Donde rompen las olas - Luciana Sierra - E-Book

Donde rompen las olas E-Book

Luciana Sierra

0,0
6,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Ainhoa por fin se siente libre. Libre para hacer lo que siempre quiso y dar rienda suelta a seguir escribiendo cuentos para niños, pero algo fuera de sus planes la hace optar por algo diferente. Rafael finalmente logró divorciarse y luego de mucho tiempo decide tomarse vacaciones y acepta la invitación de su amigo madrileño de pasarla con él. Pronto la cercanía se torna difícil de soportar, la atracción es innegable y los mates compartidos a la orilla de la playa se convierten en los momentos favoritos de los dos. Pero saben que cuando crucen esa línea no durará más allá del final del verano, cuando él regrese a su país y ella se quede en España. ¿Podrán olvidarse de esas vacaciones que los unió de una manera inesperada o seguirán el camino que el corazón les marque?

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 304

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Sierra, Luciana

Donde rompen las olas / Luciana Sierra. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

246 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-716-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Sierra, Luciana

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Capítulo 1

La música suena fuerte, demasiado fuerte para mi gusto. Estoy sentada en una de esas butacas altas frente a la barra de un bar de mala muerte en Madrid. Mi primo Claudio está probando el micrófono ubicado sobre el escenario mientras afina su guitarra.

Clau estuvo una semana intentando convencerme para que asistiera a su primer concierto oficial. Hasta se ofreció pasar por mí a San Vicente y conducir cinco horas de ida y de vuelta con tal de que esté presente. A mi novio Luis no le entusiasmó demasiado la idea de que abandone el pueblo por mi primo, aunque solo fueran pocos días. Pero la sangre tira y sobre todo porque me lo pidió Clau, no lo haría por otra persona.

Aquí estoy, bebiendo mi tercer tequila mientras me pregunto si debí haber escuchado a Luis y no haberlo dejado con la cara roja de furia cuando por fin me había decidido a apoyar a mi talentoso primo.

No. Hice lo correcto, esta vez iba a ser mi momento de dar un paso firme y no permitirle decidir por mí. Mi recién descubierta libertad me había llenado el buzón de voz, cientos de llamadas perdidas y miles de mensajes del mismo remitente. Solo le eché un vistazo al último mensaje que me envió, hace unos veinte minutos: “Lo sigues eligiendo a él sobre mí. No esperes que esté aquí cuando regreses. Me tomaré mi tiempo de descanso de lo nuestro”.

Le pido al cantinero que me sirva otro trago más y mientras lo bebo sin respirar, veo a mi primo bajar del escenario y dirigirse al lugar donde estoy. Con solo ver mi cara se da cuenta de que otra vez el común denominador es Luis, pero de todos modos intenta alegrarme diciéndome que tiene alguien perfecto para presentarme.

—No se merece ni una lágrima tuya, Noa. Ya te lo dije cientos de veces, el tío es un idiota. Deja de regresar con él cada vez que te lo suplica. —Pido otro tequila mientras finjo que sus palabras me resbalan. Me deja un beso en la frente y vuelve al escenario.

Mi primo canta de maravillas, compone unas canciones preciosas y muy pegadizas, en poco tiempo ha conseguido un pequeño grupo de fans que lo siguen en sus redes sociales y enloquecen cuando sale a cantar.

—¿Vos sos la prima de Claudio? —Genial, lo que me falta, que algún borracho quiera flirtear conmigo, o peor, que quiera conseguir hablar con mi primo porque es su admirador.

—Yo no soy nadie —respondo, arrastrando las palabras.

¿Por qué siento que mi lengua pesa una tonelada? Cierto, por los cinco tequilas que llevo bebiendo desde que llegué.

—Tu primo me mandó a ver si estás bien. —Me volteo a mirarlo sosteniendo el pequeño vaso en mi mano.

¿Puede tener un halo sobre su cabeza? ¿Por qué todo el contorno de su cuerpo está irradiando una luz muy fuerte? Dejo el vaso sobre la barra, para prestarle un poco más de atención.

—Vaya… eres muy guapo. ¿Qué opinas de darte el lote con una extraña en un bar mugriento? —Él sonríe y sus dientes brillan. ¡Sus dientes están brillando! Me cuelgo de su cuello para poder bajarme del asiento y respiro su perfume—. Y encima hueles delicioso y eres fuerte, muy fuerte. —«¿Por qué simplemente no me desmayo así dejo de hablar?».

—Creo que se te perdió el filtro entre tanta bebida.

Desarma mi abrazo, me toma de la cintura y empieza a caminar, yo no puedo dejar de mirarlo. De verdad tiene una belleza que va más allá de lo tradicional. Se detiene luego de unos pasos.

—Boludo, tu “primita”, que por tu descripción pensé que tenía quince años, está completamente en pedo. —Coge mi cara desde la barbilla y me gira para que Clau me vea. Le sonrío o eso pretendo.

—¡Primo! Qué bien cantas, gracias por invitarme a escucharte. ¿Sabes que tu amigo es muy guapo? —Ahora me cuelgo del cuello de Clau para tener una mejor vista de su amigo. Lo observo de arriba abajo sin ninguna pizca de pena—. Y mira los músculos que tiene y esa boca. ¿Qué es eso en su boca? —Me acerco y coloco mi dedo en su labio inferior, noto una imperfección, como un hoyuelo—. Vaya, esto te hace mucho más atractivo.

Clau me toma de la cintura y aleja mi tacto del rostro de su amigo, vuelvo a levantar la mano y mi primo me aleja un poco más.

—Tío, ¿puedes llevarla a mi casa? Yo tengo que quedarme aquí hasta que el dueño me pague.

—Esto no estaba en el trato de fijarme si tu primita estaba bien…

—En realidad quería presentártela para ver si congeniaban, aunque con la taja que tiene...

—Ya te dije miles de veces que estoy con Amelia, así que deja de intentar presentarme a cualquier mina que te cruces. Mis viejos están felices con esa relación y punto.

—Ojo, mi prima no es “cualquier mina”. Puede ser la mujer de tu vida y estás arrastrando la cobija por la zorra de Amelia. Te vuelvo a repetir, quedarte con ella va a ser el mayor error de tu vida. Pero es tu vida y solo tú puedes tomar tus decisiones. Yo voy a seguir eligiendo a cuál de estas hermosas mujeres podré llevarme conmigo. —Cuelga mis brazos alrededor del cuello de su amigo y se acerca para hablarme al oído—. Noa, procura de no manosear demasiado a mi amigo, es uno de esos que quiero conservar.

—No te preocupes, yo sé lo que debo hacer… —anuncio nuevamente, arrastrando mis palabras, y ni bien nos alejamos un poco de Clau, lo beso. Un beso muy torpe, pero sí que se siente bien. Lo bueno es que no lo recordaré mañana cuando regrese a San Vicente y a este tío no lo veré nunca más. ¿Quién en su sano juicio se hace un amigo que vive del otro lado del mundo?

Nos estamos moviendo y lo sigo besando, puedo notar (o quizás es producto de mi imaginación) que él tampoco se resiste demasiado y de vez en cuando abre su boca o también puede ser que se esté riendo de mi patético comportamiento.

—Contame, prima de Claudio de la que aún no sé el nombre, además de tener un pedo cariñoso, ¿qué te llevó a tomar tanto?

—Punto número uno, Luis y yo terminamos y esta vez es definitivo. Punto número doce, mi primo me obliga a venir a este bar que huele a orines y vómito. Punto número tres… —Y a partir de ese instante ya no puedo recordar lo que pasó.

¿A quién se le ocurre poner una luz tan fuerte y sobre todo apuntando a mi cabeza? Me cubro el rostro con la almohada. ¿Dónde coños estoy? Alguien está golpeando una cuchara en una taza justo al lado mío. Fastidiada, me descubro la cara para ver el angelical rostro de mi tía Irma.

—Buenas tardes, princesa. Veo que todo lo que tomaste anoche ha rendido frutos. Te preparé un café y sobre la mesita de noche tienes una aspirina. Así que despiértate que tienes una maleta que armar y un autobús que alcanzar si no quieres que tu adorada madre llame y me pregunte por qué no has llegado y le tenga que contar que llegaste acompañada del amigo argentino de mi terroncito. Sabes que no le puedo mentir a mi hermana, hicimos un pacto de niñas. —Me entrega ambas cosas y lo bebo sin descanso. Ella me observa hasta que termino de beber—. ¿Qué pasó? ¿Otra vez discutiste con Luis? —Asiento con la cabeza y acaricia mi pelo—. Tienes que dejarlo ir, princesa. No es una relación sana, sé lo mucho que se aman, pero si cada tres meses están separándose, tú quedas con el corazón roto y cuando vuelve suplicándote que lo perdones, lo aceptas de vuelta. Es como el cuento de la buena pipa. —Enarco una ceja—. El amigo de Clau me lo contó, es un juego, ya te lo explicaré. Ah, apropósito, él te dejó saludos y dijo que tendrá que explicarle mucho a su novia por el cardenal que le dejaste en el labio. —Dice entre risas, yo me cubro el rostro con las manos.

—Dios mío, si lo vuelves a ver dile que gracias por traerme y que por favor se olvide de todo lo que dije o hice anoche. —Mi teléfono suena muy fuerte en algún lado, mi tía lo toma.

—Es mi hermana. Calma, le diré que te estás bañando y que sales en unos minutos. —Beso su mejilla y me levanto como si mi cuerpo pesara una tonelada. No volveré a beber.

Capítulo 2

Ainhoa

Varios años después...

Siento los ojos húmedos, los cierro fuertemente y un par de lágrimas recorren mis mejillas. Me cansé de dar vueltas en la cama, por no poder dejar de pensar en dónde y con quién estará. Estoy sentada en la hamaca en el fondo de mi casa, el sol está empezando a aparecer en el horizonte, pero sigo mirando las fotos que aún conservo en mi teléfono. Ese tiempo en que todo era corazones, arcoíris y felicidad. Pero las diferencias eran cada vez más evidentes, lo soportamos por varios años, lo solucionamos, acordamos que nos tomaríamos un respiro cada tanto; el problema fue que él siempre decidía cuándo hacerlo.

Hoy hace dos meses que le propuse que viviéramos juntos, el mismo tiempo desde que tomó su cupón imaginario y pidió su tiempo fuera. Recuerdo sus palabras y las lágrimas continúan cayendo mientras me balanceo en la hamaca. La vista es magnífica, mucha gente envidiaría poder ver las olas romperse desde la ventana, sentir el salitre en cada respiro; pero yo cambiaría este paisaje por un presente en el que él me eligiera a mí sobre todas las cosas.

Mi celular suena en mi mano, es un mensaje de Luis, no quiero abrirlo porque estoy segura de que me dirá que esta noche tampoco vendrá; lo hace todas las noches. Pero tengo un poco de esperanza, quizá me ama lo suficiente y su mensaje es para decirme que vacíe uno de los cajones del clóset para su ropa.

«Estúpida y crédula Ainhoa...».

Luis: Lo siento. No puedo.

Noa: ¿Estás cortando conmigo por mensaje? ¿Ni siquiera tienes los cojones para decírmelo en la cara? Después de tantos años, decides que nos merecemos terminar nuestra historia por teléfono.

Luis: Lo siento. No te preocupes por mis cosas que quedaron en tu casa. Es mejor que no nos volvamos a ver.

«¡¿Qué carajos?!».

¿Qué siento ahora? Seguro piensan que otra vez voy a largarme a llorar por un gilipollas que me ha roto el corazón cientos de veces, porque hemos pasado más tiempo separados que lo que pasamos juntos, pero no. Estoy absoluta y completamente furiosa. Estúpido Luis, con sus estúpidos ojos azules y rubia cabellera, con estúpido torso esculpido y dorado por el estúpido sol de San Vicente.

Grito de frustración y agradezco que mis vecinos más próximos estén a unos cuantos kilómetros de distancia. En el momento que mi grito cesa, mi celular suena una vez más con una llamada de mi amiga Loreto y ya no puedo seguir ignorándola.

—¿Dónde coño estabas? Estaba a una llamada de coger mi coche e ir a buscarte. Odio que vivas en esa casa tan lejos del mundo y encima que el idiota ese se haya ido otra vez. ¿Ya te dijo cuánto tiempo se tomará esta vez?

—Creo que esta vez se tomará un poco más de tiempo del que acostumbra. —Doy un profundo suspiro—. Me acaba de decir por mensaje de que no va a volver. Puedes dejar de sonreír, sé que nunca te cayó bien.

—No puedes culparme, amiga. El tipo es un idiota, te lo dije en cuanto me lo presentaste. Sí, está buenísimo, es sexy y tiene una sonrisa baja bragas, pero todo eso bueno que tiene por fuera lo pierde por todo lo de adentro. Ahora, escúchame bien, te lavarás la cara, te sacarás el pijama y te pondrás la prenda más chula que encuentres en tu ropero. Irás a tu trabajo y luego pasaré a buscarte para que salgamos por unas copas.

—¿Y si él está ahí?

—Ay, Noa, mi amor, mi querida amiga, él es tan cobarde que ni siquiera se presentará a trabajar. Tú eres la fuerte; y si llega a aparecer, tú estarás tan bella que se odiará a sí mismo por haberte dejado, te pedirá regresar y tú le dirás “vete a la mierda”. Nos verá irnos de copas y lo lamentará el resto de su vida.

—Sabes que yo no bebo, Lore, y la verdad, no estoy con ganas de salir —respondo mientras me siento pesadamente en el sofá.

—Me importa poco si tienes o no ganas de salir, yo sí tengo ganas de salir y tú serás mi acompañante. No puedo esperar a tu primo toda la vida. —Doy un largo suspiro, ella sabe que ganó.

Mientras estaciono mi coche en la vereda de la oficina, no puedo evitar pensar en lo que pudo haber sido, el tiempo perdido, e intento convencerme de que las cosas pasan por algo, pero es difícil después de tanto tiempo comenzar de nuevo, empezar como si nunca hubiera existido.

Aquí estoy, apoyada en la pared, esperando que llegue el ascensor para subir al quinto y último piso donde está la editorial de la revista más importante de la ciudad, en cuya recepción permanece inamovible mi escritorio. Donde conocí a Luis, el asistente de la señora Ravelo, la esposa del editor en jefe.

Dejo mi bolso y mi abrigo en el perchero detrás de la silla donde he estado sentada hace más de cuatro años, pero mi vista se pierde en el box vacío de Luis. Recuerdo la manera en que reclinaba su silla para mirarme o se ponía de pie solo para mostrarme una hoja con un corazón dibujado.

Fue difícil verlo todos los días cuando nos habíamos tomado ese tiempo. Verlo sonreír a sus compañeros o contando chistes. Observar en cámara lenta cuando se levantaba y se paseaba con esos pantalones de vestir ajustados en las partes correctas y ese chaleco de lana azul que le quedaba tan bien. Siempre llevaba una sonrisa, no importaba el clima ni que nos hubiéramos peleado, ni siquiera cuando su jefa lo llamaba enfadada por teléfono y lo enviaba a hacer recados fuera del edificio. Ahora pienso que quizá no me amó de la manera que yo lo amé todo este tiempo, porque en ningún momento de esos tiempos que nos tomamos lo vi cabizbajo o con mirada triste.

Todavía duele y, definitivamente, el tiempo no cura todas las heridas. El tiempo te hace recordar todos los momentos vividos, los buenos, los malos; todo me recuerda lo que recuperamos después de tantas rupturas y lo que perdimos cuando él se marchó.

El día pasa muy lentamente y el hecho de que la señora Ravelo esté de pie frente a mí no ayuda a que mi día deje de ser una mierda total. El incesante golpeteo de su pie sobre el piso de madera hace que levante mi cabeza de la pantalla del ordenador para mirarla.

—¿Tu amiguito no vendrá hoy a trabajar? —pregunta, cruzando los brazos debajo de su pecho, fingiendo una sonrisa que hace notar el lápiz labial sobre sus dientes—. Llámalo y dile que, si no se presenta hoy, que se olvide de su bono, no voy a seguir tolerando que me falte el respeto de esa manera.

—No sé dónde está él, señora Ravelo —respondo, sosteniéndole la mirada.

—Así que finalmente lo hizo y te dejó. Finalmente se dio cuenta de que la carne madura es mucho más rica que la carne de corderito... —dice en voz baja, pretendiendo que nadie la escuche. Enarco una ceja y ella lo nota, eso la hace sonreír más—. Ay, querida, no seas tan ingenua... ¿Cuántas reuniones de emergencia va a tener un pobre asistente? ¿Realmente creíste que las llamadas que te rechazaba eran porque estaba ocupada ultimando detalles para la última edición? Que crédula, cariño... ¿No te diste cuenta de que todas esas veces tu amiguito no estaba en su cubículo? —¡¿Qué carajos?! Mi boca se abre cuando de a poco cada pieza va encajando.

»Sí, corazón. Todas esas veces, él sobre mí, yo sobre él, contra la puerta de mi despacho, sobre mi escritorio, contra la ventana, en el baño y cuando todos se tomaban su descanso para almorzar, lo hacíamos aquí. —Golpea mi escritorio con su larga uña pintada de rojo—. Tú nómbralo, cariño, y de seguro lo habremos hecho ahí también.

No emito ningún sonido. No tengo palabras para expresar lo que siento en este momento. Lo único que siento son unas terribles náuseas. Me levanto de un salto, voy a toda prisa al baño y devuelvo lo poco que había desayunado esa mañana.

No puedo seguir trabajando en este lugar, compartiendo cinco días de la semana con esa mujer que se folló al que era mi novio, sin importarle en lo más mínimo. Un lugar donde Luis me vio la cara de pendeja.

Se hacen las seis de la tarde, por suerte no me crucé con esa señora en ningún momento. Ocupo media hora antes de retirarme en redactar mi carta de renuncia y la dejo en el despacho del señor Ravelo, especificándole las verdaderas razones por las cuales dejaré de trabajar en su empresa. Vuelvo a mi diminuto escritorio para terminar de tipear hasta la última nota que me pidió y la envío por mail. Esto marcará el fin para Luis y Ainhoa, ya no volveré a pensar en él. Me desharé de todo lo que me recuerde al tiempo que pasamos juntos. Quemaré su ropa y sus cosas, sus notas afectuosas, sus malditos cupones de Time off. A partir de este momento Luis Antonio Ruescas ha dejado de existir.

Mientras espero el ascensor, ojeo las últimas noticias de mi red social, tengo que cambiar mi foto de perfil, no sé por qué aún no eliminé la estúpida foto donde Luis y yo estamos formando un corazón con nuestras manos. Todo eso me lleva a revisar las fotos y que el corazón se me estruje un poco. Subo al ascensor y sigo mirando las fotos. ¡¿Cómo pude ser tan estúpida?! Las señales estuvieron frente a mi nariz todo el tiempo.

El ascensor se detiene en planta baja, doy un paso adelante hacia el vestíbulo y alguien me quita el teléfono de la mano.

—¿Por qué te martirizas tanto, amiga? A mí me gusta mucho esa que te sacaste con Clau el último verano que estuvo aquí. Esa en la que los dos están riéndose —dice Loreto, y veo que pasa las fotos con el ceño fruncido a medida que caminamos a la salida del edificio—. ¿Sigues pensando en él? —Vuelvo mi atención a ella mientras niego con mi cabeza, sabe que miento—. Sí, claro. ¿Anoche dormiste con su ropa, verdad? —Se acerca a olerme—. Apestas a él, por lo menos te hubieras dado una ducha. ¿Sabes qué tendrías que hacer? Empezar de nuevo. Renuncia a este trabajo mediocre que te da más dolores de cabeza que felicidad y vuelve a hacer esas mermeladas y batidos, sigue refaccionando tu casa, termina esa habitación que ibas a hacer estudio y que dejaste por la mitad. Deberías invitar a tu primo Claudio a pasar el verano, como solías hacer antes de que empezaras a salir por última vez con el innombrable. Por Dios, Noa, si regresa, prométeme que no lo aceptarás de vuelta.

—¿A Voldemort? —Ambas reímos—. No te preocupes, si regresa no lo aceptaré de vuelta, acabo de presentar mi renuncia. Y también creo que tú solo estás buscando una excusa para volver a ver a Clau. Siempre me dices que no vas a esperarlo toda la vida, pero aquí estás insistiéndome para que lo invite.

Ella se sonroja y no me responde porque finalmente llegamos al local de ropa donde ella trabaja. Me dice que tiene que quedarse una hora más porque la compañera que cubre ese turno le avisó que llegaría un poco más tarde. Apenas da vuelta el cartel de la puerta, la tienda se llena de turistas.

La ropa que vende mi amiga es de muy buena calidad y tiene muy buenos precios, además, el trato que tiene Lore con la gente es de lo más amable. Una clienta le pregunta si tiene otro color de la blusa que le muestra, pero ella la convence de que ese color le quedaría increíble con su color de ojos. La acompaña hasta el probador, cierra la cortina y regresa para atender a más clientes.

Loreto es mi mejor amiga desde hace unos diez años, nos conocimos cuando pasó unas vacaciones con su familia, seguimos en contacto por muchos años luego de que regresó a Barcelona, y un tiempo después me sorprendió con sus maletas en la puerta de mi casa. Estuvimos algún tiempo viviendo juntas hasta que mi camino se cruzó con el de Luis y decidió alquilar un piso en el centro. Según ella, era demasiado tranquilo y extrañaba el bullicio de la ciudad, pero yo sabía que había sido porque no se llevaba bien con él.

Me quedo pensando en volver a abrir mi negocio de mermeladas, realmente siempre me fue muy bien con eso, la gente del pueblo siempre me pregunta cuándo comenzaré a entregar las muestras para probar. Pero preferí tener un sueldo seguro trabajando en la editorial que tener esos altibajos con una empresa propia. Ahora que no tengo forma de que el dinero entre a la casa, puede ser una buena excusa para volver.

También sería fantástico volver a ver a Clau, en cada videollamada que hacemos insiste en que lo invite, que me extraña, que extraña nuestras conversaciones de madrugada mientras él busca su inspiración para nuevas canciones. El problema de invitarlo o no siempre fue Luis, a quien le molestaba que siempre estuviera con mi primo en vez de estar con él, pero cuando estaba con él se distraía con los videojuegos en los que no me dejaba participar o veía esas películas antiguas de acción que solo a él le gustaban.

Sonrío mientras pienso en lo bien que lo pasaba con Clau todos los veranos, incluso cuando mamá se mudó y estábamos solos. Se pondrá muy feliz cuando se entere de que nos volveremos a ver después de tanto tiempo.

Noa: ¿Qué planes tienes para este verano?

Le escribo en un mensaje y la respuesta no tarda en llegar.

Clau: Embriagarme mientras espero que me invites a tu pueblucho para pasar el verano.

Noa: Qué gracioso.

Clau: ¿Cómo estás? Espero que no sigas llorando mientras miras películas de acción abrazada al oso de felpa que te regaló.

Noa: Ja, ja, ja. Si sigues haciéndote el listillo conmigo, no te invitaré a pasar el verano en mi aburrido pueblo.

Clau: De acuerdo, no más comentarios listillos por los próximos treinta y seis segundos. ¿Tiraste todas sus cosas ya?

Noa: :(

La respuesta no llega, aparece como que está escribiendo y borrando y luego solo dice “en línea”. A los pocos minutos su cara tonta aparece en la videollamada. Lo atiendo mientras me siento en la silla alta detrás de la caja registradora.

—No aprendes nunca ¿no? El tipo es un gilipollas, no se merece que sigas pensando en él —es lo primero que dice—. Igual lo siento mucho por ti y por tu pobre y herido corazón.

—Sí, veo que lo sientes mucho. Deberías avisarle a tu cara.

—De verdad, lo siento por ti, Noa. Sé cuánto le querías. Pero prométeme que si regresa rogándote perdón, no lo dejarás volver a entrar.

—¿Por qué la gente sigue diciéndome eso? No soy tan idiota como para aceptarlo de vuelta después de haberme enterado de lo que hacía a mis espaldas.

—Es porque te conocemos lo suficiente, Noa, y porque te amamos. Ahora, prométemelo y quiero ver tus manos. —Dejo el celular sobre el mostrador de la tienda, le enseño los dedos del medio de mis dos manos y se lo prometo.

—Amiga, perdóname. Tendrás que esperarme un poco más, la gente no deja de entrar y mi compañera no llega —dice Loreto, acercándose.

—No te preocupes, cariño. Aquí te espero.

—¿Recuerdas como registrar las compras y cobrar? —Asiento con la cabeza y me pide que le cobre a la primera mujer que atendió. Una vez que se marcha, vuelvo mi atención a Clau.

—¿Tu caliente amiga está ahí contigo? ¿Le enseñaste la nueva canción que escribí?—Ruedo los ojos.

—Me has enviado tantas canciones para que “casualmente” le haga escuchar que ya no sé de cual me estás hablando.

—La que habla del amor eterno.

—Ochenta por ciento de tus canciones hablan de amor eterno. Pero no te preocupes, todas las canciones que me envías siempre llegan a sus oídos. Es más, una vez por semana me pregunta si me has enviado algo nuevo. Tiene activas las notificaciones de tu canal.

—Aw, mi fan número uno... —dice, arrugando la nariz mientras coloca una mano en su pecho. —Déjame verla, pero que no se dé cuenta. —Ruedo mis ojos y giro la cámara mientras mi amiga está subida a una escalera, buscando algo en los estantes superiores para un cliente—. Pero qué belleza, joder. Es lo que más extraño de ese pueblucho… —Vuelvo a girar la cámara y lo miro con el ceño fruncido—. Claro que no, cabeza hueca, tú eres lo que más extraño. Ella solo está que echa humo y me gustaría darle hijos y otras cosas que seguro no querrás escuchar…Entonces, faltan cuatro meses para el verano, tiempo suficiente para que pases tu duelo y vuelvas a hacer la loca Ainhoa a quien tanto amo. Y, por favor, toma un poco de sol, vives en una casa que está junto a la playa y estás tan pálida como si vivieras recluida todo el tiempo mirando las estúpidas películas de acción que estabas obligada a mirar por él, vistiendo su ropa. —Miro hacia otro lado mientras hago una mueca—. Maldita sea, Noa, creo que iré antes y personalmente quemaré sus cosas y tiraré todas esas películas de mierda. —Río, así como no me reía hace un largo tiempo, mientras cobro a otra clienta.

—Hoy me enteré de que se follaba a mi jefa y estuve sintiéndome mal todo el día... —Libero un suspiro—. No tienes que decir nada, soy una estúpida por creer las pobres excusas que me daba cada vez que se iba. Solo no le digas nada a mamá, por favor. ¿Has sabido algo de ella?

—Hace un mes fui a visitar a mi amigo de Buenos Aires, ¿recuerdas a Rafael? El abogado que conocí en Madrid cuando trabajaba de asistente en esa multinacional de la que me despidieron por hackear la máquina expendedora…

—No sabía que por eso te habían echado. Eres un desastre para conservar empleos, primo.

—Lo sé. Es que mi amor por la música es mucho más fuerte que cualquier empleo. Pero bueno, ella está bien, finalmente encontró al turista que le estuvo regando la flor hace unos veranos.

—Eres un ordinario... —digo, con cara de asco.

—Eso ya lo sabes, prima. Ahora, escucha esto: están viviendo juntos, y el tío este, si no lo recuerdas con claridad, tiene nuestra edad. —Cubro mi rostro con mis manos.

—Por dios, ¡es una adolescente de nuevo! Le enviaré condones con la próxima encomienda.

—Oye, tengo que irme, mi descanso se terminó y mi jefe me está mirando como si estuviera oliendo mierda. Espera que le diga que en cuatro meses me voy. Lo filmaré para ti y te lo enviaré.

Luego de una corta despedida, colgamos y veo una notificación de una aplicación que había olvidado que tenía. “No olvides registrar tu período”. Siento que me falta el aire, siento demasiado calor. Mis piernas se sienten como de gelatina y no es por amor.

Me niego a creer en la posibilidad de que quizá mi malestar físico sea producto de eso que no quiero siquiera pensar. Abro la aplicación, hace tres meses que dejé de registrar mis períodos. Intento hacer memoria de cuándo fue la última vez que tuve la regla y no logro recordarlo. Según la última vez, debería venir los primeros días del mes. Seguro que esta noche mi período cae como una tormenta. De repente siento lo mismo que me pasó esta mañana en la oficina y voy corriendo al baño del local. Largo todo.

La puerta se abre y se asoma mi amiga con un vaso de agua y su cara de preocupación. Miento diciéndole que seguramente fue el licuado de esta mañana. Obvio que no me cree, pero lo deja pasar. Le pido disculpas por no salir con ella esta noche como habíamos planeado y me despido con la excusa de que tengo que planificar las cosas para reabrir mi emprendimiento abandonado y lo primero que hago es ir a una farmacia. Esta duda tiene que terminar hoy.

Llego a casa en mi coche, bajo las bolsas con los cuadernos nuevos, algunas bolsas con frutas, una pizarra nueva y la pequeña bolsa sobre el asiento del copiloto brilla como si tuviera luces de neón. Lo llamo a Clau una vez que orino en el palito, le coloco la tapa protectora y lo dejo sobre la encimera del baño.

—Compré un test de embarazo —digo sin siquiera saludarlo, mientras muerdo la uña de mi pulgar—. Olvidé de llevar la cuenta... No sé qué voy a hacer si da positivo, Clau. Yo no quiero volver a ver a Luis. Sí, aún lo extraño, pero no quiero que vuelva por esto y menos cuando me enteré de lo que estuvo haciendo frente a mis narices.

—Tranquilízate, quizá es una falsa alarma. Eres la mujer más irregular que conozco—Enarco una ceja y eso lo hace reír.

Me olvido por unos segundos de por qué lo llame, pero la alarma de mi reloj indica que los cinco minutos de espera terminaron. Me levanto, no me animo a mirar, así que apunto el teléfono y dejo que lo mire él primero. Estoy de espaldas a la encimera. Vuelvo a apuntar el teléfono para verle la cara, su mano tapa su boca y su palidez es más notoria. Eso me lleva a girarme sin vacilar y ver por mí misma el resultado.

Capítulo 3

Ainhoa

Escucho a Clau decir mi nombre mientras estoy sentada en el suelo del baño, no me importa que mi trasero se esté congelando por el frío de las cerámicas, solo quiero a alguien que en ese momento me abrace y me diga que todo va a estar bien.

—Oye, Noa. Carajo, quisiera estar ahí ahora—dice, frustrado—. ¿Por qué tuviste que quedarte sola en ese pueblo de mierda? Dejaré mi trabajo y estaré ahí en unos días.—Eso me hace reaccionar y tomar el teléfono del suelo.

—Te prohíbo que lo hagas —digo, secando mis lágrimas—. Tengo a Loreto, no estoy sola…

—¡Pero ella vive del otro lado del pueblo! —Frota su mano en su cara—. ¿No se cuidaban?

—Claro que sí, pero sabes que los métodos anticonceptivos no son cien por cien efectivos. ¡Soy una estúpida! —Respiro entrecortadamente, mientras mi primo me dice palabras de aliento—. ¿Qué voy a hacer, Clau?

—Estarás bien, cariño. No estarás sola.

—Pero no sé nada de cuidar bebés.

—Serás la mejor mamá del mundo, creo que, incluso, mejor que la mía. —Sonrío un poco mientras seco una lágrima.

—¿Mejor que la tía Irma? —Asiente, sin dudar, con la cabeza—. Creo que me estás dando demasiado crédito.

Llevo el móvil hasta mi habitación sin cortar la llamada. Me acuesto y le pido a mi primo que no corte hasta que me duerma, él no lo duda ni un segundo. Le pido que toque una canción con su guitarra y lo hace mientras canta algo acerca de que por más que la vida te golpee, siempre tienes que levantarte, que si el camino está repleto de piedras, te consigas unos buenos zapatos de alpinismo y camines sobre ellas, y que si te encuentras rodeado por nubes negras, siempre vas a encontrar ese pequeño rayo de sol que logrará hacerte sonreír.

Es sábado. Despierto con la luz del sol que entra por mi ventana, mi teléfono está tirado en el suelo y llevo puesta la misma ropa que tenía anoche antes de hablar con mi primo. Abro la ventana para que el viento se lleve todo lo sucedido el día de ayer. Contemplo el sol que apenas se ve en el horizonte, el inmenso mar que parece pintado con sus aguas tan cristalinas. Un horizonte tan maravilloso que puedo apreciar por unos minutos hasta que caigo en la realidad: estoy embarazada.

Siento el estómago cerrado, pero igualmente intento tomar algo liviano. Llevo mi taza favorita llena de té y algunos bizcochos, voy hasta la parte de atrás de la casa y me siento en los escalones que dan a la playa. Me abrazo a mí misma mientras espero que el té se enfríe un poco. ¿A quién quiero engañar? Estoy completamente sola, sola para enfrentar esta nueva etapa, rebalsada de temor porque no sé cómo voy a poder manejar todo esto.

Consigo una cita con mi médico para dentro de cuarenta minutos. Me apresuro para bañarme y vestirme, necesito llegar al centro lo más rápido que pueda. Tomo mi abrigo y las llaves de mi coche. En el camino me reprocho no haberle contado a Loreto, de haberlo hecho, tendría a alguien que me sostuviera la mano mientras espero ser atendida.

Mientras aguardo sentada a que digan mi nombre en la sala de espera del consultorio repleta de personas, mi cabeza comienza a maquinar todos los posibles escenarios de mi futuro. No quiero a Luis de nuevo en mi vida, mucho menos si vuelve obligado por un embarazo no deseado, tampoco puedo ocultárselo, aunque desde aquel mensaje no he vuelto a saber de él.

—Ainhoa Martínez, consultorio cuatro—dicen por el altoparlante. Mi médico de casi toda la vida me recibe con una sonrisa y un apretón de manos.

Me pregunta por mi mamá, mi primo, mis tíos y luego me pregunta qué fue lo que me trajo a su consultorio. Cuando le cuento sobre el resultado del test, me observa con los ojos muy abiertos, creo que está algo decepcionado. Me da unas indicaciones, varias recetas para comprar vitaminas, una orden para una ecografía dentro de un par de semanas y otra para un análisis de sangre. Me dice que regrese cuando tenga los resultados de los estudios.

***

Lo más difícil fue decírselo a mamá, porque tenía que contárselo por videollamada. Ella había aceptado un trabajo en Argentina, aunque todos sabemos que fue detrás de ese turista que le robó el corazón unos meses atrás y desapareció del mapa. Es una adolescente atrapada en un cuerpo de una adulta, persigue sueños, le fascina ir de compras y su mejor amiga soy yo.

Respiro profundo mientras veo la foto de perfil de mi madre en la pantalla de mi teléfono y espero pacientemente que responda.

—Tienes que tener una muy buena excusa para llamarme a las cuatro de la mañana...

—Lo siento, aún no me acostumbro a las cuatro horas de diferencia. Pero sí, es muy importante —respondo, y trago saliva—. Verás, la extraña relación que tenía con Luis se terminó... Hace unos meses se tomó su tiempo fuera, como suele hacerlo cuando no podemos llevarnos bien.

—Nunca voy a entender esa extraña relación que tenían ustedes, pero no te voy a negar que me alegra que finalmente se haya terminado, ese muchacho no te hacía bien.

—Lo sé, todos aquí me han dicho lo mismo. Pero bueno... —¿Desde cuándo me cuesta tanto decirle la verdad a mi madre?

—Vamos, niña, debo levantarme en unas horas para ir a trabajar y quiero dormir un poco más. Si tanto te cuesta decírmelo, puedes llamarme más tarde y dejas a tu mami dormir un poco más.

—Estoy embarazada —le suelto, y ella abre por completo sus ojos, que estaban entrecerrados por el sueño. Y, por supuesto, no repara en gastos para regañarme, casi puedo imaginarme un vociferador gritándome todas esas cosas. Que la protección, que la planificación familiar, la responsabilidad. Invento una excusa de que tengo otra llamada, me despido de ella y de su ceño fruncido.

Luis no responde mis llamadas, le dejo un mensaje voz en el buzón y luego le escribo para que se comunique conmigo lo más rápido posible, veo que lee el mensaje, pero no tengo respuesta.

Luego voy a visitar a Loreto a la tienda. Ella me abraza, pero a su vez me regaña porque no le avisé antes para que pudiera acompañarme a la cita con el médico. Se olvida de todo cuando le anuncio que en menos de cuatro meses mi primo pasará sus vacaciones en San Vicente; eso la hace sonreír de esa manera que solo él puede provocarle.

—En dos semanas tengo que hacerme un ultrasonido, me gustaría que me acompañaras —le digo, ella vuelve a abrazarme y a dejarme cientos de besos por toda la cara.

—Me alegra que me lo pidieras. Seré la tía más genial que tenga ese bebé. ¿A que sí, pequeña bolita? —Ahora le habla a mi barriga y no puedo evitar sonreír.

***