Ebro 1938 - Ruben García Cebollero - E-Book

Ebro 1938 E-Book

Ruben García Cebollero

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Beschreibung

FINALISTA de Premio Planeta 2004 Una visión humana de la batalla más sangrienta y más determinante de la Guerra Civil española, un mensaje de muerte que sin embargo nos invita a vivir intensamente. El 25 de julio de 1938, a las 0:15, las tropas republicanas cruzan el Ebro hacia el sur de la península, es la única salida para el general Rojo. El objetivo, dividir el ejército nacional en dos, dificultar las comunicaciones y, a medio plazo, forzar a los rebeldes a firmar un alto el fuego y forzar a los países democráticos a intervenir activamente en la guerra para defender la libertad. El resultado, la batalla más larga y sangrienta " 116 días, más de 70.000 heridos y más de 17.000 muertos " de toda la guerra civil. Ebro 1938, Finalista del Premio Planeta 2004, nos presenta esta monstruosa contienda desde la perspectiva de los combatientes de ambos bandos, de su dolor, de la amistad y, por supuesto, del amor. Parte Rubén García de una anécdota que su bisabuelo contó a su padre, para indagar en el odio humano y narrarnos la batalla del Ebro como debe narrarse una batalla, desde la perspectiva de muchos personajes implicados, cambiando la voz narrativa de uno a otro en una novela coral en la que la contienda hable por sí misma. Personajes literarios de ambos bandos conviven con personajes como Hitler, Mussolini o Franco en ambientes infernales como Cavalls, el puente de Flix, o la Granollers bombardeada por el ejército franquista en una obra redonda y rigurosa que mezcla dolor, muerte, amistad y esperanza. Razones para comprar la obra: - La obra ha sido Finalista del Premio Planeta en año 2004. - El hecho de que sea una novela coral ayuda a comprender la situación real de la Guerra Civil que se completa además con una ingente documentación. - A pesar del horror del conflicto el mensaje que queda es optimista: hay gente que está dispuesta a luchar hasta el final por los demás.

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Seitenzahl: 504

Veröffentlichungsjahr: 2010

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EBRO 1938

La Batalla de la Tierra Alta

 

 

RUBÉN GARCÍA CEBOLLERO

 

 

 

Colección: Novela Históricawww.nowtilus.com

Título: Ebro 1938Autor: © Rubén García Cebollero

Copyright de la presente edición © 2009 Ediciones Nowtilus S. L. Doña Juana I de Castilla 44, 3o C, 28027 Madridwww.nowtilus.com

Editor: Santos RodríguezCoordinador editorial: José Luis Torres Vitolas

Diseño y realización de cubiertas: OpalworksDiseño del interior de la colección: JLTVMaquetación: Claudia R.

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN 13: 978-84-9763-718-3

Libro electrónico: primera edición

 

 

 

 

 

 

 

Si me quieres escribir ya sabes mi paradero en el frente de Gandesa primera línea de fuego

 

 

 

 

ÍNDICE

Capítulo 1: Nos preparamos

Capítulo 2: El paso del Ebro

Capítulo 3: Avanzamos

Capítulo 4: A las puertas de Gandesa

Capítulo 5: Combatimos en Pándols

Capítulo 6: Agosto en Cuatro Caminos

Capítulo 7: Franco en el Coll del Moro

Capítulo 8: El cruce de Camposines

Capítulo 9: Las lluvias de septiembre

Capítulo 10: Un paseo por Munich

Capítulo 11: Luchamos en Cavalls

Capítulo 12: Adiós Internacionales

Capítulo 13: Sangre en San Marx

Capítulo 14: El repaso del Ebro

Epílogo

1

Nos preparamos

Pocas veces en la Historia una operación militar de tales proporciones se ha preparado en secreto. Ni siquiera yo lo supe, a pesar de que muchos mandos de las tropas que intervinieron eran de la JSU o de que tío Pachi, jefe de Ingenieros en el Estado Mayor, desempeñó un papel decisivo en los preparativos para el paso del río.

Derrotas y esperanzas

Manuel Azcárate

Muchos años después, tras el retorno de su exilio forzoso, el general Vicente Rojo si sabrá qué precio se pagó por la batalla. Antes de abrir la puerta de entrada al Consejo, durante el año 1938, nada sabe sobre quiénes conviven en medio de estos días turbulentos.

Uno nunca sabe su precio hasta que se lo aciertan. Ni hasta qué punto ama algo hasta haberlo perdido. Con los republicanos combaten Basilio Perich, Pedro Hernández, Pablo Uriguen, Diego Zaldívar, Maik O’Donnell Berger, el alemán Ulrich, el polaco Jerzy y tantos otros, lejos de la Barcelona que habita Carmela Miró. Con los sublevados, el requeté Josep Camps, el falangista Andrés Muro, los legionarios Sebastián Ortiz e Isidoro Carmona y tantos otros, lejos del Madrid que habita Elena Domínguez.

Antes de abrir la puerta, de entrada al Consejo, Vicente Rojo desconoce el rostro del soldado Pedro que se embotará entre las aguas del Segre y las del Ebro. Nada sabe del pontonero Roque y su natal pueblecito de Angüés; de la bala que le perforará un ojo al enlace, brigadista internacional, Ulrich durante la segunda gran guerra; ni del dolor de Basilio por su muerta mujer y su fenecido vástago en el bombardeo de Granollers; nada sabe del Mudo, el Napias, el Chichas, el Manolo, de Diego o de Ryan.

Las tropas avanzarán tras cruzar el río. Avanzarán hasta Gandesa. Las crestas de Pándols se teñirán de sangre. Será infernal agosto frente a Vilalba. Corbera caerá mientras Franco contempla desde lejos su caída. Se luchará por el cruce de Camposines. Llegarán las lluvias de septiembre. Se firmará el pacto de Munich. Se luchará en Cavalls. Se despedirá a las Brigadas Internacionales. Se morirá en San Marcos. Vendrán la retirada y el exilio, los lustros del Caudillo y su régimen, la represión y el silencio. En palabras del poeta León Felipe: «el principio del éxodo y el llanto.»

Antes de abrir la puerta, con su discurso de academia meditado, el general Rojo recuerda, cuando era comandante de Infantería, su parlamento con Moscardó en el Alcázar, quien rechaza entregarlo. Habla con oficiales y amigos, reparte cigarrillos, rememora sus clases como profesor de táctica en la Academia, donde estuvo diez años, a quienes hubiera gustado que él dijera que «me quedaría con vosotros si tuviera valor para sacrificar a mi mujer y a mis hijos. Si yo me quedo —les dice—, esta noche serán asesinados en Madrid.»

Rojo quiso decirle a Emilio Alamán que le escribiría una carta, que no sabemos si envió, que los leales al Gobierno republicano no estaban sometidos a ideología alguna, ni a demagogia, postrados, invadidos o hambrientos. No vivían bajo el tirano terror de la anarquía, el comunismo o la masonería, pues él llevaba también en su pecho un crucifijo cristiano y era querido y respetado por aquellos a los que, los rebeldes, califican de «hordas de incendiarios asesinos», que solo sabían matar católicos y pintar tranvías. Rojo se sentía en el bando de la libertad frente al bando del miedo.

Años después el Juzgado Especial para los delitos de Espionaje y Comunismo le procesará por el delito de rebelión militar, por no haberse rebelado contra el Gobierno legítimo de la Segunda República. La vida es una paradoja. Así como él había propuesto a sus alumnos de promoción, en la Escuela Superior de Guerra, pasar el Ebro, para establecerse en la ruta Reus-Granadella, ahora la vida lo pone a él a ejecutar el paso táctico del río.

Aunque Rojo sabía que sus hombres amaban el peligro y lo difícil, quizá lo imposible, un valor reconocido incluso por Yagüe en un discurso en Burgos que le valió un arresto cuando acabaron las operaciones de Balaguer, y cuando entregó el proyecto del paso, el 5 de junio, lo veía de una forma muy diferente a ahora. El agregado ruso, Maximov, dio el visto bueno y después dijo que el paso del Ebro iba a ser un fracaso. Rojo pidió a Negrín ser relevado del cargo, y marchar a cualquier lugar en cualquier frente, pero no fue así.Aunque les fallara la aviación y el armamento, aunque se indignase, aunque volviera a poner su cargo a disposición el 30 de junio, Rojo sabía que con Franco no habría ni paz, ni piedad, ni perdón; sabía que sus hombres lucharían por defender las libertades de su pueblo, la dignidad patriótica; que su infantería sería como la de los Tercios que en Rocroi, según Bousset, eran muros que tenían la virtud de reparar sus brechas.

Solo Negrín desea esta ofensiva. Rojo ha llegado a afirmar, con la boca pequeña, que piensa asistir como turista. Serán Modesto Guilloto y Líster quienes lleven el peso de tan cruel campaña. El general respira hondo antes de comparecer ante el Consejo de Guerra de la República. No desea que el Ebro sean unas Termópilas, aunque exista una posible Salamina.

Un tenue haz ilumina las tres rojas estrellas y la espada, contra la funda en equis, de su distintivo.Viernes, por la mañana, 24 de junio del 38. Etapa final de un plan que lleva casi tres meses de preparación. En mayo la compañía de fortificaciones y obras del Ejército del Ebro construye el observatorio de campaña, en la Mola de Sant Pau de la Figuera. Una estratégica trinchera con capa de hormigón, camuflaje, mirillas, estructura de raíl, una te con vigas y una capa vegetal sobre el hormigón. Los comandos han ido acumulando la información precisa. Desde el observatorio se divisan el valle del Ebro, la sierra de Cavalls, la de Pándols, y muchas cotas más de la ofensiva.

El general, apolítico y bueno, cristiano y español, ante el Consejo, propone atacar al Ejército rebelde en el sector del Ebro, casi a cien kilómetros del mar, en una zona defendida tan solo por una bisoña división. El objetivo es aliviar Levante, unir las dos zonas gubernamentales, y amenazar las comunicaciones facciosas en dicho frente para detener su acción. «Podríamos llegar a Maella, Calaceite o Vinarós» —afirma.

«Ellos nos lo hicieron por Quinto —señala Rojo al Consejo—. Ahora nos toca cruzar el río y aliviar la presión sobre Valencia, Almadén y Sagunto.»

Faltan los puentes que se han de construir en Cataluña y que no se pueden importar.

El trabajo con la tropa es intenso desde mayo. A finales de abril cada unidad y servicio efectúa ya ejercicios para cruzar el río.Aprenden a remar, nadar, combatir y ejecutar marchas nocturnas.

Del Ebro se analizan los lugares de paso, concentración de tropas y material, camuflaje, y emplazamiento de la artillería para que, llegada la hora, las fuerzas, las barcas y los puentes estén listos y el enemigo ni lo intuya.

Pedro Hernandez es un buen nadador, minero de la costa murciana, con buen pulso y puntería con el fusil.

Rompe el silencio un sapo rechoncho, con ojos prominentes y puntual pupila recelosa, de aspecto oliváceo, diminutas marcas oscuras y verdosas, y una aguda y oclusiva llamada pu, pu, pu, que finaliza cuando Pedro encuentra su refugio y lo elimina.

Las libélulas y los saltamontes callan. Una verdosa culebra bastarda, de grandes y amarillos ojos e incisiva mirada, reacciona con fuertes silbidos, que repite hasta que Pedro la estrangula sin dejar que le muerda, pues su mordedura, aunque no mortal, entumece, provoca rigidez, hinchazón o hasta fiebre durante algunas horas.

Acude a su memoria Carmen, su mujer, quien siempre le advertía: «¡Ay, cariño! Abre el ojo y no el del culo. Amigo no hay más amigo, que el más amigo la pega. Amigo no hay más amigo que un duro en la faldriquera.»

El general Vicente Rojo, con sus gafas circulares, su escaso bigote superior, sus entradas pronunciadas y sus grandes ojos, piensa en las intenciones de Companys, lograr una Cataluña independiente con la positiva mediación extranjera, y para ello la ofensiva del Ebro debe alcanzar la línea de trincheras que el Consell de Defensa de la Generalitat construyó en el 36, la del río Algars, los límites territoriales catalanes a la espera de una negociada solución internacional. Le hagan o no a él ministro de Defensa de ese posible futuro estado, quizá algún día alguien encuentre entre sus testamentarios legajos parte de las palabras con las que la ofensiva se fraguó.

El proyecto de operaciones de 5 de junio por fin tiene fecha. Ha llegado el día D y con arreglo a las directrices 1 y 3 que él ha escrito con su puño y letra, por orden del ministro de Defensa Nacional, el ataque se desencadenará durante la madrugada del 24 al 25 de julio, el día de Santiago.

Pedro Hernández se alista, semanas antes de la ofensiva, en el comando donde está Francisco Pérez López, quien tiempo después publicará los hechos en su diario de guerra.

—Siempre me toca a mí hacer de guardia civil —reniega Pedro.

—A alguien ha de tocarle —sonríe Francisco.

Con unos camiones katiuskas los acercan hasta un convento abandonado, cerca de un pueblo deshabitado donde los cerdos, cabras, pollos y conejos campan a sus anchas. Cargan un par de mulos y un burro, y suben hasta el convento abandonado, repleto de aceite de oliva, sacos de arroz, judías y guisantes. Las bodegas rebosan vino y jamón. Desde la cima vigilan el movimiento de las tropas, las armas y la artillería. A diario se aprovisionan de agua mediante una patrulla que, del pueblo abandonado, sube cebollitas, tomates, patatas, rábanos, lechuga y cerezas. Durante tres semanas exploran la región. Logran un par de prisioneros que acabarán yendo a Barcelona. Cruzan el río cada atardecer.

Se enfrentan a los tabores marroquíes, acuchillan centinelas, lanzan granadas y si pueden, regresan con ocho o diez prisioneros. Disparan al recibir el alto; si el enemigo los coge se ensaña arrancándoles las cabezas y empalándolos en los postes de sus tiendas de campaña.

Somos tres grupos de vigilancia. Una noche sorprendemos a los moros, algunos tocan la flauta, otros duermen casi desnudos. Pasamos entre los centinelas que pasean charlando arriba y abajo y en medio del campo empezamos a lanzar granadas. Los centinelas han sido asesinados. Los demás corren en todas direcciones, desarmados. Los masacramos con las dagas. Solo cuatro soldados andaluces quedan con vida. Cargamos las armas capturadas y regresamos. El enemigo dispara a nuestra espalda desde todas partes. Repasamos el río por los pelos. Llueven pepinos de mortero sobre el agua y las balas de las ametralladoras susurran rata-ta-tá y hieren a un americano. Lo ponemos a cubierto. En la otra orilla quedan los legionarios, marroquíes, algunos boinas rojas o carlistas y algún guardia civil. Disparan a los que intentan cruzar. Acuden los tanques.

Los días posteriores nos escondemos en las bodegas con el jamón y el vino. La artillería nos visita.

Volvemos a la retaguardia donde los franco-belgas continúan fumando sus Gauloises.Y algunas noches cantan y bailan y beben.

Roque Esparza tiene las manos huesudas y grandes, el pelo ondulado, los pies enormes, los ojos saltones y líquidos, el cuerpo desgarbado y ancho. Es bromista, piadoso, caritativo, imaginativo, de lento hablar y tranquilo pensar, y cree que no vale la pena meter las narices donde no le importa. Pone su mano sobre su gorro frigio y contempla silencioso el río.

En hay piazos que dan que pensar, reflexionará. Con adobe, vendimia, lagar, ascuas y breñas rondando por su cabeza. Para cuenta, to quisqui y hala, a cascarla. ¡Santa Bárbara bendita! Y sin ir a rondar a las mozas del lugar.

Roque Esparza es largo de piernas, fuerte de brazos, ancho de espaldas, amplio de pies y manos; de cráneo voluminoso, cabeza de silueta rectangular, negro y cepillado pelo, nariz chata, mentón corto, orejas grandes, más tozudo que una mula, más cumplido que un luto, con voz grave, tranquila y un deje aragonés no en exceso marcado.

Angüés huele a tierra seca, a grillo, a sudor y rastrojo de polvorientos caminos, vides y trigales.

Angüés es un pueblo sencillo, casi llano, que está siempre de paso a alguna parte y en el que pocos viven desde siempre. Por un lado lleva a Siétamo y a Huesca, de forma vertical, y por otro, de forma horizontal, lleva a Bespén, o a Junzano y a Casbas. Más adelante, a Torres de Monte y Pueyo de Fañanas.

Las bandadas de palomos sobrevuelan la iglesia, visitan el campanario y describen vuelos sobre algunos pajares que aún esconden recuerdos de mozas que Roque nunca reencontrará, cuando quiera olvidar el Ebro, la cárcel, el cura y el exilio.

El pelo del teniente Andrés Muro es corto, negro y fino. Sus ojos son oscuros y su mirada firme, los huecos de una escopeta de doble cañón. Su tez, olivácea; su voz, suave, fuerte y persuasiva. Luce un discreto bigote. Es incansable, prudente, orgulloso, recio y frío.

El teniente Andrés Muro nace en Madrid el siete de enero de 1914. Lucha en el bando faccioso, al que, obviamente, prefiere llamar «nacional». Se casó en el año 36 con Elena Domínguez, una mujer hermosa y pura, de convicción católica, que le llevó al altar solo unos meses antes del Alzamiento Nacional. El teniente Andrés Muro cree que si una Helena empezó lo de Troya, otra, la suya, es motivo suficiente para salvar a España. Andrés, pese a su juventud, habla tres idiomas: español, inglés y alemán, y tiene algunas nociones, aunque elementales, de francés e italiano.

Madrid es una caja fuerte que atesora a su esposa, Elena Domínguez, con su rostro ovalado, su pequeña nariz de punta redondeada, sus amplios labios, su barbilla pronunciada y su mechón rebelde tan oscuro cual sus ojos, el izquierdo más grande que el derecho, que le estarán buscando, a través de las estrellas, en las inescrutables y celestes entrañas de la noche.

Durante la batalla cada día visualiza a su Elena; el mechón se ondula en el diestro lado de la frente, las ojeras denotan que no lo está pasando bien y sin embargo, los amplios labios trazan un simple rictus que da la sensación, muy agradable, de estar a punto de convertirse en una infinita sonrisa. Su Elena, su mujer.

La noche del 24 de julio el teniente Andrés Muro da de comer a su caballo Galán pensando en las celebraciones del día de Santiago. En Corbera, en un descampado cerca de la carretera, iba a haber una competición de saltos. Se informa y sospecha de la actividad enemiga. Parece que se preparan para cruzar el río. No se cree posible que así sea. Ellos no son capaces.

El teniente alimenta a Galán, le acaricia la quijada, ajeno por completo a la futura muerte del caballo. Para el 25 de julio, fiesta de Santiago, patrón de España, se ha programado un concurso hípico que el general Monasterio, jefe de la Caballería franquista, no ha querido anular. Los rojos no son capaces de cruzar el Ebro.

Pablo Uriguen es delgado, ágil y de altura normal. Sus rasgos son nítidos y finos. Su frente es ancha y su cabeza grande. Sus ojos verdes, casi hialinos, oscilan sin cesar. Allí donde va Basilio, va él; de no mediar orden contraria u otro tipo de causa que lo imposibilite.

Pablo es simpático y, como buen vasco, de nariz bien formada, onerosa y robusta. Habla con un acento marcado y fuerte, grave y altivo; con una voz que parece surgir de la garganta a martillazos, y resuena a vozarrón y a ecos de rumoroso mar. Es sociable, buen conversador, despierto, satírico y de rápido pensar.

Pablo Uriguen nace en San Sebastián el 19 de julio de 1920. Su destino era ser pescador (arrantzale lo llaman allí en su lengua), como todos sus familiares, y no soldado. Habla de los nudos ordinarios, dobles, as de guía, corredizos, calabrotes, llanos, llanos dobles, cote escurridizo, balso por seno, lasca, lasca por seno, lasca doble, horca, pescador, burel, ballestrinque, remolque, san francisco, gaza o cote. Su familia está ligada al mar por incontables generaciones y él no quiere morir en tierra firme, sino en las mismas entrañas del Mar Cantábrico. Ningún hombre elige donde muere. Eligen por él las circunstancias.

Pablo es vasco, católico y republicano. Habla de brújulas, sextantes, cuadernos de bitácora, anclas, barcos y capitanes. También de velas cuadradas, cangrejas, bermudas o latinas; de balleneros, queches, goletas, bergantines, y de las mismísimas carabelas de Colón. Añora La Concha, el Cantábrico, el chilli-do de las gaviotas, el rumor del mar, a sus padres, a su hermana Amaia y a sus amigos. En vez de vivir pendiente de sus sueños marítimos (foques, fofoques, contrafoques, petifoques, chafaldetes, trinquetes y demás), o de la dura vida familiar luchando contra el mar por sacar en las redes la pesca necesaria, ahora vive pendiente de las bombas de mano, los morteros, las balas, los cañones, los aviones y las trincheras donde, junto a Perich y muchos otros, descubrirá el infierno.

El tanque y el avión devuelven la movilidad a la guerra, la sorpresa y la velocidad, explica Basilio Perich. La sorpresa y la velocidad en la ofensiva del Ebro están en los pies y corazones de los soldados; en la meticulosa y ajedrecística preparación. En un primer momento.

Los tanques destruyen con los diversos calibres de sus cañones todas las defensas a su paso, liquidan las armas automáticas que detienen a la infantería y la caballería, que tiene poco sentido y está en decadencia. Aunque los antitanquistas pueden luchar contra la máquina y vencerla.

Los bombarderos y cazas diezman los refuerzos, destruyen las comunicaciones, las columnas que se dirigen al frente o las desarticulan mucho antes de que lleguen a este, o impiden que se utilicen las reservas estratégicas. El ingenio español no tiene límites y entre la noche y el día solo existe la voluntad del hombre. Los movimientos nocturnos de tropas reducen las posibilidades apuntadas.

La República también cuenta con tanques y aviones. Su mayor desventaja será su desgaste y el progresivo desequilibrio que la No Intervención provoca, y esa es una historia que no merece ser contada.

En los días turbulentos hay quien amenaza a una mujer para que delate a su esposo, escondido de topo en algún recóndito paraje. Si ella no es fuerte y cede pronto acudirán a darle el paseo. Hay quienes atan a la víctima a un coche, lo arrastran, lo ven exhausto a punto de morir y entonces orinan sobre su boca y después: ¡bang! Los nacionales también tienen sus métodos. Muchos se acostumbran a vivir de topos, se esconden por miedo en uno y otro bando. Otros desertan, andan de noche, se esconden de día. Lanzan su fusil en plena batalla, cuando ven que todo está perdido y ponen rumbo a casa. Algunos llegan y otros caen por el camino.

En los días turbulentos un niño barcelonés, al final de las Ramblas, ve pasar camiones cargados de carne de muertos y muertas, trozos de cadáveres, un brazo, una cabeza.Vive acostumbrado a las sirenas y a los bombardeos, a correr, perder las alpargatas y ver muertos y muertas por el suelo.

En los días turbulentos un hermano puede estar en un bando y su hermano puede estar en el otro. Uno puede ser comisario y el otro encontrar papeles que lo incriminen y destruirlos, o no. La gente cree que muere por ideales y tan solo lo hace por dos motores latentes en la historia: la economía, y el odio.

El 18 de junio del 36 es domingo y algunos se quedan sin ir a la playa. Dos años después en Barcelona de noche no hay luz.

Algunos llevan en los ojos los conventos quemados y los ataúdes con esqueletos al aire. Otros bailan en el Casino, trabajan en un taller de artes gráficas, usan el tranvía y desconocen a los paseados de la Arrabassada.

La retaguardia vive en el horror, la carencia y el absurdo. Se alarma la sirena en la torre de la plaza de Gracia. Brillan los aviones en el cielo. Ya hay refugiados en el andén del metro. Escombros, todo son escombros. El espantoso ruido de la bomba, el silencio, el ruido de los cascotes, los quejidos, los heridos en el suelo del Clinic, los heridos grises de los bombardeos. La gente corre, deambula enloquecida, salvaje. Algunos explican chistes y viven el momento. Otros, la angustia y el «¿cuándo se acabará esto?»

La bomba frente al cine Coliseum deja trozos de ropa y carne en los árboles. Ya nadie ve Tiempos modernos, de Chaplin. Toca hacer largas colas para encontrar comida.

Algunos nunca acaban de ver la película Bajo dos banderas. Otros no volverán a bailar sardanas en el parque el domingo por la tarde, a ir de excursión al campo, a ir al teatro o a recorrer las humildes, populares, empinadas y estrechas calles hacia Montjuich del barrio del Poble Sec, desde el Paralelo, con sus detalles modernistas y su Santa Madrona.

La Via Laietana se llama ahora Via Durruti.

En plena Guerra Civil España sufre una plaga de iniciales: PSUC, POUM, FAI, CNT, UGT, JCI, JSU, AIT, UHP y demás.

El PSUC es un partido «champiñón» que hace pluff y aparece propiciado por las circunstancias. Los anarcosindicalistas de la CNT y los anarquistas de la FAI, junto al POUM (Partido Marxista, con trotskystas, dogmáticos, antiestalinistas, dispuestos a repetir en España la experiencia rusa de 1917) dan color e ideas al clima bélico. Los militares «nacionales» se alzan en armas contra la República, contra un Gobierno elegido de forma democrática en las urnas (al cual no quieren reconocer) por intereses.

El enemigo viste ropas de utopismo anarquista y habla de comunismo libertario. Sobran las barricadas, soldados, milicianos, zonas de combate, consignas y bandos.

¿Dónde está Nin? ¿En Salamanca o en Berlín?

La represión republicana es fruto de iniciativas concretas, individuales o colectivas, nunca asumida por los dirigentes; aunque, para algunos, tal afirmación sea inadmisible.

La represión franquista es sistemática y brutal, asumida de pleno por militares y políticos. Siempre en aras del Alzamiento Nacional, del Destino en lo Universal, que impone un precio por salvar a España de una parte de sus españoles, la de todos aquellos que forman las hordas demoníacas de los rojos, que han de ser aniquiladas por el Artífice total de la Victoria, Gran Capitán de su tiempo, Caudillo, Generalísimo, por la Gracia de Dios, Francisco Franco, conquistador final de su histórico título: liberador de la Patria. Una, grande y libre.

Así es como España se llena de víctimas, inocentes o no. Así los tanques cruzan por los viñedos, culpables (sin duda y sin escapatoria) de no poder moverse de los campos que habitan. Surge el Ejército Popular de la República, el SIM (servicio de contraespionaje), el Quinto Regimiento, las Quintas Columnas, el «No Pasarán» como lema fundamental en Madrid, el drama local, provincial y nacional, por el que España es noticia. Los extranjeros intervienen voluntarios o forzosos con su vida o su ayuda (esfuerzo, material, comercio o propaganda). La guerra evoluciona hasta llegar al Ebro.

Cambó ayuda a Franco y Radio Veritat hace más daño en Cataluña que Queipo de Llano con Radio Verdad desde Sevilla. Cambó ya se había lucido con su ley, de julio del 18, al provocar la eliminación de más de la mitad de los humedales del país, con la desecación. Su dinero y el de Juan March avalan a Franco fuera del país.

Al abuelo de alguien se lo cargan los rojos en un pueblecito cercano a Toledo. Le roban su automóvil y a cambio, le dejan la frialdad del plomo traidor, un par de fogonazos nocturnos en la espalda y un silencio absoluto ante el porqué. El abuelo de alguien desaparece, se va a un paseo, obligado, y unos días después, como sucede en estos casos, alguien escupe a sus familiares: «Ahí tienen el cadáver.»

Del asesino, lo único que se sabe es que nunca se supo nada y quizá nunca nada se sepa. Quizá aún vive. Nadie espera que abra la boca.

Al abuelo de alguien se lo podrían haber cargado también los falangistas de haber sido otra persona. En esta época la gente muere por las circunstancias, por lo que parece ser, lo sea o no, ante las desbocadas huestes de ambos bandos. Por lo visto, alguien quiere sembrar las cunetas de cadáveres y el miedo, el odio y los fusiles, en pelotón, turban las calles.

Una víctima más es Federico, Federico García Lorca. Todo el mundo lo sabe. Entre otros lo escribe Machado, que «el crimen fue en Granada, en su Granada.» ¿Qué más da dónde fuera? La voz de los poetas no la acallan fusiles ni disparos. Lo único que se logra es la leyenda, el mártir. Miguel Hernández le cantará: Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas. Lorca es enterrado junto al profesor Galindo y al banderillero Galadí.

Neruda llorará por la lorquiana voz, «de naranjo enlutado.» A su vez, el primo asesino dejará dicho: «En Granada estábamos hartos de maricas. Acabamos de matar a Federico García Lorca. Le dejamos en una zanja.Y yo le pegué dos tiros en el culo. Por marica.»

Del abuelo de alguien o de su automóvil nunca más se supo. Muchas familias de uno y otro bando vivirán el resto de sus vidas con la losa de las preguntas inhibidas, mortecinas, que vagan en el silente olvido de lo para siempre jamás irreparable. Se ha ido Unamuno. Se ha ido José Antonio. Otros se irán al exilio.Y quizá a algo peor.

Para algunos, la guerra es una lucha de clases; para otros, una cuestión de fe. Una cruzada contra el ateísmo y el materialismo. Resulta muy sencillo decir es blanco o negro, la eterna lucha del Bien contra el mal, del Orden contra el caos, de la Razón contra la insensatez, del rico contra el pobre. La realidad no es blanca ni negra. Es gris, terrible y lamentable: una guerra incivil.

—Siempre me toca a mí hacer de guardia civil —reniega Pedro.

—A alguien ha de tocarle —insiste Paco, que no lo escribirá en su diario de guerra.

Cruzan las montañas. Los camiones se acercan a una playa en la desembocadura del Ebro con un puente de hierro destruido por el medio. Solo podemos comer hasta las once en punto de la noche. Cruzamos el río nadando. Es un día caluroso, sediento, sin agua a nuestro alcance; está prohibido ir a buscarla.

El primero que cruza lleva un ovillo de cordel que agarra al tronco de un árbol. Cruzamos siguiendo su línea. Nos disfrazamos de legionarios, alemanes, guardias civiles o soldados con botones de madera. Cruzamos el ferrocarril y buscamos la carretera. Ni un alma a la vista. Liquidamos a los dos centinelas del puente y llegamos a una casa donde tocan el acordeón, ríen y cantan.Abrimos la puerta y encontramos a un mayor, dos capitanes y unos doce soldados desarmados y medio borrachos, sin pantalones y en camiseta, sentados sobre las camas deshechas. Se rinden todos menos el mayor, al que un checo golpea con su pistola. Los hacemos prisioneros. Matamos a un par de italianos que conducen un camión con sus ridículos plumeros en la cabeza. Con la bengala verde regresamos a casa. Nos desvestimos y nadamos repasando el río. Nos ametrallan y un inglés muere.

Hay quien, cuando tenía siete años, había jugado con Einstein, en febrero del 23 en su pueblo de Esplugues de Francolí, que había llegado al país invitado por el Institut d’Estudis Catalans, para que disertara sobre su teoría de la relatividad en el Palau de la Generalitat, o sobre la cosmología del universo finito en la Academia de Ciencias. Nadie le entendió nada. Se sorprendió de nuestra analfabeta patria y exaltó a los obreros a leer a Spinoza. No sé si alguno le hizo caso.

Hay a quien la gasolina le recuerda el día en que se coló para ver la victoria de Tazio Nuvolari en la carrera del parque de Montjuic, en junio del 36, a quien Companys coronaría con los laureles del triunfo sudado entre plátanos y farolas, y retransmitida, entre otras, por Radio Barcelona.

Hay quien mira el tendido eléctrico de los tranvías, que parece un tendero donde colgar la ropa, y recuerda el polvo del camino de la Creu Coberta al llegar a la plaza de España, antes de que la urbanizaran. Cuando quieren cortar el tráfico bajan los troles de los tranvías, los dejan escapar para que así queden enrollados en los cables y sin posibilidad de recomposición.

Hay quien da de comer a las palomas, o sube al mamut del parque de la Ciudadela, réplica del que se había descubierto a principios de siglo en los Urales, en las riberas del río Beresowka, o va a comprar a los almacenes El Siglo, en la calle Pelai, o hace años estuvo en un concurso de globos en Poblenou y vio Barcelona desde el cielo, o la ve a la sombra de la enramada de los plátanos de las Ramblas, o en la boca del metropolitano frente al Liceu, o en la plaza de la Boquería. Hay quien sigue vivo y va hacia los refugios, al de Poble Sec de casi dos kilómetros, al de la plaza del Diamant, al de la plaza Raspall, o al de la plaza Revolución, construido por los vecinos de Gracia. Barcelona sobrevive a pesar de las heridas.

El Ejército republicano se estructura a partir de la brigada mixta, cuya composición se resume en cuatro batallones de infantería, un grupo de artillería, un escuadrón de caballería, un batallón mixto de ingenieros, una compañía de intendencia, un grupo de sanidad y el primer escalón ligero de municionamiento.

Tres brigadas mixtas forman una división. Tres divisiones forman un cuerpo de Ejército. Nosotros formamos parte del Quinto Cuerpo de Ejército, comandado por Líster.

Parte de la batalla sucede en el sistema ibérico; tierra de abetos, pinos, hayas, robles y abedules.

Los rebeldes otorgan al río la condición de obstáculo insalvable, convencidos de que sus peculiaridades físicas impiden que sea franqueado con éxito. Presuponen la incapacidad técnica y la pobre pericia de los republicanos; sin ponderar, en su justa medida, que las temperaturas de julio han disminuido su caudal y que, además, no es la primera vez que intentamos y logramos sorprenderlos, aunque después nos derroten.

La batalla acaece sobre el territorio que, muchos años después, se englobará en las comarcas catalanas de Terra Alta, Ribera d’Ebre, Baix Ebre y Montsià y, también, en las aragonesas tierras de Mequinenza, que pertenecerán a Zaragoza. El núcleo de la misma se reduce a los espacios físicos y naturales frente a la asediada Gandesa, y los caminos que a ella llevan, desde las poblaciones y lugares que conquistaremos, defenderemos y abandonaremos.

Amposta será un descalabro total. Las tropas encargadas de avanzar por allí, de la 45.ª División, al igual que en Tortosa, serán rechazadas por la 105.ª División franquista.

Xerta, a solo doce kilómetros de Tortosa, capitulará ante nuestra ofensiva. En Benifallet, el balneario de Cardó, construido en 1866, lo convertiremos en hospital durante la batalla.

La lucha discurrirá también por la cordillera pre-litoral. En los límites entre la Terra Alta y el Baix Ebre, las sierras de Pándols y Cavalls verán como se escribe (con sangre, furia y desesperación) una incalificable página, un episodio más de la contienda de la Historia de España y del mundo en la tercera década del siglo XX.

El Fayón antiguo tiene su castillo a 56 metros de altitud sobre el mar. Mora d’Ebre, Ascó y Miravet también tienen un castillo.

Mora d’Ebre se convertirá en un puesto de comandancia y en nuestro principal centro de abastecimiento. A finales de octubre, principios de noviembre, volaremos su puente.

Las fuerzas del Gobierno de Burgos no volverán a tomar el castillo de Miravet hasta el 7 de noviembre, ya que lo perderán al inicio de nuestra ofensiva.

Flix, ocupado por los rebeldes el 4 de abril de 1938, lo recuperaremos el 25 de julio y quedará, en manos fascistas, definitivamente conquistado el 16 de noviembre, tras los «fuegos artificiales».

El río Canaletes, de unos treinta kilómetros, cerca de Benifallet, desemboca en el Ebro. Vilalba, Fatarella, Corbera d’Ebre y Gandesa, donde destaca la sierra de Pàndols, están en la Tierra Alta.

Nuestra línea de ataque va de las montañas de la Fatarella a Vilalba dels Arcs, Gandesa, la sierra de Cavalls y la de Pàndols.

Predomina el paisaje abrupto y la escasa y desnuda roca calcárea. Los hombres no solo luchan entre sí, sino también contra la despiadada y fascinante natura de la zona. La orografía del campo de batalla sobrecoge y admira. Destacan, como se ha dicho, la sierra de Pàndols con 705 y 671 metros de altitud; el Puig Cavaller, con 709; la sierra de Cavalls, con 660; la Fatarella, con 550, o el Coll del Moro, 466. Se fortificarán, por ejemplo, el Puig de l’Àliga, San Marcos o San Marx, Pándols o la Obaga de la Fontcalda.

Los requetés rezan el Rosario en las trincheras y en el combate desafían a la muerte sin ningún temor. Invocan a Dios nuestro Señor con el fin de librar a la Patria y al mundo entero del azote comunista. Defienden la unidad de España contra las autonomías vasca y catalana.

El requeté Josep Camps forma parte de la sección de choque del Tercio, y lleva grabado en su fusil Mauser: «Tirad mucho y bien, ¡pero tirad sin odio!» Prefiere llevar la boina roja antes que el casco de acero. En abril del 38 quisimos volar Vilalba. El Tercio ahora aún está lejos de allí.Todavía se encuentra cerca de Villanueva de la Serena y no ha emprendido la marcha a pie hacia Cáceres, para después, en tren, ir de Valladolid a Zaragoza y después hacia Tortosa, Puebla de Híjar,Alcañiz y, por fin, Bot, y llegar al atardecer del 28 de julio a Vilalba dels Arcs.

Los servicios de contraespionaje y el SIM (Servicio de Inteligencia Militar) no descansan. La República se mueve. Se trabaja en el transporte de unidades, la recogida de embarcaciones, materiales, dinero, con la mayor cautela y precisión posibles. El objetivo es la sorpresa. Una gran sorpresa.

Juan Modesto tiene a sus órdenes los Cuerpos de Ejército quince y quinto, cuyos respectivos jefes son Tagüeña y Líster.

En el Quinceavo Cuerpo están las Divisiones 30.ª (mayor Estebán Cabeza), 35.ª (mayor Pedro Mateo Merino) y 42.ª (mayor Manuel Alvarez).

En el Quinto, las Divisiones 11.ª (mayor Joaquín Rodríguez), 45 (mayor Hans Khale) y 46.ª (Valentín González El Campesino, minero y desertor de la Legión, que es sustituido el día 25 por Domiciano Leal).

Modesto es el primero en idear y plantear un ataque en el sector del Ebro Fayón—Ribarroja a Benifallet-Xerta. El general Vicente Rojo lo plantea como una salida hacia el sur, para la cual necesitamos los víveres y municiones, que la apertura de la frontera francesa (a partir de mediados de marzo) ha posibilitado. En junio, la frontera permanecerá otra vez cerrada.

Antes de la ofensiva visitarán el frente Negrín, Companys y los líderes hindúes Nehru y Menón.

La 35.ª División la componen casi doce mil hombres. ¿Cuántos van a sobrevivir? ¿Y de los demás que será?

Los soldados estamos tranquilos. Contentos y conscientes. La batalla todavía no existe todavía.

Cincuenta días, casi dos meses, buscando y preparando escondrijos en la orilla del río, aleccionando al primer escalón, disponiendo los puentes de vanguardia, los de caballete (para 6 y para 12 toneladas), los de hierro (para 28 toneladas) y las barcas motoras.

La denominada «Quinta del biberón» combate en el Ebro. Tuvo su bautismo de fuego en Tremp y Balaguer, con una cabeza de puente.

Recibimos instrucción para pasos de río. Hacemos marchas y ejercicios nocturnos. Vamos almacenando barcas y puen tes. A algunos los adiestran en el manejo de las embarcaciones.

Camuflamos el material (en su mayoría deficiente, por su sequedad, sus grietas, agujeros, o su evidente inutilidad). Cuando crucemos el río, nos recibirán los débiles disparos de fusil con los que el enemigo intentará detenernos.

No van a conseguirlo.

Maik, Michael Berger, sostendrá entre sus manos una vieja fotografía.

Ahí están los del British, sonrientes y morenos, concentrando sus miradas en el cíclope ojo de la cámara. Un fogonazo los inmortaliza. No recordará con precisión dónde era, pero era antes de cruzar el río. La instantánea perpetúa a uno con boina y la cara girada hacia la derecha. A otro, de rodillas con su fusil y su bayoneta montados. A otro más, con el puño en alto. A otro, con sus gafas. A otro, con su barba. A todos, con una sonrisa que no presagia lo que va a suceder; lo que van a vivir.

Ahora que julio empieza a terminarse.

Se topa con el bibliobús del SBF, que ha pinchado y entonces repara en una hermosa joven que le sonríe. Aún no sabe, que se llama Carmela, y que se ha fijado en sus pantorrillas de sanitario bajo el kaki pantalón corto, y en su peinado con copete. Quizá también en su trasero. Menos mal, siente Maik. Parte de su anatomía empieza a elevarse como las empinadas calles de la Fatarella y eso no pega nada con el dolor de aquello que se rompe para siempre, con el rostro del niño pegado al escaparate de una librería, ni con el frío del ahogado pecho y el rumor de las aguas que lo llevan.

Carmela habla con una amiga que del Paralelo, Avenida, hasta el Portal del Ángel, París, los cines no han parado de crecer. Recuerdan también, cómo no, el Fantasio y el Metropol.

La hermosa joven recuerda los cadáveres sobre la Plaza de Cataluña, aún por urbanizar, el día del alzamiento castrense. Los soldados se fueron concentrando en la plaza desde diversos puntos y cuando estaban juntos, de las cuatros esquinas, de las bocas del metropolitano y de algunas oficinas también, surgieron los disparos del pueblo y llenaron de sangre y furia la Plaza de Cataluña. Se habló de diez mil muertos.

Carmela estudió de los 14 a los 17 años en la Escola Profesional de la Dona de la Generalitat de Catalunya: corte y confección, sombreros, floreros artificiales, puntas y bordado, lavado y planchado, matemáticas, humanidades y economía doméstica.

Está claro que algo va a suceder. Han hecho un sorteo entre los marineros y han elegido a los que mejor reman. Han solicitado veinticinco voluntarios que sepan nadar bien. Veinticinco por batallón. Está claro que vamos a mojarnos.

La Tierra Alta es una comarca accidentada, pobre y rota, sinuosa y encajonada por estrechos barrancos, en la que fluye el Canaletes, afluente del Ebro, con abundancia de viñas y escasez de agua.

En junio nos adiestran en el uso de pontones y de botes pequeños. Simulamos ataques; solo con la fuerza de nuestras ametralladoras y morteros, por si la artillería y la aviación no pudiesen maniobrar con nosotros.

En los pozos pondremos puestos de mando. Los parapetos de piedra nos servirán de cobertura. La zona a ocupar es montañosa, poco arbolada y de duro suelo para cavar refugios.

Carta número 343

Querida Berta:

Aunque nunca recibas esta carta (ni las demás), has de saber que no te olvido.Algo va a suceder. Quizá importante. Estamos en Falset y se dicen y especulan muchas cosas. Cuando nos tratan bien, y aparecen por ahí algunos paquetes de Camel o de Lucky, algunas gotas de güisqui (cosas de los americanos), será que se prepara algo importante.

Nos han entrenado y preparado cruzando ríos imaginarios, o sucedáneos físicos, con lo que llaman medios continuos y discontinuos. Barcas, botes, pasarelas, toneles y demás. Algunos, a marchas forzadas, están aprendiendo a nadar. Hemos hecho simulacros de aproximación, embarques y desembarques, ataques y también marchas nocturnas (contigo las noches eran más divertidas), marchas de diez o quince kilómetros y otras acciones a nivel de sección, compañía y batallón.

Ya ves, mi Berta, que los últimos días (el último mes) están siendo movidos. Pienso en ti y consumo mis horas entre corrientes fluviales y embalses. Vivimos con una euforia y una emoción sin fin. Podemos vencer. Podemos decidir la guerra, a nuestro favor. Los soldados cantan canciones como Columna Thaelmann, Si me quieres escribir, La Varsoviana, Ay, Carmela, Quince Brigada, Bandiera Rossa, Himno de Dombrowsky, La Internacional o No Pasarán.

Tanta alegría me ha hecho recordar nuestra boda, los gritos reiterativos: ¡Vivan los novios! ¡Qué se besen! Y la felicidad de hallarnos juntos, la dicha que nos daría un fruto, tan dulce como tú, llamado César. La felicidad que compartíamos con los seres queridos. Ahora el calor es espantoso y mis gotas empapan el papel de esta carta, pobre pero sincera, que no podrás contestar ni leer.

Te sigue amando, Berta,

tu Basilio.

2

El paso del Ebro

Nada hay más peligroso que intentar seriamente la defensa de un río ocupando a todo lo largo de orilla, porque una vez que el enemigo sorprende el paso, y lo sorprende siempre, encuentra al defensor en un orden defensivo muy extendido y le impide reunirse.

Carta al Príncipe Eugenio, 1813

Napoleón Bonaparte

El general Vicente Rojo, que había ayudado desde Madrid a que la capital resistiera y a que fuera posible creer que «no pasarán», espera noticias, sobre el paso del río, en el puesto de mando de la Mola de Sant Pau.

Bajo el cielo nocturno, con quieta brisa y sin luna, y el incesante cri-cri de los grillos, esperamos la orden de iniciar la ofensiva. Son las cero horas, quince minutos, del 25 de julio de 1938. La tropa aguarda con silencio ansioso, expectante y total, a un par de kilómetros del río.

Pertenezco al Primer Batallón de Infantería, de la Novena Brigada de la Onceava División, englobado dentro del Quinto Cuerpo del Ejército comandado por Líster. Nuestras órdenes son pasar el Ebro en dirección a Miravet y continuar avanzando hasta donde se nos diga. Al recibirlas, plaga de hormigas numerosas y disciplinadas, guardamos silencio y amparados por la oscuridad, nos dirigimos hacia la orilla izquierda del río. Lo vamos a cruzar en barcas (nueve o diez soldados por cada una de ellas), a golpe de remo, taimados para que los otros no logren descubrirnos. Algunos van a cruzar a nado. Otros van a ahogarse en estas aguas.

Llegan los katiuskas con las luces apagadas. Nos acercamos al cauce caminando, lanzamos con sigilo las barcas o los botes, sacándolos de sus escondites. A base de músculo nos situamos en la orilla enemiga.

Formamos parte del contingente ofensivo del Sector Centro (zona de Xerta a Ribarroja), que va a correr mejor suerte que los otros dos sectores: Norte (Mequinenza) y Sur (Amposta). El batallón especial de nuestra Onceava División cruza por un accidente físico que no llega a península, en Illestas, en el subsector de Ginestar.

Los ojos se acostumbran a las tinieblas aunque no desaparece el miedo, que se mezcla con el ímpetu colectivo, alevoso, premeditado, que nos empuja a matar o morir.

No hay tiempo para pensar, por ejemplo: «¿Qué haces aquí, Pedro?» Ni nada parecido.Tu vida está en juego, sobre el tapete de esta adusta tierra, contra las fuerzas del Generalísimo.

Dos horas después, dos piezas Krupp del 150 vomitan su ira cerca de Miravet y prosiguen así durante seis horas; tras las cuales, cesan en obvia retirada.

La noche del paso es la del 24 (domingo) al 25 (lunes). En el campo del Español la selección catalana derrota cinco a uno a los «leones rojos», mientras otra selección catalana vence cuatro a cero al Badalona. En Haifa (Palestina) la explosión de una bomba causa treinta muertos y setenta heridos. El número premiado por el Sindicato de Ciegos de Cataluña es el 655 con 62,50 pesetas. En Barcelona, en los cines Durruti, el Principal y el Bosque echan Crimen y castigo.

En esta época se venden cristales, mantones de manila, vajillas, relojes, neveras de zinc, hornillos, prismáticos, curriolas, lám paras, ventiladores, cocinas, catalejos, lejía, harina, cámaras Kinamo, microscopios, magnetos, libros, bicicletas, máquinas de escribir Underwood «5», tornos, balanzas, máquinas de coser, muebles, lana de colchones, sellos, radios, gramófonos de bocina y gramolas portátiles, bombonas y garrafas, plumas estilográficas, radios, vigas, acordeones, pianos, mantas, sábanas, aspiradores, pieles, joyas, vinos, licores, y se anuncian alquileres, huéspedes, academias, comadronas, cirujanos, centros de enseñanza, automóviles, confecciones, agencias matrimoniales y toda clase de establecimientos.

Un batallón entero, incapaz de contener su impaciencia, se lanza al río y lo cruza.

El Ebro fluye rojo de sangre. Al sur, en Amposta, está la 14.ª Brigada Internacional, compuesta por los batallones Commune de París, Vaillant Couturier, André Marty, Henri Barbusse, y en la reserva, un batallón de la 139.ª Brigada.

Con tres barcazas parten hacia el norte de Amposta, y la orden de tomar un molino de arroz. Es una noche sin luna, de brisa débil. Deben realizar operaciones de distracción en el sector. Las granadas los sorprenden e iluminan la noche. Los noventa hombres del Vaillant Couturier son aniquilados en la orilla rebelde. En Campredó, el batallón de la Commune de París ha establecido una cabeza de puente. La pasarela ha volado a su espalda. El combate no cesa durante más de una jornada.Todos los del Commune de París perecen y su jefe, el argelino Cazal, se suicida de un tiro en la cabeza.

La 35.ª División internacional la componen, entre otros, los batallones Lincoln Spanish, el Palafox, el Rakosi, el Thaelmann, el Zwölfte February, los Mac-Paps o el British. El soldado Ulrich forma parte del Hans Beimler, 11.ª Brigada Internacional, y cruza el Ebro por Mora la Nueva.

La compañía escandinava del 24.º Batallón, es la primera de la 11.ª Brigada en pasar el río.

Al norte de la 35.ª División Internacional se halla el 15.º Cuerpo de Ejército republicano mandado por Tagüeña, con su 3.ª División (Brigadas 31.ª, 33.ª y 40.ª), su 35.ª División (Brigadas 11.ª, 13.ª y 15.ª) y su 42.ª División (Brigadas 59.ª, 226.ª y 227.ª).

Más al norte, en el Segre, se halla el 12.º Cuerpo de Ejército republicano, bajo el mando de Vega, con su 16.ª División (Brigadas 23.ª, 24.ª y 149.ª) y su 44.ª División (Brigadas 140.ª, 144.ª y 145.ª, junto a la Segunda de Caballería).

Al sur de la 35.ª División Internacional, que ocupa el sector central, se encuentra el Quinto Cuerpo de Ejército, comandado por Líster, con su 11.ª División (Brigadas 1.ª, 9.ª y 100.ª), su 46.ª División (Brigadas 10.ª, 37.ª y 51.ª), y su 45.ª División (Brigadas 12.ª, 14.ª y 139.ª).

En la reserva se hallan algunas divisiones del Ejército del Este: la 27.ª (Brigadas 122.ª, 123.ª y 124.ª), la 60.ª (Brigadas 84.ª, 85.ª y 224.ª), y la 43.ª (Brigadas 72.ª, 102.ª y 130.ª), así como el Séptimo Regimiento de Caballería, batallones seleccionados de las unidades en posición en el resto del frente, DCA (Defensa Contra Aviones), unidades de tanques y blindados y batallones de puente de las reservas generales.

Antes del paso del río el capitán Wolff arenga a los del Lincoln con un: «¡Viva el Ejército Popular! ¡Viva las Brigadas Internacionales! ¡Viva la victoria final!»

Escuchamos el monótono croar de las ranas, el mecerse de las cañas.

Habíamos construido una presa en el Ciurans, que desemboca en el pueblo de García, para practicar. Se habían ocultado barcas de pesca en camiones requisados. Los pontoneros cargaban barcas, también requisadas, en Masnou.

La primera barca que cruza en Flix la vuela una granada de mano. Las armas automáticas trabajan y la segunda, con más de veinte hombres a bordo, llega a su destino. Topamos con un llano lleno de cepas y al final un bosquecillo.Tenemos que atravesarlo solos. Después comienzan a cruzar más barcas.

Los nacionales no pueden resistir ni en el castillo viejo ni en la era nueva. Se quedan sin municiones. Los demás han huido hacia la Fatarella y Vilalba.

En Ascó, ocho kilómetros más abajo de Flix, cruzan las Brigadas 11.ª, 12.ª y 15.ª, de la 35.ª División Internacional. Nos resuenan en la piel los zumbidos de potentes motores y de frenos de aire comprimido, accionados con frecuencia, por los pesados camiones de la Comandancia General de Ingenieros del Ejército que transportan barcas y pasarelas.

A la 13.ª Brigada le resulta fácil pasar el río, aunque a los de la 11.ª Brigada les cuesta lanzar los botes al agua. El tiroteo crece y es intenso. La 1.ª Brigada de la 11.ª División y otras fuerzas de la 15.ª Brigada, atacan Mora por su retaguardia, tras cruzar por los alrededores de Ascó y García.

En Miravet, el agua apenas llega hasta la rodilla. Hay barcas construidas en un taller barcelonés, en los alrededores del hospital de Sant Pau, y pasarelas de corcho que se retirarán de día para que la aviación no las machaque y volverán a instalarse cuando oscurezca.

—¡Adelante, hijos de Negrín! Llenamos el Ebro de barcas y barcazas.

Algunos se lanzan dispuestos a nadar; se adentran en su fluyente y nocturna tranquilidad. La fuerza de la corriente hunde a algunos y arrastra o dificulta el movimiento de sus barcazas, decididos a cruzar en línea recta. Son ocho eternos mi nutos.

Quienes se aventuran en tan ardua empresa no han sido entrenados en ríos, sino en el mar, en embalses o en lagos. Las corrientes difieren en su sentido y fuerza, y la maniobrabilidad y pericia necesarias para cruzar el Ebro distan mucho de parecerse a cualquier paseo por el Mediterráneo. El río los zarandea, zozobra y empuja.

Algunos, ni siquiera saben nadar; otros, han aprendido a marchas forzadas. El Ebro no es una charca ni una débil fuerza, no permanece quieto e inmóvil, y muchos de ellos perecen hundidos por el pánico, la inexperiencia o la fatalidad. Se ahogan. Son literalmente arrastrados bajo la fluvial superficie. Luchan de forma denostada. Se ve el miedo en sus ojos. Patalean, bracean, se vuelven más y más pesados, lanzan angustiosos puñetazos y ciegas patadas, intentan sacar la cabeza hacia arriba, o cuanto menos la boca, hacia el aire, el aliento, que les abandona y les deja sin vida.

Ahogarse no es ningún misterio. Por una u otra razón se llega a respirar, de forma antinatural, el agua como si fuera aire. El futuro ahogado comienza a tragar agua, con histeria y pánico, y no logra escupirla (quizá por ignorancia; tal vez porque no consigue asomarse a la superficie). Sus brazadas y patadas se descontrolan, descoordinan y aceleran. Solo piensa en salir. No aprovecha sus fuerzas. No piensa. Solo se siente débil, incapaz de derrotar al medio y de apartar su miedo. Quizá saca un par de veces la cabeza. Es un soldado de plomo condenado a habitar el lecho del río, o aquel en el que acabe, por impulso de las corrientes marinas. No logra respirar. No lo consigue. Flaquean sus fuerzas.Va a rendirse.

Un ser humano común puede estar minuto, minuto y medio, dos minutos sin respirar bajo el agua, quizá más, consciente. Hay un momento en el que llega a la inconsciencia. En teoría, fallece. No todos los ahogados mueren. Algunos, solo Dios sabe por qué, sobreviven para poder contarlo si tienen la suerte de que otros los saquen, de que les vacíen el cuerpo repleto de agua (fuera como fuese) y de no tener complicaciones con los pulmones, el cerebro o cualquier otro órgano seriamente afectado.

La asfixia del ahogado lo conduce a la antesala de la muerte; a la luz, la energía, donde las palabras, las imágenes y todo cuanto es conocido, resulta superfluo. Si es su momento, sus espectros le acompañarán más allá. Si no, alguna voz le dirá «vuelve, regresa, no es tu hora», y entonces su conciencia, estallido de luz, retornará a su cuerpo.

Los republicanos esperan no acabar como Napoleón frente al Danubio, en Esling, o como el general nordista Hooker al cruzar el río Rapidan, en Chancellorsville, frente al sudista Lee en la llamada Guerra de Secesión. Existe tráfico de heroína de París a Nueva York. Hay más de tres centenares de niños asturianos, en los refugios infantiles de la Garriga, con sus maestros de las escuelas hogares.

Pedro Hernández, enhiesto ciprés de Silos, seco, enjuto, incansable; con su noble mirada, férrea y trabajadora, otea el camino que nuestros pies recorren. «Quien no trabaja, no come», suele decir. Quien no camina, no trabaja. El sol de julio resbala por su negro pelo, de moda parisina, brillante y redondo cepillo. Su porte es serio y su humor inglés, culto, refinado, a pesar de su analfabetismo, su vacío académico, que con creces suple habiendo vivido el doble de lo que viven otros. Despierto, inquieto, alerta, con la velocidad de las sierpes y lagartos a los que ni respeta ni teme, y las manos acostumbradas a construir milagros, a remover océanos de esfuerzo, sudor y lucha, con su honrada, recta e inquebrantable decisión.

El agua ni para los gusanos, cree.Y él aquí, ya ves. Lejos del hombre que será con su verde chaqueta de pana, de guardabosques, su fajo de billetes en la cartera, su mujer y su nieto entrando a un restaurante en Montserrat, veintitantos años después. O el día de su muerte, cuarenta años después de la batalla, con el mismo cansancio que nunca aparentaba; la misma sensación, seria y distante, de los que no le conocían; el mismo desencanto, invisible, intuido, que provoca el peso de la derrota. La certeza de que la vida dura poco o quizá menos.Y si no la disfrutas, si dejas que se escape, no volverás a verla.

El Ebro tiene casi mil kilómetros de longitud. Los soldados se adentran, sorprendido el enemigo, hasta donde logran llevarles la fuerza de sus piernas. Los fusileros caminan asegurando posiciones. Las tropas de choque (las Brigadas Internacionales) constituyen la primera línea de fuego. Sus pasos han chapoteado en el Ebro para, después, adentrarse rompiendo las defensas facciosas.

En tierras de la futura comarca del Baix Ebre tropiezan con macizos calcáreos; con carreteras como la dirigida de Prat de Comte a Xerta y elevaciones con capas calcáreas formadas por enormes acumulaciones de pequeños fósiles, de cuyo nombre es inútil acordarse, que con facilidad son distinguibles por su aspecto o forma de sombrero chino; con finas arenas y con limos; con olivares, algarrobos, robles y pinos de diversas especies; con arbustos, hierbas, retamas y matorrales bajos, en los que destacan los espinosos conjuntos del erizo de flor azul. También, con el enemigo. Los soldados avanzan.

En tierras de la futura comarca de la Terra Alta, junto a carrascas, carrascales encinares con viburno, pinocha seca, romero, futuros brezos de invierno, escojas, olivares, avellanedos, almendreras y viñedos divisan fortalezas naturales que se utilizarán como fortificaciones: el Puig de l’Aliga, San Marcos o San Marx, Pándols o, entre otros, Obaga de la Fontcalda. Los soldados avanzan.También, el enemigo.

En tierras de la futura comarca de Ribera d’Ebre, por entre hermosas alamedas, cruzan las fuerzas de choque. En Mora d’Ebre se situará un puesto de comandancia, siendo centro principal de abastecimiento. Cuando los republicanos se retiren del pueblo volarán su puente. Miravet, el último reducto en Cataluña de los templarios, cae en manos republicanas. Los fascistas no podrán recuperarlo hasta el día 7 de noviembre, casi al final de la batalla.

Hemos cruzado el río. Mientras corremos a destruir las alambradas, la suerte pone en nuestras manos una rueda de carro. No sé qué demonios hace aquí, la lanzamos y golpeamos con ella nuestro obstáculo, de un aproximado metro setenta de alto, mientras forzamos su rotura con máximo denuedo.

«Aunque deba existir solo dos días, por lo menos, que mi tiempo de existencia no lo haya malgastado en ser lo que no soy», piensa Pedro Hernández al cruzar el Ebro.

A las once de la mañana, en Ascó, el enemigo contraataca con dos compañías, y se enfrenta al primer escalón de la 11.ª Brigada. Solo dos batallones de la misma, a esa hora, han cruzado el Ebro. La pasarela utilizada la van a destrozar los artilleros fascistas, que provocan trombas de agua, zarandean nuestros oídos y estómagos, mientras nuestros tanques y nuestra artillería les contesta, desde la otra riba, la izquierda. En estas condiciones no se pueden tender los puentes.

Desde las siete de la mañana Ascó está cercado. Los fascistas no se rinden. Cuando faltan quince minutos para las once, los del Batallón Doce de febrero conquistan la torre de la iglesia, el eslabón final de su defensa.

La 11.ª Brigada, la alemana, mandada por Otto Flatter, que cruzó el río al sudeste de Ascó, pasadas las cinco de la mañana, ataca dicha población y recibe la ayuda de dos batallones de la 15.ª Brigada (mientras esta prosigue hacia Gandesa), que atacan por detrás desde el oeste y suroeste, y acaban conquistando Ascó, donde el enemigo dominaba las alturas. Suenan las ametralladoras, se derrocha energía, se suceden los ataques, perduran las fantasmales ruinas del castillo templario y no se logra el objetivo hasta pasado el mediodía.

La 11.ª Brigada Mixta Internacional Thaelmann, la alemana, está integrada por los batallones Thaelmann, Edgar André, Hans Beimler-Chapáiev, y Doce de febrero o Zwölfte Februar, compuestos por alemanes, escandinavos, austríacos y españoles.

Ernst Thaelmann fue el secretario general del Partido Comunista Alemán. Encerrado en la prisión de la Alexanderplatz de Berlín, desde marzo de 1933, morirá en el campo de Buchenwald el 18 de agosto de 1944.

Hans Beimler había sido diputado comunista en el Reichstag, y tras su incendio, fue encarcelado en Dachau, de donde se fugó un día antes de su ejecución, estrangulando al SS que lo custodiaba y disfrazándose con su ropa. Guardó su puñal nazi hasta que en la defensa de Madrid cayó abatido. Una lápida le conmemorará en el Fossar de la Pedrera, donde fusilarán a Lluís Companys: Caigut per defendre la causa de la llibertat.

La 12.ª Brigada Internacional o Garibaldiana, la forman italianos, y la 14.ª Brigada Internacional o Marsellesa, franceses.

La 13.ª Brigada Internacional Dombrowsky, la polaca, la forman los batallones Dombrowsky, Michiewicz, Rakosi, y Palafox.

Jaroslav Dombrowsky murió el 23 de mayo de 1871 en las barricadas parisinas de la Comuna, defendiendo la libertad de los pueblos.

La 15.ª Brigada , la inglesa, la constituyen los batallones Inglés o British, Lincoln, Español o Spanish, y Canadiense o Mac-Paps.

En la 15.ª, en el Lincoln, un hombre afroamericano, apodado El Fantástico, lanza las bombas de mano mucho más lejos que nadie. El batallón le debe el nombre al presidente Abraham Lincoln y a sus palabras: «El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo nunca desaparecerá de la Tierra.»

Cuando el Batallón Hans Beimler-Chapáiev, el número 43, entra en Ascó, Ulrich, receloso, gruñe para sí:

«No me gustan las esquinas. Cada esquina es una esquina en la que puede morirse, si la muerte deambula en derredor.»

El pueblo está triste, árbol frutal sin hojas, sin flores, sin frutos. Se ubica junto al río, bordeado por un ferrocarril, con un túnel que atraviesa la montaña en el que Modesto, jefe del Ejército del Ebro, situará su cuartel general con oficinas y diversas líneas de comunicación. Las vías del ferrocarril van de Madrid a Barcelona.