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¡Estaba claro que Gifford no había querido enterarse de que había sido padre! Así que, ¿qué estaba haciendo él en las Seychelles? ¿De verdad tenía las agallas de volver a entrar en la vida de Cass después de ignorarla durante dieciocho meses? Pronto dejó claro que todavía la deseaba. Pero, ¿cómo podía permanecer allí sentado y ni siquiera mencionar a su hijo? Bueno, pues ella no pensaba dejarle salirse con la suya. Si había que actuar, ella sería la estrella de la función.
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Seitenzahl: 204
Veröffentlichungsjahr: 2022
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1997 Elizabeth Oldfield
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Una mujer abandonada, n.º 959 - dic-22
Título original: Reluctant Father!
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1141-613-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Si te ha gustado este libro…
SE OYÓ el crujido de una silla sobre el suelo de madera. Cassandra Morrow suspiró y se apartó un mechón de la frente. Hizo una mueca al verse en el espejo. El corte de pelo tendría que esperar. El ruido señalaba la llegada de un inesperado cliente al que tendría que echar…
Soltó las tijeras y se fue al cuarto de baño de señoras a echar un vistazo. Sí, había un hombre moreno en el restaurante abierto con techo de paja. Llevaba un polo azul marino y unos vaqueros desteñidos y estaba sentado en el extremo más alejado con la mirada clavada en el azul zafiro del océano Índico.
—Mala suerte, señor —murmuró con pesar Cass—. Llega con dos horas de antelación.
Se apartó los mechones rubios de los ojos y tiró del ajustado body de color rosa mientras arañaba dos pegotes de algo parecido a muesli infantil. El Edén Olvidado podía no ser el Savoy, pero no quería dar mala impresión.
Cerrando la puerta del inmaculado aseo tras ella, avanzó entre las mesas. Frunció el ceño. No le gustaba la idea de despachar a un cliente, así que, ¿por qué iba a hacerlo? Las horas de apertura tampoco estaban grabadas en piedra. Además, abrir un tapón y servir un trozo de tarta de chocolate no era mucha molestia.
Y si era atenta y eficiente, quizá el cliente volviera otro día. Y era bueno que la caja registradora sonara.
—Buenos días, señor —dijo con una radiante sonrisa de bienvenida—. Realmente el restaurante no está abierto para los no residentes hasta las doce y hoy tenemos una de nuestras especialidades, un guiso de pescado al estilo criollo que es delicioso. Sin embargo, le podría servir una taza de café o una cerveza si…
Cuando el hombre giró la cabeza, la sonrisa desapareció de su cara. Se hizo un tenso silencio y se quedó clavada al suelo. El hombre que la miraba con los ojos grises entrecerrados era Gifford Tait, el tiburón financiero y padre errante de su hijo de nueve meses.
Aturdida, Cass se agarró al respaldo de la silla más cercana. ¿Cómo no lo había reconocido con su aire de calmada confianza? Porque había abandonado hacía tiempo la idea de que Gifford pudiera buscarla, y mucho menos en las Seychelles.
¿Cómo había sabido dónde encontrarla? ¿Por qué después de dieciocho meses de haber permanecido totalmente incomunicado, había decidido hacer aquel largo vuelo? Quizá le hubiera empezado a entrar alguna conciencia acerca de su hijo, pero, ¿qué tendría en mente?
Soltándose de la silla, Cass se puso rígida. Volviera a lo que volviera, era cruelmente tarde ya. Si esperaba que ella se tirara a sus pies o que balbuceara palabras de gratitud, estaba muy equivocado.
¿Y cómo se atrevía a aparecer sin anunciarse? ¿Qué derecho tenía a presentarse allí y pillarla sonrojada de fregar, desastrosa y fuera de forma? Furtivamente contrajo el estómago. No era que quisiera impresionarlo, pero si hubiera estado un poco más decente, se habría sentido más segura.
—Yo no…
—¿Qué diablos estás haciendo tú aquí? —preguntó Gifford con su grave acento americano.
Lo cierto era que durante todo el vuelo de América a Europa y de Europa a las Seychelles, había estado pensando en Cassandra Morrow. Y llevaba pensando en ella y en su relación con irritante frecuencia desde hacía tiempo. Apretó los labios. Pensar en ella siempre lo ponía nervioso y le producía arrepentimientos. Y enfrentarse a ella ahora era como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Cass parpadeó. Se había equivocado. Él estaba tan asombrado como ella de encontrarla allí. Y la rigidez de sus labios demostraba que no estaba saltando de júbilo precisamente. Su presencia era una coincidencia orquestada por algún malicioso giro del destino.
—Estoy ayudando a Edith a llevar el Edén Olvidado.
Había esperado que se le quebrara la voz, pero consiguió la misma frialdad que en otra memorable ocasión en el pasado.
—¿Trabajas aquí? —preguntó Gifford con tono incisivo.
Ella asintió.
—Ayudo en todo. Por ejemplo, esta mañana la señora de la limpieza tenía cita con el dentista y he venido yo a limpiar.
Él deslizó la mirada desde su pelo rizado, la camiseta mojada de sudor y los pantalones cortos arrugados hasta los pies. Cuando la había conocido llevaba trajes de sastre y tacones altos y el pelo recogido en un elegante moño. Era la elegancia personificada. En las únicas ocasiones en que parecía desarreglada era en la cama. Pero ahora estaba evocadoramente despeinada. Frunció el ceño al recordar cómo hacían el amor. Lo bien que habían estado juntos en muchos aspectos.
—¿Y quién es Edith?
—Era la novia de mi tío Oscar. Él murió hace tres meses. De cáncer.
Gifford bajó las espesas pestañas.
—¿Éste es el restaurante de tu tío? Recuerdo que me contabas que tenía una casa de huéspedes con restaurante en Praslin y que pasabas las vacaciones aquí, pero creía que lo había vendido el año pasado.
—Eso había creído Oscar también, pero en el último momento se echó atrás y hasta ahora no ha aparecido otro comprador —Cass vaciló con el ceño fruncido—. Aunque el trato no está todavía cerrado. Edith es una dama encantadora, pero no muy práctica. Cuando mi tío fue a Londres el año pasado, ya sabía que sus días estaban contados y que a Edith no se le daban bien los negocios, así que me pidió que me mantuviera al tanto.
—¿Por que sabía que eres super eficiente?
—Porque soy el único miembro de mi familia que es un poco organizado —se defendió preguntándose si su comentario no habría sido sarcástico—. Ella estaba desesperada porque alguien la ayudara y a mí me venía bien un cambio de aires…
Cass se detuvo. Estaba hablando demasiado, como siempre que se ponía nerviosa. Y además, no debía estar nerviosa. Él era el villano y el que debía sentirse avergonzado, no ella.
—¿Así que te has tomado una temporada sabática?
—Se podría llamar así. ¿Y qué hay de ti? ¿Estás de vacaciones aquí o… has venido desde Mahé a pasar el día? —preguntó con anhelo de que fuera lo segundo.
A pesar de que sólo tenía diecisiete millas de larga y cinco de ancha, Mahé era la isla más grande del archipiélago de las Seychelles y la que tenía la capital, Victoria. Aunque tranquila y virgen como todas las demás, era la que tenía más hoteles y ofrecía mayor variedad de deportes acuáticos.
Como deportista y hombre de acción que era, Gifford querría hacer submarinismo, esquí acuático y vela. Sí, estaría alojado allí. Si iba a recuperar su equilibrio, necesitaba cierta distancia entre ellos y si esa distancia estaba inundada por el profundo mar azul, ayudaría a restringir sus visitas.
—Lamento descorazonarte, pero me alojo aquí, en Praslin.
El estómago le dio un vuelco.
—¿En el Club Sesel?
Era el hotel más cercano y estaba sólo a dos millas de allí por la playa.
—No.
—No estoy en un hotel. He alquilado una casa. Llegué ayer por la tarde.
—¿Una casa? ¿Dónde?
Gifford extendió el dedo.
—Por ahí.
Cass pensó en la ensenada y el acantilado bajo el gran bungalow blanco rodeado de árboles y buganvillas de color púrpura. Lujosamente amueblada, la casa tenía una terraza trasera con una vista impresionante al mar, una barbacoa y un gimnasio. En el mercado de alquiler, podía considerarse de cinco estrellas.
—¿Madison d'Horizon? —preguntó Cass con un quiebro en la voz.
Él asintió con tensión.
—He decidido consentirme un poco.
Ella miró a través del restaurante hacia donde se erigía la casita de madera.
—¡Pero eso nos convierte en vecinos!
—Sí. Soy el chico de la puerta de al lado.
—¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?
—Dos meses. No me culpes. Es culpa tuya que haya decidido venir a las Seychelles.
—¿Culpa mía?
—Recordé que me habías contado lo pacífica y relajada que era la vida aquí y… necesito descansar —deslizó la mirada por el vívido azul del mar, junto con la bahía de arena coralina y las palmeras verdes que se agitaban bajo la brisa—. También te pusiste muy lírica acerca de la belleza de las islas y no exageraste.
Así que aquella visita no había sido una coincidencia, la culpa la había tenido ella por ser una bocazas. Se le encogió el corazón ante la perspectiva.
—¿Por fin las catorce horas al día de trabajo te han afectado? —preguntó pensando que aunque jugara duro, también trabajaba duro.
—No, aunque me estaba pasando. Durante años sólo me he dedicado al trabajo. He estado… bueno, no he estado bien y vengo aquí a pasar la convalecencia —se detuvo sin querer entrar en detalles—. ¿Podrías servirme algo de comer aparte del café?
Cass parpadeó.
—¿Perdona?
Mientras habían estado hablando, no había podido dejar de pensar en qué momento Gifford mencionaría al bebé. Podría haber ignorado su existencia hasta el momento, pero no podría ignorarla ya. Pero ella no pensaba facilitarle las cosas.
—La agencia inmobiliaria debía haber mandado una caja de comida, pero se les ha olvidado. La enviarán más tarde, pero no tenía nada de comer y me estaba muriendo de hambre.
—La cocinera es Edith y está fuera.
Él enarcó las cejas, pero ella se negó a dejarse convencer. Ya no era la chica que lo adoraba y estaba dispuesta a cumplir sus mínimas peticiones. ¡Y si se desmayaba de hambre, tanto mejor!
—No tiene por qué ser algo cocinado. Con un poco de pan y mantequilla me las arreglaré. ¿No tienes nada de fruta?
Ella sacudió la cabeza.
—Lo siento.
—Después de viajar durante casi dos días enteros, no estoy de humor para dar la vuelta. Los dos sabemos que la despensa no puede estar completamente vacía, así que…
—¿Qué te parecen unos huevos revueltos?
Ser demasiado hostil no era una postura inteligente. Porque le gustara o no, habría momentos en el futuro en los que necesitaría de su buena voluntad, así que sería mejor mantener las cosas civilizadas entre ellos. No sería fácil pero…
—Me parece estupendo —le dirigió una mirada seca—. ¿Estás pensando envenenarme?
—¿Y arriesgarme a que las autoridades sanitarias cierren el restaurante? No merece la pena.
—Te has olvidado algo —dijo Gifford cuando ella se dio la vuelta.
—¿De qué?
—Como me recibiste con un buenos días señor, deberías haber acabado con: no merece la pena, señor. Soy un cliente y merezco un poco de cortesía.
Cass apretó los labios. La estaba provocando a propósito. En otro tiempo, ella hubiera encontrado divertido su sarcasmo, pero ya no. Le dieron ganas de decirle que se fuera a paseo, pero sólo clavó la vista en él.
—Ni lo sueñes.
—Cortante como siempre. Veo.
—Será mejor que no lo olvides.
Ya en la cocina, Cass se puso en acción. Había pensado que cuando se volvieran a ver, Gifford la dejaría fría. Pero no había sido así. Con sus ojos grises enmarcados por espesas pestañas, sus facciones demasiado duras como para ser descritas como atractivas, y su esbelto y musculoso cuerpo, seguía siendo alarmantemente viril. Desde luego, tenía un innegable carisma.
Batió los huevos con fuerza mientras pensaba que debía mantenerse ajena a él. El dinámico señor Tait podía tener mucho atractivo sexual, pero en lo que se refería a la decencia, sus calificaciones no llegaban al aprobado. Y el carisma era algo superficial.
Gifford no había estado bien. ¿Qué habría querido decir? Se encogió de hombros. No había querido contárselo y ella no iba a preguntarle.
Salpicó unas hierbas sobre los huevos revueltos y arregló el plato con tostadas triangulares de pan con mantequilla. Levantando la bandeja, Cass atravesó las puertas batientes que separaban la cocina del comedor. Cuando se acercó, Gifford estaba agitando el bote de la pimienta con distraído ritmo. Parecía extrañamente tenso, como si tuviera muchas cosas en la cabeza. Pues a ella la daba igual.
Cuando escuchó sus pasos, Gifford se dio la vuelta.
—Un servicio rápido.
—¿Escribirás una carta de recomendación al Instituto de Turismo?
—Y mandaré copias por fax al presidente de las Seychelles —se fijó en que ella había puesto dos tazas en la bandeja—. ¿Vas a sentarte conmigo?
Ella asintió. Tenían que hablar del bebé.
—Ya me he ganado un descanso —dijo pensando que lo que necesitaba era echarse en una habitación oscura con una venda en los ojos—. ¿No te importa?
—De ninguna manera —aseguró él mientras agarraba el tenedor y el cuchillo y atacaba los huevos.
Cuando Cass sirvió el rico y aromático café, le miró con los párpados entrecerrados. No lo había notado de pie, pero ahora sentada se fijó en que tenía la cara más delgada y los pómulos más definidos.
Había perdido peso. También parecía exhausto, lo que podía deberse al desfase horario, a haberse encontrado con ella o a tener que conocer al hijo que ambos habían procreado.
—Puede que el restaurante no abra hasta las doce, pero está todo muy bien organizado.
Gifford señaló las mesas a su alrededor que brillaban con la cubertería y los vasos relucientes.
—Me he despertado al amanecer, así que empecé muy pronto —explicó Cass esperando que le preguntara quién la había despertado tan temprano.
—¿Es muy ajetreado el lunes?
—Eh,… no. Los días peores son los martes, jueves y sábados, en que damos un buffet para grupos de turistas de veinte o así. El resto del tiempo es tranquilo. La carretera hasta aquí está sin asfaltar y llena de baches.
—Ya me di cuenta en el taxi —la cortó él frunciendo el ceño y apoyando una mano en el muslo.
—Y eso desanima a la gente. Vienen algunos visitantes del Club Sesel y ocasionales campistas, pero son los almuerzos para los grupos turísticos los que mantienen el sitio en pie.
—¿Qué ofrecen los tours?
—Empiezan por un paseo por la naturaleza hasta el Valle de Mai, que es un sitio fantasmal lleno de palmeras en el corazón de Praslin. Está declarado Patrimonio de la Humanidad. Después vienen a almorzar aquí y se van en coche hasta Anse Lazio, una playa en el norte de la isla que es maravillosa para nadar y hacer submarinismo. Deberías ir alguna vez.
—Quizá —Gifford frunció el ceño—. ¿Y tu tío se contentaba con tirar simplemente?
—Sí —Oscar era un ex hippy que sólo necesitaba lo suficiente para vivir y «vaguear». Cass sonrió con cariño al recordar a su excéntrico tío con coleta—. No existe la palabra estrés en el diccionario criollo, por eso decidió vivir aquí.
—¿Y qué hay de los huéspedes?
—Oscar apenas ponía publicidad y no dedicaba tiempo a las reparaciones, así que los pocos que caían por aquí, no se sentían inclinados a volver. La comida es buena; Edith es una excelente cocinera, pero hay que actualizar las habitaciones con urgencia.
—¿En qué consiste la acomodación?
—Sólo las casitas.
Cass hizo un gesto hacia el otro extremo del restaurante. Allí, sobre un pedazo de tierra de forma oval con la hierba muy crecida y palmeras, se erigían tres casas azules de madera. Con sus arcos puntiagudos y cubiertas de hiedra, poseían el encanto de un cuento de hadas.
—¿No las habita nadie?
—Yo vivo en la primera, pero las otras llevan vacías desde que he llegado yo y no hay reservas. Edith vive en al casa principal, en un apartamento sobre la cocina.
Gifford posó el tenedor y el cuchillo. El plato estaba limpio.
—Estaba delicioso.
—Gracias.
—Gracias a ti. Me siento ya más humano —dijo estirando las piernas con pereza.
Cuando levantó los brazos, la camisa se le levantó revelando una franja plana de su abdomen. A Cass se le aceleró el corazón. Recordó cómo deslizaba los dedos por su torso velludo, el ardor de su piel y…
—¿Estás aquí sola?
Ella se sonrojó. ¿Habría notado él que lo estaba mirando con fascinación?
Dio un sorbo a su té. ¿Que si había ido sola? ¿Qué creía, que había aparcado al bebé con alguien y había salido corriendo a una playa tropical? ¡Vamos! Sin embargo, al evitar una pregunta directa, Gifford estaba jugando. Le dirigió una mirada de impaciencia. De acuerdo, ella también sabía jugar.
—¿Sola? —repitió con inocencia.
—¿No hay ningún hombre alrededor?
Ella abrió mucho los ojos azules.
—¿Hombres?
—¿Está Stephen contigo?
El tono de su voz mostraba que le desagradaba la idea.
—¿Stephen? —lanzó una carcajada de sorpresa—. No
Stephen era Stephen Dexter, director de Deportes Dexter, un empresa que había sido absorbida el año anterior por Tait-Hill Corporation. Cass había trabajado para el joven, primero como secretaria, después como asistente personal y al final, como ayudante financiera.
—¿Cocina todo Edith o también le echas una mano?
Cass se quedó mirando perdida en los recuerdos. Stephen había sido un amigo generoso y fiel, pero inepto en lo referente a los negocios. Había sido su incompetencia la que había apresurado el declive de la empresa familiar, y su absorción por Tait-Hill, que era por lo que Gifford había entrado en su vida.
—Le ayudo en pequeñas tareas, como cortar verduras y cosas de esas, pero es Edith la que planea los menús y prepara todos los platos. Me pregunto dónde se habrá metido —echó un vistazo a su reloj de oro—. Se ha ido a visitar a su hermana y ha llevado a…
Cass se mordió la lengua. Había estado a punto de decir que se había llevado a Jack en su cochecito para que lo admiraran y mimaran; todos los de Seychelles parecían adorar a los niños, pero se negó a sacar el asunto. Los largos meses de silencio dejaban muy claro que Gifford creía que el embarazo era culpa de ella y el bebé su responsabilidad, una responsabilidad que ella había aceptado de buen grado. Pero ahora era asunto de principios que reconociera a su hijo.
—Edith volverá en cualquier momento.
Gifford dio un sorbo a su taza.
—Quienquiera que vaya a comprar este sitio debe creer que puede atraer clientes de alguna parte.
Cass apretó los puños ante su perversidad. Se negaba a hablar de Jack, el inocente, adorable y huérfano Jack. En el pasado, Gifford no rehuía los problemas, así que no sabía por qué evitaba el tema ahora.
¿Estaría avergonzado por no haber respondido a sus cartas, no haberse puesto en contacto ni ofrecido ayuda? ¿Querría disculparse y el orgullo se lo impediría?
—Parece ser —continuó Cass.
—¿Ha dirigido algún hotel antes?
—Sí, en Sudáfrica.
—¿Y cómo ha decidido venir aquí?
—No tengo ni idea —contestó Cass con impaciencia —en el pasado habían dedicado interminables horas a hablar de negocios, pero ahora la única discusión posible entre ellos era Jack. Su querido Jack—. Edith hizo los primeros contactos y aunque le conocí cuando vino hace un par de semanas, apenas sé otra cosa que se llama Kirk Weber y es de Johannesburgo.
—¿Cómo es?
—Está en la cuarentena, buen aspecto, amistoso. Edith le llama señor Maravilloso.
—Dijiste que la venta estaba a punto de cerrarse.
Ella asintió.
—Ha tenido problemas con la transferencia de fondos, pero llama cada tres días a preguntar si ha habido otra oferta.
—¿Y Edith siempre le dice que no?
—Sí.
—Un error.
—Podría ser.
—¡Lo es, maldita sea!
Dio una palmada en la mesa y un cuchillo saltó por los aires y cayó al suelo.
Cass esperaba que él lo recogiera, pero al no hacerlo apartó la silla. Se suponía que recoger la cubertería era el trabajo de una camarera. Se agachó, lo limpió con la servilleta y se lo pasó.
—¿Puedo devolvértelo?
—Muy amable.
—Está incluido en el servicio.
Él esbozó una mueca de diversión.
—Y has resistido el impulso de hacerme pedazos con él, ¿verdad?
Ella esbozó una sonrisa de melaza.
—Puede.
Al pasarle el cuchillo, sus dedos se rozaron. Cass se quedó muy rígida. El roce de su piel con la de ella pareció crear una corriente eléctrica que le subió por el brazo.
—Estás… diferente.
Sus ojos se deslizaron sobre ella en una lenta inspección.
Una vez más, Cass metió el estómago. Desde que había llegado a la isla había hecho ejercicio todos los días y pronto estaría en forma, pero todavía estaba un poco blanda.
—He engordado y estoy intentando quitarme kilos. Aunque no es sorprendente, ¿no crees?
—¿Por vivir en un restaurante? Supongo que no.
Cass lo miró con furia. Era frustrante e irritante. ¡Porque he tenido un niño!, gritó para sus adentros.
—Y tienes los senos más llenos —dijo él antes de alzar la mirada hacia ella.
A Cass se le aceleró el corazón. Seguía atrayéndolo. Lo podía notar en la profundidad de sus ojos y en el sensual ronroneo de su voz. Se arrellanó más en su asiento. Una parte de ella se sentía encantada y hasta halagada pero la otra, la parte sensata, insistía en que desde ese momento, su relación debía ser estrictamente profesional. Había sido la atracción sexual la que había causado tantos desastres en su vida y no cometería el mismo error dos veces.
Estaba a punto de decirle que le agradecería que evitara los comentarios personales cuando notó que Gifford estaba frunciendo el ceño.
—Phyllis y yo estuvimos tan entretenidas que el tiempo se nos pasó volando —escucharon a sus espaldas.
Los dos se dieron la vuelta al mismo tiempo.
Una mujer negra regordeta empujó las puertas de la cocina. Su lustroso pelo negro estaba recogido en una cola en lo alto y llevaba un vestido de flores alegres abotonado hasta los pies. Estaría en la mitad de la cincuentena.
—¡Hola, Edith! —saludó Cass sonriendo antes de fruncir el ceño—. ¿Dónde está Jack?
—En la terraza —hizo un gesto a Gifford—. Buenos días.
—Buenos días —replicó él.
—¿Cass ha abierto pronto y le ha preparado algo de comer? Debe ser usted especial.
Cass esbozó una sonrisa contenida. ¿Debería contarle que ya se conocían? ¿Y hasta dónde podía revelar? A Edith sólo le había dicho que el padre de Jack no había ido y como en las Seychelles estaban acostumbrados a aventuras pasajeras, habían aceptado su estado con toda naturalidad. Y no había nombrado a Gifford.
—Este es el señor Tait. Está alojado en Maison d'Horizon.
Edith lanzó una carcajada.
—Es especial —declaró con su rico acento criollo—. ¿Le has preguntado si…?
—No, y no voy a hacerlo —cortó ella apresurada.
—Oh, cariño. A Bernard no le importó y estoy segura de que al señor Tait…
—Por favor, llámeme Gifford —dijo él con una sonrisa.
Edith se la devolvió. Era evidente que le había caído bien al instante.
—Estoy segura de que a Gifford tampoco le importará.
—Pero a mí sí —dijo Cass con una mirada de advertencia.
—¿Importarme qué? —preguntó Gifford con curiosidad.
—Que le pidamos un par de favores —contestó Edith—. Bernard era un caballero francés que se alojaba antes que usted en Maison d´Horizon. Tenía setenta años y vino a descansar de una esposa muy latosa y a dibujar pájaros. La isla está llena de ellos. Era tan amable…
Cass apretó los dientes. Sabía lo que diría a continuación.
—Mira yo… —empezó a protestar.
Pero la otra mujer se negó a hacerla caso.
—Bernard solía venir a comer y al bar la mayoría de las tardes y cuando se enteró del tiempo que llevábamos esperando una remesa de vasos, desde que éramos una colonia casi, nos trajo dos docenas. No sé quién suministrará a la villa, pero casi seguro que alguien de la ciudad. Iban a la ciudad a por casi todo, hasta las máquinas de ejercicios que ya habrá visto. Aunque Bernard no las usaba apenas.
—Gifford es un fanático del ejercicio y las usará —interrumpió Cass a toda velocidad—. ¿Verdad?
Él frunció el ceño.
—Sí.
—Aún así —continuó ella sin reparos—. No irá a estar haciendo ejercicio todo el tiempo. Cass está intentando adelgazar, aunque Dios sabe por qué, porque a mí me parece que está delgada. Realmente formada.
Él deslizó los ojos sobre su cuerpo.
—Cierto.
—Bernard le permitía usar el gimnasio siempre que quería, así que…
—O sea, que quiere que le preste los vasos y que Cass siga haciendo gimnasia —resumió Gifford con sequedad.
