Donde soy yo - Cecilia Cava - E-Book

Donde soy yo E-Book

Cecilia Cava

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Beschreibung

¿Cómo puede un lugar significar que en realidad tenía otros ojos, pero que aún no los había descubierto? En Donde soy yo, la autora nos lleva en un viaje personal y apasionante que abarca poco más de tres décadas de conexión con un mágico rincón de Córdoba: Capilla del Monte. A través de sus propias vivencias, nos sumergimos en un mundo de experiencias únicas, proyectos inspiradores y sentimientos profundos. Aunque no se trata de una crónica sobre ese pueblo serrano, sino más bien de la narración de cómo este lugar ha sido el telón de fondo de su propia historia. Las anécdotas y metáforas se entrelazan con sus reflexiones personales, creando un relato que resuena con la esencia de la vida misma y le habla al lector como si mediara entre ellos una taza de café. A medida que avanzamos en esta narrativa íntima, descubrimos cómo la magia de Capilla del Monte ha influido en la transformación de la autora y en la revelación de su verdadera esencia. Este relato autobiográfico nos invita a explorar nuestro propio poder de descubrimiento y a apreciar la belleza que a veces pasa desapercibida en nuestras vidas. Donde soy yo es una ventana a la conexión entre un individuo y un lugar, un testimonio de cómo el entorno puede moldear nuestras almas y revelar nuestra verdadera naturaleza.

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Seitenzahl: 153

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Cava, Cecilia Emma

Donde soy yo / Cecilia Emma Cava. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

162 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-817-2

1. Autobiografías. 2. Memoria Autobiográfica. 3. Memorias. I. Título.

CDD 808.8035

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Cava, Cecilia Emma

© 2024. Tinta Libre Ediciones

En cada atardecer de Capilla, se cuela algo de mí.

Agradezco

¿Se puede agradecer al viento?

¿Cómo agradecer al río?

¿Cómo agradecer a un atardecer naranja?

Voy a comenzar por el primer hombre y la primera mujer en la historia del mundo, porque gracias a ellos y a la descendencia de miles de años, mis padres se conocieron y me engendraron. Si eso no hubiese sucedido, esto tampoco. Entonces gracias a papá y a mamá, “Cacho” y “Chicha”, que me vieron subir al micro en el primer viaje y que seguramente saben lo que está pasando.

A la librería Guido del barrio Caballito, por proveerme de catorce biromes negras de trazo grueso, como a mí me gusta, para “manuscribir” todas mis notas. Y por hacerme descubrir la libretita roja de la marca Vacavaliente de la cual nunca me despegué.

A mis hijos Tomás y María por preguntar, acompañar y estar siempre.

A mi nieta Úrsula, porque por el solo hecho de haber nacido me dio aún más impulso creador y más motivación para continuar.

A la librería Libros del Pasaje en el barrio de Palermo, por permitirme pasar horas y horas ahí y ser uno de mis refugios ideales para escribir este libro.

A la editorial, por confiar y hacer que esto sea posible además de acompañarme en todo el proceso, desde mis constantes preguntas respecto a todo hasta la concreción.

A mi profesor de taller Iván Tello, con quien descubrí en profundidad quién era esta “yo escritora”.

A Fausto, compañero de taller que cuando yo me obsesionaba por la cantidad de hojas que tendría este libro —aspiraba a más— me dijo: “¿Vos te fijaste cuántas hojas tiene El Principito?”, y me dejó pensando.

A mi hermana Adriana por su frase de cabecera, “nunca dejes de perseguir tus sueños”. Yo perseguí este y estoy acá.

A Capilla del Monte por correr en mis venas.

A Él, mi gran amor, por estar permanentemente, por acompañarme en cada paso, por motivarme y estimularme todo el tiempo, por haber escuchado los primeros capítulos, por haber llorado de emoción, porque eso me confirmó que iba por buen camino.

Y a mi soledad, que fue la mejor compañera durante estos años escribiendo.

Dedicado a Él y a mis guardianes

¿Cómo puede un lugar significar que en realidad

tenía otros ojos, pero que aún no los había descubierto?

Prólogo

Nunca antes escribí un libro, y si bien este ejemplar pretende serlo, el lector tendrá la última palabra. Es decir, vos, que estás ahí vaya uno a saber por qué, sosteniendo esto con tus manos. Buen comienzo, sin duda…

Me gustaría que pudiéramos crear un vínculo entre nosotros. Solo imaginate, mientras me leés, que te lo estoy contando personalmente, que me estoy “confidenciando” (suelo inventar mis propias palabras, ojalá el editor las acepte) mientras compartimos un mate, un café, lo que te guste. Yo voy por el mate.

En 1989, mientras estaba de novia con mi actual compañero —a partir de ahora, Él—, nos fuimos juntos a Capilla del Monte, Córdoba.

Para mí, era la primera vez.

Pasaron muchos 365 días hasta hoy, y en cada una de mis visitas a ese lugar surgieron algunos de los escritos que vas a leer acá.

No sé qué va a pasar después de que me embarque en esta aventura de palabras, de poesía y metáforas. Lo que sí tengo claro son algunas cosas que te adelanto para que decidas si seguís conmigo hasta el final.

Si sos una persona estructurada para leer, si necesitás un cierto orden de lectura, no me leas. Soy desordenada: así como en mi vida toda, en el papel también.

Estoy convencida de que dentro del desorden, también hay magia.

Tal vez haya elementos inconexos, anécdotas, paréntesis en el medio. Tal vez, capítulos aparte sobre algunos temas. Metáforas: bastantes pero contundentes, para mí. Relatos… No lo sé, porque estoy empezando por esto que se supone sea un prólogo, aunque tampoco es sencillo.

Todo lo que leas que no te esté contando a vos y que veas en letra cursiva es lo que escribí respirando ese aire de las sierras, bajo cielos estallados de misterio y rodeada de naturaleza viva.

Si conocés Capilla, puede que te sientas identificado/a con lo que leas; o no, las emociones son únicas aunque a veces parezcan similares. Seguramente me vas a entender, pero solo si sentís tanto amor por este lugar o por otro que te haga vibrar. A veces parece que exagero, pero no.

Es idílico lo que puede provocar el estar en un espacio determinado o lo que puede nacer como proyecto estando ahí. Y esto es justamente lo que quiero contar.

Y si no conocés Capilla del Monte, este libro intenta plasmar mi todo… Todo lo que me inspira esta ciudad —aunque a mí me gusta pensar que es un pueblo— cada vez que piso su tierra. No es mi lugar en el mundo, es EL lugar en mi mundo.

1. Solo les aviso que voy

Estaba de novia hacía ya seis años y medio, y nuestras vacaciones siempre habían sido por separado. Yo, a la costa con mamá y papá, o con mis tías y mi abuela; y Él, con su familia a Capilla del Monte, Córdoba.

La relación con mis padres merecería un libro aparte, pero algunas cosas van a salir acá indudablemente.

Nunca tuve problemas en mi noviazgo en relación con los “permisos”. Mi hermana Adriana siempre dice que a mí me dejaron hacer muchas más cosas que a ella. Pero bueno, cada una hizo lo que pudo y como pudo. Fueron distintas épocas, y la cabeza de los padres con el tiempo va cambiando.

Siempre había presupuesto que no me iban a dejar ir con Él de vacaciones: a pesar de los “permisos” obtenidos, eso ya tendría otra “gravedad” (sarcásticamente hablando, por supuesto). ¡Cómo me iba a ir sola con él!, ¡algo tremebundo e impensado! (sarcasmo dos). Mientras tanto los años iban pasando del mismo modo, con mi gran deseo de ir.

Pero un día tomé la decisión y empecé a decirles a mis padres —más bien a informarles—, en tono de broma (aunque en realidad iba muy en serio), una frase que repetí cada vez que pude durante todo 1988.

El día de la partida hacia allá, estábamos en la terminal de Retiro con Él y papá y mamá, que nos habían llevado en el auto. Al subir al micro, luego de la despedida con abrazo, mi emoción por ese sentimiento de libertad tan anhelado —ya tenía veinticuatro años— iba in crescendo.

Una vez sentada en la butaca, miré por la ventanilla y los vi ahí, paraditos los dos, mamá con una sonrisa tal vez un poco disimulada pero acertada y papá con una mirada que representaba que se le estaba arrancando una parte de él. Y ahí sí, se me estrujó el cuerpo.

Fue el único momento en el que quise llorar; no recuerdo si lo hice o no, pero sé que lo sentí.

Finalmente el micro arrancó, creo que era un Costera Criolla, y entonces levantaron sus manos y yo la mía, para saludarnos. Sentí una opresión inevitable en el pecho que duró un rato largo. Pero me iba con Él, como quería. Y sí, ahí sí lloré.

La frase de todo el 88 fue “solo les aviso que voy”, sin ningún tipo de parecido con una pregunta sino como afirmación; era un adelanto, o como quieras llamarle. Surtió efecto, mis viejos jamás se negaron ni demostraron disconformidad, y los amé más por eso.

Entonces, empezó todo.

2. ¡Abrí los ojos!

Me quedé dormida en el micro, o al menos eso creí.

Era la primera vez que hacía un viaje tan largo para ir de vacaciones.

En esa época no existían los celulares, por lo tanto se disfrutaba más. Creo que si esto hubiese sido en la actualidad, habría estado escuchando música en Spotify.

Al poco rato de salir, comimos una tarta de verduras con paté que había preparado yo. Hoy lo pienso y me revuelvo; no sé si volvería a comer eso, pero nos gustaba a los dos.

El sonido del micro en la ruta me producía algo especial, y me daba la sensación de que iba rapidísimo. Miraba el cielo estrellado y la luna que apenas iluminaba los costados del camino.

Estaba toda torcida en el asiento, tapada con una manta y mi bolso de mano, del cual no me despegaba, debajo de las piernas. Por lo tanto, “dormida” es solo una forma de decir.

La madrugada estaba a pleno cuando Él me sacó de ese estado de sueño alfa.

—Mirá, mirá lo que hacen los choferes.

Me asomé al pasillo y los vi.

Con el micro en movimiento, ¡intercambiaban lugares! Así el que manejaba se iría a descansar y su reemplazante podría continuar. Quedé absorta.

—¿Por qué hacen eso?

—Para no parar el micro.

Por un momento sentí terror.

—Siempre lo hacen —me dijo con expresión de nada.

Volví a quedarme dormida como pude y en la posición que encontré, que no era la mejor.

Sentía el movimiento parejo del andar por la ruta, como una mecedora para bebé; eso ayudaba.

Eran poco más de las 4 a.m., y paramos un rato en Belle Ville. Este era el momento en el que los choferes bajaban a comer. Hora extraña para asado, pero juro que los vi —y bien ávidos— frente a esos platos con carne, chorizo y morcilla. Evidentemente sus horarios eran diferentes. Se reían a carcajadas, lo pasaban bien. Era divertido ver tantos hombres en camisa blanca y corbata comiendo asado.

Lo que más me gustaba de ese lugar era la cantidad de perros que venían a saludar. Especiales, diferentes; les veía una cara distinta al resto. Tan mimosos, tan tiernos, tan necesitados de afecto, que me costó volver a subir al micro. No entendía por qué había tantos, muchos abandonados, otros que habrían llegado de lejos y encontraron un asilo, además de amor por parte de los viajeros. Pero había que continuar.

No sé cómo hice, pero una vez en el asiento se me sellaron los ojos.

Un par de horas después, me empecé a mover bastante incómoda.

—Pety. —Siempre me llama así—. Ya se empiezan a ver las sierras.

Estaba amaneciendo.

Miré por la ventanilla y a lo lejos se divisaba un débil cordón, parecía un boceto que delineara un paisaje tenue y gris, en carbonilla.

En ese momento sentí algo en el cuerpo. Era raro, emocionante y distinto a todo. Una especie de hormigueo.

La ansiedad, algo muy mío siempre, estaba empezando a asomar y quise paralizarla. En un intento de que el viaje se hiciera más corto, volví a cerrar los ojos y creo que ahí sí, me quedé profundamente dormida por fin.

Me desperté ya en pleno día, y el paisaje había cambiado. Estábamos rodeados de vegetación a los lados del camino. El micro avanzaba rápidamente por una ruta sinuosa, haciendo que mi estómago empezara a revolverse. Siempre me pasaba esto desde chiquita…

—¿Dónde estamos? —Intenté despegar los ojos y las náuseas se hicieron más intensas.

—En el camino de las sierras, ya falta poco para llegar a Capilla.

Su mirada se perdió en el horizonte infectado de color verde, lo noté embelesado. Siempre me había hablado de ese lugar, sin saber siquiera lo que me iba a pasar a mí una vez allá.

—¿Te gusta? —me preguntó, pareciendo volver a la realidad.

—No lo puedo creer.

Fue lo único que dije.

Pasada media hora, más o menos, me sentía bastante inquieta y molesta por el vaivén.

—Pety. ¡Mirá! ¡Abrí los ojos! —Esta vez su tono de voz me estaba diciendo algo distinto.

Solo eso bastó para que, como por impulso, saltara en el asiento y me incorporara. Vi lo que después iba a ser algo imborrable en mí.

—Ese es el cerro Uritorco.

En ese momento volvió a las andadas esa sensación inexplicable que anteriormente había sorprendido a mi cuerpo.

De golpe me acordé de papá y mamá en la estación, despidiéndome, y se confundieron mis sentimientos. Tenía angustia, porque ya estaba lejos de ellos, pero al mismo tiempo se me erizaba la piel ante la majestuosidad de lo que veía.

—Y esas son Las Gemelas.

Miré hacia la derecha y ahí estaban ellas, como dos pechos gigantes en actitud turgente y suave.

Pero mi mirada volvió al cerro que cada vez se hacía más visible, hasta que completó su figura.

Sentí deseos de llorar, pero no sabía que aún no había visto nada.

PARÉNTESIS

Todo lo relatado hasta aquí sirvió, a modo introductorio, para contar cómo empezó esta gran locura emocional.

En este intento de relato autobiográfico vendrá una sucesión en cascada de cosas sueltas, la transcripción de mis escritos, sensaciones, emociones, anécdotas, cuentos, palabras, algo de autoayuda —¿por qué no?—, locuras, corduras —no demasiadas— y un conjunto de más de treinta años de visitas y sucesos relacionados con Capilla.

Ahí va.

  

Necesito encontrar un camino donde poder transitar, con piedras que no sean un obstáculo sino parte de un bello paisaje.

3. Un poco de mí

¿Ser breve? Lo intentaré. Un poco difícil cuando viví cincuenta y ocho años como si fueran ciento siete. Lo que acabo de escribir estaría indicando que tengo… ¿una buena vida vivida? ¿Una vida muy sacrificada? ¿Intensa? ¿Desbordante? Demasiado para ponerme a filosofar en este momento, creo que eso sería para otro libro.

El 7 de junio de 1965 a las 3.10 a.m., llegué a este mundo en medio de una extrema tormenta; así lo contaba siempre mamá. Me pregunto si de ahí viene mi devoción por los días de lluvia, más cuando los vientos arrasan. Podría ser…

Dije que iba a ser breve pero es probable que, conociéndome, me vaya un poco por las ramas.

Abro paréntesis. Cuando escucho la expresión “irse por las ramas”, se me representa el cuerpo de una persona como si se abriera en partes que se deslizan por un árbol frondoso. Una especie de tentáculos que se desparraman. Cierro paréntesis.

Tuve una infancia de esas “antiguas”, con algunos recuerdos en blanco y negro y otros en tonos sepia. Mamá me preparaba el café con leche con galletitas Express. Recuerdo que las rompía en pedacitos y las sumergía en la taza. Cuando ya estaban impregnadas y era toda una mescolanza, las comía con la cucharita. Acaba de venir ese sabor a mi boca.

Éramos cinco, mamá, papá, mi hermano Dany, mi hermana Adriana y yo. Era una época en la que el horario de los “dibujitos animados” duraba entre media y una hora, no más, porque no había miles de canales con programas infantiles. Entonces era feliz, muy feliz, y me gusta pensar en esa felicidad que ahora no tengo, porque la vida te va golpeando duro.

“Ser feliz”. Soy una convencida de que no existe la felicidad plena, sino que hay momentos felices.

No tengo más que buenos recuerdos de mi niñez.

A mi adolescencia, como lo anticipa la palabra, la “adolescí” y bastante. En general no me gusta mucho recordarla, no porque haya pasado algo grave sino porque no me gustaba estudiar. Era vaga, muy vaga, y me llevaba materias todos los años; no una ni dos ni tres, entre seis y siete. Eso sí, las rendía y pasaba siempre de año.

Una vez mi papá me regaló un perrito de cerámica, con una tarjeta que decía algo así: El resultado obtenido del sacrificio demuestra que hay madera. En ese momento pensé en una tabla grande, pero luego entendí lo que encerraba esa frase.

Lo que me trae los mejores recuerdos fue haberlo conocido a Él. En ese momento teníamos los dos dieciséis años. Mi prima Susana había hecho un “asalto” en su casa. Era 21 de noviembre de 1981.

Veo esto como una película de los 80: estaba sentada y, cuando llegaron los chicos —porque siempre era así, primero llegábamos nosotras y luego ellos—, lo vi a Él y quedé realmente flechada; él también me miró y sentí vergüenza, entonces miré para otro lado. Cuando sonó el primer lento, “Conociéndote”, de César “Banana” Pueyrredón, se me acercó y me dijo “quiero bailar toda la noche con vos”. Y así fue, no porque lo hubiera decidido él sino porque yo quise, fuertemente necesité estar toda la noche con él.

No voy a entrar en detalles porque después de ese día hubo varias idas y venidas. Y no volví a verlo, pero siempre pensaba en él. Hasta que nos reencontramos, ya que en mi curso organizábamos un baile de egresados para juntar fondos por el viaje a Bariloche. Esa era mi posibilidad de reencuentro. Lo llamé —bastante atrevida—, me atendió su mamá y me dijo que había ido a jugar al fútbol, que cuando volviera le avisaría.

—¿Cómo te llamás, así le digo?

—Cecilia —le respondí, no sé por qué con vergüenza. Pero más vergüenza me dio su respuesta:

—¡¡Ah!! La famosa Cecilia.

—¿Qué?

—Nada, nada, no te preocupes, le digo que te llame.

Y ahí colgué el tubo del teléfono color crema que había en casa y pensé: «¡Él habló de mí!».

Con ese pensamiento permanente en la cabeza esperé su llamado, y así fue como a las 23.30 sonó el teléfono.

—¡Cecilia! —La voz de mi papá, desde abajo en la escalera, me sobresaltó.

—¡Qué!

—¿¿Quién es Carlos?? —En vez de decirme “es teléfono para vos”, el guardaespaldas se apoderó de su cuerpo y le obligó a preguntarme eso.

Lo recuerdo con tanto amor que ¡quisiera abrazarlo! Hoy me resulta anecdótico, en el momento me quería morir de la vergüenza.

—¡Dejá, papá, es para mí! ¡Cortá, que atiendo de acá!

Esa era la típica cuando tenías más de un teléfono.

Hablamos un rato y le comenté sobre el baile, que no era el del “Encanto bajo el Océano”. ¿Te suena a algo esto? Pero para mí, fue mágico de todos modos. No dudó un instante en preguntarme cuándo le podía dar las entradas, y yo no dudé un instante en responderle “mañana”.

El 16 de mayo de 1982, en un colegio ubicado en la calle El Salvador al 5500 en Palermo, en pleno baile y con todos disfrutando, yo esperaba ansiosa a que llegara con sus amigos, pero el tiempo pasaba y no aparecía.