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La presente selección contiene los relatos: - Mozart ensayando su Réquiem - y Los inocentes.Mozart ensayando su Réquiem es quizá el más valioso de los relatos de Tristán de Jesús Medina. Apareció en Madrid, en la Imprenta de Fortanet, en 1881. El relato se hace eco de dos obsesiones que el cubano cultivó a lo largo de su existencia: la pasión por la música y la obsesión romántica por el amor-amistad que debe impregnar todas las cosas. El texto apuesta por la superación espiritual del dolor a través de la voluntad creadora, patente en la vida y obra de Mozart, en cuyo abordaje confluyen veracidad e idealización. También los sentimientos humanos de diversa índole que padeció o de los que fue objeto el genial compositor, elevados a una alta categoría estética. Es posible incluso conocer la personalidad de Mozart a través de los perfiles psicológicos de las mujeres que formaron parte de su vida. Más allá de esto el autor intenta develar algo del complicado atolladero de los sentimientos y pasiones humanas, haciendo mayor énfasis en el amor. Mozart ensayando su Réquiem está muy influido por lo mejor del romanticismo alemán; pero apunta ya hacia algunos tópicos modernistas. Aparece el ya citado misticismo. Se expresa en el culto a la divinidad, a través de la contemplación de la belleza artística y la inmersión del sujeto dentro de su propio ser espiritual. Al igual que en sus piezas poéticas está presente el canto a la muerte como coronación de la vida y perfección de lo eterno. Los inocentes es otro de los textos de Tristán de Jesús Medina que mejor reflejan su mundo interior. Bajo el título de Los inocentes encontramos cuatro cortos relatos: - «Nieve», - «El ángel de los niños», - «La madre de los niños» - y «Una caja de violín».Todos ellos recurren al mismo espacio y a los mismos personajes. Un Madrid frío, nevado y pobre. Un protagonista, en primera persona, que recorre las gélidas calles tropezando con escenarios donde los principales actores son niños que sobreviven en un paisaje urbano, marcado por la miseria. Es un retrato intimista, por momentos crudo y descarnado, sin pretensiones moralizantes.
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Seitenzahl: 147
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Tristán de Jesús Medina
Mozart ensayando su requiem
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Mozart ensayando su requiem.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de la colección: Michel Mallard.
ISBN CM: 978-84-9953-792-4.
ISBN tapa dura: 978-84-9897-334-1.
ISBN ebook: 978-84-9897-185-9.
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Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Mozart 7
Mozart ensayando su requiem 9
I. Eutanasia 9
II. El amor, no la vida, en lucha con la muerte 17
III. Suspiria de profundis 27
IV. La sombra 33
V. La luz y la sombra son acordes 38
VI. Gloriosas armonías 46
VII. Infernal Disonancia 55
VIII. Compases de espera entre la muerte y la apoteosis 61
IX 68
X. Variaciones sobre el mismo tema 87
Los inocentes 97
I. Nieve 97
II. El ángel de los niños 102
III. La madre de los niños 106
IV. Una caja de violín 110
Libros a la carta 113
Tristán de Jesús Medina (1831-1886). Cuba.
Tristán, hizo sus primeros estudios en La Habana y en Filadelfia. Estudió latín y griego. En El Redactor dio a conocer su novela Una lágrima y una gota de rocío. En 1852 comenzó a publicar en El Orden su novela Un joven alemán. Y en 1854 editó los cuadernos No me olvides, redactados casi enteramente por él, donde publicó los primeros capítulos de su novela El Doctor In-Fausto y algunas poesías. Colaboró en Diario de La Habana, la Revista de La Habana y La verdad Católica. La Real Academia Española le encomendó la Oración fúnebre de Cervantes, en 1861.
Considerada la obra más relevante de Tristán de Jesús, Mozart ensayando... ha sido percibida por otros como una obra peculiar y difícil de encajar en el canon literario de la Cuba del siglo XIX.
No obstante, es un texto de referencia de la literatura latinoamericana.
Las realidades de esta vida me afectan hoy como si no fueran más que visiones lejanas, vaguedades, penumbras. En cambio la región de los sueños, de las apariciones increíbles y de los pensamientos que engendra el caos luminoso del ideal, han venido a ser, no solo mi centro, no digo ya mi pan de cada día, sino mi amor también, mi último amor y mi existencia única.
Allan Poe, Berenice
El día comenzaba su vida vespertina desde que los relojes y los cuadrantes, esta vez acordes y al mismo compás, marcaron con sombra más oscura y apagados sonidos la hora de las doce.
El grandioso luminar se preparaba a morir al unísono con un alma hermana y a la manera del cenobita, columbrando los horizontes que están detrás de los nuestros, resucitando antiguas promesas infalibles, consolando a los que velan, estudian, admiran, interrogan y lloran durante la dilatada agonía.
La luz dejó de vivir en rayos, ofreciendo más bien en uno y otro punto de la antiquísima y fastuosa ciudad germánica, flores de luz dentro del ramaje de los árboles, lágrimas de luz en los surtidores de las fuentes, abrazos y besos de luz en las vidrieras de los balcones.
Un silencio profundo, solemne, reinaba en todos los ámbitos de la población, hasta en los barrios del trabajo más ruidoso. La luz, únicamente la luz, siempre silenciosa hasta en sus triunfos más soberbios y en sus misericordias más celestes, era la que parecía vivir como soberana absoluta con la soberanía de la muerte, en aquella atmósfera de paz estática.
Una noticia dolorosa quebrantaba todos los corazones. Apenas comenzó a circular, el martillo del obrero cayó del brazo que le daba vida, al pie del yunque que había atormentado toda la mañana.
Trescientos hombres, ocupados en la construcción de un templo de vastísimas dimensiones, que ofrecieron por muchos meses, un golpe de vista admirable a los que contemplaban desde los balcones circunvecinos el vaivén de unos y otros, el ascenso y descenso de moles de piedra por entre los complicados andamios, el entusiasta rumor del trabajo, el consorcio del querer del hombre con las leyes severas de la naturaleza, para construir algo más grande y digno de la perpetuidad que la montaña, quedaron instantáneamente suspensos y tristes al enterarse de la nueva inesperada. Parecían entonces marineros sobre las vergas en silenciosa actitud, como cuando la nave rinde sus homenajes a la majestad de un príncipe, o solemniza momentos memorables de la historia. La gigantesca fábrica pareció herida de muerte, como si el genio que la dirigía, Amphyon u Orfeo, hubiera suspendido las armonías contagiosas de su lira.
Ningún Sol de la mañana envió a la corona de hielo de la Jungfrau, resplandores más risueños que los que encendía aquella tarde en el interior de un aposento en donde el terror y el frío de la muerte principiaban a dominar. Nunca tuvo el astro de vida coqueterías de luz como las que jugueteaban con los encajes de las almohadas, y los trasparentes pabellones del lecho; ni caricias tan angélicas como las que hacía brillar, ya en los ojos, ya en los labios ardientes todavía, ya en el marfil de las manos del joven moribundo.
El moribundo, ¿quién era? El que creó la música de las grandes emociones en el quinteto incomparable de La flauta mágica; el que hace llegar a nuestros oídos, con su divino Réquiem, algunos lamentos penetrantes del reino impenetrable de la muerte; el que llamó resurrección estética el Don Juan de Tirso de Molina. El moribundo era el inmortal Juan Wolfgang Mozart, cuyo solo nombre evoca un Aranjuez del alma, un mundo nuevo americano de impresiones sumergidas en el océano del olvido, un santuario de recuerdos deleitosos, de sueños e ilusiones inefables.
Wolfgang, cuya belleza distinta se componía siempre de la mirada a la vez intensa y vagarosa de los niños curiosos, y de la palidez diáfana de la joven en la primera hora de la pasión, y de las líneas ideales de un mármol griego, parecía en sus últimas horas más infante, más gracioso que nunca, y más apasionado, así en sus palabras como en el interés con que se ocupaba de mil cosas diferentes; y también más lleno de aquella vida escultural perfecta.
Jamás llegó a creer que se estaba muriendo.
El sacerdote, íntimo amigo que le visitaba con frecuencia, salió el día anterior de aquel cuarto, diciendo:
—Ni creyó jamás, ni creerá nunca en la muerte. Sicut vita, finis ita.
Constanza Weber, la esposa idolatrada, era la que parecía destinada a la muerte en aquella hora y en aquel aposento. Bella y resignada como siempre en medio de su dolor, el dolor por premio realzaba en toda su persona aquellos atractivos que la habían hecho desde la adolescencia recuerdo vivo de Leonor de Este, el ídolo del Tasso. Entonces era con toda verdad la misma alma elevada y soñadora, la misma dulzura seria y venerable, la misma penetrante melancolía, el mismo fuego ardiente disimulado con el más angélico pudor. Pero sus esfuerzos para alentar aquella vida, debían matarla de un momento a otro, como temieron los que mejor la conocían. Hubo un instante en que alguno entró a llamarla, creyéndola muerta ya en el ancho sillón a la cabecera del enfermo.
No había muerto, pero sin morir era el mármol esculpido del amor paciente, o de la efigie en que el alma devota clava su fe para fijarla más, crucifica su esperanza para creer en su resurrección.
Otro personaje había en la estancia, otra alma que interesaba al enfermo, a la enfermera y a los amigos que se asomaban de tiempo en tiempo a la puerta para interrogar con una mirada.
No era un Cristo en el huerto, efigie de las más expresivas, obra maestra de Montañés; ni una Dolorosa de Alberto Durero colocada convenientemente para que el enfermo pudiese contemplarla sin incorporarse. No era tampoco la gran ventana en ojiva superada por dos pequeños rosetones, belleza arcaica, primor histórico, regalo de Clemente XIV, la cual transparentaba todo el lado de la habitación dando al jardín. Sus vidrieras de colores, de extraordinario mérito, golpeadas tenuemente por algunas ramas con golpes de llamadas dadas por manos amigas, ofrecían encanto a los ojos y motivos para largas meditaciones sobre los secretos del pasado. Pero el alma amiga que decimos era un gran ramillete de flores escogidas en el mismo jardín de la casa, y colocada sobre un velador, en un vaso de porcelana, rodeado de copas y redomitas de caprichosas formas, que perdían, en contacto con las flores, su aspecto de frascos de medicina, y aparentaban adornos de perfumería. Abundaban en el vistoso ramo las rosas de Castilla, las margaritas, los lirios-flambas, las campánulas y los nomeolvides que coronaban las orillas de los ríos alemanes.
El velador estaba delante de la otra puerta, fronteriza a la del salón principal que daba paso a las habitaciones interiores. De momento en momento, por espacio de media hora, estuvo abriéndose sin el menor ruido, una hoja de aquella puerta, por donde se introducía cautelosamente una mano trémula para desprender dos o tres flores del ramillete y desaparecer, dejando libre el paso a otra y otras manos que se sucedían sin interrupción. Así fue como infinidad de amigos y admiradores del maestro, que no podían penetrar en la cámara, dieron el estrechón de manos del adiós, al que iba a abandonarlos, quedándose con algo que se moría como él, exhalando aromas de regalada vida.
Mozart duerme ahora. Constanza se ha quedado también un poco embelesada en el sillón. Respetemos este minuto de reposo que el dolor les concede. Pasemos al salón del piano.
Allí conversan, en voz baja, varios amigos procurándose esperanzas, disimulando mal sus temores, discutiendo el parecer de los médicos y confiando hasta en un cambio de dirección del aire.
Entre otros amigos algunos había de los que no saben serlo sino el primer día y el último de la amistad. Excelentes para solicitar la primera presentación y hacer casi un juramento, cumplido este deseo; fieles luego en acudir para el adiós inesperado, se muestran inútiles y olvidadizos todo el tiempo que media entre estas dos novedades. Estas almas volcánicas viven de explosiones.
Su amor se asemeja al arco iris, cuyos colores se avivan en sus dos extremos: en el fondo del horizonte en que nace y en el otro en que muere, y todo lo demás de la comba, atraviesa el espacio azul con tintes desvanecidos.
No pertenecía de ningún modo a este número el español Crisolara, primer socio de una casa de banca en Praga, que llevaba diez o doce años de creciente fortuna. La familia del banquero vivía en la casa inmediata a la de Mozart, y ambos hogares se comunicaban por el jardín. Las dos familias se habían hermanado perfectamente.
Emma, la hija menor de Crisolara, fue la última discípula del autor de Don Juan. Hallábase también allí, en un rincón oscuro del salón, cerca del piano, procurando esquivarse a todas las miradas y cubriéndose de continuo el rostro con un papel de música que se le caía de la mano cuando la aflicción la distraía de su reserva pudorosa. Tendría unos doce años, y era de una belleza de aparición tan singular, que ni su esquivez, ni la preocupación que dominaba a las más, eran parte a que dejaran de buscarla con la vista cuando con más interés se hablaba del estado del enfermo. Su traje, además, era suficiente a llamar la atención de todos, era el mismo que había llevado por la mañana a la iglesia para celebrar su primera comunión, después de cuya solemnidad corrió ella a casa de su maestro de canto y de piano, sin detenerse antes en la suya ni para quitarse la guirnalda simbólica de rocas blancas.
Ni aquel traje, ni la solemnidad para la cual lo había vestido, la obligaron a despojarse de un adorno de oro que brillaba siempre en su brazo izquierdo, regalo de Mozart. Esto da una idea del carácter de la españolita, su discípula. El brazalete tenía el retrato del querido maestro con estos sencillos versos, de antiguo poeta español, cincelados en el ancho cintillo de oro.
Sobre tu tierno corazón grabado
Lleva siempre mi rostro como un sello,
Sobre tu brazo bello.
Ténlo en el brazalete retratado:
¡Y nunca olvides que el amor es fuerte
Como la misma muerte!
Dos amigos de los comparados con el iris, dialogaban delante de un balcón de la manera siguiente:
—¡La pérdida es incalculable! —decía un hombre de vistosa corpulencia, aunque no tan extraordinaria que no le hiciera parecer más bien como una reducción harto mezquina del elefante.
—¡Ah! —exclamó un pigmeo que le oía como un oráculo, acercándose a él en cuanto le vio abrir la boca, que no parecía sino una mosca en acecho para colarse por allí.
—Si supierais lo que hizo enseguida que supo el caso aquel barítono admirable que debutó en no sé qué teatro y entró luego en no sé qué presidio...
—¿Qué hizo? —preguntó la mosca asombrada.
El elefante se lo comunicó al oído, toda vez que los demás no parecieron interesarse por sus noticias.
—¡Poder del genio! —zumbó la mosca.
—Pues eso es nada para lo que le ha pasado al admirable tenor que fue por un mes el Tenorio platónico de muchas damas..., aquel, ya sabréis, pinche en las cocinas del príncipe Ingherami.
—Sí, ya, ya.
—Pues ese...
—¡Ah!..., ¡dejar al príncipe por un convento!
—¿Y la mezzo-soprano Verena, hija de mi zapatero?
Todo lo más que se podía sacar de estos elogios, que dejaban secreto la mejor, era que los artistas citados, no eran sino flores que habían crecido en fétidos pantanos. Y que el arte para aquel hombre de bulto, solo era una emanación de lo más material y prosaico que la vida tiene.
El señor Crisolara se acercó al casi elefante, y le dijo en voz baja.
—Señor barón, en la puerta de la calle preguntan por vos.
—Voy, voy. Ya sé quién podrá ser, o la tiple del teatro de San Esteban, que fue costurera de mi madre, o el violinista Wolmar, antiguo sepulturero que ha abierto una carnicería en...
—No —dijo secamente Crisolara—. Es vuestro perro.
—¿Bemol? ¡Ah!, pues ya sé quién lo ha despachado en mi busca.
—Hablad más bajo. Y aún mejor será que no os despidáis de nadie. Porque el amigo que aún vive allí, tiene el oído muy fino. Despachad, despachad; vuestro perro empieza a ladrar.
El barón corrió en puntillas a la escalera. Pero como Crisolara hubiera señalado con el dedo la puerta del aposento cuando imponía silencio al charlatán, Emma corrió a su padre diciéndole candorosamente.
—Padre, no debemos apuntar con el dedo hacia las puertas de un sagrario —el padre la besó conmovido y ella volvió a su escondite sollozando.
Dos de los médicos dijeron luego a Crisolara.
—Vos que sois el que lleváis tan noblemente la dirección de la casa en este instante..., haced que den a nuestro amigo todo lo que pida... Complacedle en todo de ahora en adelante... La vida que le queda escapa a nuestro análisis y a nuestro auxilio... Con vuestro permiso nos retiramos.
Los médicos dispusieron desde por la mañana las compresas frías en la frente ardorosa. Las últimas vendas acaban de parecerle a Constanza que afean un tanto aquella cabeza querida, y por eso ha rasgado varias camisitas de niño, de riquísima batista de Holanda, lujo del bautismo de sus hijos, para hacer diademas y a la vez remedios de alivio de los retales más primorosos.
Mozart ha manifestado hace poco deseos de permanecer incorporado en su lecho. La posición horizontal siempre le fue enojosa.
Ahora tenía que escribir además, hacer algunas correcciones y añadir compases en algunos fragmentos del Réquiem.
Había necesidad para esto de dos o tres almohadas bien mullidas, cuanto más nuevas, mejor. ¿Dónde hallarlas? Apenas se supo lo que pedía el amigo, de la vecina casa de Crisolara vinieron dos blanquísimos cabezales adornados con cintas, flores y viciosa flequería de encajes de Flandes. Se habían quitado de un lecho nupcial preparado para las próximas bodas de Úrsula, hija mayor de Crisolara.
Mozart escribía apresuradamente, con mano firme, bajo el exclusivo dominio de su inspiración. Deteníase a intervalos embelesado como quien oye música lejana, muy de arriba, y acaso estaba oyendo realmente el Réquiem que le cantaban los ángeles.
Cuando recogía completa una de las conmovedoras frases de aquel excelsior, sonreía orgulloso de que su potencia auditiva alcanzase tanto, y enseguida trasladaba al papel lo que acababa de dictarle el cielo.
El genio sombrío de Yuste presenció sus anticipados funerales temblando. Acaso la novedad que en aquello buscó fue la impresión de terror. El genio riente de Mozart, por el contrario, parecía oír los suyos con más alegría que cuando niño el Miserere de Allegri en la Sixtina, música que copió al día siguiente con toda exactitud, sin más auxilio que su oído fiel y su instinto musical.
Constanza le presentaba tan pronto el tintero como la copa que contenía algún calmante. Wolfgang tuvo todavía vida suficiente para hacerla sonreír con travesuras de infante: una vez mojó la pluma en la copa, y ella se apresuró a reír para no llorar.
Así corrió una larga media hora.
—Finis coronat... —dijo, al fin, Mozart con voz trémula de emoción entregando la pluma a Constanza, y procurando secar con su aliento lo que acababa de escribir.
En aquella actitud parecía que el genio empezaba a esconder su alma para siempre en el misterio de su obra inmortal.
Entonces se atrevió la piadosa Constanza a interrogarle de nuevo sobre la proximidad de la muerte.
—Dulce Amadeo, amor mío —le dijo entre beso y beso sobre la encendida mejilla, dándole el nombre que prefería Mozart, desde que su gran amigo Clemente XIV le había dicho que este equivalente italiano de Wolfgang era más eufónico y poético que dicho nombre alemán.
—Amadeo del alma, ¿de veras no sientes abandonar esta vida?
