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Desastre número uno: Hacía diez años que Kristin había acusado erróneamente a Matthew Lingard de destrozar su vida. Había montado tal escena en un restaurante, que él había perdido la oportunidad de firmar un contrato para un fabuloso empleo y a su novia. Desastre número dos: La perspectiva de tener a Matthew como jefe era suficiente como para que Kristin estuviera asustada. Por el momento, parecía que él no la había reconocido, pero seguramente era sólo cuestión de tiempo. Desastre número tres: Y la guinda fue verse atrapada en el dormitorio de Matthew. Viéndose obligada a pasar la noche con él, Kristin estaba decidida a mantenerse inmóvil en su lado de la cama. Hasta que surgió la pasión…
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Seitenzahl: 193
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1998 Elizabeth Oldfield
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Dormitorio compartido, n.º 1032 - abril 2021
Título original: The Bedroom Incident
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-590-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Si te ha gustado este libro…
MATTHEW Lingard trató de relajarse reclinándose sobre el asiento de piel y estirando las piernas. La lluvia volvía a caer caprichosamente en otra tormenta primaveral, de modo que se quedó en el coche esperando a que escampara.
Sonrió. Le habían ofrecido una gran oportunidad, iba a ser un gran desafío, pero podía hacerlo. Sabía que podía hacerlo. Iba a relanzar el Ambassador, un periódico al que los expertos habían pronosticado el fracaso para Navidad. Lo relanzaría llenando un vacío en el mercado y alcanzando un gran éxito, se dijo. Aunque desde luego le iba a llevar tiempo, dedicación, sudor y lágrimas.
Observó las gotas de agua sobre el parabrisas. Después de dos meses reuniendo información, tomando miles y miles de decisiones y pensando, sólo quedaban diez días para que el periódico saliera a la calle. Y un asunto que resolver: buscar a un nuevo redactor jefe para la sección del periódico cuyo nuevo propietario insistía en llamar las páginas femeninas.
De pronto una voz procedente de un coche aparcado llegó hasta su somnolienta conciencia. Era una voz femenina y decidida.
–¡El sexo es aburrido!
Matthew bostezó, parpadeó y trató de despertarse restregándose los ojos con los puños. Era imposible que estuviera de acuerdo con esa afirmación pero, ¿habría oído bien?, se preguntó.
–Lo es, es aburrido –declaró la voz.
Matthew se retiró la manga de la chaqueta y miró el reloj. Eran más de las seis. Colocó el asiento del coche en posición vertical y miró por la ventana. La lluvia había cesado, pero seguía habiendo nubes negras en el cielo. Había sido él el primero en llegar y aparcar su Aston Martin Volante, pero en ese momento un viejo Morris Minor estaba parado a unos cuantos metros. Delante de él un rubia alta y de piernas largas, con pantalones de lana, caminaba de un lado a otro con un teléfono móvil en la oreja.
–Jo, comprendo que resulte atractivo, pero ya hemos tenido bastante de eso. En serio, estoy saciada de ese tema –dijo.
Pues vaya suerte, pensó Matthew. Hacía mucho tiempo que no hacía el amor. Demasiado. Tenía treinta y siete años, la sangre caliente, estaba en la plenitud de la vida, y sin embargo dormía solo. Su carrera le dejaba poco tiempo para dedicarse a asuntos personales. Precisamente habían sido las largas horas en el periódico la causa por la que había dejado a la última novia.
Frunció el ceño. Bueno, eso no era del todo cierto, se dijo a sí mismo. Había ido perdiendo el interés y se había refugiado en el trabajo dejando que el romance sencillamente languideciera.
–No me importa si los demás piensan que el sexo es un ingrediente esencial o no, para mí es monótono –continuó la joven llamando de nuevo su atención–. Creo que deberíamos de olvidarlo…
Kristin se interrumpió de pronto. Se quedó de piedra. Había creído que el deportivo negro estaba vacío, pero de pronto veía a un hombre moreno sentado al volante. Y estaba mirándola. Fruncía el ceño y, evidentemente, escuchaba su conversación.
–Jo, tengo que dejarte. Volveré a llamarte. Adiós –colgó abruptamente.
Mientras se dirigía al coche para guardar el teléfono, el hombre que había estado escuchando salió del suyo. Lo miró seria. Era alto, de hombros anchos y con un cuerpo formidable.
–No he podido evitar escucharla –dijo.
–¿Es que no podía cerrar la ventana?
–Sí, supongo, pero no se me ocurrió –sonrió–. ¿Me disculpa? –su sonrisa era sesgada y levantaba las cejas con una expresión casi infantil. Ella lo miró fríamente. A cualquier mujer se le hubiera caído la baba, pero Kristin se negó a dejarse ganar tan fácilmente–. Si utiliza el móvil en la calle es natural que la gente escuche.
Kristin vaciló, pero luego sonrió pensando que tenía razón.
–Queda usted perdonado.
–Gracias.
Aquella conversación telefónica resultaba intrigante, pensó Matthew. Aunque a veces las apariencias engañaran lo cierto era que por su forma de moverse hubiera jurado que aquella mujer era fogosa. Su aspecto era el de una persona capaz de apasionarse. Los ojos de Matthew vagaron por su silueta delgada y torneada. Su cuerpo estaba hecho para la pasión, pensó. ¿Cómo era posible que estuviera cansada de hacer el amor?, se preguntó. Aquello era un pecado y una vergüenza. Su novio merecía ser colgado.
–En un estudio reciente sobre qué es lo que más irrita a la gente en general, el veintinueve por ciento reconoció que lo que más le molestaba era ver a personas hablando por un móvil en la calle –explicó Kristin.
–Bueno, no es una información muy útil.
–Conozco un montón de estadísticas inútiles.
–¿Y qué es lo que más molesta de todo? –inquirió él.
–Al sesenta y cinco por ciento de la población lo que más le molesta es la propaganda por correspondencia.
–En eso estoy de acuerdo –afirmó Matthew recordando el montón de correo que recibía a diario–. Lo que más odio son las cartas en las que te dicen que eres el ganador de un montón de millones.
–Son una trampa.
–Siempre –contestó Matthew mirando más allá del aparcamiento hacia el castillo de piedra que se elevaba contra el cielo–. ¿Ha venido usted a cenar?
El castillo de Flytes Keep era la mansión de Sir George Innes, un empresario escocés que había añadido The Ambassador al conjunto de sus intereses financieros. Construido alrededor de un patio, algunas de sus partes databan del siglo catorce. Con sus torreones y su puente levadizo, Flytes Keep parecía sacado de un cuento.
–Sí, y voy a quedarme a pasar la noche –contestó Kristin sonriendo.
Si alguien le hubiera dicho tan sólo unas cuantas semanas antes que iban a entrevistarla para un empleo fantástico en un castillo de Kent hubiera jurado que aquello era una solemne tontería. Pero la vida estaba llena de sorpresas, se dijo.
–Supongo que todos nos quedaremos –contestó Matthew.
–Como es viernes, pensé que habría mucho tráfico, y como no quería llegar tarde, salí de Londres muy pronto –continuó Kristin–. Sin embargo, las carreteras estaban vacías.
–Lo sé. ¿Corrió mucho?
–Tomé la autopista hacia las ocho.
–Así que sobrepasó el límite de velocidad. ¡Vaya, vaya!
–¿Y usted no? –preguntó Kristin a su vez con ojos brillantes.
–Una vez o dos –sonrió–, pero sólo un poco.
–¿Y entonces a qué hora llegó?
–Salí hacia las cinco, pero lo hice a propósito porque quería hablar con Sir George en privado. No obstante, cuando llegué, estaba lloviendo, y como no quería mojarme esperé en el coche a que escampara. Cerré los ojos y…
–¿Se quedó dormido?
–Sí, una hora más o menos.
–Debía de estar usted cansado –sonrió Kristin.
–Sí –asintió–. Los últimos dos meses no he parado. La semana pasada decidí tomarme unos días libres. Quería dormir, pero entre que tomaba notas y Charlie, que se venía a mi cama hasta las tantas de la madrugada, no tuve oportunidad.
–¿Charlie es su novia, su hijo, o es un perro? –preguntó Kristin.
–Es mi sobrino. Pasé esos días en casa de mi hermana, mi cuñado y su hijo, Charlie, en Chershire. Hoy he venido desde allí. Charlie tiene seis años, y es un niño muy activo. Tenía vacaciones de Semana Santa, y no se ha despegado de mí.
–Sé a qué se refiere –rió Kristin–. Tengo un hermano de ocho años. Bueno, de hecho es medio hermano, mis padres están divorciados –explicó mientras una sombra oscurecía sus ojos–. Cuando voy a verlos todos esperan que me lo lleve de excursión y a la montaña rusa.
–¡Dios mío!
–Pero a usted le gusta estar con Charlie, ¿no?
–Sí. Me dijo que yo era su tío favorito, y aunque sé que soy el único tío que tiene me llena de orgullo –contestó Matthew haciendo una pausa. No tenía costumbre de contarle su vida a ningún extraño. ¿Por qué se lo estaba contando a ella?, se preguntó–. Bueno, creo que voy a entrar. ¿Y usted?
–No sé, aún falta media hora para mi supuesta llegada –vaciló.
–¿Y va usted a sentarse en el coche a esperar? –sacudió la cabeza–. No es una buena idea.
–No.
Matthew subió la ventanilla del coche, retiró las llaves y cerró la puerta. Abrió el maletero y sacó una maleta de piel. Luego activó la cerradura automática por control remoto y caminó hacia el Morris evitando los charcos.
Kristin estaba inclinada sobre el asiento de atrás y tenía en las manos un par de bolsas de plástico. Estaba mirando hacia otras bolsas desparramadas por el asiento.
–¿Puedo ayudarla? –se ofreció Matthew.
Kristin se enderezó y se encontró a Matthew de pie junto a ella. Había notado que tenía una frente amplia, pómulos altos y rasgos imponentes, pero entonces vio el azul claro de sus ojos y las espesas pestañas. Parecía inteligente, seguro de sí mismo… duro. Era el tipo de hombre excitante y peligroso contra el que cualquier madre hubiera prevenido a su hija.
Curvó los labios en una ligera sonrisa. Un empleo magnífico, un castillo de hadas, y por último, un hombre. Tenía buenas razones para estar contenta, pensó.
–Sí, por favor.
Lo más probable era que trabajara en el Ambassador, reflexionó, ¿pero con qué cargo?, se preguntó mientras volvía a inclinarse sobre el asiento trasero del coche. Por su físico hubiera jurado que estaba interesado en los deportes, pero la seriedad de su rostro sugería también que podía ser un reportero de política. O quizá de guerra.
Sacó un par de bolsas y pensó que su rostro le resultaba familiar. ¿Acaso había visto su foto en alguna parte?, se preguntó.
–¿Es que no tiene usted una maleta? –preguntó Matthew, agarrando las bolsas que ella le iba dando.
–Por supuesto que sí, pero se la presté a mi compañera de piso, Beth, que se ha ido a Grecia. No sabía que la iba a necesitar. Ya sé que no queda muy chic venir a Flytes Keep con bolsas del supermercado, pero no tenía ganas de comprarme otra.
–Bueno, a nadie le va a molestar.
–A mí me molesta –contestó Kristin. El empleo para el que ya había tenido una primera entrevista con el propietario aún no era seguro, y necesitaba desesperadamente demostrar que era capaz de realizarlo. Todo tenía que ir como la seda en Flytes Keep–. Mientras hacía el equipaje no dejaba de decirme a mí misma que era una tontería, pero ahora me siento ridícula.
–No hay razón para sentirse así –aseguró Matthew con calma. La observó mientras sacaba bolsas y más bolsas con zapatos, jerseys, revistas y ropa interior de seda–. Ha venido usted bien equipada para una sola noche.
–No estaba segura de qué iba a necesitar, así que me lo traje casi todo.
–¿Casi? ¿Quiere decir que se ha dejado las botas de goma en casa?
–Junto con los pantalones cortos estampados estilo hawaiano.
–Grave error.
–Puede ser, pero ya es tarde. Ya está todo –sonrió Kristin.
Matthew apretó el asa de su maleta. Aquella sonrisa le provocó un deseo: llevarse a esa mujer a la cama. Quizá fuera por haberla oído hablar de sexo, quizá porque era muy atractiva, o quizá por ambas cosas, se dijo. Lo cierto era que de pronto sentía un deseo irreprimible. Deseaba soltar la maleta y acorralarla en sus brazos para besar apasionadamente aquella boca sensual.
Y desde luego, se dijo, si le hacía el amor podía garantizarle que no se aburriría. Aunque quizá se engañara, recapacitó después. Quizá fuera una mujer con poca libido, de esas que se quedaban inmóviles e imperturbables.
–¿No hay nada en el maletero? –preguntó Matthew serio.
La urgencia de su propia libido le había sorprendido. Por lo general podía controlarse. No era un adolescente que se excitara ante cualquier preciosidad que pasara por delante, pensó. Era un hombre maduro.
–No, creo que no –vaciló Kristin volviéndose hacia el maletero–. No.
Al girar, uno de los tacones de la bota de Kristin resbaló sobre el pavimento haciéndola titubear. El contenido de las bolsas que llevaba en las manos voló por los aires mientras gritaba. Matthew dejó los paquetes en el suelo y se apresuró a ayudarla. Juró, la agarró del brazo tambaleándose él y, finalmente, la dejó caer la escasa distancia que faltaba.
–¿Está usted bien?
–No, no lo estoy, ¡es usted un patán!
–Traté de salvarla –protestó Matthew–. Si no la hubiera dejado en el suelo me habría caído yo –frunció el ceño–. Encima de usted.
–¡Pero me ha dejado caer sobre un charco!
–¡Oh, cuánto lo siento!
Kristin levantó la cabeza. Él sonreía ligeramente.
–Me alegro de que lo encuentre usted tan divertido –añadió fría.
–No, no, lo siento –murmuró él poniéndose serio.
–¡Patoso!
–Está bien, quizá lo sea… un poco.
–Mucho.
–Bueno, mucho –concedió Matthew–, pero tiene usted que comprender que…
–Nada.
–Lo siento. La ayudaré.
Kristin vaciló en tomar su mano, pero finalmente se dejó ayudar. Matthew tiró de ella y con un solo movimiento la puso en pie.
–Gracias –dijo seca.
–¿Quiere limpiarse el trasero o… –preguntó él sonriendo otra vez y sacando del bolsillo un pañuelo– quiere que lo haga yo?
–Me las arreglaré yo sola.
Mientras Kristin trataba de secarse Matthew recogió la lencería íntima del suelo y la metió en la bolsa. Eran un sujetador y unas bragas con un liguero de los de ensueño. Podía imaginarla con aquella ropa, tumbada sobre una cama con sábanas de satén y el pelo extendido sobre la almohada. Un año entero de celibato era demasiado tiempo, reflexionó. Su cuerpo parecía reclamarle venganza.
–Me había comprado la ropa y las botas ayer sólo para venir aquí –se lamentó Kristin–. Necesitaba dar una imagen profesional. ¡Y ahora…! ¿Qué tal aspecto tengo?
–Está usted fresca, bien redondeada, e infinitamente apetitosa. No parece que el agua le vaya a dejar mancha.
–No, gracias a Dios. ¿Qué hago con esto? –preguntó Kristin mostrándole el pañuelo.
–Démelo.
Kristin sacó del bolso un pañuelo de papel para seguir restregándose. Aquel rostro le había resultado familiar, pero de pronto estaba segura de que lo conocía. Trató de recordar. Debía de hacer mucho tiempo. De repente se acordó, y aquello fue como un puñetazo en plena cara. Había sido en un restaurante de Londres hacía diez años. En aquel entonces era joven e impetuosa, y estaba muy nerviosa. Ella había sido su víctima, tragó furiosa recordando. Él trabajaba para un periódico dominical como redactor jefe a cargo del suplemento a color. ¿Qué puesto tendría entonces en el Ambassador?, se preguntó sintiendo un vuelco en el estómago. Aquella confianza en sí mismo y el hecho de que se hubiera adelantado para hablar a solas con Sir George debía de significar que… probablemente era… el nuevo director.
–¿Es usted… Matthew Lingard? –preguntó.
–Exacto.
–¿El nuevo director de The Ambassador? –volvió a preguntar.
–Exacto.
Kristin apretó el pañuelo en el puño. Diez años atrás lo había acusado en público sin conocer siquiera su nombre, pero ya lo sabía. Era su futuro jefe. La vida estaba llena de sorpresas, reflexionó. Buenas y malas.
El hecho de que la hubiera dejado caer sobre el charco parecía un accidente, pero, ¿sería acaso posible que la hubiera reconocido y que hubiera querido tomarse la revancha?, se preguntó. Matthew Lingard había demostrado en el pasado ser un individuo poco fiable, de modo que no podía descartar la idea. Y si le guardaba rencor sería mejor saberlo desde el principio, se dijo. Tenía que conocer el terreno que pisaba. Sin embargo no parecía haberla reconocido, y la chica con la que tropezó diez años atrás era muy distinta de la que tenía delante.
–¿Lo ha hecho usted a propósito? –preguntó suspicaz.
–¿El qué?
–Dejarme caer sobre el charco.
–¿Me está acusando de dejarla caer sobre el charco deliberadamente? –inquirió Matthew mirándola como si pensara que se hubiera vuelto loca–. ¡Por supuesto que no! ¡Por Dios! ¿Quién se ha creído usted que soy?
–Bueno, yo…
–Una buena pieza, desde luego. No tenía ni idea de que hubiera un charco, estaba detrás de usted, así que no pude verlo –continuó indignado–. Bueno, es cierto que me reí, pero no tengo un sentido del humor tan retorcido como para ir por ahí buscando formas de…
–Está bien, está bien, no pretendía ofenderlo. Era sólo que… He cometido un error.
–Desde luego, créame… –se interrumpió–. ¿Cómo se llama usted?
–Kristin Blake.
¿Recordaría su nombre?, se preguntó tensa. ¿Se negaría a aceptarla como redactora jefe?
–Créeme, Kristin, siento mucho lo ocurrido, y me disculpo por haberme reído, pero…
–Fue divertido –reconoció Kristin.
–Sí –contestó Matthew mientras su indignación desaparecía. Recogió la maleta y las bolsas y añadió–: Cuando estés lista…
Kristin recogió las bolsas y lo siguió. Mientras caminaban hacia el castillo no dejaba de mirarlo de reojo. No la había reconocido, y quizá nunca lo hiciera, se dijo. Aquel encuentro, diez años atrás, fue algo fuerte, pero también breve. De todos modos, si alguna vez recordaba el incidente, se reiría y lo olvidaría sin darle importancia. Por muy violento que hubiera resultado al fin y al cabo sólo su vida había cambiado, no la de él. Además acababa de demostrar que tenía sentido del humor. Seguramente lo comprendería, pensó.
Kristin se humedeció los labios. Hubo un tiempo en el que estuvo furiosa contra él, pero apenas le quedaba resentimiento. Lo pasado, pasado estaba. El tiempo había curado las heridas, y además, lo que entonces le pareció un desastre, finalmente había resultado positivo a la larga. Lo había perdonado, igual que él debía de haberla perdonado a ella, se figuró.
–¿Eres amiga de Emily? –preguntó Matthew.
Sir George le había dicho que había invitado a algunos socios con sus esposas además de a los empleados del periódico, y que también estaría presente su hija Emily, una adolescente. Kristin no llevaba anillo, de modo que no era una esposa acompañante. Además, al oírla decir que tenía una compañera de apartamento, Matthew pensó de inmediato que era amiga de Emily.
–¿Cómo dices? Ah, sí –contestó Kristin ausente.
Matthew Lingard no debía saber que era una candidata a trabajar a sus órdenes, se dijo Kristin. En la entrevista Sir George le había dicho que el director estaba ausente, pero pensaba que entretanto habría tenido tiempo de contarle algo. Sin embargo, según parecía, no había sido así . O si le había dicho algo, él lo había olvidado. Desde luego debía de encontrarse bajo un montón de presiones, pero no resultaba muy halagador. Ni alentador, reflexionó.
Estaba pensando en si mencionar o no la entrevista cuando un hombre de mediana edad apareció bajo el pórtico seguido de un joven con un carrito de equipajes. Iba inmaculadamente vestido y sonreía cortés. Al salir a recibirlos Kristin se emocionó.
–¡Dios mío, un mayordomo!
–¿Es que nunca te habías cruzado con uno de verdad? –inquirió Matthew.
–No, nunca.
–Para mí también es la primera vez –confesó en voz baja mientras la miraba con una sonrisa cómplice.
–Es indispensable si se vive en un castillo –bromeó Kristin.
–Tanto como el oxígeno.
–Señorita, caballero, ¿serían tan amables de darme sus maletas? –dijo el mayordomo–. Sir George va a estar ocupado durante al menos una hora, así que déjenme que sea yo quien les dé la bienvenida.
Kristin ahogó una risa sofocada. Era el perfecto mayordomo inglés, se dijo. Miró a Matthew y comprendió que él estaba pensando lo mismo.
–Gracias –contestó Kristin cuando se vio libre de las bolsas de plástico que el joven trató como si fueran maletas de piel.
–Es un placer, señorita Blake. Sé que debe usted de ser la señorita Blake porque Sir George me la ha descrito en los más elogiosos términos –comentó el mayordomo sonriendo–. Buenas noches, señor Lingard.
–Buenas noches. ¿Es que Sir George también me ha descrito a mí en términos elogiosos?
–Dijo –rió el mayordomo– que era usted alto, moreno, y que llevaría pantalones vaqueros.
–¿Hay algo de malo en mis vaqueros?
–Sir George los encuentra un tanto… de sport, señor. Pero ése es sólo su punto de vista. ¿Qué opina usted, señorita?
–Los encuentro perfectamente aceptables si están bien hechos y… –sonrió– tiene usted un trasero fresco e infinitamente apetitoso, señor Lingard.
Matthew soltó una carcajada. La broma era oportuna y demostraba el buen humor de Kristin.
–Las bebidas se servirán en el salón a partir de las siete y media, y la cena a las ocho y cuarto –les informó el mayordomo–. Y ahora, si hacen el favor de seguirme.
Kristin se volvió y se miró al espejo. Una de las ventajas de trabajar para una revista femenina era que se estaba en contacto con los diseñadores de moda y, a veces, éstos te dejaban prestada alguna de sus creaciones. Se había puesto un vestido de noche marrón, de satén, con un amplio escote y tirantes finos. Aquel vestido no permitía llevar sujetador, y bajaba por delante más que ningún otro vestido que hubiera llevado nunca. Sin embargo, según el mayordomo, Sir George esperaba que las mujeres se vistieran para la cena, de modo que no se cambió. Aquella noche quería destacar, causar impacto, y con ese vestido y las sandalias de tacón lo conseguiría, se dijo Kristin.
Al llegar a la habitación lo primero que había hecho había sido sacar sus cosas. Se había quedado maravillada ante la cama con dosel, el lujoso baño y las vistas sobre los jardines. Luego se había preparado un baño y se había vestido y peinado con una sofisticada trenza. Por último, se dirigió al baño a maquillarse. Cuanto más lo pensaba más se convencía de que Sir George no le había dicho nada a Matthew sobre la entrevista. Aunque, según el propietario del Ambassador, Matthew estaría encantado con ella, eso aún estaba por ver y, además, era él, como director, quien tenía la última palabra.
Se miró al espejo nerviosa y se preguntó si Matthew Lingard estaría dispuesto a hacerle una entrevista. Tenía que estarlo, se dijo. Había demostrado ser una persona imaginativa y muy trabajadora, y tenía buenas referencias. Sir George estaba impresionado, y Matthew también tendría que estarlo.
Durante aquellos diez años había imaginado que Matthew sería una persona arrogante, fría y maleducada, pero al conocerlo, se había mostrado sorprendentemente amable y cortés. Además era un periodista de primera categoría. Recordaba haber leído artículos suyos muy interesantes.
