6,99 €
Cuando Federica deshace las cajas de la mudanza en Berlín, no imagina lo que esa ciudad tiene preparado para ella. Atrás quedó Argentina, su tierra; Barcelona, su primera aventura; la familia y los amigos. Por delante la espera un futuro lleno de incertidumbre y oportunidades que transitará con paso a veces inseguro, y a veces decidido y valiente. Una historia que conjuga amistad, amor y superación personal y que muestra la emigración como una gran metáfora del camino que muchos jóvenes adultos recorren en busca del lugar en el que quieren estar.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 183
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Fotografía de tapa: Gisela Caffarena
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Barone, Maria Victoria
Donde quiero estar / Maria Victoria Barone. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
172 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-828-1
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Novelas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Barone, Maria Victoria
© 2021. Tinta Libre Ediciones
A ella, que con solo mirar el solsabía qué hora era.
Donde quiero estar
Capítulo 1
El viento golpeaba las persianas sin cesar. Se despertó con un gran miedo, hacía tiempo que no lo sentía. Cerró la ventana con fuerza mientras la luz de la calle dejaba entreverse entre la oscuridad de la habitación.
Se metió nuevamente en una cama mal hecha y un escalofrío pareció recorrerle todo el cuerpo. Recordó su primera noche sola en Buenos Aires, cuando todo su mundo parecía perfectamente estable. El mismo viento, el mismo miedo y la misma taquicardia.
Un fuerte golpe en la acera la trajo de nuevo a la realidad. Eran las 03:07 de la mañana y comenzaba a nevar en Berlín. Por más que lo intentó, no dio con la forma de conciliar el sueño.
Decidió levantarse. Cogió el primer suéter que encontró y se dirigió hacia la cocina. Le apetecía un chocolate caliente, pero al abrir las alacenas solo encontró una caja de té llamado «Respirar». Sonrió. Amaba las ironías del destino. Revolvió entre las cajas aún sin desempacar hasta encontrar una taza.
Mientras el agua comenzaba a hervir, lentamente se sentó en el piso, como siempre solía hacer. Pensó en todo y en nada a la vez. Una tenue luz alumbraba el comedor desde afuera.
Comenzó a jugar con su imaginación, a la vez que sus dedos lo hacían con las luces y sombras que se proyectaban desde la calle. Imaginó todo lo que esta nueva ciudad podía depararle. Sintió nostalgia. Y justo cuando una lágrima iba a comenzar a rodarle por la mejilla, el calentador eléctrico silbó informando de que el agua ya estaba lista. Se frotó los ojos con ambos puños y se dirigió a la cocina. Sirvió el té en una vieja taza del Espanyol de Barcelona y volvió a la cama. Se durmió antes del tercer sorbo.
La mañana se presentaba extraña. Era la primera vez que se despertaba antes de que su alarma sonara. Se quedó en la cama, con los ojos fijos en el techo. Miró el reloj y no pudo evitar hacer la cuenta mental de qué hora sería en Buenos Aires. Se duchó y, con el pelo aún empapado, decidió salir a la calle. Cuando el frío comenzó a atravesarle los huesos pensó en qué diría su mamá si la viera salir así. Sonrió.
La ciudad se mostraba tranquila. El sol aún no daba señales. Dudaba de que fuera a salir en algún momento del día. Se frotó las manos entre sí, intentando refugiarse del frío de alguna manera. Entró en la primera tienda que encontró y, en un tímido alemán, dijo «buenos días». Compró lo necesario y volvió a la casa por el mismo camino, mirando al cielo y agradeciendo por tan magníficas vistas. Solo era un simple parque, pero el color de los árboles le recordó cuánto amaba la transición del otoño hacia el invierno.
Volvió a su cueva, así le gustaba llamar a cada uno de los hogares que había habitado.
Cortó el pan en rodajas y lo metió dentro del horno mientras el agua comenzaba a hervir en el calentador. Abrió su notebook y se sentó en el piso del comedor, junto a la ventana.
Volvió a mirar al cielo y le escupió una pregunta: «¿podré?».
El olor a pan tostado comenzó a inundar todo el piso. Recordó sus veranos en Uruguay, y esos desayunos eternos al aire libre. Amaba la capacidad de teletransportación que solo los aromas podían brindar.
Puso el agua caliente en un termo y preparó el mate. Sacó la mermelada de frambuesa de la bolsa de la compra y cogió un cuchillo. Llevó todo al piso del comedor y se volvió a sentar.
La hoja en blanco del ordenador parecía llamarla, el puntero titilando le pedía a gritos que escribiera lo que en su mente no paraba de resonar. Pero ese no sería el día.
Puso música y empezó a desempacar al ritmo de «Sea of love» de Cat Power. Cuánto había comenzado a amar a esta artista en aquellos tiempos de pandemia. Cuánto había aprendido de sí misma en esos insoportables días de cuarentena.
Colocó los cactus al lado de la ventana. Con esto ya había terminado de acomodar todo en su nuevo hogar.
Se preguntaba si debía salir a la «vida» para así poder aprovechar el día, pero no le apetecía.
Se sentó y empezó a escribir en su cuaderno. Como si fuera un grifo abierto, las palabras comenzaron a brotar como un manantial. Ella sabía que una vez que empezara no podría parar, pero, aun así, le daba miedo. Le daba miedo abrir su corazón. Sabía que el mayor reto no sería redactar unas cuantas páginas, sino tener el valor de releerlas algún día.
A pesar de las lágrimas que caían de sus ojos, se sentía tranquila. Una especie de paz que hacía mucho tiempo no experimentaba.
Pensó en la culpa, palabra que siempre solía atormentarla. Pensó en todo lo que le había costado llegar hasta ahí. En cuántas personas quedaron en el camino. Imaginó qué hubiera sido de su vida si sus decisiones hubieran sido otras; pero en el fondo sabía que su destino estaba ahí, a la vuelta de la esquina. Llevaba muchos años sola y el asunto comenzaba a pesarle. Sabía que no necesitaba de nadie para ser feliz, pero las autoexigencias de la sociedad no paraban de aparecerle una y otra vez por la cabeza. «¿Cómo se hace para conseguir a alguien en estos tiempos?», pensó mientras seguía haciendo anotaciones en su cuaderno.
Se rehusaba a la nueva moda de las aplicaciones de citas. Creía y se autoconvencía de que el amor iba por otro lado. No quería que su relación más importante comenzara con un match. Sí, porque esta vez sí, quería conocer realmente al amor de su vida. A una persona que pudiera elevarla más allá del plano terrenal. Alguien que soñara tan alto como ella, que la acompañara en el viaje. Pero era cerrada, tímida y con baja autoestima. Por mucha terapia que había hecho a lo largo de estos años había cosas de la esencia de uno que jamás podrían cambiarse.
Se pasó la noche retocando sus escritos sentada frente al ordenador. A las 04:23 de la mañana cerró todo y se metió en la cama con la promesa de que saldría a la calle al día siguiente para socializar. Optó por presentarse primero a sus vecinos. Solo había dos departamentos por piso. Tocó a la puerta y, al cabo de unos instantes, salió un chico, un poco más entrado en edad que ella, ya que no recibía contestación a sus preguntas en alemán, al verlo, se arrepintió en ese mismo instante. Quería irse corriendo, ya que no entendía una sola palabra de lo que le estaban diciendo. El muchacho, al verla sonrojarse, cambió su idioma al inglés.
Inspiró aire y se presentó:
—Hola, soy Federica, tu nueva vecina —dijo en un inglés entrecortado.
—Hola, soy Dante —contestó él.
—¿Dante? No es un nombre muy alemán que digamos, ¿no?
—Nací en Italia, en Nápoles. Pero llevo viviendo en Berlín casi toda la vida. Tú tampoco eres alemana, ¿no?
—No, argentina. Llegué hace dos días a Berlín desde Barcelona.
—Bienvenida, justo estaba a punto de prepararme algo para desayunar, pero ¿te apetece que vayamos a tomar algo por ahí? No quiero despertar a Ale.
—Vale, sin problema. Déjame ir a por mi abrigo a casa y vuelvo.
Tras diez minutos andando se sentaron en un pequeño café italiano. Sintió el aroma a croissants recién horneados y a café molido. Otra vez se dejó teletransportar por los olores cerrando por un instante sus ojos.
—¡Dante! —dijo sonriendo la mujer detrás de la barra y comenzaron a hablar en italiano.
Él le presentó a Mirella, la dueña del local, y ambos se sorprendieron al ver a la muchacha responder fluidamente en el idioma de ellos.
—Sos una caja de sorpresas—le dijo Federica.
Dante pareció no entender qué le estaba queriendo decir.
—Es que hablas muchos idiomas. Me encanta—le dijo sonrojándose.
—Sí, como te comenté, nací en Italia, así que con mi familia hablo ese idioma. Una vez instalados en Alemania y al asistir a la universidad aquí no me quedó otra que aprender alemán. Y el inglés, bueno, es el idioma universal, ¿no? ¿Tú qué me cuentas? ¿Qué te trajo a Berlín?
Dudó si contestar o no a esa pregunta. Empezó a titubear y a juguetear con la cuchara dentro de su café con leche. Él notó su incomodidad y la miró fijamente diciéndole:
—No hace falta que me contestes eso ahora. ¿Te gusta el jazz?
—Gracias —dijo aliviada.
Y, contestando a su otra pregunta, dijo:
—Sí, mucho. ¿No me digas que eres músico?
—Qué va, no sé ni siquiera aplaudir. Es que esta noche hay un concierto en un bar aquí cerca, por si te quieres venir con nosotros.
—Gracias, la verdad es que me encantaría, pero es que no lo sé. Aún no caigo en la cuenta de que ya estoy aquí y estoy durmiendo fatal. No sé si llegaré con vida a la noche, pero, en todo caso, dame la dirección y, si junto energía, nos encontraremos directamente allí. ¿Te parece?
—Estupendo. Ahora te dejo desayunar tranquila, que me tengo que ir al hospital.
—¿Al hospital? —le preguntó asustada.
Dante rio.
—Sí, soy pediatra.
Se fue del local haciéndole señas a Mirella y, antes de atravesar la puerta, miró a Federica sonriéndole.
Ella se quedó dos horas más en el bar, ensimismada en sus pensamientos. Jamás habría hecho lo que hizo ese día. Su timidez y su forma introvertida de ser nunca le habían dejado navegar por los mundos de la espontaneidad. Decidió autofelicitarse y, como premio, se dijo a sí misma que no se obligaría a salir de casa esa noche.
Se acercó a Mirella antes de irse para pagar la cuenta, pero la señora, encantada, le dijo que ya estaba todo pago. Se sonrojó y no pudo evitar que sus ojos brillaran.
Mirella pareció adivinar lo que en su cabeza estaba pensando y en un dulce italiano le dijo: «La vita è bella».1
Se alejó a paso lento de la cafetería. La cual se convertiría, sin lugar a dudas, en su sitio de escritura preferido.
Dio varias vueltas por el barrio antes de regresar a casa. Le apetecía estirar las piernas y que el aire fresco le diera en la cara. Se puso música en el móvil y decidió perderse por la ciudad.
Regresó tarde y, una vez sentada en su sofá, pensó si no sería demasiado presentarse esa noche en el bar. Cientos de ideas e hipótesis se cruzaron por su cabeza, hasta que llegó a la conclusión de que su vecino simplemente había sido amable para hacerla sentir cómoda en esta nueva ciudad. Desechó con las manos sus pensamientos y se puso el pijama. Cogió el libro que le había regalado su madre cuando años atrás había decidido migrar de la Argentina y se quedó dormida en mitad de la lectura.
Capítulo 2
Los días subsiguientes se presentaron con normalidad. Acabó el tiempo de gracia que había tenido por mudanza y comenzó a trabajar nuevamente. Se prometió que seguir con su labor de España sería algo temporal. Realmente quería dejar atrás todo lo que Barcelona había generado en ella. No podía evitar pensar en esa ciudad y que su corazón no se encogiera.
Sabía que si las cosas no se hubieran dado así, sería probable que tampoco estuviera en Berlín. Es por eso que decidió, a partir de ese día, cambiar de pensamientos y agradecer. «Somos las decisiones que tomamos», se dijo para sí misma.
Por la noche cogió su ropa deportiva y, tras dudarlo nueve veces, decidió salir al frío berlinés que la esperaba afuera. Hacía tiempo que no corría. La lesión que se había provocado tras la cuarentena obligatoria que tuvieron que vivir en España por el coronavirus la había dejado acojonada, pero realmente el cuerpo le pedía a gritos generar endorfinas.
Se encaminó hacía el Tiergarten y comenzó a trotar lentamente. Recordó la primera vez que intentó salir a correr en Barcelona y cómo casi muere en el intento. Recordó también cómo, al cabo de un año, había recolectado una decena de dorsales y medallas. Se sintió orgullosa de haberlo conseguido. Tanto había sufrido de pequeña a la hora de hacer Educación Física en el colegio que hoy en día seguía sin gustarle, no lograba conectar emocionalmente con el deporte.
Pero esta vez quería hacerlo de un modo distinto. Solo por placer. No quería metas ni autoexigencias. Realmente en su vida no cabía una obligación más. En todo caso, si más adelante le apetecía, se pensaría bien lo de volver a anotarse en alguna cursa. Sinceramente, le daba curiosidad. Era una linda elección la de conocer la ciudad corriendo.
Sin darse cuenta el reloj marcaba ya 4,6 kilómetros a un ritmo aceptable. Decidió desacelerar el paso y continuar caminando.
De regreso a casa pasó por provisiones, pero había olvidado su bolsa de la compra por lo que cargó solo con lo que sus brazos le permitieron abarcar.
En la puerta del edificio se encontró con el dilema: «¿Cómo sacar las llaves del bolsillo ahora?». Milagrosamente alguien salía, pero, al contrario de lo que hubiera imaginado, no le sostuvo la puerta para que pudiera entrar.
—Imbécil —dijo en español.
El chico pareció escucharla y se dio media vuelta:
—¿Qué has dicho? —le respondió en lo que parecía ser un español muy fluido.
Las compras se le cayeron al suelo.
El chico se rio y corrió a ayudarla. Entre los dos recogieron la mercadería y le abrió la puerta.
—Perdón, salí pensando en otra cosa y ni siquiera te vi. Soy Ale. Eres argentina, ¿no?
—¿Tanto se nota?
—Un poco... No deberías comprar tantas cosas si ni siquiera puedes cargar con ellas.
—Gracias por el consejo—le respondió Federica irritada.
—¿Quieres que te ayude a subir o puedes?
—Estoy bien.
—Buenas noches—dijo el muchacho, y se marchó.
Mientras esperaba el ascensor, sintió que la puerta se abría nuevamente.
—Por cierto, argentina, no me has dicho tu nombre.
—Federica—le respondió sin girarse.
Se metió en el ascensor y se prometió nunca más volver a dar por hecho que alguien podría no entender su lengua materna.
Entró en la casa furiosa, pensando en lo borde que había sido el muchacho con ella. Se lamentó por el curso que había comenzado a tomar el mundo nuevamente. Todos con prisas, ensimismados en sus pensamientos y sin mirar al resto. Viviendo la vida a toda velocidad.
Sintió tristeza por confirmar que su más temido miedo durante la cuarentena de hace unos años se estaba convirtiendo en realidad. Las personas comenzaban otra vez a olvidar el verdadero valor de la vida: disfrutar del hoy y de sus pequeñas cosas.
Se despertó dolorida. La molestia en la cadera volvió a aparecer. Se maldijo por haber corrido ayer. Se levantó rengueando de la cama y comenzó a hacer yoga.
Al finalizar la clase se sentía un poco mejor, pero la molestia seguía ahí, latente. Recordó aquello que le habían dicho un día, la relación emocional de los dolores corporales:
«Las caderas permiten a las piernas moverse. Ellas determinan si vamos hacia delante o no. Representan las creencias de base frente a lo que son o a lo que deberían ser nuestras relaciones con el mundo. La pelvis y las caderas forman un conjunto y representan así el hecho de lanzarnos a la vida. Por lo tanto, las caderas representarán también nuestro nivel de determinación a progresar. Aceptar avanzar con alegría y confianza, sabiendo que todo es experiencia para ayudarnos a descubrir nuestras riquezas interiores».
¿Acaso su cuerpo le estaba queriendo decir lo que ella no se animaba a poner en palabras? Buscó por toda la casa un relajante muscular, pero no encontró nada. Decidió cambiarse y dirigirse hacia la farmacia más cercana.
Mientras esperaba al ascensor, sintió una voz detrás de ella:
—Veo que las mañanas no te sientan muy bien, ¿no? —le dijo Dante sonriendo.
—Pues la verdad es que nada me sienta bien últimamente—le contestó irritada.
—Lo siento, no quise ofenderte.
—No te preocupes.
Intentó abrir la puerta del ascensor, pero el dolor de su cadera se extendió a todo su lado izquierdo y un gemido estalló en medio del pasillo. Comenzó a maldecir.
—Deja que te ayude —le dijo Dante—. Esta puerta a veces se atasca.
La vio renguear y le preguntó si necesitaba ayuda.
—No —contestó secamente.
—Pues esa cojera y ese grito de dolor no tienen buena pinta. Pero como tú digas. Que tengas buen día—. Cerró la puerta del ascensor y decidió bajar por la escalera, dejándola sola.
Se sintió estúpida y avergonzada. Otra vez su mal genio geminiano le pasaba factura. Se tapó la cara con las manos, arrepentida de haber sido tan borde.
Salió a la calle. Hacía un frío de cojones, pero los leves rayos de sol que comenzaban a asomar en lo alto del cielo la llenaban de energía cuando le besaban la piel. Pensó en el calor que estaría haciendo en Buenos Aires en ese momento. Por muchos años que llevara viviendo fuera, había manías que no podía quitarse de encima. Y esta era una de ellas: mirar el clima que hacía en su lugar de nacimiento. Parecía una pavada, pero la hacía sentirse cerca. De alguna manera extraña, imaginar cómo podían estar llevando el día los suyos le calmaba el corazón.
Sintió culpa. Aquella culpa con la que siempre creyó haber nacido. La culpa que la acompañó desde siempre, como si tuviera que haber pedido disculpas por su manera de ser durante toda su vida. Sintió ganas de llorar. Había algo en su interior que no la hacía sentir completa. Sintió miedo por el rumbo que estaba tomando su vida. Se sintió egoísta por alejarse de aquellas cosas que le hacían mal. Se sintió inmadura por continuar huyendo de aquello que no se animaba a enfrentar.
Se tomó el medicamento en la farmacia y, de regreso, se encontró con Dante. Quiso hablarle, disculparse, pero el nudo en su garganta era tal que las palabras no salieron. Comenzó a llorar. Su respiración se aceleró y el corazón parecía salirse del pecho. Sintió que se ahogaba, que el aire le quemaba. Comenzó a desvanecerse y se preguntó si ese sería el fin. Se preguntó si su vida había valido la pena y, como una hoja en pleno otoño, se dejó caer al ritmo del fuerte viento que soplaba.
Diez minutos después recobró el aliento. Se encontró tirada en una acera húmeda y rodeada de caras desconocidas. Miró a su alrededor y no distinguía ni dónde estaba, ni a las personas que la miraban horrorizadas. Tampoco entendía el idioma.
¿Estaría soñando? ¿Habría muerto? ¿Dónde carajo estaba?
A lo lejos creyó reconocer una voz... Hizo un esfuerzo por intentar agudizar el oído, pero, por más que lo intentaba, el barullo de la calle era mayor. Se volvió a desvanecer.
Se despertó dolorida en lo que parecía ser una cama de hospital. El pitido constante de los aparatos que la rodeaban la asustó. Su respiración comenzó a acelerarse nuevamente. Le costaba mantenerse despierta. No podía focalizar su vista. Quiso gritar, pero el respirador que llevaba puesto se lo impedía.
Intentó arrancarse todo lo que tenía conectado, pero una enfermera se acercó corriendo. En alemán le pedía que por favor se tranquilizara, pero ella no lograba entender una sola palabra.
Comenzó a llorar. ¿Por qué había decidido mudarse a un país en el que ni siquiera sabía dar los buenos días? En medio de la confusión creyó reconocer una cara familiar, pero el calmante que le había inyectado la enfermera la sumergió en un profundo sueño. Se rindió a los cinco segundos de forcejeo.
Abrió los ojos en mitad de la madrugada, ya no tenía respirador ni tanto cableado enchufado a su cuerpo. A su lado en una silla, dormía incómodamente Dante.
Intentó recordar cómo había terminado en un hospital, pero por mucho esfuerzo que hizo en su cabeza no pudo. Se movió bruscamente en la cama y el dolor en su cadera la devolvió nuevamente a la realidad. Su grito hizo que Dante despertara.
—No te muevas. El medicamento que tomaste para el dolor de tu cadera te produjo una reacción alérgica. Tu tráquea se cerró y por eso te desmayaste. Pero tranquila, estás fuera de peligro. Lo único que te pido es que la próxima vez que decidas tomar algo, leas antes el prospecto. Las drogas de los medicamentos son distintas en cada parte del mundo. Aunque quizá, pensándolo bien… ¿Sabías que eres alérgica al metamizol?
—Dipirona —dijo en castellano.
Dante la miró tratando de entender qué le quería decir en ese acento tan dulce que solo los argentinos sabían tener.
—Parece que mi inglés es igual de malo que el del traductor de Google de mi móvil. Intenté explicárselo a la farmacéutica, pero no hubo manera. La verdad es que el dolor de la cojera era tal que no medí las consecuencias. Gracias por salvarme la vida—. Se sonrojó y un calor comenzó a invadirle todo el cuerpo. Desvió la mirada para otro lado.
—De nada. Te vas a quedar un día más en observación por si acaso. Mañana un traumatólogo amigo mío te verá. Tranquila, habla español. Lo más probable es que lo de tu cadera no sea nada. Te recetará plantillas y al cabo de unos días ya ni siquiera sentirás la diferencia entre correr y caminar. Cuando termines con él, búscame que te acompaño a casa. A propósito, tu móvil no ha parado de sonar en todo el día. Ahora mismo lo he puesto a cargar porque se había quedado sin batería. ¿Pero quieres que de momento te deje el mío o que avise a alguien de tu situación?
—No tengo a nadie aquí, en la ciudad.
—Bueno, ¿quieres que llamemos a otra parte del mundo?
—No hace falta. No quiero preocupar a nadie, tampoco podrán hacer nada desde donde están. Solo te pido que, cuando la carga esté completa, me lo acerques, ¿vale?
—Cuenta con ello. Ahora intenta descansar un poco.
