Donde crece el amor - Cynthia Reese - E-Book
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Donde crece el amor E-Book

Cynthia Reese

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Beschreibung

Cuando Becca Reynolds fue a aquel pueblo de Georgia para investigar una supuesta estafa en un seguro agrario, lo que le preocupaba era su trabajo, no su corazón. Entre los principales sospechosos estaba el guapísimo Ryan MacIntosh, quien, evidentemente, no decía todo lo que sabía. ¿Sería posible que su implicación fuera más allá de su completa devoción por su abuela y por la pequeña granja que había pertenecido a su familia durante varias generaciones? Becca no sabía muy bien qué pensar, a pesar de que conocía a Ryan íntimamente, al menos por Internet; estaba segura de que él era el encantador desconocido con el que había intercambiado multitud de e-mails y del que se había enamorado. Pero ninguno de los dos podía admitir la verdad… ni predecir lo que ocurriría si lo hacían.

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Seitenzahl: 312

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2007 Cynthia R. Reese

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Donde crece el amor, n.º 49 - julio 2018

Título original: Where Love Grows

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-736-2

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 1

 

 

 

 

 

[email protected]: ¿Mi lugar favorito en el mundo? Mi hamaca al lado del estanque. La hamaca está colgada debajo de un sauce cuyas ramas ayudamos a doblar mis primos y yo a lo largo de los años al usarlas como catapultas. Eso fue duro para el árbol, pero ofrece una sombra agradable para relajarse. ¿Y tu lugar favorito?

 

[email protected]: Soy como un rabo de lagartija, no puedo quedarme quieta, así que me gusta moverme… subir al coche y salir a la autopista sin tener un destino claro en mente.

 

[email protected]: ¿Crees que un día vendrás a Georgia? Después de estos meses, siento que te conozco, aunque no nos hayamos dicho nuestros verdaderos nombres.

 

[email protected]: Tal vez… nunca se sabe.

 

Craig Andrews iba a entrar a matar.

Había atrapado a Becca Reynolds con la misma limpieza que un podenco atraparía una liebre.

Ella tragó saliva, pues tenía la boca seca. Tomar el vaso de agua que tenía delante sería una muestra de debilidad, ¿no?

Sí. Mejor tener una boca que parecía de arena que dejarse traicionar por sus acciones.

—Señorita Reynolds…

Andrews se giró y tendió una sola hoja de papel. Las comisuras de sus labios se elevaron, pero la expresión se parecía tanto a una sonrisa como la de un tiburón que enseñara los dientes.

—Ha basado sus conclusiones en los patrones climatológicos y en unas fotografías muy científicas de la NASA.

—Sí. Sí, así es. Es mi…

Pero antes de que Becca pudiera explicar cómo sabía que la granizada no había sido nada, él levantó una mano con las uñas perfectamente cuidadas.

Aquel hombre debía de gastar más dinero en su aspecto físico que Becca y su padre en el alquiler de la oficina.

Y ahora estaba atrapada en el estrado, declarando en el primer caso federal de estafa que había investigado. El caso estaba claro, o eso había asegurado ella a los federales y a la compañía de seguros que los había contratado a su padre y a ella.

Desde luego, no era lo que parecía en ese momento.

—Usted incluso fue tan lejos que llegó a decir que no había tomates plantados…

Ella apretó los dientes.

—No, yo dije que no había tantos tomates plantados como decía el señor Palmer. Sus formularios de reclamación al seguro indicaban que tenía una cantidad de hectáreas…

—Sí, sí —él movió la mano en un gesto de rechazo a la respuesta—. ¿Qué sabe usted del clima en esa parte del estado?

—Soy investigadora privada, señor Andrews. No soy meteoróloga.

—Ah, pero basa usted sus hallazgos en pruebas meteorológicas. ¿Va a llover hoy, señorita Reynolds?

Después de la protesta de la fiscalía y de que se apagaran las risas en la sala, Andrews volvió al ataque.

—¿Sabía usted, señorita Reynolds, que esta parte del país tiene lluvias fuertes en primavera?

A ella se le encogió el estómago.

—No. Mi… investigación de los niveles de lluvia indicaba que estaban algo por encima de los normales, pero no eran extraordinariamente fuertes…

—Pero si su recolección de datos fuera errónea, ¿alteraría eso su análisis?

Becca volvió a tragar saliva y esa vez sucumbió a la llamada del agua en el estrado de los testigos. Era imposible que hubiera metido la pata en los niveles de lluvia. Miró a su padre, su socio en Investigaciones Agrícolas Reynolds. Y sólo contestó a la pregunta cuando vio que él la miraba de hito en hito, como retándola a estropear el caso.

—Posiblemente. Depende.

—Usted basó su opinión en el análisis de fotos. Dijo que podía ver pruebas de cosechas de tomates a partir de fotos de satélites tomadas la semana anterior, ¿verdad? ¿No es así?

—Ah, sí. El rojo…

—Aparecería —Andrews se giró a mirar al jurado—. ¿Pero y si el fruto no estuviera maduro? Si los tomates siguieran todavía verdes en la planta…

Becca no deseaba otra cosa que escapar del tribunal y llegar al cuarto de baño más cercano. Pero no tenía esa opción, así que siguió luchando.

—Si las lluvias hubieran sido lo bastante intensas para retrasar la plantación, la maduración también iría retrasada. Pero tendrían que haber sido lluvias muy intensas…

—¿Cómo éstas? —Andrews se volvió y puso el papel en manos de Becca.

Era peor de lo que había creído. Ella no había visto nunca ese informe, que contradecía su investigación. Si las cifras eran acertadas, los granjeros de la zona habrían necesitado un barco en vez de un tractor para navegar entre la lluvia.

Después de retirar las cifras ofensivas, Andrews dijo:

—Señoría, quiero presentar como prueba estos informes de lluvias del funcionario agrícola del condado correspondientes al comienzo de la primavera de ese año.

Becca se sentía mareada; retorcía las manos en el regazo y clavaba los dedos en las palmas. Andrews sonrió.

—¿Alguien de su oficina de investigación fue al lugar de los hechos? —preguntó.

Ella cerró los ojos.

¿De dónde iba a haber sacado el tiempo? Entre ir a ver a su padre a la UCI y mantener la agencia abierta en su ausencia, había estado a tope.

Pero se guardó aquellas palabras para sí, pues sabía que no gustarían nada a Seguros Agrícolas, su cliente. Abrió los ojos y se esforzó por hablar.

—No me desplacé personalmente al lugar, no.

—¿Se desplazó alguien de Investigaciones Reynolds?

—No. Las imágenes por satélite mostraban pruebas claras de…

—De tomates sin madurar. Oh, sí. Claro. Perfectamente comprensible. A usted le pagaban para destrozarles la vida a los granjeros. No podía ensuciarse sus bonitas uñas. Eso tiene que dejárselo a los granjeros que intentan ganarse la vida.

Antes de que el fiscal pudiera protestar, Andrews retiró la pregunta.

—He terminado con la testigo.

 

 

—Inocente.

A Becca le subió la presión arterial sólo con oír el tono duro en la voz de su padre.

—¿Ya ha vuelto el jurado?

—Sí, cuando tú has salido a comer.

Ella apretó con fuerza la bolsa de comida rápida que llevaba en la mano y que contenía el almuerzo de los dos.

—Papá, no he tardado…

Pero su protesta de que en realidad sólo había estado fuera diez minutos se vio interrumpida por un gruñido de impaciencia de él.

—El fiscal no está contento y los ejecutivos de la compañía aseguradora tampoco. Este veredicto torpedea sus primeras ofertas. No están nada contentos, Becca. Están hablando de cambiar de agencia.

—Por un solo…

—¿Un veredicto? Diablos, no. No están furiosos con el veredicto, están furiosos contigo.

—¿Conmigo?

—¿Conmigo? —se burló él—. Sí, contigo. Has estropeado el caso. Tendrías que haber ido a la granja, entrevistado a los trabajadores, hablado con los vecinos. Deberías haber tenido las cifras de lluvias. Ese abogado te ha cortado en pedazos como un trozo de jamón cocido.

Becca apretó los dientes en un esfuerzo por contener su lengua. Se preguntó, no por primera vez, por qué quería aquel trabajo, por qué era tan importante para ella complacer a su padre.

«Ah, ¿tal vez porque, después de que te demandara por calumnias la persona sobre la que escribiste un artículo, no te contrata ningún otro periódico ni revista?», se dijo.

No había sido una calumnia. Becca había escrito la verdad en el artículo y el objeto de su investigación no había podido soportarlo. Había sobrevivido a una demanda humillante pero perdido la pequeña revista que había montado. Había iniciado una contrademanda por daños y perjuicios y la había ganado, pero el veredicto había llegado demasiado tarde, y todavía no había visto el dinero.

Intentó calmarse recordándose quién era: una periodista de investigación que ganaba premios. Había sido su padre, después de su infarto, el que le había pedido que trabajara con él. En su momento les había parecido buena idea.

—Papá… estabas enfermo, ¿recuerdas? Estabas en la UCI con un infarto. Yo no podía estar en dos lugares…

—Lo que necesitaba era que cuidaras del negocio. Pero supongo que era esperar demasiado de ti.

—¡Eso no es justo! He trabajado duro, he hecho lo que he podido…

—Si este caso era todo lo que podías, es que espero demasiado de ti. Sinceramente, creía que habías madurado. Pensaba que te habías vuelto más lista después de…

Su padre se interrumpió en mitad de la frase. Movió la cabeza, se volvió y echó a andar por el pasillo vacío del tribunal.

Becca hervía de rabia. Aquello no podía quedar así.

—Dilo, papá. Más vale que lo digas. Soy un fracaso. Una decepción. Tú me acogiste sólo por lástima. Dilo. Porque es lo que piensas.

—¿Pensar? ¿De verdad quieres saberlo? —se giró y la apuntó con un dedo—. Yo te diré lo que pienso. Pienso que soy un maldito estúpido por haber creído que podía hacer de ti una investigadora. Pienso que soy un maldito estúpido por creer que me estarías agradecida por haberte salvado el pellejo…

—Si te refieres a la demanda por calumnias y la bancarrota, ¿por qué no lo dices claramente?

Su padre miró a su alrededor.

—Si quiero tener alguna posibilidad de conservar Seguros Agrícolas como cliente, más vale que no oigan ni un susurro sobre tu demanda por calumnias. Pero sí, eso era lo que pensaba. Tú montaste esa revista en contra de mis consejos y te metiste en una contrademanda que tenías que haber evitado…

Becca tragó saliva. Tal como su padre decía aquellas cosas, casi podía creer que era una fracasada completa.

—Gané esa demanda, papá. Y esa revista tenía un nombre. Atlanta Insider. ¿No puedes llamarla por su nombre sólo por una vez? Era un buen negocio hasta que tuve mala suerte. Y volverá a serlo algún día. Que hayan apelado el juicio no quiere decir que no vaya a recibir mi dinero algún día.

Su padre respiró hondo y fijó la vista en la distancia.

—Vamos a centrarnos en el problema, ¿vale? En este momento podemos perder a uno de nuestros mejores clientes. Yo sólo quería que hicieras tu trabajo. Estás aquí y ganas un sueldo. Sabes lo que tienes que hacer. Yo te he entrenado —se pasó una mano por el pelo corto—. Lo que ocurre es que… pierdes concentración. Con tu negocio te pasabas la mitad del tiempo trabajando con pocos benefi…

—Era mi negocio, papá. Yo decidía lo que hacía con mi tiempo.

—Sí. Pero éste es mi negocio y yo digo que es la última vez que metes la pata.

Becca respiró hondo.

—¿Me estás despidiendo? —pensó en su larga serie de entrevistas de trabajo infructuosas con revistas y periódicos.

—Sería lo más inteligente. Despediría a cualquier otro empleado que hubiera metido la pata como tú.

—Yo no he metido…

—¡Maldita sea, acepta la responsabilidad por esto!

Del tribunal salían algunos hombres trajeados y Becca vio que su padre los seguía con la vista. Bajó la voz.

—Papá, tienes que creer…

—Vete a casa. Voy a intentar salva a ese cliente —la miró con sequedad—. Vete a casa.

Ella lo miró alejarse detrás de los hombres de traje, apretó con fuerza la bolsa de comida y se dirigió a las escaleras.

 

 

—Ah, querida, no te pongas así. A veces se gana y a veces se pierde.

Gert, la encargada de la oficina que llevaba tantos años dirigiendo la vida de su padre y que ya era parte de la familia, le dio una palmadita en el brazo.

—Pero Gert, mi padre tiene razón. He metido la pata. Esos granjeros eran culpables y se han salido con la suya. Tenía que haber previsto esa defensa del retraso en la plantación. Apuesto a que el funcionario agrícola del condado estaba conchabado con ellos desde el principio. Seguro que sí. Lo he investigado en cuanto he salido del tribunal y los demás informes de lluvias en esa zona no se acercan a ése ni de lejos.

—¿Qué te preocupa más? ¿Que se hayan salido con la suya o que tu padre se haya enfadado contigo?

—¿Hace falta que lo preguntes? —Becca suspiró y fijó la vista en la distancia.

—Eso me parecía.

—Oye, no hace falta que te diga que a tu padre no le gusta perder. Se enfurece, se desahoga y luego se le pasa. Mañana entrará aquí como si no hubiera pasado nada.

—Sí, claro. Olvidas un detalle, Gert.

—¿Ah, sí?

—Tú te vas a casa. Yo vivo con él.

No era la primera vez que Becca lamentaba haber perdido su propio espacio. Dos años atrás tenía una casita, un negocio y un futuro separado de su padre. Y poco a poco lo había perdido todo.

Primero había sido la demanda por calumnias, interpuesta por un ejecutivo de Atlanta con prácticas poco limpias en los negocios. A continuación, Becca había contrarrestado con cargos por difamación. Después, cuando había ganado la demanda y medio millón de dólares de la contrademanda, había creído que ese dinero la salvaría de la bancarrota.

Pero no había sido así. Y no había conseguido encontrar trabajo en ninguna de las revistas ni periódicos donde lo había solicitado. Aunque hubiera ganado, el mero hecho de haber sido objeto de una demanda bastaba para asustar a los editores.

—Tu padre te quiere.

—Sí, pero no me quiere como empleada.

Gert no dijo nada. Becca se apartó de la mesa de la mujer y se dirigió a su ordenador. Allí quizá estuviera lo único que podía hacer que se sintiera mejor.

Y estaba: un e-mail de Gallito.

¿Has bordado esa presentación?

Eso era todo, sólo eso en la línea del Asunto. Muy propio de Gallito ir directo al grano. Lo había conocido en una comunidad granjera de Internet unos meses atrás y se habían entendido enseguida.

—Ajá. He oído ese suspiro. Es otra vez ese tipo de Internet, ¿no?

La sonrisa de suficiencia de Gert no pudo matar el placer de Becca.

—Si tanto te interesa, sí.

—A veces me pregunto por qué no sales con un hombre real de carne y hueso.

—No tengo tiempo.

—Lo tendrías si no pasaras tantos ratos en Internet, desperdiciando tu vida charlando con un hombre que no sabes si es un psicópata. Por lo que sabes, puede estar aquí en Atlanta, en la acera de enfrente vigilando esto con un telescopio.

—Ah, Gert, creo que tienes que dejar de ver películas de psicópatas. Gallito y yo acordamos hace tiempo no estropear esto con información que pudiera identificarnos. No hay nombres verdaderos ni de lugares. Es más fácil así.

—Si tú lo dices… Yo creo que tienes miedo de defraudar a otro hombre aparte de tu padre.

El comentario de Gert se acercaba tanto a la verdad que a Becca se le contrajo el estómago.

A una parte de ella le había gustado la idea de trabajar con su padre. Por fin tendría ocasión de ganarse su aprobación y ayudarlo con su empresa de investigación, de probarle que podía usar su habilidad periodística en aquel trabajo.

Lo ocurrido ese día había hecho que se sintiera un fracaso, atormentada todavía por las malas decisiones de su pasado.

Pero antes de que pudiera decir nada, se abrió la puerta de la oficina y entró una oleada de calor de Georgia… y su padre.

La cara de su padre era tan opresiva como el tiempo.

Se acercó a la mesa de ella y depositó una carpeta.

—Tu última oportunidad.

—¿Qué?

—Soy un hombre justo. Los ejecutivos de Seguros Agrícolas nos han dado otra oportunidad de hacer las cosas bien, así que te traspaso el favor.

—¿Quieren reabrir el caso?

—No. Ese barco ya ha zarpado. Éste es otro. Me ha costado mucho convencerlos de que no estropearemos también éste. Es aquí, en Georgia, a mitad de camino entre Macon y Savannah, así que ponte en marcha y pilla a esa gente. Rápido.

«Vaya, papá. Muchos padres se habrían limitado a decir que sentían haber perdido los estribos».

Pero Becca sabía en su corazón lo difícil que era aquello para su padre, cuánto debía de asustarle pasarle un caso que podía decidir su futuro con Seguros Agrícolas.

Miró a Gert y la mujer le hizo un gesto de asentimiento casi imperceptible. Sí, aquello era una disculpa tan buena como cualquier otra.

Abrió la carpeta.

—¿Trepadora asiática? No he oído hablar de ella.

—Según la compañía de seguros, nunca ha estado al este de Mississippi, pero hay un grupo de granjeros que afirman que está destrozando su algodón como el kudzú.

—Pero papá, ¿cómo se puede falsificar el kudzú?

—Eso te toca a ti descubrirlo. A trabajar. Tienes un día para investigar y luego más vale que te marches al sur. La compañía de seguros quiere resultados… Si no se los das, querrán nuestras cabezas en una bandeja.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

[email protected]: Me voy de viaje de negocios y no sé si tendré acceso a Internet, así que puede que esté desaparecida unos días.

 

[email protected]: ¿Pero no acabas de terminar ese proyecto importante en el trabajo? Pensaba que ahora descansarías un poco.

 

[email protected]: He terminado, pero me ha explotado en la cara. He metido la pata. Y este viaje es una especie de castigo.

 

[email protected]: Tu trabajo no corre peligro, ¿verdad? Porque si te quedas corta de dinero en la gran ciudad, siempre puedes venirte aquí, agarrar una azada y recordar cómo se vive en el campo.

 

[email protected]: Echo de menos el campo… o por lo menos la granja de mis abuelos. A veces me gustaría poder volver allí.

 

—¡Señoritas, tranquilas! ¡Nada de peleas!

La exhortación de Ryan MacIntosh cayó en oídos sordos y las dos niñas de seis años siguieron peleándose. Ryan se apartó justo a tiempo de esquivar el puño de una que se dirigía a la cara de la otra. Agarró el puño y vio que las uñas estaban pintadas de esmalte morado metálico con una constelación de estrellas. Cerró los dedos en torno a la muñeca y apartó a las niñas con toda la gentileza de que fue capaz.

Se colocó entre ellas y pensó qué narices podía hacer a continuación.

—¡Basta!

—Ha empezado ella.

—Ha sido ella. No pasaba el balón.

Ryan reprimió su mal humor, cosa nada fácil con el sol de agosto cayendo a plomo sobre su pelo rojizo. Apretó la mandíbula y miró los rostros de las dos futbolistas.

—Las dos al banquillo.

Las niñas se disponían a discutir, pero él negó con la cabeza y señaló sus banquillos respectivos.

—Si os vais ahora, quizá podáis volver a jugar antes de que termine el partido.

Cuando las niñas se alejaban por el campo, Ryan casi sentía físicamente el odio que enviaban los padres con los ojos. ¿Por qué tenía que haber una pelea en el único partido al que no se había presentado el árbitro?

El otro entrenador se encogió de hombros y pidió tiempo muerto. Ryan señaló a sus chicas que podían beber algo. No tuvo que decirlo dos veces; enseguida se congregaron alrededor del termo como vacas en torno a un bloque de sal.

Pensó que las vacas serían más fáciles de controlar. Jack MacIntosh, su primo y el motivo de que Ryan estuviera allí en lugar de arando sus campos con el tractor, soltó una risita.

—¿Qué? —preguntó Ryan.

Jack volvió a reír. Recolocó la pierna escayolada que había estirado en una tumbona plegable.

—Casi te dejas anular por un par de crías de seis años. Eso no dice mucho a favor de tus reflejos.

—Eh, tenías que estar tú en el campo, ¿vale? Podía haberte dejado tirado cuando te rompiste la pierna.

—Perdona, primo, pero no olvides que me rompí la pierna por subir a tu antena parabólica.

Aquello era cierto. Y a pesar de sus quejas, a Ryan le gustaba entrenar al fútbol. Normalmente solía hacerlo Jack, pues su hija Emily andaba metida en todas las actividades extra imaginables; pero después de que Jack se rompiera la pierna, Ryan había descubierto que era una sensación maravillosa entrenar a niños.

Sorprendió una mirada asesina entre las dos niñas participantes en la pelea y suspiró. Lo que le gustaba era entrenar al fútbol, no impedir combates cuerpo a cuerpo.

Ya había tenido bastante de eso lidiando con Murphy.

Recordó las palabras de aquel hijo de perra.

Van a venir a investigar esas reclamaciones. No lo estropees, Ryan. Di lo que tienes que decir, cierra la boca y tendremos un cheque antes de que te des cuenta.

Pegar a Murphy seguramente no habría sido buena idea, pero aquel tipo no sabía aceptar un «no» por respuesta. Quería a Ryan metido hasta el cuello en aquella estafa, aunque sólo fuera por el seguro. No le importaba que Ryan fuera ya cómplice por conocer el plan, aunque cerrara la boca.

¡Y si al menos pudiera estar seguro de que su abuelo no había tenido nada que ver con aquello!

—¡Eh, MacIntosh! —gritó el entrenador de las Diablesas Azules—. ¿Estáis preparados para acabar el partido?

Ryan volvió al presente y bebió un trago de la atrocidad naranja que se había servido del termo. Cuando volvía al partido, vio a una mujer que entraba por la verja.

Se habría fijado en ella aunque no hubiera sido tan guapa. Llevaba una chaqueta fina y unos vaqueros que se pegaban a unas piernas bien proporcionadas. ¿A quién se le ocurría llevar una chaqueta a un partido de fútbol infantil en el sur de Georgia?

Gritó a Emily que sacara el balón y lanzó otra mirada en dirección a la recién llegada. Tenía un cabello castaño claro que se vería dorado con el sol del verano, sonreía y se movía con bastante confianza en sí misma. Era una mujer que sabía lo que quería y dónde encontrarlo.

La hija de Ronnie Frasier echó a correr en dirección contraria a donde debía. Ryan le gritó que parara, pero su jugadora no lo oyó y el balón entró en su propia red con una facilidad frustrante.

Ryan se quitó la gorra y se limpió el sudor de la frente con el antebrazo. Aquello era más trabajo que cosechar los campos.

Contando con que hubiera alguna cosecha aquel año, claro.

Ryan apartó aquel pensamiento de su mente. Miró a Jack y vio que hablaba con la recién llegada.

Su primo lo señaló a él y a Ryan se le encogió el estómago. La mujer debía de ser la investigadora privada enviada por la compañía aseguradora.

Mala suerte.

Pero, por otra parte, llevaba seis meses con mala suerte. Si Ryan hubiera creído en el karma, habría estado seguro de que había sido un auténtico villano en su vida anterior.

Él sólo había querido salvar la granja de su abuelo y cuidar de Mee-Maw.

Y esquivar a Murphy.

Ryan no creía que sus objetivos pudieran reconciliarse con los de aquella chica guapa que miraba en su dirección.

Mala suerte.

 

 

Becca miró al grupo de niñas que corrían detrás de la pelota. Algunas eran bastante buenas para su edad. Al menos comparadas con ella. Aunque por otra parte, ella había demostrado más interés por recoger margaritas en las esquinas de los campos de fútbol que en correr por ellos.

Prefería el tai chi cualquier día; era más su estilo. Y allí no había tableros que te dijeran cómo iba el partido. A juzgar por el aspecto del entrenador alto pelirrojo, Ryan MacIntosh según la había informado uno de los padres, ese partido ya había durado demasiado.

Pero él pareció recordar por qué estaban allí y unos minutos después de que una de sus chicas metiera un gol en su propia portería, aplaudió con ganas cuando su equipo consiguió recuperar el balón.

Tenía todavía mejor aspecto en la vida real que en las pocas fotos que ella había conseguido encontrar en Internet. No parecía el cerebro de una estafa agrícola complicada.

Recordó lo que había contestado su padre cuando ella le dijo eso mismo:

—Becca, no olvides que es un villano. Un estafador. No caigas en el estereotipo de que los villanos tienen pinta de malos.

MacIntosh tenía aquello a su favor. Con su pelo rojizo y unas piernas musculosas que lucían un bronceado más oscuro de lo normal en personas de su color de pelo, no entraba para nada en la categoría de los que salen en los carteles de «Se Busca». Se mostraba bueno con las niñas, paciente. Lo había visto cortar una pelea antes y se había manejado bien. Raro en un hombre que no tenía hijos.

Becca se había esforzado por averiguar todo lo que pudiera de Ryan MacIntosh antes de llegar allí. Treinta y dos años, soltero, sin antecedentes penales. Había estudiado en la Escuela Agrícola Abraham Baldwin y tenía un máster de la Universidad de Georgia. Después de eso había trabajado de vendedor en una compañía de fitosanitarios y se había trasladado a Georgia para llevar la granja de su abuelo después de la muerte de éste el año anterior.

La granja llevaba cinco generaciones en su familia. Ryan MacIntosh había plantado en ella soja, maíz y algodón; pero últimamente parecía que su cosecha principal era la desesperación.

En ese momento, la granja era la más pequeña en número de hectáreas de cualquier granjero que se dedicara en exclusiva a ese trabajo en esa zona, y en el pasado había tenido problemas de impuestos. Ella había encontrado también algunas deudas.

Sí. Ryan MacIntosh era un hombre desesperado.

Y según su padre, posiblemente un villano, aunque aplaudiera con fervor a sus futbolistas de seis años.

En el partido, las Bulldogs de Ryan sufrían una derrota a manos de las Diablesas Azules. ¿Por qué había elegido él aquel nombre? ¿Y qué hacía allí una persona licenciada en Agronomía?

—Eh, acerque ese termo y siéntese. Esto puede durar un rato.

Becca miró al hombre moreno de la pierna escayolada.

—¿Ah, sí? Yo creía que había terminado.

—No. Ha empezado tarde porque no llegaba el árbitro. Soy Jack MacIntosh.

Ella acercó el termo y le estrechó la mano.

—Becca Reynolds. ¿Es pariente de Ryan?

—Sí, primo hermano, pero nos llevamos como hermanos. Ryan no me ha dicho que haya conocido a una chica.

Becca sonrió.

—Todavía no nos hemos conocido.

Jack alzó las cejas.

—Oh. ¿Es uno de esos contactos por Internet?

Sus palabras hicieron que ella se sintiera culpable al pensar en su Gallito, al que le debía un e-mail y no había tenido ocasión de enviárselo desde que empezara aquella investigación.

—No. Esto es trabajo —sacó una tarjeta y se la tendió.

—Investigaciones Agrícolas Reynolds —Jack levantó la vista de la tarjeta y la miró con frialdad—. ¿Qué son? ¿Matones contratados por las aseguradoras de cosechas?

Becca había encontrado antes aquella frialdad. Los granjeros no sentían mucho aprecio por su padre ni por ella.

—Soy investigadora privada. Trabajo de asesora para la compañía de seguros de varias granjas de esta zona, sí. Yo no diría que somos matones…

—Conozco a la gente como usted. Tengo una compañía de seguros.

—¿De cosechas?

Él se echó a reír con desdén.

—¿Bromea? No puedes ganar dinero vendiendo seguros de cosechas en el sur de Georgia. No. Sólo seguros del hogar, del automóvil y seguros de vida.

Becca asintió con la cabeza. Guardó silencio para ver qué más le contaba el primero de Ryan MacIntosh. No tuvo que esperar mucho.

—¿Investiga usted a Ryan?

—¿Quién dice que investigue a su primo?

Una sombra cayó sobre ella y Becca alzó la mirada y se encontró al hombre en cuestión de pie ante ella.

—Páseme esos vasos si no le importa.

Su voz sonaba tensa. Ella tomó los vasos requeridos y se los tendió.

Él tomó uno y se arrodilló a su lado para llenarlo. El vello de sus brazos musculosos tenía un brillo dorado bajo el sol de la tarde y la camiseta se pegaba a los pectorales bien esculpidos, que indicaban que levantaba algo más que haces de paja.

Él bebió de un trago el contenido del vaso y arrugó éste en la mano. Se incorporó y extendió la otra mano.

—Tengo entendido que me busca. Soy Ryan MacIntosh.

Su mirada azul transparente la descolocó un poco. Se ruborizó y tuvo que recordarse que era él el que debía estar a la defensiva, no ella.

—Becca Reynolds —hizo ademán de sacar otra tarjeta, pero Jack se le adelantó y tendió la suya a Ryan.

Éste no se molestó en mirarla; no apartaba los ojos de ella.

—Richard Murphy me dijo que vendría alguien a olfatear. ¿Ya ha inspeccionado su granja?

—No, he pensado empezar por la de usted. He llamado a su casa y una mujer me ha dicho que lo encontraría aquí.

—Mee-Maw —repuso Ryan—. Es mi abuela… nuestra abuela. Tiene casi ochenta y cinco años.

—¿De verdad? Por teléfono parecía más joven.

—La longevidad es cosa de familia, ¿verdad, Jack?

—Sí. El abuelo trabajó en la granja hasta el día en que murió, a los ochenta y seis años.

—Estoy deseando conocerla —repuso Becca.

Por el rostro de Ryan pasó una sombra de dolor y Becca sintió ciertos remordimientos. No le gustaba que sus investigaciones causaran daños colaterales.

Pero como su padre le recordaba a menudo, ellos solamente sacaban a la luz las verdades feas que la gente intentaba ocultar. Ellos no las creaban. No, eso lo hacían los estafadores.

¿Como aquel hombre?

Pero él parecía… honrado. Directo. Sincero.

—¿Quiere ver la granja ahora? —preguntó él.

—¿Por qué no?

—Será mejor acabar de una vez —asintió él—. Espero que le guste el pollo frito. Es lo que va a preparar hoy Mee-Maw para cenar.

Becca sintió pánico. No entraba en sus planes intimar tanto con las familias de las personas a las que investigaba. Era mejor evitar todos los sentimientos personales que pudieran nublar su investigación. Aquél era el lema de su padre.

La belleza de analizar fotos por satélite era que ellas no podían influir en su ánimo.

—Oh, no puedo…

Pero su intento por rechazar la invitación se topó con la firmeza de Ryan MacIntosh.

—Mi abuela consideraría un insulto personal que viniera usted a la hora de la cena y no se quedara a comer. Además, si me va a investigar a mí, será mejor que se alimente antes de empezar, porque será un trabajo largo y poco agradecido.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

[email protected]: Nada de hoteles de cuatro estrellas para mí. El colchón parece de cemento y las paredes son tan delgadas que puedo oír a la gente moverse en la habitación de al lado.

 

[email protected]: ¿Seguro que son personas? Puede que sean ratones.

 

[email protected]: Eso es muy consolador.

 

[email protected]: ¿Cómo es que una hija de granjero tiene miedo de los ratones?

 

[email protected]: Si vieras el tamaño de las cucarachas de por aquí, tú también tendrías miedo.

 

[email protected]: Pero ¿dónde estás? ¿En Chernobyl?

[email protected]: En pleno campo. No hay ni un bar a la vista.

 

 

Becca se sentó en el banco de madera e intentó controlar la adrenalina que corría por sus venas. La segunda parte del partido de fútbol estaba a punto de terminar. Lo sabía por la forma en que los padres plegaban sus sillas y recogían las botellas vacías.

Si Ryan MacIntosh también estaba nervioso por el encuentro, no lo dejaba entrever. Al contrario, mantenía la atención fija en su equipo de fútbol. No le dedicó ni una mirada a ella.

Becca ignoró la agitación que la estremecía. Nervios. Había demasiadas cosas que dependían del resultado de aquella investigación.

Es un sospechoso, ¿recuerdas? En el mejor de los casos, es un testigo ocular; en el peor…

Sabría más cuando viera la granja. Tenía que estar seguro de sí mismo para invitarla a ver la granja. Pero también había mencionado a Murphy.

Richard Murphy se había forrado a costa del clima en los últimos años. Cuando no le tocaba una inundación, eran las lluvias de primavera. Si no era el tiempo, era un lote de semillas en mal estado. Murphy era un veterano asiduo a los programas de seguros de cosechas. Lo sabía por el dossier que los ejecutivos del seguro habían preparado para su padre.

Debía tratar a cualquier amigo de Murphy como a un sospechoso.

Jack, a su lado, se levantó con dificultad, haciendo equilibrios con las muletas. Cuando ella se disponía a ayudarlo, él la desalentó con una mirada.

El mensaje estaba claro: ella era el enemigo.

Una niña pequeña y rubia apareció corriendo.

—¡Papá! ¡Papá! ¿Has visto el gol que he marcado?

Ryan llegó detrás de la niña. Le revolvió el pelo.

—Es como Mia Hamm, sí, señor. Jack, puede que Marla y tú tengáis solucionada la jubilación después de todo.

—Por si acaso, no voy a dejar de pagar el plan de pensiones todavía —contestó Jack . Y tras una mirada rápida a Becca añadió—: Eh, llámame, ¿vale? Tenme al corriente de cómo va la cosa.

Ryan no se anduvo con rodeos, y miró a Becca abiertamente.

—Irá así: dará una vuelta rápida, se comerá el filete de pollo de Mee-Maw y luego se despedirá. Porque no hay nada raro que pueda encontrar, ¿verdad, Jack?

Éste cambió de posición. Becca se preguntó si era para acomodar la pierna o si era un gesto de disgusto.

—No —repuso.

Ryan agarró la nevera portátil.

—¿Lista? ¿O conoce el camino?

—Tengo un mapa, pero prefiero seguirlo. ¿Necesita ayuda?

Becca se agachó a recoger los vasos.

La mano grande de él los agarró antes de que llegara ella.

—Suya no.

Se alejó en dirección a la puerta. Becca miró a Jack.

—¿Es sólo conmigo o siempre se comporta así?

Jack se encogió de hombros.

—Las chicas de por aquí suelen encontrarlo atractivo… así que supongo que es usted.

Becca siguió a Ryan hasta el aparcamiento de hierba. Él estaba ocupado cargando la nevera y un par de balones de fútbol en la parte trasera de una vieja camioneta.

Becca había esperado un flamante modelo grande, como recién salido del salón de exposición. Lo que tenía delante era un vehículo de al menos quince años, con las cicatrices propias del trabajo.

No encajaba con el perfil típico de un estafador.

Ryan le lanzó una sonrisa que estaba muy lejos de ser una verdadera bienvenida.

—Estoy listo, ¿necesita que la acerque a su coche?

—Está justo ahí, es el Mini Cooper rojo.

Él miró el único Mini Cooper del aparcamiento.

—¿Esa cosa que utiliza pilas de cochecito de golf?

Becca estaba acostumbrada a que la gente se metiera con su coche, y le daba igual. Comprar ese coche había sido una de las pocas cosas absurdas que había hecho en su vida, y seguro que su tía le sonreía desde el cielo por ello.

Tragó saliva. Por un instante deseó que su tía Norma estuviera con ella. La hermana pequeña de su padre adoraba los Mini Cooper desde que se puso de moda importarlos, y había vestido de rojo hasta el día en que murió de cáncer de mama. Desde pequeña había animado a Becca a ser intuitiva. Pese al carácter pragmático heredado de su padre, Becca tenía que reconocer que para la elección del coche se había guiado por las enseñanzas de su tía.

Además, le recordaba una época, no muy lejana, en la que su negocio iba viento en popa, cuando se había comprado una casa y su futuro parecía prometedor. El coche era lo único que le quedaba de su antigua vida.

Ahora volvió al presente.

—Le apuesto a que mi Mini gana a su camioneta vieja.

Ryan pasó una mano por las abolladuras y los arañazos.

—Esto no es una camioneta vieja. Pertenecía a mi abuelo. Si era lo bastante buena para él, lo es para mí. Yo que usted no apostaría por su pequeña caja de cerillas, no sin antes haber echado un vistazo debajo del capó de mi camión.

Quizá fue la forma en que tocaba el camión, con tanta reverencia, o quizá fuese el hecho de que hiciese de la elección de su medio de transporte una forma de conectar con un ser querido. Fuera lo que fuera, Becca notó que surgía entre ellos una especie de afecto. Por primera vez se permitió a sí misma esperar que quizá las cosas no fueran como parecían.