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Noches italianas de pasión Melanie Milburne Ella estaba fuera de su alcance… y el italiano no lo podía soportar Al enterarse de que su sobrina la necesitaba, Addison Featherstone no tuvo más remedio que colaborar con Ludovic Jacobetti, el tío y padrino de la pequeña Katerina. Pero había un problema: Addie estaba encaprichada del mujeriego Vic desde hacía tiempo. Además, Addie era hermana del mejor amigo de Vic, lo cual la convertía en territorio prohibido para él. Pero, cuando se quedaron a solas en su casa del lago Como, se vio obligado a reconocer que era mucho más atractiva de lo que le había parecido hasta entonces. Y cuando el sol se ocultó, quedó claro que la pasión que los unía era tan embriagadora como irresistible. Una atractiva distracción Jadesola James Un engaño con diamantes... ¡siempre parece más real! El multimillonario hecho a sí mismo, Desmond Tesfay, estaba a punto de lograr una adquisición que se convertiría en el mayor logro de su carrera. Pero Valentina Montgomery, la atractiva asistente de su cliente, era una distracción para su propósito. Le resultó imposible resistirse a ella y su encuentro quedó al descubierto, por lo que los negocios de Desmond y el trabajo de Valentina se vieron en peligro. La única solución para proteger a ambos era fingir su compromiso. Como prometida de Desmond, Val podía ayudarle a lograr a cerrar el acuerdo con su jefe. Después de un desastroso matrimonio, Val no había querido saber nada de relaciones, pero, a medida que la farsa continuaba, cada vez se sentía más decidida a profundizar en aquella explosiva relación. La misteriosa novia Abby Green ¡Por la vía rápida… hacia el altar! Cuando Lili Sirenze, responsable del mantenimiento de las propiedades del legendario piloto Cassian Corti, se enteró de que necesitaba un heredero para conservar su fortuna, decidió proponerle que se casara con ella. Su única condición era no tener que abandonar la paz y seguridad que le proporcionaba su finca en el lago Como… Al ver a su enigmática esposa caminando hacia el altar, Cassian se había quedado completamente descolocado. Estaba acostumbrado a vivir al límite… no a enfrentarse a un deseo tan intenso e incontrolable. No podía dejar de pensar en Lili… Y con la prensa empezando a especular sobre la misteriosa mujer que había cazado al italiano, solo tenía una opción: ponerla también en su punto de mira.
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Seitenzahl: 523
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
E-pack Bianca, n.º 424 - octubre 2025
I.S.B.N.: 979-13-7017-263-3
Índice
Créditos
Noches italianas de pasión
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
Una atractiva distracción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Si te ha gustado este libro…
La misteriosa novia
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Créditos
Índice
Noches italianas de pasión
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
Una atractiva distracción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Si te ha gustado este libro…
La misteriosa novia
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Addie se estaba cepillando los dientes cuando empezó a vibrar su teléfono móvil, que había dejado en la mesita de la habitación.
Odiaba las llamadas nocturnas de su madre. Cuando no la llamaba para decirle que había engordado medio kilo y que tenía que perderlo antes de la siguiente sesión de fotos, la llamaba para informarla de que había echado a su último amante de su lujosa mansión de las Bahamas. Pero, a pesar de ello, salió del cuarto de baño sin enjuagarse la boca y se dirigió a la mesita, intentando decidir si debía contestar o no.
Al ver el número que aparecía en la pantalla, el corazón se le aceleró como un péndulo descontrolado. No era su madre, sino su cuñado, Vic Jacobetti.
Rápidamente, alcanzó el teléfono e intentó contestar; pero, como tenía la boca llena de espuma, fue incapaz de decir algo inteligible.
–¿Addison? ¿Estás ahí? –preguntó Vic.
Ella volvió a toda prisa al cuarto de baño, se enjuagó y regresó en cuestión de segundos.
–Discúlpame, Vic. Me has pillado en mal momento.
–¿Es que estás con alguien?
La pregunta de Vic la sorprendió, y no solo porque sintiera mariposas en la base del estómago cada vez que oía su ronca voz. Vic era el hermanastro de Isabella, la mujer que estaba casada con su hermano, Marcus. Pero, por lo visto, ni Isabella ni Marcus le habían comentado que su vida amorosa era inexistente.
A decir verdad, nunca estaba acompañada a esas horas de la noche. No había salido con nadie en varios años. Y no recordaba cuándo había sido la última vez que la habían besado.
–No, estoy sola. ¿Qué querías?
–Marcus me ha llamado hace un momento –dijo Vic con una inquietante seriedad–. Isabella y él se han quedado atrapados en Nueva Zelanda por culpa de una tormenta y de la inundación que ha provocado. No podrán volver a tiempo y, como la niñera de Katerina se tiene que ir, me ha pedido que nos ocupemos de ella.
Addie se pasó la lengua por sus súbitamente secos labios.
–¿Que nos ocupemos? ¿Nosotros?
–Es lo más lógico. Somos sus tíos, además de sus padrinos.
–¿Por qué no se puede quedar la niñera?
Addie adoraba a los niños, pero nunca se había quedado a cargo de ninguno. Su especialidad eran los animales. Trabajaba en una clínica veterinaria, y le encantaba su trabajo. Los animales no la juzgaban por no llevar ropa elegante, no ponerse maquillaje o recogerse el pelo de cualquier manera.
Los animales la querían por lo que era. A diferencia de su madre, Solange, quien nunca había comprendido que no le interesara la moda ni sintiera el menor deseo de ser lo que era ella: una de las modelos de bañadores más famosas del mundo. De hecho, Addie ni siquiera tenía bañador.
–Porque tenía un compromiso previo –respondió Vic–. Le dijeron que solo iban a estar cuatro días en Nueva Zelanda, y la chica aceptó otro trabajo.
–¿Y dónde está Katerina?
–En mi casa del lago de Como. Isabella y Marcus la dejaron allí con intención de disfrutar de unas vacaciones familiares cuando volvieran –dijo él–. Tenemos que salir de inmediato, para que no se quede sola.
Addie tragó saliva.
–¿De inmediato?
–No te preocupes por eso. Te enviaré un coche. Estará ahí en media hora.
–Pero tengo que llamar a mi jefa para decírselo. Y es muy tarde…
–Llámala por el camino. Lo importante ahora es que hagas las maletas y estés preparada cuando llegue el coche –dijo Vic, con el tono de un hombre acostumbrado a dar órdenes–. Por cierto, no olvides el pasaporte.
Addie se preguntó por qué habría llamado Marcus a Vic en lugar de llamarla a ella. A fin de cuentas, era su hermano. Sin embargo, la respuesta era evidente: Marcus le sacaba siete años y, como no se habían criado juntos, su relación nunca había sido muy estrecha.
–Marcus me ha pedido que te diga que te llamará cuando pueda –dijo él, como adivinando sus pensamientos–. Están sin electricidad, y su teléfono se está quedando sin batería.
–Bueno, mientras estén bien y no les pase nada…
–Están bien, pero es posible que no sepamos nada de ellos hasta dentro de uno o dos días –comentó Vic.
Cuando terminaron de hablar, Addie se mordió el labio inferior. Aquella había sido la conversación más larga que había mantenido con Vic Jacobetti. Lo había conocido en la fiesta de compromiso de Isabella y Marcus, y se había encaprichado de él al instante. Era un hombre de cuerpo y rasgos tan perfectos que la mayoría de las mujeres habrían caído rendidas a sus pies.
Por supuesto, el enorme atractivo del alto y moreno Vic la había incomodado desde el primer momento, hasta el punto de trabarle la lengua y lograr que se sintiera terriblemente torpe a su lado. Y la situación no mejoró el día de la boda. De hecho, estaba tan nerviosa que bebió demasiado champán para superar temporalmente su timidez.
Nunca le habían gustado los actos sociales, y aquel le gustó menos que ninguno. A fin de cuentas, era la boda del hijo de la supermodelo Solange Featherstone con la hermanastra del millonario Ludovico Jacobetti. Todo un acontecimiento. Y, por supuesto, ella se sintió completamente fuera de lugar. Demasiados famosos, aristócratas y periodistas de la prensa del corazón.
Addie no volvió a ver a Vic hasta el bautizo de Katerina, uno de los días más extraños de su vida. Se había sentido honrada cuando Markus le pidió que fuera la madrina de la niña, pero no se le había ocurrido que tendría que compartir la responsabilidad con Vic, el padrino. Y durante la ceremonia, estuvo tan pegada a él que la imaginación se le desbocó de un modo tan tórrido como absurdo.
Vic Jacobetti nunca se sentiría atraído por una mujer como ella.
Y ahora, por culpa de una tormenta en Nueva Zelanda, iba a tener que pasar varios días y noches con él en el lago de Como.
Addie abrió el armario, miró el contenido y sacudió la cabeza. A diferencia de su madre, ella solo tenía prendas de colores neutros. Nunca se había preguntado si esos tonos le sentaban bien; sencillamente, se sentía cómoda con ellos. Y aunque Solange le solía llevar bolsas llenas de ropa que solo se había puesto una vez, no la podía usar porque no tenían la misma figura: un detalle que intentaba meterle en al cabeza desde su infancia, sin éxito.
Alcanzó una maleta pequeña, metió unas cuantas cosas y añadió sus pijamas de patitos y sus zapatillas de andar por casa, decoradas con cerditos. Su atuendo nocturno era mucho más colorido que el diurno, pero solo porque no había ninguna posibilidad de que alguien la viera. Las relaciones no se le daban bien. No sabía ni coquetear ni llamar la atención de los hombres. Vivía tan encerrada en sí misma que seguía siendo virgen a sus veintiocho años.
En eso tampoco se parecía a su madre, toda una profesional de las citas. Si hubieran dado premios al respecto, se habría llevado un montón de medallas de oro. Addie había perdido la cuenta de los amantes que había tenido. Su padre había sido el quinto de los maridos de Solange, quien perdía tanto dinero con los divorcios que, al final, había decidido dejarse de matrimonios y limitarse a las relaciones sin vínculos legales.
Tras hacer la maleta, se dirigió al cuarto de baño y guardó lo que necesitaba en un neceser, empezando por un protector solar de factor altísimo, porque lo último que quería era que le salieran más pecas.
Y, justo entonces, llamaron a la puerta.
Addie se quedó sin aliento cuando la abrió. Vic Jacobetti era bastante más alto de lo que le había parecido hasta entonces; tal vez, porque ella había llevado zapatos de tacón alto en las tres ocasiones en que se habían visto. Pero, fuera como fuera, sintió el deseo de subirse a un cajón o una escalera para poder mirar sus preciosos ojos marrones sin echar la cabeza hacia atrás.
Curiosamente, y a pesar de que los dos tenían los ojos del mismo color, los de Vic no se parecían nada a los suyos. No eran claros, sino muy oscuros; y hasta sus pestañas eran más largas que las de ella.
–¿Estás preparada?
Antes de contestar, Addie admiró unos segundos más su recta nariz, su sensual y varonil boca y su impresionante cuerpo, que aquel día llevaba oculto tras unos pantalones de color azul marino y una camisa de color azul claro que enfatizaba el tono moreno de su piel y permitía atisbar el negro y rizado vello de su pecho.
–Sí, bueno… –empezó a decir–. Más o menos.
Addie intentó disimular su turbación, que no se debía únicamente a la maravilla de metro noventa de altura que tenía delante. Ella no era una mujer que perdiera los papeles con facilidad; sabía mantener el aplomo en casi cualquier circunstancia, como había demostrado muchas veces en su trabajo. Funcionaba muy bien bajo presión, y nunca permitía que las emociones nublaran su juicio.
Sin embargo, el simple hecho de que Vic Jacobetti estuviera cerca bastaba para acelerarle el pulso y para que su corazón se moviera en su pecho como un yoyó desquiciado. Hasta entonces su encaprichamiento con él había sido manejable, pero empezaba a ser un problema.
–¿No te llevas nada más? –preguntó él con extrañeza, mirando la pequeña maleta que estaba junto a la puerta.
–No.
Él arqueó las cejas en lo que pareció ser una expresión de sorpresa y, a continuación, alcanzó la maleta.
–Vamos. El coche está esperando.
Addie cerró la puerta de la casa y lo siguió hasta el largo y elegante vehículo aparcado en la calle. El conductor, que estaba sentado al volante, salió de inmediato y le abrió la portezuela, inclinando la cabeza.
–Buenas noches, señorita Featherstone.
–Buenas noches –dijo ella, con una sonrisa.
Addie entró en el coche, que tenía una mampara de separación entre la parte delantera y la trasera. Mientras se sentaba, supuso que los dos hombres la habrían comparado ya con su madre. Era inevitable. Casi todo el mundo lo hacía.
En cuanto Vic tomó asiento, el conductor subió la mampara de cristal y arrancó.
Addie fue súbitamente consciente de que se había quedado a solas con Vic. No estaba pegado a ella, pero notaba el cítrico aroma de su loción de afeitado y veía perfectamente sus largas piernas. Hasta oyó el frufrú de su camisa cuando abrió el maletín que estaba en el suelo para sacar unos documentos.
Y Vic debió de captar su incomodidad, porque preguntó, mirándola con aquellos ojos tan oscuros:
–¿Estás bien, bella?
Ella parpadeó, maldiciéndose a sí misma por ruborizarse con demasiada facilidad. ¿Bella? Vic estaba yendo demasiado lejos con su intento de mostrarse amable. Además, ella nunca se había considerado particularmente atractiva.
–Sí, claro. Solo estoy acelerada, por las prisas.
–Qué me vas a contar a mí –dijo él, hojeando sus documentos.
Tras un largo silencio, Addie preguntó:
–¿Qué has tenido que cancelar para poder cuidar de Katerina? ¿Alguna cita con una supermodelo o una actriz famosa?
Addie se maldijo nuevamente para sus adentros. ¿Por qué había hecho eso? ¿Por qué se había tenido que interesar por su vida amorosa? Le habría gustado que el sillón del coche se la tragara como si fuera una vulgar moneda.
Vic la miró de un modo que no contribuyó precisamente a ralentizar su pulso ni a enfriar sus ruborizadas mejillas.
–No. He dejado el mercado durante una temporada.
Ella arqueó las cejas, extrañada. Vic salía casi todas las semanas en la prensa del corazón, y siempre por algún asunto relacionado con sus amantes. De hecho, estaba segura de que tendría una enorme lista de mujeres dispuestas a ocupar el sitio de la anterior.
–¿Y eso?
Los largos dedos de Vic dieron golpecitos sobre los documentos que llevaba en el regazo.
–Tengo mucho trabajo estos días. Estoy a punto de abrir un hotel nuevo.
–¿Dónde lo vas a abrir?
–En el lago de Como.
–¿Cerca de tu casa?
–Tan cerca como puede estar –respondió él, con una sonrisa irónica–. Es mi casa. La voy a convertir en un hotel… Bueno, la convertiré en un hotel después de que Katerina y sus padres disfruten de esas vacaciones.
–¿Hace mucho tiempo que vives allí?
–No he vivido allí desde que era niño. Isabella y Marcus la usan bastante más que yo –dijo–. Por ponerte un ejemplo, solo estuve un par de veces el año pasado. Cuando no me alojo en alguno de mis hoteles, estoy en mi apartamento de Londres.
–¿No sientes nada especial por esa casa?
–No.
Addie no se dejó engañar por su brusca negativa. Había notado una corriente de amargura bajo su breve monosílabo, pero no dijo nada al respecto.
Por lo que sabía, Vic y Marcus habían perdido a su padre cuando eran muy jóvenes, y su madre se había vuelto a casar un par de años después. De hecho, Isabella era hija de su segundo marido. Y no necesitaba ser muy lista para saber que perder a un padre era una experiencia devastadora; particularmente, a tan temprana edad.
Ella también había sufrido bastante con el agrio matrimonio de sus padres; y, desde luego, no quería hablar de ese tema con nadie. Tanto era así que Marcus y ella tenían el acuerdo tácito de no mencionarlo nunca.
–¿Cuánto tiempo viviste allí?
–Hasta los siete años.
–¿Y después?
–Estuve en un internado, en Inglaterra.
–Pero seguro que volverías de vacaciones…
–Muy pocas veces. Me solían enviar a Florencia, a la casa de mi tía.
Addie frunció el ceño.
–¿Y tu madre? Seguro que querría verte con frecuencia. Al fin y al cabo, eras muy pequeño –comentó.
Vic arrugó los labios.
–Mi madre no es de las que son capaces de desafiar a su marido. Además, Isabella la mantenía muy ocupada.
–Por lo que dices, me da la impresión de que no te llevas bien con tu padrastro.
–Lo tolero. Por el bien de mi madre y de mi hermana.
–Vi a tu madre y tu padrastro en la boda y el bautizo. Me pareció una pareja feliz.
Él la volvió a mirar, con otra de sus sonrisas irónicas en los labios.
–¿Hay algún matrimonio que sea feliz todo el tiempo?
Addie se humedeció los labios secos y apartó la mirada.
–Ninguno de los matrimonios de mi madre lo ha sido –respondió–. Pero no renuncio a la posibilidad de que algunas personas tengan suerte.
–Ah, ¿crees que eso se reduce a tener suerte?
Addie lo miró de nuevo, tan ruborizada como antes. En ese momento, le habría gustado tener el refinamiento necesario para poder mirarlo a los ojos sin sentirse una colegiala tímida.
–Me gustaría creer que el amor verdadero existe, pero sospecho que el amor es algo que te tienes que trabajar, como sucede con cualquier otro tipo de relación. Las dos partes tienen que estar comprometidas. Tienen que estar dispuestas a apoyar al otro en los buenos tiempos y en los malos –afirmó.
–Dime una cosa… ¿has sido muy afortunada en el amor, tesore?
Ella se estremeció al oír el cumplido. ¿Cómo iba a mantener el aplomo, si Vic insistía en halagarla constantemente?
–Ni mucho menos.
–¿No estás saliendo con nadie?
–No.
–¿Cuándo saliste con alguien por última vez?
Addie apretó su bolso con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.
–Veo que has estado hablando con mi hermano…
–¿Con tu hermano? ¿De qué?
Addie clavó la vista en la mampara de cristal; pero no sirvió de mucho, porque los dos se reflejaban perfectamente en él, y la inquisitiva mirada de Vic la alcanzó de todos modos.
–Hace tiempo que no salgo con nadie.
–¿Cuánto tiempo?
Ella tardó en responder. De repente, se arrepentía de no haber aprendido a mantener conversaciones triviales, porque no se le ocurrió ninguna réplica inteligente que pudiera desviar la conversación.
–Es… complicado.
–Todas las vidas amorosas lo son –observó él.
Addie suspiró y lo miró una vez más. Vic tenía el ceño fruncido, como si hubiera adivinado que seguía siendo virgen. Algo verdaderamente inusitado en una chica de veintiocho años.
–Ya, pero yo soy… difícil.
Addie fue tan sincera con él como pudo ser. Efectivamente, era una mujer difícil. Y por otra parte, no le podía contar lo que le había pasado. No se lo había contado a nadie. ¿A quién se lo iba a decir? ¿A su madre? Su madre no le habría pasado un brazo por encima de los hombros ni habría escuchado atentamente mientras ella recordaba la peor noche de su vida. No era de ese tipo de personas.
Además, Solange había tenido algo que ver en el asunto, aunque sin pretenderlo. Como la belleza y la popularidad eran fundamentales para ella, la había convertido en una especie de trofeo sexual cuando solo tenía quince años. Y, por supuesto, eso llamó la atención de los chicos del instituto.
Pero ¿quién le iba a decir a ella que el jovencito del que se encaprichó solo quería llevarla a la cama para presumir delante de sus amigos? Desde entonces, no podía estar desnuda sin acordarse de aquella humillación. Y para empeorar las cosas, le había afectado tanto que ahora creía que nadie la deseaba de verdad.
–Ser difícil no tiene nada de malo –comentó Vic, echando otro vistazo a sus documentos–. Puede que siga tu ejemplo.
–¿Tú? ¿En serio? No me digas que te ha dejado de gustar la vida de seductor porque ya no puedes ir con Markus a ligar por ahí –ironizó Addie–. Te gusta romper corazones.
Él sonrió, pero la sonrisa no llegó a su mirada. Sus ojos eran un pozo insondable de negro misterio, que avivaban constantemente su curiosidad. Cuando clavaba la vista en ellos, se sentía como si estuviera nadando en aguas profundas y no supiera nada de los peligros o placeres que se escondían a sus pies.
–Yo no rompo el corazón a nadie. Siempre he sido claro con mis amantes. Saben que no estoy buscando una relación.
–¿Insinúas que acostarte con alguien no es una relación?
–Cualquier interacción con otro ser humano entra en la categoría de las relaciones –le recordó Vic.
Ella asintió.
–Sí, eso es cierto. Pero ¿cómo consigues acostarte con gente y mantener tus sentimientos a un lado? Te lo pregunto por una amiga mía, que tiene problemas con esas cosas.
Esta vez, Vic sonrió abiertamente. Y su sonrisa suavizó e iluminó su rostro de tal manera que pareció más joven y mucho menos intimidante.
–Dile a tu amiga que se vuelve más fácil con el paso de los años. Yo ya no pienso en eso cuando me acuesto con alguien. Es algo puramente físico.
Una parte de Addie se estaba preguntando por qué demonios estaba hablando con Vic sobre esas cosas, pero otra estaba fascinada con su capacidad para controlar sus sentimientos. Ella también los controlaba bien, pero seguían estando bajo la superficie, aunque no se le notara. Los sentía. Siempre era consciente de ellos. Estaban en lo más profundo de su interior, como un bosque de algas aferrado al fondo marino, meciéndose con las corrientes.
A veces, cuando estaba sola, podía sentir su suave caricia en los tobillos, y tenía que echar mano de toda su fuerza de voluntad para impedir que se le enredaran y la hundieran, porque podían hundirla con suma facilidad.
En cualquier caso, Addie no se creía capaz de estar desnuda con alguien y no sentir nada. Nada, salvo vergüenza; pero, naturalmente, no quería hablar de eso.
Vic intentaba no pensar en el esfuerzo que estaba teniendo que hacer para soportar la cercanía de Addie Featherstone. Intentaba no pensar en lo dulce y tímida que era en comparación con las mujeres con las que él salía.
Pasar unos días con ella en la casa del lago era la única solución rápida que se le había ocurrido. Alguien tenía que cuidar de Katerina, y no podía ser la madre de Addie, porque no tenía carácter de abuela tradicional. De hecho, costaba creer que Addie fuera hija de Solange. Eran de personalidades opuestas y, aunque Addie no fuera fea en absoluto, no tenía la impresionante figura y los impresionantes rasgos de su madre.
Ese detalle le había sorprendido desde el primer día que la vio. Y le había sorprendido muy positivamente. Solange era desmesurada en todo, desde su belleza hasta su forma de comportarse, siempre empeñada en ser el centro de atención; en cambio, Addie era reservada y algo mojigata.
Vic sospechaba que la intimidaba, aunque no quisiera intimidarla. Era algo que le pasaba con frecuencia y que, en realidad, no le preocupaba. No habría llegado tan lejos en el mundo de los negocios si no hubiera sabido intimidar de vez en cuando. Pero aquello no eran negocios y, además, le gustaba la falta de artificio de Addie. No se parecía nada a sus amantes, y eso era un cambio más que refrescante.
Desde luego, no tenía intención alguna de acostarse con ella. Addie era la hermana de su cuñado. Estaba fuera de su alcance, fuera de su radar. Y ni siquiera era su tipo.
Sin embargo, había algo en ella que lo intrigaba, y estaba ansioso por conocerla mejor. Quería saber por qué le importaba tan poco su aspecto y por qué parecía decidida a permanecer en la sombra, sin llamar la atención.
Fuera cual fuera el motivo, Addie no había podido impedir que él se fijara en ella. Y durante el trayecto en coche, se concentró en sus documentos para no caer en la tentación de admirar sus delicados rasgos, su sensual boca, las suaves laderas de sus mejillas y las pecas de su respingona nariz.
Sí, se había fijado en ella, pero no iba a hacer nada al respecto.
Addie era territorio prohibido. Fascinante, seductor, intrigante, pero prohibido.
Minutos después de llegar al aeropuerto, Addie supo que no irían a Italia en un vuelo comercial. Lo supo porque facturaron el equipaje y pasaron el control de seguridad al instante, sin esperas. Pero esa no era una experiencia nueva para ella, porque había volado muchas veces con su madre en reactores privados.
Tras subir al aparato, se sentó en el elegante sillón de cuero que estaba enfrente de Vic; y casi se arrepintió de no haberse sentado a su lado, porque ahora estaba en su línea de visión. Nunca había pasado tanto tiempo con él. Vic le gustaba, pero también la intimidaba.
¿Qué pensaría de ella? ¿Le sorprendería que fuera tan distinta a su madre? A fin de cuentas, se parecían tanto como un exótico flamenco y un humilde y pardo gorrión.
Además, tampoco se parecía nada a Marcus; por lo menos, en lo tocante a las relaciones sociales. Su hermano se movía entre la gente como si se tratara de un deporte y él fuera el campeón del mundo, pero ella hacía lo posible por pasar desapercibida.
–¿Siempre viajas así? –preguntó a Vic, más por romper el silencio que por curiosidad.
–Sí. No me gustan mucho los vuelos comerciales –contestó él, abrochándose el cinturón–. ¿Es que no te parece bien?
Ella se encogió de hombros.
–No soy quién para criticarlo. He volado en muchos aviones privados con mi madre. Sobre todo, porque mi padre solía cambiar de opinión después de comprometerse a cuidar de mí, y ella tenía que ir a buscarme enseguida.
Vic frunció el ceño.
–Sospecho que el suyo no fue un divorcio amistoso.
Addie soltó una pequeña carcajada que sonó falsa a sus propios oídos.
–Decir eso es quedarse corto. Pero estoy segura de que Marcus ya te lo habrá contado.
–Tu hermano me ha contado muy pocas cosas.
Esta vez fue ella quien frunció el ceño.
–¿Y eso? Os tenía por grandes amigos…
–Y lo somos, pero hay cosas que ni los grandes amigos se cuentan.
–Sí tú lo dices, será verdad. No tengo experiencia al respecto. No se puede decir que tenga muchas amigas íntimas.
Ella se mordió el labio, arrepintiéndose inmediatamente de haberle dado esa información. ¿Por qué se había sentido en la necesidad de confesarle que no tenía gente con la que pudiera quedar los fines de semana o después de trabajar? Sobre todo, teniendo en cuenta que no lo echaba de menos. La compañía de los animales de la clínica era suficiente para ella. Eran más sinceros que las personas, y bastante más fiables.
El avión empezó a avanzar por la pista, y el piloto les informó por el altavoz sobre las condiciones climatológicas previstas y la duración del viaje. La interrupción le dio la oportunidad de recuperar la compostura, aunque aún sentía un ardor en sus mejillas.
Cuando despegaron, ella se inclinó hacia la ventanilla para ver el sinuoso y plateado Támesis y la ya distante Londres. Ya era de noche, y las luces de la ciudad daban un aspecto mágico a la escena.
–¿Por qué no tienes amigos? –preguntó él, estirando las piernas.
–Es una larga historia.
–Tenemos un par de horas por delante…
–¿No deberíamos hablar sobre lo que vamos a hacer con Katerina? Imagino que no tienes demasiada experiencia con niños.
–No, no demasiada. Ni siquiera la tuve con Isabella, porque yo estaba en el internado cuando ella era pequeña. Y solo he visto a Katerina un par de veces desde que la bautizaron –le confesó–. Por eso pensé que sería mejor que me acompañaras. Marcus me comentó que tú has estado muchas veces con su hija.
–Las suficientes para que sepa quién soy, nada más –dijo Addie–. Mi especialidad son los animales, no los niños. Pero, como fui niña una vez, supongo que sabré qué hacer. No será tan difícil, ¿verdad?
Vic sonrió.
–No estoy seguro de que haber sido niños nos vaya a ser de ayuda, cara.
–Sí, bueno, ya nos las arreglaremos –dijo ella, encantada con el cariñoso apelativo italiano que le acababa de dedicar–. Pero echará de menos a sus padres, claro. No tiene ni dos años de edad. ¿Te han dado instrucciones sobre sus rutinas?
–Espero que la niñera se las haya dado a mi ama de llaves, Lucía.
–Es una pena que la niñera no se pueda quedar hasta que lleguemos. La pobre Katerina se asustará mucho cuando se encuentre a solas con una desconocida.
–No te preocupes por eso. Mi ama de llaves es perfectamente capaz de cuidar de ella hasta que lleguemos. Tiene cuatro hijos y varios nietos.
Ella se mordió el labio, angustiada con la pequeña. Cuando era niña, se había encontrado en situaciones similares muchas veces, y no había olvidado la sensación de abandono.
–Ya, pero ¿hasta qué punto conoces a tu ama de llaves? Has dicho que el año pasado solo estuviste un par de veces en esa casa. Puede que sea una mujer encantadora y que tenga nietos, pero eso no significa necesariamente que sepa tratar a los niños.
–Katerina estará bien. Deja de preocuparte. Olvidas que conoce a Lucía… Marcus e Isabella han estado con ella en la casa.
–¿Y por qué no se queda con tu madre y tu padrastro? Son sus abuelos.
–A mi padrastro no le gustan los niños.
–¿Y a tu madre?
–Oh, ella adora a Katerina.
–Entonces, ¿por qué…?
–Porque mi padrastro la mantiene tan ocupada que solo está disponible para él.
Addie frunció el ceño. La amargura del tono Vic había sido tan evidente que se preguntó cómo habría sido su infancia cuando su madre se casó por segunda vez.
–De todas formas, no llegaremos a tu casa hasta dentro de varias horas. ¿Has hablado con Lucía? ¿Sabes cómo está la niña?
–No he podido aún. Solo he tenido tiempo para cancelar mis compromisos y organizar este viaje –respondió Vic.
–Bueno, estoy segura de que Marcus e Isabella te agradecerán que sacrifiques tu precioso tiempo por el bien de Katerina –ironizó ella.
–Addie, sé que no soy el único que ha tenido que cancelar compromisos. A ti te ha pasado lo mismo. Pero también sé que Marcus e Isabella quieren que cuidemos juntos a la niña.
Addie tragó saliva. Era la primera vez que Vic usaba el diminutivo de su nombre para dirigirse a ella y, por si eso no hubiera bastado para que sintiera una extraña debilidad en las rodillas, sus palabras lograron que fuera más consciente que nunca de su atractivo.
Juntos. Había dicho que iban a cuidar juntos a la niña.
¿Cómo era posible que algo tan inocente la afectara tanto? De repente, se sentía como si la hubiera hechizado. Aunque, por otra parte, no tenía nada de particular: Vic Jacobetti era un hombre refinado, un hombre de mundo, un hombre con mucha experiencia; y ella solo era una tímida y asocial virgen que no había besado a nadie en varios años.
–En fin… tampoco podrían haber llamado a mi madre –admitió ella–. Ni siquiera quiere que la gente sepa que tiene una nieta.
–¿Por qué?
–Porque es malo para su imagen.
Vic no dijo nada, pero arrugó la nariz, y Addie tuvo la sensación de que se había establecido una extraña alianza entre ellos. Tuvo la sensación de que la comprendía mejor que la mayoría de las personas, y se sintió menos sola.
Pero ¿por qué? ¿Porque él también había tenido una infancia complicada? ¿O porque, siendo como era un astuto hombre de negocios, se había cruzado con muchas personas tan vanas como Solange?
La azafata apareció entonces para servirles una comida ligera y algo de beber. Addie aceptó un zumo de naranja, pero declinó la oferta de champán y hasta la comida, aunque tenía un aspecto magnífico.
–¿No tienes hambre? –preguntó él después.
–No a estas horas de la noche. Normalmente, ya estoy acostada.
–Hay una cama en el dormitorio del avión. ¿Por qué no descansas un poco? Ten en cuenta que llegaremos de madrugada.
–No, estoy bien –dijo ella, refrenando un bostezo–. ¿Cómo vamos a ir a tu casa del lago? ¿En coche?
–Sí, nos estará esperando uno en el aeropuerto.
Addie probó el zumo de naranja, intensamente consciente de todos los movimientos de Vic. Se fijaba en ellos cuando se inclinaba para alcanzar su taza de café, y se fijaba en ellos cuando buscaba entre los papeles que llevaba encima. Si estaba cansado, no lo parecía. No había arrugas de cansancio alrededor de sus ojos, y su mirada era tan energética como siempre.
En cambio, y a pesar de lo que acababa de decir, ella habría dado cualquier cosa por dormir unos minutos.
–Supongo que estás acostumbrado a acostarte tarde.
Vic volvió a sonreír.
–¿Por qué crees que lo estoy? ¿Porque soy un mujeriego? ¿O porque dirijo una cadena de hoteles internacional?
–Por las dos cosas.
Él se recostó en su sillón.
–Bueno, nunca me ha dado miedo el trabajo duro.
–Ni jugar duro, según se dice por ahí.
Vic clavó la vista en sus ojos, y ella sintió un escalofrío en la espalda.
–Eso es cierto. Siempre jugo duro.
Addie se ruborizó.
–Supongo que, en comparación con tu vida, la mía te debe de parecer terriblemente aburrida.
Vic cambió de posición de nuevo, alcanzó una botella de agua, echó un trago y se inclinó hacia ella sin dejar de mirarla a los ojos.
–Cuéntame algo de ti. ¿Qué sueles hacer en tu tiempo libre?
–Tejer.
Él arqueó una ceja.
–¿Tejer? ¿Qué? ¿Jerséis? ¿Bufandas?
–Abriguitos. Abriguitos de perro –respondió ella–. Soy voluntaria en un refugio de animales, y algunas razas de perro llevan muy mal el frío.
–¿Voluntaria? Eso es digno de admiración.
Addie escudriñó a Vic, intentando averiguar si lo había dicho en serio o se estaba burlando de ella.
–Quizá te parezca una forma tonta de pasar el tiempo, pero a mi me satisface.
–¿Quién te enseñó a tejer? –preguntó él–. Porque seguro que no fue tu madre.
Ella rio.
–No, definitivamente no fue ella. Me enseñó una de mis compañeras de trabajo, que se jubiló hace un par de años. Es una ocupación perfecta para meditar.
–¿Por qué estudiaste veterinaria?
–Porque me gustan los animales.
–¿Más que la gente?
–Más que alguna gente.
Vic sonrió una vez más.
–¿Tuviste mascotas de niña?
–No nos dejaban tenerlas –respondió Addie–. Y es una pena, porque creo que me habría venido bien. Sobre todo, después del divorcio.
–¿Fue difícil para ti?
–Acababa de entrar en el colegio y, como a veces me tenía que quedar con mi padre, era una situación complicada. Se había mudado a una casa que estaba a dos horas de distancia –dijo–. Además, su nueva novia no tenía mucha mano con los niños.
–¿Te llevabas bien con él?
–Hasta que conoció a Fernella –contestó, encogiéndose de hombros–. Pero bueno, a mi madre tampoco se le daban bien los niños. En ese sentido, Fernella y Solange se parecían bastante.
Vic dejó sus papeles a un lado para prestarle toda su atención.
–¿Tu padre sigue con ella?
–No, se separaron al cabo de un tiempo, pero sigue saliendo con el mismo tipo de mujeres. Ególatras, superficiales y obsesionadas con su aspecto. Es como si quisiera estar con un clon de mi madre, y no entiendo por qué. Solange convirtió su vida en un infierno. Ni siquiera creo que llegara a estar enamorada de él. Creo que lo único que le gustaba al final era su apellido, y que por eso lo sigue usando.
–La gente sigue patrones aprendidos en la infancia –comentó Vic–. Y hay quien busca compañeros o compañeras que se parezcan a sus padres.
–¿Cómo era tu padre, por cierto?
Vic tardó tanto en contestar que Addie pensó que iba a cambiar de conversación, pero no cambió.
–Un hombre cariñoso, cálido, amable y firme. Todas las cosas que necesita un niño –respondió con tristeza.
–Debió de ser terrible para ti. Me refiero a perderlo a una edad tan temprana.
–Sí que lo fue. Nunca entendí por qué se volvió a casar mi madre tan pronto, pero supongo que se sentía sola y que necesitaba ayuda para criarme. Además, el negocio hotelero era demasiado para ella, y yo no le podía echar ninguna mano, porque solo tenía seis años. Mi padrastro le pareció la solución perfecta. Le haría compañía y, de paso, se encargaría del negocio hasta que yo fuera mayor.
–Pero no lo hizo bien.
Él sacudió la cabeza.
–No, no lo hizo nada bien. Estuvo a punto de destruir el negocio de mi padre. Pero solventé el problema cuando me hice cargo de los hoteles. Convertí la empresa en una de las cadenas hoteleras más importantes del mundo.
–Y de las más lujosas –dijo ella–. Debes de estar muy satisfecho.
Él guardó silencio.
–¿Es que no lo estás? –prosiguió Addie, mirándolo con interés.
–Solo estaré satisfecho cuando consiga apartarlo de mi madre. Ella no le ve ningún defecto, pero tiene muchos. E Isabella tampoco se los ve.
Addie frunció el ceño.
–¿Cómo es posible que no lo vea? Como acabas de decir, estuvo a punto de hundir el negocio.
–La convenció de que había sido mala suerte, cosas de la crisis económica global.
–Pero tú intentarías sacarla de su error, ¿no?
–Sí, y prefirió no creerme.
–Puede que ella vea cosas en él que tú no puedes ver. Obviamente, no se parece nada a tu padre, pero seguro que tiene alguna virtud. De lo contrario, tu madre y tu hermana no lo querrían tanto –observó ella.
–El amor es ciego, Addie.
–Y esa es la razón de que no quieras saber nada del amor, ¿verdad?
–En efecto.
Ya era tarde cuando pasaron el control de pasaportes en Milán, y mucho más tarde cuando llegaron a la carretera que llevaba a la casa del lago. A Addie se le cerraban los ojos, y se resistía al deseo de dormir con una determinación de la que nunca se habría creído capaz. Pero, a pesar de ello, se sorprendió medio dormida y con la cabeza apoyada en el regazo de Vic cuando el coche se detuvo en el vado.
Addie se sintió increíblemente avergonzada. ¿Cómo había podido tumbarse sobre él? ¿Qué habría pensado de ella? Y encima, le había babeado el pantalón.
–Oh, lo lamento mucho –dijo, ruborizada–. No sé lo que ha pasado.
Vic sonrió.
–No hay nada que lamentar. Por lo menos, no roncas.
–Pero te he mojado los pantalones con mi saliva. Yo… pagaré la factura de la tintorería.
–No seas tonta. Me han babeado muchas mujeres.
–Sí, ya me lo imagino.
Addie no salía de asombro. Hasta se preguntó si sería posible morirse de vergüenza. En circunstancias normales, jamás se habría dejado llevar hasta el extremo de quedarse dormida en el regazo de un hombre. De hecho, llevaba años sin tocar a ninguno que no fuera su padre o su hermano. Y ni su padre ni su hermano eran precisamente cariñosos, aunque Marcus se había vuelto más afectuoso desde que estaba con Isabella.
Un instante después, él alzó una mano y le acarició la mejilla.
–¿Por qué te ruborizas tanto cuando estás conmigo? –preguntó.
El rubor de Addie se volvió varios tonos más intenso, como si Vic hubiera pulsado el botón de empeorarlo. Y Vic ya había pulsado un botón en ella: el del deseo, porque sus mejillas no eran lo único que estaba ardiendo en su cuerpo. También ardían sus partes más íntimas, que notaba mortificantemente húmedas.
De repente, el mundo se había reducido a él, a la caricia de su mano, a la forma de sus labios, a su exótico aroma.
–¿Estoy ruborizada? Bueno, será porque… hace mucho calor aquí –dijo, abanicándose con la mano–. El conductor habrá puesto la calefacción o algo así.
Addie se maldijo por haber dicho eso. Era una excusa verdaderamente patética.
–No, el calor no tiene nada que ver. Te ruborizas cada vez que te miro.
–¿En serio?
Ella se pasó la lengua por los labios, y él siguió el movimiento con la mirada.
La atención de Vic desató en ella una oleada de calor. Casi podía sentir la textura de su piel. Casi podía sentir la escultural perfección de su boca, toda una promesa de experta sensualidad. Y, súbitamente, quiso gozar de esa sensualidad.
–En serio. Te ruborizaste en la fiesta de compromiso, en la boda y en el bautizo de Katerina –respondió él.
–¿Y eso te molesta?
–En absoluto.
–Pues a mí, sí –le confesó ella–. Me gustaría…
–¿No ruborizarte con tanta facilidad?
–Poder controlarlo, pero no puedo –puntualizó Addie–. Siempre he sido terriblemente tímida, para desesperación de mi madre. Marcus es el que ha heredado el carácter extrovertido de nuestra familia, y esa es la razón de que Solange…
Addie se mordió el labio inferior para no terminar la frase, porque no quería hablar de ese asunto. Y, justo en ese momento, el chófer bajó la mampara de cristal, ofreciéndole la oportunidad de recuperar la compostura.
El hombre miró a su jefe y dijo algo en italiano, que ella no entendió. Vic salió del coche y la ayudó a bajar.
Addie se quedó fascinada con el paisaje nocturno de su propiedad. La luna iluminaba la enorme mansión, de tres pisos de altura. Se alzaba entre las montañas y el lago de Como, y estaba rodeada de preciosos jardines llenos de fuentes, con senderos que se perdían a lo lejos. Era un lugar absolutamente mágico, como salido de un cuento.
Sin embargo, aquello no era un cuento. Era la vida real. Y ni ella era la Cenicienta ni estaba allí para dejarse llevar por su imaginación, sino para cuidar de una pequeña y seguramente asustada niña.
Vic cerró la portezuela del coche y le puso una mano en el codo.
–Ven conmigo. Y cuidado con el empedrado… Puede ser bastante traicionero. Sobre todo, teniendo en cuenta que no has dormido.
–Yo he dormido. A diferencia de ti.
Él le dedicó otra de sus hechizantes sonrisas.
–Bueno, he echado un par de cabezaditas por el camino.
–Me pregunto qué diría Marcus si supiera que hemos dormido juntos.
Addie no pudo creer lo que acababa de decir. Ella nunca hacía comentarios frívolos y coquetos. Pero las palabras habían surgido de su boca sin que pudiera hacer nada por impedirlo y, a falta de otra explicación, lo achacó a la falta de sueño y a la perturbadora compañía de Vic.
–Sospecho que se quedaría atónito –dijo él, mirándola con expresión inescrutable.
–Es lógico. No sueles salir con mujeres como yo.
–No, desde luego que no.
La expresión de Vic cambió de forma sutil, como si ahora la estuviera viendo bajo una luz diferente, como si se estuviera planteando posibilidades que no se había planteado antes: las mismas posibilidades con las que había fantaseado ella desde su primer encuentro.
Mientras lo miraba, vio una polilla por el rabillo del ojo, volando hacia uno de los faroles del exterior de la mansión. Parecía confundida, desorientada por la brillante luz, y Addie pensó que estaba como ella con Vic Jacobetti.
Sería mejor que controlara sus emociones; porque, si no las controlaba, si se dejaba llevar un poco más, acabaría como esa polilla: achicharrada.
La puerta de la mansión se abrió, y Addie se encontró ante una mujer de alrededor de setenta años que los miraba como si fueran ángeles que habían bajado a la Tierra para salvarla de las garras de un pequeño monstruo.
La mujer se dirigió a Vic en italiano y, por supuesto, Addie tampoco entendió nada esta vez. Sin embargo, cualquiera se habría dado cuenta de que estaba cansada, nerviosa y abrumada. Y también fue obvio que Vic la intentó tranquilizar.
Addie no tuvo ocasión de admirar el impresionante vestíbulo, de suelos de mármol, lámparas de araña y obras de arte en las paredes. Katerina estaba llorando en una de las plantas superiores y, al oír sus sollozos, se dirigió a la escalera y empezó a subir sin pedir permiso ni preguntar dónde estaba la niña.
La encontró en el tercer piso, en una cuna que, por su aspecto, debía de haber sido de Vic o Isabella. Lloraba desconsoladamente, y el rojo de su rubor contrastaba con los rizos de su cabello, que formaban una especie de halo negro alrededor de su cabeza. Pero, en cuanto la vio, dejó de llorar y extendió sus manitas hacia ella.
Addie se acercó y la tomó entre sus brazos.
–No pasa nada, cariño. Ya estoy aquí –dijo, acunándola–. Echas de menos a tus padres, ¿verdad? No te preocupes. Vendrán pronto. Y hasta que lleguen, tu tío Vic y yo cuidaremos de ti.
Momentos después, oyó pasos a su espalda y, cuando se dio la vuelta, se quedó sin aliento al ver lo atractivo que estaba Vic en la entrada de la habitación, mirándolas con inquietud.
–Lucía dice que Katerina no ha dormido y que está enfurruñada desde hace horas. La pobre mujer ha intentado tranquilizarla de todas las formas posibles, pero no lo ha conseguido –declaró él, con una voz que a ella le pareció más sexy que nunca.
–¿Y eso te extraña? Se habrá asustado mucho al verse sola con una desconocida.
–Lucía no es una desconocida –le recordó Vic–. Katerina estuvo varias veces aquí el año pasado.
–No lo dudo, pero ¿la cuidó tu ama de llaves? ¿Jugó con ella?
Vic se pasó una mano por el pelo, y Addie tuvo la sensación de que estaba tan incómodo como lo había estado Katerina. Pero, a pesar de ello, se les acercó y se quedó mirando a la pequeña, que había cerrado los ojos
–¿Se ha dormido? –preguntó en voz baja.
–Creo que sí –respondió ella, sin dejar de mecerla–. Pero no me atrevo a dejarla en la cuna ahora mismo, porque se podría despertar.
Él se inclinó y acarició sutilmente la mejilla de la niña, que no se inmutó. Addie fue intensamente consciente de su cercanía física, y no se pudo resistir a la tentación de admirar su boca mientras él observaba a Katerina.
–Te gustan los niños, ¿eh? –susurró ella.
Vic la miró brevemente.
–Por supuesto. Pero eso no significa que quiera ser padre.
–¿Por qué no?
–Te daré la respuesta corta –dijo él–. No quiero ser padre porque aprecio demasiado mi libertad.
–¿Y cuál es la respuesta larga? –se interesó ella.
Vic se giró hacia Addie de nuevo y le dedicó una mirada que la dejó sin aliento. Faltaba poco para el amanecer, pero la tenue luz de la habitación y el hecho de que las cortinas estuvieran cerradas daba un aire asombrosamente romántico a la estancia; tan romántico que, durante unos instantes, deseó que Vic se sintiera atraído por ella.
Pero eso era imposible. Nadie se sentía atraído por ella. Y si mostraba algún interés, era por conocer a su madre, por conocer a su agente artístico o por echar mano a su fortuna.
–Esa es una conversación para otro momento –respondió Vic–. ¿Quieres que me ocupe yo de la niña? No debe de pesar mucho, pero tú tampoco.
Ella parpadeó, perpleja. Vic acababa de decir indirectamente que le parecía delgada.
–Cuánto me gustaría que mi madre te pudiera oír. Cree que me sobran kilos y que tengo que bajar una talla, por lo menos.
–Tu madre no sabe lo que dice.
Addie no salía de su asombro. ¿Sería posible que Vic fuera una de las pocas personas del mundo que no adoraba a su impresionantemente bella e increíblemente esbelta madre?
Aún se lo estaba preguntando cuando Vic le quitó a la niña con una maniobra tan grácil como rápida. Ningún padre o madre lo podría haber hecho mejor. Pero, estando tan cerca, era prácticamente imposible que no la tocara a ella y, cuando Addie sintió el roce de sus potentes brazos, se estremeció.
–Veo que estás acostumbrado a estas cosas.
–Ni mucho menos –replicó él–. Es la primera vez que voy a acostar a una niña.
–Pues tienes un talento natural.
–Ya, bueno, deja tus halagos para después. Aún cabe la posibilidad de que se despierte cuando la tumbe.
Vic tumbó a Katerina en la cama con tanta delicadeza que Addie casi se emocionó. No recordaba mucho de su más tierna infancia, pero recordaba que sus padres no solían acostarla nunca. Y tampoco había tenido madrinas o abuelos que cuidaran de ella.
–De momento, todo va bien… –continuó él.
Vic retrocedió hacia la entrada de la habitación, donde ya estaba Addie. Y, mientras retrocedía, la tarima crujió bajo sus pies.
Espantado, se quedó absolutamente inmóvil. Pero no pasó nada y, cuando llegó a su altura, la miró con expresión de triunfo.
–Misión cumplida –dijo.
Vic alzó una mano, invitándola a chocársela, cosa que Addie hizo. No pudo ser un contacto más leve, pero ella sintió una descarga de electricidad que reavivó el intenso calor de sus zonas más íntimas.
–Puede que te parezca terriblemente británico, pero necesito una taza de té.
–Bueno, está a punto de amanecer. Hablaré con Lucía y le pediré que te suba una a tu dormitorio –dijo él.
–No la molestes con eso. Parece agotada –declaró ella–. Ya me lo prepararé yo… Pero ¿dónde voy a dormir?
–En la habitación azul. Es la tercera puerta, siguiendo este mismo pasillo.
–¿No hay una habitación que esté más cerca de aquí? Tu casa es muy grande, y puede que no oiga a Katerina si se despierta y se pone a llorar.
–No te preocupes por eso. Yo duermo en la habitación contigua.
–Ah, vaya –dijo ella, y se volvió a humedecer los labios–. ¿Tienes el sueño ligero?
–No, pero estoy seguro de que la oiré, llegado el caso. Esa niña tiene los pulmones de un cantante de ópera.
–Sí, eso es verdad.
–Pero, de todas formas, la niñera ha dejado un monitor. Solo tenemos que descargarnos la aplicación en el móvil. Podremos comprobar si está bien y nos enteraremos de inmediato si se pone a llorar.
Vic le dio el nombre de la aplicación y, cuando ella ya se la había descargado, la tomó del brazo y dijo:
–Venga, nos tomaremos ese té y descansaremos un poco antes de que Katerina se despierte de nuevo.
Addie bostezó, pero lo siguió escaleras abajo.
–¿Cansada?
–Un poco. Puede que sea por la diferencia horaria, pero me siento como si estuviera repentinamente en otro universo.
–¿No habías estado antes en Italia?
–Sí, un par de veces, con mi madre –respondió–. Pero nunca tan al norte.
Al llegar a la cocina, él sacó una cacerola y calentó agua.
–¿Lo quieres en taza? ¿O en vaso?
–En taza, gracias.
Al ver que Vic alcanzaba una tetera, Addie se quedó sorprendida.
–Vaya, ¿vas a hacer té de verdad? ¿No con bolsitas?
–Por supuesto. Se nota que te gusta el té de verdad.
–¿Ah, sí? ¿Cómo lo has sabido?
Él se encogió de hombros mientras sacaba tazas y platillos del armario.
–No sé, lo habré adivinado –contestó–. ¿Leche? ¿Azúcar?
–¿Por qué no lo adivinas otra vez?
Vic la observó durante unos instantes y dijo:
–Con unas gotas de leche y sin azúcar.
–Me estás empezando a asustar.
Vic sonrió.
–¿Es que he acertado?
–Por completo –respondió ella–. Me acostumbré a tomar el té sin azúcar porque mi madre no quería que hubiera azúcar en la casa. Siempre estaba haciendo algún tipo de dieta. Incluso me impuso una cuando yo tenía seis años… Me quedé tan débil que los médicos me tuvieron que dar hierro.
Vic frunció el ceño.
–Marcus no me ha contado mucho de su infancia, pero sé leer entre líneas. Además, he conocido a algunas personas como tu madre. Mi padrastro, por ejemplo –dijo, con expresión sombría.
–¿Por qué no te cae bien? Al margen de lo que hizo con tu negocio, quiero decir.
–Sigo sin entender por qué se casó mi madre con él. No se parece nada a mi padre. De hecho, casi es todo lo contrario.
–Puede que se sintiera sola cuando enviudó. O puede que quisiera darte un padre nuevo, un modelo a seguir, por así decirlo.
Vic soltó una carcajada sin humor.
–Pues menudo modelo ha resultado.
–Pero dices que trata bien a Isabella, ¿no? –dijo ella–. Me pareció que tienen una buena relación. La llevó al altar el día de su boda, dio un discurso muy bonito y…
–Isabella no lo conoce como yo –la interrumpió Vic–. Es hija suya, no hijastra. A mí me ha complicado la vida desde el primer día.
–¿En qué sentido?
–Para empezar, no quería compartir a mi madre conmigo, así que me envió a un internado para que no estuviera en la casa. Y cuando iba de visita, cosa poco habitual, convertía mi vida en un infierno –respondió él, sirviendo el té–. No delante de mi hermana o de mi madre, claro. Es demasiado astuto para eso.
Addie sintió un escalofrío. Antes de lo que le había pasado en el instituto, creía que sabía juzgar a las personas; pero desde entonces, siempre dudaba a la hora de calcular los motivos de los demás. El padrastro de Vic había sido muy amable con ella y, desde luego, se notaba que quería a Isabella de verdad, pero eso no significaba que Vic no tuviera razón.
–Lo siento mucho, Vic. Jamás me lo habría imaginado. Marcus me comentó en cierta ocasión que no te llevabas bien con él, pero no dijo nada más. ¿Isabella es consciente de la situación? –le preguntó.
–Isabella es nueve años más joven que yo. Hay muchas cosas que no recuerda, porque era demasiado pequeña por entonces. Y yo no quiero dañar la relación que tiene con él… Además, ahora está con Marcus.
–Y tú no tienes a nadie –dijo ella, sin pensarlo.
Vic la miró de forma extraña.
–No necesito a nadie –afirmó.
–¿Eso es lo que te has dicho a ti mismo a lo largo de los años? ¿Que no necesitas a nadie?
La mirada de Vic se volvió más intensa.
–No me gusta que sientan pena de mí, Addie –dijo, en tono de advertencia.
–No siento pena de ti –se defendió ella–. Solo lo he dicho porque tu situación me recuerda a la mía. Tenemos problemas parecidos.
La expresión de Vic se suavizó al instante.
–¿Lo dices por tu madre?
Ella asintió.
–Ya has tenido ocasión de conocerla. Seguro que no necesitas que entre en detalles.
–No, pero me gustaría saber más.
Addie alcanzó su taza de té, pero no se la llevó a los labios. No quería hablar de su madre. Nunca hablaba de ella, ni siquiera con Marcus. Pero Vic le había hablado de su relación con su padrastro, y era evidente que le había costado.
–Odiaba y odio que me comparen con ella. No soy ni vivaz ni encantadora ni bella, y nunca he querido ser el centro de atención –dijo, apretando la taza–. Mi madre siempre ha estado decepcionada conmigo, porque no soy como quiere que sea.
Addie no se dio cuenta de lo fuerte que estaba agarrando la taza hasta que él se acercó y se la quitó con suavidad. Ahora estaban casi pegados y, por si la cercanía de Vic no la estuviera abrumando lo suficiente, él alzó una mano y le apartó un mechón de la cara.
–¿Cómo que no eres bella? Eres preciosa.
La densa y ronca voz de Vic le provocó un escalofrío. No estaba acostumbrada a que los hombres le prestaran atención. No estaba acostumbrada a ningún tipo de intimidad. Y, en ese momento, se debatía entre dos necesidades contrarias: la de alejarse de él de inmediato y la de apretarse contra su cuerpo.
De las dos, la segunda era la más poderosa; pero Vic era un hombre de mundo, y ella era una chica tímida, sin ningún tipo de experiencia en cuestiones de amor. Sin mencionar el hecho de que no podía creer que su cumplido hubiera sido sincero.
¿Cómo lo iba a creer? Solo eran palabras, como las que había oído aquella vez en su adolescencia, cuando aquel jovencito la sedujo para poder acostarse con la hija de Solange y presumir con los amigos.
–Debes de estar realmente cansado si te parezco preciosa.
Él le alzó un poco la barbilla, sin dejar de mirarla.
–Todo en ti es precioso, Addie. No solo tu cuerpo –declaró Vic–. Eres dulce, amable, encantadora.
–¿Cómo puedes saber eso? Apenas nos conocemos.
–No necesito tratar demasiado a nadie para saber qué tipo de persona es.
Addie clavó la vista en sus esculturales labios. Ardía en deseos de besarlo, pero no había besado a nadie en mucho tiempo, y ni estaba segura de recordar cómo se hacía ni se atrevía a pedirle que la besara él.
–Bueno, supongo que es una habilidad importante para un seductor.
Vic frunció el ceño y le apartó la mano de la cara.
–No estoy intentando acostarme contigo, si es lo que estás pensando.
Ella lo miró con ojos desorbitados.
–No, yo… No estaba pensando eso. Fundamentalmente, porque no creo que alguien como tú quiera estar con alguien como yo.
Vic guardó silencio durante unos segundos que a ella le parecieron eternos. Lo único que oía en la cocina era el sonido de su propia respiración y el leve zumbido del frigorífico.
–¿Por qué dices eso? –preguntó al fin.
–Porque soy normal y corriente. Soy aburrida, conservadora y…
–¿Y?
–No tengo experiencia.
Vic la miró con asombro.
–¿Qué quieres decir con eso?
En lugar de responder, Addie se apartó de Vic, alcanzó su taza de té y bebió un poco. Necesitaba ganar tiempo, recuperar el aplomo.
–¿Insinúas que eres virgen? –continuó él con incredulidad.
–Hace cien años no habría parecido extraño. Incluso es posible que la gente lo hubiera considerado normal. Pero en la actualidad…
Vic le puso una mano en el hombro.
–¿Eres virgen por elección? ¿O por culpa de las circunstancias?
–Por las dos cosas, supongo.
–¿Quieres hablar de ello?
Ella se volvió a alejar de él, incómoda.
–No, creo que será mejor que me acueste. Ya te he contado más cosas de las que nunca había contado a nadie.
–Y yo a ti –dijo él.
–¿Te refieres a lo de tu padrastro?
Vic asintió y se frotó la nuca.
–Será por estar aquí, en esta casa. Despierta recuerdos que preferiría olvidar.
–¿Por eso la vas a convertir en un hotel?
–Sí.
–Pero seguro que también te recuerda cosas buenas, cosas de tu padre.
–Me temo que los buenos recuerdos se echaron a perder tras su muerte. Esta ya no es una casa familiar.
–¿Y qué piensa Isabella de lo que vas a hacer?
Vic se puso tenso.
–La casa es mía, no de Isabella. Puedo hacer lo que quiera con ella. Lo sabe perfectamente.
Addie frunció el ceño.
–Entonces, ¿por qué ha dejado a su hija aquí, si sabe que vas a convertir la casa en un hotel? ¿Por qué ha querido que tú y yo cuidemos de ella? –preguntó–. ¿Ha sido decisión suya? ¿O ha sido tuya?
–Suya, por supuesto. Marcus y ella venían mucho antes de que Katerina naciera, e Isabella quería que su hija disfrutara un poco de la casa de su infancia. Es mucho más sentimental que yo en ese sentido. Adora este lugar.
–¿Y lo vas a destruir, sabiendo eso?
–Mira, la casa es mía porque me la dejó mi padre en herencia. Era la única cosa que mi padrastro no me podía quitar. Y no voy a destruir la casa. Solo la voy a transformar en el hotel con más éxito de mi cadena.
Ella guardó silencio.
–¿No te parece bien? –prosiguió él.
–No es asunto mío.
–No te enfades demasiado conmigo. Es una decisión puramente empresarial. Nunca permito que las emociones se interpongan en mi camino, tesore.
Una vez más, el afectuoso e informal término italiano estremeció a Addie. Tenía que encontrar un modo de ser inmune a él, y tenia que encontrarlo deprisa. No se podía permitir el lujo de caer rendida a sus pies.
–Si no te importa, me iré a la cama. Quiero estar razonablemente recuperada cuando Katerina despierte.
–Te acompañaré.
–No, por favor –dijo, alzando las dos manos–. Encontraré el camino.
–Como quieras.
La salida de Addie habría sido más digna si no se hubiera tropezado con uno de los taburetes de la cocina. Se maldijo en voz baja, enderezó el taburete y se giró brevemente hacia él, pero ni siquiera la estaba mirando. Vic estaba contemplando el amanecer por la ventana, con el ceño fruncido.
Vic no estaba admirando realmente las vistas. Su mente seguía dando vueltas a la sorprendente confesión de Addie.
¿Virgen?
