Dris valiente - Khalil Bargach El Gzouli - E-Book

Dris valiente E-Book

Khalil Bargach El Gzouli

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Beschreibung

Dris valiente es una obra intensa y visceral que nos arrastra a un viaje épico a través de la vida y las experiencias de Dris, un marroquí emigrado a España, y sus amigos, mientras se embarcan en una aventura por varios países europeos. La prosa, intensa y sin concesiones, nos sumerge en la realidad de estos personajes, descubriendo los temas más espinosos y controversialmente humanos, desde el oscuro mundo del consumo de drogas y la prostitución, hasta las complejidades de la inmigración y la criminalidad. Los personajes revelan su intimidad y luchas a través de confesiones y diálogos que se desarrollan con una autenticidad palpable, forjando un vínculo íntimo entre el lector y las vidas de estos protagonistas. En el corazón de la trama, Dris, un individuo ajeno al amor y motivado por la sed de venganza, se encuentra con una chispa inesperada cuando cruza caminos con Denia, una joven cuya presencia despierta sentimientos hasta entonces desconocidos. Dris valiente es una invitación a explorar realidades y culturas fascinantes y desconocidas; cambiando de tono de manera hábil, desde momentos oscuros hasta pinceladas de humor negro. Te transportará a través de Europa y te hará sentir como si tú mismo estuvieras viviendo esta aventura inolvidable.

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Seitenzahl: 120

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Khalil Bargach El Gzouli

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: María V. García López

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1181-725-7

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Así te mantendré vivo para meterte en líos.

Era tu especialidad. Lo que más te gustaba hacer. Descansa en paz hermano mayor.

PRÓLOGO

Dentro de estas páginas, te aventurarás en un viaje literario inigualable. Esta novela te transporta a lugares remotos de Europa, a través de los ojos de Dris, un chico marcado por la vida, cuya búsqueda de identidad y sed de venganza lo llevará por senderos inexplorados.

El autor te adentra en un mundo de realismo sin tapujos, donde los temas tabú como el consumo de drogas, la prostitución y la inmigración se presentan con una franqueza desgarradora. La narrativa se teje a través de confesiones y diálogos que establecen una complicidad profunda entre los personajes y aquellos que se aventuran en estas páginas.

El protagonista, Dris, quien desconoce el amor y busca venganza, experimenta un cambio inesperado cuando conoce a Denia, lo que añade una dimensión humana y vulnerable a la trama.

La novela no se contenta con explorar los temas más sombríos de la vida, sino que también arroja una mirada crítica y mordaz sobre el contexto político y social de Marruecos.

La narrativa de la obra fluye con una maestría que se traduce en un cambio de tono hábil y dinámico, pasando de momentos de oscuridad profunda a toques de humor negro que inyectan vida en la trama. Este cambio de matices en la narración otorga a la historia un ritmo vibrante y cautivador que atrapa al lector en una montaña rusa emocional.

Más allá de una simple narración, esta novela se convierte en una puerta de entrada hacia la exploración de realidades y culturas fascinantes y enigmáticas que suelen permanecer en el anonimato.

Confesiones

Esnifó la rayota de cocaína con un billete de 200 dirhams. Se veía al enrollarlo una corona dorada con su estrella de cinco puntas junto a la cara seria del rey de Marruecos. Siguió con el dedo índice los restos esparcidos sobre la bandejita negra de Swarovski recién calentada con un microondas que tenía detrás de él. Lamió su dedo y lo pasó sobre sus encías. Se le acercó una hermosa latina con un escote muy pronunciado y un pantalón súper corto y muy apretado que no parecía de su talla. Se inclinó y le besó lentamente mientras le cogía el billete para tomarse su raya.

Con un rostro pálido pero despierto. La mirada algo melancólica. Pasó su lengua alrededor de sus labios. Tenía la boca seca y no paraba de moverse. Daba un par de sorbos rápidos de un vaso de vodka y decía a su amigo:

—Khay Rachid, eran unos tiempos de mierda, pero creo que estaba feliz. Feliz como un cerdo en la mierda.

Hablaba rápido como si quisiera contar todas sus historietas en una frase. Encendía un Marlboro y seguía contando:

—Era el invierno de 1991. Me habían detenido por pertenecer a un movimiento político de estudiantes comunistas en la universidad de Dhar al Mhraz de Féz que estaba prohibido en Marruecos. ¿Por qué cojones tenía que ir ahí desde Larache a estudiar derecho? Derecho en Marruecos, solo un tonto podía creer eso.

Dio unas caladas pequeñas al cigarrillo y dijo como si se auto culpara:

—Solo tenía miedo de que me follen tío, estaba acojonado.

Le pareció saleroso a su amigo que se río a carcajadas, pero la latina no entendía árabe, no le hacía gracia lo que decían y estaba allí mirando Instagram en su móvil todo el tiempo, solo se levantaba para servirles tragos, esnifar o ir al baño.

—Cariño, luego te explico todo lo que estamos hablando, te lo traduciré todo —dijo mirando a la chica luego a su amigo y siguió:

—Claro, yo era guapete, tenía el pelo largo, gustaba a las chicas y escuchaba la música de Nirvana. En Marruecos de los años 90 casi nadie escuchaba la banda de Kurt Cobain. A mí me molaba tío, esta mezcla de amargura en su voz, acordes fáciles como las del blues y la letra que no entendía en su momento pero que rimaba de la ostia.

Desde finales de los 80 hubo muchos enfrentamientos entre grupos estudiantiles extremistas, llegó muy lejos este odio. Los estudiantes islamistas habían librado una batalla campal contra los marxistas, matando a un adorable y conocido líder estudiantil llamado Ait El Jid Mohamed ben Aissa. Le aplastaron la cara con una piedra enorme que se usaba para hacer los bordillos de las aceras. E iban salvajemente a por los demás. Pillaron a otro líder llamado Noureddin Jarir, le dieron una paliza de muerte y lo tiraron desde el tejado del buffet del campus universitario. Todo con la mirada de las fuerzas de seguridad del Estado marroquí que odiaba a los comunistas y a mí también. Me acuerdo de los garrotes, las miradas asesinas, los machetes, cadenas de motos, barras de hierro, piedras y como si de la Guerra Santa se tratara, de vez en cuando se escuchaba: ¡¡¡Takbiiir!!! ¡¡¡Allaho akbar: Takbiir!!! Allaho akbar. Y entonces como bajo el efecto de alguna droga, salían en todas las direcciones a matar a los enemigos de Dios, enemigos de Alá jalla jalaloho. Había que exterminarnos como ratas, quemar las semillas del pensamiento racional en las universidades marroquís. Prohibir la música, el baile y los libros de filosofía. Y eso para Idriss El Basri que en aquel momento era el ministro de Interior marroquí, le hacía caer la baba. Le iba de perla que no quede ninguno de nosotros, meternos miedo y aterrorizarnos. ¡Qué tiempos! ¿Cómo podía ser tan estúpido?

—Joder, tío, ¿cómo te libraste? —le preguntó Rachid.

—Por el poder del amor, mi polla torcida y mal circuncidada o quizás Alá a quien renuncié hacía tiempo aún tenía planes para mí. ¡Yo qué sé! —dijo esto, bebió un sorbo de su vaso y continuó:

—Dormíamos en turnos. Nos habían puesto con los presos comunes en la cárcel de Ain kadous en Fez, un asco tío, más bien un vertedero. Éramos unos 23 o 25 en una habitación. Todos sucios y malolientes, rascándose todo el rato sus pelos, sus pieles y sus partes íntimas. Tfú. Aún puedo sentir este olor.

En la Universidad había cogido el gustito de interrumpir las clases de los profesores durante las manifestaciones estudiantiles para la liberación de los presos políticos encarcelados por el régimen del difunto rey Hassan II. Iba con determinación, me seguían tres o cuatro camaradas nuevos contentos y orgullosos, algo nerviosos y excitados. Iban a interrumpir las clases y llamar la atención de algunas chicas que les gustan los chicos rebeldes. Y allí estaba ella toda tan bella. Un culazo, tetas de buen tamaño, labios carnosos y la piel morena como la del carbón de su padre. Pero la clase, mirar, andar y conversar con mucha educación la había heredado de su madre de Asila, una hermosa ciudad al lado de Larache. Se dice que su gente se vuelve loca después del rezo del Asar.

El padre de Lamia era un alto funcionario del servicio secreto marroquí, un cabroncete de mucho cuidado, especialista en manifestaciones estudiantiles y no estudiantiles, recopilación de información por todos los medios, extorsión, chantaje, intimidación, falsificación de pruebas y testimonios etcétera. Tenía sus espías en todas las calles, camareros, peluqueros, kssala en el hamam. Casi todo El Mundo chivaba al Mkaddem y este a su vez a sus superiores.

Yo había puesto el ojito a su hijita, o ella a mí durante una interrupción de clase que hice. Se enamoró de mi tontamente, me entregó todo su amor ardiente, su placer y su virginidad que era lo más valioso para una chica marroquí. En aquel entonces teníamos planes de casarnos una vez acabáramos la Universidad. Yo no estaba tan seguro, me gustaban casi todas.

Puede que hubiese contado a su madre que yo le había reventado el chochito.

—Ja, ja, ja, ja, Hostia tío —dijo Rachid soltando una risita.

—Entonces el padre había movido algunos hilos para que yo saliera lo más pronto posible a darle su merecido a su hijita mimadita —decía orgullosillo.

—O no quería que su yerno saliera menos hombre de la cárcel, ja, ja, ja, ja, ja —añadió Rachid aun sin poder contener su risa.

—Hubiera perdido la virginidad, pero del otro lado, ja, ja , ja, ja, ja.

—Ahora como ha pasado tiempo parece hasta gracioso y todo, ja, ja, ja, ja, ja.

—Es la hostia como era la cultura del amor en Marruecos en aquellos tiempos. Todo se hacía a escondidas. Todo se sabía, pero no se veía. Todo opaco. Al principio solo me daba algunos besos, la sentía ardiente, temblaba cuando le comía sus carnosos labios, cuando le acariciaba el culo o le besaba en el cuello. Yo tenía la polla dura como un martillo y ella muy cachonda, hambrienta y caliente. Quizá por las especies que las moras comían a diario.

—Luego, y cómo insistía mucho entonces me chupaba el cipote, pero no me lo hacía bien como las rusas o las latinas. Después la convencí de que me abriese la puerta trasera, que ricura es el sexo anal, que placer. Yo me hubiese quedado allí, pero ella quería su propio orgasmo. Así que la culpa es suya.

—Ja, ja, ja, ja, ja, ja.—No soy de los que van contando su vida por ahí a la gente sabes, pero esta coca es buena, te hace confesar sin freno, se mete en un rincón casi olvidado de tu mente, exprime tu memoria y empiezas a recordarlo todo como si lo estás viviendo otra vez, con todo detalle —decía mientras vertía el contenido de una bolsa de cocaína en el plato, cogió una tarjeta del banco Santander y empezó a machacar unas piedrecitas blancas hasta dejarlas muy finas. Hizo tres rayas bien largas y ofreció primero a su amigo luego a la chica que aguantó el plato hasta que se desapareció la raya en su narina izquierda.

Tenía mucho apetito de hablar que siguió contando:

—Al no tener una familia como Dios manda, mis dos tíos no querían saber nada de mí al llegar a España. Solo me había cogido unos días un amigo catalán de mi padre, el Jordi, un tío rarito que no tenía hijos, se parecía al Ned Flanders de Los Simpson, su mujer era súper borde conmigo.

—Tío, pero ahora estás en España, casi no te sigo, has saltado otra vez de país y de tema, ja, ja, ja, ja —dijo Rachid algo confuso.

—Pues a lo que íbamos —le contestó—. Lo que te iba a contar, hostia, ahora he perdido el hilo tío, si eso.

—Se hartó muy rápido el Jordi y su mujer de mí y me pidieron educadamente que me vaya a tomar por el culo, que me buscase la vida en otro lado. El Jordi tenía una fábrica de plástico y allí tenía a su perrito faldero. Un capullo de Berkan creo o de estos pueblos de mala muerte al este de Marruecos donde solo hay lagartos e hijos de puta. Tontos como las piedras de Taourirt. Se llamaba Musa, me había ayudado a alquilar una habitación compartida con ocho marroquíes ilegales. Yo iba a ser un ilegal en pocos días al acabarse mi visado que había obtenido en la embajada de Bélgica y el Benelux en Rabat.

—Recuérdame contarte la historia de cómo he tenido este visado ¡eh, vale!

—Vale.

—Mis compañeros de piso trabajaban en unos campos alrededor de Reus. La casa era sucia, húmeda, olía a ratas muertas y podridas. Aguanté un día, me emborraché y le di un cabezazo a uno que hacía el papel del jefecito de la casa, un barbudo que rezaba cinco veces al día y no miraba a las buenas hembras que pasaban por la calle. Luego se hacía pajas con su saliva mientras todos los demás dormían.

—Ja, ja, ja, ja, este último me lo acabo de inventar.

—Bajé a Salou a buscar trabajo, luego a Cambrils de lo que sea. En España se estila mucho el cómo sea, o lo que sea, de lo que sea, lo que Dios quiera y sobre todo, hoy no, mañana.

—Ja, ja, ja, ja, ja.

—Conseguí trabajo en un bar restaurante muy cutre. El dueño parecía un cerdo andante. Vaya personaje, sucio, maleducado, gordo y sabelotodo. En este restaurante ligaba con todas sin excepciones. Gitanas, inglesas, rusas, francesas, latinas. Hasta la hija del cerdo no se libró y él se enfadó. Le escuchaba regañándola arriba del bar donde tenía algo parecido a una vivienda: «cómo podrías enrollarte con un moro. Das asco».

—Ja, ja, ja, ja, ja.

—Unos días antes el cerdo me decía que soy como su hijo, que soy un buen trabajador y ahora soy un moro de mierda que ha follado a su niñita. Le daba vergüenza. Pero su hijita era muy pava, muy patosa y no sabía moverse en la cama. Solo fue un rollo de una noche, estaba muy borracho y ella se me quedó pegada como un chinche. Este polvo no lo cuento. Luego se fue a vivir con su madre, su hermana y su hermano. Tenían un restaurante justo enfrente. Sus padres se habían separado después de haber trabajado juntos muchos años. Habían ahorrado para comprar otro local. Un día el padre se cabreó y hecho a todos a la calle. Quedándose él solo en el bar restaurante, Elsa y la madre con el bar restaurante Berlín, los niños y una deuda enorme. La verdad es que la mujer era una auténtica luchadora. Sacaba adelante el negocio, los niños, atendía sus borrachines habituales: el Delfín, menudo loco, Carlos el de los granos, el alemán, la mujer rebelde, un camello fijo que parecía de la plantilla del bar, los turistas pesados, etcétera. Nunca tuvo un día de fiesta. Ni siquiera el día de la comunión de su hija Cristina. Solo había cerrado un par de horas. No se fiaba de nadie. De nadie en absoluto.

Yo tenía trabajo, pero no donde dormir. Lo hacía unos días en la playa capellanes, pero no era agradable. Joder qué mal rollo. Cómo odiaba mi país. De aspirante a juez, estudiar derecho, soñar con cambiar el mundo, a dormir en una playa. Miedo no tenía, solo mucha rabia que se apagaba mientras follaba. En el bar del cerdo conocí a un travesti. No lo sabía hasta después. Decía estar casada con un tal Jaime que era