis caderas, en el enorme miembro que me ensanchaba, en el gigantesco pecho apoyado contra mi espalda...
Me estremecí con anticipación. Sí. Quería eso de nuevo. Si así era un hombre de Atlán, entonces me atrevería. Absolutamente.
—Bien. Estoy lista.
Soltó una risa.
—No tan rápido. Primero debemos repasar algunos protocolos rutinarios. Para que quede constancia, por favor diga su nombre.
—Tiffani Wilson.
Asintió.
—¿Está usted, o ha estado alguna vez casada?
—No.
—¿Ha tenido hijos biológicos?
—No.
Sus dedos se movían mientras proseguía, con voz monótona y artificial, como si ya hubiese pronunciado las mimas palabras miles de veces.
—Al ser una novia, nunca más regresará a la Tierra, pues ha sido asignada a Atlán; y cualquier tipo de viaje será determinado y controlado por las leyes y costumbres de su nuevo planeta. Renunciará a su ciudadanía de la Tierra y se convertirá en una ciudadana oficial de su nuevo mundo.
Maldición. Sus palabras me azotaron como una ráfaga de aire frío, y la magnitud de mi decisión me dio de lleno. ¿No sería una ciudadana de la Tierra? ¿Cómo era eso posible?
Me sentía fría, el pánico subió por mi columna vertebral y me heló mientras la pared que estaba a mi izquierda se corría, abriéndose para revelar una pequeña cámara iluminada con una resplandeciente luz azul.
—Esto...
—Su retribución por unirse al programa será donada a la Wisconsin Humane Society de Milwaukee, ¿correcto? —preguntó, como si no pudiera percibir mi creciente preocupación.
¿Dejaría de ser una ciudadana de la Tierra? Quería un compañero, pero quizás había ido demasiado lejos.
—Señorita Wilson.
—Sí, done la retribución.
No necesitaría el dinero pues ya no sería una ciudadana de la Tierra, y no tenía nadie que me importara a quien quisiera dárselo. Había perdido a mi gato calicó de quince años, Sofie, debido a la leucemia. Mis padres estaban muertos, mis primos vivían al otro lado del país, en California, y no éramos nada cercanos. Estaba sola en el mundo, sin nada que perder.
Mi silla se deslizó hacia un lado y un enorme brazo metálico salió desde el lugar en la pared en donde estaba anclado para dirigirse hacia mí, y tenía algo que parecía ser una jeringa gigante en la punta. Me hice a un lado, tratando de evitarla.
—No se preocupe, Tiffani. Solo va a colocarle sus UPN.
—¿Qué demonios es eso?
Le eché un vistazo a la jeringa con una gran sensación de inquietud.
—Unidades de Procesamiento Neuronal. La ayudará a aprender y comprender el idioma atlán.
Vale. Me quedé inmóvil, y apreté las manos con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos. ¿Así que era como un traductor universal estilo Star Trek? Como sea.
La jeringa penetró en mi piel, justo detrás de mi sien, y me mordí los labios, tratando de ignorar el dolor mientras el dispositivo se retiraba rápidamente, rotando hacia mi lado izquierdo y repitiendo el mismo procedimiento.
Cuando volvió a donde estaba al principio, dentro de la pared, mi silla se tambaleó y comencé a hundirme en una cálida piscina llena de agua cristalina y celeste.
—Su procesamiento comenzará en tres, dos...
Cerré mis ojos. La adrenalina hizo que mi corazón comenzara a latir con fuerza mientras esperaba que dijese “uno”. Esperé, y esperé.
Suspiró.
—Otra vez no.
Mi silla dejó de moverse y abrí mis ojos para verla fruncir el ceño. Se dirigió rápidamente hacia un panel que estaba en la pared mientras yo la observaba.
Mis ojos se abrieron con miedo y confusión.
—¿Qué sucede?
Me miró brevemente, y luego apartó la mirada, sin hacer contacto visual.
—Hay un problema en el centro de transporte de Atlán. Lo lamento. Esto solo ha ocurrido una vez.
Perfecto. No me querían. Lo sabía, podía sentirlo en mi interior. Mi corazón colapsó. ¿Y qué con toda la esperanza a la que había dado rienda suelta? ¿La esperanza de finalmente encontrar a un hombre que en realidad me quisiera, que pensara que era hermosa, sensual, y deseable? Se había esfumado, y los sobrantes eran como navajas afiladas hiriendo mi estómago; y era aún peor porque me había atrevido a esperar algo distinto.
—Bien. Suélteme para poder irme a casa.
Sacudió la cabeza, ignorándome mientras le hablaba a alguien en la pantalla; alguien que no podía ver. Podía oír la voz del otro lado de la conexión. Era una voz femenina, pero no podía comprender sus palabras, solo las de la guardiana.
—¿Qué sucede, Sarah? —dijo, hizo una pausa y escuchó—. ¿Qué? Pero eso es imposible.
Otra pausa.
—Ya veo. ¿Entonces qué quiere el señor Dax que haga al respecto?
Percibí la creciente inquietud en su voz.
—No, tiene una compañera y es humana. Está atada a la silla ahora mismo, lista para el procesamiento.
Hubo una pausa larga.
—No puedo. Los permisos para el transporte han sido automáticamente desactivados por el sistema. Necesitaré unos nuevos —suspiró—. Bien. Dame cinco minutos.
La guardiana se despidió y se acercó a mí con el ceño fruncido y los labios apretados. Sus hombros estaban tensos y sus pasos eran cortos y pausados, como si sus músculos estuviesen tan tensos que casi no podía moverse.
—¿Qué sucede? Dígame lo que está ocurriendo.
Traté de zafarme de las esposas, y la guardiana alzó su mano con ademán tranquilizador.
—Han perdido a su compañero, el comandante Deek, a causa de la fiebre de apareamiento.
Eso no era lo que me había esperado. Asumí que diría que mi compañero había cambiado de parecer. ¿Pero fiebre de apareamiento?
—¿Qué significa eso?
Suspiró, y dejó caer sus manos.
—Los guerreros de Atlán son enormes; son los guerreros más grandes y fuertes de toda la flota de la Coalición.
Mi sexo se contrajo al oír sus palabras. Oh, claro que sí, sabía con exactitud lo enormes que eran.
—¿Y entonces?
—Entonces, como ya lo expliqué, también tienen la habilidad de entrar en algo que llaman modo bestia; se hacen más grandes y fuertes en medio de una batalla, o cuando están...
—¿Follando?
Los graves y retumbantes gruñidos que había oído en el sueño de procesamiento, junto con la conversación monosilábica, cobraban cada vez más y más sentido. Modo bestia. Vaya, eso era tan excitante.
—¿Entonces? Son como Hulk cuando están enojados. Comprendido. Ya me ha dicho eso. ¿Cuál es el problema?
—Si esperan demasiado tiempo para reclamar a una compañera, pierden el control de su bestia interior. Se transforman y no pueden controlarse. Se sabe que matan a sus propios amigos y aliados, hombres junto a los cuales han luchado por años. En ese punto nadie puede salvarlos. Solo reconocen y responden ante una persona en todo el universo.
Esperé, conteniendo la respiración mientras terminaba su oración.
—Sus compañeras.
Me relajé, sintiendo la tensión desaparecer de mis hombros.
—Vale. Perfecto. Envíeme a su lado. Eso es lo que dice el protocolo, ¿no? Si solo reconoce a su compañera, entonces sabrá que soy yo y podrá controlar a su bestia.
Sacudió su cabeza.
—No es tan simple. Los atlanes están conectados a su compañera por medio de esposas especiales que les vinculan a nivel neurológico.
Recordé las hermosas esposas doradas alrededor de mis muñecas y sus extraños diseños.
—¿Así que necesito un par de esposas para poder ayudarle?
—Ya debes estar conectada a él, debes ser su compañera para controlar su bestia. Me temo que está perdido.
—¿Perdido? ¿No pueden encontrarlo?
—No, la bestia le ha poseído. Lo siento tanto, Tiffani, pero no tiene salvación.
¿No tenía salvación? ¿El único hombre en el universo que era perfecto para mí, que me querría y amaría y aceptaría, no tenía salvación?
—¿Entonces qué sucederá con él?
Al fin me miró a los ojos, y deseé que no lo hubiera hecho. Todo lo que vi en sus ojos era un abismo profundo, lleno de lástima y dolor.
—Mi contacto en Atlán, una novia que envié no hace mucho tiempo, dice que le ejecutarán.
Comandante Deek, planeta Atlán, centro de detención Bundar, bloque 4, celda 11
Me desperté con un sobresalto, mi cuerpo estaba húmedo por el sudor. El catre sobre el que estaba era demasiado pequeño para mi cuerpo cuando estaba convertido en una bestia, y me di la vuelta. Tres días. Había estado en este infierno por tres días. Cuando había sido testigo de la fiebre de Dax consumiéndolo, había tardado dos semanas, aumentando lentamente. Pero había sucedido en la cumbre de la batalla, y sus ataques de furia se habían confundido con la adrenalina de la lucha. Era comprensible, considerando lo que el señor de la guerra había presenciado y las cosas contra las que había luchado.
