Dos novias para Ryan - Pamela Britton - E-Book
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Dos novias para Ryan E-Book

Pamela Britton

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Beschreibung

Maleducado y antipático, así era Ryan Clayborne. Desde que lo conoció, Jorie Peters prometió pasar el menor tiempo posible con el hosco ranchero. Tener que organizar su boda era solo una cuestión de mala suerte. Pero las chispas que saltaban entre ellos suponían un gran peligro. Lo último que Ryan necesitaba era que una coordinadora de bodas se paseara por el rancho. Debía centrarse en su matrimonio temporal con una amiga de la que no estaba enamorado. Pero nada más ver a Jorie su vida y su corazón se pusieron cabeza abajo. Ryan estaba decidido a hacer lo correcto… aunque nunca le hubiera parecido tan incorrecto.

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Seitenzahl: 211

Veröffentlichungsjahr: 2012

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2012 Pamela Britton. Todos los derechos reservados.

DOS NOVIAS PARA RYAN, N.º 11 - noviembre 2012

Título original: The Rancher’s Bride

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Jazmín son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-1168-3

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

CAPÍTULO 1

EL FUERTE calor de Texas envolvió a Jorie Peters como una manta húmeda de vapor.

–Uf –protestó pasándose la mano por la frente, que ya estaba cubierta de sudor.

¿Así que aquello era Texas?

Deslizó la mirada por las colinas y los pastos cubiertos de hierba. No se parecía en nada a lo que esperaba. El olor de la hierba recién segada hacía que la humedad pareciera mayor. La construcción frente a la que se había detenido estaba hasta arriba de heno y tenía al menos cuatro plantas. Su larga sombra se extendía por el sendero de gravilla como una mancha de tinta. Estaba rodeada por otras tres construcciones de granja. Una a la derecha en la que había tractores, otra a la izquierda con equipamiento y otra a lo lejos, situada detrás de la estructura donde ella había aparcado. Se giró sobre los talones y se preguntó hacia dónde ir. No había nada parecido a una cuadra a la vista.

–No puedes aparcar ahí.

A Jorie le dio un vuelco el corazón. Se dio la vuelta y trató de buscar al dueño de la voz.

–Va a llegar otra partida de heno.

Las palabras resonaron pero no pudo identificar de dónde procedían.

–Aquí arriba.

Jorie alzó la vista sobre las cientos de balas de heno. Y allí estaba, al menos a seis metros por encima de ella, un hombre alto y desgarbado con sombrero de vaquero. Bueno, después de todo estaban en Texas, muy lejos de Atlanta. También llevaba una especie de perneras que le quedaban pequeñas, parecía como si los faldones de cuero pertenecieran a un niño de seis años. Observó cómo empezaba a bajar sorteando los irregulares bloques como una cabra montesa y, cuando se detuvo delante de ella, lo único que pudo pensar fue: «madre mía».

Parecía sacado de un anuncio de ropa interior. Tenía el pelo muy negro y los ojos del color del tormentoso mar Egeo. Le asomaba una barba sutil en la mandíbula.

–Tendrías que haber aparcado delante de las cuadras –afirmó el hombre con tono severo.

–Eso es lo que estoy buscando –Jorie se apartó un mechón de rizos sudados de la frente.

Se había recogido el pelo en un moño para adquirir un aspecto más profesional, pero como de costumbre, se le habían escapado algunos mechones. Seguramente estaría hecha un desastre tras doce horas conduciendo. Tendría tanto polvo encima como el coche.

–Me han dicho que la oficina está encima de las cuadras y que tengo que preguntar por Ofelia Clayborne.

El hombre se secó el sudor de la frente y aquel movimiento dejó entrever mejor sus ojos. Eran arrebatadores.

–¿Eres Jorie Peters? –deslizó la mirada por su traje de chaqueta negro y por los zapatos de vestir.

–Lo soy –respondió ella.

–Las cuadras están allí –el hombre señaló la dirección con la barbilla y se dio la vuelta como si tuviera pensado volver a subirse a las balas de heno otra vez.

–¿Te refieres a ese edificio tan grande? –preguntó ella a su espalda.

Él asintió con el cuerpo medio girado. Olía a trabajo duro y a hombre, y la mezcla llegó hasta ella como una brisa. Le recordó que hacía mucho tiempo que no… Bueno, que hacía mucho tiempo.

–Ese edificio tan grande –le explicó él–, es una pista cubierta. Dentro hay cuadras y una oficina.

Eso lo explicaba todo. Ella estaba buscando una cuadra de caballos tradicional con sus puertas dobles y una equis blanca pintada delante.

El sonido de un tractor la sobresaltó. Y a él también. Ambos se giraron.

–Será mejor que muevas ese coche –le ordenó el vaquero.

Jorie entendió al instante la razón. Una enorme pila de heno se dirigía hacia ellos propulsada por una especie de tractor. La cabina del conductor estaba completamente tapada por los bloques de hierba seca.

Cielos, ¿cómo veía el conductor?

–¡Gracias! –gritó corriendo hacia el coche.

Aquello era lo único que le faltaba. Que un tractor pasara por encima de su Honda. Su única posesión.

Entró en el coche y se negó a pensar en eso. Aquello era un nuevo comienzo, una nueva vida. Su negocio de Georgia, Campanas de Boda, había muerto víctima de la recesión. Vio por el espejo retrovisor la figura del vaquero, que la miraba con los brazos en jarras.

Menudo imbécil. Ninguna sonrisa ni una palabra de bienvenida. Solo «mueve el coche». ¿Cómo sabía quién era ella?

En cualquier caso, tenía cosas más importantes en mente, como conocer a su nueva jefa.

Jorie pasó por delante de las construcciones y al instante vio una casa a lo lejos situada a la izquierda que antes no veía. Aunque llamarla «casa» era quedarse corto. Aquel lugar podría haber sido el orgullo de Lo que el viento se llevó. Tres plantas. Cuatro columnas blancas que formaban un porche que rodeaba la casa, persianas verde oscuro a cada lado de las ventanas… y había muchas. Cientos de metros más atrás de la casa había una hilera de árboles. Jorie se preguntó si habría un arroyo. Parecía que sí.

–Guau.

Los robles eran enormes, con hojas brillantes. Detrás de la mansión había otra casa, más pequeña pero igual de bonita.

¿Sería la suite nupcial de la que su nueva jefa le había hablado, el lugar donde las novias se acicalaban en las horas previas a la boda? Masaje, manicura, peluquería… Todo lo necesario para un día muy especial. Y no solo para ella, sino también para las damas de honor.

El camino se bifurcó. Jorie giró a la derecha. El rancho Spring Hill no era como había imaginado. Por alguna razón esperaba edificios de una sola planta, vallas blancas y tal vez una cuadra de estilo rústico. Aquel lugar parecía el decorado de una película y cortaba el aliento. No era de extrañar que tantas novias quisieran casarse allí.

–Allá vamos –dijo deteniéndose frente a otra construcción de aspecto extraño. Esta tenía una entrada muy grande. Dentro vio un caballo y su jinete galopando a gran velocidad.

La puerta del coche crujió cuando la cerró, algo que últimamente le sucedía con frecuencia. Era un coche tan antiguo que le extrañaba que hubiera logrado llegar hasta Texas.

–Hola –saludó al jinete.

Pero no era una jinete, sino una amazona de cabello gris y cuerpo tan atlético que desafiaba a su edad. Se detuvo de golpe.

–¿Jorie? –preguntó la mujer.

La joven entró y sintió como la temperatura descendía notablemente.

–¿Señora Clayborne? –aunque sus ojos todavía se estaban ajustando a la oscuridad, vio que la mujer sonreía.

–No te esperaba hasta mañana –aseguró la mujer con acento sureño saltando del caballo como si tuviera veinte años.

Llevaba vaqueros, camisa azul de flecos, sombrero de ala ancha y las mismas perneras pequeñas del vaquero. Debía de tener unos sesenta años. Se escuchó el relinchar de un caballo y Jorie vio una fila de establos a cada lado de la valla que rodeaba la pista.

Jorie había viajado sin detenerse, solo se había parado en Louisiana para ir al baño. Le daba vergüenza reconocer que no tenía dinero para pagar otra noche de hotel.

–Estaba deseando llegar.

La mujer chasqueó la lengua y el caballo estiró el cuello mientras la seguía a regañadientes. Cuanto más se acercaba, menos tensión sentía Jorie en los hombros. Los ojos de la mujer eran un bálsamo para su alma abatida. Eran unos ojos amables, no como los del vaquero.

–Bueno, me alegro de que hayas llegado, querida –le dio una palmadita al caballo en el cuello–. Debes de estar agotada.

Eso era quedarse corto. No había dormido desde hacía mucho. Y también había pasado ya el punto del hambre. Lo único que quería era una cama.

–Le pediré a Ryan que te acompañe a tu apartamento –la mujer abrió una puerta de metal que resonó por toda la pista–. Es mi hijo –añadió sonriendo.

Jorie ató cabos. Tendría que haberse dado cuenta en cuanto miró a la mujer a los ojos. Eran del mismo color. Pero los de la mujer que tenía delante eran amables y cálidos, a diferencia de los de su hijo.

–Ven, te lo presentaré.

–Creo que está descargando heno.

–¿Le has visto? –preguntó la mujer haciéndole un gesto para que la siguiera por un largo pasillo hacia los establos.

Jorie se fijó entonces en su sombrero, que tenía unas flores bordadas con cuentas de cristal.

Era muy bonito.

–Lo cierto es que ya nos conocemos –aseguró–. Fue él quien me dijo dónde estaban las cuadras.

–Ah –la mujer alzó las cejas–. Y seguro que ha sido tan encantador como siempre. No se lo tengas en cuenta –ladeó ligeramente la cabeza–. No está de acuerdo con mi idea. Cree que es una tontería. No le gusta tener que compartir el rancho con un puñado de novias mimadas, como él las llama. Tenemos una boda dentro de poco y siempre se pone de mal humor.

–Está bien saberlo.

–Lo llama «la invasión de Normandía» –Odelia puso los ojos en blanco–. Vamos.

Jorie sintió que algo le rozaba el hombro y miró con recelo al caballo. No le gustaban excesivamente los animales, ni tampoco se había relacionado con muchos en Georgia.

–Subiremos tu coche allí. Así podrás aparcar delante de tu nuevo apartamento –aseguró Odelia–. Déjame que guarde a Chex.

Su propio apartamento. Un lugar donde vivir. Un salario mensual. Seguridad económica. Esas eran las razones por las que había recorrido cientos de kilómetros para trabajar con una mujer a la que no conocía con la esperanza de llevar el pequeño hobby de Odelia a un nuevo nivel. Y por eso se tragaría el orgullo y se mostraría amable con el hijo de su nueva jefa, aunque sospechaba que Ryan y ella nunca llegarían a llevarse bien.

–Me alegro de que le hayas conocido –estaba diciendo Odelia–. Sobre todo porque vais a compartir despacho.

Jorie se tambaleó. Odelia debió de darse cuenta de su azoro.

–Oh, no te preocupes –aseguró sonriendo–. Ladra más que muerde.

CAPÍTULO 2

RYAN las oyó llegar antes de verlas.

–Supongo que tienes razón, jefe.

Ryan miró a Sam, que estaba apoyado contra la cabina del tractor que había conducido. Sam trabajaba para ellos desde los catorce años, y estaba al tanto de que el último capricho de Odelia le ponía de los nervios.

–Maldición –murmuró Ryan. Confiaba en contar al menos con un día de paz y tranquilidad. Todavía tenía que limpiar la pista, ocuparse de los pastos de atrás y arreglar un montón de cosas pequeñas que constituían su cruz diaria. Y luego estaban los arreglos que su madre quería que hiciera para la boda. Engrasar los goznes de la puerta para que no chirriara. Arreglar el marco de una ventana en la «cabaña nupcial». Descargar un saco de grava en uno de los baches para que los invitados no se tropezaran.

Que Dios le ayudara.

Sam debió de leerle el pensamiento porque se rio entre dientes.

–Parece que va en serio con esta aventura suya, ¿verdad?

Sam tenía tres cuartas parte de sangre cherokee, pero no hacía falta poseer un sexto sentido para saber que la madre de Ryan se había vuelto loca.

Diez años atrás habían sido los arreglos florales. Ryan habría apostado a que hizo coronas funerarias para los muertos de medio condado. De ahí pasó a las vidrieras. Eso no duró mucho porque se rompían con facilidad, gracias a Dios. A continuación llegaron las antigüedades. Llegó un momento en el que se negó a ir con ella a ningún lado. No podían pasar por la venta de alguna propiedad sin pararse a husmear. Y ahora le tocaba el turno a las bodas.

Bodas. Ojalá supiera quién le había metido a su madre semejante idea en la cabeza. Agarraría a esa persona y la arrastraría atada a un caballo.

Durante seis meses había soportado novias tensas, madres maniáticas e invitados que nunca habían pisado un rancho de verdad. Pero lo más impactante de todo, lo que de verdad le tenía malhumorado, era que el negocio estaba funcionando. Tenían todo reservado para el resto del año. Y ahora su madre había contratado a una coordinadora de Georgia.

–Solo tenemos que aguantar un poco más –aseguró–. Mi madre se cansará de esta obsesión.

Así aquella elegante coordinadora de bodas regresaría a Georgia y su vida volvería otra vez a la normalidad.

–Eso fue lo que dijiste hace tres meses.

–Cállate, Sam.

Su amigo le miró de reojo y se rio, pero cuando iba a decir algo se calló ante la llegada del mismo turismo azul de antes, solo que esa vez su madre iba en el asiento del copiloto. Como siempre, iba hablando por los codos. La mujer que estaba al volante asentía y sonreía.

Hasta que le vio.

La sonrisa se le borró completamente del rostro. De acuerdo, tal vez hubiera sido un poco duro con ella antes. No duro, maleducado. Pero maldición, todo aquel asunto de las bodas era un fastidio.

–No me dijiste que era tan guapa.

Ryan no tuvo que preguntar a qué se refería Sam.

–Da igual como sea.

Pero era cierto. La nueva coordinadora de bodas de su madre era guapa. Tenía un pelo tan rubio que parecía teñido, pero no había raíces oscuras ni tenía las cejas negras. Así que debía de ser auténtico. Y además tenía los ojos azules.

–Menos mal que Laurel es muy comprensiva, en caso contrario podría estar celosa.

Laurel. Su prometida.

–Seguramente la recibirá con los brazos abiertos –se escuchó decir Ryan antes de acercarse a recibir a su madre.

No le gustaba pensar en Laurel. Su futura esposa. Sintió que la frente se le perlaba de sudor.

–Vaya, vaya, vaya –se maravilló su madre al bajar del coche–. Has terminado de colocar todo el heno en un tiempo récord –miró hacia la conductora–. Sal, Jorie. Quiero que conozcas a Sam.

Llevaba puesto uno de sus conjuntos de vaquera otra vez. Que Dios le ayudara. Su madre no se vestía así antes, pero últimamente se ponía camisas con flecos y sombreros de ala ancha como si vivieran en un parque temático. Y tal vez fuera así. Su madre le había dicho hasta la saciedad que a la gente de la ciudad le gustaba el rancho por el ambiente.

–No todo –reconoció Ryan–. Todavía nos queda bajar una carga.

–Bueno, eso puede esperar –tomó del brazo a su nueva empleada–. Jorie, te presento a Sam.

Sam le dio un toque al ala de su sombrero.

–Y este es mi hijo Ryan, a quien creo que ya conoces. Ryan, Jorie está agotada. ¿Por qué no te subes al coche y la llevas a su apartamento? También hay que bajar su equipaje.

Él no le tendió la mano, se limitó a asentir.

–No será necesario –afirmó la rubia–. Puedo bajar yo misma el equipaje.

Como le había pasado antes, Ryan se fijó en que el traje negro que llevaba le acentuaba las curvas del cuerpo, algo en lo que sin duda no debería fijarse teniendo en cuenta que estaba prometido.

–Tonterías –intervino Odelia dándole una palmadita a la mujer en el brazo–. Tienes que descansar. Pareces agotada.

Su madre tenía razón. Parecía muy pálida y se le reflejaba la fatiga en los ojos.

–Vamos –dijo apiadándose de ella y señalándole el coche.

La mujer no se movió. Así que era obstinada. Después de todo, aquello podía resultar divertido.

–Adelante –ordenó Odelia.

La joven miró a Ryan entornando sus ojos azules.

–Ya has oído a mi madre –dijo él–. Vamos.

Estaba claro que quería discutir aquello. Y también quería agradar. Se dio la vuelta a regañadientes. Ryan habría sonreído, pero estaba demasiado ocupado mirándole las piernas. No sabía si llevaba medias o no, pero desde luego tenía las piernas morenas… y muy bien formadas.

«Basta».

–Yo puedo conducir –le escuchó decir.

–De ninguna manera –aseguró su madre por él–. Ryan te llevará. Sam, ¿por qué no descargamos tú y yo la última carga de heno?

–No digas tonterías, mamá –Ryan se quitó los guantes y los guardó en el bolsillo de atrás antes de abrir la puerta del copiloto–. Yo terminaré en cuanto haya llevado a la señorita Peters a su apartamento.

La mujer se sentó a regañadientes en el asiento del copiloto y cerró dando un portazo.

–Eres un buen hijo –su madre rodeó el coche y le dio una palmadita en la mejilla antes de darle un beso.

Como si tuviera siete años en lugar de treinta.

Pero aunque le irritara que le tratara como a un niño, no podía negarlo: quería muchísimo a su madre. Podía llegar a ser muy pesada, pero era la única familia que tenía.

Abrió la puerta del conductor y el aroma a champú de flores se apoderó al instante de él. Estuvo a punto de cerrar los ojos.

Estaba seguro de que aquella mujer también iba a ser una pesadez. No le caía bien.

Jorie se reclinó en el asiento y cerró los ojos. Estaba tan cansada que sintió que podría dormirse allí mismo. Pero eso resultaría imposible con él en el coche.

–Ponte el cinturón –fue lo único que Ryan dijo.

El aire acondicionado salió del circuito del coche y le dio en la cara cuando arrancó el motor, pero no bastó para acabar con su olor. Apestaba.

No, no era cierto. Olía a hombre. Tenía que ser amable con él. Era el hijo de su jefa.

Jorie abrió los ojos y le miró de reojo. Estaba tan musculado como un atleta profesional.

–¿Juegas al fútbol americano?

Era una pregunta absurda y ridícula. ¿Qué le estaba pasando?

Ryan la miró como si tuviera dos cabezas.

–¿Eh? –condujo entre dos construcciones de granja con la mirada dividida entre el camino de grava y ella–. No. Nunca he jugado al fútbol americano.

–Tu madre parece muy simpática –dijo entonces ella por cambiar de tema.

–Es una pesadilla.

–¿Perdona?

–Estoy pensando en llevarla a una residencia de ancianos. Incluso llamé a un par de ellas, pero todavía no la aceptan. Tengo que esperar a que su demencia senil avance un poco más.

–¿Demencia? –preguntó Jorie incorporándose en el asiento.

Entonces Ryan sonrió. Le estaba tomando el pelo.

–Te lo has creído.

–Pero bueno, eres un… –no se le ocurrió qué decir sin insultar.

–¿Un qué? –quiso saber él.

De acuerdo, no solo era guapo. Era impresionante. Y, al parecer, tenía sentido del humor.

–No eres muy amable.

–Lo siento. Solo quería romper el hielo.

Condujo el coche hacia una colina y Jorie se quedó sin aliento ante la vista. Frente a ella se extendían los pastos. A la derecha había una cuadra antigua y, a la izquierda, otro grupo de árboles cerca de dos casas. El arroyo que había creído ver antes estaba allí, y los altos robles rodeaban otro grupo de casas.

–¿Qué te parece? –preguntó Ryan.

–Es precioso –aseguró ella.

–Esta era la parte principal de la finca –explicó Ryan tomando un camino hacia la izquierda–. Los establos de la derecha son lo que mi madre llama cariñosamente «la capilla de boda».

Había visto fotos en Internet, pero Jorie se dijo que debía sugerir que añadieran una página con fotos en la Web del rancho Spring Hill para destacar el encanto rústico del lugar. Las colinas y los enormes árboles eran impresionantes.

Unos segundos más tarde se detuvieron frente a una de las casas, una cabaña encantadora de una sola planta con contraventanas de madera y un pequeño porche.

–Vivirás en la casa que antes pertenecía al capataz del rancho, pero ahora el capataz soy yo, y vivo en la casa principal –señaló hacia una construcción situada a unos trescientos cincuenta metros de allí–. La antigua casa principal. Mi madre vive en la grande, la que está sobre la colina.

–¿Quieres decir que vives a mi lado?

Ryan apagó el motor.

–Sí. Y también te llevaré todos los días a nuestro despacho.

«Nuestro despacho». Se le había olvidado por completo. De pronto sintió que le faltaba el aire dentro del coche.

–Mira –continuó Ryan sacando las llaves del contacto–, no quiero meterme en tus asuntos, pero creo que hay algo que debes saber –jugueteó un instante con las llaves–. Mi madre suele pasar por… fases. A lo largo de los años ha empezado muchas cosas.

Jorie vio que fruncía el ceño. Incluso de perfil estaba guapo.

–Sé que has venido hasta aquí conduciendo desde Georgia, pero las cosas podrían cambiar, ¿sabes? Mi madre es la mejor madre del mundo, pero le dan venas de vez en cuando. Como esto de las bodas. No me gustaría que hubieras dejado un trabajo lucrativo en Georgia por algo que podría ser temporal.

¿Lucrativo? ¿En Georgia? ¿Y cómo que temporal?

–¿Estás diciendo que he cometido un error? –le preguntó.

–No, no –se apresuró a decir él–. No es eso. Solo quiero que estés preparada por si las cosas no funcionan.

Le estaba diciendo que no deshiciera el equipaje.

–Te agradezco la preocupación –aseguró Jorie con tono gélido–. Pero soy una mujer adulta y puedo ocuparme de mí misma.

–No, creo que no me has entendido…

–Te he entendido perfectamente –le atajó ella saliendo del coche antes de decir algo que pudiera costarle el puesto.

–Espera –Ryan salió también del coche–. Necesitarás esto –le lanzó una llave–. Te dejaré el equipaje en el porche.

Jorie asintió y se giró hacia su nuevo hogar. Le temblaban las manos de ira. ¿Cómo se atrevía a tratar de estropearle aquello? ¿No se daba cuenta de que no tenía otro sitio donde ir? En Georgia no tenía casa ni trabajo. Aquel era el final del camino para ella.

–Bienvenida al rancho Spring Hill –gritó Ryan a su espalda.

Se dio la vuelta con una palabra desagradable en la punta de la lengua, pero se contuvo.

–Gracias –dijo alzando la barbilla en gesto desafiante–. Tengo pensado quedarme aquí mucho, mucho tiempo.

Ryan se la quedó mirando fijamente durante lo que le pareció una eternidad. Tuvo la impresión de haber visto en sus ojos algo parecido a la admiración, pero seguramente se lo había imaginado.

–Bien por ti –creyó oírle decir.

Jorie le mantuvo la mirada durante un instante más antes de darse la vuelta.

«Idiota».

CAPÍTULO 3

DEBÍA de dormir como un muerto, pensó Ryan recolocando la quiche que su madre había cocinado para Jorie y llamando otra vez a la puerta con los nudillos.

–Maldita sea, mamá –murmuró mirando hacia donde ella vivía. ¿Por qué siempre tenía que hacer el trabajo sucio por ella? Lo que menos necesitaba en esos momentos era hacer de chico de los recados.

Se dio la vuelta con la quiche en la mano y se dirigió hacia los escalones, pero se detuvo otra vez. Su madre le mataría si no hacía lo que le había pedido. Un delgado rayo de luz rosada marcó el contorno de la pequeña colina que le impedía ver la casa de su madre. Estaba amaneciendo. El cielo todavía estaba oscuro a su espalda. Tenía un millón de cosas que hacer aquel día. Recoger las vacas. Una reunión a las nueve. Recados. No podía hacer de niñera de la nueva empleada de su madre.

–Ve por la mañana a ver cómo está –la imitó–. Dale mi quiche. Asegúrate de que está bien –puso los ojos en blanco–. Menos mal que te quiero, mamá.

Volvió a la puerta. Lo cierto era que no había visto a la nueva empleada desde que le dejó el equipaje la noche anterior, y eso le preocupaba un poco. Pensó en dejarle la quiche en el porche, pero sin duda alguno de los perros del rancho la encontraría. Y no quería ni imaginar cómo se pondría su madre.

Volvió a llamar con los nudillos, esa vez más fuerte, y al ver que nada ocurría apoyó la oreja contra la puerta. Se escuchó un ruido extraño. ¿Sería la televisión?

Se echó a la derecha y trató de mirar por la ventana hacia el salón. Nada.

Al diablo. Ya llevaba demasiado tiempo durmiendo. Era hora de que se levantara. Sostuvo la quiche con una mano mientras sacaba la llave del bolsillo y abría la puerta.

«Esto no es una buena idea. Estás entrando en su casa». Pero no era su casa, se dijo con firmeza abriendo. Dejaría la maldita quiche y se marcharía.

Pero entonces volvió a escuchar el ruido, aquel sonido horrible que le puso al instante en alerta. Dentro estaba muy oscuro, el sol no había subido todavía lo suficiente como para que entrara luz por las ventanas. Se detuvo un instante, escuchó… y volvió a oírlo.

Ronquidos.