Dos palabras - Garazi Goia - E-Book

Dos palabras E-Book

Garazi Goia

0,0
5,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

La búsqueda del amor es una batalla más de la lucha por la vida. Tal vez la más encarnizada. Tal vez la decisiva. La protagonista de esta narración, una mujer acostumbrada a empuñar las riendas de su vida ya desde los albores de su recién estrenada juventud, ha sido herida en esa batalla. Profundamente herida. Pero, lejos de amilanarse, realiza un radical esfuerzo de lucidez para sobreponerse a la tiranía de la obsesión, a la tentadora autocompasión, a la amenazadora melancolía. Se enfrenta, en definitiva, a un reto que probablemente la marcará de por vida: aprender a convivir con la tristeza sin quedar anulada por ella, sin renunciar a la vida. Como una moderna Sherezade, hablando al causante de sus sufrimiento se habla en realidad a sí misma; explicándose su dolor, logra conjurarlo. Vive el sexo, una de las materias esenciales de su peripecia vital y de esta narración, de manera radicalmente libre, hasta el punto de rondar, en ocasiones, la frontera del tabú. Pero, sobre todo, lo disfruta con una naturalidad digna de su temperamento de mujer emancipada y creativa. Berlín, Londres y Bilbao ponen el telón de fondo a una historia en la que muchos jóvenes lectores y –especialmente– lectoras, verán reflejados de manera fresca y directa algunos de sus más recónditos gozos y temores.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2011

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



DOS PALABRAS

Título original: Bi hitz

© De los textos: 2008, Garazi Goia

© De la traducción: 2011, Jorge Giménez Bech

© De la presente edición: 2011, ALBERDANIA,SL

Plaza Istillaga, 2, bajo C. 20304 IRUN

Tf.: 943 63 28 14 Fax: 943 63 80 55

[email protected]

Portada: Antton Olariaga a partir de una fotografía de Unai Pascual

Digitalizado por Libenet, S.L.

www.libenet.net

ISBN edición digital: 978-84-9868-298-4

DOS PALABRAS

Garazi Goia

Traducción de Jorge Giménez Bech

A L B E R D A N I A

astiro

La noche en que nos conocimos

yo empecé a perder

La cerilla explotó

y me quemó los dedos

manché mi blusa con el vino

Olvidé por completo el nombre

del mes y del día.

Cristina Peri Rossi

UNO BERLÍN

—¿Qué planes tienes?

—¿Planes? ¿Para cuándo? ¿A qué te refieres?

—Quiero decir si tienes intención de quedarte aquí mucho tiempo. Me refería sobre todo a las cosas de tu trabajo que el otro día me comentaste. Si te conceden o no el traslado a la oficina de Londres y todo eso.

—Tal como te dije, esa historia de Londres, no depende de mí, al menos por el momento. La primera palabra es de mis jefes, y aún quedan muchas cosas por atar. Parece que hay bastantes probabilidades de que me ofrezcan ese puesto, pero no se resolverá de un día para otro.

—¿Alguna idea sobre cuándo se resolverá?

—Pues no lo sé, una, dos semanas. Ya sabes lo que pasa en estos casos. Por una u otra razón, siempre terminan por retrasarse.

—Ah.

Odiaba aquellos lacónicos “ah” tuyos. Me daba la impresión de que lo que realmente significaban era que no me estabas prestando la menor atención, o que me mandabas callar.

—En cualquier caso, te lo dirán pronto, ¿no? ¿No me habías dicho la semana pasada que, tras la entrevista con ellos, la cosa parecía casi hecha?

—No, yo no te dije nada de eso. Lo único me que dijeron es que el trabajo de Londres era idóneo para mí, que la experiencia que he adquirido hasta ahora me resultaría útil para el proyecto que se desarrolla allí. Pero no me avanzaron nada más.

—¿Y no puedes obtener más información por tu cuenta? Quizá la gente de la oficina de aquí sepa algo más.

—Oye, oye, ¿a qué viene tanta pregunta de repente?

Hiciste una breve pausa antes de responder, cogiste un cigarro del paquete de Marlboro que había sobre la mesa, sacaste el mechero del bolsillo y encendiste el cigarrillo con una profunda calada. Después abriste inmediatamente la ventana de la sala. Yo, entretanto, seguí con el crucigrama que estaba resolviendo.

—He estado pensando, y te voy a hablar claro. Yo no puedo seguir así mucho más tiempo, la situación me está superando.

De izquierda a derecha. Acción de cerrar la puerta para desairar a alguien y despreciarle, comienza por “p”, siete letras. PORTAZO. Primer portazo.

Tras tres segundos de silencio, proseguiste.

—Al principio estaba muy bien, estaba a gusto, me sentía bien contigo, pero me parece que todo esto está yendo demasiado lejos. ¿No te parece?

Agua a 0º Celsius. Cinco letras, terminada en “lo”. HIELO. De arriba abajo. Helada. Y callada.

—Sabes que soy muy independiente, y tengo en todo momento la sensación de que nos necesitamos mutuamente en muchas situaciones. Y eso me asfixia. Por ejemplo, ¿por qué no has ido, al fin, a cenar hoy con Kristen? Antes de que llamara yo, tenías intención de ir, y después de hablar conmigo has cambiado de plan.

“Porque estaba deseando estar contigo. Porque estos últimos días te vengo notando muy raro, y porque esta noche, especialmente esta noche, quería estar contigo”. Eso es lo que te quería decir, pero guardé silencio, no era el mejor momento para decir algo así.

Continuaste tras una pausa de diez segundos. Diez largos segundos. Quizá los diez segundos más largos de mi vida. Si escribiera todo lo que se me pasó por la cabeza, podría darme incluso para una novela. El libro más largo del mundo. Quizá.

Y seguí con el crucigrama, deseosa de restar importancia a la conversación. Como si quisiera concentrarme en otra cosa. Capital de Filipinas. M_NI__. Manila.

A Manila no, pero sí habíamos hecho planes de ir a Grecia. Una semana, decíamos que nos vendría bien para escapar un poco de la rutina y desconectar. Hasta trajiste de la agencia un catálogo de hoteles. Y enseguida nos imaginé a los dos en aquella playa, en aquella playa de arena blanca, los dos solos, mirando al mar, sentados en la orilla, dejando que el mar nos mojara los pies. De pronto, tu figura comenzó a desvanecerse en mi imaginación, poco a poco, como si se difuminara, y me quedé sola. Yo sola, perdida en la inmensidad de aquella playa de Grecia. O en aquella playa de Manila. O dondequiera que fuera, Grecia, Manila, Nueva York o Berlín, pero sola.

—Siento tener que decirlo así, pero esto de dormir juntos todos los días, esto de compartir todos y cada uno de los momentos es demasiado. A veces siento deseos de estar solo, de cenar solo, de ver la televisión solo. Sin tener siempre tu sombra a mi lado. Aunque no me molesta, tengo la sensación de que estás invadiendo inconscientemente mi espacio, y, de verdad, eso no me gusta.

Solo. Sombra. Molestar.

—Perdona, pero no creo haberte obligado nunca a nada, y si hemos llegado hasta hoy es porque te sentía y me sentía a gusto.

Quise decir algo más, pero eso fue lo que me salió del amasijo de ideas que se había apoderado de mi mente.

—Hasta hoy —proseguiste—. “Hasta hoy”, tú lo has dicho. Esto no puede seguir así mucho tiempo más. Creo que las cosas tienen que empezar a cambiar. Podrías quedarte en casa, pero me parece que deberíamos dormir en habitaciones separadas. No quiero transmitirte falsos sentimientos. No estoy enamorado de ti.

Te quedaste un momento en silencio, y me miraste, buscando mi mirada con la tuya, tal vez en busca de complicidad.

Yo no lograba reunir fuerzas para hablar. Aunque trataba de romper aquel silencio, las palabras no brotaban de mi boca.

“No estoy enamorado de ti”.

Seguiste tú.

—Al principio todo era perfecto, pero ahora falta algo. Sigues siendo alguien muy especial para mí, pero no quisiera que esto afectara a nuestra amistad.

Amistad. “No estoy enamorado de ti”.

—Qué quieres que diga. Como dices, estoy en tu casa, me he metido en tu vida sin pedir permiso, y he invadido tu espacio. Es eso lo que quieres decirme, ¿no? Pues tendré que entenderlo.

No tienes la menor idea de cuánto me hirieron tus palabras. Ni tampoco de cuánto me costó pronunciar las mías. Pero solo sé que, tras escucharte, y sin tiempo aún de asimilar lo que me estabas comunicando, lo que te dije fue lo más coherente que podía acudir a mi mente. Poco a poco fui ensamblando tus palabras, despacio, muy despacio. Hablaste de amistad. No querías perder mi amistad. Que le den, a la amistad. Por qué tratar de justificar otra cosa mediante la amistad. Repugnantes clichés. Lírica barata con pretensiones de quedar bien, nada más que eso. No te quiero, no quiero dormir contigo, no quiero vivir más contigo, olvídame, PERO no quiero perder tu amistad. Palabrería de saldo, y nada más. Como si eso fuera a hacerme olvidar todo lo que acababas de decir. Una mierda. Eso mismo. Mira cómo es el asunto: “X deja a Y porque quiere salvar la amistad entre ambos”. Pero el esquema ha sido este otro: “X no quiere saber nada más de Y, y lo/la deja”; o como ocurre con frecuencia: “X deja a Y porque quiere acostarse con Z”. Pero, en los tres casos, pretenden mantener la amistad, son amigos”. Y por si fuera poco, X queda como un héroe. Y, si te descuidas, Y será incluso culpable. Que le den.

Disimulaba las lágrimas con gran esfuerzo, y trataba de mostrarme dura. Pero tenía el corazón destrozado, cada una de tus palabras, cada una de las sílabas, era una puñalada en mi corazón.

Y, no obstante, intenté encajar la palabra SUEÑO en alguno de los huecos del crucigrama, porque quería pensar que todo aquello no era más que un sueño, que al despertarme lo olvidaría todo. Pero no había ningún hueco, no había suficientes cuadros en blanco. Lo contrario de la risa. Horizontal. LLANTO. Dos menos una. Vertical. UNA. Sin compañía de nadie, femenino. SOLA. Esas fueron las últimas palabras que escribí.

—Además, dentro de dos semanas viene Aitor para pasar diez días, y se quedará en casa. No quisiera que viera entre nosotros algo que no existe, no quiero dar pie a malentendidos.

Y quise gritarte que te callaras. Quería rogarte que por favor te callaras, antes de que todo fuera aún peor.

Lo que me faltaba. Aitor era tu mejor amigo. Y parecía mentira. ¿No podías decirle a tu mejor amigo que yo no era tu novia, que no había nada entre nosotros (salvo la amistad. La amistad que no queríamos perder, como tú habías dicho), a pesar de que habíamos dormido juntos los últimos ciento diecisiete días?

—No sé qué tiene que ver Aitor en todo esto. Pero tranquilo, cuando él esté aquí no os molestaré; salid de farra y volved con una chica cada uno, o con dos, o con tres si os apetece. ¿Es eso lo que te preocupa?

Empezaba a ponerme nerviosa, y la conversación iba por mal camino. Y era perfectamente consciente de que mi reacción denotaba muy escasa madurez, que la tensión del momento me afectaba en exceso.

Guardamos silencio los dos, tal vez durante medio minuto. Encendí un cigarro y me acerqué a la ventana, tú seguiste sentado a la mesa, pasando y repasando las páginas de periódico que tenías frente a ti.

—Perdona, mi reacción ha estado fuera de lugar. No quería decir eso.

Yo fui la primera en rectificar.

—Esto no tiene sentido. Yo también lo siento. El comentario sobre Aitor estaba de más. Ya sabes que Aitor te tiene mucho cariño.

Yo quería llorar. No podía mirarte a los ojos, no podía ni tan siquiera tocarte. La menor proximidad, el más mínimo roce habría derruido mi muralla.

—Creo que las cosas están bastante claras. Ni que decir tiene que he estado muy a gusto contigo, lo hemos pasado muy bien y los momentos que hemos compartido aquí han sido muy bonitos. Pero esto no puede seguir así.

Yo seguí callada, te dibujé un signo de resignación con la cabeza, como diciéndote “si tú lo dices”. Poco a poco iba comprendiendo todos los detalles. Tu frialdad de la última semana, lo desacostumbradamente temprano que habías vuelto a casa aquel día. Lo tenías todo preparado, cada una de tus palabras, cada uno de tus movimientos habían sido previamente estudiados. Querías terminar tú la historia que tú mismo habías iniciado, de la manera que tú querías y porque así lo querías, y a mí no me quedaba apenas nada que decir. La ley de la selva al desnudo, y en este caso tú eras el más fuerte.

En aquel preciso instante me llamaron por teléfono. Era mi madre. Una llamada perfecta para relajar algo aquel momento de tensión. Inmejorable para convertir en punto y aparte los puntos suspensivos de nuestro silencio. Atendí la llamada con un alegre “hola, mamá”, y, aunque quería llorar, me brotó la risa, quizá debido a la euforia del contraste de emociones. Los supervivientes de un accidente aéreo bajan riendo del avión, es uno de los síntomas de la euforia postraumática, algo así como una necesidad de expulsar del interior las duras emociones sufridas. Y yo, cuando mi madre me preguntó “¿qué tal?”, le contesté “por aquí todo estupendamente”, con una dulce sonrisa en los labios.