Dulce adicción - J. Daniels - E-Book

Dulce adicción E-Book

J. Daniels

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Beschreibung

Liarte con alguien en una boda nunca trae nada bueno. Los que practican esta curiosa actividad conocen las reglas: romper el hielo, echar un polvo y despedirse. No esperan salir de allí con una relación. Es lo que hay. Dylan Sparks conoce esas reglas. Está familiarizada con el protocolo. Y tiene el mejor sexo de su vida con un completo desconocido en la boda de su exnovio. A Reese Carroll no le importan las reglas. Quiere algo más que una noche con Dylan. Y Dylan lo encuentra demasiado adictivo como para que él salga de su vida sin más. Dulce adicción es la historia de la lucha de una mujer por intentar que todo sea casual, a pesar de lo que le dicta el corazón, y del deseo de un hombre de estar a su lado.

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Seitenzahl: 513

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Título original: Sweet Addiction

Primera edición: mayo de 2021

Copyright © 2014 by J. DanielsPublished by arrangement with Brower Literary and Management

© de la traducción: Mª José Losada Rey, 2021

© de esta edición: 2021, Ediciones Pàmies, S. L.C/ Mesena, 1828033 [email protected]

ISBN: 978-84-18491-36-8BIC: FRD

Adaptación del diseño de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografía de cubierta: FXQuadro/Shutterstock

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Epílogo

Agradecimientos

Contenido especial

A mi amor.

Ese increíble marido mío que aguantatodas las locuras que se me ocurren.

1

—Joder, joder, joder… ¿Joey, dónde estás? Te necesito. —Me estoy poniendo nerviosa porque se me está haciendo tarde, como siempre. Trato frenéticamente de subirme la cremallera de mi nuevo vestido negro palabra de honor sin conseguirlo—. ¡Maldito seas, Joey! ¿Dónde te has metido?

Levanto las manos en señal de frustración, me pongo mis stilettos negros favoritos y bajo corriendo a la pastelería, con la espalda al aire, donde Joey, mi ayudante y amigo, apoya su alta y perfecta figura cubierta por un traje en el marco de la puerta mientras me observa con diversión. La sonrisa que se dibuja en su cara es arrebatadora, y, si no estuviera tan irritada, me habría detenido a apreciar lo guapo que es.

—¿Dónde coño te habías metido…? ¿Puedes subirme la cremallera, por favor, para que podamos irnos de una vez? Debería haber entregado la tarta hace más de una hora.

Se aparta de la puerta y se acerca a mí con una expresión tierna.

—Querida, la tarta ya ha llegado a su destino.

Arqueo la espalda cuando el frío metal de la cremallera se desliza por mi columna.

—¿Qué? ¿En serio?

—Sí, así es. —Me pone las manos en los hombros y me hace girar—. La he llevado yo mismo, porque sabía que estarías tan concentrada preparándote que llegaríamos tarde.

—Lo dices en serio, ¿no? —insisto, mirándolo fijamente sin estar convencida del todo.

Asiente.

—De verdad, cielo.

Sonrío al tiempo que levanto la mano y le beso con rapidez la mandíbula recién afeitada.

—Eres el mejor. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé. —Sus ojos recorren mi cuerpo, y siento que se me calientan las mejillas—. Estás increíble, Dylan. En serio. —Arquea las cejas—. Ojalá me gustaran un poco las tetas…

Levanto la mano para interrumpirlo, aunque me cojo los pechos con un gesto de burla y me los subo todavía más.

—¿Sí? Ahora mismo están de infarto, ¿verdad? —Me brinda una sonrisa, lo que hace aparecer su único hoyuelo.

—¿Estás preparada? —me pregunta mientras me coloca el pelo por detrás de los hombros—. Todavía podemos echarnos atrás. Estoy a favor de pasar de toda esta mierda e ir de bar en bar. —Arquea una ceja mientras examina mi expresión, esperando una respuesta.

Suelto el aire con fuerza y lo cojo del brazo para arrastrarlo hacia la puerta.

—No, no podemos escaquearnos. Juls se enfadará si no aparecemos. Además… —nos detenemos en la puerta y lo sujeto por los hombros—, pensaba que querías hacer guarradas con hombres a los que nunca volveremos a ver. —Me espera el consabido sexo salvaje de boda, y estoy más que dispuesta a no dejarlo pasar.

Sus ojos se iluminan rápidamente, llenos de picardía.

Ahí está el Joey travieso que conozco y adoro.

—Oh, joder, sí… Vamos a por todas, pastelito.

Fayette Street está llena de gente que entra y sale de las tiendas en este hermoso día de junio. Cierro la puerta y me doy la vuelta para ver a Joey dirigiéndose con irritación en dirección hacia nuestro medio de transporte.

—¿En serio, Dylan? ¿Tenemos que ir en la furgoneta? Este traje es demasiado ideal para ir ahí, y ya sabes en qué tipo de coches llegarán todos esos ricachones. —Se señala el traje con un gesto de la mano mientras yo voy hacia el lado del conductor.

—Lo siento, pero ¿tienes otra sugerencia? Tu coche está en el taller, y este es el único medio de transporte del que dispongo en este momento. —Abro la puerta y me subo al estribo del vehículo para mirar por encima del techo el ceño fruncido de mi amigo—. Y sé amable con Sam. Ha sufrido mucho últimamente.

Joey deja escapar un resoplido.

—Como me cargue por esto el traje… Y, por favor, explícame por qué has llamado «Sam» a esta estúpida cosa. ¿Quién le pone nombre a su furgoneta de reparto? —Ignoro su último comentario y pongo el motor en marcha, mirándolo con desprecio mientras se monta para evitar más insultos.

—No me hagas mandarte a la parte de atrás —le advierto mientras me alejo del bordillo rumbo a una noche de inevitables incomodidades.

—¡Joder! ¡Vaya pasada de sitio! —grita Joey cuando tomo el camino de entrada a la mansión Whitmore, siguiendo una larga fila de vehículos de lujo. Hago una mueca y acaricio el volante, preparando a Sam para las miradas que sin duda recibirá—. ¡Oh, por el amor de Dios! ¡Mira! ¿No te he dicho que íbamos a destacar? ¿Te das cuenta de que estamos entre un Mercedes y un Lamborghini? Un puto Lamborghini. —Trago saliva. Joey tiene razón. La furgoneta de reparto, que está adornada con remolinos de cupcakes y salpicaduras de glaseado a ambos lados, está completamente fuera de lugar. Seguramente seremos el único vehículo no lujoso del aparcamiento. Comienza a sonar el tono de llamada de mi móvil, sobresaltándome, y lo saco rápidamente del clutch y le doy al icono del altavoz.

—Hola, Juls.

—¿Ya habéis llegado? Me muero por presentarte a Ian y a todos esos amigos increíblemente sexis que tiene. Dime, ¿qué estás haciendo? Ya han entrado los padrinos. Dios, ¿es que tengo que ocuparme yo de todo? —Me río de mi mejor amiga mientras nos acercamos lentamente a los encargados del aparcamiento. Suele ser una mujer muy tranquila y calmada, pero, claro, se acerca la hora del espectáculo.

—Por favor, por el amor de Dios, Juls, dime que alguno de los ridículos amigos de Ian prefiere carne que pescado. Necesito echar un polvo; de hecho, ya hubiera sido imprescindible ayer —dice Joey, que está prácticamente dando botes en el asiento mientras yo me río. No hay nada que le guste más que un rollo salvaje y sin compromiso. Y las bodas propician las mejores situaciones para disfrutar de tales cosas. En especial esas en las que hay barra libre.

—Pues ahora que lo dices…, su amigo Billy no me ha mirado ni una sola vez las tetas, así que puede que te valga, JoJo.

Al recibir esa información, Joey baja la visera del asiento del copiloto y empieza a arreglarse su rubio pelo, ya perfectamente peinado.

—Estamos a punto de dejar el coche a los del aparcamiento, así que subimos enseguida. —Piso el freno y me detengo frente a tres jóvenes que miran a Sam de forma despectiva antes de mirarse entre ellos, preguntándose en silencio quién va a ser el agraciado al que le toque conducirla. Salgo con el clutch en la mano y me acerco a ellos—. Ten, el embrague se atasca; que no te dé miedo ser duro con él —digo, lanzando las llaves al que está más cerca de mí. A continuación enlazo mi brazo con el de Joey y observo cómo los dos chicos que se han librado de conducir a Sam se ríen del que tiene las llaves.

—Huele a pasteles aquí dentro.

Muevo la cabeza hacia atrás y me río del aparcacoches con Joey mientras seguimos a la multitud hacia el interior del local.

Describir este lugar como hermoso resultaría un eufemismo extremo. Tras atravesar unas puertas rústicas, se accede a un enorme vestíbulo tenuemente iluminado por unas lámparas de cristal inspiradas en el modelo Tiffany. Ambas puertas están rodeadas por una vidriera, y el mobiliario, así como un montón de obras de arte antiguas, llena la sala. Los invitados se dirigen hacia el pasillo, que conduce a otra gran sala, probablemente donde tendrá lugar la ceremonia. Una gran escalera, lo suficientemente ancha como para que diez personas la suban a la vez, conduce al segundo piso, y, al coger aire, el aroma a madera antigua y a lirios llena mis pulmones. ¡Maldición! Esta boda va a ser más que elegante.

—Aquí estás. Caramba, Dyl, tienes un aspecto increíble. ¿Ese vestido es nuevo? ¿Cuándo me lo vas a prestar? —Mi mejor amiga, que es espectacular, ha elegido un modelo azul marino con talle alto tipo imperio y se ha recogido el pelo castaño, oscuro como el chocolate, en un elegante moño—. Justin se va a quedar de piedra cuando te vea —me susurra al oído mientras pone fin al abrazo. A mí me gustaría más que cayera muerto al verme, pero no voy a tener esa suerte.

—Gracias. Tú estás increíble, como siempre. ¿Cómo está la novia?

Me ahueca con los dedos las ondas rubias que caen sobre mis hombros y se pone de puntillas para darle a Joey un beso en cada mejilla.

—Irritada. Venga, tenéis que ocupar vuestros asientos lo antes posible. Estamos a punto de empezar. —Me coge la mano entre las suyas, y yo arrastro a Joey detrás de mí mientras vamos hacia el fondo para entrar en la sala conocida como «el Gran Salón».

—Muy bien, ¿y dónde están todos esos hombres guapos? —Joey escudriña la habitación, prácticamente dando saltitos. Está a la caza, y tiene en mente una imagen predecible.

Sacudo la cabeza.

—¿Podrías intentar mantener los pantalones cerrados durante la ceremonia? Técnicamente eres mi acompañante, y vas a tener que esperar hasta la recepción para liarte con algún afortunado.

—No te prometo nada, pastelito. —Se atusa el traje y arquea las cejas hacia mí mientras Juls extiende la mano, señalando hacia el lado izquierdo de la sala.

—¿Veis al hombre sentado en la quinta fila, en el extremo, con una coleta? Es Ian.

Me río cuando Joey abre los ojos de par en par.

—¿Una coleta? No me habías dicho que Ian llevaba coleta.

—Bueno, pues así es. Y me deja tirarle de ella cuando me corro.

—Joder… ¡No lo sueltes, Juls! —Joey empieza a abanicarse la cara, y yo sé que debería hacer lo mismo, pues siento las mejillas en llamas. Aunque no tendría que sorprenderme tanto el comentario de mi mejor amiga. Los tres nos sentimos demasiado obsesionados por el apéndice masculino.

—De todos modos… —continúa ella en tono conspirador—, los tres hombres de aspecto igualmente delicioso que están a su lado son sus amigos. Y Billy… —busca los ojos ansiosos de Joey— es el que está al lado de los dos asientos vacíos. Será mejor que os deis prisa y los cojáis antes de que lo hagan otros invitados. ¡Oh, mierda! —Mira el reloj y nos empuja hacia la sala—. Sentaos. Rápido. —Se aleja, y sus tacones repiquetean en el suelo mientras yo miro al pasillo central, que la novia recorrerá en cualquier momento.

Joder. No puedo ir por ese pasillo hasta mi asiento. Tiene que dar una especie de karma extraño recorrer el mismo lugar por el que la novia de tu ex está a punto de pasar. No, gracias. No quiero tener esa mala suerte.

—Vamos. —Agarro la manga de Joey y tiro de ella para que venga conmigo hacia el lado izquierdo de la sala, deslizándome con rapidez entre las sillas hasta que nos detenemos en la quinta fila. Ian, Míster Coleta, levanta la vista y me sonríe.

Ooohhh, es guapísimo.

—Perdona —digo en voz baja. Me cuelo entre sus largas piernas hasta la silla que tiene delante, intentando llegar lo antes posible a los dos asientos vacíos. No tengo mucho espacio para moverme y me río para mis adentros al pensar que mi musculoso ayudante de casi dos metros hará el mismo movimiento justo detrás de mí. Las luces empiezan a atenuarse, lo que indica que la ceremonia está a punto de comenzar, así que me muevo más deprisa, mientras Joey me empuja en la espalda.

—Oh, mierda. —El tacón se me engancha en el brazo de una chaqueta que cuelga del respaldo de una silla y me caigo hacia atrás, directamente en el regazo del hombre sentado dos asientos a la izquierda de Ian. Unas manos me agarran al vuelo por la cintura y jadeo ante el contacto.

¡Oh, genial! Buen trabajo, Dylan.

Bajo lentamente la mirada y veo el par de manos más sexis que jamás haya visto nunca. Son grandes, de dedos largos, y se clavan con fuerza en mis caderas. La piel ligeramente bronceada del hombre contrasta con mi vestido negro, y oigo unas cuantas risas ahogadas que llegan desde detrás y a ambos lados de mí. Levanto los ojos para encontrarme con los de Joey, que sonríe de oreja a oreja, y mira divertido hacia quien sea en cuyo regazo estoy sentada. Me levanto con rapidez y me doy la vuelta, echando la primera mirada de verdad al hombre con el que mi culo está en contacto ahora mismo.

—Oh, mierda… —Jadeo al ver cómo se le forma una leve sonrisa en las comisuras de una boca perfecta. ¡Oh, Dios, quiero esos labios sobre mí! Plenos y rosados, con una hendidura profunda que recorre el centro del labio inferior. Me quedo mirando cómo saca la lengua y se los lame despacio. Guau.

—Eso ya lo has dicho, amor. —Madre del amor hermoso, qué voz. ¿Me estás tomando el pelo con esa voz? Es ronca pero tierna, casi puedo saborearla. Mis ojos recorren rápidamente el resto de su cara mientras Joey me da un golpe en la espalda, instándome a avanzar. Que se joda. Puede esperar un segundo y permitir que me recree en el espectáculo que tengo delante. Su cuerpo está en forma, bien moldeado, y adivino que hace buen uso de un gimnasio. Pelo castaño oscuro perfectamente revuelto y algo largo, llamativos ojos verdes que se clavan en los míos y una mandíbula fuerte. Dios, ¿este tipo es de verdad? Podría ser modelo con ese aspecto.

—Yo…, mmm…, yo… lo siento. —Trago saliva después de intentar pensar una frase sin conseguirlo y me levanto con rapidez hasta dejarme caer, en esta ocasión en la silla más cercana al pasillo, mientras mi pecho se agita con rapidez dentro del vestido.

—¿Qué coño te ha pasado? —susurra Joey mientras se sienta a mi lado, bloqueándome la vista del tipo más sexy que haya visto en mi vida.

—No lo sé. Me he caído.

—Estás tan salida que seguro que lo has hecho a propósito. Por Dios, qué bueno está. —Joey se echa un poco hacia atrás y yo me encuentro brevemente con los ojos del tipo sexy antes de bajar la cabeza; mis mejillas se enrojecen al instante—. ¿Se le ha puesto dura? ¿La tiene enorme? Me da que sí.

Me tapo la boca después de que se me escape un fuerte jadeo.

—Dios, no tienes filtro ni nada. Gracias a Dios que no estamos en una iglesia. Pero sí que tiene pinta de tenerla enorme, ¿verdad? —Nos reímos y nos hacemos gestos groseros mientras empieza a sonar la música típica de las bodas.

—Apuesto a que la tiene más grande que Justin —se burla Joey mientras abro los ojos de par en par.

—¿Lo dices en serio? Hasta el niño de los anillos la tiene más grande que Justin.

Me mira con la boca abierta.

—¡Sabía que la tenía pequeña! Y eso que nunca lo has llegado a admitir.

—La tiene así. —Le enseño el dedo meñique y se ríe—. Deberíamos haberle comprado a Sara un consolador como regalo de bodas. Lo va a necesitar.

—¡Oh, Dios mío! —dice Joey mientras yo miro a la parte delantera de la sala. Mis ojos se posan al instante en Justin, que ahora está de pie junto a los padrinos.

Joder, qué buen aspecto tiene. Esperaba que hubiera engordado.

—¿Estás bien? —susurra Joey, y yo asiento, girándome lentamente en mi asiento para poder ver desfilar a las damas de honor por el pasillo. Todas llevan vestidos de color melocotón que arrastran por el suelo con cada paso que dan. Sonrío a la niña de las flores, que esparce pétalos a lo largo del camino hasta acomodarse en la parte delantera de la sala con el resto del grupo. El salón está precioso, decorado en tonos blanco y coral. Unos altos cilindros de cristal se alinean en cada fila de sillas y unas pequeñas velas encendidas flotan en el agua que las contiene. Los lirios están repartidos en jarrones por toda la sala, encima de las mesas, y todas las damas de honor llevan uno. Con el cambio de música, todos los invitados se ponen en pie y giran la cabeza hacia el fondo de la sala. Mis ojos se encuentran inmediatamente con los de Juls, que está de pie junto a la puerta.

—¿Estás bien? —pregunta moviendo los labios.

—Pues claro —respondo de la misma forma. Se acerca y abre las puertas dobles, permitiendo que Sara acceda del brazo de su padre.

Me paso el resto de la ceremonia mirándome los dedos, que he entrelazado en el regazo. Llevo las uñas pintadas en un intenso color ciruela, y sonrío al ver el glaseado que me mancha el nudillo del dedo anular izquierdo. Me lo meto en la boca y lo chupo, gimiendo por lo bajo ante el dulce sabor del azúcar mientras Joey llora como un niño a mi lado. Para mi sorpresa, no estoy nada afectada. Las bodas suelen convertirme en una fábrica de lágrimas, pero hoy, en esta boda en particular, no tengo ninguna sensación. Supongo que una parte de mí debería estar un poco triste. No porque mi exnovio se vaya a casar con otra persona que no soy yo, sino porque he desperdiciado dos años de mi vida en una relación que casi me destrozó. Y verlo de nuevo es un recordatorio de todo ese tiempo perdido. Un recordatorio irritante.

¿Por qué demonios estuve con él tanto tiempo?

Sin duda no fue por el sexo. El sexo con Justin era soso y aburrido. Nunca me hizo alcanzar el orgasmo. Ni una sola vez. Tenía que masturbarme después, cuando él se levantaba de la cama para ir al baño. Por supuesto, siempre le había hecho creer que me había dado placer. Tenía que alimentar su ego. Levanto la cabeza y miro fijamente su perfil.

De nada, capullo.

—Y ahora tengo el honor de presentarles por primera vez al señor y la señora Banks. Puede besar a la novia. —Todo el mundo se levanta y aplaude, y, por supuesto, yo hago lo mismo. Sería descortés no hacerlo, y no me siento amargada, así que aplaudo. Justin y Sara comparten un prolongado beso que se gana unos cuantos silbidos del público. Siento que la mano de Joey aprieta la mía y miro sus grandes ojos azules.

—Estoy deseando beberme mi peso en alcohol —susurro.

Se inclina y aprieta los labios contra mi oreja.

—Y yo estoy deseando meter las manos en los pantalones del tipo que está a mi lado. Y quizá tocarle la punta.

—Dios… No serás capaz… —Todo el mundo está mirando cómo los novios se alejan del altar, pero yo estoy perdida en una conversación estúpida con uno de mis mejores amigos. Me río tanto que se me llenan los ojos de lágrimas. Y estas serán las únicas lágrimas que derramaré hoy.

—Vamos, Dylan, sabes que quieres escabullirte a un rincón oscuro con ese hombre misterioso en cuyo regazo has caído accidentalmente. Quizás desees hacer algo más en el regazo de ese tipo.

Arqueo una ceja y me echo hacia atrás a tiempo de ver cómo unos penetrantes ojos verdes se clavan en los míos. Una pequeña sonrisa aparece en la comisura de sus labios.

Madre del amor hermoso, es guapísimo.

Me vuelvo a echar rápidamente hacia delante e intento disimular, aunque fracaso de forma estrepitosa, porque sé que una sonrisa perversa está curvando mi boca.

—Claro que sí. Me encantan las bodas.

2

Los invitados salen en fila del Gran Salón y suben por la escalinata al segundo piso. Una vez que Joey y yo llegamos arriba, nos quedamos allí quietos un momento para apreciar bien todo lo que nos rodea. La recepción va a ocupar todo el segundo piso, que está ridículamente decorado con corales y lirios.

—Santo cielo. ¿Son esculturas de hielo?

Mis ojos siguen el gesto de Joey hacia el lado derecho de la habitación.

—¿No es un poco exagerado? Ooohhh, ahí está la tarta.

—Ya te he dicho que la había entregado. Siento que dudes de mis capacidades como asistente de confianza.

Le doy un codazo mientras nos dirigimos a la mesa donde están las tarjetas con la distribución de los invitados en las mesas.

—Sé que en realidad adorasa Sam y que solo tienes miedo de admitirlo.

Echando la cabeza hacia atrás, se ríe a carcajadas.

—Tampoco sería tan malo que empezáramos a hacer las entregas en un Lamborghini.

—Sería malo de cojones y muy poco práctico. Tal vez cuando ganemos el primer millón podamos derrochar dinero en un vehículo de reparto de lujo. —Cojo las tarjetas con nuestros nombres—. Vamos, estamos en la mesa doce.

No me importa en qué mesa estemos, siempre y cuando no tengamos a la vista la mesa nupcial. Justin todavía no ha buscado contacto visual conmigo, y espero que siga así. Hay tanta gente presente que evitarlo no debería convertirse en un problema. Las mesas redondas se distribuyen por tres de los lados de una gran pista de baile con el suelo de madera, y han elevado la mesa nupcial sobre una plataforma, desde donde los novios tienen a la vista a todos los invitados. Las mesas están vestidas de lino blanco con cintas de color coral que recorren los bordes y hermosos centros de mesa llenos de lirios. El dj ya está poniendo música, y algunas personas están bailando mientras que otras socializan alrededor de las mesas, hablando y pasándoselo bien.

—Ah, estáis aquí… —Juls se acerca a nosotros con sus peligrosos tacones y se agarra a nuestros antebrazos mientras admiramos las esculturas—. ¿Qué os ha parecido? Sed sinceros. —Inclino la cabeza a un lado y arrugo la nariz mientras Joey se frota la nuca, fingiendo estar sufriendo. Juls parece a punto de tener un ataque de pánico; abre mucho los ojos y se pasa los dedos por la sien al instante.

—¡Ha estado genial! —grito haciendo que la invada el alivio; acto seguido le lanzo a Joey una severa mirada con la que le indico que me las va a pagar en cuanto pueda.

—Sigues siendo la puta ama, Juls. Si alguna vez me caso, te encargarás tú de todo. —Joey le acaricia el hombro desnudo y ella le guiña un ojo.

—Bueno, solo me quedan unos minutos antes de que tenga que dar las órdenes a la comitiva nupcial para entrar, así que… —Se interpone entre nosotros y enlaza sus brazos con los nuestros—. Voy a presentaros a algunos tíos buenos. —Oh, mierda. Casi me olvido del tipo tan sexy de antes… Casi.

—Dios mío, Juls, lo que te has perdido… —comenta Joey entre risas.

—Cállate, Joey —siseo echándome hacia atrás.

—¿Qué? ¿Qué me he perdido? —Mueve la cabeza de un lado a otro para estudiarnos a los dos mientras lanzo a Joey una mirada fulminante.

No te atrevas. Sigo siendo tu jefa, y soy capaz de despedirte aquí mismo.

Debe de haber leído mis pensamientos, porque no llega a terminar la frase, o tal vez sea porque ahora estamos de pie frente al grupo de hombres más sexis de Chicago. Los cuatro están de pie cerca de una mesa, conversando entre ellos, pero la conversación se detiene cuando nos acercamos. Todos, y me refiero a todos, son demasiado atractivos para reaccionar correctamente a su alrededor. Y ahora, de repente, la temperatura de la estancia ha alcanzado mil grados.

—Aquí está mi chica. —Ian extiende su mano y Juls se acerca a él para darle un rápido beso en la mejilla antes de retroceder.

Mantengo los ojos en Ian; no quiero desviarlos al hombre cuyos ojos sé que están sobre mí. Siento que me están abrasando.

—Chicos, me gustaría presentaros a mi mejor amiga, Dylan. —Juls me agarra la mano y me empuja hacia delante mientras levanto la vista para recorrer con los ojos la fila de hombres, deteniéndome en el que está más cerca de mí. Maldita sea, cada vez me parece más guapo—. Y este es Joey, el gay más sexy de Chicago.

—Oh, por favor, no seas perra. De Illinois. No le quitemos importancia a mi sensualidad. —Joey se endereza la corbata mientras yo intento no reírme. Mi asistente no tiene pudor.

Juls mira su reloj de Tiffany’s y abre los ojos de par en par.

—Mierda. Ian, ¿podrías terminar tú las presentaciones? Tengo que ocuparme de algunas cuestiones.

—Claro que sí, nena. Pero date prisa. —Le agarra la mano con firmeza, lo que hace que cuando se aleja lo haga con una mueca juguetona, antes de que su sonrisa se pose en mí.

—Dios, estás totalmente colgado por ella —dice en voz baja el rubio que está al lado de Ian. Lo miro de reojo, sonriendo ante la idea de que Ian esté completamente prendado de mi mejor amiga. Empezaron a salir hace unos meses, y ella ya está enamorada de él. Debido a sus apretadas agendas, esta es la primera vez que lo veo, y, por lo que puedo percibir en la forma en que la mira, parece igual de encaprichado que ella.

Ian mira fijamente al rubio que se ríe tras su bebida antes de volverse hacia mí.

—Dylan, es un placer conocerte por fin. —Alarga el brazo con una sonrisa, que se hace más grande mientras le estrecho la mano. Ian es alto y corpulento, muy musculoso, con el pelo negro casi azabache que tiene la longitud justa para que se lo recoja en una coleta. Sus ojos castaños expresan amabilidad.

—Sí, lo mismo digo, Ian. Juls solo dice cosas buenas de ti.

Estrecha la mano de Joey e intercambian algunas palabras de cortesía mientras yo me esfuerzo por no mirar al hombre que está directamente a mi izquierda.

—Y estos son mis compañeros de trabajo: Trent, Billy y Reese —me presenta, señalando la fila de hombres. Reese. Por supuesto que se llama así. Un tipo con este aspecto tiene que tener un nombre sexy, no algo como Ted o Joe. Estrecho la mano de Trent y de Billy, que me dicen que es un placer conocerme. Trent, que es el que le ha dicho a Ian que está colgado de Juls, es el más bajito del grupo; tiene el pelo rubio casi blanco y se le riza en las puntas. Billy, que de momento solo tiene ojos para Joey, posee un cabello color arena que lleva supercorto y lleva pendientes de diamantes en las dos orejas. Empiezo a morderme el interior de la mejilla mientras giro mi cuerpo hacia Reese.

—Dylan, creo que nos hemos conocido brevemente —comenta él, alargando su mano. Yo pongo la mía en la suya sin dudarlo, y sus dedos me hacen cosquillas. Tengo que levantar la vista para ver sus ojos, a pesar de que llevo uno de mis tacones más altos. Su torso es muy ancho, y me gustaría sentirlo contra mis pechos. Ha elegido un traje gris oscuro, con un corte perfecto, que marca su duro cuerpo de una forma casi injusta, y, cuando sonríe, unas pequeñas líneas aparecen junto a sus ojos. Suspiro. Su sex appeal resulta un poco desconcertante.

—Sí, brevemente. Lo siento mucho. —En realidad no.

Todavía con mi mano agarrada, se inclina un poco, y noto su aliento caliente en la cara.

—Yo no. Vamos a tomar algo.

Me mareo un poco al sentir su cara tan cerca de la mía, pero de alguna manera logro asentir con rapidez ante su petición. Por fin, me suelta la mano, y justo a la vez me encuentro con la mirada de Joey, que me guiña un ojo antes de girarse para acercarse con Reese a la barra. Quiero estirar el brazo y volver a cogerle la mano, pero no lo hago. Quedaría raro.

Eres fuerte. Resiste el impulso.

—¿Qué le pongo? —pregunta el joven camarero, haciéndome consciente de que, tras un largo momento de silencio, Reese está esperando que pida mientras me mira con una sonrisa divertida.

—Oh, mmm, un Jack Daniel’s con Coca-Cola, por favor.

El atractivo hombre que está a mi lado arquea las cejas ante mi elección.

Nunca he sido el tipo de chica que pide martinis y bebidas afrutadas a ocho dólares la copa.

—Yo tomaré lo mismo.

Pasa los dedos por la barra mientras yo intento no mirar su perfil, lo que supone una tarea extremadamente difícil. Es un hombre demasiado guapo como para noadmirarlo. Me entrega mi bebida e inmediatamente tomo un gran sorbo.

—Creo que nunca había conocido a una mujer llamada Dylan. Y estoy seguro de que nunca se me ha caído una Dylan en el regazo. —Toca el vaso con los labios y me quedo mirando un poco más de lo que querría mientras el líquido se desliza dentro de su boca.

Y de repente estoy celosa de su bebida.

Me giro un poco y vuelvo a dirigir la mirada a sus ojos.

—Mis padres estaban un poco obsesionados con Bob Dylan. Habían elegido que me iban a llamar así antes de saber el sexo, y decidieron que, pasara lo que pasara, ese iba a ser mi nombre. Y, así, aquí estoy.

Sonríe.

—Sí, aquí estás. ¿Te gusta su música?

Pienso un momento antes de responder.

—Me gusta esa canción de American Girl.

Se apoya en la barra sonriendo de medio lado, y su alto cuerpo sobresale por encima del mío y el de los camareros.

—Esa es de Tom Petty —me corrige, y curva los labios con diversión.

—Ah, entonces no tengo ni idea de si me gusta alguna de sus canciones o no. —Cierro los labios alrededor de la pequeña pajita y noto que su mandíbula se tensa, lo que provoca que aparezca un pequeño tic en ella. Se aclara la garganta y se pasa una mano por el pelo, lo que lo hace parecer aún más perfecto.

Dios, hasta su pelo es sexy.

—Bueno, ¿novia o novio? —pregunto, y noto que su confusión se convierte en comprensión.

Sonríe desde detrás del vaso.

—Novia, supongo. No conozco demasiado a Sara, pero he trabajado con su padre. Nos ha invitado a los cuatro. —Señala con la mano a Ian y a Trent, que están sentados juntos en la mesa. Niego con la cabeza al darme cuenta de que Billy y Joey ya han desaparecido. Qué previsible eres, Joey. No llevamos aquí ni cinco minutos—. ¿Y tú?

Pongo los ojos en blanco.

—Novio, por desgracia.

Se acerca, rozando mi brazo desnudo con la chaqueta del traje cuando inclina la cabeza hacia mí.

—¿De verdad? ¿Por qué, dulce Dylan, parece que conoces al novio de verdad?

¿«Dulce Dylan»? Oh, Dios.

Lo miro a los ojos.

—Porque conozco al novio de verdad. Es mi ex.

Abre los ojos de par en par y se echa hacia atrás.

—¿En serio?

Asiento.

—Soy la ex a la que él engañó, para ser específicos.

—Joder. Menuda mierda. Es decir, ¿no es esto incómodo para ti? ¿Por qué estás aquí?

Me río un poco y señalo con la mano libre entre la multitud hacia la mesa del postre.

—¿Ves esa preciosa tarta de boda de cinco pisos deliciosamente confeccionada? —Asiente y me busca la respuesta en la cara—. La he hecho yo. Por eso estoy aquí.

—¡No fastidies! ¿Así que eres pastelera? —Sonrío con orgullo mientras el dj baja el volumen de la música.

—Y ahora, damas y caballeros, les pido a todos que presten atención a la entrada principal. Van a entrar los novios. —La multitud aplaude y silba mientras las damas de honor y los padrinos se alinean en la puerta. Siento que un par de labios me rozan la oreja y me quedo paralizada. Mi pulso se acelera al instante.

—¿Te interesa ver esto? —Su cara está peligrosamente cerca de la mía y casi me deja aturdida con su olor, que ahora me llena los pulmones. Huele a cítricos, y siento el repentino deseo de enterrar la cara en su cuello e inhalarlo a fondo.

—En realidad no —respondo en voz baja, clavando la mirada en sus ojos verdes. Asintiendo, me agarra por el codo y tira de mí entre la multitud hasta detenerse delante de la mesa de los postres.

—Cuéntame, ¿qué tenemos aquí? —Inclina el vaso y toma un sorbo mientras ambos admiramos mi trabajo. Sonrío, feliz ante mi creación. Tiene un aspecto realmente fabuloso.

—Bueno, la tarta en sí es un bizcocho de naranja con crema batida Grand Marnier relleno de mermelada… —Señalo las perlas de color melocotón y los lirios que caen en cascada por el lateral—. Los puntitos y los lirios son de azúcar, así que todo es comestible.

Se echa hacia delante para admirar las flores con el ceño fruncido y estudiarlas detenidamente. Aprecio su interés, teniendo en cuenta lo difícil que fue hacerlas, y no puedo evitar reírme en voz baja ante su mirada de profunda reflexión. Nunca había visto a un hombre reaccionar con tanta curiosidad ante una tarta que haya hecho yo.

—Guau… Pensaba que las flores eran de verdad. ¿De verdad se pueden comer?

Sonrío con orgullo.

—Mmm… Son increíblemente dulces, y casi se disuelven en la lengua una vez que el calor de tu boca toca el azúcar.

Arquea una ceja mientras se endereza.

—¡Dios! Haces que eso suene lascivo —comenta con voz ronca y grave. Me encojo de hombros, como si quisiera hacer ver en silencio que siempre hago que las cosas suenen lascivas, lo que parece ridículo incluso en mi mente.

No es para tanto, solo es mi forma de hablar.

—¿A qué te dedicas, Reese? —Tomo un generoso sorbo de la bebida y veo cómo sus ojos se dirigen a mi boca y a mis dientes apretando la pajita.

—Soy contable en Walker y Asociados —responde después de dudar un momento con la mirada clavada en mi boca.

Casi me ahogo ante la admisión, pero me aclaro la garganta mientras abre los ojos de par en par.

—Anda ya… ¿Eres contable? ¿Tú?

Debe de estar bromeando. ¿Guapo y muy inteligente? Me siento como si hubiera encontrado un unicornio.

Se limita a asentir y a estudiar mi cara con una pequeña sonrisa.

—¿Te sorprende?

—Sí. El hombre que me hace la declaración tiene psoriasis y se parece a mi padre. Es imposible quealguien tan sexy como tú sea contable. —Dios, Dylan.

Cierro los ojos y niego con la cabeza mientras escucho que suelta una risita. Cuando los abro por fin, me fijo en su mirada de curiosidad y en que tiene los labios algo separados, como si estuviera a punto de hablar. La voz del dj, que surge por el sistema de altavoces, se lo impide.

—Ha llegado el momento del primer baile de los novios.

Me giro hacia la pista de baile, que se ha despejado de repente para permitir que Justin y Sara se sitúen en el centro. Sara está preciosa, con un vestido de tirantes adornado con intrincada pedrería. Justin está pasable con su traje. Vale, quizá esté bien, pero eso no dice mucho. Siempre he pensado que todos los hombres están más guapos con traje, independientemente del aspecto que tuvieran antes de ponérselo.

Una canción familiar suena suavemente por encima de mi cabeza y me estremezco.

—Dios mío. Tieneque estar de coña. —Dejo la bebida en la mesa de postres mientras Reese se acerca a mí.

—¿No te gusta esta canción? —pregunta. Todos miran a la pareja con adoración y yo miro a Justin como si quisiera darle un puñetazo en la garganta.

Menudo capullo…

—No, la canción me encanta. Me gustaba tanto que la convertí en nuestracanción hace dos años. —Me río—. Por supuesto…, no debería sorprenderme que Justin no fuera original en esto. Nunca le han gustado los cambios ni la originalidad, especialmente cuando se trataba de nuestra vida sexual. —Mis ojos se dirigen a Reese, que ahora está chupando un trozo de hielo. Lo muerde con fuerza y deja que se deslice por su garganta al tiempo que se echa hacia delante, rozándome la sien con la nariz. Me quedo helada.

—¿De verdad? Cuéntame más. —Trago saliva y cierro los ojos, queriendo bloquear todo lo que me rodea y que no sea él en este momento. Solo quiero sentir su aliento en la cara, su olor y el contacto de su piel contra la mía—. ¿Alguna vez te has escapado de una boda con alguien para follar hasta perder el sentido?

Santo cielo. ¿Acaba de decir eso?

Abro los ojos y lo miro boquiabierta.

¿Puedo responder honestamente a eso? ¿Le gustaría que le dijera exactamente lo que quiero decir, que quiero queme folle en la boda o en cualquier otro sitio?

Cambio el peso de un pie a otro y busco mentalmente las palabras adecuadas justo cuando Joey aparece a mi lado, jadeante.

—Pastelito, necesito hablar contigo un momento. —Me coge de la mano, sonríe a Reese con coquetería y tira de mí hacia la mesa, donde me sienta con firmeza en una silla.

Lo fulmino con la mirada.

—Más te vale que sea una emergencia por apartarme de esaconversación. Acaba de insinuarme básicamente que quería follar conmigo hasta mañana, y es algo que me encantaría. —Mis ojos vuelven a buscar a Reese; ahora está hablando con una de las damas de honor, que se dedica a ponerle las manos juguetonamente en el pecho mientras habla.

¡Oh, por favor, pareces desesperada!

Joey se endereza la corbata y se quita la chaqueta, que deja en el respaldo de su silla.

—¡Dios mío, qué directo! Pero, volviendo al importante asunto que nos ocupa, Billy acaba de hacerme la mejor mamada de mi vida.

Miro su rostro radiante con los ojos entornados, y él se encoge un poco en la silla.

—¿En serio, Joey? ¿Para eso me has alejado de Reese? ¿No podías haber esperado a que tuviera un orgasmo para decírmelo? —Me echo hacia delante mientras él abre los ojos de par en par—. Y ya que estamos, por el amor de Dios, ¿a quién de todos los que te la han chupado no le has dado el título de «mejor boca de Chicago»?

—Tengo que decirte algo más. —Se acerca más a mí, y me retira el pelo hacia atrás para dejar mi oreja al descubierto—. Mientras buscábamos un lugar aislado, he visto a la novia con los labios alrededor de la polla del padrino.

—¡¿Qué?! —Me tapo la boca rápidamente con la mano al sentir cientos de ojos sobre mí—. ¿Lo dices en serio? —logro decir en un tono mucho más apropiado. Asiente justo cuando Juls se acerca a nuestra mesa.

—Sois jodidamente ruidosos. ¿Qué pasa?

—Nada —soltamos Joey y yo al unísono.

No estamos seguros de si debemos poner a Juls al corriente de la situación todavía. Lo principal es que le paguen, y luego le podremos soltar esa jugosa bomba. Conociéndola, querrá restregarle a Justin en la cara que tiene lo que se merece, y eso podría tener como resultado la cancelación del banquete y la pérdida de su comisión.

Me echo el pelo hacia atrás y le sonrío con inocencia.

—¿Ya has terminado con tus obligaciones de organizadora de bodas? —pregunto, para cambiar de tema.

—Sí, por fin. —Pone los ojos en blanco—. La verdad es que la celebración está siendo un desastre. Estoy casi segura de que se ha organizado una gigantesca orgía ahí atrás antes de entrar en la recepción. —Mis ojos se encuentran con los de Joey, y tratamos de mantener la cara seria. La música sube de volumen y Juls pega un brinco y nos coge de la mano—. ¡Ooohhh, me encanta esta canción! Venga, vamos a enseñarles a estos esnobs ricachones cómo nos movemos en el centro de Chicago.

—Y que lo digas, chica —se muestra de acuerdo Joey mientras me arrastran rápidamente detrás de ellos.

Hacen una rápida parada en la mesa de Ian y mis ojos se clavan en Reese, que me dedica una sonrisa juguetona desde detrás de su bebida. Los otros chicos hablan entre ellos.

—¿Quieres bailar, nene? —pregunta Juls antes de que Ian la agarre y la pegue a su regazo para besarla apasionadamente delante de todos. No puedo evitar sonrojarme y mirar a Reese, que se da cuenta y me guiña un ojo. El corazón me late con fuerza en el pecho ante aquel gesto.

Tranquila, solo te ha guiñado un ojo.

—¡Por Dios, id a un hotel! —les grita Joey, tirando de mí en dirección a la pista de baile.

—Espera. —Retiro la mano de la suya y rodeo la mesa con rapidez. Me detengo delante de Reese y me inclino hacia él para apretar los labios contra su oreja mientras él levanta la cara hacia la mía. Sus dedos se enroscan alrededor de mi brazo, y el contacto me hace perder el equilibrio durante un segundo—. No me pierdas de vista —le ordeno, y él suelta un suspiro. Nuestros ojos están entrelazados y nuestros rostros, separados por solo unos centímetros.

—¿Crees que sería capaz? —responde en voz baja. Me enderezo y noto la intensidad persistente de su mirada mientras Joey reclama mi mano y me saca a la pista, que ahora está llena de invitados.

Naughty Girl, de Beyoncé, está sonando por los altavoces; noto la vibración del bajo en mi cuerpo y empiezo a moverme. Joey y Juls bailan a mi lado, los tres tratando de destacar más que los otros. Yo subo las manos por mi cuerpo, rozándome el estómago, los pechos y el cuello mientras cierro los ojos y me dejo llevar por la música. Me encanta bailar, sobre todo cuando estoy con mis mejores amigos. Me paso las manos por mi pelo ondulado y percibo que el dobladillo del vestido se me sube un poco, hasta la mitad de los muslos desnudos.

—¡Vamos, chicas! —grita Joey, y abro los ojos de golpe para verlo girar y dar vueltas a mi alrededor, como solo él sabe hacer. Para ser un hombre tan alto y musculoso, sabe mover su cuerpo como si se hubiera entrenado de forma profesional. Meneo las caderas y me muevo de la forma más exagerada posible, esperando y rezando para que Reese me esté mirando, pero sin tener valor para echar un vistazo y comprobarlo. Chillo al mismo tiempo que Juls cuando suena S & M, de Rihanna. Justo en ese momento, un par de manos fuertes rodean mi cintura desde atrás y me quedo quieta, sintiendo un aliento caliente en el pelo.

—No te detengas, Dylan. —La voz de Reese me produce un escalofrío y me pone la piel de gallina. Sus caderas se mueven contra mi espalda mientras me lleva hacia él deslizando las manos alrededor de mi estómago. Juls abren los ojos de par en par y empieza a acercarse a mí cuando Ian aparece a su lado y la coge de la mano, haciéndola girar hacia él y poseyéndola con un beso. Cierro los ojos y siento que las manos de Reese suben por mi caja torácica, sus pulgares me rozan la parte inferior de los pechos mientras froto el culo contra su entrepierna. Hace años que no bailo así con un hombre; de hecho, no sé si alguna vez lo he disfrutado tanto. Noto que el pulso me martillea en la garganta y cómo se me calienta la cara ante el contacto. Nos movemos juntos a un ritmo perfecto mientras subo los brazos y le rodeo el cuello, sintiendo su aliento en mi hombro desnudo. Me hace girar con las manos y aprieta mi pecho contra el suyo.

—Este vestido me está matando —dice, apartándome el pelo de la cara y colocándomelo detrás de la oreja. Seguimos moviéndonos el uno contra el otro, mientras me clava su impresionante erección en el estómago, y cuando le rodeo el cuello con las manos, él hunde los dedos en mis caderas. Nuestros labios están muy cerca; abiertos mientras nuestras respiraciones entrecortadas rozan la cara del otro, compartiendo el mismo aire. Si alguno de los dos se acercara solo un poco, nos estaríamos besando.

—¿Me has estado mirando?

—Puede ser. ¿Estabas bailando solo para mí? —Me relamo los labios y asiento. Sus ojos se abren de par en par antes de que me suelte la cintura y me agarre de la mano, alejándome de la pista de baile.

Joder. Ya está. Voy a tener sexo salvaje de boda con el tío más guapo del planeta.

Me choco los cinco conmigo misma hacia mis adentros mientras nos movemos con rapidez entre los invitados.

Lo sigo pegada a él; los tacones me impiden caminar tan rápido como me hubiera gustado mientras bajamos la escalera y el pasillo que lleva a los cuartos de baño. El pecho me sube y me baja acelerado y mi energía se ha disparado, lo que hace que prácticamente dé saltitos. Empuja la puerta del cuarto de baño de caballeros y me suelta la mano.

—Espérame aquí un momento. —Mientras desaparece detrás de la puerta, me quedo delante del cuarto de baño de caballeros, rogando a Dios que no haya nadie allí dentro. Me siento tan excitada en este momento que no puedo imaginar lo que pasaría si no siguiéramos adelante. No me he sentido tan caliente en mi vida.

Me lamo los labios, que tengo secos, mientras él abre la puerta y sonríe.

—No te importa tener un poco de público, ¿verdad?

Abro los ojos de par en par y trago saliva, viendo cómo se forma una pequeña sonrisa en sus labios.

—Espero que estés de coña. —No voy a tener sexo delante de nadie. De eso nada.

—Claro que estoy de coña. Ven. —Me agarra de la mano, pero me mantengo firme en la puerta.

—No tendrás novia, ¿verdad? Porque no haremos lo que creo que estamos a punto de hacer si la tienes.

Arquea las cejas, al parecer no preparado para esa pregunta.

—No, no tengo novia. La última vez que salí en serio con una chica fue en la universidad. —Me pega contra su pecho—. ¿Alguna otra pregunta antes de que echemos un polvo?

Niego con la cabeza lentamente mientras esbozo una sonrisa coqueta.

—Genial. —Me arrastra al interior del cuarto de baño y cierra la puerta a nuestra espalda antes de empujarme contra ella. Me encierra la cara entre las manos mientras sus labios rozan suavemente los míos, saboreándolos y jugando conmigo. Se mete mi labio inferior en la boca, succionándolo, y gimo. Luego abro la boca, permitiéndole un acceso total, y su lengua se introduce dentro.

—Joder, Dylan. —Mueve la lengua contra la mía, mordiendo y lamiendo mis labios.

Este tío sabe besar.

Su boca explora la mía de forma experta durante lo que parecen horas, y poco a poco siento un nudo ardiente en mi interior. Este beso me hace sentir mal al pensar en todos los demás besos que pueda recibir en el futuro. Está poniendo el listón ridículamente alto, una cota inalcanzable para la mayoría de la raza masculina. Hundo los dedos en su pelo, inmovilizándole la cabeza mientras respondo a sus caricias con gemidos y quejidos. No puedo controlarme; abandono todas mis reservas y me entrego a lo que siento. De repente me levanta; enrosco las piernas de forma automática alrededor de su cintura mientras me lleva hasta el lavabo sin romper el beso. Sabe a menta y a alcohol cuando sus labios pasan por los míos para bajar por mi cuello.

—Sabes dulce. Apuesto a que todas las partes de ti saben así. —Gimo al oír sus palabras al notar que sus labios rozan la parte de mis pechos que sobresale por el escote del vestido, y enredo las manos en su pelo. Su boca me recorre las clavículas y los hombros, saboreando y mordisqueando cada centímetro de piel expuesta.

—Reese…

Sus manos suben por debajo de mi vestido y recorren el interior de mis muslos. Desliza los dedos por el borde de mis bragas mientras sus ojos se encuentran con los míos. Son los ojos más verdes que he visto nunca, no tienen mezcla de ningún otro color. Mirarlos fijamente resulta casi hipnotizador; parecen unos profundos charcos de tono esmeralda. Noto que mis bragas se deslizan rápidamente por mis piernas, y abro los ojos de par en par cuando se las mete en el bolsillo del pantalón. Joder, qué calor. Mis dedos buscan con frenesí los bordes de la chaqueta del traje, lo que hace que se la quite y la deje caer. Prácticamente le araño la camisa, tanteando los botones con mis manos temblorosas. Necesito verlo desnudo ya. Quiero ver cómo se contraen sus músculos al moverse dentro de mí, y, por la forma en que la camisa se estira sobre su pecho, sé sin duda que será increíble mirarlo.

—Va a tener que ser rápido, amor. No creo que nos dé tiempo a desnudarnos por completo antes de que alguien intente entrar aquí. —Apoya la frente en la mía, y gruño cuando vuelve a acercar la boca a mis labios. Desliza dos dedos en mi interior y grito.

—Oh, Dios…

—Estás muy mojada y jodidamente cerrada. —Mueve los labios a lo largo de mi mandíbula. Jadeo contra él y me arqueo bajo sus caricias—. ¿Te gusta, amor?

—Sí. Por favor, te necesito —le ruego mientras saca un condón del bolsillo trasero con la mano libre.

Me lo da.

—Deprisa.

Sujeto el envoltorio entre los dientes mientras llevo los dedos al botón y la cremallera de su pantalón, y me ayudo de mis piernas para bajárselo junto con la ropa interior hasta la mitad de los muslos. No puedo evitar abrir los ojos como platos ante su longitud, y gimo en voz alta mientras él me dilata con los dedos, estimulando mi clítoris con el pulgar.

—¿Te estoy distrayendo? —Mueve los labios contra mi cuello, y solo puedo asentir y gemir como respuesta. Trago saliva contra su boca cuando se me pone la piel de gallina. Ya estoy a punto, pero lo quiero dentro de mí, lo necesito dentro de mí. Estar sin sexo durante un año ha valido la pena si ahora lo tengo con Reese.

Recuperando la concentración, rompo el envoltorio con los dientes y deslizo el condón por su longitud mientras él se queda quieto en mi mano; su respiración agitada mezclada con la mía llena la habitación. Miro fascinada lo mucho que tiene que estirarse la goma para adaptarse a su alrededor y deslizo los dedos por debajo, lo que le hace coger aire bruscamente. Su erección es larga y pesada, las yemas de mis dedos apenas se tocan cuando lo agarro. Es un hombre dotado. Quizá superdotado.

¿Cabrá en mi interior? Mi mente bulle al pensarlo. Bueno, eso sería un buen revés del karma. Venga, Dylan, deleita tus ojos con esta magnífica polla que ni siquiera puedes abarcar.

Retirando los dedos, dibuja una línea con los jugos de mi excitación en la parte superior de mis pechos e inmediatamente la lame mientras me arqueo hacia él.

—Sabes muy bien. —Se echa hacia atrás y me mira fijamente, lamiéndose los labios—. Necesito estar dentro de ti. No puedo esperar más. —Me rodea los muslos con las manos y se los coloca alrededor de su cintura para penetrarme con un único envite. Se nos escapa un fuerte gemido.

—¡Reese! —Sus embestidas son profundas y rápidas mientras me agarro a su cuello con una mano y al borde del lavabo con la otra; tengo los nudillos blancos. Nos miramos el uno al otro mientras él hace más lentos sus movimientos, sacando su polla casi por completo de mi interior antes de volver a introducirla.

—Dylan, joder… —Continúa con aquella lenta tortura mientras una gota de sudor se desliza desde el nacimiento de su pelo hasta la mandíbula. Saca la lengua y se lame el labio inferior antes de mordérselo mientras yo lo miro hipnotizada.

Arqueo las caderas hacia sus embestidas, lo que me hace sentirlo más profundamente de lo que jamás había sentido nada en mi vida. Sus ojos verdes se clavan en los míos, llenos de intensidad y deseo. Sus palabras resuenan en mis oídos mientras trata de controlar nuestros orgasmos, que se aceleran con rapidez.

—Qué bueno… Es jodidamente bueno, Dylan. Deja que te oiga… Grita para mí.

Ningún tío me ha hablado nunca follando, y es, casi con seguridad, lo más excitante que he oído en mi vida. Reese clava los dedos en mis caderas, y creo que podría dejarme marca, pero de momento no me importa. El ligero dolor que me inflige está alimentando mi necesidad de él.

—Estoy a punto. Córrete conmigo —gruño, viendo cómo se le iluminan los ojos.

Desliza la mano entre nosotros y por debajo de mi vestido, hasta que me aprieta el clítoris con el pulgar al tiempo que se mueve más velozmente, haciendo que mi clímax se acelere. Le clavo las uñas en el cuello mientras echo la cabeza hacia atrás y estallo.

—Reese. ¡Oh, Dios!

Su mano libre me agarra por el cuello y me lleva hacia sus envites, que ahora son tan potentes que creo que voy a partirme en dos.

—¡Joder! —grita. Levanto la mano y le tiro del pelo mientras se corre; sus ojos no se apartan de los míos y mi nombre se escapa de sus labios cuando se derrama en mi interior. Creía que la mayoría de los hombres cerraban los ojos cuando llegaban al clímax, pero este no. Y hay algo en el hecho de que me mire, de que me deje ver cómo se deshace por completo, que hace que esto resulte aun más excitante. Se queda quieto dentro de mí y lleva mi cara hacia la suya para juntar nuestros labios. Sus besos son suaves y dulces, y recorren mi boca de una esquina a la otra. Noto los labios hinchados y agrietados, y no me importa lo más mínimo. Besaría a este tipo hasta que se me sangraran los labios.

—¿Qué coño ha sido esto? —pregunta. Abro los ojos de golpe y busco su expresión.

Increíble. Alucinante. Más allá de lo que podría haber imaginado. Quiero decir todo eso, pero no lo hago, ya que no entiendo del todo por qué me hace esa pregunta ni qué demonios quiere decir con ella.

Cierra los ojos y se retira de mí, tirando el condón usado antes de subirse los pantalones y recolocarse la ropa. Se gira hacia mí, coge la chaqueta del traje y se la pone, cubriendo sus anchos hombros, con una expresión completamente impasible.

Ah. Las incómodas secuelas del sexo con desconocidos…

Evito sus ojos mientras me bajo de un salto y me giro para arreglarme el vestido en el espejo, pero me doy cuenta de que aún lleva mis bragas en el bolsillo. Joder, ¿no me las va a devolver? ¿O espera que se las pida? Lo miro brevemente a los ojos por medio del espejo, pero rompo el contacto casi inmediatamente al ver su mandíbula tensa y su ceño fruncido. A la mierda. No le voy a pedir nada.

Suena un golpe en la puerta.

—Mierda. —Su voz es cortante e irritada mientras me mira antes de volverse hacia la puerta—. Lo siento mucho —dice mientras sus dedos descorren el pestillo para abrir la puerta y permitir que entren dos hombres mientras yo me quedo junto al lavabo.

—Bueno, bueno, bueno. ¿Qué tenemos aquí?

Niego con la cabeza y los aparto, rozando a Reese con el hombro mientras voy hacia el pasillo; subo rápidamente las escaleras y los dejo en el baño.

Dios mío, ¿cuál ha sido el problema? ¿De qué coño se arrepiente? Se ha corrido, ¿no?

Estoy tan furiosa que tengo los puños apretados mientras me abro paso entre la multitud. Voy hacia mi mesa, donde mis dos amigos están sentados, picoteando algo de comer. Clavan los ojos en mi cara y Joey sonríe ampliamente mientras Juls me observa de forma interrogativa.

—Tengo que largarme de aquí —anuncio, cogiendo mi clutch, que había dejado encima la mesa, mientras hago todo lo posible para evitar sus miradas.

—¿Y dónde demonios has estado? —pregunta Joey, apartando el plato al tiempo que Juls se levanta y se acerca a mí—. Por favor, dime que te acaban de follar a fondo.

—Sí, Dylan, ¿dónde estabas? Te has perdido el corte de la tarta.

Maldita sea. Eso era lo único que realmente quería ver.

—Nada de preguntas. —Miro a mi derecha y veo que Reese va hacia su mesa; sus ojos se cruzan con los míos un instante antes de que aparte la mirada. Él también parece bien follado, con el pelo alborotado y sexy.

—Oh, Dios. Por favor, dime que no has hecho con él lo que creo que has hecho. ¿Lo has hecho? —Me inclino y beso a Joey rápidamente en la mejilla, ignorando la pregunta de Juls.

—¿Vienes conmigo? —pregunto.

—No, voy a pasar un rato más a solas con Billy. —Se acerca más a mí—. Pero quiero que mañana me cuentes cada puto detalle. —Pongo los ojos en blanco antes de darme la vuelta y salir del área de recepción con Juls.

Consigo bajar las escaleras y llegar a la puerta principal antes de que mi amiga me detenga y exija respuestas.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué? He olvidado tu pregunta. —No lo he hecho.

Cruza los brazos mientras me mira fijamente.

—¿Te has tirado a Reese? Dylan, por favor, dime que no lo has hecho.

—Si quieres saber exactamente lo que ha pasado, hemos follado y luego se ha asustado mucho. ¿Puedo irme ya, por favor?

Me mira con la boca abierta.

—Maldito hijo de puta… Dylan, Reese está casado.

Tengo que agarrarme a la pared para no caerme.

—¿Qué? Pero si me ha dicho que no tenía novia. —Me he quedado con la boca abierta—. Oh, menudo gilipollas. Apuesto algo a que se ha creído muy listo cuando me ha dicho que no tenía novia desde la universidad. Supongo que una esposa no es en realidad una novia. —La sensación que me ha dejado en las entrañas mi anterior orgasmo es ahora reemplazada instantáneamente por náuseas y un intenso deseo de darle a Reese una patada en las pelotas—. ¿Cómo sabes que está casado?

Juls se pasa las manos por la cara.

—Ian me dijo que estaba casado la semana pasada, cuando me lo presentó brevemente mientras tomábamos unas copas. Vaya. Qué escoria….

En efecto. «Escoria» no sirve para describirlo en este momento. Estoy pensando en «capullo», «imbécil prepotente», «puto embustero», «cabrón»…

Me pellizco la parte superior de la nariz entre el pulgar y el índice y repaso rápidamente en mi cabeza el sexo más ardiente que he tenido en mi vida. Bajo la mano y cierro el puño. Podría matarlo.

—No me extraña que después no pudiera alejarse de mí lo suficientemente rápido… ¿Cómo diablos iba a saber yo que está casado? No llevaba anillo.

—¿Dylan? —Las dos dirigimos nuestra atención a Justin, que está junto al pie de la escalera, con los ojos muy abiertos mientras me mira lleno de sorpresa.

Bueno, la noche sigue mejorando.

Vuelvo a mirar a mi mejor amiga, ignorando al capullo de la escalera.

—Me voy antes de que me arresten por homicidio. Te llamo mañana —le digo a Juls, y solo a Juls.

Abro la puerta y salgo hacia los aparcacoches, recordándoles que soy la propietaria de la furgoneta de reparto mientras se ríen entre ellos. Estoy furiosa, y no tengo humor para esta mierda.

—Estáis trabajando en una puta boda, así que sé que no tenéis un Lexus precisamente. Id a por mi furgoneta —les digo bruscamente, y se callan de inmediato. Uno se aleja a toda velocidad hacia el aparcamiento.

—Dylan, ¿puedo hablar contigo? —Es la voz de Justin justo a mi espalda.

—No. Felicidades, Justin. La ceremonia ha sido preciosa. —Siento su mano en el hombro y me giro con rapidez, zafándome de él.

—No me toques. ¿No deberías estar arriba con tu mujer?

Se ríe y se acerca, con sus ojos grises llenos de picardía.

—Bueno, si he oído bien, ¿no te van ahora los casados?

Oh, no, no acaba de decir eso.

Levanto la mano con fuerza y rapidez y le doy una bofetada que hace que se tambalee hacia atrás, con los ojos muy abiertos.

—Vete a la mierda —escupo. Al ver que el aparcacoches acerca a Sam a la acera, voy apresuradamente hacia el lado del conductor. Me da la impresión de que no puedo darme prisa lo suficiente; los neumáticos chirrían mientras recorro el largo camino de entrada y dejo atrás esta maldita noche. Nunca debería haber hecho esa estupidez.

Enrollarme con un casado en la boda de mi exnovio… Dios, karma…, eres un cabrón.