Ecos de luz en el valle - Caleti Marco - E-Book

Ecos de luz en el valle E-Book

Caleti Marco

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Beschreibung

Ecos de luz en el valle es la historia de Margot, una mujer de origen humilde y con pocos recursos. Positiva y luchadora que a base de trabajo y tesón, y aprovechando las oportunidades que le da la vida consigue hacer realidad su sueño. Nos encontramos en una pequeña localidad del Pirineo, en un ámbito rural cargado del misticismo contagioso que surge de un monasterio que más tarde se convierte en un alojamiento situado en el vecino valle donde reside Margot. La energía que emana ese lugar será objeto de paz, esperanza e inspiración para ella. Por allí van pasando diferentes personas cuyas pequeñas historias y experiencias son descritas a lo largo de la primera parte del libro, haciendo guiños de su comportamiento. El espíritu y la predisposición ante la vida expresada en la obra, a través de Margot y de los personajes que la configuran, es el vivo ejemplo de aquellos que no se rinden ante las adversidades; hombres y mujeres que con esfuerzo y buen hacer consiguen vencer barreras y alcanzar sus objetivos.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Ecos de luz en el valle

© Caleti Marco

© Ecos de luz en el valle

Diseño de cubierta : Nino Morante

ISBN formato epub: 978-84-685-2233-3

Registro Gral. propiedad intelectual: 16/2017/3782

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L.

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

“Aquello que habita en el pasado y aquello que habita en el futuro es sólo una pequeña cosa comparado con aquello que habita dentro de nosotros”

Ralph Waldo Emerson

Escritor, filósofo y poeta estadounidense

ÍNDICE

 

PRIMERA PARTE

Introducción

Margot

Los Moraleda

Aquel otoño

La vida sigue

Cumplidos los veintitrés años

Mi querida Margot

A mi regreso

El lugar

Abrimos ya

Los primeros en llegar

Vacaciones de verano

Antes que nada

Nosotros solos

Los hados me torturan

Preludio de Navidad

De vuelta

Mis proyectos

SEGUNDA PARTE

En ruta

El principio

Revelaciones

La cita obligada

Los preparativos

Mientras tanto…

Momentos previos

Llegó el gran día

De lejos

Los Ángeles

Más de familia

A trocitos

Pasa la vida

Como el primer día

Biografía de la autora

Introducción

Desde la colina, al fondo del valle, se divisaba una magna y sólida construcción. Se alzó allá por el siglo XVII junto al río, sobre los restos de una antigua ermita dedicada al Espíritu Santo. Aprovechando su núcleo principal, los monjes carmelitas levantaron alrededor de ella un modesto edificio que posteriormente fue creciendo hasta convertirse en lo que podemos ver hoy.

Mediaban escasamente dos kilómetros entre el monasterio y nuestro pueblo, desde donde era fácil entrever su silueta. Chopos apostados a la orilla del caudaloso río que marcaba los límites de sus dominios, posaban livianos en invierno y se cubrían de hojas en primavera impidiendo ver con claridad qué había tras ellos. De cerca podías apreciar su porte, sentir el tintineo de sus hojas y los reflejos del sol colándose por entre los resquicios de sus ramas.

Allí mismo, empinándote para salvar la muralla circundante, podías recorrer con la mirada sus desoladas huertas y empobrecidos árboles frutales que en un tiempo lejano fueron pródigos y generosos o vislumbrar su pequeño y sombrío bosquecillo al norte de su fachada posterior.

Y también escuchar el sonido suave y quedo de las aguas del río, la dulce caricia a su paso o el alborotado discurrir de su corriente valle abajo. Disfrutar de aquellos remansos donde refrescarte en verano, invitando al reposo junto a su vera. O sorprender la llegada de peces en primavera remontando sus aguas contracorriente, saltando y luchando por alcanzar los lugares más altos del cauce para desovar.

¡Por cuántas manos hubo de pasar desde que los monjes abandonaron el lugar en 1836 por expropiación forzosa de sus bienes!

Ahora estaba solitario, en paz, rebosante de luz propia. La dulce melancolía de su entorno colmaba tu espíritu. Estar cerca era siempre mi objetivo. ¡Quién podría resistirse a parar… si pasaba por allí!

Entre rumores parecía escucharse a lo lejos el pausado tañer de su campana llamando a la oración o las entonadas voces de los monjes en grupo o en solitario, cargadas de emoción y magia celestial. Y… silencio, mucho silencio. ¡Cuánta vida hubo en él, cuánta paz y felicidad fue capaz de dar y de albergar en su seno!

Los habitantes de la comarca sabían de él. Los de aquel pequeño pueblo sobre el cerro amábamos su fortaleza cargada de energía e inspiración, de espacios repletos de un misticismo contagioso digno de ser vivido. Con respeto, unos y otros se acercaban hasta donde eran capaces de llegar. Un muro de baja altura marcaba las lindes de aquel enigmático lugar y de su monasterio.

Lo miré desde lejos mientras caminaba hacia la casa del valle. “¡Te echaré de menos!”.

Cuentan que un día de aquel año de 1836 un pequeño grupo de doce frailes, alguno de ellos ya entrado en años, arrastrando sus pies y con escasas fuerzas, fueron saliendo del monasterio, uno tras otro. Tres mulos de dudosa salud, flacos y desnutridos, portaban fardos con los pocos enseres que aquellos hombres de Dios poseían.

Atravesaron la pasarela colgante, por entonces en buen estado, llegando al otro lado del río hasta alcanzar la pequeña y angosta senda que les llevaría lejos. Despacio y cabizbajo, el grupo se fue alejando hasta perderse.

Margot

“… me gustó en cuanto la vi. De edad madura y porte refinado, calculé que tendría unos cincuenta años. Alta, delgada, de cabellos rojizos y mirada inteligente. Vestía correctamente y se expresaba con soltura cuando se dirigió a mí ofreciéndome sus servicios. Traía buenas referencias… “

De nuevo noche cerrada. Como cada día, Margot regresaba de casa de doña Constantina.

Lejos del pueblo, en lo más profundo del valle, oculta por la vegetación, se divisaba una pequeña vivienda. Construida en piedra, en dos alturas y desván, levantada sobre una cuadra formando un cobertizo. Y en lo más alto del tejado su buena chimenea, troncónica, rematada en la parte superior por su correspondiente espantabrujas, una piedra alargada de tamaño mediano imitando la forma de un cono. Aquel pequeño detalle, y siguiendo la tradición popular, protegería el hogar frente a la vulnerabilidad de la casa, impidiendo así la entrada de ciertos maleficios o brujas a través de la chimenea.

Modesta y falta de lujos, contaba en su primera planta con una estancia o zona de estar, su hogar y su gran campana, su cocina de carbón, una destartalada alacena para menaje y un barreño de latón que hacía las veces de fregadero. A pesar de lo humilde que era se veía siempre limpia y reluciente. En uno de los rincones había una despensa, oscura y con apenas alimentos, ventilada por un pequeño ventanuco enrejado. En el centro, una mesa para todo tipo de usos y una sencilla cadiera. Al fondo, una puerta que conducía a un pequeño aseo.

Alrededor del hogar, a ambos lados, se alzaban dos bancadas de piedra cubiertas por cojines y algunas mantas listas para albergar y acoger a quien quisiera protegerse del frío junto al fuego, imprescindible para los días de invierno. El calor que emanaba de los animales en la cuadra situada justo debajo, no era suficiente para caldear el ambiente. Un desvencijado sillón de tapicería algo raída por el uso y diversas sillas de anea completaban el mobiliario.

Del techo colgaba un sencillo candil pues hasta allí no llegaba el tendido eléctrico. Se servían de lámparas de aceite y velas para alumbrarse.

Una angosta escalera conducía hasta la planta superior, con dos estancias de reducidas dimensiones: el dormitorio del matrimonio y el de los chicos. Margot dormía arriba del todo, en el desván, al que se accedía por una escalera de mano, en un camastro hecho de maderas y paja. A su izquierda, separada tan solo por unos sacos de grano, se almacenaban cestas de frutas, hortalizas de la huerta y patatas esparcidas por el suelo en montones.

Flora y Pedro residían en la granja desde su casamiento quince años atrás, aunque él había vivido allí desde su infancia.

Margot era la cuarta de los cinco hijos del matrimonio. Bueno, lo era en edad pues su verdadero origen era un secreto de familia. Un día siendo bebé la trajeron a casa. La hermana menor de Flora había sido madre con tan solo quince años y no podía hacerse cargo de ella. Margot no lo supo hasta bastantes años después.

Cada mañana la niña veía con envidia partir a sus hermanos hacia la escuela. Previamente la pequeña, con tan solo diez años de edad, madrugaba más que nadie y a las seis de la mañana se levantaba para preparar el almuerzo que los chicos se llevarían.

Custodiados por el mayor de trece años, los tres muchachos recorrían cada día tres kilómetros monte arriba hasta la escuela, situada en un pueblo cercano. Caminaban por una empinada senda recortada sobre el terreno que en días de lluvia era un auténtico barrizal. Regresaban al atardecer.

Los tres chicos se llevaban un año. Pedrito era el mayor, después nació Miguel y un año más tarde llegó Germán. Doce años después vino al mundo la pequeña Teresita.

Lo flacucha y desnutrida que estaba Margot no mermaba en absoluto su energía y buena disposición. En el seno de una familia humilde y con recursos limitados se sentía querida a pesar del trato que a veces recibía. Sus padres daban por hecho su entrega y dedicación a todo lo que le mandaban hacer, cosa que ella aceptaba sin rechistar.

Con sus hermanos era diferente, sobre todo con Pedrito que por ser el mayor se dirigía a ella como si de su sirvienta se tratase, lo cual la sacaba de quicio. Los padres intentaban poner paz entre ellos ensalzando frente a él y sus hermanos las virtudes y el buen hacer de la niña.

Y es que lo suyo era ayudar en casa o en el campo, a su madre en el aseo diario de la vivienda, con el cuidado de la pequeña Teresita e incluso en la limpieza de las cuadras. Era la encargada de dar de comer a los animales y ordeñar la cabra, sin contar los días de matanza en los que no paraban ni para comer. Y en su tiempo libre, si es que le quedaba algo, se acercaba a los campos de cultivo para dar soporte a su padre. Todo esto y mucho más eran su pan de cada día. Por eso desde que trabajaba en casa de doña Constantina, Margot era feliz.

No mucho antes de su nueva ocupación en casa de doña Constantina, Margot le propuso a su padre asistir a la escuela como sus hermanos. El rotundo no que le dio por respuesta la dejó sumida en la más profunda tristeza; aún así trató de convencerlo, insistiendo pero no dio resultado. Recurrió a su hermano mayor para que le enseñase al menos a leer y escribir. De él consiguió tan solo una sonora carcajada y un ruin chantaje.

—Te enseñaré si tú también me das algo a cambio —le respondió Pedrito.

La sometió a toda clase de vejaciones, algunas inocentes y otras no tanto. Todas ellas sin sentido, únicamente con el fin de demostrar quién mandaba sobre ella. Casi cada día en el silencio de la noche, Margot entraba sigilosa en el dormitorio de sus hermanos, se acercaba hasta el lecho de Pedrito y, más tarde, a la luz de una vela, aprendió a juntar las primeras letras. Pedrito la enseñaba cómo hacer.

Los ingresos de la familia eran muy limitados. De sus campos y su pequeña granja obtenían lo más elemental para alimentarse, pero no siempre disponían de recursos suficientes para cubrir otras necesidades. Pedro sacaba al año apenas unas monedas por empleos temporales en el campo o como mozo de caza asistiendo a los cazadores cuando se levantaba la veda. Aquel año había sido peor que los anteriores y los recursos económicos para el mantenimiento de la familia estaban a punto de agotarse. Se había dado mal la cosecha, los conejos habían enfermado y muerto la mitad de ellos, habían perdido varias gallinas a manos del zorro, a pesar de los esfuerzos por ahuyentarlo. Los ataques de la raposa habían terminado con cinco de ellas, las más ponedoras. La caza furtiva de jabalí y perdiz tampoco había contribuido demasiado a reponer su despensa. La familia necesitaba obtener algún dinero para proveerse de cosas difíciles de conseguir por trueque, que era como se manejaban normalmente.

—La pequeña Margot es ya una mujer, podría ir a servir a casa de la familia Moraleda. Ya tiene doce años y así habrá una boca menos en casa y un dinero a cambio de su trabajo —así fue cómo decidió Pedro que Margot dejaría la granja la mayor parte del día.

Cuando lo supe no fui capaz de articular palabra. Yo trabajando para otros y fuera de casa. Me entró miedo, mejor dicho pavor. ¿De quiénes hablaba mi padre? ¿Qué tendré que hacer? ¿Qué significaba eso de servir? Por un momento pensé en mi hermano y lo que me obligaba a hacer a cambio de su ayuda.

Desde que tuve conocimiento de mi inmediato destino no podía conciliar el sueño ni contener las lágrimas, sentía una gran desazón. No obstante, no me atreví a protestar; solo lloraba en silencio sobre todo por las noches al acostarme. El resto del día no tenía ni tiempo para mis pensamientos, mi trabajo en casa seguía al ritmo habitual.

—Mañana domingo has de prepararte para venir conmigo al pueblo, iremos a misa y después nos acercaremos a casa de los Moraleda para que te conozcan —fueron las palabras de mi padre la noche anterior.

Ese domingo Margot se levantó febril, no había pegado ojo en toda la noche.

—¡Vaya cara que te traes! —exclamó su padre al verla—, date prisa que tenemos que irnos.

Mamá intentó consolarme pero yo no sentía nada, ni lágrimas siquiera me quedaban ya.

—Has de ser fuerte, hija mía, te necesitamos, necesitamos ayuda y solo tú puedes dárnosla —se acercó cariñosa y me abrazó. Me preparó con esmero, lavó mi rostro, mis manos y mis cabellos que peinó cuidadosamente en dos trenzas. Me vistió con mi único vestido decente, el que me ponía en ocasiones especiales. Observé que me quedaba algo corto, no me importó. Yo había crecido desde la última vez que me lo había puesto, ya ni recordaba cuándo. Mi estatura era mayor que la de otras chicas de mi edad.

Ese día ella me sirvió el desayuno, un tazón de leche y un mendrugo de pan. Recuerdo que solo bebí la leche. Terminé poniéndome los calcetines altos y mis deterioradas botas que yo misma había limpiado el día anterior, tratando de darles el lustre que por el uso habían perdido.

Mamá me puso una capa sobre los hombros y una bufanda, para combatir el frío. Salimos de casa y enfilamos la pista de tierra que nos llevaría hasta el pueblo, nos tomaría casi una hora llegar hasta allí. Me volví, mamá y los chicos hacían señas con la mano despidiéndose. Ella cubría sus ojos con el mandil. Vi que lloraba.

Mientras caminaba al lado de mi padre lo observé con furia contenida. “Más te valdría frecuentar menos la taberna”, pensé para mí. “¡Yo no tendría que trabajar para otros!”.

Muchas noches lo oía llegar a casa tambaleándose, en más de una ocasión tropezar al subir la escalera y caer estrepitosamente hasta la cocina. Mamá solo era capaz de llorar, era una sufrida y abnegada mujer sometida a aquel hombre de quien se enamoró, cargada de hijos y sin capacidad para imponerse ante él. A la mañana siguiente le veías levantarse y vaguear sin más durante el resto del día. Nosotros, sus hijos, vivíamos acoquinados y siempre temerosos.

Salimos de la iglesia después de asistir a la santa misa, teníamos que parecer otra cosa, diferentes de lo que en realidad éramos. Nunca íbamos a la iglesia ni pronunciábamos en casa una sola oración. El pueblo tendría que hablar de nosotros y además hacerlo bien. Lamentablemente sabían más de lo debido y estaban al tanto de nuestra reputación por las andanzas de mi padre. Los Moraleda eran gente de alto copete y muy bien relacionados, teníamos que causar buena impresión.

Desde el principio me gustaron aquellos señores, sobre todo ella, doña Constantina, parecía exigente pero amable. El señor Moraleda, veterinario de la zona, era más estirado. Mi padre y él se conocían de las cacerías. De entrada nos trató con cierto desprecio.

—Cosas de mi esposa —dijo dirigiéndose a mi padre. Y abandonó la estancia.

Doña Constantina, Constan para todos, observó a Margot con detenimiento. Qué diferente era del resto de su familia. Todos ellos rudos, toscos en sus maneras y algo desaliñados. El padre a pesar de querer mostrarse cuidadoso era torpe hasta con la palabra. Sin embargo ella era una niña, ya casi una mujer, esbelta, de piel clara y sonrosada, de cabello rojizo y verdes ojos. Tan solo una prominente nariz alteraba la armonía de aquella carita. Quizás mas adelante, con los años, aquello que la afeaba tanto podría dotarla de una peculiar nota de personalidad. No obstante, su mirada era limpia, todavía con un ligero halo de inocencia. “Creo que podré manejarla bien”, pensó para sí doña Constantina.

Doña Constantina nos miró animada dirigiéndose a mi padre.

—Puede venir a partir de mañana mismo, si es posible.

Así fue como empecé a trabajar de chica para todo.

Desde la ventana de casa de los Moraleda, Margot miraba hacia fuera y sufría pensando en el recorrido que tenía que hacer para llegar hasta su casa después de terminar el trabajo. Por norma, entraría a las nueve de la mañana y saldría a las ocho de la tarde. Aquel, su primer día, había llegado a media mañana; la señora la había citado a las doce. Miró de nuevo a través de los cristales y comprobó que el tiempo estaba cambiando. Hacía frío, el cielo se estaba oscureciendo, soplaba el viento y amenazaba lluvia, a juzgar por las negras nubes que aparecían por entre las cimas de los montes cercanos.

Por ser su primer día, Constan le había dedicado un buen rato nada más llegar, explicándole esto y aquello. Después, la siguió a todas partes, todo el día vigilante comprobando su modo de hacer.

Si en casa no paraba de trabajar, en la de los Moraleda no sería distinto. Aquella era una casona de espacios infinitos. Tres plantas completas con diversas estancias, todas ellas de amplias dimensiones, un jardín y zona de estar con porche adosado a la puerta de salida al exterior desde el salón. A lo lejos, en un extremo, se perfilaba un cenador y la piscina con sus vestuarios y aseos correspondientes. Dos perros de dudosa raza y un gato que tan solo verme salió disparado a los brazos de su ama.

—¿No tienes otra ropa que ponerte para trabajar? —me preguntó doña Constantina al ver que me había presentado con el mismo vestido del día anterior.

—No tengo otra cosa —le contesté.

Ella me miró frunciendo el ceño y se marchó. Hizo una llamada de teléfono y regresó a mi lado para seguir controlando mi trabajo.

Lo mejor de todo fue la comida que yo misma ayudé a preparar a la cocinera: una crema y una carne de venado. A saber cuánto tiempo hacía que no probaba nada parecido. Mi padre apenas si nos daba algún pedazo cuando mamá cocinaba caza.

Después de comer, doña Constantina se retiró a descansar. Yo permanecí en la cocina recogiendo y limpiando la vajilla. Don Facundo, el señor veterinario, no estaba en casa así que me sentí mejor por ello, su presencia me intimidaba.

Oí roncar en el salón de estar, me asomé sigilosa, de puntillas, era doña Constantina que dormía sentada en un confortable sillón orejero. La observé, no tendría más de cuarenta años, pero aparentaba bastantes más. Era bajita y gruesa, de cara redonda. Por su peso excesivo le costaba caminar a buen paso, pero no por eso me dejaría en paz.

Cuando terminé de hacer mi trabajo en la cocina no supe qué mas hacer. Así que me senté en la sala cerca de ella a esperar, apoyándome en el quicio de una silla sin atreverme a sentarme del todo y me quedé contemplando la estampa que la señora ofrecía. Parecía un saco de patatas tendido sobre el sillón, aunque eso sí, bien vestida, con buena ropa, medias finas y zapatos. Peinaba pulcramente su cabello en un moño bajo, manteniendo así retirados del rostro sus mechones. Pobladas cejas, ojos pequeños y labios finos que movía entre sueños.

Los Moraleda tenían una doncella que los ayudaba en sus cosas más personales. Vivía con ellos en la misma casa, ella entraba y salía a su antojo cuando le venía en gana. No me gustó nada cómo me miró cuando entré y doña Constantina nos presentó.

Eran las siete de la tarde, empezaba a caer la noche y llovía ligeramente. Doña Constantina me miró con cierta pena:

—Chica, me temo que te vas a mojar y bastante. Vete ya si quieres, antes de que empeore el tiempo.

—Gracias, señora —le respondí. Tomé mi abrigo y bufanda y emprendí el regreso a casa.

A pesar de conocer el camino, me encontraba algo desorientada, ya casi había anochecido y no había previsto una lámpara para la vuelta. Las rachas de viento eran fuertes y la lluvia iba en aumento. El camino estaba embarrado y ríos de agua y tierra corrían entre mis pies, pendiente abajo. Llegó la noche, no sabía cómo protegerme, la oscuridad me iba envolviendo.

La niña caminaba despacio tanteando cómo poner el pie a cada paso. Inevitablemente se resbaló no pudiendo mantener el equilibrio, y cayó al suelo llorando desconsolada. No se veía nada. Se incorporó para seguir adelante tratando como pudo de adivinar por dónde discurría el camino. Palpó su ropa, notó que, además de mojada, estaba manchada de barro. Notaba sus pies empapados chapotear dentro de sus botas. La bufanda que había puesto sobre su cabeza para proteger su cabello estaba húmeda y sus trenzas chorreaban agua. Siguió como pudo hasta llegar a un pequeño cobertizo de roca que conocía junto al camino, en el que se refugió. Se acurrucó e intentó entrar en calor con su propio cuerpo.

Se preguntaba si en casa la echarían de menos, pensó que no, en realidad había salido del trabajo antes de la hora y no la esperarían hasta pasadas las nueve de la noche. Entre sollozos y temerosa se quedó medio dormida a esperar que amainase el tiempo.

Una tenue luz la despertó sobresaltándola. Era su hermano Pedrito que llevaba un farolillo, había salido en su búsqueda.

—¿Qué te ha pasado? —le preguntó mientras la zarandeaba con furia—. ¿Por qué te has metido aquí en lugar de seguir hasta casa? Por tu culpa he tenido que venir a buscarte —exclamó malhumorado.

Margot no respondió. De un tirón la levantó y la empujó hasta el camino. La intensidad de la lluvia había mermado bastante aunque las condiciones de la pista eran las mismas. Caminamos en silencio, yo sin poder contener el llanto, escuchando tan solo el rumor de nuestras pisadas sobre el terreno. Media hora después llegaban a casa. Eran las dos de la madrugada.

Me esperaba mamá, me ayudó a quitarme la ropa que puso a secar junto al hogar, tendría que estar lista para el día siguiente. Secó mis cabellos y me preparó una taza de leche caliente.

En mi cama seguí con aquel llanto silencioso que no podía contener. No sé quién me quiere, pensé, creo que nadie. Me sentía desgraciada y sola. Con la obligación de volver al día siguiente a emprender la ruta de una hora hasta casa de los Moraleda. Aunque realmente no había estado tan mal allí. Había comido caliente y alimentos que rara vez probaba en su casa. La señora era amable, a su manera, al menos no me trataba con violencia ni me daba gritos como mis hermanos y mi padre.

Ese pensamiento apaciguó mi estado de ánimo e intenté conciliar el sueño pues ya iba entrando poco a poco en calor. En el silencio de la noche se oía el suave crujir de las vigas del techo y el sonido de la lluvia salpicando el tejado del desván. Me arrebujé entre las mantas y cerré los ojos, respiré hondo. Noté un agradable aroma a fruta, serán manzanas, pensé. Me incorporé y me asomé por encima de las sacas que separaban mi dormitorio del espacio destinado a almacén. Las vi, efectivamente eran manzanas, frescas, casi vivas.

—Recién traídas —susurró Margot.

Por la mañana me levanté muy descansada, había dormido poco pero me sentía bien. Mis hermanos ya se habían ido al colegio, mamá les había preparado su almuerzo.

—Buenos días hija, ¿cómo te encuentras? —dijo mi madre abrazándome cariñosa.

—Bien mamá —le respondí—, es un poco tarde, he de darme prisa —ella asintió y salió en busca de Teresita que en ese momento había empezado a llorar.

Yo misma me preparé el desayuno, me aseé y me vestí. La ropa seguía algo húmeda pero aparentemente no se notaba. Me abrigué todo lo que pude, pues hacía bastante frío y tomé un farolillo de aceite para alumbrar el camino. Todavía no había amanecido del todo y me haría falta también para la vuelta, al atardecer.

Constan miraba el reloj impaciente, pasaban diez minutos de las nueve y Margot no había llegado. Al momento llamaron a la puerta, era ella.

—Has tardado más de lo debido, sabes que has de estar aquí a las nueve —la regañó doña Constan. Sin esperar respuesta la condujo hasta la pequeña habitación de servicio. —¡Aquí tienes un uniforme, te lo pondrás para trabajar, ya puedes cambiarte y rápido!

Cuando se quedó sola Margot observo feliz aquella ropa, era una bata azul abotonada por delante con un delantal del mismo color. También había un par de medias oscuras y unos zapatos que le quedaban grandes pero que se puso igualmente, no quería perderlos, no diría nada. Se vistió y salió dispuesta a iniciar el trabajo de cada día. Doña Constan la esperaba fuera. La observó. “¡Qué maravilla!”, pensó. “¡Qué transformación!”, parece otra y no con esos trapajos que traía. Se sintió satisfecha.

—Vamos, Margot, hoy…

Margot la dejó hablar mientras la seguía; oía pero no escuchaba lo que decía la señora. Margot no hacía caso, solo tenía ojos y pensamientos para sí misma. Se miraba la ropa, palpaba la textura suave y el apresto de la tela nueva sin gastar. Miraba sus zapatos, sin duda mejores que sus horribles botas. Sus ojos brillaron de alegría.

Los Moraleda

Se conocieron en la parroquia de San Hermenegildo. Eran asiduos a los encuentros que don Rogelio, el párroco, celebraba cada mes. Constan era entonces una atractiva muchacha, menuda y de expresión vivaz, dicharachera y parlanchina. Se prendó de él nada más verlo o mejor dicho, nada más escucharlo. Facundo era uruguayo, hijo de emigrantes asturianos afincados en tierras de Latinoamérica. A los dieciocho años viajó desde allí a España para estudiar veterinaria. Facundo se trasladó a esta pequeña ciudad de provincia donde conoció a Constan y en la que residió durante varios años mientras cursaba sus estudios universitarios.

A Constan le cautivó su porte y su especial manera de hablar, su grave tono cantarín y dulzón al más puro estilo uruguayo. De ella, a Facundo le sedujo su personalidad, su cultura y la chispeante expresión de sus ojos, pequeños pero de un atractivo poco común.

Festejaron, como se dice por aquí, poco tiempo, yo diría que su noviazgo duró escasamente un año. Se casaron jóvenes, no sé si les dio tiempo a conocerse suficientemente bien. El trabajo de Facundo los indujo a contraer matrimonio antes de lo esperado. Un destino como veterinario los llevaría lejos de su ciudad. Durante los primeros años de vida en común se vieron obligados a recorrer diferentes puntos de la península, hasta llegar a nuestro pueblo hace ya unos diez años, y aquí se quedaron, con sus hijos: Vicente y Lorenzo.

Se asentaron de manera definitiva entre nosotros y se rodearon de todo tipo de comodidades. Adquirieron un más que extenso terreno en la parte baja del valle, junto al pueblo. Se construyeron una bonita casa, ¡y a vivir! Constan se relacionaba bien con todos, aunque eso sí, elegía cuidadosamente sus amistades, a condición de que perteneciesen a las fuerzas vivas del pueblo o se codeasen con ellas. La primera fue Rita, la farmacéutica, una mujer soltera que regentaba la botica siguiendo la tradición familiar. De carácter reservado, congenió muy bien con Constan, yo diría que Rita hasta agradeció su llegada. También trabó amistad con otras, como Carmela, la esposa del médico, una mujer culta y refinada de carácter afable y divertido.

Facundo atendía profesionalmente las necesidades de la comarca y visitaba las fincas y granjas de los lugareños, tanto si le reclamaban para consulta como si no. Le gustaba cuidar sus relaciones, siempre contemporizando y dando coba a los pastores y ganaderos con tal de sacar alguna ventaja. Conversaba con ellos sin descanso, su palabrería les embelesaba sin condiciones.

Facundo tenía su propio modo de hacer de veterinario en cuanto al seguimiento y mantenimiento de las especies a su cuidado. Era asiduo consultor en cacerías donde certificaba o no la salud de la caza cobrando generosamente por sus servicios en dinero y en piezas sanas. Le iba muy bien allí, con su trabajo y sus negocios se estaba enriqueciendo ante los asombrados ojos de sus vecinos.

Se dudaba de su capacidad e intenciones ya que, por una cosa o por otra, cada mes algún animal enfermaba gravemente y moría. Antes de eso cuando se detectaba alguna anomalía, llamaban a Facundo que daba su diagnóstico y el tratamiento adecuado, sin impedir a los lugareños aplicar primero remedios caseros a gusto de su dueño. Cuando la dolencia había llegado casi al límite de gravedad Facundo intervenía y los medicaba, yo creo que hasta enfermarlos de verdad. Algunos de ellos eran sacrificados sin remedio ante el estupor del propietario, quien se sentía en parte culpable del resultado.

Facundo se ofrecía gentilmente y sin cargo adicional a trasladar los restos de los animales al lugar reglamentario, en una camioneta que tenía preparada a tal efecto. Pero su destino era otro. Al parecer tenía pactado con varios tratantes de ganado la entrega clandestina de piezas a precio ventajoso, para su venta en los mercados al por mayor. Lo mismo hacía con la caza u otras mercancías que obtenía gratuitamente.

Se enriquecía, ¡vaya que sí!, a base de cosas como esta y de otras que no conoceríamos bien jamás. Aun así fue capaz de mantener intacta su reputación durante mucho tiempo. Algo se sospechaba pero nadie se atrevía a abrir la boca.

No obstante, el enrarecido ambiente que se iba creando a su alrededor no pasó desapercibido para don Facundo por lo que hábilmente trazó un meticuloso plan con el fin de neutralizar las malas lenguas. Entre otras cosas cambió de actitud y redujo la frecuencia de sus estafas, hacerlo en su totalidad hubiera sido sospechoso.

Además, puso en marcha algunas prácticas altruistas actuando como benefactor en la comarca. Ofreció donaciones a la municipalidad y durante dos años costeó las fiestas de la patrona. Hasta invitó a todos los vecinos con motivo de la llegada de la primavera a una gran comida y festejo campestres, celebración que quedó instaurada en el pueblo para siempre.

Aquel día de primavera bajaron del monte mis padres y mis hermanos. Yo trabajé más que nunca, al fin y al cabo era parte de mi jornada laboral, pero me divertí mucho. Doña Constan y don Facundo disfrutaron con todos y con sus hijos, que también se habían sumado al festejo. Ambos fueron vitoreados y agasajados. A la mañana siguiente una romería de mujeres se acercó hasta casa de los Moraleda portando frutas y hortalizas de sus huertos en señal de agradecimiento.

Los hijos no residían con regularidad en el pueblo, estudiaban fuera, en la capital, así que yo en pocas ocasiones coincidía con ellos en la casa. Lorenzo era un manojo de nervios, simpático y arrogante. Me miraba siempre con picardía. Las chicas iban locas tras él durante las temporadas que pasaba en el pueblo por vacaciones.

Vicente, un año mayor que Lorenzo, era todo lo contrario, callado, tímido y retraído. Muy estudioso e inteligente. Se pasaba el día leyendo, consultando libros y documentación que se traía al pueblo para dedicarles tiempo durante la estancia en casa de sus padres.

Vicente me caía muy bien. Me gustaba observarlo, tan delgado y larguirucho, con ese flequillo que casi le cubría los ojos, ocultos detrás de unas gruesas gafas que necesitaba para ver. Pero era guapo, con el tiempo seguro que mejorará, me decía a mí misma. Cuando estaba en la casa yo le hacía rabiar a mi manera, él se protegía casi siempre haciendo oídos sordos a mis insinuaciones. En algún momento pediré que me enseñe a mejorar mi lectura y saber de cuentas.

El inicio del verano fue maravilloso para Margot. Cada mañana madrugaba, desayunaba, se vestía y salía en dirección a su trabajo. Con el buen tiempo la caminata desde su casa hasta el pueblo se había convertido en un autentico placer, estaba deseando que llegase la hora de partir para disfrutar del paseo. Todavía el calor no apretaba demasiado durante el día y las mañanas eran frescas. Desde muy temprano había luz y ya no necesitaba de farolillo como en invierno.

Aquel día Margot se sentía especialmente feliz, rebosante. “Ya está Vicente en casa”, pensó ilusionada. “¡Hoy lo veré!”. Caminaba a buen paso, quería llegar cuanto antes.

Solía entretenerse por el camino observando cada cosa a su alrededor, los árboles, la hierba o los matorrales. Los veía crecer y espesarse con el paso del tiempo. Aquel día más inspirada que otros, le pareció descubrir nuevas hojas y la aparición de flores silvestres que no estaban el día anterior. Margot miró al horizonte y respiró hondo reteniendo para sí los aromas de la hierba todavía cubierta por el rocío de la mañana y atrapando con sus ojos el tornasolado color de los campos de cultivo que se divisaban a lo lejos. Desde el camino se perfilaban las primeras casas del pueblo y las tapias del monasterio por cuyo lado pasaba Margot todos los días.

Su pensamiento voló a casa de los Moraleda. Se había arreglado algo más de lo habitual. Llevaba su vestido nuevo, uno de los que le había comprado doña Constan. No se lo ponía casi nunca pero aquel día quería estar más guapa. Vicente habrá llegado ayer por la noche para pasar las vacaciones. ¡Tengo ganas de verlo!

Daban las nueve cuando llegó hasta la puerta de entrada. Estaba nerviosa y emocionada. Hoy pediré que me enseñe a mejorar mis conocimientos, ya lo hablé con su madre aunque cuando se lo dije, ella ni me contestó. Espero que acepten.

La doncella le abrió la puerta. En la casa todo estaba en calma, silenciosa y demasiado tranquila, más que de costumbre. Doña Constan salió a su encuentro algo desaliñada, en bata. Me hablaba mientras se ajustaba el cinturón, se acababa de levantar.

—Margot, ve primero a la cocina por si hay algo que recoger y después al jardín. Repasa las estancias de fuera y límpialas a fondo. No entres hasta que te avise para que puedas continuar con la casa, los chicos duermen todavía.

Me cambié de ropa y me puse a trabajar. ¡Ya no me vería Vicente tan guapa como había llegado!

Hasta las doce no terminé mi tarea en el jardín, el cenador y la piscina. Acabé deslomada. Cuando estaba recogiendo las últimas cosas apareció Vicente a mi lado, no me había dado cuenta de que llegaba.

—¿Cómo estás, Margot?, ¿has tenido buen invierno? —me preguntó mientras se retiraba tímidamente el flequillo con su mano izquierda. Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y empezó a dar vueltas por la hierba arrastrando los pies y levantando algunas hojas que habían quedado por el suelo—. Dice mi madre que estás interesada en mejorar tus conocimientos.

—Sí —le dije—. Bueno, en realidad quiero mejorar lectura y escritura y saber de cuentas, ¿podrías enseñarme algo de cuentas también? —al oírme se echó a reír.

—¿Qué es eso de cuentas? ¡Será cálculo o matemáticas!

Me sentí avergonzada por sus comentarios, bajé los ojos y no supe qué decir.

—Cuando entres en casa ven a mi cuarto y hablamos.

Lo vi alejarse con las manos en los bolsillos del pantalón. Varias veces volvió la cabeza hacia mí, conteniendo la risa.

Cada tarde después de comer, Vicente me dedicada una hora. Al final del verano conseguí leer de corrido mis primeros libros. Lecturas sencillas que me prestó; las había a montones en la biblioteca de su sala de estar. Escribir fue complicado pues, aunque ya tenía algunos conocimientos, debía necesariamente mejorar mi ortografía. El cálculo nos tomó más sesiones, pero al menos conseguí dominar las sumas y las restas.

Después de aquellos dos meses, nuestra relación se estrechó de manera significativa. Aunque nuestras familias fuesen tan dispares teníamos una edad más que buena para congeniar. Yo me sentía muy a gusto a su lado y creo que él también lo estaba conmigo. Para mí su tiempo y dedicación eran muy importantes pues a mis trece años nadie me hacía caso ni me prestaba atención y sin embargo él lo hacía. Los dos años de diferencia entre ambos y sus conocimientos le posicionaban de manera muy especial ante mis ojos, tanto como para enamorarme de él que es lo que me pasó. Muchas veces, en vez de trabajar con la lectura nos contábamos nuestras cosas. Sobre todo él, pues mi vida era más bien rutinaria y cargada de miseria, aun así no se perdía nada de lo que yo le contaba. Su vida estaba rodeada de descubrimientos que él hacía a través de los libros, de sus vivencias en la ciudad y de lo que aprendía en el instituto donde estudiaba. Sabía mucho de todo, sobre el mundo y la naturaleza, sobre los animales y las plantas. Me encantaba oír lo que decía y cómo lo decía. Estudiaría para agrónomo, era su vocación. Al menos esa era su intención en aquellos días.

Doña Constan nos miraba a veces, sospechando de nuestra relación y sana complicidad. Se notaba que no le gustaba mucho, estaba deseando que empezasen las clases y los chicos marchasen de nuevo.

Eran las ocho de la tarde, mi jornada de trabajo había terminado. Me cambié y salí de vuelta a casa.

Margot, con la mirada triste y desencajada caminaba despacio sin apenas levantar los ojos del suelo. Vicente se había ido el día anterior “¡No se ha despedido! ¡No me ha dejado ni una simple nota! ¡No significo nada para él! Tengo que sobreponerme”, pensó. “No debo dejar que esto amargue mis días. ¡Pronto volverá!”.

 

 

 

 

 

Aquel otoño

 

 

 

Yo era otra, ¡sí! Desde que trabajaba en casa de los Moraleda, me había convertido en otra persona, me sentía distinta.

Habían transcurrido tres años y Margot, cumplidos los dieciséis, había conseguido romper con sus pesadas tareas en casa, ya no tenía que preparar el desayuno a sus hermanos, ni cuidar de los animales, ni hacer otras muchas cosas más, como antes. Nadie me lo pedía. Me miraban como a una extraña ante el cambio que se iba experimentando en mí, en mi forma de vestir, en mi manera de hablar… Eso sí, seguía ayudando a su madre en las tareas de casa pero de manera esporádica.

Lo que más le gustaba era estar con Teresita. Ya con seis años era toda una personita. Margot y ella charlaban sin parar, jugaban al escondite y, con el buen tiempo, los domingos, corrían juntas por las eras. Me contaba cosas del colegio y muchas veces juntas leíamos algún cuento que yo me traía de casa de los Moraleda. Mis hermanos habían crecido embrutecidos por su propia naturaleza. Pedrito estaba empleado en el taller de mecánica de la gasolinera y los otros dos trabajaban en el campo con papá.

Me había habituado fácilmente a la casa de doña Constan. Cada día era más rápida en terminar mis tareas y en mi tiempo sobrante a veces la misma Constan me invitaba a estar con ella en la sala.

—Ven, Margot, siéntate a mi lado —decía y, mientras tejía alguna labor, me contaba cosas de su familia, de sus padres y de sus tres hermanos, todos ellos varones. Por ello se había sentido siempre muy aislada entre tanto chico. El hecho de ser mujer la situaba en desigualdad frente a ellos—. Me querían en casa y a mis labores —se lamentaba.

No obstante, acabó imponiéndose y consiguió estudiar una carrera universitaria, Filosofía y Letras, quería ser maestra pero hasta entonces no había llegado a ejercer. De ahí le venía su gran afición a la lectura y su actitud positiva hacia mí cuando mostré interés por adquirir conocimientos, aunque se tratase de los más elementales.

Con el tiempo nuestra relación fue haciéndose cada vez más fuerte. Yo cuidaba de ella y ella de mí. Las dos estábamos solas, al menos así me pareció. En mi caso estaba claro y en cuanto a ella don Facundo pasaba la mayor parte del día fuera de casa.

Me dedicaba su tiempo y se preocupaba de mis cosas mejor que nadie. Me prestaba libros de su biblioteca, que ella misma elegía.

—No lo abras, espera —me decía—, te cuento algo antes de que empieces a leerlo.

Así, previamente me hablaba del autor, de su personalidad y de su vida. De cómo el escritor había descubierto su vocación, sus primeras dificultades en el oficio, o cómo había llegado a ser conocido en el mundo entero. Gracias a ella leí a los clásicos.

—Estos son los primeros que has de leer —me decía— más adelante habrá otros, has de ir poco a poco y ordenadamente —insistía levantando su mano con autoridad.

Una vez lo había leído me hacía preguntas, se afanaba por comprobar si lo había entendido y si me había llegado el mensaje que el autor pretendía. Juntas comentábamos, desbrozábamos y repasábamos los textos. Llegué a aficionarme tanto que cualquier momento y lugar me parecían buenos para reanudar la lectura que en ese momento llevase entre manos.

También aprendí a cocinar, recetas caseras que Marisa, la cocinera de casa de los Moraleda, me enseñó. Me gustaba hacer prácticas con mi familia los domingos, cocinando para ellos.

Después de tres años me sentía formar parte de algo, quizás parte de una familia aunque no fuese la mía. Era feliz al notar que por fin representaba algo para alguien. En casa el clima seguía siendo inhóspito y doloroso para mí. Sin pretenderlo, cada día me encontraba más lejos de todos ellos. Tan solo con mamá y Teresita seguía manteniendo la misma relación. Mis hermanos me miraban con envidia, sobre todo Pedrito que no podía soportar mi evidente transformación.

 

Con los años Margot había madurado, mejorado sus modales y su forma de expresarse. Destacaba por su esbeltez y sencilla personalidad. Iba siempre pulcramente vestida, su rojizo cabello, limpio y brillante, y en sus ojos un contagioso brillo entusiasta, para quien lo quisiera compartir.