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Si había un jefe en el mundo al que Marcie MacLean no quería volver a ver, ese era Jake Campbell. Cinco años antes la había despedido por un error que ella no había cometido. Tenía que volver a trabajar con él durante un mes y Campbell estaba más insoportable que nunca. Jake siempre había creído que Marcie estuvo a punto de arruinarlo. Sin embargo, poco a poco, empezó a pensar que quizá había sido muy duro con ella. Además, seguía haciendo estragos en sus hormonas..., pero era su ayudante y existían unas normas que había que respetar. Salvo si se casaban…
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Seitenzahl: 178
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Judy & Pamela Kaye & Bauer
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Educando a su jefe, n.º 1600 - abril 2020
Título original: Taming The Boss
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-156-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
TENGO un trabajo perfecto para ti.
Marcie MacLean se sentó enfrente de la mujer que no solo había sido su jefa durante los últimos cinco años sino también su mentora.
–Eso es lo que quería oír.
Sandra O’Neill, siempre tan sofisticada y tranquila, miró a Marcie por encima de sus exclusivas gafas.
–Tengo un cliente que está desesperado.
–¿Hay alguno que no lo esté? –bromeó Marcie.
–Este trabajo es así, y nos viene muy bien que lo estén –Marcie sabía que A Su Servicio Temporal era un negocio próspero. Sandra había tenido que trabajar mucho para conseguir ganarse el prestigio de facilitar los mejores profesionales para trabajos temporales. Y a Marcie le parecía que tenía mucha suerte por ser una de sus empleadas–. No te puedes imaginar lo que me alegré cuando me dijiste que querías trabajar esta semana. Ya sé que necesitabas algún tiempo para desembalar tus cosas, pero esta es una cuenta nueva y quiero mandar a mi mejor empleada.
–Menos mal que llamé.
Marcie no había tenido intención de ir a trabajar ese día. Ella y su hermana se acababan de mudar a un apartamento nuevo y seguían viviendo entre cajas. Pero aunque le habría encantado poder dedicar algo de tiempo a instalarse, tenía muchas facturas que pagar, entre otras algunos gastos inesperados de la mudanza. No podía permitirse el lujo de tomarse unos días libres, al menos por el momento.
–Desde luego –Sandra la miró con una sonrisa–. Hay otro motivo por el que quiero que hagas este trabajo. Es un cliente nuevo y, cuando llamó, le prometí que le ofrecería un servicio excepcional. Por desgracia, la primera persona que le mandé no le gustó, pero me ha dado una segunda oportunidad y tienes que lucirte.
–Haré todo lo que esté en mi mano –dijo Marcie con aplomo–. Pero no puedo creer que te equivocaras con la persona que mandaste. Tienes un talento especial para saber quién es el más adecuado para cada trabajo.
–Normalmente puedo permitirme elegir, pero en estos momentos hay verdadera escasez de trabajadores disponibles. Tú eres la única preparada para esta tarea. En realidad tienes más preparación de la necesaria.
–¿Es un trabajo de secretaría?
–Administrativo –rebuscó entre un montón de cartas hasta que encontró la que buscaba–. Buscan a alguien para trabajar con el consejero delegado. Veamos… –ojeó la carta y enumeró las tareas–: Ayudar a los operadores y analistas a llevar los documentos legales; preparar y distribuir informes financieros; suministrar apoyo administrativo… –miró a Marcie–, nada que no puedas hacer. Además, es un empleo de remuneración máxima y si haces el trabajo completo, recibirás una bonificación especial. Al parecer ya han pasado por allí cinco trabajadores temporales.
–¿Cinco?
Sandra asintió con la cabeza.
–Afortunadamente solo uno de esta agencia. Así que comprenderás la importancia que tiene que les demuestres que esta agencia no es como las demás. Debo avisarte de que es un trabajo difícil. El consejero delegado con el que vas a trabajar tiene fama de ser un hueso duro de roer.
Marcie se rio.
–Me imagino que si han pasado cinco personas en cinco días, será por algo. Si me pagan bien, puedo aguantar al hombre más insoportable, siempre que sea solo por una temporada. Ya sabes que el trabajo no me asusta.
–No hace falta que me lo recuerdes –Sandra miró el reloj–. Quieren que estés allí lo antes posible, así que he llamado un taxi –levantó las manos antes de que Marcie se quejara–. No te preocupes, lo paga el cliente –Marcie respiró tranquila. Normalmente iba en autobús porque no podía permitirse tomar taxis. Sandra le pasó una ficha–. Aquí tienes el nombre y la dirección del cliente. Tienes que presentarte a Jake Campbell.
–¿Jake Campbell? –repitió Marcie con un nudo en la garganta.
Sandra miró la ficha.
–Sí, es el consejero delegado de la empresa. No te preocupará lo que te he dicho de él, ¿verdad?
–No –contestó rápidamente.
Tenía el pulso alterado. No podía ser el mismo Jake Campbell que ella conocía. Tenía que ser una coincidencia. Campbell es un apellido bastante corriente y aquel Jake Campbell trabajaba en otra empresa. Pero lo que había dicho Sandra sobre «un hueso duro de roer» le parecía sospechoso. El Jake Campbell que ella había conocido era muy duro de roer.
–Ha llegado el taxi –dijo la recepcionista asomándose al despacho de Sandra.
–¿Conoces al tal Jake Campbell? –preguntó Marcie mientras Sandra le acercaba el abrigo.
–No personalmente, pero he hablado con él por teléfono. No te preocupes, Marcie. En todo el tiempo que llevas conmigo solo he oído alabanzas de tu trabajo. Puedes tratar con peces gordos.
Marcie no estaba muy segura, dependía de los peces que hubiese en la pecera. Hubo una vez en que casi la devora un jefe tiburón. Todavía temblaba al recordar la humillación por la que había tenido que pasar… sobre todo porque aquel hombre tenía el mismo nombre que aparecía en la ficha.
Mientras iba en el taxi, se intentaba convencer de que no podía ser el mismo hombre. Aquella empresa era muy pequeña y esta era una de las sociedades de inversión más grandes del país. Un hombre tan insoportable no podía ser consejero delegado de una empresa tan prestigiosa. Si lo era, el trabajo iba a ser mucho más difícil de lo que había previsto Sandra. El último hombre al que ayudaría en asuntos económicos era al que la había echado de su trabajo cinco años atrás.
Jake Campbell buscaba en su mesa el billete de avión para acudir a un seminario sobre impuestos en Chicago. No aparecía. Estaba desesperado. Y además, no tenía ayudante. La eficiente Brenda había actuado impulsivamente por una vez en su vida. Estaba tomando piña colada en una playa a la que llamaba su paraíso de luna de miel. Lo que para ella era un placer para él era una tortura. Se pasó la mano por la cabeza, descolgó el teléfono y llamó a Sandra O’Neill.
–Soy Jake Campbell. Todavía no ha llegado su empleado. Dijo que esta vez mandaría a uno de confianza.
–Está de camino –contestó Sandra con tranquilidad.
–¿Piensa tardar un siglo?
Sandra suspiró.
–Comprendo que la falta de personal es un problema, pero si no gruñera…
–No gruño. Y tengo derecho a esperar que alguien a quien pago un buen salario sea competente –dijo con otro tono.
–Naturalmente, y por eso le mando a nuestra mejor profesional.
–Si no lo es, tendré que ir a Bahamas a recuperar a mi ayudante de toda la vida, aunque esté de luna de miel –dijo sarcásticamente.
Sandra se rio al otro lado del teléfono.
–¿Debo avisar a esa mujer de que su jefe está dispuesto a terminar con su luna de miel?
–No creo que haya dado a nadie el número de teléfono de su hotel.
–Desde luego, si es inteligente, no lo habrá dado.
Jake se hundió en su butaca y suspiró.
–No me puedo creer que se haya ido. Siempre ha antepuesto el trabajo. No es su estilo salir corriendo de repente.
Sandra se volvió a reír.
–Es la fuerza del amor. Hace que la gente se comporte de la forma más extraña. Volverá cuando termine la luna de miel.
–Más vale. No creo que conserve la salud mental si tengo que conformarme con un trabajador temporal durante mucho tiempo.
–Créame, esta le gustará. Tiene las mejores referencias.
–Le doy una oportunidad porque, según usted, la suya es la mejor agencia de la ciudad.
–Y lo es. Ya lo comprobará.
Jake colgó y miró el correo sin responder que se apilaba sobre su mesa. Lo agarró, lo sacó de su oficina y lo tiró encima de la mesa de Brenda.
Se sirvió una taza de café. Lo probó e hizo una mueca. ¿Habría algún trabajador temporal que además de hacer eficientemente su trabajo supiera hacer café? Esperaba que sí, porque no tenía tiempo para ir a Bahamas.
–El departamento financiero está en la segunda planta –le dijo el guarda de seguridad a Marcie mientras tomaba sus datos–. Verá la recepción cuando salga del ascensor.
–Gracias.
Marcie firmó, se puso en la solapa la tarjeta de visitante y subió al segundo piso, donde un enjambre de empleados trabajaba frenéticamente. La tensión de sus caras coincidía con su ánimo.
–Un momento, por favor –le dijo la recepcionista. Después de unos segundos, miró a Marcie–. Al final del pasillo –dijo.
Marcie se dirigió hacia una mesa donde se sentaba una mujer vestida de rojo, toda ella tan arreglada como sus largas uñas. Hablando con ella, había un hombre calvo con un lápiz detrás de la oreja que, al ver a Marcie, le ofreció la mano.
–Soy Fred Hanson. Y esta es Alicia Crosby.
–Yo soy Marcie MacLean, de A su Servicio Temporal.
–Bienvenida –dijo la mujer del vestido rojo con una amable sonrisa–. Este es el departamento financiero.
–Estupendo –contestó Marcie. Con una rápida mirada comprobó que no había mesas libres–. Si me dice dónde puedo colgar el abrigo y cuál es mi mesa, empezaré en este momento.
–No, usted no está aquí fuera. Su despacho está en la SE.
–¿SE? –Marcie levantó una ceja.
–Sección ejecutiva –Alicia señaló con una uña perfecta una parte de la oficina separada por unas mamparas de cristal.
–¡Ah!, entiendo –Marcie intentaba parecer jovial, pero, a medida que se acercaba el momento de encontrarse con Jake Campbell, se sentía cada vez más nerviosa.
–Hay un poco de barullo. No sé si te lo han explicado, pero el motivo por el que buscan a alguien es que la ayudante de Jake se ha escapado para casarse –le contó Fred Hanson.
–Ya, se fue sin avisar. Se levantó y se fue. Por lo que su jefe no está de muy buen humor, ¿verdad?
–Veo que lo has entendido –dijo Fred con una sonrisa compasiva–. Si te ladra, intenta no tomártelo como algo personal.
–¡Fred!, la vas a asustar –dijo Alicia con un chasquido de la lengua. Intentó tranquilizar a Marcie–: Es verdad que no está muy contento con la situación, pero en el fondo es un tipo correcto. Si eres eficiente, todo irá sobre ruedas.
Marcie tuvo la impresión de que Fred iba a rebatir a Alicia, pero que se arrepintió en el último instante.
–Os agradezco las advertencias, pero como ya llego tarde, ¿podría alguno de vosotros presentarme?
Ninguno parecía muy dispuesto a hacerlo, pero al final Alicia se prestó.
Marcie la siguió a través de un laberinto de mesas y ordenadores hasta lo que Alicia llamó «el sancta sanctorum». Una vez dentro, todo era brillante y luminoso, la luz entraba a través de unos ventanales enormes que ofrecían una vista preciosa del parque. Tenía todos los servicios imaginables, hasta una pequeña cocina.
Alicia se quedó con el abrigo de Marcie y esta se sentó en una mesa. Había montones de cartas sin abrir y de memorándums.
–Lleva fuera casi una semana –dijo Alicia–. Jake pensaba que volvería por estas fechas, pero… Ven, te presentaré al que será tu jefe durante un tiempo –Alicia llamó a una impresionante puerta de madera, pero no hubo respuesta–. Parece que no está. ¿Por qué no te vas familiarizando con todo mientras yo lo busco?
Marcie asintió con la cabeza. Fue a la cocina, metió la comida en la nevera e hizo un poco de café. En ese momento notó que le empezaba a doler la cabeza y sacó del bolso un frasco de analgésicos. Cuando fue a abrirlo la tapa se cayó debajo de la nevera.
Marcie se puso a gatas para buscar la tapa y, cuando se hallaba en esa posición, oyó que se abría la puerta. Vio un par de zapatos de cuero lustrosos, unos pantalones perfectamente planchados y una chaqueta que cubría una camisa blanca inmaculada y una corbata.
A continuación, vio la cara y tuvo que reprimir un grito. Tenía los ojos entreabiertos, estaba concentrado en un informe y deambulaba por la habitación, pero era inconfundible.
Los peores temores de Marcie se habían hecho realidad. Era Jake Campbell. El responsable de que no aprobara aquel curso en el instituto. El que la había tratado como a una idiota en lugar de como a una becaria. El que la había despedido hacía cinco años.
Quería desaparecer debajo de la nevera, cualquier cosa antes de que la viera en esa situación, pero era demasiado tarde.
–¿Ha perdido algo? –preguntó con el ceño fruncido.
Se levantó despacio, se limpió las manos en la falda y lo miró.
–Llegué hace unos minutos. Me iba a tomar una aspirina cuando la tapa… –no pudo seguir al ver la cara que la observaba. Era una mezcla de cautela e impaciencia.
–¿No la conozco? –dijo con voz acusadora.
–En realidad, sí nos conocemos. Soy Marcie MacLean –contestó mientras le alargaba la mano.
–¿Marcie MacLean? –la miraba como a un bicho en un microscopio.
–Estuve de becaria en Davis & Mayers. Usted era uno de los analistas financieros… –dijo de un tirón con la confianza de que la memoria le fallara por un momento.
De repente, cualquier esperanza de que eso ocurriera se desvaneció.
–¿Qué está haciendo en el despacho de mi ayudante? –dijo con un tono autoritario.
Lo normal habría sido acobardarse ante una mirada tan penetrante, pero Marcie levantó la cabeza dispuesta a que no la intimidara.
–Soy la nueva. Creo que necesita una ayudante.
–¿La ha mandado Sandra O’Neill? –la incredulidad estaba dibujada en su rostro.
–Sí –el corazón le dio un vuelco a Marcie al mirar a ese hombre moreno y atractivo que la observaba desde las alturas. Su metro sesenta de estatura parecía ridículo frente al metro noventa de él. Intentó no encogerse ante sus ojos verdes, pero era difícil mantener la compostura cuando la estaba mirando de arriba abajo como a un mueble nuevo pero defectuoso–. Me han dicho que necesita urgentemente una ayuda temporal…, si me dice por dónde empiezo…
Él seguía mirándola.
–Ha habido un error. Yo he solicitado el mejor ayudante administrativo con experiencia financiera que tuviese Sandra.
–Yo soy esa persona –Marcie sonrío tímidamente.
–¿Usted? –dejó escapar una risa burlona–. Si usted es lo mejor que puede ofrecer Sandra, entonces me parece que su negocio tiene un problema muy grave.
–¿Cómo dice? –Marcie respiró hondo para evitar estallar de ira–. Si lee mis referencias, comprobará lo que digo.
–No necesito sus referencias. ¿O se ha olvidado de que he padecido su incompetencia en mis propias carnes?
Aquellas palabras la hirieron. Era verdad que había cometido algunos errores cuando estaba de becaria en su oficina, pero no era incompetente. Sí, era joven e inexperta, pero también se le acumulaban las obligaciones. Además de ir al instituto y trabajar como becaria, tenía otros dos trabajos para poder mantener a su hermana menor.
–He adquirido mucha experiencia y formación desde que trabajé para usted –dijo tranquilamente, y enumeró algunas de sus referencias.
Él la hizo callar con una mirada heladora.
–No puede esperar sinceramente que la contrate después de lo que ocurrió la última vez que trabajó para mí. Señorita MacLean, usted no es la persona que necesito para este trabajo. No se moleste en instalarse, no se va a quedar –se dirigió hacia su despacho.
–Pero necesita ayuda –dijo ella mientras lo seguía.
–No de usted –entró en su despacho y cerró con un portazo.
Marcie se quedó paralizada. La estaban condenando antes de poder demostrar lo que valía. No tenía ningún interés en trabajar para un hombre tan intratable, todavía recordaba cómo la había reprendido delante de toda la oficina. No había tenido compasión. En esa época, Marcie pensaba que ningún becario habría soportado un trato así. Desde el día en que entró en su despacho para decirle que había atascado la fotocopiadora, Campbell siempre buscaba motivos para criticarla.
Trabajar para Jake había sido su peor pesadilla, que terminó el día en que entró en el departamento de personal y recibió un informe por escrito de su rendimiento como becaria. No puedo recomendar que termine su periodo como becaria. Debe abandonar su puesto, decía el informe.
Se quedó mirando la puerta. Estaba tentada de darse media vuelta y no volver a saber nada más de Jake Campbell. Sin embargo, algo la detuvo. No podía dejar mal a Sandra. Era la única persona que había confiado en ella. Tampoco podía permitirse el lujo de renunciar a un trabajo tan bien pagado como ese. Pero sobre todo, quería demostrarle que no era la irresponsable que él pensaba. Hacía cinco años la había despedido por uso indebido del correo electrónico de la oficina. Ella consintió que la culparan de eso porque creía que no tenía posibilidades de defenderse. Pero ya no era una joven inexperta. Después de tanto tiempo creía que ya no le importaba la opinión que tuviese ese hombre de ella, pero no era así. Para ella era importante demostrarle que se había equivocado.
Llamó a la puerta y entró.
–Señor Campbell, me gustaría hablar con usted.
Pareció sorprendido al verla entrar, pero, para alivio de Marcie, no la expulsó.
Se había quitado la chaqueta y estaba sentado detrás de una mesa de caoba enorme. A juzgar por la caída de su camisa, se podía decir que seguía yendo al gimnasio habitualmente. Intentó concentrarse en sus ojos mientras le hablaba.
–Sé que hace cinco años cometí algunos errores y lo siento. Pero eso ocurrió hace mucho tiempo. Era joven y sin experiencia. Si mira mi currículum, comprobará que estoy preparada para hacer el trabajo que necesita.
–Es posible, pero me temo que no voy a hacerlo –dijo con intransigencia–. Reconozco que Sandra O’Neill sabe lo que hace y lo hace muy bien, pero no puedo olvidar su comportamiento en el otro trabajo. No fueron simples errores. Desobedeció una norma muy importante de la empresa. Como dice el refrán, «aunque la mona se vista de seda…» bueno, digamos que no creo que vaya a funcionar.
Marcie tragó saliva y con ella toda la ira que rebosaba.
–Puedo hacer este trabajo, señor Campbell. Si lo duda solo tiene que comprobar cualquiera de mis referencias. ¿No cree que cinco años de trabajo bien hecho me dan derecho a una segunda oportunidad?
–Puede ser, pero voy a llamar a Sandra para que me mande a otra persona.
–Hágalo, pero le va a contestar que no tiene a nadie disponible.
–¿Qué quiere decir? A su Servicio Temporal es una empresa de trabajos temporales.
–Sí, pero hay escasez de trabajadores. En estos momentos, todos los empleados con preparación están asignados –no quería parecer arrogante y sabía que se había equivocado.
–Existen otras agencias.
–Creo que casi ha agotado la lista –dijo Marcie descaradamente, sin poder resistirse a la tentación de recordarle que ya había probado a otros cinco trabajadores–. Además, mientras hace la solicitud y le encuentran a la persona adecuada, habrá pasado el día. Yo estoy aquí, puedo hacerlo y estoy preparada para empezar.
Por un momento pensó que iba a decirle que prefería hacerlo solo, pero recordó que no era un hombre impulsivo. Comprobó que estaba cediendo cuando la preguntó si sabía utilizar un ordenador.
–Sí, naturalmente –dijo llena de confianza– y también sé cómo se habla por teléfono. Creo que si no me da el trabajo, va a pasarlo mal. He visto los montones de correo sin contestar sobre la mesa de Brenda y me imagino lo que ha tenido que ser para usted estar una semana sin ayudante –Marcie se negaba a rendirse sin dar batalla. No tenía ninguna gana de pasar por la humillación de volver a la oficina de Sandra una hora después de haber salido. Además, era la mejor empleada de Sandra. Quería una oportunidad para demostrar a Jake Campbell que se había ganado el puesto merecidamente. Él frunció el ceño al escucharla–. Depende de usted, despídame si quiere que la mesa de Brenda siga como está. Si quiere poder volver a su trabajo, contráteme.
Era un desafío, un desafío que probablemente él no habría aceptado si no hubiesen empezado a sonar todos lo teléfonos a la vez.
–Despacho de Jake Campbell, por favor, no cuelgue –Marcie, se había acercado tranquilamente al aparato, y había contestado a todas las líneas.
Él alzó los brazos en señal de rendición.
–¿Qué puedo hacer? Estoy atrapado. De acuerdo, quédese con el trabajo, pero solo hasta el viernes. Le concedo una semana.
–¿Una semana?, ¡Sandra me habló de un mes! –se acordó de la bonificación que recibiría si hacía todo el trabajo.
